Después de Mariátegui: hacia la problemática de nuestros días

Escrito Por: Hugo Neira 69 veces - Abr• 30•24

Como anunciado la quincena pasada, esta columna trae las conclusiones de la investigación para The United Nations University, culminada en 1983 pero inédita, luego de presentarles un extracto del cuarto capítulo.

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La problemática del pensamiento de Mariátegui en los años veinte y treinta conduce a una asimilación del tema del indigenismo mesiánico al tema de la tierra, la lucha contra el “gamonalismo” y por la  cultura indígena, al interior de una concepción más vasta. Esta concepción, la de un marxismo libre, que a su vez se origina en una lectura de la cultura intelectual de su tiempo —influencias de Sorel, Weber, Croce—unido a un estilo de intelectual-político en el Mariátegui del retorno, revelará su fecundidad en una producción y una vida. Tanto la revista Amauta como La escena contemporánea y Los siete ensayos… marcarán profundamente el derrotero intelectual, político, ideológico e inclusive, moral, del Perú contemporáneo. La obra de Mariátegui se continúa editando y conociendo después de su prematura muerte. Y pese a su reducción al rol de simple introductor del marxismo y fundador del Partido Comunista, en los últimos años, una intensa inquietud por su legado, protagonizada por intelectuales peruanos y europeos, muestra, muy por el contrario, que su pensamiento es creativo pues no solo lee el Perú  y América Latina desde la crítica marxista sino que reformula esta misma, en su busca de un socialismo latinoamericano y no eurocentrista. Y así llegamos a la comprobación de una doble herejía. De un lado, extra-europea. Del otro, cismática (como la de Gramsci, Lukács, Trostky).

– El tema dominante de esa problemática, que llamaremos I, es la de la nación incompleta, y por lo tanto, el tipo de socialismo americano y el tipo de Estado en las condiciones de un país desarticulado y de economía de enclaves, y el tipo de partido “socialista”, posibles. Esta problemática se agota por la muerte de Mariátegui, la recuperación del núcleo inicial de “socialistas” peruanos bajo la tutela y las limitaciones de los partidos comunistas de la III Internacional y el auge que cobra tanto el aprismo y Haya de la Torre en la vida y luchas populares peruanas y latinoamericanas en el curso de los decenios siguientes. Desde 1960, el deshielo del pensamiento de Mariátegui se inicia, bajo el estímulo de la revolución cubana como revolución de lo espontáneo, y las corrientes tercermundistas, el fin del colonialismo, la aparición de nuevas naciones, la temática del subdesarrollo, la búsqueda de identidad para los socialismos y movimientos de liberación, fuera del mundo industrial o fuera del mundo occidental. O fuera del Imperio americano o de la Hegemonía soviética.

Por otra parte, en el Perú se produce una serie de transformaciones demográficas, educativas, sociales y mentales. La rápida modernización y la industrialización alteran muchos de los términos en los que se plantearon los “Siete Ensayos”. La realidad se modifica profundamente, y por momentos, agudiza los contrastes regionales y las desigualdades sociales. Para citar solo dos ejemplos, Lima, la capital, deja de ser esa ciudad extranjera, de espaldas al país, debido a la migración que la hace también una ciudad andina y provinciana. Y el problema de la tierra desaparece en los términos clásicos de gran propiedad debido a una radical reforma agraria que, liquidando históricamente el latifundio —el gamonalismo de Mariátegui— abre, sin embargo, nuevos y graves problemas. Que solo obtendrán respuesta si generan nuevos diseños de sociedad.

– Hay pues una segunda problemática. Esta situación II, es la de nuestros días. Consiste en lo esencial en lo siguiente:

a- El pensamiento de Mariátegui pasa a ser un legado más que una lectura de lo real y lo inmediato. La obra de Mariátegui es hoy inspiración, enseñanza de un marxismo extra-europeo, centrado en lo específico, en lo histórico peruano y americano. Un conjunto de métodos abiertos, libres. Pero no información de la actualidad, ni nacional ni internacional; la realidad, para retomar el título de su célebre contribución, necesita ser “reinterpretada”.

b- La realidad revela nuevas conexiones del tema de la nación peruana y del particularismo indígena. Hoy sabemos que no basta con una reforma agraria, por radical que esta sea, para concluir con el problema indígena. Que queda un residuo inasimilable. Y que este solo puede ser resuelto al interior de una nación plurilingüística y pluricultural, y que legitime, por la autogestión, la vida política local. Este es el verdadero etnodesarrollo. Hemos procesado la estrecha y por momentos confusa noción de “indio”. En esta problemática II, de nuestros días, debemos procesar sumariamente —puesto que se trata de una investigación en curso en el plazo de nuestra vida presente— a la noción de Estado-nación y de “socialismo”, tanto en Mariátegui como en Haya de la Torre, es decir, en los padres fundadores. Pues estas líneas son una manera de decirles, también, adiós.

Les debemos la introducción de esta temática, la de la nación, la peruanización del Perú, la de la unidad de la América Latina, la de un socialismo americano. Pero desde los años treinta, en el mundo contemporáneo y en el plano de las ideas y el conocimiento histórico, han pasado algunas cosas. No podemos abrazar de la misma manera esa “religión civil” de los años treinta.

La nación, para comenzar. Para Haya y Mariátegui, era “incompleta”. Nosotros, sin embargo, a la luz del gigantesco proceso de movilización social y de cambios sociales antes señalado, podemos decir, seriamente, que desde los sesenta, y con toda probabilidad, desde los setenta, ya existe una nacionalidad. Esta existe (he aquí la mutación, lo nuevo hegeliano), a niveles populares. A esto se refieren los políticos cuando hablan de “las grandes mayorías nacionales”. El topoi esconde un hecho evidente. Diremos, pues, que este basamento a la vez popular y nacional lo constituyen desde hace menos de veinte años las masas de un país pobre: masas cholas, urbanas, mestizas, mayoritariamente alfabetizadas aunque de manera elemental, con un alto grado de politización y de conciencia de sí.

Existe, también una cultura nacional dominante, espuria, mezclada, cuya expresión cubre manifestaciones diversas desde la música popular, el castellano “peruano” (que la literatura urbana, Vargas Llosa y otros, recoge), la arquitectura espontánea de las barriadas, el bilingüismo generalizado en las aldeas andinas, el lenguaje popular que ha ganado los diarios, revistas, los mass media. Esta recientísima cultura nacional ha transformado en microculturas subalternas a la antigua cultura limeña aristocrática que Mariátegui llamase “el criollismo”, y también a la clásica cultura indígena rural que se expresaba por el antiguo “indigenismo”. El Perú llega más tarde que la Argentina, Brasil o México a la producción de su propia cultura nacional, que es un fenómeno intercultural en donde, en los días que vivimos de intercomunicación mundial, lo extranjero también se inserta. Triples encuentros pues. Turbulencia, pero también creatividad.

La nacionalidad es un hecho a nivel de “pueblo”. De “sociedad civil”. No de “sociedad política”. El Perú ha tenido, en los últimos veinte años, gobiernos que han sido elegidos democráticamente pero que no expresan a la nación popular. Y un gobierno autoritario, el de 1968-75, que encarnó el país nacional y popular, pero no fue elegido democráticamente ni contó con el “consenso” político para perdurar. Pero todo esto, la problemática II marca una situación fundamentalmente distinta de la del horizonte de realidad peruana en donde se inscriben, forzosamente, las contribuciones de los marxistas cismáticos y de los “indigenismos” que hemos estudiado. El pensamiento “endógeno”, primer movimiento, años treinta.

Han cumplido su tiempo tanto la idea de Estado antiimperialista de Haya como el acercamiento al socialismo “desde una filiación y una fe” de Mariátegui. La crítica a ambas ideacciones es posible desde lo concreto, lo histórico, lo real. El Estado, en la idea de Haya, es un poco el que administra y gobierna México desde 1928. Y un tanto los “desarrollismos” de Brasil, Argentina y últimamente, Venezuela. Naturalmente, hay mucho más en el pensamiento de Haya, desde la idea continental de América Latina a su lectura, desde la filosofía de la historia, de la evolución europea o de los Estados Unidos. Pero, desde la Ciencia Política, lo esencial —un Estado mixto de capital nacional y extranjero, de capital del Estado y los particulares, orientado a combatir la desigualdad, y guardando la autonomía nacional y el espacio de decisiones aunque recibiendo al gran capital— ya ha sido ensayado.

El socialismo, el “socialismo realmente existente”, también ha hecho sus días. Mariátegui vivió sin conocer las grandes purgas de Stalín, la muerte de Trotsky, el pacto germano-soviético, el XX Congreso, al cisma yugoslavo y chino. Es inútil preguntarse cuál habría sido su actitud. Pero es absurdo pedir a cualquiera hoy, en la América Latina o en otro lugar del mundo, que abrace el socialismo como una religión, que fue la gran pasión de los “profetas armados” de los años treinta, y de sus grandes disidentes: Trotsky, Koestler, Orwell. Algo de Haya y algo de Mariátegui pasará a nosotros, pero no todo. En los textos de uno y otro queda la huella, al lado de un llamado a la liberación de una oligarquía ignara y avasallante y del imperio del poder extranjero, de una onda de anti-democratismo recogida, en gran parte, en la Europa de la posguerra crítica de las primeras. Mariátegui hizo en Europa el aprendizaje de un marxismo sin corsés dogmáticos pero también del descrédito de la democracia parlamentaria. Su percepción de la dialéctica del mundo proviene de los días terribles de la Sociedad de Naciones, de la división planetaria en el “campo proletario” y el otro. ¿Podemos afirmar hoy lo mismo?

El desdén por la democracia de los epígonos de un socialismo iluminado por el papel de los intelectuales y los mejores, tiene que ser rápidamente revisado, y en toda la América Latina. No hay continente más apegado al dogma de la democracia representativa. En ningún lugar del mundo se ha ensayado, ni se volverá a ensayar, las fórmulas electorales y demoliberales con tanta vehemencia. Tal lealtad merece algún cuidado. Hay una ideología popular que es, por razones profundas del doble legado íbero e indígena (en las comunidades, las asambleas son la ley), verdaderamente roussoniana, cantonal, plebiscitaria. De lo que precisa la América Latina es más democracia. No solo la clásica, parlamentaria, de partidos, de libertades, sino, además, autogestionaria, local. Si alguna ideología, no recogida por los teóricos, se deduce de los comportamientos básicos, es esta.

La problemática II parte, pues, de la reformulación del discurso del desarrollo y el socialismo, a la vez que el de la democracia y la legitimidad popular. Los dos, simultáneamente. No en tiempos distintos, que permiten las usurpaciones, las nuevas tiranías. En nombre del progreso y el orden, dictaduras militares. O en nombre del socialismo, dictaduras de partido o camarilla. Por otra parte, el nativismo simplista nunca se presenta como una moda más oscurantista que en nuestros días. El síndrome de inferioridad ante la cultura europea u occidental (se las confunde) debe cesar. Desde Mariátegui hasta la fecha, varias sociedades y áreas de cotradición cultural en el mundo —chinos, árabes, japoneses— han alcanzado su modernidad. Hay lugar para varias modernidades. La nuestra será una, en la pluralidad cultural del mundo contemporáneo. El problema no es más si Occidente es perverso o colonizador. Sino cómo se consigue incorporar la ciencia y la técnica, “sin perder el alma”. 

La cultura nacional peruana será una cultura múltiple. Y también, los componentes populares que en ella participen, indígenas, afroamericanos, hispánicos. El marxismo subsistiría como elemento metódico, pero atemperado por las corrientes libertarias, poderosas en nuestro medio.  Pero deberá tomar en cuenta, para una permanente puesta en cuestión, la evolución del socialismo histórico e ideológico en lo que queda del siglo. No basta con tener una cultura peruana. Debemos aspirar, en el contexto continental, a una civilización latinoamericana. Esto implica reglas de cordura política. Información en materia económica y científica, e internacional. Creatividad desde lo lugareño para que sirva a todos los hombres de la tierra.  

Para ello la ‘intelligentsia‘ latinoamericana deberá abandonar alguno de sus más caros fantasmas. La vocación del autoritarismo, por ejemplo. Nos animan algunos signos. La civilización brasileña. El hecho mestizo. La afirmación del “pueblo”, en el sentido que le otorgaba Michelet, y no solo de clases o de “vanguardias”. De lo nacional y lo popular. De lo específico. Para participar en ese estado general de alerta, en la recombinación de lo local y lo universal, han querido estas notas, este informe, alcanzar a ser parte entusiasta y actuante.

                                                                                      Saint-Etienne, febrero de 1983

Publicado en El Montonero., 29 de abril de 2024

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