Memorias melancólicas de un padre y un hijo excepcionales, Nicanor y François

Escrito Por: Hugo Neira 46 veces - Ago• 14•19

Un amigo de toda la vida, Fernando Alayza, me hace saber que François Mujica se nos ha ido. Más conocido como Francisco Mujica Serelle. La manera ingenua que solemos utilizar los seres humanos cuando muere un amigo, un pariente, o alguien que apreciamos. Es el caso. La verdad es que no sé sino decir que tuve siempre por él, la admiración por sus virtudes que lo retratan en el mail que me envía Fernando. «Ha muerto un hombre decente, libre, honesto y consecuente». De esos rasgos prefiero, brevemente, decir algo. La consecuencia —virtud cada vez menos celebrada en este Perú abismal de nuestros días— proviene de que François era el hijo de Nicanor, uno de los apristas fundadores. Uno de esos, como Seoane, Heysen, Cox, Sánchez, Orrego, aparecen en la escena pública al lado de Víctor Raúl Haya de la Torre, en 1931. Y un joven, el padre era Nicanor Mujica Álvarez Calderón, es decir, alguien de una vieja familia republicana, «cacerista el tatarabuelo», es decir, siempre sí en política, con el coraje. Alayza me dice «una familia aristocrática» y sin embargo, aprista. Diría yo, una suerte de nobleza. Vivieron ambos, la gran clandestinidad, de 1932 a 1956, que los cobardes historiadores no suelen tomar en cuenta. Ahora bien, la muerte de François me hace pensar que se muere con él, también el padre. Lo digo por los esfuerzos que hizo el hijo para que se conociera a fondo la calidad del padre. Y entonces, para que se les conozca un poco más, acudo al prólogo que escribí en el 2015, para la edición de su autobiografía. Que lleva un intitulado muy sincero, «Memorias para un país desmemoriado». No es uno de esos libracos desnutridos, sino 667 páginas de una vida de primaveras democráticas, destierros, golpes y contragolpes, de quien fue exilado, empresario, político, Ministro de la Presidencia, y Embajador extraordinario.

Ante tal vida, el prólogo fue extenso, aquí solo publicamos algunos fragmentos. Es mi manera de poner unas flores en la lápida de ambos. Revolucionarios y grandes señores, padre e hijo, de ahí la pena inmensa. La pena que con ellos se va una época que no conocía los grandes vicios que hoy nos promete, para el futuro, peores tiempos.

Prólogo* (extractos)

            Había una vez un niño limeño que viene al mundo a inicios del siglo XX, en 1913, en una casa de la calle Belén, y retoño de un antiguo árbol familiar, pronto lo llevan al mejor kindergarden de la ciudad y luego al colegio de la Recoleta, de monjas y curas franceses que le inculcan el gusto por la lectura que lo acompañará toda su vida. Por si no fuese poco, además lo dotan de un francés impecable y de una sólida cultura católica. Su infancia se mece en el traqueteo de los coches a caballo, los rezos de la madre, la biblioteca del padre; vive bien esa familia, pero «sin el culto desenfrenado al dinero». Lima se detenía en lo que hoy es el Parque de la Exposición. Todo indica una vida plácida para ese niño, «la comodidad» dirá más tarde en sus notas autobiográficas. Sin embargo, no será la suya una vida de medianías, como lo era por lo general en la clase alta, la de los infantones que caricaturiza Pardo y Aliaga en el niño Goyito. Llamados «niños» por las ayas, madres y abuelas de la infancia a la vejez. Otro será su destino.

            Uno de esos días, acaso el azar quiso que a los 18 años y con un grupo de amigos, asistiera a un mitin en una plaza de toros y escuchara a un asombroso orador.  Se trataba de un hombre político, uno nuevo, de una treintena de años, que acababa de desembarcar de una Europa en llamas, y esa tarde revela al público y al joven Nicanor un Perú muy diferente de la tradición  y del círculo social de grandes familias limeñas de innumerables primos, en el cual hasta entonces ha vivido. Y entonces todo cambia. Abraza una causa. Lo espera una existencia singular. Varios exilios, varios retornos. A veces perseguido, otras veces elegido parlamentario o embajador. Al lado de  proletarios de su partido que se llama «del pueblo», aquel hijo de buenas familias, Nicanor Mújica Álvarez-Calderón, aprista hasta la muerte.  Y por sus escritos, vida e ideas, más allá del ángel de la guadaña. ¿El gozo de la militancia, de la entrega, pero igual el dolor de las deportaciones, de la lejanía? Y pese a todo, la fina observación de otros mundos, lo cual está en las apretadas libretas que este libro recupera en parte.

            ¿Qué ocurrió? Se diría que sobre la dorada cuna las hadas se habían asomado para dispensarle el buen hogar, pero otra hada, más bien temeraria, le habría hecho un extraño don. El de la generosidad. ¿Y qué es esa virtud? No solo es moral sino cívica, social. Acudamos a la filosofía. «Generosidad: cuando alguien, conducido por la razón, desea que los otros posean aquello que él mismo ya posee» (Comte-Sponville). ¿Es eso lo que quiso Nicanor? Su familia no era adinerada pero sí bien tradicional, y un vislumbre de lo que será su vida se asoma en las lecciones de la muy cristiana madre que no cesa de indicarles, a ese niño y hermanas, los «asuntos sociales». ¿Intuición materna o destino? ¿Cómo pudo ocurrir esa transferencia de valores y esa suerte de exigencia que sobrepasa los límites de la familia misma y la parentela, a amigos y  primos, para pensar en ese otro, el peruano pobre, tan lejano? ¿Sobre todo en la Lima pequeña de los años 30, poco republicana y poco inclinada en sus capas acomodadas a percibir el dolor de las clases subordinadas? ¿Qué ocurrió con el joven Nicanor de varios apellidos resonantes, para optar por ese deporte tan riesgoso que es hacer política en el Perú? ¿Y en  particular, política social? ¿Y sobre todo, por esos años peruanos, política aprista? ¿Y el joven Nicanor, educado en el gusto por la razón y la lógica aprendida en las aulas de curas franceses, en esa hoguera de la vida peruana de los años 30? Los más feroces de la vida republicana.

            No vamos a buscar una o varias causas a su voluntarismo. Acaso las desechamos al mencionar la rara virtud de la generosidad. Sin embargo conviene recordar, paso a paso, cómo se construye, en su caso, el perfil de un rebelde. Quizá haya que mencionar el propio punto de partida, el estatus de sus padres. La familia de Nicanor Mujica era políticamente civilista, pero no por ella exceptuada de agravios.  Su primera juventud coincide con los años del usurpador Leguía, y este deportaba a sus rivales, en particular a los civilistas, «como quien cambia de camisa». (Las víctimas, V.A. Belaunde, Barreda Laos.) O los ponía en aprietos económicos. El caso es que en 1931, los Mujica Álvarez-Calderón se ven obligados a dejar la casona limeña, se mudan a Chorillos, donde el adolescente del que hablamos conoce nuevos amigos y frecuenta los deportes marítimos propios al club Regatas. Pero, como decíamos, Haya de la Torre ya había desembarcado de Europa, después de conocer México insurgente, el Oxford de profesores inconformes y la Rusia bolchevique de Lenin. Era, pues, un líder magnético, se le acercaba la gente, entre ella gente joven, incluyendo muchachos de la juventud dorada limeña. Se explica, pues, que los padres de Nicanor, temiendo que se contagie de las ideas subversivas entonces en curso, y dado el hecho de que matriculado en San Marcos no podía seguir estudios porque el dictador Sánchez Cerro había suspendido los cursos, lo envían a Chile.

            Ahí estudia filosofía del Derecho, economía política y otras materias. Escribe una sonada carta a los prisioneros políticos. Es solidario de los apristas en prisión. Y regresa al Perú. En 1934 va a comenzar la Gran Clandestinidad. Tiene 21 años. Deja estudios y abolengos a sus espaldas. Al volver a Lima será el «enlace secreto» preferido de Víctor Raúl Haya de la Torre quien vive a salto de mata, como la elite de su partido, perseguido por la policía del general Benavides. Se entrega a la acción.

            En el destierro, conocerá Francia vencida y la Alemania nazi, se casa con francesa, tiene un hijo (coautor de este libro) retorna por mar desde Cádiz a la patria en 1942, dejando atrás una Europa en llamas y hallando un Perú sin libertades. El país es así, alterna  despotismos transitorios y procesos interminables de retorno a la legalidad. A veces hay elecciones, a veces no. Cuando vuelven las urnas y los votos, será elegido tres sendas veces representante. En 1945, 1963, y en 1980, senador. Y entre una y otra, una segunda deportación. En 1950. Hacia Guatemala. Cosas del Perú, alejar por la fuerza a los que discrepan. Con sus progenitores —en especial con la madre— no ha dejado de tener correspondencia (y este libro la rescata en parte, véase Cap. III. Iniciación y compromiso). No le piden, padre y madre, que abjure de sus creencias partidarias pero sí que no deje de ser honrado. Y el hijo de esas viejas familias dadas al cuidado del honor familiar, se las arregla en el exilio para hallar formas decentes de sobrevivir. «Tengo honradez —responde a la madre— para conmigo mismo, para con mi país y mi generación». He tenido honradez para con ustedes, añade. O sea sinceridad: «en los salones aristocráticos nunca me he negado políticamente». {…} «Por eso milito, en las fuerzas de renovación, de esperanza, de juventud, en las fuerzas de izquierda». Para los historiadores de las ideas en  el Perú les señalo lo siguiente: para Nicanor en esos años, aprismo e izquierda era lo mismo (p. 150).

                                                                      […]

            Mucho de estos hechos son conocidos. Han sido tratados por historiadores. Pero si para describir la realidad social nos debemos a la empiria histórica de los hechos, eso mismo tiene un límite. Estamos aquí para plantear una problemática. Una vez por todas preguntémonos por lo originalidad radical de la generación de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. La cuestión que se plantea ha hecho necesaria las páginas anteriores. Nos hemos ocupado de presentar, a grandes rasgos, el contexto social de esa generación. Sus orígenes, pero sin reduccionismo alguno, no todos fueron de clase media y con hogares muy pegados a una vida con valores éticos y religiosos. Hemos establecido el perfil de los más notables, sus parecidos no son naturales sino culturales. Y de alguna manera, la identidad de cada uno, y la identidad grupal. Se semejan: la pasión por el poder, la cultura, y algo más. Sobre esos dos campos, poder y cultura, los positivistas les preceden. En un discurso, uno raro en su caso, referido a su propia persona, Raúl Porras —hombre de la misma generación pero que no militó en el aprismo, aunque lo acompañase varias veces—, dijo lo siguiente: «la generación anterior había marcado una tónica de optimismo idealista y su nota espiritual distintiva fue la tolerancia. La nuestra arribó con un criterio más realista, más apegado a los hechos». Y esta idea sencilla y enorme, la nuestra «derivaba del sindicato».

            ¿En ello cabe toda la problemática? Prolonguemos lo que no alcanzó a decir el maestro Porras. Su generación fue una sorpresa nada grata para las clases dominantes. Una de rebeldes en las que había no solo apristas sino indigenistas, liberales como Porras, socialistas como Mariátegui. Y ese advenimiento no es cualquier cosa. Un sociólogo francés de nuestros días, Jean-Claude Passeron, habla de «la peur de l’impensable».El temor a lo impensable, y eso es lo que sobrevino ante el elenco directivo del aprismo. No solo como se ha dicho el temor a las masas sino otro menos visible y acaso más poderoso. Las elites —mucho más que los grandes propietarios de latifundios— sintieron la amenaza de otra elite rival capaz de dos cosas a las que en el prolongado siglo XIX e inicios del XX, no habían llegado jamás. Venían conociendo el territorio social de las clases emergentes en la urbe y en el campo. Y de paso, los trastornos en el mundo europeo y en la escena mundial. La gente como Nicanor conoce a los pobres y a los que protestan, incorporan a los artesanos y obreros anarco-sindicalistas, y además, no solo conocen el mundo europeo y el extranjero sino que prosperan en los exilios, pese a sus apuros y estrecheces, y regresan cargados de un poder simbólico que las viejas elites, pegadas a sus haciendas, a sus diminutos bancos, ni conocen ni disfrutan.

            ¿Una élite por un lado nacionalista y enraizada en lo popular y por el otro lado cosmopolita? Sin duda, pero no es el cosmopolitismo de las viejas familias que iban a la Provence en los años de la Belle Époque con una parentela enorme y numerosa servidumbre, nada de eso estaba en el itinerario de Haya por la Europa de la entreguerras. Detestaba la Rivière, sus casinos, salas de juego, y hasta el tango. Nicanor, por su lado, gozaba de aprender en la gran escuela de la vida europea y guatemalteca que le brindaban la feliz desgracia de ser un exiliado casi bíblico. En hebreo, el nombre de Abraham quiere decir el que pasó al otro lado. El que sabe porque aprende y vuelve.

                                                          […]

            ¿Para Nicanor Mujica Álvarez-Calderón, era realmente un desclasamiento su militancia aprista? Desde el punto de vista crematístico, empleos, situaciones, sin duda alguna. Pero en el primer destierro visita a sus familiares, que le reciben con los brazos abiertos. Acude a reuniones sociales, de sus visitas a París, Burdeos y Biarritz, llena 8 cuadernos como carnet de viaje (François Mujica). Exilado y todo, sigue siendo un hombre de mundo. «Ayer almorcé en el Ritz, me invitó Alfredo González Prada». Se fija mucho como se viste la gente. Fulano de tal, «con un traje plomo». Tal señora, en París, con «un gran traje morado». Y añade, irónico, «parece un obispo». No ha perdido ni el humor ni la alegría de vivir. Pero tiene sus ratos de melancolía. Se despide de un amigo, de un desterrado aprista, Bernardo García Oquendo, «sabe dios cuándo nos reunirá la rueda de la revolución o la vida».  Va a ver una ejecución en territorio francés y la describe admirablemente. ¡Qué gran cronista internacional se perdieron los provincianos diarios limeños de esos años! La que será la esposa (la madre de François) aparece discretamente en la página 304. Bérengère Marguerite Serelle. Se han casado. La situación sin embargo es precaria. Muere el padre, don Elias. Nicanor se hunde de dolor. Luego, se fuga de una Francia ocupada tras un recorrido funambulesco, pasando por Pau, rumbo a Marsella, luego a Cádiz y al navío que lo lleva a la libertad.

            En la zona alemana había dejado su vieja máquina de escribir y dos cajones de libros. Al volver a Chile, se encuentra con Juan Seoane, recientemente salido de prisión. Y anota en su cuaderno: «Diez años de odio no pesaron sobre él». Y es lo mismo que por Nicanor se puede decir. Nicanor, el gentleman aprista. Pero cuando retorna al Perú, y desde la página 186, emerge una figura política, ambigua, desconcertante, peligrosa. La figura de José Luis Bustamente y Rivero. La primavera democrática se anuncia breve. En 1948, es Odría el guardián del desorden peruano. Un gran constructor de anomia, aunque de buenos colegios para niños pobres. Paradójicamente, en esos colegios, porque había buenos docentes y había cursos de historia, algo comencé a entender del aprismo y del antiaprismo, de nuestras pasiones y divisiones. Acaso para evitar la molestia de pensar, en años posteriores, desaparecieron.

                                                           […]

            Pero no solo están los textos del padre, sino los que conciernen al aprismo. Un ejemplo en «El Apra: La Gran Transformación» (Cap. III), las citas corresponden a diversos historiadores e investigadores que han tratado el tema del aprismo y que François ha considerado pertinente incluir, Jorge Basadre, Carlos Contreras, Pablo Macera, Julio Cotler, Hugo Neira, Alberto Vergara. Esta obra no es, pues, la simple recuperación epistolar del padre y de sus estupendos ensayos de viajes o sus reflexiones sino algo más.

            Voy a arriesgar una opinión personal. Francisco o François Mujica me ha confiado este prólogo con confianza y total libertad. En ningún momento ha dado señales de querer orientar mi personal lectura en uno y otro sentido. Somos amigos, pero por muy paradójico que esto resulte, no hemos conversado. Precisamente para que estas líneas sean limpias. Y por mi parte, he leído cada una de estas páginas, lápiz en mano, minuciosamente. Y confieso que mi intención es entender su sentido profundo, y las razones de su arquitectura.

            Mi asombro y placer ante la lectura de textos de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón ya lo he expresado en las páginas anteriores. Sobre la organización de estas páginas, sobre su orden interno, tengo una hipótesis. Creo que François ha considerado insuficiente publicar las páginas de su padre en tanto memorias o un cuerpo antológico. Por si solas acaso no habrían sido entendidas. Los abismos entre generaciones, la mala fe, lo mucho y contradictorio que se ha dicho del aprismo, no prepara para nada a una lectura sobria y sin a priori. En el caso de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón no estamos ante un aprista más, sino ante uno de los fundadores. Seamos francos, no han llegado para el Perú los tiempos calmos y ecuánimes que permitan una lectura directa y sin mayores explicaciones. El autor sabe que la imparcialidad no existe en nuestro país en materia de textos ideológicos y políticos. Menos con el aprismo de los años 30. Sabe, además, que varias promociones de escolares no conocen la historia del Perú, no digo la historia política, ni conocen la elemental sucesión de presidentes en el siglo XX, privados de cursos de historia desde los años 80. Entonces, no hay más remedio que librar los textos originales, pero acompañados de un cuidadoso y extenso contexto.

            En pocas palabras, Mujica hijo, es el Virgilio de la Divina Comedia que acompaña al lector —en particular si es un joven— en esta visita dantesca a los infiernos y purgatorios peruanos que la ñoñez reinante quiere olvidar y ocultar. Si esa ha sido la intención, no hay duda que ha tenido razón. Nicanor Mújica Álvarez-Calderón es presentado y explicado paso por paso. Es un torrente de información lo que nos ha dejado el Embajador y senador Mujica, pero es necesario la contextualización que ha elaborado su hijo. Lo que los hace doblemente inteligibles a esos textos. Por momentos cartas, por momentos ensayos breves y fulminantes. Pesan los contenidos, pesan las circunstancias. No están deshistorizados.

            En suma, la arquitectura del libro mismo es la obra del padre y su vida, y también una historia general de la vida política peruana. Acudo a una metáfora para mejor explicarme. La de Asclepio, dios de la medicina en los griegos. Su ícono un caminante en el cual el báculo se enreda una serpiente. Una otra idea, de una doble hélice, viene de nuestros días. El ADN, me refiero a la estructura en doble hélice. Es Nicanor Mujica Álvarez-Calderón y el Perú político y es el Perú político y Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. De un lado, girando sobre el aprismo, sobre Nicanor el padre, la vida del exilado como los muchos congresos del partido aprista en esos años. Y del otro, el encadenamiento de hechos y situaciones, incluyendo Belaunde, Sendero, Fujimori; ya no el aprismo y sus fundadores, sino volens nolens, una historia del Perú del siglo XX. Se quiera o no se quiera.

                                                          […]

Hace bien François Mujica al rescatar un aspecto bastante descuidado en las biografías de Haya. La austeridad de su vida, tanto en los años de persecución como después, en tiempos menos agitados, en Villa Mercedes. De lo primero se ocupa el autor en el Cap. VI, dedicado «a las tribulaciones de Víctor Raúl». No solo el cerco policial, la posibilidad de caer de nuevo en prisión, sino los pocos o inexistentes recursos para vivir. Hay toda una bibliografía sobre préstamos de cinco soles, de envío de dinero por los compañeros, o del propio Haya a los fajistas para una de sus reuniones, unos 70 soles, que si no los usan, pide se los devuelvan. Por momentos la máquina de escribir, que tanto necesita el compañero Jefe para escribir, porque es silenciosa, y escribir de noche, una Noiseless, parte a la casa de empeños, probablemente por unos días para poder comer. Haya, entre tanto, en las casas misteriosas donde se cobija, se viste humildemente, alpargatas de soga, overol caqui de una sola pieza, y en una familia que lo esconde, pasa por ser el tío Eduardo; y dos niñas, que lo saben todo, se callan. 

            Es bueno que se sepa todo eso. Para los candidatos por centenares que se presentan a los comicios presidenciales estos años. A los que van a escuelas para aprender ingenuamente a ser líderes. ¿No saben que no se estudia ni para líder ni para guía? Esa asignatura es una patraña. El liderato es un rol, una función externa a quien la recibe,  un papel que los demás te dan, o no te dan. No dependen de una profesión o actividad. Sino del carisma, el concepto más misterioso y más evidente de la vida política en todos los tiempos. A veces nace el líder carismático porque alguien lo persigue, casi en las condiciones como las que se crearon en torno a Haya de la Torre. Por mi parte siempre he sostenido que al jefe aprista, protegido hasta el sacrificio por sus compañeros, y ese culto al Jefe, es la consecuencia de la primitividad de sus rivales. El partido se cerró como un fortín para defender la vida de su fundador. Y este, les devolvió esa confianza con una vida franciscana. A la cabeza de un partido del pueblo, no podía ni debía llevar una vida de burgués. No se puede andar comprando cosas caras cuando se conduce un «partido del pueblo». Por lo demás, Haya personalmente no era un consumista. Tuvo siempre la simplicidad de un monje. Y como ellos —los que he visto en tantos lugares del mundo— la alegría y la cordialidad de los que por dentro tienen el alma en paz.

*Mujica Serelle, François, Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. Autobiografía. Memorias para un país desmemoriado, Lima, 2015, 672 p.

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