Vargas Llosa. Siempre el fervor

Escrito Por: Hugo Neira 134 veces - Dic• 18•23

Han pasado 15 años del discurso de inauguración del «Teatro Mario Vargas Llosa» de la Biblioteca Nacional del Perú, dos años antes de que recibiera el premio Nobel de Literatura. En ese tiempo yo era el director de la BNP y Vargas Llosa saludó la iniciativa como una «cuasi justicia» pues su primera creación había sido, en efecto, una obra de teatro, escrita en su último año de colegio, La huida del inca, y que se estrenó en Piura. Amable lector, le dejó mi discurso de entonces.

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Buenas noches. Bienvenidos todos a esta que es su casa, la casa de los libros y la cultura, la Biblioteca Nacional del Perú. Les agradezco a cada uno de ustedes por su presencia, por acompañarnos esta noche. Y me permitiré, como anfitrión, felicitar a la Fundación del Banco BBVA Continental y el personal de la Biblioteca Nacional por la organización de esta velada, organización ejemplar.

La razón por la que estamos aquí reunidos es evidente. Cuando el talento que lo congrega es notorio, no hay mucho que agregar. Estamos aquí para rendir públicamente homenaje, sincero, claro, nítido, cordial —lo cordial viene de corazón, el cordis de los latinos— al escritor Mario Vargas Llosa aquí presente.

¿Por qué esta vez en la Biblioteca Nacional y por qué el Banco Continental, la Fundación del Banco Continental? La razón es sencilla. Este auditorio alberga, cada fin de semana, un ciclo de teatro, de jueves a domingo, que es el resultado de una alianza estratégica (así se llama ahora) entre la Biblioteca, el Banco y el grupo de teatro Plan 9, con mucho éxito, dicho sea de paso. Este teatro que lleva el nombre de Mario Vargas Llosa, es el resultado de una iniciativa a la cual Mario nos respondió favorablemente. Acaso pueda contar, sin ser infidente, que recibí una carta personal donde decía que sí y que explicaba por qué estaba de acuerdo. Mario, como se sabe, tiene en Lima un excelente grupo de colaboradoras — llamarlas secretarias es poco—, pero esta vez hizo una excepción. Sabemos que escribe pocas cartas personales y nos llegó una de puño y letra, si así podemos llamar a las que llegan por mail, por internet, en la que me contaba que esos precisos días se hallaba en Nueva York trabajando en la Public, la gran biblioteca pública de Nueva York. Y la carta afirmaba lo que se dijo hace un momento también, que el teatro es una de sus primeras pasiones tanto como sus textos de narración.

Quiero ser breve, debo ser breve. Estamos aquí para rendir a Mario Vargas Llosa un homenaje. Al escritor, por su obra narrativa sobre la cual no me voy a extender. Ya lo hice, tuve el honor de hacerlo en una ocasión académica en la Universidad Francesa del Pacífico, en Tahití, cuando recibimos a los Vargas Llosa, incluyendo su familia, en un Honoris Causa, uno de los tantos que recibe en todas partes. Me tocó a mí explicarlo. Pero ahora, más bien por ser el autor de obras de teatro y, últimamente, actor. Le deseamos lo mejor en esa nueva actividad que es la encarnación de sus personajes en las mismas tablas.

Pero si solo fuera eso… Mario es también autor de ensayos y de obras críticas. Ha escrito sobre Gabriel García Márquez, sobre Flaubert, y acaso una de sus últimas novelas que a mí me gustó muchísimo, Travesuras de la niña mala, me atrevo a conjeturar que es una suerte de arreglo de cuentas con Flaubert. Me quiero explicar. Si el paradigma de la mujer dramática en Flaubert es Madame Bovary, Mario nos propone otro, el paradigma de la aventurera, una peruanita astuta de nuestros días que hace fortuna, y que no le va tan mal. Como la provinciana señora Bovary que se llena de deudas y llena de deudas al pobre marido, y al final se suicida, la peruanita, la niña mala, es una triunfadora a su manera. Ha corregido el paradigma universal de un cierto tipo de mujer de América.

Un homenaje que tiene además otra razón. Mario es un viajero. Recorre el mundo. Le seguimos en sus crónicas, eso que se llama o lo que llamaban los escritores, los grandes que le preceden y que él conoce como Hemingway, Malraux, Sartre, un testigo de su tiempo. Quiero establecer nítidamente este aspecto del homenaje, que es un capítulo particular. Mario donde va lo hace para clamar por valores claros, entre ellos, por encima de otros, el valor de la libertad y de las libertades. Y lo hace con un estilo sincero, directo, personal, a menudo apasionado, y en especial sin eufemismos. Alonso Cueto señala en uno de sus textos de ensayo muy recientes que «en Lima nos hemos vuelto muy alambicados», observación que por mi parte comparto. Y que decimos, por ejemplo, cuando una cosa no se puede hacer o está mal, «esto es un poco complicado». Cuando lo mejor sería decir de frente, negocios y otras cosas, lo siento, esto no se puede hacer, con lo cual ganaríamos tiempo.

Estoy señalando la versatilidad de Mario Vargas Llosa. Y para la versatilidad no hay más que dos respuestas. Una de ellas es la pista Luis Alberto Sánchez. Cuando a Luis Alberto Sánchez le preguntaron lo mismo, cómo podía hacer tantas cosas y todas tan bien hechas — era en ese momento vicepresidente de la Nación, figura histórica del aprismo, senador, abogado, en su oficina de Moquegua, ciego ya a los 80 años avanzados, dictaba un artículo por día y tenía un programa de televisión—, Sánchez, viejo limeño, dijo esto de una manera clara e irónica: «el que puede puede».

Yo quiero proponer otra pista. Un escritor y novelista, Abelardo Sánchez León — el querido y popular «Balo»—, en una de sus columnas por cierto muy bien escritas, dice que no conoce en el panorama literario latinoamericano alguien que escriba novelas, ensayos, teatro y crónicas de viaje, todo a la vez. ¿Cómo lo hace? dice «Balo». Yo diría que, además, en el panorama mundial, es bastante raro que esto ocurra. Dice «Balo»: «porque cuando Mario hace ensayo hace ensayo; cuando hace novela hace novela; y en cada caso se concentra.» Y entonces, fundado en esta atinada observación, me permití reflexionar. Para intentar hallar el secreto de esa versatilidad y claro, recurrir a los clásicos. El primero fue Nietzsche. Y Nietzsche se pregunta, para estos tiempos de incertidumbre, cuáles pueden ser los nuevos valores que puedan aparecer para los atribulados seres humanos que somos todos en este instante. Y él encontró, Nietzsche, el valor de la intensidad que Mario Vargas practica. Y entonces recordé un gran texto, Mario, uno de esos textos de mi juventud, de las lecturas de la casa de Colina, 398, con el maestro Porras, de un gran escritor francés, con lo cual quiero concluir. Aquel escritor se refiere a un pasaje de la Biblia. Y le dedica su libro. Natanael, el admirable discípulo de Jesús que, sin embargo, Jesús no prefiere. Prefiere a Pedro.

¿Quién era Natanael? Era el joven que se casa en la boda de Caná y a la cual acude Jesús. Es un puro como los otros. Es un leal a Jesús. Sin embargo, le falta algo. ¿Qué es eso que le falta? Y entonces el gran escritor francés les habla en la figura de Natanael, a los jóvenes y a los creadores de todo el mundo. Le dice: «Natanael, yo te enseñaré el fervor, no la amistad ni el entusiasmo, el fervor». Hago votos, hacemos todos votos para que el fuego que incendia tu estilo no te abandone nunca.  Que esté contigo siempre el fervor. Siempre el fervor.  Gracias.  (HN, San Borja, Lima, 05 de agosto del 2008)

Publicado en El Montonero., 18 de diciembre de 2023

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