Marcos Caplansky

Escrito Por: Hugo Neira 1.917 veces - Jul• 20•15

Un justo ha vivido entre nosotros. Ese «nos» son las numerosos personas que lo han conocido. Hace unos días, se puso mal y su esposa lo llevó a una clínica. Hace unos días que Marcos se nos acaba de ir. Lo que voy a decir, lo saben los amigos que lo frecuentaron porque Caplansky tuvo muchos amigos y conocidos. Marcos era un justo. Y esta forma de llamarlo no sorprenderá a quienes lo conocieron en vida. Y estas líneas no son tampoco de esas que se escriben en torno a alguien que deja este mundo. No creo en la cultura de cementerio que solemos practicar y que en algún momento he criticado. Ocurre, sin embargo, que hace un tiempo, en uno de esos momentos en que tuvo problemas de salud, de los que solía recuperarse, le dije que era un justo. Ni me aprobó ni me reprobó. De modo que ahora honro su memoria repitiendo lo mismo. Y la fortuna que hemos tenido, tantos y tantos, conociendo a un justo. No abundan.

Jamás a Marcos, en los muchos años que lo conocí, le escuché una palabra fuera de lugar, un infundio, una calumnia, una falsedad, una mentira. Su conducta, de manera natural, era un cuidadoso y espontáneo lazo con la verdad. Tanto que incluso podría pasar desapercibido. Porque los justos, los que lo son, no son ostentosos ni en la virtud. Ahora bien, no estoy diciendo que no tuviese simpatías y antipatías, las tenía, como todo ser humano. Ni enojos y fastidios. Incluso en los momentos más conflictivos, había en él ese arte de la retención. Un justo es ecuánime, equitativo, y además, insobornable. No podíamos los que lo conocimos imaginarlo en un negocio delictivo, ni en el despecho. Pero aun los justos en este mundo tienen que sufrir el mal de los otros. Les ocurre, como a todos, sufrir de lo contrario de lo que son, de injusticias. En algún momento pierde una fortuna en un banco en el que había puesto sus ahorros. Ni eso le arrancó una mala palabra, aunque sí las palabras justas para quienes lo habían defraudado. Ni una más ni una menos.

No es una nota biográfica la presente, por eso las fechas y situaciones podrían ser imprecisas. Marcos era argentino, vivió y amo esta ciudad como la suya, era culto y era organizado, muy culto, con él podíamos hablar de cualquier cosa. Lo conocí decenios atrás cuando era parte del Club de Teatro, luego como editor de libros muy hermosos, publicista, maestro y profesor en una escuela especial para la formación de gente del design y comunicaciones. Lo que hizo en unas y otras actividades fue de excelencia. Era un hombre justo e inteligente. Ni nuestra desaguisada política le sacaba de su natural distancia y de opiniones acertadas, nunca injuriosas. Nos entendía, por momentos le daba risa o también pena. Pero no hacía eso que solemos hacer, irse de boca.

Estaba siempre de buen humor, pero no era porteño. Hay muchas maneras de ser argentino. Y cuando le hablé con entusiasmo de Poné a Francella —en realidad lo que me interesaba era la Nena— noté que el personaje masculino no era de su gusto. Acaso lo encontraba demasiado criollo, en versión bonaerense. Vivió en el Perú pero, fiel a sus raíces, nunca dejó su nacionalidad de origen. Marcos venía de una familia judía de migración rusa. Puedo suponer que mucho tuvo que ver la formación infantil en su actitud para la vida. El justo, es hora de decirlo, es una virtud celebrada por los judíos. Como el sage  es una categoría de sabio entre los franceses y el santo, en los cristianos. No estoy diciendo que fuera un santo. Sino un justo.

Se casó con Matilde Ureta, y ha sido el compañero de su vida. Y ni siquiera le he consultado esta breve nota. Es capaz de decirme que era un justo y por eso mismo, a los justos, no se les dice que son justos. Ella sabe que ese es un concepto y una leyenda rabínica. Existen, dicen, unos cuantos en medio de los hombres, unas versiones dicen que son seis, otros que doce, pero en general, si no hubiese un mínimo de hombres justos, ya Jehová hubiese exterminado la especie humana. Unos cuantos soportan el peso de nuestros incontables actos de deliberada maldad, de nuestras imprudentes conductas y sobre todo de palabras fuera de lugar. Esas cosas, la maledicencia, nos tiene sin cuidado. En otras culturas resultan la línea que separa el bien del mal, lo lícito de lo ilícito y lo que se debe decir y lo que se debe guardar en silencio. Por respeto no solo al otro, sino a sí mismo.

En mi pena, hay algo más, un agradecimiento. Cuando volvía al Perú, luego de mi vida de profesor en universidades francesas, los Caplansky, Mati y Marcos, nos alojaron en Montecassino, en lo que fuera el departamento de Alicia, madre de Mati, todo el tiempo que tomó la construcción del edificio donde Claire y yo ahora vivimos. Han sido y son más que amigos.  Y Mati me devolvió mi manuscrito de Hacia la tercera mitad diciéndome: «le falta un año de corrección». Hay gestos que no se pueden olvidar.

No solo esta ciudad ha perdido un justo, un amigo, un ser humano al que siempre se podía recurrir por un consejo, esperando una respuesta sensata, cuerda, atinada. Y eso era Marcos. Algo inapreciable se nos ha ido, que los dioses feroces del Antiguo Testamento nos sean clementes.

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