El Perú contemporáneo de F. García Calderón (I)

Escrito Por: Hugo Neira 94 veces - Feb• 19•24

Francisco García Calderón Rey (1883-1953), hijo del presidente en cautiverio del Perú derrotado tras la Guerra del Pacífico, fue un novecentista brillante poco conocido del público peruano, que se volvió filósofo. Nació en Valparaíso y se formará en Europa. Es el hermano de Ventura García Calderón, el cuentista. A los 25 años, escribió y en francés, un ensayo, Le Pérou contemporain, que se edita en París en 1907. Su prosa se caracteriza por las fórmulas claras y lapidarias de la lengua francesa. Pasarán décadas antes de verlo traducido al castellano. El libro fue rodeado de un calculado silencio, por ser una voluntaria y necesaria reparación. Por estar distanciado del Perú, García Calderón tiene una lectura política e histórica sin duda alguna algo optimista. Por la misma razón, una percepción muy diferente a los estereotipos de sus coetáneos. Por ejemplo, no cree en la inferioridad racial de los indios, pero sí en su inferioridad social. No se engaña, la mayoría de la nación la forman los indígenas. Antes que los indigenistas de los años 20, pensó en formar una élite indígena.

El texto suyo que sigue se titula «Las fuerzas educativas», y lo hemos cortado en dos partes. Proviene de El Perú contemporáneo, de la edición del Fondo Editorial del Congreso del Perú, del 2001 (pp. 261-269).

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«Entre todos los factores de la civilización, la religión debía ser en el Perú, por su fuerza tradicional y por la inferioridad de la ciencia reducida al verbalismo, el factor más poderoso en la maraña de fuerzas nacionales. Así lo ha sido durante el siglo, en medio de períodos difíciles, sufriendo las alternativas de influencias, para jugar, de modo general, un rol relevante en la educación y la vida.

Mas, este poder es menos autoritario e inflexible entre nosotros que en otros países americanos de raza latina. El «patronato», principio de intervención laica y civil en la organización religiosa, sistema político de defensa del poder contra la influencia civil de la Iglesia, es un régimen de liberalismo atenuado, en el que la religión se vuelve un engranaje de la máquina administrativa. Según la tradición española, se siente comprometida por los lazos de tutela laica, en un Estado de organización jacobina, perdiendo —para defender sus intereses materiales— un poco de su espíritu tradicional. En Chile y en Colombia, el poder civil está todavía mal definido: la religión tiene su política y se considera una forma exitosa de régimen. Entre nosotros, el Estado ha establecido, mediante la supresión de diezmos y por el presupuesto de la Iglesia, la misma organización que Napoleón implantó en Francia contra la influencia eclesiástica. Los obispos son funcionarios y no existe relación de dependencia entre el clero y el pueblo; la Iglesia es uno de los poderes del Estado. Es fácil encontrar en este ordenamiento consecuencias enojosas: la conciencia de culpa, el automatismo de la vida religiosa, el servilismo de la Iglesia. Pero, si nos remontamos a la época colonial, durante la cual el catolicismo español gobernaba en forma absoluta, actuando las almas a veces contra el poder; época en la que las pequeñas querellas entre la Iglesia y el Estado se convertían en el centro de la conciencia general, comprendemos la importancia de una liberación del poder civil. La religión española, fuerte en su absolutismo, solo toleraba dos situaciones: la dominación o el servilismo. Para evitar su hegemonía, su vida fue regulada, dejándole el dominio espiritual y retirándole el civil, objeto tradicional de sus aspiraciones.

El carácter peruano acepta de buen grado esta organización política. No es religioso sino indiferente. El espíritu es dócil, extrovertido, y la voluntad es débil para entablar luchas religiosas. Hemos tenido partidos conservadores y liberales y oposiciones dogmáticas; pero un apaciguamiento progresivo de estos conflictos permite establecer que en nuestro espíritu nacional no existe, a pesar de su intolerancia, esta afirmación enérgica de la fe, que hace mártires y héroes. La indiferencia es extrema y la religión una tradición doméstica. No tenemos el espíritu luchador y peleamos por personas y nombres más que por ideas. La retórica española prefiere, en vez de símbolos, imágenes y brillantez verbal. El espíritu peruano, cambiante, burlón, inquieto por las dominaciones, no es propicio al entusiasmo religioso.

El catolicismo domina en el Perú, a través de otras influencias que no son la política: por la mujer y la escuela. La mujer es generalmente conservadora, y, en los países de tradición española, el prejuicio religioso está fundado, en todas sus tendencias, en el orden y la perpetuidad, en el sentimiento y la ensoñación mística. Dos caracteres más íntimos unen a la mujer peruana al catolicismo: un espíritu de simpatía humana que la impele hacia la caridad y una fuerte amalgama entre moralidad y religión, que poseen, en el sentir de las mujeres, una dependencia real y lógica. No podríamos negar que esta influencia religiosa ha sido fecunda, que ha fortalecido el pudor, el sentimiento de familia, el decorum del hogar y que se inspira en un deseo de idealismo necesario al eterno femenino. Sólo quisiéramos que esta caridad no buscara jamás la fe en lugar del amor, que fuera general y humana, al margen de toda camarilla religiosa. Y que esta moral, que la religión funda y sanciona, fuese superior a los prejuicios sociales, tolerante y firme, sin inspirarse solamente en la opinión ilógica e inestable.

La función de la mujer ­—la maternidad— queda en segundo plano en la educación nacional. Es aún un defecto que obedece a una idea vulgar sobre la religión. No sabemos armonizar la virginidad moral y la ciencia necesaria al destino futuro de la mujer. Asimismo, la frivolidad, una exteriorización despreocupada y el prejuicio banal, reemplazan, frecuentemente, en la educación femenina, todos los principios verdaderos de dignidad y elevación interior. Una mujer maravillosamente dotada para el hogar, por su sentido moral, el amor y el desinterés, se encuentra sin preparación para dar educación al niño desde su cuna.

Frecuentemente decimos que el catolicismo es triste y, no cabe duda, nunca hablamos de su esencia, su espíritu eterno lleno de alegría, amor y confianza en la vida. Pero, entre nosotros, en el alma femenina, la religión, por su severidad monacal, su sentido del dolor, su espíritu de disciplina y de renunciamiento, produce una cierta tristeza que conduce al fatalismo que evita el esfuerzo y la acción. Ha habido esfuerzos para instruir a la mujer, sociedades fundadas con este objetivo y aun esbozos de feminismo. Podríamos citar tres nombres en esta obra reciente: las señoras Fanning, Dammert y Dora Mayer.

La Sra. Fanning ha ejercido una larga influencia educativa. Ha trabajado en un sentido laico, con una religiosidad desprovista de todo prejuicio. Quiso oponerse al monopolio de los conventos en la enseñanza. Y su esfuerzo ha logrado demostrar que damos a la mujer peruana una educación frívola, sin el sentido de la vida; y que siempre olvidamos el rol futuro de la mujer en el hogar. De allí el divorcio entre esta instrucción verbal y las necesidades sociales, conducente a situaciones enojosas para la formación de la familia. En sus libros, de gran sentido moral, la señora Fanning prosigue y embellece su propósito, y es, por la dignidad de su vida, y por la nobleza de su alma, un ejemplo de educadora fecunda para nuestro porvenir.

La Sra. Dammert se ha dedicado a otro aspecto de la vida peruana, a la estrechez de una caridad dominada por los prejuicios. Ha querido ampliar esta virtud y hacerla humana y universal, sin influencias de corrillos o de condiciones de credo. Ha fundado en Lima una cuna, equipada de material moderno, gracias a una acción tenaz y, a despecho de toda oposición y desconfianza, ha demostrado la buena influencia de una caridad que no conoce de credos ni juzga las almas. Sabia y prácticamente ha enseñado la tolerancia.

La Sra. Dora Mayer es una mujer de talento positivo y fuerte. Recuerda a Clémence Royer, por su ciencia moderna y espíritu filosófico. En un medio en el que la mujer sólo ha escrito novelas y versos, la acción de Dora Mayer ha asombrado. Ya vislumbramos nuevos hábitos de observación y de pensamiento en los artículos escritos por mujeres en revistas y periódicos. Hay un progreso, a pesar del carácter infantil que pueda tener esta diversión. Dora Mayer ha estudiado con profundidad el problema indígena, defendiendo —con hermosa elocuencia— la causa de esta raza.

El notable esfuerzo de estas tres mujeres, que han tenido que luchar contra tradiciones y hábitos, no parece perdido. Parecería que la mujer peruana está más consciente de su destino y que su fe se define. Quizá el fanatismo pierda, con este cambio, sus más firmes sustentos. 

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Publicado en El Montonero., 19 de febrero de 2024

https://www.elmontonero.pe/columnas/el-peru-contemporaneo-de-f-garcia-calderon-i

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