Quemar pero no olvidar

Escrito Por: Hugo Neira 115 veces - Sep• 20•21

Podemos comenzar si se crema o no se crema los restos del que fue Abimael Guzmán, con la portada del diario El Trome que cuelga en los kioscos limeños este sábado 18/09, diario que compré al llegar a Lima, porque es diario de periodistas de otros tiempos, buenazos, no porque tengan la verdad —eso es otro cantar— sino que saben lo que quieren y esperan millares de peruanos. Miren, pues, la portada: HARÁN HUMO A ABIMAEL. Por supuesto, en tinta roja, como debe ser. Los del Trome, es lo que queda en las calles de Lima de la época de oro del periodo de oro del periodismo. Como está claro, sus periodistas actuales no se queman con el titulazo que se mandan, porque de inmediato señalan debajo de una foto de las barbas del jefe de Sendero, «Fiscalía desaparecerá sus cenizas». Pero como son muy cucos,  también te hacen saber que «el gobierno promulgó ley para cremar a cabecilla de Sendero Luminoso». Entonces, el peatón que se echa a leerlo tiene que desatar los enredados hilos de ambas cosas. Hay ahí una pugna, el gobierno solo promulga, ya no gobierna. La cosa se la dejan al que queme o no queme. Parece que la cosa va por unos 60 días.

Aterricemos. Hay dos corrientes. Lo de las cenizas no es cosa de matrimonios o algo burgués, pero menos que vaya a un cementerio para pobretones. Por una parte, Guzmán siempre tuvo lugares cómodos. Cuando profesor en 1965 en Huamanga, vivía en el jirón Bellido, alquilaba un cuarto amoblado a una señora, según cuenta Umberto Jara, en su libro Abimael: el sendero del terror. Me parece la mejor biografía del inventor de Sendero Luminoso. El Rector Morote Beis (el padre) le pagaba al comienzo seis mil soles, que era plata por entonces y más en una ciudad provinciana. Antes de sus matrimonios, «se iba a La Colmena y le servían un churrasco con papas y huevo frito, más pan, té o café por diez soles» (en la narrativa de Jara, p. 59, si quiere saber más, compre y lea a Jara, pero ya sé que en el Perú no se lee sino rapidito nomás). Cuando lo capturaron fue en Lima, en un distrito de gente acomodada, y justo porque amigas de las altas clases venían a saludarlo el día de su cumpleaños, y los que las seguían, personal militar especializado, las siguieron a la salida de una tienda de regalos de plata o de oro. Así era la vida del que iba a libertar de la pobreza a los peruanos. ¡Qué capacidad la de mis paisanos para tragarse las mentiras que les cuentan! Viven esperando políticas de ideologías de salvación. De esos paraísos y seres angélicos que esperan que caigan de los cielos. Pero en ciertos casos, de los infiernos.

Por otra parte, donde vayan a dar las cenizas, si nos ponemos en los zapatos de un senderista, si lo vuelven solo humo, entonces se pierde la oportunidad de continuar «el pensamiento Gonzalo» y la posibilidad de una cripta y por qué no, un mausoleo. ¿Acaso el profesor Abimael Guzmán no era el poderoso profeta que venía para salvar a los campesinos pobres? Eso ya lo habían intentado otra gente de intención planetaria, entonces venía para continuar lo que había emprendido Marx, Lenin, Stalin y Mao, sobre todo, este último, ¿no había iniciado una revolución desde los campesinos? Pero, el  maestro  supremo Mao Tse-tung muere en 1976 y el marxismo-leninismo-maoísmo se quedaba sin cabeza. Cuatro años después, como Mao era un pensador (antes de ser miembro del Partido Comunista chino su profesión era bibliotecario), él también, Guzmán, se da el nombre del Pensamiento ya no de Mao sino, modestamente, el Pensamiento Gonzalo. Pero en la China post Mao, el trono del poder estaba en manos de Deng Xiaoping. Guzmán no solo lo odiaba sino lo despreciaba, y desde el lejano Perú, uno de los primeros gestos de terrorismo, el 26 de diciembre, aparecen en la ciudad de Lima unos pobres perros colgados de los postes, con un cartel «Deng Xiaoping, hijo de perra».

Y esto es lo mejor del plato. El profesor Abimael Guzmán Reinoso —que ya había ido un par de veces a China— no podía dejar que el planeta perdiera el revolucionario de la cuarta espada. Él iba a ser esa figura excepcional. Si en la República Popular de China no podían seguir con el maoísmo, al otro lado del enorme océano Pacífico, el Partido Comunista Peruano – Sendero Luminoso, sería la jerarquía más alta del mundo. No importa que China fuera un país de 1’500 millones de seres humanos y el Perú no llegara sino a 22 millones en esos años, con un territorio de un 1200 km2 y China de 9 millones de km2, y que esa nación asiática fuese ya una sociedad industrial, cosa que estaba lejos de volverse el Perú ni entonces ni en el futuro. Abimael tenía respuesta para todo. Si Mao había logrado su meta, era verdad que el Per había comenzado a ser un país no tan rural como se creía sino el de las grandes migraciones, al punto que crecían las aldeas urbanas, las ciudades, y luego Lima misma. Un país urbano el Perú, y es cierto, dice Umberto Jara, «el año 1980, se abrió con una conmoción social producto de huelgas de trabajadores bancarios, telefónicos, gráficos, textiles, municipales, y aduanas». Pero el jefe de los senderistas no vio ese país dispuesto a envolverse en una guerra civil. Obviamente, el profesor Guzmán tenía la respuesta precisa, esa que había visto en China. Cuando Mao se equivocó con el célebre y catastrófico Gran Salto Adelante, un error enorme, pequeños hornos de fundición con millares de campesinos desforestando bosques, se produce una terrible hambruna. Por lo visto, murieron millones. Un utopía salida de Mao. ¿Pero cómo ve este asunto, Guzmán?  «Incluso cuando la gente agonizaba, nadie se atrevió a sugerir que las políticas del jefe estaban siendo las responsables de la tragedia o que esta estuviera teniendo lugar.» Este es párrafo que aparece en el libro de Jara, pero es cita de David Jiménez. «Mao, el mayor asesino del siglo XX», que apareció en el diario El Mundo, en España. Pero lo que nos interesa es que lo que le interesa al patrón del Sendero Luminoso, la total sumisión del individuo al Jefe Supremo, en este caso, como Mao, el ego del Jefe Supremo. Un ser divino, no discutible.

Si esa cautela del simple senderista revela el centro mismo de Sendero Luminoso, el culto, la obediencia ciega, esto tiene un sentido específico, no es lo mismo con una jerarquía de militares. Mucho de esa tuvo Sendero Luminoso. Pero más la ceremonia, el ritual. El ego de Guzmán nos lleva a otro tipo de organización  y de mentalidad.

Seamos francos. América del sur es un continente del misterio, me lo digo Mariano Picón Salas cuando pasó por Lima y nos hicimos amigos. Más allá de los regímenes políticos y la importación de culturas, hay un enigma psicológico. Es algo horrible pero también fascinante. Como tenemos Andes volcánicos, aparecen extrañas devociones, estratificaciones y rachas de violencia, inesperadas. Entonces ¿cuál es la forma de vencer según Sendero? ¿Cuando Guzmán, o lo que hoy es? Sendero Luminoso se dice un Partido Comunista, pero no lo es. Se llama así pero no lo es. Alguien en Lima, en su revista, se da cuenta, César Hildebrandt. «Guzmán desprestigió el marxismo-leninismo tanto como lo habían hecho Mao o Pol-Pot». Y dice también: «Y sin embargo, aquí en Perú, hay unos cuantos miles que le siguen, lo aprecian como caudillo redentor». La palabra redentor, César, nos lleva a otra luz.

Algo ha habido de religioso y de ahí, las paradojas de nuestra historia. Marxistas católicos en universidades que bien conocemos. Hubo mucho en el pasado europeo. Comunismos religiosos ha habido. Thomas Müntzer, en 1525, era un comunismo religioso de insurrección, a partir de Suiza, o el ruso Tolstoi antes de Lenin, o en las utopías de Thomas More, o en nuestra América, el comunismo de los indios guaraníes piloteados por los padres jesuitas en el Paraguay, que José Carlos Mariátegui admiró. Comunismos cristianos siempre ha habido pero nunca solo con las armas. Salvo un caso, los islamistas. Mahoma era un guerrero. La expansión musulmana no es únicamente religiosa sino militar y muy poco políticamente. El pueblo árabe ha tocado todas las regiones del Mediterráneo, y luego el África negra, el mundo del sureste del Asia. Si esto es cierto, y la historia no miente, Sendero intentó ser un partido, pero en el senderismo real, es más un ejército que otra cosa. Con Guzmán, sabemos que el rector de la Universidad de Ayacucho, le pidió que formara un ejército-partido no tanto con los pobres sino con los jóvenes dispuestos a la vida militar y tras unas metas precisas. Y así fue.

Que fuesen comunistas, insisto en mi duda. No diré que son la procesión del Señor de los Milagros con ametralladora en mano, pero por ahí van. El que escribe esta nota fue comunista en sus años juveniles. En San Marcos, nos afirmábamos quemándonos las pestañas leyendo a fondo a Marx, y con ello, la búsqueda de la racionalidad. En nuestras células de estudiantes aprendíamos a disputar, a convencer, y el aprendizaje de las armas era cuando hicimos nuestro servicio militar. Y ante el aprismo que era  numeroso, no los despreciábamos porque también conocían el legado de Mariátegui. Luego vino la victoria de Fidel Castro. Una revolución comunista que había triunfado en Cuba fue malinterpretada en todo el continente. Pareció ser fácil, pero no lograron los centenares de focos revolucionarios en Venezuela, Brasil, Colombia, Chile, Argentina y Perú, no vencieron a los ejércitos nacionales. Pero hay una diferencia infinita entre  guerrilleros y terroristas. Sendero Luminoso nunca fue un partido de izquierda, de esos que se combinan con las clases obreras y los niveles de la pobreza, y jugaron también a las maneras como los partidos de izquierda convencían a una gran parte de las izquierdas. Pero no hemos visto  debatir a los del lado Sendero Luminoso.

Así, Guzmán lanza la máquina de guerra en los años 80, cuando ya se había logrado la Reforma Agraria (por lo cual, los campesinos no tomaron a SL como sus salvadores) y había un tiempo de democracia. La actitud de los que siguieron ciegamente a Guzmán, no se entiende en un país en que ya no había campesinos quejándose de los gamonales y hacendados. Con indígenas que habían recuperado sus tierras, era muy difícil pensar en una guerra popular. Fue al revés: los soldados senderistas molestaron a los indígenas, ellos terminaban de escuchar a los senderistas, los jóvenes ayacuchanos hijos de los propietarios que habían perdido sus fundos, darles una clase, los dominados escuchaban con paciencia serrana a esa gente que ellos veían como otros «mistis», acaso peores que los antiguos. Apenas Sendero dejaba una aldea, los habitantes buscaban al ejército nacional. Sendero hizo algo que no era precisamente lo que le había dado resultados a Mao, no humillar a los campesinos. Sendero, en cambio, ha matado más gente, y por lo general, campesina. No solo 25 mil muertos, sino pueblos desaparecidos.

¿Qué es, pues, Sendero? Algo que no es ni asiático ni occidental. Es algo que hace pensar en los musulmanes. No vienen de ahí, de Afganistán. No son talibanes, pero son lo que más se les parece. Y algo así como una suerte de religión con venganzas seculares. ¿Qué son? Hay Partidos Comunistas en todo el mundo. Pero no son entidades cuya  praxis sea solo la violencia y la muerte del otro. Eso nos hace pensar en la ETA de los vascos. Y los tártaros de otro siglo. Una forma de barbarie.

Para terminar, alguna vez he dicho que cada civilización lleva consigo su propia barbarie. Y hace poco, he encontrado alguien que piensa lo mismo que yo. A pesar de que soy un comelibros, el filósofo europeo-argentino se llama Alejandro Vigo. Y dice: «Hemos supuesto con liviandad que hemos superado la barbarie para siempre». «La civilización es una capa de hielo que se triza cuando no transitamos por los mecanismos previstos. Entonces nos confundimos cuando apostamos que la violencia pretende vivir un momento revolucionario». No es así, en España se tuvo a la ETA. En el mundo islámico, el Estado Islámico. La Corea del Norte. Y gente como Bin Laden le hizo la guerra a un Estados Unidos que nunca conoció.

Volviendo sobre las cenizas de Abimael, pues se teme que las echen al mar como lo hicieron los norteamericanos con Bin Laden, siempre tan pragmáticos. Pero tengo un temor. Si quieren echar las cenizas, si es para olvidarse de todo lo que fueron esos 12 años de terrorismo en Perú, temo la manía limeña de evitar los grandes problemas. Lima con esa cultura del rapidito nomás. Hay algo desesperante de esta cultura de la ciudad que se cree capital y es una suerte de lo que llaman en Europa, Principado. Pues bien, el Principado del río Rímac, nunca cree que el mal ronda el contorno. Así se nos vino encima la Guerra del Pacífico sin tener ejército profesional y apenas el Huáscar. Y hoy, sin entender por qué apareció en Ayacucho, en una universidad, una preparación para la muerte. Sendero no es un partido. Lima vive como en el siglo XVIII, la perezosa corte  vivía sin saber que todavía había indios. Y que había jóvenes andinos que  soñaban de otra manera su futuro. Así, mientras crecía Sendero Luminoso, «militares y demócratas distraídos», dice Gustavo Gorriti, uno de los gobiernos fue el de Morales Bermúdez. Esto lo edita el diario de Hildebrandt en sus trece de este viernes 17 de setiembre. Sendero Luminoso no es cualquier partido, de esos que desaparecieron. El tema de sus inicios y estructura viene con una complejidad rotunda. Lean a Moisés Lemlij y Luis Millones, uno psiquiatra psicoanalista, el otro antropólogo. Ambos lo consideran religión. De maldad deliberada y demoniaca, pero eficaz. Incluso se voltean las urnas cuando en el momento de votar te ponen una pistola en la sien. Buen sistema para conseguir éxitos electorales. Sendero es un tema muy serio. Pero la política criolla y sus diarios lo vuelven todo en algo ligero y frívolo. Nada pasará. Dios es peruano.

Publicado en El Montonero, 20 de setiembre de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/quemar-pero-no-olvidar

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