¿Y si la lejanía es lo que siempre nos ha traicionado?

Escrito Por: Hugo Neira 74 veces - Jul• 30•19

Me importa en demasía las ciencias sociales. Pero no siempre hay que que creer las afirmaciones de los colegas. En general, en ciencias, de la natura como del hombre, no se debe creer sino argumentar, dudar, reflexionar. La creencia no es el saber, es otra cosa: un acto de fe. Sin embargo, rebuscando papeles y trabajos anteriores, de los muchos que quedan de mis viajes, me tropiezo con uno en que se ponía una gran atención a una suerte de identidad colectiva, y la llamaron la multitud. Lo usé un tiempo. Pero la evolución planetaria de las sociedades hace aparecer un nuevo sujeto. El individuo. La mundialización ha hecho caer diversos paradigmas. Uno de ellos, la importancia de la conectividad.

¿Pero eso es cierto? La sociedad que más se aproxima a la situación de gran potencia, sobrepasando acaso a los Estados Unidos, es la China post Mao. (Véase, más adelante, el rol que le da George Friedman). Es cierto que se la puede visitar, pero no es precisamente un lugar de migraciones extranjeras. Y menos aún, el Internet que usamos. Y sin embargo, progresa.

En nuestro caso —y no me refiero al Perú a partir del siglo XV, sino al milenarismo de las primeras civilizaciones anteriores a Tiahuanaco y a los primeros Incas—, el rasgo dominante es que estuvimos aislados. Y es por el mar que llegan los conquistadores. Por algo los llamaron «virachocas», algo cercano no a un dios sino a la espuma del océano. No voy a discutir, obviamente, el accidente llamado la Conquista. Ni lo que voy a decir se inscribe en una línea de interpretación indigenista ni tampoco hispanista. Como lo ha dicho uno de los grandes pensadores de esta América Latina, «la polémica del Descubrimiento y la Conquista es vana y anacrónica». ¿Quién? Nada menos que Octavio Paz. Para bien o mal, «América comenzó en el siglo XVI».

Sin embargo, hay un pattern en nuestro itinerario. Y me refiero no solo a nuestra historia sino a la de todas las sociedades latinoamericanas. Las grandes sacudidas, los cataclismos vienen de afuera. No me refiero a las revoluciones, la de México en 1910 o la de Cuba en 1960, sino a eso que llamamos Conquista, Virreinato e Independencia. Esta última no hubiese ocurrido si España hubiese vencido a Bonaparte. No nos gusta reconocerlo pero la Independencia arranca —no para el Perú, que es más tardío— cuando queda acéfala la corona española. Pero la ocupación francesa en 1808, el levantamiento popular y la guerra misma destruyendo el Antiguo Régimen en la península misma, son parte de lo que ocurre entre 1810 y 1825. España deja de ser imperial. Es una potencia de segunda clase y en los territorios de América, con las juntas provinciales, se legitima otro tipo de poder. Se dice por el lado criollo que están contra Bonaparte y a favor de Fernando VII, el rey secuestrado por José Bonaparte, hermano de Napoleón. Una maniobra para iniciar algo mejor que una insurrección, autoconstituir asambleas, regencias, congresos de diputados, y entre ellas, las Cortes de Cádiz. En 1812. Es cuando se reconoce derechos a los americanos, tanto como a los peninsulares. Eso no ocurre en Lima pero sí en Buenos Aires. El punto de partida de la expedición de San Martín a Paracas, ocho años más tarde. Y siempre el mar. Es decir, algo que pasa en otros lugares del planeta, y llega tardíamente a playas peruanas.

¿Y quién dice que esto no pueda repetirse? ¿Estamos seguros, realmente, en qué sentido gira el mundo, en esta era del capitalismo de la mundialización, del poder ya no de las potencias imperiales sino de las grandes compañías, esas entidades llamadas por algunos ‘corporaciones’, por otros empresas ‘multinacionales’? En el año 2000, he leído que el diario mexicano La Jornada, confirmaba que de las 100 entidades económicas más grandes del mundo, por esa fecha, 51 eran corporaciones, y unas 41 eran naciones (Liliana Buschiazzo, «El Estado Precario»). Sí, claro, debemos intentar comprender y resolver nuestros problemas internos. Pero no podemos dejar de observar y reflexionar sobre la escena contemporánea. Los aztecas, que estaban en plena expansión en 1519, no podían imaginar que los conquistadores llegararían dos años después, el 13 de agosto de 1521, un día bajo el signo ritual Uno-Serpiente, día fatal por lo visto. Y que poco después moriría su último emperador, y desde el segundo mes del Xocolt Uetzi, no solo la capital se vuelve ruinas y muerte: plagas nuevas por todas partes, que acaso los vencían más que los caballos y las tizonas de los invasores.

Lo que pasa en otros lugares nos importa. Las líneas anteriores no son sino una introducción a un texto especial. Un ensayo de George Friedman. Fundador y director del centro de reflexión geopolítica Strategic Forecast (www.Stratfor.com). Es un gran observador de los riesgos y la seguridad mundial, las relaciones estratégicas entre los países y los factores de poder de las naciones. Está en estas páginas por la iniciativa que tomo. Quisiera compartir este texto, cuyo título ha sido «Una profecía geopolítica», publicada en el 2009. Su fuente es el The Next 100 Years. Lo digo porque así lo pide el Doubleday Publishing Group, una división de Random House, Inc. Hay una versión completa del libro, pero circula en México bajo el sello Océano en 2010.

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Una profecía geopolítica                                               Por: George Friedman

«Imaginemos que es el verano de 1900, que vivimos en Londres, entonces la capital del mundo. Europa rige Occidente. Apenas hay un lugar en la tierra que no esté bajo control, directo o indirecto, de alguna capital europea. Europa está en paz y goza de una prosperidad sin precedentes. Los vínculos europeos de inversión y comercio son tan amplios que hay quien sostiene que la guerra es imposible o que, de haberla, se resolvería en cuestión de semanas, ya que los mercados financieros no tolerarían esa tensión por mucho tiempo. El futuro parece nítido: una Europa próspera y pacífica gobernará el mundo.

Imaginemos ahora que es el verano de 1920. Europa ha sido desgarrada por una guerra brutal. El imperio austrohúngaro, al igual que el ruso, el alemán y el otomano, han dejado la escena y han muerto millones en una guerra que duró varios años. La guerra terminó con la intervención de un ejército estadunidense de un millón de hombres, que vino tan rápido como se fue. El comunismo domina Rusia pero su futuro no es claro. Países que se han mantenido en la periferia del poder europeo, como Estados Unidos y Japón, surgen como grandes potencias. Todos coinciden, sin embargo, en esto: el tratado de paz impuesto a Alemania garantiza que este país no se repondrá en mucho tiempo.

Imaginemos ahora el verano de 1940. Alemania no sólo se ha recuperado sino que ha conquistado Francia y domina Europa. El comunismo ha sobrevivido y la Unión Soviética es aliada ahora de la Alemania nazi. Sólo Gran Bretaña se opone a Alemania. Los observadores coinciden en que la guerra ha terminado. El destino de Europa parece decidido al menos para lo que resta del siglo: Alemania heredará el dominio sobre el mundo.

Imaginemos ahora el verano de 1960. Alemania ha sido destruida hace quince años en una guerra. Europa ha sido ocupada, dividida en mitades por la Unión Soviética y Estados Unidos. Los imperios europeos se colapsan, Estados Unidos y la Unión Soviética compiten por el dominio del mundo. Estados Unidos tiene contra la pared a la Unión Soviética y podría aniquilarla en cuestión de horas, dado su abrumador arsenal de armas nucleares. Estados Unidos ha surgido como la superpotencia global. Domina los océanos y con su poder nuclear puede imponer condiciones en todas partes del mundo. Mantener las cosas en punto muerto es a lo más que pueden aspirar los soviéticos, salvo que invadan Alemania y conquisten Europa. Esta es la guerra que el mundo espera y para la que todos se preparan, con un nuevo fantasma en el trasfondo: el peligro de la China maoísta.

Imaginemos ahora el verano de 1980. Los Estados Unidos han sido derrotados en una guerra de siete años no por la Unión Soviética, sino por Vietnam del Norte. La gran potencia es vista y se ve a sí misma en retirada. Expulsada de Vietnam, es expulsada también de Irán, cuyos campos petroleros parecen a punto de caer en manos soviéticas. Para contener a la Unión Soviética, Estados Unidos ha hecho una alianza con la China maoísta, luego de una amigable reunión de sus presidentes en Pekín. Esta alianza es vista como la única posibilidad de contener a la poderosa Unión Soviética, que parece la potencia emergente.

Imaginemos ahora el verano del año 2000. La Unión Soviética se ha colapsado. China es todavía comunista en el nombre pero capitalista en los hechos. La OTAN se ha extendido a Europa Oriental e incluso hasta la misma Unión Soviética. El mundo es próspero y pacífico. Las consideraciones geopolíticas son menos importantes que las económicas, y los únicos retos para la estabilidad son focos regionales de tensión como Haití o Kosovo.

Llega entonces el 11 de septiembre de 2001, y el mundo se pone de cabeza nuevamente. Alcanzado este punto podemos saber que lo único seguro sobre el futuro es que el sentido común se equivoca siempre al imaginarlo. No hay ciclos mágicos de veinte años; no hay fuerzas simples que definen el camino. Lo que en algún momento de la historia parece sólido, dominante y duradero, cambia con sorprendente rapidez. Las épocas van y vienen. La mirada internacional de hoy es muy distinta de la que habrá dentro de veinte años o de la que había veinte años antes, cuando era difícil imaginar la caída de la Unión Soviética. El análisis político convencional padece una aguda falta de imaginación. Ve como permanentes las nubes pasajeras, y es ciego a los cambios a largo plazo que tienen lugar, sin embargo, ante los ojos del mundo.

En los inicios del siglo XX era imposible prever acontecimientos como los que he mencionado. Pero hay ciertas tendencias que hubieran podido anticiparse y que de hecho se previeron. Era claro, por ejemplo, que Alemania, unificada en 1871, era una gran potencia atrapada en una posición insegura (entre Francia y Rusia) y necesitaba redefinir su situación europea y, por tanto, global. La mayoría de los conflictos de la primera mitad del siglo XX giraron en torno al lugar que Alemania intentaba ocupar en Europa. Aunque el momento preciso de las guerras no podía preverse, la probabilidad de la guerra era previsible; de hecho, muchos observadores la pronosticaron.

Lo difícil de anticipar era que las guerras del siglo XX serían tan devastadoras como fueron y que, después de ellas, Europa perdería su dominio sobre el mundo. Pero hubo quienes predijeron, en particular después de la invención de la dinamita, que a partir de entonces las guerras serían catastróficas. Si la anticipación tecnológica se hubiera combinado con la anticipación geopolítica, habría podido adivinarse la estremecedora sacudida de Europa. Por lo que hace al surgimiento de Estados Unidos y Rusia como nuevas potencias, desde luego se habían anticipado en el siglo XIX. Tanto Alexis de Tocqueville como Friedrich Nietzsche presintieron el ascenso de estos países. De modo que, con rigor y buena suerte, en los primeros años del siglo XX habrían podido imaginarse sus hechos centrales.

En los primeros años del siglo XXI podemos reconocer el rasgo fundamental de la época que se inicia, el equivalente de lo que fue la unificación alemana para el siglo XX. Hechos a un lado los imperios europeos, y lo que queda del antiguo imperio soviético, sólo resta en el escenario una superpotencia con poder abrumador: Estados Unidos. Estados Unidos parece enredar las cosas y cosechar reveses en distintas partes del mundo. Pero no hay que confundir el caos momentáneo con la tendencia de fondo. Económica, militar y políticamente, Estados Unidos es el país más poderoso de la tierra y no hay quien pueda desafiar ese poder. Como la guerra de Estados Unidos con España hace cien años, dentro de cien años la actual guerra entre Estados Unidos y el Islam radical será poco recordada, pese a la conmoción que provoca en nuestros días.

Desde la guerra civil de 1862, Estados Unidos ha tenido un extraordinario crecimiento económico. Pasó de ser una nación marginal a ser una economía más grande que los cuatro países ricos que le siguen. Desde el punto de vista militar, pasó de ser una fuerza insignificante a dominar el globo. Desde el punto de vista político, Estados Unidos toca prácticamente todo, a veces con la intención de hacerlo, otras por efecto de su simple presencia internacional. Estas palabras parecen escritas por un fanático proestadunidense, pero lo único que quiero decir en realidad es que el mundo gira de una manera u otra en torno a Estados Unidos.

Esto no se debe sólo al poder de Estados Unidos. También a un cambio fundamental sobre la forma en que funciona el mundo. Durante los últimos quinientos años Europa fue el centro del sistema internacional, y sus imperios crearon, por primera vez en la historia, un sistema global. La ruta fundamental era el Atlántico Norte. Quien controlara el Atlántico Norte controlaba el acceso a Europa, y el acceso de Europa al mundo. La geografía básica de la política global estaba encerrada en un espacio.

Entonces, a principios de los ochenta del siglo pasado, sucedió algo notable. Por primera vez en la historia el comercio de la cuenca del Pacífico igualó al comercio trasatlántico. Con Europa reducida a una colección de potencias secundarias después de la Segunda Guerra Mundial, y el cambio en los patrones de comercio, el Atlántico Norte dejó de ser la llave de entrada única a todas partes. Ahora el país que controlara el Atlántico Norte y el Pacífico podría controlar, si quería, el sistema de comercio mundial y, por tanto, la economía global. En el siglo XXI todas las naciones con costa en ambos océanos tienen una gran ventaja geopolítica sobre las otras. Dado el costo de construir un poder naval y el enorme costo de desplegarlo en el mundo, la potencia capaz de habitar los dos océanos se vuelve el actor dominante del sistema internacional por la misma razón que Inglaterra dominó el siglo XIX: vivía en el mar y lo controlaba. En este sentido, Norteamérica ha reemplazado a Europa como centro de gravedad en el mundo y quien domina Norteamérica tiene prácticamente asegurada la posición de potencia global dominante. Al menos por el siglo XXI ese país será Estados Unidos.

El poder acumulado de Estados Unidos y su posición geográfica lo convierten en el actor central del siglo XXI. Eso no lo hace un país querido. Por el contrario, su poder lo hace temible. La historia del siglo XXI, por lo tanto, en particular su primera mitad, girará en torno a dos enfrentamientos de signo contrario. Uno, el de las potencias secundarias formando coaliciones para tratar de contener y controlar a Estados Unidos. Segundo, el de Estados Unidos buscando impedir que tales coaliciones se formen.

Si pensamos en los principios del siglo XXI como el amanecer de la Era Americana (sucesora de la Era Europea), podemos decir que ha empezado con una corriente de grupos y países musulmanes tratando de recrear el Califato, el gran imperio islámico que se extendió alguna vez del Atlántico al Pacífico. Este actor inesperado atacó Estados Unidos en un intento de llevar a la primera potencia del mundo a la guerra para demostrar su debilidad y detonar un levantamiento islámico. Estados Unidos respondió invadiendo el mundo islámico, pero su objetivo no fue la victoria. No es claro siquiera qué significa la palabra victoria en tales circunstancias. El objetivo fue simplemente dislocar el mundo islámico y voltearlo contra sí mismo, de modo que no pudiera surgir una coalición de mayor envergadura.

Estados Unidos no necesita ganar guerras. Sólo necesita impedir que sus adversarios adquieran fuerza suficiente para desafiarlo. El siglo XXI podría ver distintas confrontaciones de potencias menores tratando de contrarrestar la acción estadunidense, y a Estados Unidos contrarrestándolas. Podría haber incluso más guerras que en el siglo XX, pero serán guerras menos catastróficas debido a los cambios tecnológicos y a la naturaleza del cambio geopolítico.

La guerra entre Estados Unidos y el Islam está terminando y ya se anuncia un nuevo conflicto. Rusia recrea su antigua esfera de influencia, que inevitablemente será un desafío para Estados Unidos. Los rusos se moverán hacia el oeste sobre la gran planicie norte de Europa. En la reconstrucción de su poder, Rusia se topará con la OTAN, que domina Estados Unidos, en los tres países bálticos —Estonia, Letonia y Lituania—, lo mismo que en Polonia. Habrá otros puntos de fricción, pero lo más probable es que esta nueva guerra fría acapare las miradas cuando se diluya la guerra de Estados Unidos con el Islam.

Parece inevitable que los rusos traten de reconstruir su poder y que Estados Unido trate de evitarlo. Pero al final Rusia no puede ganar. Sus profundos problemas internos, el declive de su población y su pobre infraestructura hacen que sus posibilidades a largo plazo sean sombrías. Enfrentarse a Estados Unidos en una segunda guerra fría no puede terminar sino en un nuevo colapso de Rusia.

Muchos observadores creen que China, no Rusia, es el rival a vencer de Estados Unidos, su principal desafío. Difiero de esa opinión por tres razones. Primero, si se mira con cuidado un mapa de China, se advertirá que en realidad es un país físicamente aislado. Con Siberia al norte, los Himalaya y grandes selvas al sur, y la mayor parte de la población china en la región oriental del país, los chinos no podrán expandirse con facilidad. En segundo lugar, China no ha sido una potencia naval en muchos siglos, y construir una armada requiere mucho tiempo no sólo para hacer barcos sino para crear los marineros expertos y bien entrenados que se necesitan. Y hay una tercera razón, más profunda: China es estructuralmente inestable. En cuanto abre sus fronteras al mundo exterior, las regiones costeras se vuelven prósperas, pero la inmensa mayoría de los chinos del interior del país siguen siendo pobres. Esto crea tensión, conflicto e inestabilidad. Conduce a decisiones económicas tomadas por razones políticas, de lo que se deriva ineficiencia y corrupción. No es la primera vez que China se abre al comercio exterior, y no será la última que esa apertura traiga como resultado más inestabilidad. Podría no ser tampoco la última vez que surja una figura como Mao Tse Tung para cerrar el país al mundo, igualar la riqueza —o la pobreza— y empezar un nuevo ciclo. Hay quienes creen que las tendencias de los últimos treinta años de China durarán indefinidamente. Creo que el ciclo chino se moverá hacia su siguiente fase inevitable en la siguiente década. Lejos de ser un rival, China es un país al que Estados Unidos tratará de sostener y mantener unido como contrapeso a los rusos. El actual dinamismo económico de China no se traducirá, necesariamente, en un éxito de largo plazo.

En el curso del nuevo siglo surgirán otros jugadores de peso mundial, países en los que no se piensa como grandes potencias hoy, pero que en mi opinión se harán más poderosos y sólidos en las siguientes décadas. El primero es Japón. Es la segunda economía del mundo y la más vulnerable por su dependencia de la importación de materias primas, ya que carece de casi todas ellas. Dada su historia de militarismo, puede anticiparse que Japón no permanecerá siendo la potencia pacifista marginal que hemos visto después de la Segunda Guerra Mundial. Sus profundos problemas demográficos y su horror a la inmigración en gran escala lo obligarán a buscar trabajadores en otros países. Las vulnerabilidades de Japón se han manejado hasta ahora mejor de lo previsto, pero lo obligarán con el tiempo a un cambio político sustantivo en su orientación global.

Luego está Turquía, hoy la economía diecisiete del mundo. La historia nos enseña que todas las potencias islámicas que han surgido han sido dominadas. El imperio otomano se derrumbó al final de la Primera Guerra Mundial, dejando a la moderna Turquía en su estela. Turquía es una plataforma estable en medio del caos. Los Balcanes, el Cáucaso y el mundo árabe son inestables. Conforme crezca el poder de Turquía —su economía y su ejército son ya los más fuertes de la región— crecerá la influencia turca.

Por último está Polonia, que no ha sido potencia mundial desde el siglo XVI. Pero lo fue alguna vez y creo que lo será de nuevo. Dos factores pueden concurrir a este efecto. Primero, el declive alemán, cuya economía es grande y sigue creciendo, pero ha perdido el dinamismo que tuvo en los últimos dos siglos. Además, su población caerá dramáticamente en los siguientes cincuenta años, minando todavía más su poder económico. Si en su intento de reconstruirse los rusos presionan a Polonia desde el este, los alemanes no tendrán ganas de una tercera guerra con Rusia. Y este es el segundo factor: en ausencia del factor alemán, Estados Unidos apoyará a Polonia con un amplio respaldo tecnológico y económico. Puedo imaginar a Polonia emergiendo como potencia líder de una coalición de Estados enfrentados a Rusia.

Japón, Turquía y Polonia tendrán que vérselas con unos Estados Unidos más fuertes y confiados aun de lo que estaban después de la caída de la Unión Soviética, lo cual podría crear una situación explosiva. La relación entre esos cuatro países impactará decisivamente el comportamiento del siglo XXI, al punto de que podrían conducir a una nueva guerra global. Sería una guerra distinta a todas las que se hayan librado hasta entonces, con armas que pertenecen hoy al reino de la ciencia ficción.

Pero el hecho fundamental del siglo XXI que puede anticiparse es el fin de la explosión demográfica. Para 2050 los países desarrollados estarán perdiendo población a ritmos acelerados. Para el 2100 incluso las naciones menos desarrolladas tendrán tasas de natalidad bajas y una población estable. Desde 1750 el sistema global ha sido construido sobre la premisa de una población en crecimiento: más trabajadores, más consumidores, más soldados. En el siglo XXI la premisa del crecimiento demográfico llegará a su fin y la lógica del desarrollo mundial cambiará radicalmente. El cambio demográfico obligará al mundo a depender más de la tecnología, en particular de robots que sustituyan el trabajo humano, y se intensificará la investigación genética no tanto con el fin de extender la vida, sino para volver más productiva a la gente —y durante más tiempo.

El hecho es que ya en la primera mitad del siglo XXI la quiebra demográfica creará una gigantesca escasez de mano de obra en los países avanzados, cuya preocupación actual es cómo contener a los inmigrantes. En el curso de la primera mitad del siglo XXI, el problema de los países ricos será convencer a los migrantes de que vengan, al punto incluso de pagar por ello. En la competencia por los migrantes escasos, Estados Unidos intentará por todos los medios lo que hoy rechaza: inducir la migración de los mexicanos a su territorio, un cambio irónico pero inevitable.

Esta transición demográfica podría desatar la crisis final del siglo XXI. México es hoy la economía número quince del mundo. Mientras los europeos se diluyen, los mexicanos, como los turcos, crecerán hasta volverse, para fines del siglo XXI, una de las grandes potencias económicas del mundo. Durante la gran migración al norte alentada por Estados Unidos, el equilibrio de la población en los antiguos territorios mexicanos (los tomados en la guerra del siglo XIX) cambiará radicalmente hasta volver muchas de esas regiones predominantemente mexicanas.

La idea de que el siglo XXI podría culminar en una confrontación entre México y Estados Unidos es difícil de imaginar en el año 2009, al igual que una Turquía o una Polonia poderosas. Pero recordemos, con el principio de este artículo, cómo se veía el mundo en distintos momentos del siglo XX, y admitamos que el sentido común no es el mejor consejero para predecir los cambios del mundo.»  (Friedman, 2009)

Publicado en Café Viena, 30 de julio de 2019

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