El tercer terremoto: la economía de mercado

Escrito Por: Hugo Neira 107 veces - Jun• 29•19

Amable, lector, en las semanas anteriores me he ocupado de que el lector conozca algo de mi último libro, El águila y el cóndor, es decir el segundo tomo de estudio comparativo sobre la historia social de México y Perú, libro que edita la universidad Ricardo Palma. Es algo que agradezco, puesto que los trabajos comparativos entre países o naciones, es necesario, pero son, como el lector puede imaginar, doblemente complejos y de difícil arquitectura. No obstante, ese trabajo es un hecho, pronto se le presentará. Por lo demás, la Ricardo Palma tiene una librería comercial en la avenida Arequipa, a mano derecha si se viene de Lima centro, a un paso del óvalo de Miraflores.

En la semana anterior, argumentaba sobre nuestro caso, una sociedad que se modifica desde lo que llamo las ‘placas tectónicas’, es decir, fenómenos sociales tan importantes como la migración masiva de poblaciones andinas y rurales a las ciudades menores y luego a Lima, lo cual transformó, para bien o para mal, nuestro sistema de clases y estamentos. Hecho gigantesco que sin embargo no fue tomado como lo que era, una revolución oculta del cuerpo colectivo de la sociedad peruana. A esas modificaciones las vengo llamando las ‘placas tectónicas’. Es una metáfora, por cierto. Pero qué mejor en un país en el que todos sabemos qué son los temblores y terremotos. Ahora bien, la migración, ese pasaje de las ojotas rebeldes, cansadas de esperar la modernidad, partieron adonde podían encontrarla, en las ciudades. Donde no faltan escuelas, clínicas y mercado y trabajo salarial.

El otro remezón a las capas tectónicas ha sido —guste o no— la desaparición de los terratenientes. El fin del gamonalismo. La mal llamada Reforma Agraria, que por un lado, es una reforma laboral, puesto que después de su ejecución, hoy las leyes prohíben el trabajo que no sea remunerado. Y por otro lado, la victoria de los sindicatos rurales, unos 1800, dirigidos por una generación de campesinos rebeldes que capitanearon las tomas de tierras o como la llamaban, la recuperación de propiedades agrícolas que habían perdido a lo largo del siglo XIX y el XX. Fatigados de litigar inútilmente, acudieron a invasiones de haciendas. Con un detalle decisivo. Las invadían pero no se incendiaba ni se asesinaba, como ocurría en el pasado. Hubo en Perú lo que los europeos llamaron jacquerie, o sea, explosiones de ira de los campesinos en la Edad Media. Que terminaba con la respuesta de la nobleza que exterminaba a los rebeldes. En el Perú, esos levantamientos provocaban la intervención no menos violenta de la policía e incluso la fuerza armada. Así había ocurrido en los años veinte y treinta en una rebelión en Puno, Azángaro. En los días de José Carlos Mariátegui. No en los sesenta del siglo XX.

Las invasiones campesinas, en los inicios de lo sesenta, tenían como estrategia ocupar haciendas y tierras, pero sin matanzas. Fue un movimiento indígena con algo de Gandhi. La sabiduría de no responder a la violencia (policial) con la violencia. Practicaron entonces la no violencia. Un modo de acción de presión de las masas, pero sin armas. Las revueltas en la India tuvieron una notoriedad universal. Fue lo que hizo a Gandhi un gran líder, hasta el punto de imponerle al Imperio británico la emancipación de la India. El caso peruano, creyeron que era una rebelión violenta o una guerrilla. Ese movimiento rural, el mayor que hemos tenido, que afectaba el Sur, es solo comparable con Túpac Amaru II, por su extensión y el número de población rural que participó. Había comenzado en el valle de la Convención, donde cuenta mucho el liderazgo de Hugo Blanco, sin embargo fue en la zona andina, en comunidades y aldeas, donde alcanza su mayor dinamismo. Y entonces, un líder campesino cusqueño, Saturnino Huillca y los sindicatos rurales, encabeza esa rebelión sin armas. En Lima no se entendía lo que ocurría, era algo nuevo, inesperado. El enorme movimiento rural no respondía a ningún partido de izquierda. Era autónomo. El relato de ese acontecimiento está en mi libro Cuzco: tierra y muerte. Es un compendio de mis artículos que enviaba a un diario de Lima, Expreso, que me había enviado en calidad de corresponsal de guerra. Ese libro fue premiado por el Congreso de 1965, puesto que describía la situación cusqueña tal cual. Para entender qué pasaba, entrevistaba a los líderes campesinos. Eduardo Sumire, Huillca, habían aprendido a tener estrategias al hacer el servicio militar. Ocupaciones pacíficas, sin desborde de masas, sin milicias armadas como se creía en la capital, el campesino entraba en la escena peruana, multitudes nuevas, el ejército de los sin tierra.

El movimiento termina a mediados de 1965. La mayoría de dirigentes fueron retenidos y enviados a una cárcel en la amazonía, el Sepa. Unos años después, en 1969, en junio, el gobierno militar decide la reforma agraria. Siempre he dicho que confirman de jure lo que ya había pasado de facto. Sin la insurgencia de ese movimiento de no violencia pero de presión colectiva, no hubiera ocurrido la Reforma Agraria.

El otro terremoto es cuando se deja en creer que se puede progresar con un Estado emprendedor. El ingreso a la economía liberal tiene otro origen: Fujimori, en los noventa. Además, cuando Sendero Luminoso le declara la guerra al Perú, los campesinos ya tenían tierras y no había gamonales. Se lanzaron a una piscina sin agua.

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     3. El tercer terremoto. La economía de mercado, desde el gobierno de Fujimori

     Entre 1991 y el 2000, se privatizan unas 228 empresas estatales. Lo cual significa el 90% del patrimonio de las mineras, el 85% de la manufactura, el 68% de los hidrocarburos, el 68% de la electricidad. Las transacciones tuvieron un valor para el Tesoro Público de US $ 6’445 millones. Nos limitamos a los hechos. Los siguientes gobiernos —Toledo, García, Humala— no salieron de ese esquema liberal, al contrario. Pero volvamos a las cifras. El ingreso per cápita en 1980, era de 890 dólares. En 1995  alcanza los l’530 dólares. En el 2009, es de 4’200 dólares. En cuanto al PBI, de 1991 al 2009, se pasa de 83’760 millones de nuevos soles constantes, a 192’994. Además, la pobreza disminuye de 53% a 21%. En pocas palabras, se pasa de un Estado que confiaba en la empresa pública a un Estado que prefiere la empresa privada y el libre mercado. Pensamos, sin embargo, que el Estado empresarial falla en el Perú, pero no en otras naciones. Es más bien un problema de recursos humanos. No contamos con el personal adecuadamente formado y con una ética capaz de evitar la corrupción. Si no hay esos dos requisitos, ninguna economía capitalista puede tener éxito. Hay una ética en el capitalismo. Eso lo explica Max Weber.

     Sin embargo, tenemos que admitir que Alberto Fujimori es un personaje difícil de explicar. Vence en la pugna electoral a Mario Vargas Llosa, a quien el planeta daba por vencedor. Y a los dos años de gobierno da un autogolpe, cierra el Congreso, lo reabre bajo la presión de la OEA, con un esquema reducido, unicameral, y con distrito nacional único. Una barbaridad institucional. Y gobierna de manera autoritaria. No es una dictadura, pero sí un poder autocrático. Recuerda el exceso de poder de Leguía. Y lo que es peor, o se deja manejar, o forma parte del delito, socio de Vladimiro Montesinos. Luego, intenta un tercer gobierno, el descubrimiento de lo que «el Doc» hacía en su oficina, Jefe de la Inteligencia. Grababa sus actos de corrupción. Su despacho fue un nicho de negocios oscuros. Fue aquel un «Estado mafioso» (Manuel Dammert). Y cierra con broche de oro tal degradación. ¡Se fuga!

     El otro gran gesto de Fujimori es dar un poder discrecional a los mandos militares para enfrentar a Sendero Luminoso. Eso fue una guerra civil. Sendero Luminoso le declaró la guerra al Perú. El concepto de «conflicto interno» es una de esas cobardías semánticas propias al hábito de no decir las cosas como son, retórica muy frecuente, por desgracia, en nuestro país. Pero claro, dada la trayectoria ilícita de Fujimori como presidente, hay resistencia para reconocerle al menos dos contribuciones. Derrota a Sendero Luminoso (con un costo enorme, en materia de derechos humanos). Y nos hace abandonar la ilusión de un Estado como motor de la economía. Ese modelo es posible pero con funcionarios de calidad y honradez. Estado y mercado son necesarios. Tampoco es  una solución integral, el desarrollo solo con mercado produce una paradoja, muy peruana. La evolución económica y social del Perú es inversamente proporcional al aumento de la confianza de los políticos. El Perú es una singularidad. Es el término usado en biología, astronomía, economía. Cuánto más ha incrementado la riqueza social un presidente, más impopular ha sido. En esa estamos.

     4. Conclusión, la penosa verdad. El poder, desde arriba, hizo cambios, aunque fuesen impopulares

     Dos de los movimientos de las placas tectónicas —las migraciones y las ocupaciones de tierras— han ocurrido espontáneamente. Triunfo del pueblo. Las otras dos transformaciones corresponden a Velasco y a Fujimori. A dos gobiernos no democráticos. Es lamentable pero así son las cosas en Perú. Esperemos que en el futuro «las grandes reformas» se hagan con nuestras instituciones. Ojalá ocurra en este tercer siglo de vida republicana. (El águila y el cóndor, pp. 499-500).

Publicado en Café Viena, 25 de junio de 2019

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