Hacia otra visión del Perú: «El águila y el cóndor. México/Perú. Tiempos modernos y contemporáneos»

Escrito Por: Hugo Neira 137 veces - Jun• 18•19

En estos días de julio, antes de la feria del libro, la Universidad Ricardo Palma, presentará mi último libro. Hace ya unos años que dejé, voluntariamente, un puesto muy honorable, el de director de la Biblioteca Nacional del Perú. Desde entonces miro de lejos el Estado, sin desear ningún puesto público. Acaso porque sostengo que en nuestro país hay gobierno pero no hay Estado. Y dos siglos después de la independencia, no hemos sido capaces de montar ese cuerpo político que desde Hegel —sí, Hegel el prusiano, uno de los padres de la modernidad— se ocupa del «bien común» y no de los intereses particulares. Para servir a ese ideal del «bien común», me consagré a mis clases y a mis investigaciones, aunque algunas de ellas me llevan lejos del Perú, puesto que no encuentro ni las corrientes de ideas contemporáneas que nos ayudarían en nuestra extraña situación de país que ya no es subdesarrollado pero tampoco es un país moderno. Y desde entonces, además de mis clases y mis artículos, publico un par de libros de ciencias sociales por año. Dos universidades me editan. La Ricardo Palma que ya mencioné, y la Universidad San Martín de Porres. Esta última ha editado ¿Qué es Política en el siglo XXI? Un esfuerzo de síntesis que no he hallado en castellano y acaso es el dominio de la cultura anglosajona o de los europeos. Pero como hice estudios en dos grandes escuelas de Francia, esas que tienen, más allá de sus universidades, para aquellos que deciden consagrar su vida no al poder ni al dinero sino al saber, puedo hacerlo a la par que mis colegas europeos.

¿Por qué? Porque soy uno de los raros peruanos que tuvieron un puesto de profesor universitario de por vida en Francia (no se usa el de catedrático) y por concurso público. Y claro está, mis preocupaciones son peruanas y latinoamericanas, pero ni mis métodos ni mis libros lo son. Gran parte de las ciencias sociales están bañadas de ideologías y del pensamiento mágico que desdeña el saber racional. En consecuencia, construyo libros que explican situaciones sociales apoyándome en una corriente especial, la de la multidisciplinariedad. Y en repetidos casos, en el comparatismo. He escrito así un grueso volumen que compara el mundo inca con el azteca, a partir de los conceptos del quechua y el náhuatl. Desde su nivel de algo que podríamos llamar filosofía por su universalidad. Porque terminada esa comparación de las dos grandes civilizaciones precolombinas, me atreví a explorar el pensar de la India Antigua y la China Antigua.

El libro que se presenta el 2 de julio es también comparatista. Ya hubo un primer tomo dedicado al México clásico y al Perú antiguo. Dada la densidad de ambas civilizaciones, el rector Iván Rodríguez me permitió detenerme en el momento de la independencia de ambas culturas, y proseguí con un segundo tomo. Esta vez sobre lo mexicano y peruano republicanos. Es decir, siglos XIX y XX. Fue una tarea titánica. Pero en el libro que estará en manos de los lectores, desfila del lado mexicano, Miguel Hidalgo, Iturbide, las guerras de Santa Anna, Benito Juárez, hasta el Porfiriato, la revolución mexicana, el gobierno prolongado del PRI, y luego, Lazaro Cárdenas. Un estudio no menos minucioso ha sido ocuparse de los caudillos peruanos, Ramón Castilla, el periodo del guano, antes y después de la Guerra del Pacífico, del Huáscar, y ocuparme de Piérola, el civilismo, el militarismo, Leguía y el «feroz siglo XX». Así lo llamo. Pero no crea el lector que es solo historia. Al finalizar el siglo XX  hay un capítulo sobre el fin de siglo y estos dos decenios. Creo y sostengo que ha habido una revolución oculta. No política sino en los cimientos mismos de la sociedad. La llamo las ‘placas tectónicas’. Migraciones internas, cambios de costumbre y de mentalidad. Han ocurrido modificaciones enormes que la clase política no logra digerir, hasta nuestros días. De ahí el abismo que se abre entre el país real y el país político.

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Las placas téctonicas. O revoluciones ocultas del Perú contemporáneo

Cuestión previa

En este capítulo, se intenta imparcialmente abordar algunos hechos sociales contemporáneos que explican la transformación de la sociedad peruana. Pero tenemos una dificultad. Hace diez años Héctor Béjar dijo lo siguiente: «el silencio de hoy a los cuarenta años de la Reforma Agraria es la mejor demostración de su importancia». Hoy se cumplen cincuenta años y el silencio es más poderoso que nunca. En cambio, esa revolución sin sangre es comentada en el extranjero con una mirada objetiva que no se practica en Perú. Prisionero de lo que se llama un sistema de pensamiento «cerrado». En consecuencia, hemos tomado la decisión de recurrir a fuentes y enjuiciamientos no de peruanos sino del extranjero. Con una excepción. La información que proviene del INEI (Instituto Nacional de Estadística). Dejemos, pues, que hablen las cifras y los censos. 

A los peruanos nos ha obsesionado la revolución que no hicimos, para unos, por inevitable temor. Las revoluciones no pueden impedirse ser sangrientas y suelen desembocar en nuevos y elaborados despotismos. A otros, porque nos parecía inevitable. Hubo gente que quería el poder total, pero hubo también gente generosa que estaba dispuesta a dar su vida para que acabase la iniquidad de la vida peruana. Pero la gran noche de la revolución, no ocurrió nunca. Hubo guerrillas, invasiones de tierras, y Sendero Luminoso, pero eso no es ni 1789, ni 1917, ni 1910, ni la entrada de Fidel Castro a La Habana. Y sin embargo, el país ha cambiado. Se removieron las bases de la sociedad misma. Por eso preferimos utilizar una metáfora de orden geológico y estructural: las placas tectónicas. Los geólogos las estudian porque forman las dorsales oceánicas y las cadenas submarinas. Lo que vamos a describir ocurre en el abajo de lo peruano. 

El uso de esa metáfora nos conviene. La revolución, como transformación política, en la definición corriente (Enciclopedia Oxford de Filosofía) hace pensar en cambios radicales de un Estado, de un régimen y del orden social. Algo que fermenta mucho tiempo pero estalla en corto plazo, Diez días que estremecieron al mundo, de John Reed. Lo que vamos a señalar es como las placas tectónicas, un tiempo lento, hechos reales y decisivos, pero no significan en lo inmediato un cambio trascendente en la sociedad. Es el caso del cambio producido en la demografía y la organización social peruana. Estamos hablando de la gran migración del campo a la ciudad. De los Andes a la costa. Un tiempo largo. En «una dinámica demográfica de la población peruana en las últimas cinco décadas». De una transformación que se ha realizado delante de nuestros ojos. Tan importante que solo la comparan con el «descalabro demográfico de la sociedad prehispánica como consecuencia de nuevas enfermedades y la desarticulación del Estado inca». En cambio, «el siglo XX, está marcado por el signo opuesto: la explosión demográfica y una rápida urbanización».

1. Migración interna. De las ojotas rebeldes a la choledad empresarial

Nos atrevemos a usar el  concepto de cholo, no como insulto, sino como reconocimiento social. Las cifras nos permiten un punto de vista objetivo y racional. En 1940 el 70% de la población del Perú era rural. Hoy es todo lo contrario. En el 2017, la población urbana es mayoritaria en todos los departamentos del Perú. No solo en la costa sino en sierra y selva. Hoy, el 76% de los peruanos reside en localidades urbanas. La migración interna es un acontecimiento inmenso. Por la sencilla razón que ocurre cuando la población total alcanzó su mayor tasa de crecimiento. En cifras globales, en 1961 había 10’217’500. En el 2007, había aumentado a 28’220’700. Desde entonces, la tasa anual ha disminuido. El Perú ha hecho su transición demográfica. Es por eso erróneo creer que la migración del campo a la ciudad ha disminuido poblacion rural. «Entre 1961 y 2007 la población rural aumentó en poco más de 1,4 millones de personas.»  ¿Qué significa esta migración interna de los últimos cincuenta años? Lo que sigue se apoya en los censos de población realizados en 1940, 1961, 1972, 1981, 2005, 2007 y 2017.

Una transformación sin precedentes. Se urbaniza la sociedad. La capital, Lima, en 1940 —cuando se inicia el exodo rural hacia la capital— contaba con 645’172 habitantes. En 1961, viente años más tarde, la población es de l’845’910. En 1993 llega a los 6 millones. Hoy, en el 2018, alberga 9 millones. Respecto al resto del país, Lima metropolitana ha pasado de 9,4% en 1940 a 28,4%. Pero sería un error pensar que despuebla la capital a las ciudades costeñas o serranas. La distribución (voluntaria) de población del campo a la ciudad hace crecer también a otras urbes. Y el  INEI (Instituto Nacional de Estadística e Información) señala que en los días que corren, las ciudades del interior crecen a una tasa superior a la de Lima. Estamos hablando de un proceso de modificaciones, tanto económico y social como cultural, en curso. Además, hay que decir que lo urbano se acompaña de otro cambio significativo. Los peruanos de hoy viven más bien en la costa que en la sierra o la selva. En la costa, reside el 55%, en la sierra el 29,6%. La selva sigue siendo poco poblada. Hay que decir que es la primera vez que en tres mil años, la sierra deja de ser el centro nuclear del Perú histórico. Estas mutaciones no nos impiden decir que todavía la peruana es una sociedad muy fragmentada. Por ejemplo, la pobreza monetaria afecta a un 21,7% de la población. Sin embargo, entre 2007 y 2017, cerca de 6 millones de personas dejaron de ser pobres. 

Otro cambio gigantesco. Analfalbetismo y alfabetismo. En 1940, un 57,6%. Que pasó en 1961 a 38,9 %, y en 1981 se reduce a 18,1%. En el 2017, habría solo un 6%. Por lo general, población de adultos mayores y que viven en lugares alejados. Hay debate sobre lo actual: según diversos estudios, consideran que queda un 13% de analfabetos. Departamentos como Huánuco, Ayacucho, Huancavelica, oscilan entre 14% a 11%. Y siempre hay más mujeres analfabetas que varones. Pero se puede decir grosso modo que la población peruana es ahora urbana, costeña y alfabeta. Es innecesario insistir en el impacto de esas modificaciones que llamamos la dinámica de las capas tectónicas. Es decir, la población misma.

Los peruanos conocen estos cambios o creen conocerlos. Los han percibido como la aparición en la capital de migrantes andinos o provincianos. Y con ellos, varios eventos inesperados, toma de tierras eriazas, aparición de las barriadas (transformadas, con la ayuda del tiempo, en distritos). Gente que construye sus propios hogares, al inicio choza en los arenales costeños, luego casa propia. Matos Mar llamó la atención de esa mutación. Y Hernando de Soto explicó, muy tempranamente, ese comportamiento social de los recién llegados (El otro Sendero: la revolución informal, 1987). No por azar la subtitula, «la revolución informal». Los «cholos» bajados de las alturas andinas  ocupaban terrenos, organizaban sus calles y plazas, se inventaban sus propios oficios. Nace con ellos el autoempleo, la autoconstrucción y el autogobierno. Son a la vez el éxito, por ejemplo, Villa el Salvador, y la informalidad, con todo lo de positivo y negativo que la habita. De Soto encuentra en ellos el inicio de un capitalismo venido desde abajo. Aníbal Quijano anuncia el nacimiento de una sociedad cholificada. En efecto, Norma Adams y Jürgen Golten, en Los caballos de Troya de los invasores, encuentran la clave de ese asombroso éxito popular. Los excampesinos llegan a la gran ciudad con el «poder simbólico» (Cf. Bourdieu). Es decir, sus costumbres. Provienen de un patrón de comportamiento andino, cauto en los gastos, prudente porque la tierra como las lluvias son precarias, y con una moral del trabajo y la austeridad (que era milenaria). Al punto que la antropóloga Adams les encuentra un parecido a los pioneros americanos, y lo dice: «no saben que lo son, pero son protestantes». La migración confirma una de las tesis de Max Weber. El capitalismo había aparecido con la Reforma y desde abajo. Los calvinistas alemanes eran sobrios y ahorrativos. Los invasores andinos también lo fueron, en las dos primeras generaciones. Lo suficiente para prosperar por cuenta propia. Hoy sus nietos o tataranietos son parte del país consumista que es el Perú actual.  Su cultura ha cambiado, es chicha, es achorada, es otra cosa. Y es otro tema. Aquí explicamos el génesis y no el apocalipsis.

Con la migración interna, ha ocurrido algo mayor que una revolución, que suelen ser políticas y en consecuencia, visibles. Lo que hemos descrito, tomó tiempo, y para muchos, tomaron como natural un hecho voluntarista, pero anónimo, discreto, improvisada, y eficaz. De abajo vino el vendedor ambulante, luego los mercaditos callejeros, luego la tienda propia, la empresa, los emprendedores populares. Sin la emigración, nada de eso existiría. Si esto no es una revolución social, que baje Pedro y lo vea.

2. La segunda placa tectónica. La reforma del agro en 1969

La segunda placa téctonica ocurre en 1969. Desaparece el gran latifundio y lo que los peruanos llamaron desde los años veinte, el gamonalismo. Pero ese acontecimiento, la entrega de tierras que les pertenecía a los campesinos, es un tema inabordable en el Perú actual. Se sigue diciendo que la reforma agraria de Velasco fue un fracaso, mientras los peruanos van a los supermercados a comprar camote, olluco, yuca, habas verdes, cebada, choclo y carne de ave, de ovino, porcino, y leche fresca, producción que ya no proviene de los latifundios. Muchos de los actuales propietarios de tierras son hijos y nietos de los antiguos arrendires y peones. Pero la ideología dominante niega esos cambios en el mundo rural que sin embargo, los alimenta. Por eso —con la excepción de la estadística del INEI— hemos dicho que acudimos únicamente a la información externa. Ingleses, franceses, americanos que admiten esa reforma como un paso decisivo a la modernidad. Para otra ocasión, la historia de la contrarreforma agraria.

¿Cuál es la situación actual? Según el INEI, el número de unidades agropecuarias es de 2’128’087, y con ello, ocupando una superficie de 7’125’008 hectáreas (2016). Tomando en cuenta el régimen actual de tenencia, hay 2’213’506 unidades agropecuarios.Que se descomponen en 1’516’888 propietaros, unos 256’387 comuneros, 94’244 arrendatarios. Y posesionarios 94’063. Un análisis más preciso, con propiedades de cien o más hectáreas, hay 18’813 propietarios, entre las cuales aparecen también 1’336 comuneros. ¿Qué es lo que ha desaparecido en este censo de propiedades, que va desde pequeñas empresas a grandes propiedades? Ha desaparecido lo que se llamaba el latifundismo. Un sistema de propiedad precapitalista desaparece por obra de una ley, la n°17716. Y desde un gobierno militar que llegó al poder mediante un golpe de Estado. El lector puede comprender lo renuente que era la sociedad peruana a romper el sistema de dominación de los hacendados precapitalista, que tuvo que ser una dictadura (de militares de izquierda) que cambiara, de abajo para arriba, el país sumiso y arcaico anterior a 1969.

Que fue una mutación decisiva no se admite en Perú, todavía. En cambio, sí en la  Encyclopædia Universalis. Antes de la acción espectacular de la reforma, describe de esta manera la vida rural: «En la sierra montañosa de los Andes, donde se concentraba una gran parte de la población rural, reinaba hasta 1968, una situación neofeudal; estaba la gran propiedad en manos de un 0,4% que concentraba el 75,9 %. Todo el resto de propietarios —indios, mestizos, blancos— se repartían el 5,5% de la tierra disponible, por lo general, terrenos mediocres». «Los pagos no se hacían en dinero sino bajo la costumbre arcaica de cambiar tierras de alquiler por mano de obra y días de trabajo del siervo indio. Cuando la reforma agraria fue dada por terminada, en 1979, se habían distribuido 7 millones de hectáreas». Con todo, en la ideología limeña, la reforma agraria fue «un fracaso».

Sin embargo, las tierras recuperadas por los campesinos indios, los hacendados las habían pillado en el siglo XIX. El primer siglo republicano fue una catástrofe para los campesinos indígenas. Libres del control de la administración virreinal que protegía a los campesinos, los hacendados criollos tomaron tierras que no les pertenecía durante el primer siglo de vida republicana. Su independencia, fueron las invasiones de tierras de los años sesenta. Y su San Martín, los sindicatos campesinos que encabezaron líderes indígenas como Saturnino Huillca. Y unos pocos políticos, como Hugo Blanco. (Veáse mis libros Cuzco, tierra y muerte, premio nacional Fomento a la Cultura (1965), y Saturnino Huillca, habla un campesino peruano, premio Casa de las Américas (Cuba, 1975).

Ahora bien, los fundos rurales no fueron distribuidos de manera individual. El gobierno de Velasco estableció un sistema de cooperativas, como Sociedades Agrícolas de Interés Social (SAIS). Pero ni los campesinos comuneros (hay 6’000 comunidades) ni los expeones llamados colonos, es decir, los antiguos peones de la hacienda, la admitieron. Aspiraban a ser propietarios directos. Y eso es lo que ocurrió. En los años ochenta, una reforma a la reforma ocurre en el Cusco. Es una segunda ola de invasiones. Las cooperativas desaparecen en los años ochenta.

Hoy el agro guarda las antiguas comunidades campesinas, pero los exindígenas son propietarios directos. Tenían razón, es una tendencia planetaria en los agricultores, al manejo directo de su propiedad. Explicar esa tendencia natural nos llevaría a un paseo por la antropología y la psicología. Contémonos con insistir que ha nacido una capa social nueva, rural y agropecuaria. Se aplaude esa mutación en Lima, callando su origen.

Sigamos con la explicación que proporcionan observadores no peruanos. Jacques Lambert —francés, americanista, profesor de derecho en la universidad de Lyon—, en un libro célebre por su objetividad, 1956. Es decir, antes de la Reforma. Cuando reinaba el latifundio serrano. (En la costa peruana había gran propiedad, pero pagaban salarios.) Lambert examina la situación rural antes que se mueva la placa tectónica de la reforma. Y en el capítulo IV de un libro dedicado «a las estructuras sociales e instituciones políticas de la América Latina», sostiene lo siguiente: «la responsabilidad de los latifundios en el retardo de la evolución social». ¿Qué quiere decir Lambert? Además de describir la ineficacia de ese sistema de propiedad, de cómo la gran propiedad monopolizaba la tenencia de tierras, observa algo mayor. «El latifundio no solo era cruel y opresivo sino que lo detestaban» porque al indio colono —así se llamaba a los peones de la hacienda—  «lo ponían fuera de la vida política y económica del país». Para Lambert, el indio dentro de la hacienda, estaba encapsulado. La gran propiedad arcaica, el latifundio, no era sino un sistema económico muy débil (los hacendados no eran empresarios sino rentistas). «La gran propiedad arcaica, dice el profesor de Lyon,  imponía la fidelidad personal del campesino indio.» A ese tipo de poder se le llamó el gamonalismo. Desde los años veinte. Desde Hildebrando Castro Pozo, José Carlos Mariátegui. Por eso, Lambert considera el latifundio como una rémora enorme. ¿Cómo podía haber república peruana si sobrevivían esos espacios feudales en todo el territorio?

El «indio», tradicionalmente, obtenía alguna seguridad en su condición de siervo. «Se conformaba con su miseria», dice Lambert. Pero en los sesenta, ocurre un cambio de conciencia en las masas rurales. Descubren el camino a la libertad. Y la emprendieron por su propia cuenta. Fue esa la razón, el gran fenómeno de las invasiones de tierras, el mayor movimiento de rebeldía después de Túpac Amaru II, lo que provoca la decisión de los militares de intervenir y liquidar los semifeudos andinos.

¿Qué paso en el sur, de 1961 a 1965? Llamaremos a un profesor inglés. El más célebre de sus historiadores. Eric J. Hobsbawm publica, en 1959, Primitive Rebels.Traducido en el 2001 como Rebeldes primitivos. Es un estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en el siglo XIX y XX. ¿Qué tipo de gente y de rebeldía lo ocupa? Los anarquistas españoles, el bandolero social, la mafia siciliana, las sectas obreras. Y «un movimiento campesino en el Perú». Sus fuentes son dos. Un informe sobre la tenencia de tierra publicado en Washington, de 1966, y mi libro Cuzco, tierra y muerte, de 1964. Hobsbawm sitúa esa rebeldía de campesinos peruanos como «gente prepolítica  con aspiraciones a la justicia social». Fue un acierto del profesor de Oxford. Los líderes de ese enorme movimiento eran gentes como Sumire, Huillca. Hablaban quechua y en esa lengua se dirigían a las masas. Pero también había entre ellos los que habían hecho servicio militar y eran bilingües. La estrategia atinada de las marchas campesinas viene de ahí, evitaban el enfrentamiento con la policía o el ejército. No eran una guerrilla. Como me encargué de decirlo, no hubo milicias campesinas. Yo escribí ese libro en el lugar de los hechos. Con verdades de puño. «¿Por qué hay invasiones? Porque se han cansado de esperar». Ahora bien, sin extenderme en refutar a Hobsbawm, lo cierto es que los rebeldes no eran tan primitivos. Hubo unos cuantos trotskistas: Hugo Blanco, Vladimiro Valer, Fausto Cornejo. Pero el trotskismo no contaba en la vida política. Entonces, ¿qué fue aquello? Algo que vino de la más extrema marginalidad. Uno de los titulares de mis crónicas habla «de multitudes nuevas, sin partido». Y eso fue lo que ocurrió. Indigenistas, los había habido desde los años veinte. Decenas de antropólogos y estudiosos. Pero esta vez no eran indigenistas sino indios. No es lo mismo. Fue una inesperada toma de conciencia de los explotados. Pero, por eso mismo, no se les pudo entender ni aprobar.

Para concluir, una de las razones por las que la reforma ha sido rechazada es que ocurre fuera del sistema normal de partidos. Se entiende que para las derechas sea un tema maldito. ¿Pero por qué para los partidos de izquierda?  José Carlos Mariátegui, en 1928, acaba con el mítico «problema del indio». No hay tal, la cuestión era «el problema de la tierra». Eso concluye con los movimientos campesinos de los años sesenta, antes del gobierno de Velasco. Pero la izquierda se ha sumado —con algunas excepciones— al llanto de viudas por la desaparición de los hacendados arcaicos. ¿Y por qué razón? Porque ese triunfo de lo popular no lo manejó ningún partido de izquierda. Héctor Béjar, que fue guerrillero, hace su mea culpa en 1965.  El honesto y valiente Béjar. Pero el resto de la intelligentsia que se autocalifica de izquierda revela, en la incapacidad de entender ese movimiento autónomo, popular y libre de fundamentalismos, lo lejos que está del pueblo. Y de unas ciencias sociales objetivas y valiosas. La idea de que una fracción del pueblo se rebele sin una vanguardia, o que una elite revolucionaria aparezca desde abajo, es lo que más les molesta. Y entonces, lo que saben hacer, el silencio.   

Lo peor de todo es que el latifundio peruano es la continuación de una institución virreinal llamada la encomienda. Fue la recompensa de la Corona a los conquistadores para que explotaran a los indios. Bernard Lavallé la define como la «transferencia a particulares para que diesen protección e instrucción evangélica al encomendero». Y a eso seguía el «repartimiento», es decir, aldeas enteras que tributaban con trabajo de servidumbre. Esa figura jurídica evitaba dar títulos de nobleza a los españoles en Indias. El encomendero lo que importaba era la mano de obra indígena. Les hemos llamado equívocamente feudos. No es exacto, es lo que más se les parece. Pero los señores feudales en la Europa medieval, eran jueces y a ratos, la defensa militar de sus siervos, de ahí los castillos en España. En el Perú los señores no tenían ninguna obligación con sus indios peones o colonos. Entonces, quienes defienden todavía el latifundio no saben que están echando de menos una monstruosa entidad que viene del fondo colonial.  Las haciendas permitían la existencia de amos y siervos, como las encomiendas. Y sin embargo, se sigue sin entender que eran incompatibles con un Perú que aspira a ser republicano. (pp. 491-499)

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Falta el tercer terremoto, el libre mercado. Hasta la próxima.

Publicado en Café Viena, 18 de junio de 2019

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