¿Ha cambiado el Perú? De la inmovilidad en las ideas (*)

Escrito Por: Hugo Neira 2.175 veces - Ene• 29•14

Esta es una revista de jóvenes. Es un hecho. No digo que por eso sea mejor o peor que otras. Siendo de jóvenes resulta generosa, tienen el tino de invitar a algunos que peinamos canas, pero acaso nos invitan porque en ciertos de nosotros arde todavía el fuego no extinto de la rebelión. Ahora bien, el tiempo pasado, lo que fuimos los jóvenes, se invita aquí por su propia cuenta. Es cosa del azar, acaso del destino. Ocurre que un amigo juvenil acaba de hacerme un inmenso favor. Ocupado en sus propias indagaciones, ha rastreado en la sala de revistas de la Biblioteca Nacional unos viejos artículos míos. En efecto, fui articulista de planta en el diario Expreso de Lima hacia los años sesenta. Por ahí estaban Abelardo Oquendo, Raúl Vargas, haciendo nuestros primeros pininos. En ese mismo diario, me haría muy conocido por mis crónicas escritas desde el Sur sobre las tomas de tierras de los campesinos. Pero ya había escrito sobre muchas otras cosas. Así, estas crónicas tratan de la pasividad del Perú de los años sesenta. Conviene recordar cómo era ese Perú inmóvil. Vivimos hoy en una sociedad dinámica pero desmemoriada. Una lobotomía colectiva ha ocurrido al arrancarse de los sílabos escolares la historia del Perú contemporáneo. El joven periodista que firma estas crónicas tenía entonces 26 años. Y sin embargo traza de modo crítico y sin duda un tanto impertinente este rápido retrato de la derecha de esa época. Son páginas que había perdido. Los que siguen son algunos fragmentos, pero me parece que mucho queda de esa tendencia a la flojera en el campo de la teoría en el país de estos días. Un país actual no menos reticente a salirse de «lo políticamente correcto». Buena lectura. El joven libertario Neira los saluda.

LA DERECHA PERUANA: OSCURIDAD AL MEDIO DÍA

Expreso, martes 5 y jueves 8 de junio de 1962

[…] Cada sociedad tiene una clase social dominante, una élite de privilegiados. En el Perú —una sociedad tradicional en proceso de cam­bio— el progreso se hace a costa de esos mismos privi­legios. Paradójicamente, el intenso debate político no ha llegado a producir un estudio sistemático y serio sobre los alcances y los límites del poder sobre la sociedad pe­ruana de la clase alta, ni un esquema genérico de la de­recha como ideología y com­portamiento. Esto es una prueba más de la escasez de recursos y de la crisis de la inteligencia en nuestro medio. Se han acuñado va­rias fórmulas de exorcismo: burguesía nativa, oligarquía, clase explotadora, etc. Mue­ven a estos apelativos la evidencia de que el Perú es un país dirigido por una reducida minoría. Esto ha si­do una demostración casi estadística. Generalmente basada en una reflexión so­bre la estructura económica del país. Por ejemplo, al apuntarse que la renta na­cional es en un alto porcen­taje absorbida por una mino­ría ínfima. O cuando al ha­blar del problema de la tie­rra (Virgilio Roel, Lanfran­co, etc) se constata que sólo el 5 por ciento de pro­pietarios son dueños del 67 por ciento de la tierra labo­rable (un alto índice de con­centración de la propiedad en pocas manos). Quedan en pie varios problemas. ¿Qué origen tiene la derecha peruana? ¿Cuál su modo de vida, su movi­lidad social, su cultura, sus prejuicios, sus valores, su cosmovisión? Estos artículos, por sus límites mismos, no aspiran a resolver estas pre­guntas. Sólo a abrir el de­bate sobre ellas. […]

Comenzaré por decir que la derecha misma carece de noción to­talizadora sobre su rol, su situación, su futuro. De ahí, el culto al deporte y la salud. El vitalis­mo y el sibaritismo que re­emplazan a los hábitos de responsabilidad intelectual y empresaria de otras épo­cas. La carencia, luego de la muerte de Riva-Agüero, de un gran ideólogo de la derecha peruana. Esta cri­sis, filosófica y cultural, es parte, sin embargo, de la crisis universal del pensa­miento conservador. De esta manera, la clase alta perua­na, y sus tendencias de de­recha, carecen hoy de una visión, original e interpreta­tiva, lo que impide ubicarla con precisión dentro del cua­dro de la realidad nacional. Su casi oculto rostro sólo ostenta perfiles borrosos y desiguales. […] Así es cómo hemos llega­do a la crisis de la derecha peruana. Crisis de poder y sobre todo, crisis de concien­cia. El trabajo intelectual que inició Víctor A. Belaúnde en 1914, en «La Crisis Pre­sente», se ha detenido. Lo continuó Riva Agüero y Francisco García Calderón. La guardia vieja patricia no ha sido renovada ni en los textos ni en la actitud.  Y, sin embargo, el país ha cambiado, es otro y belige­rante país. […]

LA ELECCIÓN DEL PORVENIR

 

¿Es la hora de los Tories peruanos? ¿La adaptación a to­dos los laborismos, tengan el signo que tengan? Una sociedad tradicional, puede trans­formarse, incluso, con una casta cerrada a la cabeza, co­mo sucedió en el Japón de 1868. Los guerreros y feuda­les Samurái iniciaron la modernización. El resultado, es el Japón moderno: una industria pesada dentro de un Estado feudal. La historia no es infalible. Esta es la hora de la ver­dad.

La República señorial que es el Perú de hoy, no tiene porvenir. Como en Colombia, según la fórmula de An­tonio García, el país perua­no de hoy es «Una economía nacional de subsistencia, la consolidación de la antigua estructura agraria, la ordena­ción oligárquica del capitalismo y la institucionalidad del Estado de Casta». Coexisten al lado de las tendencias po­líticas populares, las tenden­cias señoriales: instituciones de represión, cultura monás­tica, estratificación social es­clerosada. El panorama es el de frenos culturales en burguesías incapaces de iniciar la industrialización y la reforma de la tierra, y nue­vos hábitos para una nueva política. En fin, la estructura patriarcal del señorío, como lo define Weber, tiene que ser abandonada. Aquella visión del país y de la vida en que se sigue confundien­do, la esfera privada de la pública. […]

Su par contrario, la izquierda, carece de un esquema general so­bre la situación de la clase alta. No se ha es­tudiado entre nosotros el ar­quetipo patricio y sus posteriores crisis. En suma, la iz­quierda no ha elaborado una teoría sobre la clase social rival. Hay una gran diferen­cia entre el estudio que en el Uruguay ha emprendido, por ejemplo, Carlos Real de Azúa (sobre el patriciado uruguayo, Marcha, setiembre de 1961) y los chistes de Sofocleto sobre «él». La izquierda combate a un enemigo cuyos poderes no han sido definidos. La pro­pia derecha, a su vez, no ha reflexionado sobre sí misma. De este modo, difícilmente puede aspirar a cumplir el ideal de una misión. Idea adjunta a toda élite nacional. Siendo estos años los años de su cenit, el principismo de otrora ha si­do reemplazado por la improvisación ante cada nue­va coyuntura. De este mo­do, es posible que quienes la dirigen, hipotequen el porve­nir, «su» porvenir, ante un cómodo presente de solucio­nes momentáneas. Esto es, antes que otorgar concesio­nes a la ola popular, preferirán la dictadura cesarista que permita un breve respiro.

¿Se explica este marasmo de la inteligencia tanto de izquierda como de derecha por la presión de las dictaduras pasadas? Ni el exilio ni el ocio eran propicios a la meditación sistemática. Las dictaduras, “el gendarme necesario” que alabó Francis­co García Calderón, ¿evitó a la clase alta las responsabi­lidades del poder? (Es preci­so decir que una parte de ella se mantuvo al margen de esta colaboración cuando Odría). Los césares locales gobernaron y asumieron la violencia en nombre de ella. Pero le impidieron formarse una idea de su propia mi­sión. Una actitud parasitaria en el mundo real —dictadu­ra— tuvo su correspondencia en los hábitos morales y mentales: parálisis ideológica y ocio. […]

(*)  Publicado en el bimensual Punto de Encuentro n°2 del 17 de enero de 2014

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