Napoleón, el debate inacabable

Escrito Por: Hugo Neira 228 veces - May• 03•21

El 5 de mayo de 1821, muere Napoleón Bonaparte. Este es también un Bicentenario. El amable lector estoy seguro que se preguntará qué tiene que ver con nuestro Bicentenario. Es cierto que su vida fue enteramente europea, pero en los coloquios y reuniones en diversos países latinoamericanos, para comprender el origen de nuestras diversas emancipaciones, desde México a la América del Sur, se toma en cuenta las causas de la independencia tanto internas como externas. En este caso, lo que ocurría en Europa y provocaba efectos en los dominios hispánicos, en lo que eran virreinatos y capitanías. Brevemente, podemos colocar el exilio de los jesuitas, las reformas borbónicas, las Cortes de Cádiz de carácter liberal, la rebelión de los colonos norteamericanos y la Revolución Francesa de 1789. Sin embargo, hay algo más cercano.

Hoy día se toma en cuenta algo que la versión tradicional de la emancipación durante un largo siglo no ha tomado en cuenta. Lo siguiente: en 1808, un ejército francés invade España. A la cabeza, Napoleón Bonaparte. Su intención era cerrar el comercio de Gran Bretaña, su gran rival. Y al dominar a España impone la abdicación no de un rey sino de dos, Fernando VII y el padre, Carlos IV. Los retiene en Bayona. O sea, el Imperio español se quedaba acéfalo. Es por eso que el americanista francés Thomas Calvo, lo llama “la divina sorpresa”, un hecho histórico que de 1808 a 1810, conmueve los dominios hispanoamericanos. Bonaparte había nombrado rey español a su hermano José, llamado por el pueblo español “Pepe Botella” por su gusto por el alcohol. Consecuencia, los virreyes al otro lado del Atlántico, ¿qué podían hacer sin Imperio? Llamaron, pues, a los criollos. La capa social económicamente privilegiada pero sin poder político, aparte uno que otro oidor. Eso cambio la historia. Por otra parte, España tuvo su propia guerra, lucharon contra los soldados bonapartistas, y el continente entero tomó en cuenta la debilidad del gran Imperio Español. Napoleón, pues, es algo más que un preámbulo sino el primer acto de una emancipación que tuvo diversos capítulos. 

Cabe, pues, acercarse a la vida y obra del corso. Y sinceramente, no hay que ocultar que Francia discute apasionadamente uno de sus mitos fundadores, al propio Bonaparte, creador de tantas instituciones francesas e igual juzgado acremente. Aplaudido como el origen de una forma ejemplar de héroe y estadista. Pero, difícil de reducirse a un solo rostro. El Emperador ¿un patriota o un aventurero? Hagamos, pues, el esbozo de un inacabable debate.

Además de sus éxitos militares,  Primer Cónsul,  ¿y de pronto general golpista? ¿Ambición o bien salvador de la Revolución? Estamos hablando de lo que se llama el 18 Brumario. En efecto, en 1799, la joven República estaba acosada, y Bonaparte, espada gloriosa de la campaña de Italia, con sus fieles soldados que lo idolatran, y Lucien, el más inteligente de sus hermanos, intenta desalojar a los Quinientos, los diputados que sesionan en Saint-Cloud. Error, estos se resisten, lo silban e incluso uno le descarga un tiro. Dos versiones. El 18 Brumario es un golpe de Estado fallido, urdido por Sieyes que manipula la gloria del joven general. O es un acierto porque aun fallido, Bonaparte deja ver una salida entre la izquierda de los burgueses revolucionarios y el retorno de los monárquicos. Bonaparte inventa un sistema a la vez personal y social. Un régimen de centro opuesto a los Borbones pero con orden, finanzas y paz civil, gracias a un «Cónsul-Gerente» (T. Lenz). O sea, ¡él mismo! Ese doble rol interesa más tarde a un joven judío alemán llamado Karl Marx. Ese pensador admiraba a Napoleón pero no al sobrino, Napoleón III.  Marx ve algo muy híbrido y a la vez eficaz, un poder personal y el apoyo de las masas. Desde entonces, nace un tipo de poder llamado “bonapartista”. De ello nos ocuparemos al final de este texto.

Volvamos al dilema Bonaparte. ¿Gran estratega? No lo fue, sostiene Guglielmo Ferrero, pasó de las guerras limitadas del XVIII a las de masas de nuestro tiempo. Todo lo que aplicó, ya lo habían hecho otros, la formación en divisiones —un invento de Federico el Grande— la ofensiva a ultranza. ¿Cómo negar, sin embargo, su talento? El pequeño Caporal, entre Madrid y Moscú, Egipto y Alemania, los batió a todos. Los Estados Mayores fueron sorprendidos por esa guerra de movimiento inventada por el corso. Lo estudiaron con fervor en la II guerra mundial, por Patton y el ruso Zhúkov que llegó el primero a Berlín. Lo que no quita lo de carnicero, el Ogro, decía la tropa. Cargas masivas y ataques frontales, la constante sangría. Bonaparte levantaba de la noche a la mañana ejércitos inmensos. En 1814, Waterloo fue la última hemorragia. Estratega o carnicero, acaso ambas cosas.

¿Por qué era tan popular? Antes de Bonaparte, la guerra era un oficio de la nobleza. Y en consecuencia, se usaba coches para vestirse y alimentarse como lo hacías en sus palacios y castillos. Bonaparte elimina todo eso, sacrifica el confort. Sus ejércitos se movían velozmente. Bonaparte comía y dormía como sus soldados.

¿Dictador a la vez que jurista? Atropelló la ley (la consagración como Emperador) y a la vez, fue fuente de nueva legitimidad: dictó el Código Civil, la libertad de cultos, la inclusión de los judíos. Reaccionario: cerró diarios, gobernó con la policía secreta y el prestigio de su propia leyenda, y a la vez, ilustrado: llevó 100 sabios a Egipto para que salvaran los monumentos e iniciaran la egiptología, como Champollion. El autoritario Bonaparte crea la Comedia Francesa, la Legión de Honor y los puestos públicos por concurso. No vamos, ni por asomo, a agotar el tema. Por lo demás, sobre Napoleón se han publicado 80 mil libros en el mundo.

Ahora bien, hay  una razón de orden político para tratar de entender el caso de Napoleón I, lo que se llama “bonapartismo”. El concepto aparece no con el hijo sino el sobrino que mezcla el apoyo de las masas pero él, Emperador. Ese personaje es Napoleón III. Y el crítico de ese sistema híbrido, es un joven judío alemán llamado Karl Marx. Hay que leer entonces El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Marx admiraba al tío pero despreciaba al sobrino. ¿Qué es el bonapartismo? Un régimen mixto de autocracia personal apoyado por clases sociales retrasadas. El aporte de Marx a la teoría de las revoluciones es que además son imprevisibles. Pueden ser también una máscara, o sea, formas de un poder caprichoso que no osa decir su nombre. El sistema bonapartista “es el poder de un solo hombre en nombre de todos”. En apariencia representa a  las capas populares, pero es para dominarlas. Eso fue Francisco Franco en España; en Chile, Pinochet, y Hugo  Chávez y Maduro, en la confusa Latinoamérica. O bien Fidel Castro. En estos días, en la Rusia posestalinista, Putin consigue ser nombrado hasta el 2036. Eso es también una forma bizarra de querer hacer política para el pueblo, sin la posibilidad de que los ciudadanos decidan quiénes son sus mandatarios y cuáles sus necesidades. Si los pueblos olvidan que tienen derechos, eso puede ocurrir en cualquier país. Incluso el nuestro. Y eso no es izquierda, es bonapartismo.  Como el Conde Drácula, sale de vez en cuando de su cementerio. Por lo general, el retorno del pasado que se hace pasar por una novedad.

Publicado en El Montonero., 2 de mayo de 2021

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