2021: ¿fin, comienzo o repetición?

Escrito Por: Hugo Neira 138 veces - Ene• 04•21

Sería una pena dejar pasar una ocasión de echar un vistazo a nuestro pasado y a la vez eso que se llama porvenir. Lo digo porque un año 21 en el Perú no es una fecha corriente. Además del tema del Bicentenario. Es norma, pues, corriente y necesaria tener la disposición para preguntarse por el futuro, tanto el de cada uno como el de la colectividad peruana, puesto que el trasmañana nos habita, el hoy y lo que venga, lo que veremos más adelante, a lo corto o a lo largo. Como llevo sobre mi alma la mochila pesada de la historia, puedo abordar cómo fueron los otros veinte años en el pasado, y sin intentar brujería o hechizo alguno, sorprendernos en una extraña semejanza. Los veinte años primeros de cada siglo resultan ser una contingencia que se repite. Una suerte de preámbulo feliz. Y solo después, los estallidos sociales.

Hace un siglo, este periodo muy conocido —el novecientos— comienza con la sorpresa de una coalición nacional de Nicolás de Piérola con los civilistas, y luego, una sucesión de presidentes, Eduardo López Romaña (1899-1903), Manuel Candamo, José Pando y Barrera (1904-1908), y luego el  revoltoso Billinghurst, un paréntesis al dominio del Partido Civil de nuevo con José Pardo hasta el segundo gobierno de Leguía en 1919 —con un golpe de Estado por si acaso habiendo ganado en las urnas— y su Oncenio. Años de modernización y optimismo, al punto de “La Patria Nueva”. Fueron decenios de educación primaria gratuita, “de ‘habeas corpus’ tomados de las constituciones europeas de la primera postguerra” (Historia del Perú, Lexus). Y por vez primera, el reconocimiento de la existencia jurídica de las comunidades indígenas. La nación peruana reconocía, al fin, los derechos de los indígenas —cosa que no se hizo en el largo siglo XIX, cuando los hacendados arrebataron las tierras a los ayllus—, un paso dado por Leguía que aplaudieron los estudiantes de San Marcos y los intelectuales “indigenistas”. Antes de Haya y de Mariátegui. Pero el lector actual puede dudar de ese progreso considerándolo solamente constitucional y no real.

Fueron años excepcionales desde el punto no solo político sino de la historia económica del Perú. Sugiero al lector que se consiga el libro de Rosemary Thorp y Geoffrey Bertram, titulado Perú: 1890-1977. Son investigadores de Oxford, y observaron, para una versión panorámica, no cada gobierno sino lo que se llama técnicamente las “tendencias de largo plazo”. Encontraron un desarrollo autónomo, azucarero, algodonero, de la lana, el caucho y los productos extractivos, la minería de metales. Sin duda, un crecimiento orientado por las exportaciones. Es evidente que la primera guerra mundial fue benéfica en términos de demanda para la economía peruana, y algo más, que solemos olvidar. La apertura del canal de Panamá en 1915, que permitía pasar del Callao al lado Este de los Estados Unidos.

Sin embargo, tenemos que detenernos para intentar comprender los efectos sociales de ese mundo artesanal, industrial y popular. Mientras gobernaban las elites, los gremios emergieron. La economía hacía nacer otro pueblo, asalariado y pobre. Eso se nota por algunos estallidos sociales como la lucha por las 8 horas de los primeros obreros sindicalizados. O algunas sublevaciones sangrientas rurales en Puno. La Reforma universitaria y la generación del Centenario, los jóvenes profesores Basadre, Porras, Mariátegui, Haya, acaso discípulos de Manuel González Prada. Aparece, pues, esa otra sociedad plebeya y descontenta puesto que la pobreza siguió siendo el rasgo más notorio de la vida peruana, incluso en los años de bonanza.

Todo eso concluye brutalmente con el Crack de la Bolsa de Nueva York en 1929. Una caída en el Perú que duró hasta 1936. Pero no es solo eso. En 1931, luego de la caída de Leguía, se llama a elecciones. Es entonces la aparición de partidos de masas. Fueron años de reducción de salarios, desocupación. “Lo que sí se extiende es la burocracia” (Lexus). ¿La paz de las clases medias? ¿Fue la crisis laboral lo que produjo esos partidos de masas? Acaso las causas económicas no explican del todo la emergencia sociopolítica sino una conciencia de sí entre el pueblo llano. El caso es que  desaparecieron civilistas y pierolistas, y los reemplaza la Unión Revolucionaria de Sánchez Cerro y el Aprismo de Haya de la Torre.

Fue la primera elección de voto secreto y personal de siglo y medio de vida republicana. En el siglo XIX, con un sistema de voto indirecto y de votos de para “notables”, se podía llegar a ser presidente con 3000 votos en todo el país, el caso de Pardo. En esa “modernización sin modernidad” (Augusto Ruíz Zevallos), no votaban los indios, por ser analfabetos. En 1931 hubo para Sánchez Cerro 152 mil votos, Haya: 106 mil, de la Jara: 21 mil y Osores: 19 mil. Son pocos para nuestros días, pero pirámides de votos en esos días. En fin, lo que sigue, tras el asesinato de Sánchez Cerro y la guerra civil que siguió entre el ejército y los apristas, pasaron las décadas que fagocitan la vida peruana. De 1932 a 1956. Perdimos un siglo entero. Porque al final del siglo XX, otro mundo se ha instalado. 

Volvamos a este tiempo. ¿Qué ha pasado en el Perú? No voy a fatigar al lector con una realidad que todos conocemos y que cabe, en una frase: “Riqueza económica y pobreza política”, de Francisco Durand. Del 2000 al 2021, se mejora el per cápita y el PBI, pero al azar del tipo de salario o situación social. Como sabemos, tres cuartas partes de la sociedad son informales. Y la precariedad de los que tienen que trabajar hoy para comer mañana, se ha exhibido con la presente pandemia. Somos un falso país en desarrollo puesto que nos faltan puestos estables y recursos humanos que puedan trabajar si los inversionistas extranjeros lo decidieran. De lo contrario, dado el crecimiento de la población, que ha triplicado del 2000 a estos años, hará casi imposible la vida peruana.

En el novecientos peruano, no había datas precisas sobre la pobreza peruana y hubo, sin embargo, una brillante generación: García Calderón, Victor Andrés Belaunde, Villarán. Pero hoy el Perú se conoce mucho mejor que hace un siglo. Está en los libros de Flores Galindo, el formidable trabajo de Iván Degregori, de Matos Mar y en Cotler; en los estudios de Martín Tanaka, sobre todo, “democracia sin partidos”. Desde la fecha (2005), es ahora peor: no hay partidos sino lo que se llama catch-all party, partido atrapalotodo. Es decir, sin brújula alguna. Pero sí los hubo en estos veinte años, según los análisis de Carlos Parodi y también de Paredes, por nombrar los más distantes. ¿De quiénes? De Fujimori, Toledo, García, Ollanta Humala. Que han sido, a excepción de Alan García, unos improvisados, lo que llamaríamos outsider.

El país real ha sido también estudiado por Francisco Sagasti, Pepi Patrón, Max Hernández y Nicolás Lynch, Democracia y Buen Gobierno “están las respuestas a empresarios, trabajadores, dirigentes de base, profesionales”. Ese texto tiene tres ediciones. Pero no podemos responder qué autoridad se necesita en el Perú para construir un país dentro de una economía moderna que haya escuchado a los ciudadanos, sobre todo a los más pobres. ¿Cómo juntar el Estado y la vida peruana? Esa distancia que existe entre Lima y las provincias, los urbanos y los rurales, los criollos y el mundo andino, sigue existiendo. Falta, pues, el poder pero escuchando al pueblo.

En artículo en El Comercio, en mayo del 2016, antes del carnaval de bajarse a presidentes, insistí en el riesgo de un vacío de poder. Lo titulé “O realismo o colapso”. Hacer política desde abajo hacia arriba, por muy inteligente que se sea, tras escuchar los estratos sociales. Dije que “el 2016-2021 quien gobierne, lo tiene difícil. Los años dorados de la fuerte demanda externa habían acabado. El ritmo de crecimiento de la economía mundial, según el FMI y el Banco Mundial, va a ser bajo”. Y eso lo dije antes de la pandemia¡!

Hoy, difícil, muy difícil. Hay otro factor. La mundialización y el neocapitalismo que se hace llamar liberal. Es un tema que desarrollaré pero no ahora. Tema inmenso. Otro tipo de capitalismo, no aquel que hizo distribuciones en las sociedades avanzadas, entre 1970 y 1990. Tendremos conflictos internos y sabe dios qué geopolítica mundial.

En fin, suelo llamar las placas tectónicas a la infraestructura de la producción en el Perú. No se ha modificado, los pobres siguen siendo los mismos y numerosos. Los regímenes democráticos desacreditan a la misma democracia. Es el caso de Odebrecht, compraron a políticos, periodistas, empresarios. La confianza ante los políticos se ha perdido. No se ha sabido hacer el post velasquismo y el post Sendero Luminoso. ¿Qué se hizo por los campesinos? Nada. A falta de representantes, los movimientos antisistema toman las calles y las carreteras. No hay política, ni Estado. Ni el pueblo se encuentra con aquellos que quieren gobernarlo. Los culpables de esta grave situación somos todos. Especialmente los medios de comunicación en la era de los fake news. Nos falta mucho, por ejemplo, una ética republicana: respetar al otro. Pero lo se que dice en política en Lima es maniqueo, y cualquier hijo de vecino se cree formar parte del Club de los Propietarios de la Verdad Única. Esos que dicen, a los que los contradicen, que «están en lo incorrecto». Me lo han dicho, pues, eso soy. Vengo de una educación en la que te enseñaban a dudar.  

Publicado en El Montonero., 4 de enero de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/2021-fin-comienzo-o-repeticion

You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. Both comments and pings are currently closed.