Asombro peruano ante Colombia*

Escrito Por: Hugo Neira 22 veces - Sep• 11•19

La comparación entre repúblicas de la América Latina debería ser una temática frecuentada hasta el agotamiento, pero ocurre lo contrario. Son pocos los trabajos en ese sentido. Y por eso, más allá de los agradecimientos por la invitación, sinceramente felicito la iniciativa del Embajador de Colombia en el Perú, señor Ignacio Higueras. Es  cierto que en los últimos años, algunos han tomado el camino de los estudios comparativos. Es el caso del historiador y profesor en San Marcos, Cristóbal Aljovín de Losada quien, con el apoyo del rector, Manuel Burga, convocaron a chilenos y peruanos para un libro muy imparcial y académico (Chile-Perú/Perú-Chile, 1820-1920). La edición corrió a cuenta de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y la Universidad San Marcos del Perú. Creo que es justo mencionar que otros peruanos participaron, a saber, Carlos Contreras, Scarlett O’Phelan Godoy, Miguel Jaramillo.

Confieso, sin embargo, que el último citado, Jaramillo, destinó su trabajo no tanto a la historia comparada sino a la situación actual, a lo que llama «desarrollos económicos y sociales en fase de transición» (pp. 267-311). Lo cito porque esa temática —las relaciones entre sociedad y Estado— es la que interesa al señor Embajador, «Historia, Dinámica y Actualidad». Y en consecuencia, me voy a concentrar en esos aspectos, lo cual, me parece, interesa a la Pontificia Universidad Javeriana.

Advierto, sin embargo, que no soy lo que se puede llamar un especialista en los temas colombianos. Lo que sigue proviene de dos fuentes. Mi formación en la Fondation Nationale des Sciences Politiques de París, en donde tuve cursos para llegar a ser lo que se llama «un americanista». Obviamente, hubo cursos y explicaciones sobre Colombia. Quiero decir con esto que conocí a «colombianistas», para decirlo con el giro que se usa para «mexicanistas» y «peruanistas». Y parte de ese legajo lo aplicaré en las líneas que siguen, más adelante. La otra fuente es más directa. He visitado varias veces Colombia, ora como invitado a coloquios académicos, ora como profesor invitado (por una universidad de Manizales). Ora como politólogo, para escribir en revistas y diarios de España y Perú. Pero me atendré a algunas situaciones que sorprenden, en particular a los peruanos.

La primera, el equilibrio de la política colombiana, no en los cambios debido a resultados electorales sino aplicando el concepto del historiador francés Braudel, autor del concepto de la longue durée. El tiempo largo de las sociedades y no el tiempo agitado y corto de los gobiernos. Y no diré mi opinión sino la de un investigador que ha dedicado su vida a Colombia, y casado con colombiana. Pierre Gilhodes. «La permanencia a través de la historia de Colombia independiente de dos partidos, el liberal y el conservador. Sin duda alguna esa es la característica más notable de ese país» (Tableau des Partis Politiques en Amérique du Sud, Ed. Armand Colin, París, 1969, p. 17).

Se puede entender que esa hegemonía de dos partidos tuvo la virtud de una construcción nacional, y a la vez, como suele suceder en la vida política, sus inconvenientes. La dificultad de integrar, con el correr del tiempo, otras corrientes políticas, lo que acaso llevó —me atrevo a conjeturar— a los estallidos de protesta y a guerras internas de larga duración. Pero eso es historia colombiana. Y a lo que voy, es a la lectura de los peruanos ante tal tipo de organización política, que integra a la vez la rivalidad y la alternancia. Nada de esto pasó en la sociedad y en la historia del Perú después de su Independencia. Un largo caos, del que todavía no salimos.

Acabo de concluir un libro comparativo entre México y Perú. Y si bien no toco el tema de Colombia, en ese libro, vuelvo a reestudiar nuestro siglo XIX. Y luego el siglo XX. El libro se titula El águila y el cóndor. México/Perú. Segundo volumen de historia comparada editado por la Universidad Ricardo Palma (2019, 511 páginas). Metáfora para tratar México y Perú, semejantes por la herencia indígena de aztecas y de incas, que fueron imperio antes de ser dominio de los Habsburgo, que no eran españoles, sino alemanes flamencos que, por el azar de las herencias reales, conducen a Carlos V. Quien hablaba «el alemán para sus súbditos, el francés para la diplomacia y el castellano para los perros».

En Perú no hubo ‘la Patria Boba (1810-1816)’. Tomo ese nombre desde el uso de David Bushnell, «Colombia, una nación a pesar de sí misma». Tengo en las manos la edición decimonovena, de 2014. Colombia, pese a las calamidades propias a las jóvenes naciones tales como la Guerra de los Mil Días —que parece inspiraron a Gabriel García Márquez—, es una taza de té al lado de la vida peruana. Seré sintético. Los primeros decenios republicanos —de 1824 a 1845, hasta la llegada al poder de Ramón Castilla—, fue la guerra de innumerables «caudillos». No es la guerra de la independencia la que arruina la economía rural sino las guerras intestinas (toma de caballos y ganado). Luego, un periodo dorado, el guano de las islas. Pero el Perú ha sido y es el país de las «oportunidades perdidas» (Jorge Basadre, gran historiador). Después vino la guerra infinita entre Cáceres y Piérola, hasta el fin del siglo XIX. Y en el siglo XX, el aprismo y el antiaprismo. Luego, el anti, como táctica perpetua.

Segundo punto que nos asombra. Se llama Eliécer Gaitán. Interesa a los peruanos por la similitud con Haya de la Torre. En común, grandes oradores. En común, el carisma, la atracción de las masas, el amor del pueblo. Y acaso más que todo aquello, un tipo de movimiento no solo político sino social, que rompía los esquemas clásicos tipo derecha e izquierda. Por táctica o por teoría, el caso es que escapan a las clasificaciones convencionales. Incluso se dice que se parecían físicamente. ¡Y se conocían! Eso me lo contó el mismo Haya de la Torre, en París, de paso, porque se iba a la Europa Nórdica, Suecia, Dinamarca, donde se practicaba ese encuentro entre capitalismo y justicia social que predicaba, aunque los peruanos de su tiempo no lo entendieron. Era su partido la mayor organización política de 1931 a 1980, pero no lo suficiente para llevarlo legalmente al poder. No fui aprista, estaba en una de las tantas izquierdas del Perú de los sesenta, pero Haya conversaba conmigo. Un gran pensador y un demócrata que el arraigo de lo tradicional, y el estrecho marxismo local, desperdiciaron.

Tercer punto. Hay algo que noté en mis breves pero intensas visitas en Colombia. Tuve la ocasión de conocer y conversar no solo con colegas y académicos, sino con lo que Hegel llamaba la ‘clase política’. No solo ministros o expresidentes, sino gobernadores locales. Y lo digo ahora y lo repito en cada ocasión. Quienes ejercen el poder republicano en Colombia son gente culta. No es el caso del Perú contemporáneo. Una época y cuando joven, pensé que la causa de esa ausencia de conocimientos se debía, en Perú, a lo que llamábamos «oligarquía». Una capa de terratenientes que desaparecen cuando se establece la reforma agraria, 1969. Pensé entonces en términos de antropología, las costumbres señoriales, el desdén por el saber ya que eran un estamento social que igual dominaba, sapiencia o no. Pero no siempre la ‘clase ociosa’ (Thorstein Veblen) se dedica a solo las fiestas, al gasto lujoso. En otras sociedades, con la riqueza aumenta también el «capital simbólico» del que habla Bourdieu. No en el Perú: a más crecimiento, más juerga y corrupción.

En fin, me intriga la clase política colombiana. ¿Por qué son tan cultos? Eso es para mí un enigma. Colombia como Perú son sociedades que provienen de un sistema social colonial. Ambos son masivamente católicos y de un pasado histórico común. ¿Por qué las costumbres son tan diferentes? En el Perú actual, la frecuencia de lectura es medio libro por año. Eso explica que del 2000 al 2018 hayamos tenido una serie de presidentes elegidos por el pueblo —y con pocas excepciones—, personajes sin ninguna experiencia de partido ni vida política. Fujimori, Toledo, Humala, han sido lo que llamamos, caritativamente, outsiders. Lo que puede ocurrir en el 2021, dado el colapso de la educación pública en los últimos decenios, va a sobrepasar la ingenuidad de los que votaron por Hugo Chávez. Espero equivocarme. Pero por desgracia, Giovanni Sartori dice que la lógica de la democracia, depende de tener ciudadanos educados. En fin, una sociedad podría no desplomarse si al menos tuviera élites. Pero ¿qué puede ocurrir cuando al pueblo no le importa la política y, además, no hay élite alguna?  

*Artículo publicado en: Álvarez Londoño, Luis Fernando, Perú y Colombia: historia, dinámica y actualidad, Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Bogotá, 2019.

Publicado en Café Viena, 10 de setiembre de 2019

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