Perú, tiempos sombrios

Escrito Por: Hugo Neira 237 veces - Jul• 05•21

Por azar, para un libro mío en el que está, con otros pensadores, Víctor Andrés Belaunde cuando lo exila el presidente Leguía después de un golpe de Estado (que no era necesario-1919), le dice lo siguiente: «El Parlamento vivirá de espaldas a la opinión”. Y se me ocurre que se puede decir ahora: «El gobierno y sobre todo, una parte del Poder Judicial, vivirá a espaldas de la opinión». Sí, pues. La vida pública peruana repite sus vicios.

Por una parte, hay una enorme mayoría en contra del 6 de junio. Pero los tejes y manejes en las mesas de votación son sacralizados por leyes y reglamentos que impiden, paradójicamente, la justicia. Nos hemos quedado sin estado de Derecho. Estas elecciones son lo peor que le ha pasado al Perú. Por otra parte, la pandemia que no ha sido vencida todavía, la necesidad de empleos y de retornar a la economía de antes de la pandemia, imponen —nos guste o no nos guste— un nuevo inquilino en el Palacio de la Plaza de Armas de Lima. De modo que, sin olvidar el lado ético y jurídico, el 28 de julio habrá un presidente. Y en este caso —que no aplaudo— lo real se impone. Y es hora de comenzar a ver qué hace o qué deshace el nuevo mandatario.

Gremios. ¿Modernizar el país con algo vetusto y anticuado?

El ciudadano Pedro Castillo (probablemente pronto proclamado presidente), ha hecho saber que los gremios le interesan. Por mi parte, hacía tiempo que no escuchaba algo sobre los gremios. Los hubo en Europa desde la Edad Media, y en el Perú desde los primeros pasos a la modernidad —desde 1850—, pero confundidos con las sociedades mutualistas y sindicatos, como veremos más adelante. Lo de gremial es interesante pero tiene sus bemoles.

Sin embargo, antes de continuar, debo explicar mi manera de abordar nuestros problemas, acaso fríamente, tratando de entender adónde quieren llegar los que han ganado, por desgracia, no los mejores. Entre tanto, en esta caja de Pandora que es la vida pública peruana, tengo pasión por entender, aunque no pertenezco a ningún partido ni a las tendencias actuales. Soy, por encima de todo, un universitario. Y es algo que aprendí en los decenios que fui profesor en Francia. Tuve la suerte de seguir las clases de Raymond Aron, las de Alain Touraine, dos gigantes entre otros. Jamás supe por quien votaban. No era necesario. En esas sociedades, las universidades son el lugar en donde las ciencias sociales no se confunden con las ideologías. Practicar esa actitud en Lima es difícil. Pienso en el libro de Octavio Paz, El laberinto de la soledad. Para mi caso, se me ocurre «La soledad en el laberinto». Quizá es el precio de la libertad. Cierto, el Perú actual es un caos. Pero en el caos, según los  astrónomos, suele producirse un orden inesperado. Ya se verá.

Volvamos a lo de los gremios. Para entenderlo no me salgo del espacio de las ciencias sociales. Hay un concepto que abraza lo gremial y se llama, técnicamente, el corporativismo. Ha sido usado repetidas veces en la Argentina de Perón, el México de Cárdenas, el Brasil de Getulio Vargas, el Egipto de Nasser. Nada los liga salvo que se trata «de regímenes populistas, y los sindicatos y las organizaciones campesinas, tienen un papel importante en la gobernabilidad». Esta definición viene de un profesor mexicano, Enrique de la Garza, de la Universidad Autónoma Metropolitana, en Iztapalapa. De este tema, para los gremios y los sindicatos, me enteré en 1990, en México. Uso, pues, mis notas sobre esa temática ya que aparece en el Perú de estos días.

Lo que ocurrió con el pasaje de gremios a sindicatos interesó a un investigador llamado P. Schmitter. Sus textos editados en Londres. Al parecer, ha habido una polémica internacional acerca del corporativismo. Y tanto el mexicano como el inglés consideran que colocando sindicatos o gremios «subordinados al Estado», es «considerado como régimen político no estrictamente democrático». Se suma a esta observación, O’Donnell (Transiciones desde un gobierno autoritario, Paidós, B. A. 1989). No es pues, algo nuevo.

Conviene que haga ver, en estas líneas, al propio Schmitter y su idea del corporativismo. El investigador inglés encuentra dos posibilidades. La primera es positiva, en efecto, «puede coexistir con sistemas políticos competitivos, con partidos, régimen abierto a la alternancia del poder, con culturas democráticas y vinculados con los estados benefactores posteriores a la crisis del 29». Pero, por su parte, la segunda posibilidad es negativa: «el corporativismo estaría asociado con Estados autoritarios». Schmitter no dice que ‘países autoritarios’ no se refiere a los gobiernos comunistas sino también a los que fueron gobiernos fascistas. Es decir, la Italia de Mussolini, el sistema nacionalsocialista de la Alemania de Hitler, y la España de Francisco Franco. En el libro de mis días de estar en Sciences Politiques en París, el Diccionnaire des institutions politiques de Guy Hermet —mi libro de cabecera, página 66— lo toma como una corporaciones surgidas en los oficios y artesanos en la Edad Media, luego señala una categoría profesional, y que resguarda ciertas ventajas particulares. Y algo más, «apareció en Europa para ciertas instituciones de semidictaduras conservadoras, entre las dos guerras mundiales, en Austria, España, Portugal o la Francia del régimen de Vichy. Que cedió el poder a los alemanes.

Ahora bien, recordemos, por el itinerario de estas organizaciones a partir de nuestra propia historia, un breve resumen de gremios, organizaciones mutualistas, sindicatos, en el XIX, en nuestro primer siglo de vida republicana. Lo que es la sociedad andina siguió sus pautas tradicionales, «aunque hubo algunos intentos de ‘modernización’, impulsados por algunas élites peruanas» (Historia del Perú, Lexus, 2007, p. 993).

Los inicios no fueron inmediatos. Mandaba en sierra y en costa una suerte de irracionalidad premoderna. Un testigo, obviamente extranjero, Middendorf, se admira que los pueblos de la sierra, todo lo que esta gente ahorraba de sus salarios o la venta de sus productos de chacra, no lo empleaban para la mejora de sus condiciones de vida en el hogar, sino que era «guardado para la fiesta patronal». Es decir, pagaban la fiesta, no los hacendados. No era mejor la actitud de los obreros panaderos de Lima. Había un culto a «San Lunes». O sea, «el hábito de no trabajar para continuar la fiesta del domingo». Ese culto, señala Augusto Ruiz Zevallos, no era solo de la clase alta sino la cultura del ocio, la irresponsabilidad en el trabajo existía en las ciudades. En Lima, los aguadores eran célebres por su retardo. Lo mismo los zapateros, diversos artesanos  (Idem, p. 963). ¿Cómo se explica el poco apego a la laboriosidad? Sencillamente, el Perú independiente, tras cuarenta años de guerras internas entre caudillos, se aruina. Pero todo cambia en 1850 gracias a ese regalo del cielo que es el guano: el Perú exporta entre 11 y 12 millones de toneladas. De ahí arranca una era de bonanza, con obras tanto privadas como públicas. Y como había capitales, hubo todo tipo de trabajadores.

Para comprender la evolución de los estilos de vida —no hablamos esta vez de las elites—, los presentamos en forma cronológica. En primer lugar aparecen «las sociedades mutualistas». Así se llamaban ellos mismos. Son el principio de solidaridad (sin contar con Marx, no era un proletariado sino artesanos). Eran famosos los empleados en imprentas. Había unas de Auxilios Mutuos. Y una Sociedad Filantrópica Democrática. Llegaron a tener una Confederación de Artesanos Unión Universal (Idem, p. 992). En segundo lugar, es en los finales del siglo XIX y los años 1900 a 1930, cuando surgen los sindicatos. Entre los mutualistas hubo algún político, pero con más vocación por la política surgen no socialistas ni apristas, sino primero los anarquistas. Ese gremio, bajo el impulso de Manuel González Prada, es el que logra la jornada laboral de las ocho horas. Sus dirigentes —Carrocciolo Lévano, su hijo Delfín Lévano—, es un grupo que merece un buen trabajo en nuestros días.

«Los sindicatos pasaron al control de los anarquistas». Los mutualistas sin embargo no desaparecieron, buscaban trabajo a los desocupados y habían creado una Bolsa del Trabajo, un apoyo fraternal para los necesitados. En 1928, había sociedades de amigos, de panaderos, y el gremio de lustradores de zapatos, de carteros y de empleados de teatro asistieron a un Congreso de 36 representantes de los distintos gremios. Había de todo: «gremios en talleres o de fábricas, pero también entidades culturales representativas del interior del país». Gremio, pues, se desliza hacia las clases altas, y en los años veinte, a las clases medias. Empleados públicos, comerciantes, o representantes de firmas extranjeras. Lima crece en ese periodo, se ensancha: Miraflores, San Isidro.

En fin, para O’Donnell o Schmitter, «el gremio en forma corporativista tiene el monopolio de la representación, un número limitado de asociaciones, control literal de liderazgos, y articulación de intereses». Hablando claramente, «una mediación estatal a través de organizaciones e instituciones» (F. Pike, The New Corporatism, 1974). No soy yo, es la academia universal. De vez en cuando, conviene echar un vistazo fuera de nuestro país. Estamos en el planeta Tierra, en una era mundialista. Por lo visto, México no lo adoptó.

Hoy en día, en nuestro país, es cierto que «la mala autoridad» va de alcalde a gobernador regional, de ministro a funcionario. Es cierto que los partidos políticos en los países modernos no son solo la clientela que llena las ánforas. Tienen otras acciones, son la red (si es un partido grande y no pequeño) entre las bases y los dirigentes. Pero entre el 2001 y el 2019, hemos visto la desaparición de partidos. La desconfianza hace casi imposible que tengamos una democracia representativa. Quedan, pues, varias incógnitas.

¿Qué funciones tendría ese otro poder del Estado, un cuerpo corporativo? Cuando se ha hecho algo fuera de los tres poderes del Estado —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— han sido regímenes no democráticos, el ejemplo fue Francisco Franco. El corporativismo es propio a regímenes populistas. ¿Lo somos? Los gremios no discuten, ¿sería  una manera de evitar debates entre doctrinas? Pero si no hay debate, no hay política. Y si es así, retrocedemos. Lo que sí hay que hacer es nuevas instituciones para que los ciudadanos sean escuchados y participen, pero no por el sistema que estuvo bien para el siglo XIX y no para un Perú que ya no es analfabeto. No es posible una democracia sin partidos. Toda sociedad es heterogénea. Se necesita la pluralidad. Pero acaso lo gremial, consciente o inconsciente, es un gran paso hacia el partido único. O sea, el despotismo. Espero equivocarme.

Publicado en El Montonero., 5 de julio de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/peru-tiempos-sombrios

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