Breve historia del odio en el Perú

Escrito Por: Hugo Neira 274 veces - Ene• 14•19

Una nación es una comunidad de ciudadanos. Las naciones democráticas, sin embargo, atraviesan tensiones de orden cívico. Es normal, la comunidad de ciudadanos no tiene por qué dejar de ser diversa y en general, desigual. Si se ha llegado a la modernidad, los conflictos se resuelven por el derecho, incluyendo y no excluyendo (que es nuestro caso). Pero hay singularidades, cuando no predomina la cultura cívica sino pasiones interétnicas. No hay lucha de clases sino de clanes. Y los partidos políticos, sectas. De eso me ocupo en estas líneas. Más que un analista político, soy sociólogo. Y la política, sobre todo la inmediata, es la espuma del mar. Flor de un día. El sociólogo observa las corrientes profundas, no siempre visibles. La historia de una nación es también las de sus desdichas. No todo es Grau.

Cierto, todo comienza en Cajamarca. Es decir, llegada de los conquistadores, captura y muerte de Atahualpa, decisión de Francisco Pizarro, que luego, a su retorno a España, se lo reprocha el propio Carlos V: “Os he enviado a servir Señores, no a matarlos”. En efecto, acaso el Emperador pudo llegar a un protectorado como el que tenían con los reinos musulmanes, o algo por el estilo. Pero el cuadro de “Los funerales de Atahualpa” de Luis Montero, nos acompaña como un signo permanente y trágico en el Museo de Arte de Lima.

¿En Cajamarca nace el odio? La decisión de quienes votaron entre los conquistadores por su muerte, era más bien un tema de estrategia. Temían a ese Señor cautivo. En un país de 13 millones de súbditos indígenas, un puñado de invasores. Pero Atahualpa, prisionero, despacha a sus mensajeros al Cusco, donde se hallaba Huáscar, vencido y prisionero. Atahualpa lo manda matar «con una gran piedra» y «con el rostro vuelto hacia Caxamarca» para que «los orejones tuvieran temor y gritaran ¡Viva Atagualpa nuestro Inca!» (Porras, Cronistas del Perú, Grace & Co., 1962, p. 294.) Sabemos cómo fue, una inmolación, narrada por testigos de vista. Atahualpa no solo envía a sus mensajeros sino «a su pariente llamado Cuxi Yupangui, para que no dejase pariente ni valedor de Guáscar que no matase». Así, «sacaron de la prisión todas las mujeres de Guáscar, paridas y preñadas. Y las mandó ahorcar (…) y a las preñadas les hizo sacar a los hijos de los vientres y colgárselos de los brazos». (…) «Mataron ochenta y tantos hijos e hijas de Guáscar» y «delante sus ojos, para más tormentarle» (ibid. p. 296).

O sea, Atahualpa aniquila al linaje de Huáscar y con ello sepulta para siempre la elite inca. Además de la crueldad, un error político que no se menciona en nuestros desangelados cursos de historia peruana, si es que se dictan: el último Inca acaba con el Incario.

El odio enfrenta a Almagro y a Pizarro, a quien se mata. El imperio español trae el virrey para no dejar esos dominios en manos de conquistadores. No reciben rangos de nobleza a lo que aspiraban, sino encomiendas, bienes e indios serviles. La Colonia se mantiene por tres siglos al montar un sistema de poder: ayuntamientos, audiencias, visitadores, juicios de residencia. Una dominación a la que se suman para sobrevivir, curacas y pueblos indígenas. Así se mezcla la complicidad y la resistencia. Nace la ambigüedad. Y algo más. En esa realidad concreta —que dura siglos— se establece la fatídica costumbre peruana que hoy llamamos bipolaridad. ¿Quién derrota a Túpac Amaru II sino otro cacique, Pumacahua? Y luego, en la Emancipación, ¿no hay disputa entre San Martín y Simón Bolívar? ¿Acaso el propio José Sánchez Carrión, ferviente republicano, prefiere apoyar el cesarismo de Bolívar antes que San Martín nos traiga un príncipe para una monarquía nacional?

¿Y qué en el XIX? Después de la Independencia, ¿quién manda? Basadre es claro: «en la disolución de la nobleza española y la burocracia virreynal, la milicia es el fruto relevante». Es decir, «la clase militar» (Cap. I, La Iniciación de la República). ¿Y qué es lo que hacen? Guerrean entre ellos. Gamarra, La Mar, Santa Cruz. Y Salaverry contra todos. El desorden dura hasta 1842. Cuando gobierna Ramón Castilla. Y el apogeo del guano. Pero luego, se asesina a Balta y a Manuel Pardo, fundador del Partido Civil. ¿Y no fue el siglo XIX el enfrentamiento de Piérola con sus rivales? El siglo XX, no mejora nada. Por segunda vez como presidente, Augusto B. Leguía vence con el voto de los civilistas. ¿Y lo primero que hace es deportarlos? Leguía encarna el «autócrata popular» (Pedro Planas). El leguiísmo ha sido un patrón de conducta pública con éxito. Militares: Odría, Velasco. Civiles: Manuel Prado en los años 40, y Alberto Fujimori.

En suma, se equivocan marxistas y liberales. A una sociedad no la determina su economía sino su cultura, su antropología. Cuentan las costumbres. A propósito, leyendo a Basadre, ¡cómo nos conocía! «Los diarios circunspectos e insidia sutil (…)»; «Riquezas que se prodigan, oportunidades que se pierden, la postergación injusta, el acomodo cínico».

El gran problema de los peruanos es reconocer al ‘otro’. Indio, cholo, al distinto. Y al aprista, al comunista, al derechista, al izquierdista, al banquero y al empresario de Gamarra. Sociología de democracias que segregan. ¿Relaciones con el ‘otro’? Para algunos, el otro no existe o no debe existir. Entonces, la preventiva, so pretexto de lucha contra la corrupción. Claro que la hay, pero no es un asunto solo de los posibles ilícitos de cuatro o cinco expresidentes. Los depredadores del Estado y el fisco son legión. Es un sistema, dejémonos de cuentos. Entre tanto, tras el antiaprismo, perdimos el siglo XX. Y hoy, este inicio de siglo lleno de ‘antis’. La democracia es un debate permanente o no es nada. Para debatir se necesita el reconocimiento del ‘otro’. Un asunto comportamental. Por lo visto, hay goce en aplastar al rival. Lo citado en Basadre tiene más de 50 años. No hemos progresado, tampoco retrocedido. Somos un enigma.

Publicado en El Montonero., 14 de enero de 2019

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