“Diferidos, diferentes e indiferentes” (comentario J. H.)

Escrito por: Hugo Neira - Mai• 20•18

Con gusto publicamos el interesante comentario de Julio Hevia, inspirado por nuestra columna del lunes pasado, “El Estado y la indiferencia de los ex pobres”. (HN)

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Diferidos, diferentes e indiferentes

                                                                                                              Por: Julio Hevia

“En tiempos donde nadie escucha a nadie, en tiempos egoístas y mezquinos, en tiempos donde todos contra todos” canta Fito Páez, mientras Hugo Neira corrobora la indiferencia de nuestras nuevas glorias provenidas del reino de la informalidad; de la renuencia a aportar de su propio bolsillo a causas que, entenderían, no están obligados a defender. Imposibilidad, entonces, de solidarizarse con aquellos entre los que alguna vez estuvieron instalados y de los que tanto trabajo les costó, ojo a ello, separarse. Hablamos pues del costo de la separación o, si el lector quiere, del afán de agudizar la brecha con el pasado y la voluntad de colocarse a distancia de todo lo nos ha dejado de pasar. Suerte de Alzheimer interclasista o de amnesia convenientemente contraída en pleno ascenso económico.

Sin embargo, queremos insistir en otro detalle dado por la fuerza centrífuga que el habla pone a operar, por su inadvertida y tan divertida conectividad. Vamos a ello: no es infrecuente que hoy el joven estándar se acoja una y otra vez a la interjección “¡literal!”, variante insospechada de lo que antaño hubiéramos expresado vía un “tal cual” o con el puro y duro “exactamente”. Variantes generacionales y atentados semánticos al margen, quizá esos nuevos hábitos reivindiquen, aún en clave cambiada, el lugar de la literalidad propiamente dicha. Así pues: ¿Qué sería aquello de la “indiferencia” de unos a otros, de unos a despecho de otros? ¿No se trata acaso de una ceguera ante lo que es preciso diferenciar, ante lo que merece un trato distinto? Bajo esa suerte de mecánica que va borrando sus propias huellas en el camino o que muta en función de exigencias socioculturales irreductibles, parecería que luego de luchar denodadamente por diferenciarnos es preciso recubrirnos con la indiferencia que debe caracterizar a nuestra, recién adquirida, posición.

Bourdieu quizá no se extrañaría de lo que acá describimos, siendo que dio cuenta, mejor que nadie, de aquella dialéctica por la que todo “enclasamiento”, frecuentemente acompañado del estatus correspondiente, va a implicar severos “desclasamientos” y disloques varios; desconciertos propiciados por la confrontación entre lo que fuimos y lo que pretendemos ser o, peor aún, entre lo que somos y lo que es preciso olvidar que fuimos. Esta indiferencia, así de marcada, digámoslo con Derrida, ¿no es el efecto aplastante de un histórico diferir vivido en carne propia, de un eterno postergar y envidiar, de una oscura familiaridad con el último de los lugares? Así planteado y de acuerdo a la vieja e inveterada política castrense, el de abajo sirve al de arriba, siendo que el de arriba, cuando arriba, precisa del de abajo para deshacerse del lugar que ocupó en otros tiempos. Ya lo sabemos: la serpiente se muerde la cola y el dedo acusador no hace más que ratificar lo que hay de vicioso en ese círculo.

La posible alternativa, hay que decirlo, se presenta en un segundo momento, instante pos-analítico para plantearlo con un giro muy a la moda. Así pues, si la fase inicial consiste en apelar a la teoría para mejor describir las prácticas, resulta imprescindible encontrar luego teorías que acompañen a la superación de aquellas prácticas o, en su defecto, de alentar prácticas que obliguen a evolucionar a las propias teorías. (Julio Hevia Garrido-Lecca)

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