Perú. Sociedad

Escrito por: H. N. - 2 798 veces

 

Perú. Sociedad

 

Parte I

Viajeros de la errancia“Poncho y sombrero”. La Iglesia en CajamarcaTeoría del caféUn regalo en plataEn Lima no hace fríoAmores perros
¿"No lo toledo"? Crítica a la crítica
De señor a paje. IlaveChina Tudela. Ni se te ocurra matarla, Rafo  – Mamá se va“Capital ausente"Los de fuera, los de dentro, los de arriba y los de abajoPrelados malhabladosPlegaria por un Colegio del Perú (III)

 

Parte II

Vicios privados y virtudes públicas – Virtudes públicas. Persisto y firmo – Paloma de sangre – Buscando un Inca – ¿A la boliviana? – Condones magisteriales – Los  conchudos – ¿Con qué ciudadanos? – Yerro y mentira. Política y gramática – Patria, tras indicios leves – La casona posmoderna – Fondear al Fondo – De los terremotos y alcaldes, líbranos Señor

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Sabatina, 18 de junio del 2005
 

Viajeros de la errancia

 

Hugo Neira

 

"Viajar es fregarse un poco o un mucho. Lectura para quienes quieran al Perú
pero sin esconder defectos"

 

Rafo León escritor, padre creador de la China Tudela (que en otra ocasión celebré y sigo celebrando) se le confunde con su personaje. Hace unas noches lo vi en la tele, no en su programa sino ante un entrevistador más perdido que esquimal en el Sahara, quien sostenía, sin duda para agradarle, que su último libro Viajes de perro (1) era divertido. Justamente no, no tiene nada de divertido. No es la China Tudela. Es Rafo León.

Ameno sí, bien llevado, pero, Dios mío, qué selva de sentimientos encontrados, de diatriba y ternura, de jolgorio y pesar. ¿Qué es este libro, tan particular? Prosa que sirve a variado propósito, relato no tanto del paisaje sino del “paisanaje” como decía casi por las mismas razones el español don Miguel de Unamuno, es decir,  el tema es la gente, lo humano que se le cruce, y todo ello, en prosa llana, y retratos de pocos trazos pero certeros y sin piedad. Por lo demás, nada de  interpretaciones sabihondas. Acaso se ha perdido una ocasión Rafo León de indagar más en su  “paisaje interior”, como dijo Javier Ágreda en su comentario. Cierto, pero algo dice, “Vengo a Cusco una vez más, quizás, la número setenta o setenta y tres de mi vida”. Vaya Usted a saber si eso quiere decir que le gusta mucho el Cusco, o que ya lo aburre.

Carnet de notas, oralidad, amigos que confiesan, “abren sus dramas” (p. 50). Relato donde hay otros relatos. El viajero se encuentra (y desencuentra) con Arabela “rubia, fresca, alta”, que se fue a instalar al Cusco de los sesenta, tiempo de hippies. Historia de Oscar, que lleva a Rafo a una ceremonia de culto (Madre Tierra)  en algún lugar del barrio de San Blas. Y la de Domingo, y del Oso, que conoce los caminos de montaña, y la de Majid, que estudia las sombras como los sacerdotes incas, y las de Celso, el cocinero del grupo que fue a Pitusiray. Historias dentro de una historia. La del propio Rafo, su pulmonía, tan limeña, en Beijin, por no cerrar la ventana en la noche esteparia. O una noche en Vilcashuaman, detenidos por el estado del vehículo comatoso, obligados a pernoctar en un hotelucho, al lado del cuarto una pareja con música propia y haciendo el amor, y el ruido metiéndose en la habitación donde dormían tres, Carlos el amigo, Rafo, y el chofer que se masturbaba “con lentitud laboriosa”.  “Lo que hacía ese tipo como si hubiera estado solo me golpeó en la boca del estómago. Encendí un cigarro a ver qué pasaba, pero el chofer continuó como si nada” (p. 93). Hay otros momentos estelares. Ese grupo inquietante de ronderos alcoholizados a medianoche. O señoras igualmente alcohólicas, clasemedieras cusqueñas, Rafo se fija en sus “zapatos pobres, medias deshilachadas”. En general hay mucho trago, conté docenas de chupas, luego dejé de hacerlo. Eso también es la realidad.  En fin, crónica de lugares y de un estado de ánimo, a menudo de fastidio, en ciertos casos  de exaltación, y cuando esto ocurre no será por algún lujoso hotel del Perú sino por cosas sencillas, “un patio de planta colonial donde vivían familias tugurizadas que despellejaban cuyes, criaban patos y lavaban ropa en medio del silencio de la noche” (p. 41). Pachacámac, San Pedro de Lloc, Andahuaylillas. Cualquier parte y ninguna, el inasible Perú. Qué libro Rafo. Pero me temo no te entiendan. No es la franqueza un deporte nacional. Nos hemos vuelto más alambicados que nunca.

¿Por qué viaja? “Los viajes me han servido (en Ayacucho, isla de Chiloé, Huacachina) para chupar y drogarme sin respeto alguno”. El Dios Dionisios no anda lejos, lo que no le impide observar el cusqueño comercialismo con “sus tascas españolas, los rincones novoandinos, los sucuchos israelíes”. O el acento del cargador de maletas, Justino, cusqueño, que dice “doze”. E igual llama a la fea avenida que lleva al centro, fea. No hay tópicos sobre el Cusco mágico, gracias al cielo. Describe una ciudad poblada de grupos autárquicos que viven casi sin tocarse (p. 31). Cree y descree en ese turismo que practica. Obra singular, en el modelo del errante atormentado a lo Paul Bowles a quien cita (p. 21). Errancia, esa es la palabra. La he buscado toda esta medianoche en que escribo, cuando ya el invierno de Lima comienza a helarme las canillas; vamos lector, estoy diciendo cosas graves. Heidegger habló de la planetarización de la errancia, presagiando la industria del turismo, cuando toda cosa se vuelva, como hoy, mercancía. Para concluir, viajar es fregarse un poco o un mucho.  Lectura para quienes quieran al Perú pero sin esconder defectos. Para gente sólida.

(1)   Rafo León, Viajes de perro. Crónica de travesías y extravíos, Aguilar. A mí me ha costado 32 soles

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Sabatina, 09 de abril del 2005
 

“Poncho y sombrero”. La Iglesia en Cajamarca

 

Hugo Neira
 

"La obra de Mujica cubre desde 1962 a 1992, es decir treinta años de gobierno pastoral en una de las regiones más pobres y escarpadas de nuestro país"

 

Al lado, casi diría al pie de la Catedral, se halla una librería, una de las raras que sobreviven en Cajamarca, bella ciudad con cuatro universidades pero ninguna gran librería, lo que se dice librería y no venta de útiles de escritorio, así están las cosas del conocimiento en el país. Estuve hace muy poco en Cajamarca con la voluntad de examinar, y de cerca, el conflicto social entre Yanacocha y su contorno, conflicto que hoy no nos ocupará. La pequeña y grata librería se llama “El obispado” y en ella hallé el libro que ahora comento. Libro admirable, pero, con un colofón paradojal, diría doloroso, que no viene de algún autor sino de la misma realidad. Dammert es un santo, y no bromeo. Pero Cajamarca, pese a sus treinta años de  diocesianos esfuerzos,  se ha hecho protestante.

 

“Poncho y sombrero”, es el libro de Mujica Bermúdez —el autor, antropólogo— un sólido estudio de antropología religiosa y teología pastoral, dedicado a la obra de Monseñor José Dammert como obispo en Cajamarca. La obra de Mujica cubre desde 1962 a 1992, es decir treinta años de gobierno pastoral en una de las regiones más pobres y escarpadas de nuestro país. Universitaria por sus cuatro costados, y tesis de calidad, lleva un título que habla por sí solo. Poncho, sombrero, alforja y bastón, expresan como emprendió monseñor Dammert su misión “de servir a los pobres”. El prólogo es de Manuel Marzal ¿qué tesis en la materia podía recibir mejor guía?

Hace más de treinta años, en efecto, llegó el padre Dammert a Cajamarca. Su diócesis, su mirada y diagnóstico de la realidad, su amor por los humildes, lo llevan a una acción pastoral enérgica y a la vez sacrificada. Mientras se descomponía el Estado, años ochenta, recorre la inmensa campiña, “cuyas distancias se calculan en horas y no en kilómetros” (p. 85). Hablamos de 9 vicarías, 15 mil kilómetros cuadrados, no sé si nos damos cuenta, extenso territorio, sin vías de comunicación, 30 sacerdotes del clero secular y 7 del regular en 1964. Dammert ordena a otros 20 sacerdotes. En su período, se instalan 15 congregaciones femeninas. Otras 11, de varones, entre ellos, los Maryknoll. Vuelvo a insistir en el trabajo inmenso, hoy un sacerdote católico debe atender a 42 personas por día. Dammert extiende su labor mediante catequistas, “agentes de humanidad”, a los que forma, unos 9 mil. Y comunidades cristianas, comités pastorales (p. 104).  La labor de Dammert son dos grandes objetivos misionales. De un lado, la reevangelización, aunque nadie  duda acerca del carácter ritualista del culto en las aldeas cajamarquinas. De otro lado, leal a las instrucciones papales, aplicar Vaticano II. Dammert consagra la Iglesia católica “a los pobres”. 

Pero he leído este libro en la noche cajamarquina, antes de que la luz del día me traiga los amigos que nos llevaron a un recorrido a salto de trocha por pueblos y comunidades abandonadas de la muy deprimida campiña cajamarquina, y una pregunta me quema los labios: ¿Qué pasó? ¿Por qué Cajamarca rural ha virado al protestantismo pese a los esfuerzos del ejemplar Obispo y de millares de religiosos, religiosas y catequistas? Cómo se entenderá, no saco por el momento ninguna conclusión. La reconversión de cristianos a otras iglesias, obviamente no escapó al mismo Obispo Dammert, y en 1979, dice lo siguiente: “La angustia que tengo es grande frente a la pérdida para la Iglesia de esta región por el empuje insidioso de las sectas”  (p. 329). Angustia, pérdida de una región: estamos ante hechos mayores.

Pienso que ese protestantismo rural merece que le prestemos atención. Por mi parte, he puesto en marcha con mis magros recursos y un par de documentalistas que colaboran en mis  personales investigaciones, una rápida pesquisa, y ya se ha reunido una veintena de trabajos, de revistas académicas y ONGs. Acaso estemos todos, creyentes y no creyentes, ante una transformación del imaginario popular de lo sagrado. Y si esto es así, como lo corrobora el paradójico resultado de treinta años de diócesado ejemplar en Cajamarca, entonces, algo profundo está ocurriendo en el alma popular, tan decisivo o más, me atrevo a pensar, que las consecuencias de la urbanización de los andinos en los años sesenta. Otra configuración mental del cielo y las creencias. Y esto ya no es solo religión sino inmanencia  y política. ¿Qué hacer ante un imaginario que se desplaza? En la noche cajamarquina resonaban los cohetes y fuegos de artificios de una aldea cercana, y me preguntaba cómo será cuando no queden ya católicos

(1) Luis Mujica Bermúdez, Poncho y sombrero, alforja y bastón. La iglesia en Cajamarca: 1962-1992, Bartolomé de las Casas, Instituto Superior de Estudios Teológicos Juan XXIII, Lima, enero del 2005.

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Sabatina, 26 de febrero del 2005
 

Teoría del café

 

Hugo Neira
 

"El café, bebida pública, como sitio o lugar de un cierto tipo de ocio, quedó vinculado a ese modo de vida que llamamos la Modernidad donde se discute y se pacta"


 

Exportamos café pero cada día lo consumimos menos. La producción es de calidad, un café peruano que se cultiva entre 1,200 y 1,800 metros sobre el nivel del mar, en Villa Rica, Oxapampa-Pasco, acaba de  recibir su medalla de oro en concurso internacional de Cafés Finos del Mundo, en París. Pero lo que me interesa es su poco consumo. La verdad es  que se pierde la costumbre de tomarse un cafecito. El hecho debe parecernos, como  dicen en semiótica, un signo, un mensaje. Dice mucho, en efecto, sobre la evolución (involución) de nuestras costumbres. El repliegue territorial del citadino café tiene como escena calles y plazas. No hay sino que abrir los ojos y observar.

Las cafeterías. Las contadas con los dedos que todavía quedan, se pierden en un mar de Bembos, Norky’s, Pizza Hut, Burger King, Pasti Pizza, Rocky’s. La Lima extensa no toma café sino que devora, yanta, manduca y come al paso en cualquier momento de la jornada,  y por eso exhibe unas ansias gigantescas que se van de frente a la hamburguesa, o al medio pollo con papas fritas y refresco, a siete soles en el jirón de la Unión. La cuestión de porqué no bebemos café no necesita estudios profundos de psicología social, ni para responder a eso, este cronista le va a sacar una renta de investigación a la Ebert o a la Fondation Adenauer, que mal no me vendría dice mi mujer que se asoma por encima del hombro a lo que escribo.

El  café era el lugar a donde se iba a hablar por hablar. Pero los exrurales, que son los nuevos dueños residenciales de esta nueva Lima, no están para esas vainas, acaso sus nietos, ya se verá.  No se sale del pedazo de cerro y el arenal, de la casita de esteras y cartones para ir a sentarse a una de esas terrazas al borde de la calle y perder el tiempo en conversar sin restaurarse, de ahí lo de restaurantes. El café es parsimonia. Algo tiene de gandul, de remolón, y viene de los árabes. Dice una leyenda que un pastor del desierto que buscaba pastos para sus cabras, notó que unos granos silvestres de color negro intenso las excitaban y ponían a saltar. ¿Da calma y a la vez activa? Ese es su secreto. Los poderes estimulantes de la rubiácea tuvo dos géneros de los cuales no nos libramos, arábica y robusta. La producción del café, aún continúa en Costa del Marfil pero la primera del mundo se halla en Brasil. El consumo de café se imbricó en la historia por un pasaje glorioso por la Europa del XVI al XX. Y ahora, en Estados Unidos, es hábito masivo, aunque le echen demasiada agua, los gringos quieren ser inmortales, no beben café fuerte. 

El café, bebida pública, como sitio o lugar de un cierto tipo de ocio, quedó vinculado a ese modo de vida que llamamos la Modernidad donde se discute mucho pero también se pacta. ¿Qué otra cosa es la democracia sino acuerdos? Y los parlamentos, discusiones de café que van al voto. En España, como siempre, arrancaron tarde,  a mitad del XIX, pero luego le tomaron gusto. Hoy, en Madrid, las terrazas de café son diurnas y nocheras, infinitas. En ellas los españoles practican el ritual que más les agrada según sus filósofos, charlar. ¿De ahí su Transición Democrática? Me lo pregunto. De ahí que la nuestra casi no camine. ¿El bajón en el debate público es que sus protagonistas vienen de negocios apurados? ¿Del whisky blancón a cualquier hora y en jornada laborable, o de la pollada achorada con mucho trago?  El café pausa y zanahoria es praxis de antialcoholismo que no osa decir su nombre. Aunque he visto a parroquianos que se zampan unos piscos-sour a mediodía como si tal cosa.

¿Es triste una cafetería? No me lo parece, aire cordial, mediterráneo, criollos sociables pero sobrios marcaron el estilo de vida urbana antes que Lima se volviera de “culturas distintas” como se dice. Me cuento entre los que para conversar no necesitan de un trago sino de un buen café. Pero que nadie se sienta agraviado por lo que digo, aun si la cultura urbana-migrante va por otros cauces. Del inteligente café ha gozado tanta gente, lo gozó Bach y Beethoven, unas 50 mil tazas dice que se tomó el escritor Balzac en toda su vida. Ha producido cantatas, poemas, y en suma, en variadas y diversas lenguas, buenos ratos y sociabilidad. Poco importa si se prefiere el expreso,  un descafeinado o un capuchino. Ninguno provoca riñas ni escándalos, nadie se mata o arrolla a otros por haberlo bebido, no aumentan las cifras de accidente de tránsito.  Ahora bien, un buen café va directo a la cabeza, la despeja como lo hace también un buen habano. Pero sobre ese otro y maravilloso pecado ya algo he dicho en sabatina anterior.

PD. En el próximo comentario político, encuentros y desencuentros, posibilidades e imposibilidades del 2006 y el 2011

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Sabatina, 25 de diciembre del 2004
 

Un regalo en plata

 

"Hoy tener plata no es tener barras de plata ensayada
controlada y de buena ley, como en otros tiempos"

 

Hugo Neira

¡La plata, la plata! Un metal precioso ligado a nuestras penurias como a nuestras pasadas grandezas. Hasta el punto que en nuestra lengua se vuelve figura de metonimia y decimos plata por dinero. En el francés también, l’argent ¿Cómo es en el poema de don Francisco de Quevedo? “Nace en las Indias honrado, viene a morir en España, y es en Génova enterrado” (1605). Quevedo canta en el verso citado, al oro. Enterrado en Génova porque ahí estaban los banqueros. Hoy  tener plata no es tener barras de plata ensayada controlada y de buena ley, como en otros tiempos.  De eso trata un libro de historia, como para días navideños. Flor y maravilla de uno de nuestros ingenios, el emérito investigador don Guillermo Lohmann Villena (1).

Para comenzar, Lohmann. Historiador de los de la vieja escuela, un ojo pegado al documento, desempolvos de archivo, debidamente filiado, cotejado, anotado. Alma de historiador de reglas profesionales, y precautoria interpretación, nunca más allá de lo que admite texto y cifra. O sea, Lohmann Villena. Para reconstruir la densa maraña de la actividad de los comerciantes criollos y españoles que iban y venían de Lima a Sevilla, los archivos de Indias, el Arzobispal y el General de la Nación en Lima, los de Madrid y Chile, y la lista de los comerciantes estudiados, unos 15 casos en el siglo XVI, unos 70 en el siglo siguiente, el XVII. ¡Qué trabajo!

Esos mercaderes, según el convincente estudio, recibían al partir de Lima diversos encargos que nos asombran, eran capitales “porteados” como dice el autor, y por conducto privado y no público, de un lugar del vasto imperio de Indias al otro extremo. Envíos por personas de confianza,  los estudiados. Eran negocios y capital viajero.  Raudal metálico en pesos ensayados y patacones de lo más corriente. Y barras de plata selladas. A veces poderes para realizar en España cobranzas. Libranzas y fianzas. Encargos para comprar o mercar en Sevilla. Por hombres de negocios coloniales. Gente de corretaje. Habilitados. Lo que iban eran encargos (en papeles o en joyas y alhajas). Lo que venía: nube de objetos mercantiles, terciopelos de Italia, cuchillos y abalorios franceses, paño negro y mantos de Valladolid, bayetas de Segovia,  alfombras de turcos, manteles de Holanda, agujas, herraje caballar. A  las tiendas de los jirones de Lima. O sea, ya andábamos globalizados. Nacimos imperiales, y en gustos,  barrocos hasta las cachas.

Y qué personajes. Los Maraña. Lope de Munibe. Gregorio de Ybarra. Improvisados comerciantes. Insisto, improvisados. Ni siquiera españoles, Maraña era nativo de Córcega. Ni corregidor, un mercachifle, un corso. Eso era una geografía opulenta donde circulaban gentes muy diversas que se instalaban según el capricho de fletes y gabelas, en Callao como en Acapulco. Gente de corretaje, de ganancias líquidas inmediatistas. Ande su señoría, yo le confío esta cadena de oro de 22 quilates, cuya era de mi madre, y me la merca en Sevilla por seda torcida de colores. No invento nada, p. 23. La copiosa masa documental inédita explorada por Lohmann, dice Ántero Flores-Aráoz, el dinero de manos de esos comerciantes ya en Sevilla “se expandía hasta los más alejados rincones del mundo occidental”. Algunos de estos personajes, como Tomas Maraña, piden a gritos la novela, el cine. ¡Es el probable inspirador del mito del Don Juan sevillano! Me quema el tema, la esencia del barroco, la vida desordenada y vuelta a ordenar por la doble lógica del deseo y de su contrario, la devoción.

Y la prosa de Lohmann Villena. Cuando el de Ybarra se instala en Lima, no se instala, toma “asiento”. Sí, pues, el “asiento” era vivir en algún lado, no sentarse solamente en una silla, hilacha de su sentido, aunque todavía atinamos a decir, “asentamientos” urbanos. Cuando el personaje de Maraña se muere, no se muere, su “óbito” le acaece en Panamá. El que da poder es el “poderdante”. Amigo lector, busque este libro. El placer de una historia bien explicada y en óptimo castellano.

¿Así que no hubo capitalistas virreinales? Sí los hubo, lo que no hubo es capitalismo (que es un sistema, un tipo de civilización) Ricos no faltaron. Lo de Lohmann prueba dos cosas. La sociedad llamada colonial en realidad era imperial y mucho más compleja que la que se obstinan los resúmenes convencionales; segundo, pudo haber  mercaderes ricos en Lima, y así, por los siglos de los siglos amén. Plata no es forzosamente  inversión, a veces su contrario.

(1) Plata del Perú, riqueza de Europa. Los mercaderes peruanos y el comercio con la Metrópoli en el siglo XVII, Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2004, 290 p. 

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Sabatina, 10 de julio del 2004
 

En Lima no hace frío

 

Hugo Neira
 

Las noches están frías, por las mañanas la neblina invade los barrios aledaños al mar, llueve no sólo lloviznas o garúa, nos abruman resfriados y alergias, pero, como sabemos, en Lima no hace frío.  Los varones peruanos, ni muertos, se ponen un abrigo.  Las mujeres, mucho más sensatas, son numerosas en ponérselos, las señoras, las muchachas: abrigos clásicos y modernos.  Los hombres ni aunque los maten, a lo más, casacas, polerones.  Ponerse un abrigo es confesar que se tiene frío.  Y de eso nada.

Esa sólida superstición nacional, machista, de andar desabrigado, siempre me hizo sonreír. ¿De cuándo data?  Porque de la Colonia no viene: el sabio Unanue se quejaba del clima de Lima y las costumbres coloniales incluían los braseros de salón.  ¿Entonces, desde cuándo se impuso hacer como si no hubiese invierno limeño?  Una somera revisión de revistas como  Mundial y Variedades, es decir, de los años veinte, resulta de lo más ilustrativa.  Sorpresa, pues, de ver al presidente Leguía con abrigo y con abrigo al joven Haya de la Torre, el joven Mariátegui, la turbamulta de los jóvenes contestatarios de entonces con abrigo, al provinciano poeta llamado César Vallejo.  Si esto es así, lo que ha cambiado no es pues el clima, para ello se precisan milenios, sino la moda y las mentalidades.  Pero a lo que voy, no para adaptarnos mejor sino para inadaptarnos, contrariando al mismísimo Darwin.

El abrigo o sobretodo varonil quedó desterrado hacia los años cincuenta del siglo XX. Entre nosotros claro está —lunar singular si lo hay en el planeta— porque tal prenda sigue en uso en toda Europa, en los Estados Unidos, y no vaya a creer el lector únicamente en los países del mundo occidental.  He visto a chinos y coreanos con sólidos abrigos, no me vengan.  El tema es por qué desaparecieron aquí, y a partir de los cincuenta.  Crónica o ensayo de interpretación de la irrealidad peruana.

Ni nos dimos cuenta, pero por los años cincuenta nos volvimos, si no americanos, de golpe californianos.  Y no por los ingresos o el nivel técnico, ojalá, por la apariencia.  Desde entonces, de abrigos nada. ¿Acaso se llevan en Los Ángeles?  Por el estilo en la arquitectura: casas, aun las de capas medias y altas, igual son una congeladora, y en los hábitos culinarios —mucho ají y mucho trago para combatir el frío— y nada de chimeneas o de estufas.  Ahora bien, la nueva regla de subjetividad que tan inapropiadamente nos hace vestirnos (el padre Marx lo llamaría alienación) no provino de banqueros o industriales sino que fue impuesta por una generación de tablistas.

Muchachos fortachones, play boys locales, salidos de los buenos negocios y el ‘boom’ de exportaciones de los días del general Odría.  Fue la victoria de un mito que Lima, desnuda menos de ropa que de sentido, desde entonces acoge.  El mito de que somos una ciudad tropical aunque un tanto húmeda.  La regla de la imitación (oh Gabriel Tarde, un clásico) hizo el resto: siguió la clase media y, veinte años después, los emergentes de los Conos.  Pudo más el club Waikiki que el sentido común.  La conquista del Oeste a la limeña,  se hizo con un trago en la mano, y calentitos por dentro.  Desde los cincuenta, bailes hawaianos en la alta sociedad, el surf, y el hábito de andar bronceadito todo el año y no llevar encima sino un pullover a lo más, echado como quien no quiere la cosa sobre los hombros.

En cambio en Chile, tan desesperantemente realista, se abrigan.  Santiago se ha construido pegándose a los cerros, en busca del sol.  Y eso que es ciudad de altura, pero han crecido hacia Alto las Condes, y cuanto más dinero tienen, menos frío, porque se van para la cordillera.  Aquí es al revés, cuanto más plata más frío pasas, y te construyes una casa entre, digamos, Ancón y Mala, al borde del helado mar.  ¿A quién se le ocurre algo por Chaclacayo o Chosica?  En fin, llevar juiciosamente abrigo no es posible: no están en venta.  El otro día me di una vuelta por Ripley (yo me pongo uno, “ande yo caliente y ríase la gente”, pero fui a ver si podía cambiarlo ya que comienza a gastarse).  Pero en el ramo, sólo los hay para señoras.  El varón peruano no lo necesita.  ¿Para qué? De vez en cuando alguna resolana nos autoconvence: el clima no lo precisa. Menos ponerse un gorro en la cabeza, eso es cosa de turistas y serranos.  En fin, seguiremos viviendo en la ilusión, en un tiempo sin tiempo, sin estaciones, todo con tal de seguir diciendo con el termómetro a la mano y el mentholatum en la nariz, en Lima no hace frío.

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Sabatina, 03 de julio del 2004
 

Amores perros

 

Hugo Neira

Ha sido una semana de necropsias, soldaditos que mueren con misteriosas heridas y despojos de escritores que se llevan o se traen. Para establecer la memoria colectiva, la identidad y la nación, quien puede negarlo, se precisa de ritos funerarios y monumentos. Pero la obligación de recordar no es obligación de trasladar. Así, no la exhumación sino el secuestro de los restos de Arguedas: como si fuera una encomienda lo enviaron a provincias. Peor que un crimen, un sacrilegio.

Amores perros es el título de una excelente película mexicana que estuvo un rato en nuestra cartelera. Puede también encabezar el relato del plagio de los despojos de Arguedas. En efecto, oscuros personajes abren un célebre sepulcro, y sin dar explicaciones a nadie, ahorrándose en pompas oficiales y de las otras, chítalas callando, arrancan carretera pa' delante para cumplirle a abusivas demandas pueblerinas. Se diría un libreto costumbrista del México de Cantinflas adaptada a un episodio "chicha" de estos días. Dicen también que hay un partido lugareño de nombre "todas las sangres" interesado en el traslado. Lo que nos faltaba, desesperación electoralista y asalto de tumbas. Perú, la crueldad del trato. En vida ni se acuerdan de sus pensadores ni atienden sus necesidades, pero ya muertos suben éstos de valor. La afrenta de los usos póstumos.

Lo de la prelación debe preocuparnos, aunque menos, sin quitarle razón a los que invocan el  caso de César Vallejo: se consultó a Georgette, la viuda. Arguedas dejó una, en efecto, hoy en Chile, Sybila Arredondo, o sea, nos guste o no nos guste sus ideas políticas, viuda hay. E inconsulta. Por lo demás, las menciones a Andahuaylas en Arguedas, que César Hildebrandt recordó en la pantalla, son las de un hombre que quiso volver al terruño pero en vida. Por un rato, para reposarse, escribir y escapar a las garras de la depresión que lo acompañaba (desde 1943, dice) Arguedas, que se suicidó, se explica en cartas muy claras, muy francas. Dice "la Agraria". Si hubiese querido otro lugar, lo hubiese dicho. Un ser humano que se quita la vida es siempre terrible. Ritual de muerte y vida, el suicidio por voluntario posee siempre un significado, el de José María Arguedas por la implicancia de su obra con el destino de una nación entera  hace pensar a otro suicida lúcido, al caso de Mishima, a sus explicaciones sobre el deterioro del Japón contemporáneo. Se quita la vida Mishima para recuperar el alma perdida de los samurais en el desierto del capitalismo tardío. Robarle a Arguedas el cementerio es escamotear el sentido de su muerte.  Su alma era varia como su amor por la música. "Admiro a Bach, y a Prokofiev, a Shakespeare, Sófocles y Rimbaud, a Camus y a Eliot, pero puedo cantar con la pureza de un indio chanka, un harawi de cosecha". "¿Qué soy? Un hombre civilizado que no ha dejado de ser, en la médula, un indígena del Perú, no indio". Ese cambio de cementerio es de los que no quieren un Arguedas universal. Todo ese asunto es raro, muy raro. No vaya a ser que se facilite el homenaje de alguna columna del camarada "Artemio" bajo los calandrias vengadores y el pisonay color de sangre. Quien sabe, se lo han llevado lejos, acaso para aviesos usos.

En estas mismas páginas y hace poco, Rodrigo Montoya, abogó por la identidad múltiple del escritor Arguedas; no siempre estoy de acuerdo con Rodrigo, en especial cuando se pone a disertar sobre los velos islámicos en París y la lógica del Estado laico que no entiende, pero bueno, en este caso si coincido por completo. En fin, en la controversia levantada por el traslado de Arguedas no ha faltado quien diga que hay que leerlo, vaya perogrullada, claro que sí,  pero el tema es otro. Los escritores son también bandera de causas, y por eso la guerra de cementerios en su contorno. ¿Si Mariátegui nació en Moquegua, qué hace en la capital? La propuesta misma es insensata, sería encerrarlo en un solipsismo provincial. Ya en marcha con Arguedas. Y pensar que en "Yawar Fiesta" la carretera es el punto de arranque del éxodo rural. ¿Arguedas devuelto al punto de partida, como si no pudiese encarnar otra cosa? Porque eso es el escandaloso secuestro: un escritor, uno de los más grandes, preso  de mestizos de aldea de los que se burló en sus obras. "Principales de pueblo alimeñados" los llama (“Yawar Fiesta”) hoy achorados hasta la médula. Son esos, sus personajes, los que han abierto su tumba y se lo han llevado como una encomienda, los malos vecinos de pueblo, no los indios campesinos. Parece un cuento de Rulfo, el mexicano.

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Sabatina, 22 de mayo del 2004
 

¿"No lo toledo"? Crítica a la crítica

 

Hugo Neira
 

Sostengo que las encuestas no son políticas. ¿Cómo pueden serlo en un país que detesta a los partidos? Son sentimentales. Son parte del autocastigo. Son parte de la culpa. Mirko Lauer ya se ha adelantado, imagina la situación en el 2005, con "un Toledo fuera del país con toda su familia", y el debate de todos contra todos sobre quien tuvo la culpa "de la interrupción de la democracia y la responsabilidad del golpe autoritario". Léanla, vale la pena (‘Recuerdo del futuro’, 19 de mayo).

Las encuestas son parte de nuestro autodesprecio. Del selfloathing. No queremos a los políticos porque tampoco nos queremos. Son emanación nuestra, por eso aborrecidos. Entre tanto, las encuestas nos están dando malas noticias sobre nosotros mismos. Nos dicen que muchísima gente equipara autoridad con el uso de la fuerza. ¿Si no que es lo que quieren decir los bajísimos índices de aprobación al premier Carlos Ferrero? ¿Qué se quería para Ilave? Si se cae Ferrero en las encuestas es por no declarar "el Estado de emergencia". Está implícito el pedido de "mano dura". Sin embargo, su cautela está dando resultados, lo digo a riesgo de que aquí a mañana algo reviente en Tingo María o en Ilave. Siempre y cuando las comisiones vayan y no tomen al galope el avión para volver a Lima la dorada. ¡Cómo le falta partido de gobierno a este gobierno! Pero a lo que iba, si se hubiera seguido fielmente las duras voces de las encuestas, Puno ardería a sangre y fuego. La voz del pueblo no es pues, siempre, la voz de Dios.

Pero hay quienes, en la clase política, están dispuestos no sólo a escuchar las encuestas sino a encabezarlas. Me refiero a la campaña iniciada por Agustín Haya de la Torre para sacar a Toledo de la Presidencia. Conozco a Agustín, a Cucho, de siempre, en especial de cuando íbamos juntos a desangeladas aulas en los días de Fujimori para predicar contra el tirano, y en nombre del Foro democrático. Sobre Agustín, tengo la mejor opinión. Lo digo para que no se malinterprete lo que sigue a continuación, en nada personal.

El lema de "No lo toledo", que acaba de lanzar, contrariamente a lo que puede pensarse, es un desacierto, y peor si progresa. El "No lo toledo" es no lo tolero. O sea, apología de la intolerancia. Ese concepto desvalora a quien lo porte. En charla de amigos, como juego de palabras o retruécano, pase. ¿Para un movimiento cívico? Ahora bien, política es eficacia, y a esa campaña le puede pasar una de dos. O el movimiento de intolerancia no prospera, y entonces sus promotores quedan mal. O el movimiento prospera -todo es posible- y entonces sus promotores quedan igual mal, por las consecuencias. Bajarse a Toledo del sillón presidencial es quitarle toda credibilidad al Estado. Yo no correría ese riesgo. Con la vara que mides serás medido, dice el Evangelio.

Para colmo, como se comenta en los corrillos limeños, esa campaña de Cucho desde el Foro es parte de su ambición, por lo demás legítima, en llegar a la Secretaría General del partido aprista. Sobre esa elección interna, se entiende, no entro, no obstante recuerdo haber escuchado a Haya de la Torre decir, al tío, no al sobrino, "somos un partido con responsabilidad de gobierno, otra cosa es la pequeña izquierda". Frase muy afortunada, como "sólido norte" entre otras, que tomó al vuelo el sociólogo François Bourricaud. "La petite gauche". O sea, la confrontación por la confrontación misma. Cierto, los tiempos son duros. El electorado se muestra irascible, inabordable. Hay inquietud en los estados mayores de todos los partidos. Y así, muchos terminan por ponerse de cuclillas ante cada encuesta como los musulmanes ante la Meca. Sin embargo, la política, en países en formación como los nuestros, es pedagogía. Conducir masas, no seguirlas. Correr el riesgo, qué diablos, de no ser siempre popular. Los grandes políticos no halagan a los ciudadanos, los educan.


PD. Está por salir una edición sensacional. Un libro que será parte de la Biblioteca Anticorrupción del Congreso de la República. He visto esas páginas, en "machote". Contienen el texto, o sea el audio limpio de esos videos que han llevado a Montesinos a la cárcel. Durante un año, una empresa técnica ha limpiado las bandas sonoras. Por iniciativa de Henry Pease, ellas están ahora al alcance de los ciudadanos. Su lectura, no obstante, es mal trago, pero necesario. Medio Lima de potentados desfila en esos audios, se les escucha preparar y montar con desenfado escalofriante, fraudes e infamias. Magaly a la mega potencia. Bizancio limeño de favores y corruptelas.

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Sabatina, 01 de mayo del 2004
 

De señor a paje. Ilave

 

Hugo Neira
 

A Cirilo Robles, para desgracia suya, alcalde de Ilave, lo desnudaron, bañaron y golpearon. ¿Qué culpa tenían sus enseres domésticos? Los quemaron. Fue azotado con látigos y cadenas. Como había hablado de una carretera asfaltada, el muy embustero, los ilavinos, según testimonios de fiar, decidieron inaugurarla con "su sangre". Así fue la cosa.

Mirko Lauer, en columna que me precede, dice de la asonada de Ilave, ni tan justicia ni tan andina. Prefiero su versión, "un reclamo regional", a la etnicista de los culturalistas que le meten pututos a todo tema ciudadano. Claro está que no faltaron linchamientos de alcaldes en nuestra historia, pero yo no me olvidaré de recordar que lo de cabildos y municipalidades fue institución introducida por los españoles. De donde "rasgos étnicos" acaso los tenga por el lado que menos se piensa.

Esos ajetreos de aldea, esas intrigas y facciones y misas de difuntos, tiene mucho de la España "zaragatera y triste" de la que hablaba Machado. En cuanto al suplicio del alcalde, que ahora resulta que lo de corrupto era solo un rumor (y aun si lo fuera, ¿qué es eso de tomarse la justicia por su cuenta?), un poco "La Pasión" versión telúrica. Lo han vejado, torturado, y eso no es inspiración cinematográfica.

Me decía, in pectore, pasmado como todo el mundo ante las noticias, ¿quién va a ser el tontonazo que va a invocar lo de Fuenteovejuna? Lo cual sería darle una caución moral a lo inadmisible: al grupo que se hizo justicia por su propias manos. Y claro, alguien lo dijo. El inefable Luis Thais, nada más bajando del avión. Por lo poco que uno se acuerde, de cuando el colegio, el drama de Lope de Vega tiene marcadas diferencias. Si bien es cierto que el pueblo de Fuenteovejuna, en esa obra teatral del Siglo de Oro, se levanta contra los privilegios de la nobleza y asesina y mata al gobernador Fernán Gómez de Guzmán, hay un juez severo que envía el rey, y que no será Thais.

Este los confiesa con drásticos medios, y aunque torturados, no hablan, y finalmente el rey los perdona para ponerlos bajo su protección, como dice el texto de Puccinelli en mi viejo manual de escolar. O sea, en la España de los Austria había Estado. Aquí, en la excolonia, cuatro siglos después, algo que lo remeda, timidón, trabado, dubitativo, sin energía. Palacio. La Fuenteovejuna de Lope no es solo el drama de la colectividad alzada sino un episodio en que el absolutismo monárquico se asienta contra la nobleza, aprovechando la asonada. O sea que allá y entonces había Estado, y aquí no. Cierto, se ha enviado a una comisión de alto nivel. Lo de alta comisión debe serlo por la altura. Frío puneño y calentura popular, no han podido ni los obispos.

Fallaron todos. Los ciudadanos, aimaras o no aimaras, que sigue a los interesados agitadores al bando de regidores descontentos. También el pobre alcalde y sus allegados, ciegos al viento de linchamiento y que escuchó malos consejos, y que enredado en leguleyadas no supo renunciar. En el tejido celular, en la base, en los distritos, por lo visto desconocen el mínimo de trámite de ley ni nadie que les explique. Cómo falta partido en esta transición.

Gente que eduque en gobiernos locales y regionales. Pero si eso fuese todo, está la clamorosa cadena de descuidos durante veintitantos días. Falla la fiscalía; César Hildebrant ha mostrado las cartas del victimado clamando por socorro. Falla el prefecto, esa autoridad precautoria del orden, que por algo se llama así, del latín donde está el verbo "facer", hacer. Por hacer no hizo nada. Que de Pilatos en esta vía crucis de Ilave. Falla el presidente de región. Fallan las instancias supremas. Congresistas, ministros. De señor a paje en Ilave. Eso sí, en Lima, no se dejaron de dar condecoraciones.

Posdata. Las líneas anteriores se escribieron antes de "la solución" encontrada por Luis Thais y que este se ganara, en consecuencia, la primera de todos los diarios y la repulsa general. Salida apresurada, absurda y terrible mal ejemplo. Más de un alcalde, en otros lugares, anda ya amenazado. En los millares de distritos no faltará quien diga: armo un lío, mato al alcalde y luego me nombran. Formidable solución, Thais, te has lucido. ¿Por qué envían a cortesanos limeños a discutir con duros puneños? ¿A gente que no sabe soportar una tensión, un conflicto, y que arregla rapidito y a como sea con tal de regresar a la corte palaciega, no vaya a ser que se pierdan algún cóctel? Por lo demás, la foto del lugareño publicada en Caretas, un campesino cachaciento que se ríe del poder blandengue de los limeñitos lo dice todo.

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Jupiterina, 25 de marzo del 2004
 

China Tudela. Ni se te ocurra matarla, Rafo

 

Hugo Neira
 

En nota que apareció en El Comercio, Enrique Planas recuerda que la "China" nació en 1979, en el semanario Monos y Monadas y que hace diez años habita Caretas, no muy lejos, dice, de la página de "Ellos y Ellas". Sí y no. Lo de la China pasa como personaje divertido, chispeante, con aplomo que viene de los buenos colegios y el sonoro apellido. Pero del griego Aristófanes a la comedia y el cine actual, nada es más serio que el humor. Y nada más esquivo.

La doctora Lorena Tudela Loveday, por favor —lo de China es resabio de sus días de adolescente—, se nos presenta como alguien que dice y siente como la gente de las clases altas de Lima, en particular las mujeres. Hasta aquí el estereotipo, el lugar común. No es tanto así. Eso es lo que nos hace creer el zorro de su creador, Rafo León. Observen un aspecto del personaje, su inusual franqueza. ¿Así hablamos? No lo creo, la flor del habla fina de Lima opta más bien por la alusión, a la que la doctora Tudela por cierto a veces acude, "no sé si me entiendes". Pero en cambio, ahí están los deslenguados retratos de Pachi, Madame Carrot, Willi o el Tukuyrikuy azambado y Margaracha. Y eso no es raje de salón sino que tira para panfleto. Tampoco sostengo que sea el brazo lingüístico del MRTA sino que hay fastidio, exasperación, como en nuestros humoristas políticos (Carlín, Heduardo), en realidad, malhumoristas. Digo pues que apunta a la crítica social. "A un mecanismo de regulación de nuestra aldea", como me sugiere la doctora Caplansky acerca de la colaboración de Rafo en Caretas que mucho aprecia.

Este mismo jueves, en algún lugar de Lima se presenta una selección de crónicas en que China Tudela habla y vocifera continuando a satíricos y costumbristas, de Terralla a Yerovi, decirlo es un alivio. También es posible situarla al lado de la "Mafalda" de los argentinos, la niña sabihonda. Acaso cabe preguntarse ¿qué en ella, de lo limeño, cristaliza? ¿Qué en este amanecer de siglo? (amanecer, qué huachafería).

Resaltaría, me parece, un par de cosas del personaje. Su teatralidad, la política peruana como escenario, Lima entera, el mundo. Pero si es teatro, en el sentido de desparpajo y glorificada afirmación de unos gustos de clase, la pregunta cae por su propio peso, ¿por qué nadie la ha llevado al teatro? ¿A un serial de televisión? Es un personaje oral y por ahí inmenso, lo contrario de nuestra hipocresía, del disimulo. La China es nuestro anti-Tartufo. Por eso muchos se le resisten. El otro signo es la ambivalencia. ¿China Tudela representa una clase? ¡Pero si deja a ciertas de sus congéneres como analfabetas! Es feroz con lo brutas que son algunas. No te digo los varones. Rafo León acaba de decir que en materia de ser crítico de la clase alta peruana, "ya tiró la toalla". Pero la doctora Tudela es más constante, posee un rasgo particular, comprende a los demás, y se salta barreras. Entiende, por ejemplo, a la señora gorda de Los Olivos que quiere su mantecoso Laive "y ya no tiene que estar envidiándonos con su resentimiento social" (en ‘Pucha el Mercado y el Verano’).

¿Prudencia y sorna de clase? La China se ha hecho adulta, una doctora Tudela chispeante pero madura psicóloga que se queja de sus pacientes, burguesía chola emergente que ni siquiera le cuentan, en el diván, un buen síndrome con el cual irse a un congreso de analistas a Londres, y que encima "le dejan el estudio hecho una porquería". Esas cosas no se dicen, doctora. Cuando el norteamericano B. Flacks estudia la generación del drop-out, las flores y la contracultura, dijo los habitaban dos revueltas divergentes, querer ser libres y querer ser eficaces. China, moralista a su manera y su doble programa: rajar y corregir. Leerla es un trip, un viaje literario por el humor y la vida de estos años. Soy su ferviente admirador, abría en Tahití las páginas virtuales de Caretas para escucharla, hay sapiencia irónica en ese ego metafórico. Ni se te ocurra matarla, Rafo. Somos capaces algunos de resucitarla, aunque claro, jamás con tu talento.

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Jupiterina, 11 de marzo del 2004
 

Mamá se va

Hugo Neira
 

Al parecer, pronto vamos a sobrepasar los dos millones de ciudadanos emigrados para llegar a los tres millones. La cifra es reveladora y es un signo. En semiótica signo es lo que reemplaza a algo, y en periodismo. Convendrá el lector que tras los tres millones de peruanos y peruanas que se fueron, se halla la acumulada cuestión de nuestras desgracias: falta de empleo, ausencia de oportunidades, inestabilidad política y jurídica, un largo etcétera.

Me trotaba el tema en la cabeza cuando asisto a uno de esos desayunos de trabajo frecuentes en nuestra capital. Llego a la hora y comparto la soledad de ser puntual con un amigo. Entre café y café, comentamos la deriva migratoria de peruanos hacia el exterior. Entonces el amigo me da una información sorprendente, bajo reserva de su nombre. "Y además, Hugo, ahora comienzan a irse, de preferencia, mujeres". Como le digo que solteras, y le recuerdo que las he visto a menudo en España, buscando trabajo o colocadas, me corrige "No, pues, se están yendo ahora madres de familia". Y añade: "son más prácticas, dejan detrás marido o conviviente, y prole".

¿Cuantos inmigrantes hay en el mundo? Una cifra confiable: 150 millones según la OIM (Observatorio Internacional de Migraciones). O sea, personas que dejan su país para hallar trabajo en otro lugar, más los acompañantes familiares. El número de inmigrantes va en aumento; en 1965, dice la misma fuente, solo eran 77 millones. Obviamente, es un flujo de sur a norte. Ahora bien, gente que se ha ido siempre la hemos tenido. De los treinta a los cincuenta, tiempo de exiliados. Por los sesenta, emigración profesional y de docentes. Hacia los años 80, éxodo de otro tipo, empresarios. En los noventa, trabajadores manuales. El gasfitero que se va a Australia o Nueva Zelanda, tantos, los he visto pasar en los años que residía yo mismo en Tahití. Cada vez más, los de abajo.

Ahora se van las madres. Se va la amiga, la vecina, la colega, la esposa y madre de niños. Unas volverán, otras jamás. El golpe es fuerte, porque, si algo somos, es una sociedad mamaísta. ¿Pero qué somos si se va mamá? Y por otra parte, ¿se integrarán a esa marea de mexicanas, portorriqueñas y cubanas, parte de los 31 millones de latinos que pueblan Los Ángeles, Miami y Nueva York? ¿Qué cambios cuando pasen de la ideología brutal de la supervivencia, del reino del "que dirán" tan peruano a la sociedad hedonista y sin inhibiciones?

Doy apenas cuenta de un fenómeno. Que no me malinterpreten, no pongo en duda el derecho de nadie a partir. Solo que en flujos parecidos de población femenina —de musulmanas a Europa, de "latinas" a EEUU— se ha hallado motivaciones no siempre socioeconómicas. Unas emigran por trabajo, otras porque ya viven en el mundo del videoclips y el rock, y querrán pasar de lo virtual a lo real. Ojalá la vida no las defraude. En fin, con las peruanas que se van y son empresarias populares, huye un cierto tipo de capital social. Hecho de experiencia. Una última precisión que viene del experto amigo: "Se van a donde pueden, no solo a EEUU". Me quedé pensando. Por un lado China luego de la imposición del "hijo único". Ya tienen una generación de hijos únicos, de hijos de papá y abuelos, que por engreídos resultan insoportables. Por otro el Perú.

¿Qué pasará, de aquí a veinte años, cuando a los niños de guerra y los no reconocidos, se sumen los de mamá se fue a vivir al extranjero? No estaré para verlo, lástima, la orfandad de masas es tema doloroso pero interesante. No me digan que la ausencia de millares de madres que se fueron a Globalia no dejará de tener consecuencias. Pero los seres humanos sabemos sobrevivir a la adversidad. "Lo que nos destruye nos hace también fuertes" (Nietzsche).

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Sabatina, 28 de febrero del 2004
 

“Capital ausente"

 

Hugo Neira
 

Formidable. La mejor descripción de cómo funcionan los peruanos en la vida social, en la cotidianidad, en el mercado restringido, en los ámbitos político y social. O mejor, cómo no se funciona, como se traba la sociedad, cómo los grupos de poder, arriba, al medio y abajo, viejas y nuevas argollas, se combaten y se autolimitan. Un regalo, aunque descripción feroz de lo actual. Un acontecimiento intelectual, político, anímico. Un espejo donde muere la feria de nuestras vanidades. Obra de dos autores, uno economista y otro psicólogo, y, al parecer, un equipo de entusiastas del decir de verdad las cosas.

«El poder en la sociedad peruana no se ubica en un solo "lugar" o locus de control que pueda ser conquistado u ocupado. Por lo general al poder o autoridad no se les enfrenta; más bien se les "tumba" (derroca) colectivamente, mediante la acción de coaliciones silenciosas o intentanto debilitar las alianzas que lo sostienen» (Volumen II, Paradigma y finta, pp. 261-263). Cito al azar, “lo urbano como archipiélagos de guetos”. "La gente se apropia de lo público y lo privado se invade". Nadie escapa a estos millares de páginas de rarísima voluntad de sinceridad. Nada. Ni el mercado sin país, ni el Estado sin ciudadanos. Ni el poder en las altas esferas, es decir, políticos, militares, gran empresariado (que los autores parecen conocer de cerca). Ni los tecnócratas y "representantes de Dios" (Volumen III). Todo lo cual conduce a la concentración financiera, bancaria. Al capital ausente.

A nada se perdona. Ni al Estado cómplice (Volumen IV). Ni a los saldos de la historia, corrupción, mercado fantasma y pobreza (Volumen V). Hay que agarrarse fuerte, como en un tobogán, en la lectura de ese ejercicio iconoclasta, mezcla de panfleto, investigación e ironía. De "Imanuel Kant al sebiche", título de uno de esos ensayos. Los autores relacionan política y economía con algo aquí inusual, el comportamiento, las pautas, lo que llaman (inesperados discípulos de Max Weber) la "lógica cultural". Ese es el tema de fondo. Y ese es el sensacional acierto. Mostrar y exhibir cómo la sociedad (peruana) produce argollas. Agujeros negros, como los del universo, donde se diluye la cohesión de la sociedad. El capital entonces se evapora. El país puede marcar el paso —eso lo digo yo— sin por ello entrar jamás al capitalismo de la modernidad. El futuro es Bangladesh, una sociedad eternamente premoderna.

Se abandona el victimismo, los peruanos tenemos una responsabilidad inmensa en nuestro propio retardo. Identidades de fachada, envidia social, trasgresión a todos los niveles, el desmenuzamiento de todo aquello cubre páginas de páginas, algunas de antología. ¿Reparos? Los tengo, y muchos, y anotados y fichados. Pero no me detendré esta vez en ellos hasta nota más extensa, acaso en otro lugar, en donde pueda explayarme sobre esa manera distinta de abordar la realidad (en el que hallo ecos de mi "Tercera mitad" de 1996). Por el momento intento romper el silencio en torno a la obra de Dwight Ordóñez Bustamante, psicólogo, y Lorenzo Sousa Debarbieri, economista. Ambos, con los PhD que se quiera, pero gente bien de aquí en su desenfadada ironía, "papá gobierno", "mano dura", "el que puede, puede". No los conozco, pero igual, lo digo: desde los días en que Hernando de Soto y sus investigadores del IDL llevaron a cabo su trabajo de campo sobre el mundo de los empresarios informales, esta es la obra más fundamentada y atrozmente veraz que se haya publicado de peruanos en el Perú (unas 2’000 páginas). Y un precio extrañamente moderado, 110 soles. Hasta en esto, el caso es insólito. Y pensar que los hallé de pura casualidad, con Claire, mi mujer, una tarde en la librería "La Casa Verde", tras unos libros sobre el barroco colonial y sor Juana Inés de la Cruz para algunos de mis cursos. "El capital ausente" desde ese día, presente en nuestro aprecio y en el lugar más visible de la mesa de trabajo.

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Sabatina, 07 de febrero del 2004
 

Los de fuera, los de dentro, los de arriba
y los de abajo

 

Hugo Neira
 

Acaba de caer una sentencia sobre el político francés Alain Juppé. Se le condena a 18 meses de prisión y a diez años de inelegibilidad. Diputado, alcalde de Burdeos, presidente del partido en el poder, la sentencia, que se esperaba menor, ha caído como una bomba. Juppé y el presidente Chirac, treinta años de camaradería. A esta condena algunos la califican de "sentencia de muerte política". Así lo vive el agraviado, que ha decidido apelar.

¿Cuáles son los hechos que se le reprochan? Juppé, el poderoso, ha sido condenado por el delito de empleos fantasmas cuando su partido, el RPR, aprovechó que él se encontraba a la cabeza de la muy rica alcaldía de París. El delito consiste, pues, en transferir dinero de una institución a otra, o sea, de esa alcaldía a los fondos de su partido. Pero no fue enriquecimiento personal. No, no es Juppé hombre de tener secretamente plata mal habida en Singapur o algún banco en el Gran Caimán. Lo digo inmediatamente, puesto que los cráneos que se hallan en Castro Castro se frotarán las manos: "Ya ven, en todas partes se cuecen habas". No es cierto.

Esta crónica mía sobre hechos franceses es reflexiva y no sentimental, aunque pudiera parecerlo. No es ningún secreto que cuando en mi país, el Perú, me faltó el pan y la consideración (ese otro pan del alma), Francia fue tierra de exilio, madre adoptiva a la que le debo un trozo de mi vida y tantas otras cosas que ahora no diré, que van, como dice el poeta, de "mi corazón a mis asuntos". Esta es crónica de hechos inmediatos y públicos.

Las grandes democracias, cuando están habitadas por pueblos demócratas, se autocorrigen. Acaba de renunciar el director de la BBC de Londres, por haber errado acerca de Tony Blair con opinión temeraria. Por ello, hace mutis por el foro y se va. Acaba de reconocer el presidente Bush que no hubo armas bacteriológicas en Irak, motivo aparente de la guerra. Una comisión examinará el falso informe, llevará su tiempo, no nos chupemos los dedos, pero a lo que iba, en los tres casos, las más viejas democracias del mundo reconocen errores. Las democracias son siempre imperfectas. Que lo sean, y siempre inacabadas, no es algo que me quite el sueño. Sí el cómo se comportan algunos, la inadmisible arrogancia.

Me refiero al atropello de una servidora del Estado, una mujer policía, por el señor Miguel Ángel Mufarech. Yo no sé, sinceramente, a quién creerle, o al político o a la mujer policía. Como me decía el ciudadano chofer de la otra noche, "doctor, son prepotentes". Esa es otra, nunca esas cobranzas son amadas, aquí y en sociedades organizadas y ricas. Pero la manera como se defiende hoy el señor Miguel Ángel Mufarech, extendiendo las manos, pidiendo ya las marocas, su teatralidad, en suma, me convence de que, en efecto, agredió, y como está claro, no pagó. Todo un presidente de región ¡Y de qué región!, casi un país, Lima. Y eso, en el momento en que una informalidad cada vez más bronca quema llantas y se agarra a patadas con la policía (no de este Estado, de cualquier Estado peruano) con tal de no pagar. Formidable ejemplo. Después nos sorprende que la clase política tenga nula aceptación. Cierto, no todos son el energúmeno de Mufarech, pero anda a que te crean.

En conclusión, por allá afuera, casi en otro mundo, el patrón de la BBC o el señor Juppé meten la pata, uno se va y el otro soporta la ley, aunque claro, refunfuñando. Aquí, los presos dictan titulares de los diarios chicha, delante de jueces que además le echan una bronca a los policías por dejar filmar el horrendo acto. Luego nos preguntamos por qué nos va como nos va. Aquí, los de arriba, los del medio y últimamente también los de abajo tienen, cada quien, su propia ley. ¿País fragmentado? Es más que eso. Pero el desorden siempre ha engendrado feroces respuestas.

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Jupiterina, 1º de enero del 2004
 

Prelados malhablados

 

Hugo Neira
 

A las plagas bíblicas a las que estamos acostumbrados, los caprichos marítimos del Niño, las sequías o inesperadas lluvias, disputas regionales por el agua, los ministros que se aferran a los portafolios como náufragos a tabla de salvación se suma en estos días el agravante de prelados malhablados. ¿Qué le hemos hecho al Señor para merecer tales calamidades? Me refiero, claro está, a las declaraciones del nuncio Rino Passigato, lo de "pelea de gallos". Les diré francamente lo que pienso del tema.

No me incomoda el contenido de verdad de la salida de tono del nuncio, ese no es el tema. Ni siquiera que tan importante dignatario celeste ande diciendo esas cosas, para eso no lo envía el Vaticano. No, lo que me molesta de esa frase, además de inoportuna, es su vulgaridad. Resulta horrendo el comparar las disputas y querellas de los peruanos, por mucho que sean graves (¿Qué pasa, en Italia no las hay?), con un lío de animales. "Gallos de pelea".

No es la primera vez de esto. De la mala boca de algunos de nuestros prelados. No todos, claro está. Pero no está lejos lo que soltaba monseñor Cipriani a propósito de los derechos humanos, no lo repito, todos se acuerdan, y otras frases, menos graves pero igual de fatales por el giro lingüístico. Le gusta decir, por ejemplo, "no estoy en los zapatos" de fulano. Bastante tosco. Como si nuestros purpurados quisieran hallar el camino de la popularidad hablando de esa manera, en criollazo. Pero popularidad no es vulgaridad. Claro, son otros tiempos. Y con Landázuri rezábamos mejor. Hoy, como que están de moda esas salidas de tono, y de diéresis, como decían las abuelas. "Peleas de gallo". "Estar en los zapatos". Chabacanismo de quienes se espera ejemplos de cultura, pero cuando lo contrario ocurre, y con púrpuras eclesiásticas, es como si se ahondara la decadencia nacional.

Y no es que no le falte razón al nuncio Passigato, lo deplorable es el estilo. No es hora de ponerse a darle lecciones de retórica a personajes de tan sonados latines, pero, en fin, hay otras maneras de decir. Para lo mismo, para lo feo que se comporta la clase política, hasta al menos doctoral de nuestros congresistas se le ocurre por ejemplo eso de "canibalismo político". Incluso lo de "Caín y Abel", como más propio, no sé, más bíblico. Pero lo de "pelea de gallos" suena a peña Ferrando, los chistosos, Veinticuatro minutos. No va con el cargo. Y en Lima, Monseñor, esas cosas cuentan.

Por lo demás, y con todos mis respetos, este es un país donde la pelea de gallos goza de abolengo de nobleza, de prosapia aristocrática, se lo digo por si se le ha escapado la cosa. La pelea de gallos nos parece noble, porque va en serio, se vence o se muere. Y además, no es política puesto que tiene unas reglas. Pero por lo visto, nuestro ilustre nuncio parece desconocer nuestra modesta literatura costumbrista. Me tomo la libertad de recomendarle, para estos días navideños, a Valdelomar, El Caballero Carmelo. Se sorprenderá entonces cómo arranca su mejor cuento y que todos los peruanos musitamos en los bancos de la escuela: "esbelto, magro, musculoso y fino". Sí, el gallito protagonista de ese relato. Marco Aurelio Denegri, tú que eres gallero, ¿por qué no se lo explicas a Passigato? Ojalá los políticos cumplieran sus compromisos como los gallos de combate. Otro gallo nos cantara.

En todas las iglesias del Perú, felizmente, no se repica con esas campanas. Estuve por Pascua, en Ayacucho. La noche del 24 de diciembre, en la misa de gallo, en la Catedral. Y escuché la admirable lección de su arzobispo. Sí, nuestra Iglesia no siempre es eso, exabruptos. Iglesia quiere decir "asamblea", y hay muchos otros doctores y teólogos bien hablados y respetuosos, no por eso menos sinceros. No dejaré de decir, para concluir, de la blandura de los peruanos. La declaración de José de la Puente, ex embajador: "Rino Passigato estuvo excesivamente duro". Qué excesivamente ni qué ocho cuartos. Un nuncio no viene a eso. Bombero que apaga incendios con kerosene.

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Sabatina, 31 de enero del 2004
 

Plegaria por un Colegio del Perú (III)

 

Hugo Neira
 

En Lima, Perú, tenemos ciertas grandes figuras. Ellos son, sin que lo sepamos, el posible Colegio del Perú. Me explico. Por lo general son personas muy conocidas, por todo el mundo admiradas, gente mayor que sigue activa y creativa. Pero debemos hacernos dos sencillas preguntas. ¿Por qué no existe un lugar que los reúna? ¿Una entidad abierta, republicana, donde se les pueda escuchar, antes de que definitivamente los perdamos? La segunda cuestión casi ni nos atrevemos a hacerla y es ¿de qué viven? Cómo si el sinónimo de ser inteligente en el Perú fuera el de ser menesteroso.

Soy un cartesiano y parto de lo evidente. Existe una pléyade de sabios peruanos y peruanas. María Rostworowski. Jorge Puccinelli. El filósofo Francisco Miró Quesada Cuantuarias. Pienso en Estuardo Núñez. En Federico Kauffman. En Luis Jaime Cisneros. Que no se ofenda nadie, cito apenas unos cuantos nombres. El lector añadirá, al leerme, los suyos. Lo esencial está dicho. No son incontables pero sí numerosos nuestros sabios y creadores. La otra cara de la moneda es que son desperdiciados. De eso se trata. Los reúne, por el momento, varias cosas. Su amor por el Perú. El talento. La apreciable obra. La longevidad que es prueba de virtud.

La disponibilidad. Tienen en cambio el que se hallen desperdigados. Eso nos parece normalísimo. No lo es. Y que andan muy ocupados, pero por desgracia en actividades menores. Cuando lo esencial es que dispongan de tiempo libre para la reflexión, la docencia sin apuros (y recogida en videos) y la escritura. Son goces benedictinos pero sin los cuales —tiempo y rigor— no hay ni aquí ni en sitio alguno alta cultura.

Somos una cultura de cementerios. Para conmemorar a los muertos sí que nos reunimos, aunque no siempre, y no con todos, hay Casa Mariátegui, hay Casa Porras, no la hay con Haya de la Torre, es el colmo, descuidada. Y no la hay con Jorge Basadre, el maestro que habló de la "subversión de las provincias" (Perú, problema y posibilidad, p. 206) no pudo sospechar la arrogancia de los "buildings", uno de ellos sepultó para siempre el chalet de la avenida Orrantia que fuera su casa. Un Colegio del Perú —como lo estoy trazando— sería la negación de todas esas imperdonables y acumuladas desidias. No es imposible: un grupo de sabios disertantes. Un lugar, un local. Una ancha audiencia. Usted lector, el que quiera. En el límite físico de las salas.

Docencia sí, pero no como las otras. Sin obligaciones ni para el maestro ni para los asistentes. Hay que ser claro, la investigación positiva, en el sentido que lo entendía Comte, debe tener sitio en ONG y universidades (que sea escasa es otro tema). Ese Colegio del Perú de hecho existe, a nuestro modo caótico, a la buena de Dios. Cuando Leopoldo Chiappo tiene la bondad de bordar sus reflexiones sobre la Divina Comedia. Existirá cuando se escuche a Pablo Macera, a despecho de sus fujimorismos. Y a Martha Hildebrandt. Y al padre Gutiérrez. Una entidad de absoluta libertad. Un Colegio del Perú se hace con amplitud de criterio y con rentas. Esa es otra herencia señorial, suponer que los pensadores viven del aire. En nuestra historia intelectual sólo gozó de fortuna personal don José de la Riva-Agüero. Tras sus desplantes liberales en la juventud y reaccionarios en la vejez estaban las opíparas haciendas.

¿Qué deben hacer los del Colegio? Asistir con regularidad y disertar. ¿Y de qué? De aquello que en el momento mismo están trabajando. Eso es el molde francés. Y escribir sus obras maestras. Eso es el molde mexicano. Así de sencillo, así de simple. Me temo que por serlo, mi plan de un Colegio del Perú caiga en oídos sordos. Nos gusta lo complicado. Mucho de admirar los muros incas pero somos barrocos hasta el tuétano. Que las preces de Santa Rosa y del Beato Porres puedan más por esta plegaria que la vanidad de los pedantones.

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