Lo nuevo puede ser lo viejo: humillaciones de siempre con los indios (2/2)

Escrito Por: Hugo Neira 82 veces - Ago• 28•19

Las líneas anteriores son globales. Tocan la política y los conflictos y rivalidades de  élites del poder. Las líneas que siguen, más bien son «la visión de los de abajo». El testimonio de la «pequeña historia». La grande, es que el Perú dejó detrás esa continuación colonial de la encomienda, eso que era el latifundio. Pero ahora, ruego al lector me acompañe, tratando de gente corriente. Y de que me sirva, en este instante, lo que en las ciencias sociales se llama, «historias de vida».

Es un género particular. Se logra no con estadísticas sino con entrevistas. Los antropólogos lo pusieron entre sus recursos desde 1920, y consiste en transcribir el testimonio de personas de un determinado grupo social sobre su vida. No se trata de autobiografías, porque se trata acaso de gente que no tiene la costumbre de un diario personal. Lo que cuenta es qué relato individual representa, quiérase o no, la idea que un grupo social se hace de sí mismo. Es el relato de los excluidos. De los dominados. De esos que Miguel Barnet llamó les peuples du silence. Los pueblos del silencio, sus autobiografías mediatizadas por antropólogos, sociólogos, historiadores. En la América Latina se expande como género a partir de 1960. Recordaré algunas obras.

Ricardo Pozas que abre la vía publicando en 1952 la vida de un indio de Chiapas, México, Juan Pérez Jolote, biografía de un tzotzil. El cubano Miguel Barnet que publica tres relatos de vida sobre la vida de un antiguo esclavo, Biografía de un cimarrón, 1966. Hay también el relato de un emigrante gallego, Gallego, 1981. La de una cantante, Canción de Rachel, 1969. Y luego, en 1983, Me llamo Rigoberta Menchú, que encarna la revolución en Guatemala. Entre estos casos, se suele citar, en el extranjero, mi libro, Huillca: habla un campesino peruano (1974), premio de la Casa de las Américas, en Cuba. Hay uno que se titula Se necesita muchacha (1983), testimonio de sirvientes en el Cusco (Culebrero, 1986). Y hay una obra que no he podido encontrar. José Luis Ayala, Yo fui canillita de José Carlos Mariátegui, autobiografía de Mariano Larico Yujra (Lima, 1990). El testimonio notable del Perú a los inicios del siglo XX, ¡hecho por un aymara!

El interés de los relatos de vida es que llevan consigo una cultura, un lenguaje, una visión del mundo difícilmente accesible. Es la palabra y a la vez la conciencia a la manera de la gente humilde, sobre su situación, de alguien vinculado a la acción, acaso sin saberlo. Fue, finalmente en París, en la Sorbona, en un curso de antropología, que tuve la fortuna de seguir las lecciones de Lévi-Strauss, el más grande antropólogo del siglo XX. Una de esas mañanas, nos dice que nada es mejor que el trabajo en el terreno y sobre todo, la entrevista. O sea, la historia de vida. Fue entonces que me juré reencontrar a Huillca, y así fue. De ahí el libro que gana un premio en Cuba y que está traducido a varias lenguas. La historia de un campesino, tras 5 siglos de silencio. Los 3 mil dólares del premio, se los entregué a Huillca, el verdadero autor de ese libro. Con un micro en la boca y la traducción de dos quechuistas. Cuando volvimos al Perú, se compró Huillca un par de vacas finas.

¿Para qué estos trabajos de investigación?

Dos metas :

– La objetividad, la visión popular de la historia.

– Un paso metodológico, la percepción del mundo por el actor y no el universitario.

URIN PARCCO Y HANAN PARCCO

(apenas unos fragmentos de un libro imposible de negar su valor)

Es obra compuesta de textos de testimonios de campesinos que conocieron cómo era la vida en las haciendas antes de las invasiones de tierras, y antes de la Reforma Agraria. A cada testimonio se suma una foto. Rogamos a los editores, que coloquen lo uno y lo otro. La imagen y lo que el personaje dice.

Cornelio Quispe Huamaní (78 años)

«En tiempos de la hacienda, hemos sufrido sin pago. Era la tierra de ellos. Como vivíamos ahí, ellos nos hacían trabajar sin pago como retribución de lo que vivíamos en su tierra. Yo nací cuando ya era hacienda. Por eso no tenemos estudio. No sabemos ni leer ni escribir.»

 ¿Cómo se enteró de la reforma agraria?

Eso llegó cuando ya estaba aquí, cuando ya salí del cuartel. Entonces, un grupo fuimos a Huancavelica a protestar como en campaña, gritando, ¡Los gamonales que mueran! diciendo.

Mauro Yancari Nahuincopa (78 años)

«El patrón no quería que estudiemos. Recuerdo que mi papá nos ha puesto en Manyacc a una escuela, y a mi papá le había llamado y le había dicho, ¿Para qué has puesto a tu hijo? ¿Acaso va a ser ingeniero, o doctor? diciendo le pegó. Así, no quería que estudiáramos. Yo ya sabía leer porque había estudiado hasta tercer grado, y yendo al ejército me enseñaron más».

Alejandra Quispe Belito (77años)

«No nos pagaba nada. Cuando pastábamos animales, a veces moría y eso de todas maneras teníamos que reponer de nuestra parte. Una vez tenía que reponer cinco ovejas. En aquella vez, mi casa se [ha] incendiado. (…)  Se ha quemado los pellejos. Entonces, tejiendo medias, braceras he comprado cinco ovejas para reponer. Así hemos sufrido».                                                                                  

Máximo Soto Buendía (70 años)

«En la hacienda trabajábamos de lunes a viernes y, para nosotros, solo trabajábamos sábados y domingos. Toda la semana trabajamos sin pago.»

Fuente: Mercedes Crisóstomo Meza, editora y autora —aunque por gesto hermoso, dice, ‘autores’, Comunidad de Buenos Aires Parco Chacapunco y Comunidad de San José de Parco Alto—, CISEPA de la PUCP, Lima, diciembre 2017.

Publicado en Café Viena, 27 de febrero de 2019

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