Alan García: “Entre las ideas, la existencia y la acción política” (*)

Escrito Por: Hugo Neira 298 veces - Abr• 18•22

Cuando preparo esta columna, es un día domingo de Pascua 17 de abril y fecha aniversario del suicidio de Alan García, hace de ello tres años. ¡Qué falta le hace al Perú! ¡A la política! En homenaje, reproduzco la biografía que me pidió el equipo de Juan Pablo de la Guerra, de la actual Gerencia de Educación y Deportes de la Municipalidad de Lima, Rafael de la Piedra y Renata Teodori, para la bella publicación de Presidentes y Gobernantes del Perú Republicano que la alcaldía preparó en ocasión del Bicentenario. Volveré pronto sobre Alan García en este portal.

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Alan García: “Entre las ideas, la existencia y la acción política”

El concepto de biografía, según la academia, proviene de dos vocablos griegos, bios o sea, vida, y graphein, escritura. Pero a un año de su partida, no podemos eludir la palabra muerte. En este libro sobre presidentes y gobernantes (*), en nuestra historia, varios fueron asesinados: Balta, Manuel Pardo, Sánchez Cerro. Pero no con el adiós doliente del suicidio. Sin embargo, a alguien que no era un político, igual lo hirieron tanto que no tuvo otro camino que partir, me refiero a José María Arguedas. Por lo demás, Alan Gabriel Ludwig García Pérez explica su vida en su obra póstuma Metamemorias, (2019). Alan García, entre las ideas, la existencia y la acción política. Un legado múltiple, acaso heredado de Haya de Torre, su maestro.

Ahora bien, una vida intensa que se autoafirma en discursos (gran orador) y libros, campañas y desempeños, y, para intentar resumirla, hay que tomar en cuenta que tuvo dos gobiernos: 1985-1990 y 2006-2011. Fernando Belaúnde también gobierna en dos ocasiones. Pero es preferible comparar a García con Leguía y Manuel Prado. Tienen en común que, de un gobierno al otro, estos tres presidentes tuvieron cambios enormes. ¿La presión de las circunstancias? Enigma de la vida política.

Se me pide en el proyecto, el “desempeño” y, a la vez, “el legado que dejaron en su gestión gubernamental”. No es una mala idea, lo que se hizo y luego la huella histórica. En el caso de Alan García, la gran cuestión suya era si habría un aprismo en el siglo XXI. García publica unos 18 libros, y entre ellos, El futuro diferente (1982), Modernidad y política en el siglo XXI. Globalización y justicia social (2003). Y en el 2013, Confucio y la globalización. La preferencia por ese pensador, un maestro, un letrado portador de una racionalidad que, con el tiempo, crece, se vuelve escuela de normas y serán el fundamento secular de la humanidad china. El libro sobre Confucio de Alan García lo han traducido en China. Conviene que diga esto en esta página. A García, mezquinamente, sus adversarios no le reconocieron lo que también era, un intelectual, un pensador, no solo a la cabeza de muchedumbres y masas como otros políticos peruanos.

Debo ocuparme ahora de su desempeño presidencial. Y para eso nada mejor que las cifras. Acudo al artículo de Carlos Adrianzén, “Reflexiones sobre la gestión de Alan García Pérez” (2019), que nos pone frente a siete cuadros. Nos limitaremos a algunos. Primera cifra, el PBI entre el 2007 y el 2011, la media entre 5% y 6%, por encima de los regímenes anteriores. La segunda, la tasa anual de inversiones, siempre de 2007 a 2011, un 14%. La tercera, lo dice el propio Adrianzén (2019) que, por supuesto, no es aprista, “el régimen de Alan García ocupa el primer lugar en el ritmo de crecimiento del consumo privado” (párr. 17). Un 6%. Por último, cómo disminuye en su gobierno la pobreza, y esta vez son curvas y cuadros del INEI (Instituto Nacional de Estadística e Informática): “en el período 2006-2011, la pobreza decreció en 21,4 puntos porcentuales, al pasar de 49,2% a 27,8%”. Una disminución significativa que expresa, de paso, la ampliación de las nuevas clases medias. Un fenómeno que no se ha vuelto a repetir. Un dato decisivo para avalar una gobernabilidad, pero por la incapacidad de sus adversarios de reconocerle alguna virtud, ese segundo gobierno se niega, o de ello no se habla.

No hay duda, hay una diferencia enorme con su primer gobierno. Y no la vamos a ocultar. En los ochenta, hubo un Alan García del pasaje del sol al inti, y una inflación tal que el FMI nos declara “inelegibles”. Seamos francos, fue una hiperinflación. Los peruanos no lo han olvidado: comienza en septiembre de 1988 con una tasa mensual del 1722% y termina en 7694%, cuando deja el poder. Nadie olvida ese momento: 5 millones de intis, en 1991, equivalían a 5 nuevos soles. Se entiende el shock económico de Alberto Fujimori apenas inicia su gobierno. ¿Qué pasó con el joven presidente? Acaso el romanticismo del Bildung —concepto weberiano— cuando emerge su “segundo ego” de revolucionario aprista. Fue un período difícil, se había iniciado la guerra de Sendero Luminoso contra el Perú.

Hubo una metamorfosis. Y para esta mínima biografía, conviene asomarse a lo que pasa en el alma de AGP. Aquello ocurre tras un intervalo prolongado, de 1990 a 2006. Perseguido por Fujimori, Alan parte al exilio. Se instala en Francia, vive en la Rue de la Tour, y continúa lo que siempre hizo, estudiar. Ya lo había hecho, en la Complutense de Madrid, cursos de doctorado en derecho en 1972 y 1974, y, en París, en la Universidad Panthéon-Sorbonne, una licencia en sociología de 1974 a 1977. Esta vez, bajo la tutoría de François Bourricaud, partidario de una mirada plural sobre las sociedades. Su itinerario fue una permanente formación intelectual: colegio nacional José María Eguren en su adolescencia, pregrado en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, un título en leyes en 1971. Los padres de Alan coinciden con las capas sociales inclinadas al aprismo, esas capas de los años treinta al cincuenta, de pocos ingresos, empleados privados o públicos, obreros urbanos, maestros de escuela. Pero muy cultos. La madre, maestra. El padre, gran organizador, Secretario General del aprismo, en prisión en gran parte de su vida. Y Alan García recibe en Perú un legado singular, la enseñanza de Haya de la Torre, que implicaba una vasta transmisión de experiencias y lecturas de la filosofía y la historia, no sólo del Perú sino de la cultura occidental. Y en esos años de exilio, el presidente Mitterrand le pide a un brillante profesor, Alain Rouquié, socialista, que se ocupe de Alan, acaso entristecido por la lejanía. Son cosas que los franceses no hacen siempre. De alguna manera, político y hombre apasionado por el conocimiento. La prueba, su biblioteca personal, hoy en la Universidad San Martín de Porres. Los libros que había leído y anotado, van de la filosofía a la historia, de la antropología a las ciencias sociales. Alan García es, pues, un político que no tenía sobre su alma el peso de un dogma. Hay que apreciar que retorna, en su exilio, a una Europa de los noventa, cuando se hunde la URSS. Cosa que no lo pudo sorprender en demasía, era un antiguo vaticinio de Haya de la Torre: la Rusia de Stalin no era ni comunista ni socialista, sino un capitalismo de Estado. Alan no se vuelve un liberal. De alguna manera, era un hereje. Ni laisser-faire ni Estado empresario. Su segundo gobierno fue un equilibrio entre Mercado y Estado. Y se ocupó de invertir 350 millones de dólares para acabar con el analfabetismo. Y como este documento se escribe cuando el Covid-19 nos golpea, conviene que se sepa cuántos hospitales construye: 32 culminados y entregados. Y otros 15 culminados, pero sin equipamientos.

En Lima, de nuevo presidente, puesto que no expropiaba empresas como Velasco, al contrario, llama a la inversión privada (García, 2007-2008) y la izquierda limeña lo ataca a fondo durante esos cinco años. Lo cual es paradójico, Alan García, en su segundo gobierno, mantiene lazos de amistad con el presidente Lula de Brasil, con Michèle Bachelet en Chile, con la Concertación para la Democracia. Es decir, lo que podríamos llamar una izquierda democrática. Ese segundo gobierno no fue una taza de té. Huelgas y prensa hostil, rotación de gabinetes. Y el antiaprismo como ideología. De su persona, solo se puede decir que se casa un par de veces, y cuando tiene un hijo fuera de las normas, lo reconoce. Un intelectual fornido, muy alto, en un país de gente más bien baja. Sonriente, saludable. Lo que se llama una fuerza de la naturaleza. Alan no solo político, sino permanente escritor. Presidentes de ese nivel no abundan. Por lo demás, fue un demócrata. Y un librepensador. Pero el Estado social y de Derecho, sin Alan, se quedó para las calendas griegas. Me hace pensar en una canción de Demis Roussos, “El Griego”, que él conocía en París: “ha partido como una nave, acaso regrese como un ave”. (HN)

1. Adrianzen, C. (22 de abril del 2019). Reflexiones sobre la gestión de Alan García Pérez. El Montonero. Recuperado de https://elmontonero.pe/columnas/reflexiones-sobre-la-gestion-de-alan-garcia-perez

2. García, A. (28 de octubre de 2007). El síndrome del perro del hortelano. El Comercio.

3. García, A. (25 de noviembre de 2007). Receta para acabar con el perro del hortelano. El Comercio.

4. García, A. (2 de marzo de 2008). El perro del hortelano contra el pobre. El Comercio.

5. García, A. (2019). Metamemorias. Lima, Perú: Editorial Planeta.

(*) Presidentes y Gobernantes del Perú Republicano, Municipalidad Metropolitana de Lima, 2020, pp. 384-387.

Publicado en El Montonero., 18 de abril de 2022

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