100 Años La Gran Guerra

Escrito Por: Hugo Neira 1.638 veces - May• 25•14

Estuve en París en los inicios del año que corre. Me invitaron a dictar unos cursos. Por suerte, esa estadía coincidía con la rememoración de la gran guerra de 1914-2014. Obsérvese, no digo celebración. Sin duda alguna, fue una gigantesca carnicería. Pero fue algo más. Uno de los combatientes, simple soldado de infantería, les dice a sus familiares, a pocos días de morir en una carta: «Fuimos una generación irrepetible marcada por el valor y el deber». Por eso 1914 es hoy historia viva. Lo que se está publicando sobre el tema en Europa, entre libros y revistas, da para llenar una Biblioteca Nacional de las nuestras. ¿Cómo se lee hoy esa contienda? No intento una síntesis, habrá debate hasta el 2018. Me ocuparé, pues, de unos cuantos puntos esenciales.

1. No es cierto que no se prevía esa guerra. Alemania acrecentaba su flota de guerra, inquietando al Reino Unido. Hubo diversas amenazas, y en Francia desde 1913 el servicio militar obligatorio pasa de dos a tres años. Lo que no se prevía fue su violencia, el sesgo industrial que tomó, ni el contagio a varios países. Italia, Japón y los Estados Unidos. Por eso, al inicio, la llamaron «la gran guerra». Lo de mundial vino después.

3. No es cierto que no se pueda encontrar, tras un siglo, un culpable principal. El historiador, dice Renan, es un juez de muertos. No es que no cuenten las causas económicas y sociales. Pero en toda guerra la responsabilidad es siempre política. Un Soberano hizo un mal cálculo. ¿Quién pensó que podía sacar provecho del asesinato del archiduque Fernando en Sarajevo en manos de un terrorista serbio? No fue el atormentado y anciano emperador de Austria, Francisco-José, encargado de mantener bajo control a los «eslavos del sur». Seguiré en esta materia, que es decisiva, al historiador Max Hasting. Fue Guillermo II. Fue el Emperador alemán y prusiano que anima al austriaco a ocupar Serbia.

4. ¿Qué pasa por la cabeza del Kaiser Guillermo II? El atentado, sospechaban en Viena, no pudo llevarse a cabo sin la colaboración de oficiales serbos, «quienes habrían facilitado el arma» (Hasting). Era una buena ocasión de ajustarles las tuercas. Pero había el obstáculo de Rusia de los Romanov. Guillermo II conjetura desde dos premisas. La primera, la Rusia zarista va a dejar hacer. Y si había guerra, «cuanto antes mejor». Temían que siguiera creciendo el poder militar del Zar, en una Rusia cada vez más industrializada (y cuando llegan al poder los bolcheviques, en 1917, le alivian el frente este). En cuanto a Francia, hubo un segundo cálculo, igualmente errado. No iban a intervenir. Guillermo II los tomaba como «un pueblo afeminado». Craso error en ambos casos. Los rusos movilizan, y la historia retiene la alegría que le da a Guillermo II. Prusia es la atacada. Ante su pueblo, él no aparecerá como el agresor. Y ante de subir a sus aposentos reales, cuenta Hasting, invita champán a toda la corte. Otro error: el ataque alemán a los franceses por Bélgica y los pactos con Francia llevan a Londres a la guerra.

5. ¿Cómo pudo equivocarse el Estado mayor prusiano y Guillermo II? Para pensar la historia, hay que ponerse en las convicciones de los hombres de una época. Voy a decir cómo se pensaba en ese momento, y no solo en la alta autocracia militar germánica. Las guerras no eran sino un instrumento político, a veces inevitables. La guerra era una forma de racionalidad. Pero esa de 1914 se vuelve otra cosa. La masiva   conscripción del servicio militar conduce a la movilización de uno 60 millones de combatientes, solo en Europa (Keegan John, 1998). En la posguerra el arreglo de cuentas es de los exsoldados con sus élites militares.

6. No hubo trincheras en los primeros años. Fueron al combate, de ambos lados, cantando. Esa guerra arranca con oficiales con guantes y vistoso uniforme de la infantería pero pronto la caballería y la bayoneta dejan de ser decisivas. Metralladora, obuses, alambradas, carros de guerra o tanques como decimos, y el avión. Si la ofensiva alemana tuvo éxito inicialmente, en el Marne, y en Verdún, los soldados franceses, los poilus, o sea, los desaliñados, detienen la ofensiva. Entonces, los ejércitos alemanes deciden no ceder sus avances y cavan trincheras. Los del otro lado hacen lo mismo. El frente se estabiliza. El infierno se vuelve rutina. Más que el enemigo, «matan los piojos, las pulgas, las ratas», escriben en sus cartas. La vida de las trincheras es narrada por una literatura de guerra, y luego el cine.

7. Al final de la contienda, en 1918, los vencedores cuentan con más bajas que los alemanes. Cuatro imperios desaparecen. El alemán, el austrohúngaro, el otomano y el zarista. La guerra ha dejado 9 millones de muertos y otro tanto de lisiados. Los excombatientes no perdonarán los errores de sus Estados mayores. En Alemania de la república del Weimar, el político que entiende a los exsoldados es otro exsoldado. Se llama Adolf Hitler. La guerra de 1914 se había abierto con un error mayúsculo y se cierra con otro. El Tratado de Versalles impone a los vencidos una deuda de guerra imposible.

En suma, todos los «ismos» surgen en la posguerra de excombatientes. Fascismo, socialismo, comunismo, surrealismo. Es decir, ¡el siglo veinte! 1914 arranca como una guerra entre Estados y se vuelve una de pueblos. La segunda guerra nace de sus cenizas. Con un ingrediente que la primera no tuvo, la pasión ideológica. En 1939 las democracias occidentales se ven obligadas a apoyarse en Moscú para vencer a uno de los totalitarismos, al nazi. Quienes pagan la cuota de sangre son los soviéticos. Pierden, en esa contienda, 27 millones, entre civiles y militares. Y los americanos, hay cementerios enteros con los boys que fueron  a morir lejos de su hogar. ¿La próxima, será de robots o de masas? ¿O de ambas?

Publicado en Caretas n° 2335 del 22 de mayo de 2014, pp. 44 a 49

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