La mentalidad tridentina y sus herederos actuales

Escrito Por: Hugo Neira 197 veces - Abr• 10•23

Nosotros, los peruanos, no fuimos parte de las guerras de religión europeas pero sí de sus consecuencias. Tuvimos el catolicismo no solo de los conquistadores o misioneros franciscanos y dominicos sino de la Iglesia renovada por el Concilio de Trento. De 1545 a 1563, el más largo de la historia, que fue convocado por el emperador Carlos V, y cuyas repercusiones en las Indias son decisivas. No tuvimos debates con los protestantes y otros reformistas cristianos. Las Indias —ese era nuestro nombre y estatus— fueron preservadas de esos combates y violencias, sin embargo, eso significó el aislamiento ante un debate que comprometía Iglesia y Estado y, en consecuencia, el nacimiento del Estado Moderno. En Europa, no en España ni en América española. Tuvimos un catolicismo especial. Poco se habla del Real Patronato. Sin embargo, en Wikipedia está al alcance hasta del más lego: “El Patronato regio consistió en el conjunto de privilegios y facultades especiales que los Papas concedieron a los reyes de distintas monarquías europeas del Antiguo Régimen y que les permitían elegir directamente, en sustitución de las autoridades eclesiásticas, a determinadas personas que fueran a ocupar cargos vinculados a la Iglesia Católica”. En pocas palabras, los obispos los nombraba el poder real, el Estado.

Tuvimos un catolicismo estatal. Solo comparable al de los popes rusos al servicio de los zares. Tuvimos una Iglesia Católica de la Contrarreforma. Es decir, bajo el poder de los reyes Austria, profundamente hostil a la modernidad. Crecimos en el vientre de un Imperio reaccionario y que defendía una heterodoxia. Durante tres siglos, las ideas dominantes eran absolutamente la verdad revelada y no eran materia de discusión.

Todo el tema se reduce a esta pregunta: ¿la Independencia en 1821-24 significa una ruptura de hábitos ortodoxos? La respuesta es no. La mentalidad tridentina, es decir, la intolerancia con los disidentes se traslada a la arena republicana y al debate político. Nuestros liberales eran tan intransigentes como sus opositores. San Martín y Bolívar no pudieron entenderse. Ni los caudillos. Nacimos doctrinarios, dogmáticos, e intolerantes. Pero lo que es virtud en teología resulta defecto en la vida política. Se explica nuestro horror al pacto, al acuerdo, a las alianzas. El horror a la política proviene de que la mentalidad tridentina —que en los ciclos coloniales sin política era religiosa— hoy es política de gente sin sotana. Se hacen laicos, pero no lo son, porque ignoran el sentido y la práctica del pluralismo. No hemos ni retrocedido ni progresado. Seguimos siendo una sociedad premoderna. Solo algunos tienen el monopolio de la verdad. A los otros hay que exterminarlos. Pero como no se puede matar al otro, se recomienda “la muerte civil”.

Somos parte de una Contrarreforma que no cesa. (Y ese somos, es de un plebeyo, no el de un hijo de papá.) Pero esta vez la culpa no se la podemos atribuir a la Iglesia Católica, cuyo proceso de renovación es evidente en el siglo XX, entre ello, Vaticano II. La “Iglesia” no es la que porta las feroces ideologías en nuestros días. Al clero negro lo reemplaza el clero rojo. Y estos no tienen púlpito, pero sí cátedra. Ellos son la colonia prolongada. Y seguimos siendo víctimas de alguna forma de poder eclesiástico que se hace pasar por civil. Cierto es, tenemos universidades, pero en el sílabo de los estudios que imparten, jamás hay adversarios. Sus coloquios son cerrados. El universitas como espíritu estuvo mejor practicado en la universidad colonial porque, al menos ahí, hubo espíritus más abiertos. En el virreinato, la Inquisición y el Convictorio de San Carlos estaban separados. Hoy, Inquisición y los dueños de las aulas son los mismos.

Una dominación eclesiástica sin que los que la portan lleven hábitos religiosos, en el fondo, son una ortodoxia. Muy especial, muy sui géneris, muy peruana. Su dominio parecería ser el del campo intelectual, pero este resulta más ancho que sus acólitos. Después de Mariátegui y de Flores Galindo su contribución no rebasa los límites del país, a veces no sobrepasa los de un conocido fundo legado por un conservador rico, sin pensar que ahí se iba a construir una suerte de mezquita. Su influencia es más bien sobre los hábitos mentales, las formas de discurrir, sobre dicotomías. La mentalidad tridentina que no se inclina por el análisis social —tendría que reconocer la existencia del otro— sino por la exclusión en nombre de principios morales (lo que recuerda asombrosamente a los púlpitos coloniales), se une a otra cosa. El habitus. Sí, el concepto de Bourdieu. “El conjunto de disposiciones durables, generadoras de prácticas y de representación, adquiridas en la historia de los individuos, en su infancia, en el hogar, la familia y, sobre todo, el tipo de escuela”. Son una suerte de clase de dominados (no son los más ricos) pero a su vez, dominadores. Quitan y ponen candidatos.

Cuenta en esta clase dominada/dominante las relaciones personales entre gente que ha hecho los mismos estudios en escuelas privadas y se conocen de toda la vida. Papel fundamental en el habitus, la educación. Estamos hablando de la lógica social que conduce a elegir una escuela privada, y en ellas, algunas de preferencia. El gasto escolar atiende a que en ciertos colegios se enseña mejor pero también a que los vástagos tengan amigos en esos establecimientos donde la clase dominante coloca a sus infantes para continuar, mancomunadamente, más tarde, los inmerecidos privilegios de siempre. La matrícula es una inversión que prepara el ingreso futuro a los grandes negocios corporativos, clubes sociales y otros espacios del poder de cleptoplutocracias. En nuestro país, la distribución de desigualdades arranca en una selección darwiniana que se inicia en las aulas. «Todas las sociedades tienen sus reglas secretas y no aman que se las descubran» (Castoriadis).  En fin, los malos colegios estatales son una plaga, los han vuelto lo que son, y ahí se finge una educación que no imparten. Los colegios para vástagos de familias adineradas son otra plaga, sin duda distinta. Pero ambas se construyen sobre principios que coinciden en la no educación.

En el Perú pesan con exceso “las religiones políticas”. Un concepto tomado del filósofo Eric Voegelin (1901-1985). No tal o cual filosofía política y programas de los partidos sino prácticas y rituales que son lo contrario de lo público, son sectarios. Grupitos, muy autosatisfechos. Creyendo que entramos a la Modernidad, en realidad nada más cercano a la extirpación de idolatrías que el debate público en Perú. Los censores no se han ido. La mentalidad trinitaria estrecha el campo del debate político y de ideas. Las sociedades industriales se sacudieron de una herencia absolutista aceptando lo que Weber llama “el politeísmo de los valores”, pero no en Sudamérica. El abandono de una tradición absolutista que, quiérase o no, proviene del fondo católico, nos es hasta ahora extraño. La consecuencia la sabemos todos. Nuestras sociedades tienden políticamente a generar corrientes raigalmente sectarias. La Iglesia es muy respetable. También el mundo intelectual, tengan las ideas que tengan. Lo que estoy señalando es una confusión de roles. Como lo tridentino baña a unos y otros, el resultado es confuso. Los intelectuales parecen hombres de religión. Y los hombres de religión, parecen políticos. No tiene nada de malo pero el pueblo de fieles no elige sus obispos. Hay una disimetría. Y eso, entonces, no es democrático.

Falta el demos al que aludía Mariátegui hace casi un siglo. Un demos, no lo constituye la turba, la multitud, sino gente popular bien formada y la conciencia de clase. Pero también se hace notoria la crisis de las elites. Si alguien corre el riesgo de la excelencia, lo más probable es que termine por partir. El Perú tiene una extraordinaria capacidad para deshacerse de sus mejores hijos. La errancia es el deporte nacional de científicos y profesionales. Los que se quedan, en la ausencia de los mejores, se sienten de lo más contentos. Nuestro es el Reino, nuestro el poder. Sí pues, Dios es peruano. Se premia a los peores. Esta selección al revés daña todo. Es el gran mal peruano, los inconformes y rebeldes no tienen más remedio que callar o partir. Nadie se extraña, pues, que se continúe la cadena eterna de grupos de poder.

Pasan los decenios, los siglos, y realmente no pasa gran cosa. Hay algo que permanece, un rasgo, los elementos de irracionalidad que garanticen que, en el peor de los casos, las reformas o revoluciones, las encabece alguien que forma parte de las elites dominantes. ¿O acaso no siguen buscando guías dogmáticos que ya conocen? Siempre alguien ya visto. “Uno de los nuestros”. Son un club, más cerrado que el Club Nacional.   

Publicado en El Montonero., 10 de abril de 2023

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