Lo que nos junta nos separa

Escrito Por: Hugo Neira 221 veces - Ago• 03•20

La bola de cristal se niega a dar predicciones, ni siquiera un modesto pronóstico sobre la pandemia sino cómo nos va en esta coyuntura. Si no fuera por el estado de Emergencia me iría a preguntarle a alguna de las brujas de Cachiche qué porvenir nos espera. No se rían, Julia Hernández Pecho Viuda de Díaz, la más famosa de las brujas, vivió hasta los 106 años. Por algo sería. Pero también pienso en el impacto del Covid-19 en la economía externa. ¿Cómo vamos a recuperarnos mientras el mercado mundial tome su tiempo para reponerse?  

No se puede hoy augurar nada porque domina al mundo una inestabilidad social y mental provocada por una mundialización donde reina un capitalismo financiero que está tratando de hundir Estados y naciones. No es los Estados Unidos pero sí sus empresas transnacionales. A propósito, ¿se han enterado de que Donald Trump ha dicho que habrá fraude en las elecciones que se avecinan este noviembre? Y en consecuencia, las cuestionará. Está claro, le ha tomado cariño al célebre salón oval de la Casa Blanca. Lo que ocurre en realidad es que Joe Biden, el candidato demócrata, le lleva una ventaja del 10% al 14% en las encuestas. Y como siguen muriendo norteamericanos, Trump las ve negras. ¿Y saben qué es lo que ha dicho el posible ganador que viene del Partido Demócrata? Que si no quisiera irse, los militares no se lo permitirían. ¡Qué maravilla! Gracias al cielo, pronto vamos a ver un intento de golpe de Estado en la vanidosa democracia yanqui. Vaya, solo nos faltaba un golpista en Washington. Si eso ocurre, Maduro va a abrir el champán.

Lo que pasa con Trump es catastrófico. Es uno de esos que no creen en el cambio climático, ni en el virus que interrumpe economías. Su problema es China. Y un chino que se llama Xi Jinping. Debe envidiarlo, es sencillamente el presidente de la poderosa China desde el 12 de marzo del 2018 hasta la eternidad. O sea, la repetición de Mao, aunque usted no lo crea.

A lo que voy, este siglo XXI se nos viene encima. Trato de entender y anticipar, pero no es posible. La velocidad con que se mueve el mundo es desconcertante. Sin embargo, mis lecturas últimas son sobre las modificaciones en las más grandes potencias y sociedades adelantadas, pero sus sabios e intelectuales tiran ya la esponja. No sé si el amable lector conoce las obras de Ulrich Beck, alemán, sociólogo, autor de La sociedad del riesgo. También ha escrito algo poderoso e inquietante, La metamorfosis del mundo. Está en castellano, ediciones Paidós. ¿Y sabe usted qué dice? «Vivimos en un mundo cada vez más difícil de entender». No solo está cambiando —dice—, por eso ‘metamorfosis’. Es decir no cambios o reformas a lo Tuesta, sino algo más radical «que las viejas presunciones de la sociedad moderna». Gran sabio, en su último libro antes de dejarnos, nos ha dado un camino, a lo que me acojo como si me perdiera en un desierto. «Estudiar los riesgos cosmopolitas, porque vamos a pasar de Naciones Unidas a Ciudades Unidas. »

¿Y el Perú? Diré tres problemas de estructura social. El primero es que fuimos una sociedad mayoritariamente agraria, acompañada del feudalismo de los hacendados, y no una sociedad industrial. Así del siglo XVIII al XX. Y seguimos siendo, mientras la sociedad industrial en el mundo pasaba del motor a explosión al automóvil, la electromecánica, la química y lo nuclear, un país minero. No veo los peruanos trabajando sobre la genética, las biotecnologías. Nada de eso. Apenas preparaciones para técnicas productivas. Son cursos de aplicación no de ciencia básica. Es una estafa. Dentro de 5 o 10 años, la robótica habrá reemplazado esos técnicos. Se sabe que la economía del inmediato futuro solo necesitará de un 20% de la población para hacer marchar la economía. ¿Y entonces, qué empleos tendrá la gente en sociedades avanzadas? Sinceramente no veo en Perú interés por ingresar a la sociedad del conocimiento.

La otra capa tectónica (así llamo a las estructuras políticas y costumbres), es que vivimos en un país paradójico. Los 20 años de consumismo han producido la descomposición actual. No veo una nación sino un país con diversas culturas. Un país para antropólogos antes que economistas o sociólogos. En vez de nación veo culturas, en todo su sentido. Cultura criolla, cultura chola en emergencia, cultura chicha, cultura achorada. No veo clases sociales. Lo que hay es estamentos. Y no hay partidos sino clientelas. Todo eso no es novedad, son los residuos peligrosos de la herencia colonial. No hemos entrado a la modernidad. Mi amigo y hermano Carlos Franco pensó que sí («la plebe urbana»). Pero las cosas se han ido de lado. Los hijos y los nietos de los migrantes andinos aprendieron en la capital las mañas del criollismo. Y ya se sabe, la mano no invisible del Estado sino la mano visible de Mamani acariciando conchudamente a una azafata.

El segundo problema es que desaparecieron los antiguos oligarcas pero, en el proceso del descentralismo, surgieron mafias locales, de presidentes de región a alcaldes. Seamos sinceros, no fallan solo los políticos sino la sociedad misma. Fuimos un país dualista en el curso del siglo XVI al XIX, y lo seguimos siendo. En la colonia, era los criollos arriba, y abajo los indígenas que tenían su curaca. Hoy hay una sociedad de gente con contratos y derechos. Y al lado, otra sociedad lateral. Los llamamos «informales». No están abajo ni arriba sino al lado. Me hace pensar en la Europa medieval que se permitía tener a los judíos en un gueto. Bueno, hoy en día, algo de eso ocurre. El Perú es ya un país urbano. Lo dice el Instituto Nacional de Estadística. Al 90%. Y a los migrantes de las provincias o de la sierra, se les encuentra en las zonas más pobres y desmanteladas de la capital y las grandes ciudades. No todos, hay una élite que ha hecho dinero legalmente. Tienen capital. Pero hay otro poder que el dinero, según Bourdieu: el capital simbólico. Pero para evitar que tengan una buena educación, ese agente de la nueva dominación del neoliberalismo —el Banco Mundial y su agente que fue ministro de Educación— metió la mano en las escuelas públicas y les quitaron todos los cursos de humanismo, no vaya a ser que los nietos de la choledad se vuelvan pensadores, de izquerda, aprista, lo que sea. Muy peligroso. Todo eso es colonialismo puro. Nada que ver con el siglo XXI. Y el Estado normal tiene su Estado paralelo, el de la corrupción. Odebrecht manda.

El tercer problemazo es que nos creemos democráticos. Hay elecciones pero no es eso solamente. Alguien ha dicho «la democracia no produce por sí sola una forma decente de vivir. Son las formas decentes de vivir las que producen las democracias». Lo que está de moda son mentiras fundadoras. Llegar al poder se ha vuelto un reparto de beneficios. Nuestro compromiso con la ley y la legalidad es el más bajo de la América Latina. El problema es agudo, la política peruana ha dejado de ser. La reemplaza una guerra interminable de clanes. Hay candidatos pero no hay una clase política. No hay debate sino odio al otro. La política no es eso. Y esa historia del pesado Montesquieu, el sistema de tres poderes —ejecutivo, legislativo, judicial— no nos entra en la cabeza. No nos gustan los parlamentos. Cada tribu política, cada clan, busca un mandón. Tanto es así que no falta un presidente que, apenas hereda por casualidad el poder ejecutivo, se pone a atacar al parlamento. No se hagan, si hubiera un referéndum, una mayoría aplastante diría «¡abajo los parlamentos!». Queremos paz y progreso. Eso del consenso, los pactos y alianzas, son para otras sociedades. Y como dicen, «no somos Suiza». Eso está claro, por eso el intitulado: la política nos junta, pero también nos separa. A propósito, ¿para cuándo un Senado? Solo los países minúsculos tienen una cámara única. El Perú es vasto y complejo, necesita esa institución que permite equilibrios razonables. Pero acabo de decir una mala palabra, razón.    

Volvamos sobre el Covid-19. Se irá un día, pero nos queda la otra peste: el desconcierto ciudadano, la crisis de credibilidad, el desencuentro entre gobierno y sociedad, el clima de discordia y las desigualdades opresivas, y como resultado, el fatídico 2021, la urna como sanción. Y en este país de diversas crisis —política, moral y sin sociedad democrática— se nos viene, desde el afuera, riesgos inmensos.

Algo nos amenaza. Y ni lo sabemos. Está en un libro de Francisco Durand, La captura del Estado. ¿Y qué nos dice? Que ignoramos el poder de las grandes corporaciones, se refiere a las ETN (empresas transnacionales). No es cuestión de hacerles la guerra, son el capitalismo de este época. Incluso las necesitamos. Pero ay del país con una sociedad civil débil, que es nuestro caso. Y gente dispersa y debilitada. En consecuencia, Estado sin instrumentos. Hay que enterarse que vivimos bajo la dominación de ideología apátrida e internacionalista. Quién los puede limitar es ahí donde hay nación y Estado fuerte, acaso China, Europa, Rusia, pero ay de la población sin Estado moderno, sin nación, sin una república de al menos iguales en derechos (o sea, sin informales). No tenemos nada de eso. Entonces, lector amigo, este sería el último bicentenario de este país que amamos. Una nación no es eterna. Mañana, si seguimos peleando los unos con los otros, alguna ETN comprará el Perú. Hay culturas suicidas. ¿Qué pasó con Yugoslavia?

Amable lector, lea el libro de Durand, gran profesor en Texas. Él vive en USA y sabe lo que no sabemos. Lo encuentra en nuestras librerías, El Virrey, La Familia, no lo digo porque me haya vuelto comerciante. Lo digo nada más. Durand no cobra consultorías ni tiene ONGs que viven de los regalos de Soros. Un buen libro limpito, sin otro fin que decir lo real. Sí, pues, la lectura. Un día de estos, puede que me muera de golpe, será con un libro en la mano. No alguna novelita. Algo difícil, algún filósofo. 

Publicado en El Montonero., 3 de agosto de 2020

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