Vergüenza. Lo trágico contemporáneo

Escrito Por: Hugo Neira 1.454 veces - May• 25•14

Una de esas tardes recibimos una invitación. Asistir a uno de los ensayos. Era el periodo preparativo, a lo que la gente de teatro llama las pasadas, o sea, al juego de los actores duro y puro, antes del ensayo final. Fue una gran tarde, y nos quedamos fascinados. Pero es bueno que lo diga desde las primeras líneas. No soy autor teatral ni actor, ni menos crítico teatral. Acaso los que me invitaron saben en cambio que ruedo por el mundo dando clases a ratos, conocen mis investigaciones y mis libros. Ahora bien, como espectadores tuvimos una muy fuerte emoción. La obra asombra, y por partida doble. Por una parte, por la mise en scène. Esa obra no solo cabe en Larcomar sino en el ancho mundo, el de la cultura contemporánea. Hablemos, pues, de la obra misma. El autor muestra una gran preocupación por las guerras “de baja intensidad” de nuestro tiempo. Lo de “baja intensidad” es un eufemismo de militares. Ahora bien, Akhtar, el autor, es un producto humano de New York City, y en consecuencia, casi resultaría trivial decir que, siendo muy americano, igualmente es parte de esa humanidad venida del otro lado de los océanos. De padres musulmanes. Pese a que ambos, autor y  personaje, están en apariencia perfectamente asimilados al mundo americano, en realidad resulta que no es así. Esa es una de las problemáticas sociales, religiosas y de actualidad de esta obra.

Hay algo deliberadamente velado, elusivo, esquivo. El espectador verá en escena una pareja encantadora, Emily, americana, blanca, y Amir, abogado corporativo, como él mismo dice, con carácter, hombre de éxito. Luego se le suman otros dos personajes, Isaac y Jory: él, judío; ella, como se dice, “una mujer de color”. Lo que verá el espectador es un cuadro de buenos amigos que viven en Nueva York. Grandes ventanas, comodidad. Pronto el espectador comprenderá que pobres no son, ni tampoco discriminados. La gran manzana es conocida por abrigar a gente de una tan variada identidad religiosa o étnica.

La obra se mueve, para decirlo de alguna manera, no en uno sino en tres planos. El primero es Nueva York y ese grupo de amigos. El segundo es el tema de las creencias, las religiones, el Islam, Israel, la Biblia, en conversaciones que no son académicas, sino que afectan a unos y a otros, su vida profesional y su fuero íntimo, todo esto en un cuadro social que se supone abierto, tolerante, pluralista, liberal. El tercero es más clásico, pero no menos brutal, las relaciones al interior de cada pareja, la presencia del deseo. El deseo del otro. Los tres planos se interactúan. Lo personal y lo social. Lo privado y lo público. Lo que queremos ser, y lo que los otros decretan que somos. Tres planos, mostrando lo difícil que es vivir en los tiempos que corren.

Pocas veces he visto mejor planteado en una escena  teatral el tema de la culpabilidad. Vivimos entre dualismos. Los vínculos entre individuos y colectividad son la argamasa de toda sociedad moderna, pero lo trágico se instala cuando las decisiones no escapan a la doble moral. Me atreveré a señalar un solo caso de los cuatro personajes. El de Amir, el brillante abogado. Si defiende a un cliente terrorista, puede que lo tomen a mal muchos de sus rivales, y lo acusen de ser también un terrorista. Es decir, le pasan la factura de sus orígenes paquistaníes. Si evita asumir esa defensa, entonces no es un abogado correcto, su deber es defender a todo ciudadano. El caso es que, haga lo que haga, está perdido.

Ese dilema puede presentarse en cualquiera de las grandes urbes del mundo, desde Nueva Delhi a Buenos Aires. La globalización, a la vez que nos lanza a un mundo que se hace homogéneo, por la importancia del dinero y de una manera de vivir, resucita a la vez identidades que lo fragmentan. Todo está en esa pieza de teatro. La mundialización que nos hace iguales y lo que nos aparta. Esos cuatro personajes no son malas personas e  intentan ser justos. Pero no lo logran, porque nos baña a todos dilemas insolubles.

¿Qué es el teatro? ¿Qué es ese género literario que precisa de algo más que el texto,  de la voz, del cuerpo del actor, del milagro de una encarnación, de algo real, delante de nuestros sentidos? Un ironista decía que el teatro es eso que no puede hacer el cine, es decir, darnos una presencia. Pasan siglos, milenios, y de los griegos, de Los Persas de Esquilo a Shakespeare, Molière y Bertolt Brecht, el teatro ha seguido fascinando. Una escena, donde ocurren cosas, con actores que oímos y vemos en situaciones que no son distintas de la vida misma, por ejemplo, la pasión amorosa que no osa decir su nombre. O en quienes habita el sentimiento de culpa, que es el caso de esta pieza.

El teatro es la vida, y es a eso a lo que asistimos.  Al destino, lo que llamaban el fatum los antiguos, jugando con nuestra existencia. El teatro nos atrae porque nos vemos a nosotros mismos. Y entonces, esa escena es más que Nueva York. Es un riesgo, común a toda persona, en todo sitio. Las reglas de juego no están claras. Se yuxtaponen, se entreveran, como en las pasiones que desgarran a los personajes de Vergüenza*. ¿Cómo pueden escapar a inevitables agravios si los códigos de conducta son diversos y hasta divergentes? Para ir más lejos en la recepción de esta obra, hay que acudir a la historia, la filosofía y el psicoanálisis. Y paradójicamente, a los lectores de Nietzsche, quien dijo que lo mejor y los límites de lo humano están en la Tragedia. Edipo no era incestuoso, no sabía que el anciano con el cual se había batido era su padre, ni menos que la hermosa viuda, Yocasta, era su verdadera madre. Edipo es el príncipe a quien la Moira griega —el destino— decide castigar. No por culpable sino precisamente por inocente. De esa vileza de depender de designios que ignoramos, no hemos escapado. Eso es la condición humana. Y esos cuatro neoyorquinos, somos todos.

*Vergüenza (Disgraced, de Ayad Akhtar, Premio Pulitzer de Drama 2013). Directora: Norma Martínez

 Editado por Teatro La Plaza, 15 de mayo 2014 (funciones hasta el 8 de julio)

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