100 Años La Gran Guerra

Written By: Hugo Neira - May• 25•14

Estuve en París en los inicios del año que corre. Me invitaron a dictar unos cursos. Por suerte, esa estadía coincidía con la rememoración de la gran guerra de 1914-2014. Obsérvese, no digo celebración. Sin duda alguna, fue una gigantesca carnicería. Pero fue algo más. Uno de los combatientes, simple soldado de infantería, les dice a sus familiares, a pocos días de morir en una carta: «Fuimos una generación irrepetible marcada por el valor y el deber». Por eso 1914 es hoy historia viva. Lo que se está publicando sobre el tema en Europa, entre libros y revistas, da para llenar una Biblioteca Nacional de las nuestras. ¿Cómo se lee hoy esa contienda? No intento una síntesis, habrá debate hasta el 2018. Me ocuparé, pues, de unos cuantos puntos esenciales.

1. No es cierto que no se prevía esa guerra. Alemania acrecentaba su flota de guerra, inquietando al Reino Unido. Hubo diversas amenazas, y en Francia desde 1913 el servicio militar obligatorio pasa de dos a tres años. Lo que no se prevía fue su violencia, el sesgo industrial que tomó, ni el contagio a varios países. Italia, Japón y los Estados Unidos. Por eso, al inicio, la llamaron «la gran guerra». Lo de mundial vino después.

3. No es cierto que no se pueda encontrar, tras un siglo, un culpable principal. El historiador, dice Renan, es un juez de muertos. No es que no cuenten las causas económicas y sociales. Pero en toda guerra la responsabilidad es siempre política. Un Soberano hizo un mal cálculo. ¿Quién pensó que podía sacar provecho del asesinato del archiduque Fernando en Sarajevo en manos de un terrorista serbio? No fue el atormentado y anciano emperador de Austria, Francisco-José, encargado de mantener bajo control a los «eslavos del sur». Seguiré en esta materia, que es decisiva, al historiador Max Hasting. Fue Guillermo II. Fue el Emperador alemán y prusiano que anima al austriaco a ocupar Serbia.

4. ¿Qué pasa por la cabeza del Kaiser Guillermo II? El atentado, sospechaban en Viena, no pudo llevarse a cabo sin la colaboración de oficiales serbos, «quienes habrían facilitado el arma» (Hasting). Era una buena ocasión de ajustarles las tuercas. Pero había el obstáculo de Rusia de los Romanov. Guillermo II conjetura desde dos premisas. La primera, la Rusia zarista va a dejar hacer. Y si había guerra, «cuanto antes mejor». Temían que siguiera creciendo el poder militar del Zar, en una Rusia cada vez más industrializada (y cuando llegan al poder los bolcheviques, en 1917, le alivian el frente este). En cuanto a Francia, hubo un segundo cálculo, igualmente errado. No iban a intervenir. Guillermo II los tomaba como «un pueblo afeminado». Craso error en ambos casos. Los rusos movilizan, y la historia retiene la alegría que le da a Guillermo II. Prusia es la atacada. Ante su pueblo, él no aparecerá como el agresor. Y ante de subir a sus aposentos reales, cuenta Hasting, invita champán a toda la corte. Otro error: el ataque alemán a los franceses por Bélgica y los pactos con Francia llevan a Londres a la guerra.

5. ¿Cómo pudo equivocarse el Estado mayor prusiano y Guillermo II? Para pensar la historia, hay que ponerse en las convicciones de los hombres de una época. Voy a decir cómo se pensaba en ese momento, y no solo en la alta autocracia militar germánica. Las guerras no eran sino un instrumento político, a veces inevitables. La guerra era una forma de racionalidad. Pero esa de 1914 se vuelve otra cosa. La masiva   conscripción del servicio militar conduce a la movilización de uno 60 millones de combatientes, solo en Europa (Keegan John, 1998). En la posguerra el arreglo de cuentas es de los exsoldados con sus élites militares.

6. No hubo trincheras en los primeros años. Fueron al combate, de ambos lados, cantando. Esa guerra arranca con oficiales con guantes y vistoso uniforme de la infantería pero pronto la caballería y la bayoneta dejan de ser decisivas. Metralladora, obuses, alambradas, carros de guerra o tanques como decimos, y el avión. Si la ofensiva alemana tuvo éxito inicialmente, en el Marne, y en Verdún, los soldados franceses, los poilus, o sea, los desaliñados, detienen la ofensiva. Entonces, los ejércitos alemanes deciden no ceder sus avances y cavan trincheras. Los del otro lado hacen lo mismo. El frente se estabiliza. El infierno se vuelve rutina. Más que el enemigo, «matan los piojos, las pulgas, las ratas», escriben en sus cartas. La vida de las trincheras es narrada por una literatura de guerra, y luego el cine.

7. Al final de la contienda, en 1918, los vencedores cuentan con más bajas que los alemanes. Cuatro imperios desaparecen. El alemán, el austrohúngaro, el otomano y el zarista. La guerra ha dejado 9 millones de muertos y otro tanto de lisiados. Los excombatientes no perdonarán los errores de sus Estados mayores. En Alemania de la república del Weimar, el político que entiende a los exsoldados es otro exsoldado. Se llama Adolf Hitler. La guerra de 1914 se había abierto con un error mayúsculo y se cierra con otro. El Tratado de Versalles impone a los vencidos una deuda de guerra imposible.

En suma, todos los «ismos» surgen en la posguerra de excombatientes. Fascismo, socialismo, comunismo, surrealismo. Es decir, ¡el siglo veinte! 1914 arranca como una guerra entre Estados y se vuelve una de pueblos. La segunda guerra nace de sus cenizas. Con un ingrediente que la primera no tuvo, la pasión ideológica. En 1939 las democracias occidentales se ven obligadas a apoyarse en Moscú para vencer a uno de los totalitarismos, al nazi. Quienes pagan la cuota de sangre son los soviéticos. Pierden, en esa contienda, 27 millones, entre civiles y militares. Y los americanos, hay cementerios enteros con los boys que fueron  a morir lejos de su hogar. ¿La próxima, será de robots o de masas? ¿O de ambas?

Publicado en Caretas n° 2335 del 22 de mayo de 2014, pp. 44 a 49

Vergüenza. Lo trágico contemporáneo

Written By: Hugo Neira - May• 25•14

Una de esas tardes recibimos una invitación. Asistir a uno de los ensayos. Era el periodo preparativo, a lo que la gente de teatro llama las pasadas, o sea, al juego de los actores duro y puro, antes del ensayo final. Fue una gran tarde, y nos quedamos fascinados. Pero es bueno que lo diga desde las primeras líneas. No soy autor teatral ni actor, ni menos crítico teatral. Acaso los que me invitaron saben en cambio que ruedo por el mundo dando clases a ratos, conocen mis investigaciones y mis libros. Ahora bien, como espectadores tuvimos una muy fuerte emoción. La obra asombra, y por partida doble. Por una parte, por la mise en scène. Esa obra no solo cabe en Larcomar sino en el ancho mundo, el de la cultura contemporánea. Hablemos, pues, de la obra misma. El autor muestra una gran preocupación por las guerras “de baja intensidad” de nuestro tiempo. Lo de “baja intensidad” es un eufemismo de militares. Ahora bien, Akhtar, el autor, es un producto humano de New York City, y en consecuencia, casi resultaría trivial decir que, siendo muy americano, igualmente es parte de esa humanidad venida del otro lado de los océanos. De padres musulmanes. Pese a que ambos, autor y  personaje, están en apariencia perfectamente asimilados al mundo americano, en realidad resulta que no es así. Esa es una de las problemáticas sociales, religiosas y de actualidad de esta obra.

Hay algo deliberadamente velado, elusivo, esquivo. El espectador verá en escena una pareja encantadora, Emily, americana, blanca, y Amir, abogado corporativo, como él mismo dice, con carácter, hombre de éxito. Luego se le suman otros dos personajes, Isaac y Jory: él, judío; ella, como se dice, “una mujer de color”. Lo que verá el espectador es un cuadro de buenos amigos que viven en Nueva York. Grandes ventanas, comodidad. Pronto el espectador comprenderá que pobres no son, ni tampoco discriminados. La gran manzana es conocida por abrigar a gente de una tan variada identidad religiosa o étnica.

La obra se mueve, para decirlo de alguna manera, no en uno sino en tres planos. El primero es Nueva York y ese grupo de amigos. El segundo es el tema de las creencias, las religiones, el Islam, Israel, la Biblia, en conversaciones que no son académicas, sino que afectan a unos y a otros, su vida profesional y su fuero íntimo, todo esto en un cuadro social que se supone abierto, tolerante, pluralista, liberal. El tercero es más clásico, pero no menos brutal, las relaciones al interior de cada pareja, la presencia del deseo. El deseo del otro. Los tres planos se interactúan. Lo personal y lo social. Lo privado y lo público. Lo que queremos ser, y lo que los otros decretan que somos. Tres planos, mostrando lo difícil que es vivir en los tiempos que corren.

Pocas veces he visto mejor planteado en una escena  teatral el tema de la culpabilidad. Vivimos entre dualismos. Los vínculos entre individuos y colectividad son la argamasa de toda sociedad moderna, pero lo trágico se instala cuando las decisiones no escapan a la doble moral. Me atreveré a señalar un solo caso de los cuatro personajes. El de Amir, el brillante abogado. Si defiende a un cliente terrorista, puede que lo tomen a mal muchos de sus rivales, y lo acusen de ser también un terrorista. Es decir, le pasan la factura de sus orígenes paquistaníes. Si evita asumir esa defensa, entonces no es un abogado correcto, su deber es defender a todo ciudadano. El caso es que, haga lo que haga, está perdido.

Ese dilema puede presentarse en cualquiera de las grandes urbes del mundo, desde Nueva Delhi a Buenos Aires. La globalización, a la vez que nos lanza a un mundo que se hace homogéneo, por la importancia del dinero y de una manera de vivir, resucita a la vez identidades que lo fragmentan. Todo está en esa pieza de teatro. La mundialización que nos hace iguales y lo que nos aparta. Esos cuatro personajes no son malas personas e  intentan ser justos. Pero no lo logran, porque nos baña a todos dilemas insolubles.

¿Qué es el teatro? ¿Qué es ese género literario que precisa de algo más que el texto,  de la voz, del cuerpo del actor, del milagro de una encarnación, de algo real, delante de nuestros sentidos? Un ironista decía que el teatro es eso que no puede hacer el cine, es decir, darnos una presencia. Pasan siglos, milenios, y de los griegos, de Los Persas de Esquilo a Shakespeare, Molière y Bertolt Brecht, el teatro ha seguido fascinando. Una escena, donde ocurren cosas, con actores que oímos y vemos en situaciones que no son distintas de la vida misma, por ejemplo, la pasión amorosa que no osa decir su nombre. O en quienes habita el sentimiento de culpa, que es el caso de esta pieza.

El teatro es la vida, y es a eso a lo que asistimos.  Al destino, lo que llamaban el fatum los antiguos, jugando con nuestra existencia. El teatro nos atrae porque nos vemos a nosotros mismos. Y entonces, esa escena es más que Nueva York. Es un riesgo, común a toda persona, en todo sitio. Las reglas de juego no están claras. Se yuxtaponen, se entreveran, como en las pasiones que desgarran a los personajes de Vergüenza*. ¿Cómo pueden escapar a inevitables agravios si los códigos de conducta son diversos y hasta divergentes? Para ir más lejos en la recepción de esta obra, hay que acudir a la historia, la filosofía y el psicoanálisis. Y paradójicamente, a los lectores de Nietzsche, quien dijo que lo mejor y los límites de lo humano están en la Tragedia. Edipo no era incestuoso, no sabía que el anciano con el cual se había batido era su padre, ni menos que la hermosa viuda, Yocasta, era su verdadera madre. Edipo es el príncipe a quien la Moira griega —el destino— decide castigar. No por culpable sino precisamente por inocente. De esa vileza de depender de designios que ignoramos, no hemos escapado. Eso es la condición humana. Y esos cuatro neoyorquinos, somos todos.

*Vergüenza (Disgraced, de Ayad Akhtar, Premio Pulitzer de Drama 2013). Directora: Norma Martínez

 Editado por Teatro La Plaza, 15 de mayo 2014 (funciones hasta el 8 de julio)

Mirando a de Soto, fuera de la caverna

Written By: Hugo Neira - May• 22•14

Sin necesidad de un modelo político nuevo, McDonald se ha establecido en China. Y la India también es parte del lado próspero del capitalismo mundial.  Potencias emergentes, junto a Brasil y Rusia, son el BRIC. Más allá de América del norte y Europa, es posible el desarrollo. Pero Hernando de Soto sostuvo exactamente lo contrario. En El misterio del capital (2000). Intitulado, «El capitalismo triunfa en Occidente y fracasa en el tercer mundo». ¿Fracasa? Qué barbaridad. Pocos autores hubieran sobrevivido a semejante error. Reproches ya había recibido del mundo académico. Laurence Whitehead, profesor en Oxford, le dijo agriamente: «a la sociedad industrial no la precede ninguna informalidad». Se maneja mejor en lo local que en lo téorico. La Caverna de Platón siempre es reconfortante.  Lo exterior no cuenta.

El Otro Sendero, fue una investigación de terreno que cambió por completo la idea que teníamos del sector informal. Con la gente del ILD, se puso empíricamente a medir los pasos o trámites de un informal para adquirir un terreno eriazo. Unos 270 pasos durante 18 años. El Estado era el obstáculo. Su acierto, ese libro, lo vuelve un dador de ideas. A su influencia se debe leyes sobre predios rurales y cambios en la economía.  Pero El Otro Sendero es de 1986, hace de eso 28 años. Al sector informal le han pasado muchas cosas. Empresas Pymes, ascenso social de muchos. La sociedad peruana ya no cabe en el antagonismo centralismo y empresarismo popular. Y por eso el sector informal ha sido materia de enfoques y estudios a lo largo de 30 años:  Degregori, Tanaka, Meléndez. Pero para de Soto solo hay de Soto.

Ha recorrido el mundo. Pero da la impresión que no salió nunca de Lima. Se fue a lugares donde volvía a encontrar pobres con aspiraciones a propietarios, presidentes autoritarios y marxistas obtusos. A Filipinas de Gloria Macapagai Arroyo. Al Egipto de Mubarak. ¿Es un liberal que necesita de tiranos? Se diría pero no siempre, lo llamó Vicente Fox. Ahora bien, cuando no son tiranos, se topa con incultos. Fox, por ejemplo, dijo que «le gustaban las novelas de Octavio Paz». Paz no escribió sino poesía y ensayos.

Seamos claros, el gran rival de Hernando no es sino los cambios ocurridos a nivel planetario. Como sostiene Michel Guénaire, la mundialización ha reforzado el papel de los Estados. Incontables pobres dejan de serlo porque un capitalismo de Estado, ora democrático ora despótico, les da algo más que el titulito de propiedad. El capital es ahora lo inmaterial, cultura y ciencia para millones con lo cual obtienen empleos de calidad. Ocurre donde hay Estado y clase política. Temas que de Soto le da grima abordar. ¿Le llevan a discutir con Cotler? Al que tiene que rebatir es a los 85 millones de cuadros de China, a la innumerable clase intelectual de India y Brasil. Entre tanto, el es un think tank compuesto de un solo experto. Le conviene países donde se sepa poco de lo que pasa en el mundo. Acaso pueda llegar al poder en el 2016 algún mandatario ignorante, a quien aconsejar. Suerte Hernando, porque lo que es el resto del planeta, va por otros caminos.

De autoritarismos, hitlerismos y otras calamidades

Written By: Hugo Neira - May• 11•14

Se me ha pedido un artículo sobre un tema preciso: “Autoritarismo y Regímenes Democráticos en América Latina”. Es un buen tema, con un telón de fondo de actualidad. Maduro, lo que pasa en Venezuela, etc. Me parece más bien temas federativos, pero el tema se presta también a la crónica ligera, inmediatista. Y eso es un riesgo. Puede uno irse hacia la facilidad, pero ¿cómo resistir a la tentación de comentar el discurso del presidente Maduro que llama “fascistas” a la gente que llena las calles de Caracas cuando, en realidad, quien maneja los grupos de asalto a los cuales los venezolanos llaman “los colectivos”, es el propio Maduro? (El Nacional, portada, miércoles 12 de marzo).

Con todo, unas líneas sobre lo inmediato. El tema del uso de la violencia no hace un régimen forzosamente fascista, sino ciertos rasgos muy típicos. En el caso de Caracas, saltan a los ojos. No solo reprimen a los estudiantes los piquetes de policía sino gente civil armada y con consignas paramilitares. Es casi imposible negar la semejanza con los  Sturmabteilung o SA que hacían las mismas cosas en las ciudades alemanas. No eran tropas regulares, ni en Berlín ni en Caracas, la gente que reprime sino sujetos reclutados,  grupos de asalto. Y sirven para el mismo fin, la represión abierta e intolerante contra toda oposición. Resulta simplemente patético ver al Führer venezolano decir que los fascistas son los otros. Esta tropicalización del lumpen ario no está en Arendt. Es de nuestro  atribulado tiempo.

El reto de los autoritarismos por desgracia realmente existe, es ceguera negar su actualidad, pero también debo decir que se presta a lamentables equivocaciones y una serie de medias verdades. Para comenzar, ¿ese concepto de autoritarismo está bien definido? ¿No aparece a menudo citado junto al de totalitarismo?

¿Qué dice la Academia? (Lo que sigue puede ampliarse si se lee estos dos libros míos, el primero, La democracia, entre el logos y el fuego, en particular pp. 51-106. Y en lo que concierne al acceso populista de Hitler al poder, ver ¿Qué es nación? pp. 147-150, «el arte de tomar el poder gracias a los errores de sus rivales».)

La convocatoria, autoritarismo o democracia, alude a una temática fundamental. No ha habido un momento, desde los griegos hasta nuestros días,  en que no se haya dejado de intentar clasificar a los regímenes políticos. Seré escueto, con perdón del lector, reductor. Estemos de acuerdo que hay tres grandes momentos clasificatorios. El primero es Aristóteles. Su tipología de regímenes, desde Ta Politika, su obra, establece un  criterio de partida desde el tipo de dirigentes.  Son Tres. El gobierno de un solo hombre, el de una minoría, el de muchos. Los conocemos como Monarquía, el segundo como Aristocracia y el tercero, politeia. En griego, el mayor número posible. Ahora bien, estos tres regímenes tienen virtud, legitimidad, pero también un fantasma, la posibilidad de una deriva.  El Monarca puede ser caprichoso y entonces es un Tirano. Los aristócratas, los aristoi, es decir, los mejores, se pueden cerrar aun más y volverse  oligoi, es decir una oligarquía. Y en manos de demagogos, el pueblo  —el demos— puede volverse intolerante. Entonces Aristóteles le pone un nombre, democracia. Lo siento, pero así nace el concepto, que naturalmente no es lo que entendemos por democracia en sociedad de masas. Por lo demás, el pensamiento clásico no establecía ‘buenos’ o ‘malos’ gobiernos, en realidad Aristóteles señala que predominaban las combinaciones, pero no confundiré esta nota con alguno de mis cursos. Ya está bien para el punto de partida.

La triada aristotélica se quedó de pie hasta los decenios de la guerra fría. En 1965, el profesor francés Raymond Aron, tras un estudio comparativo, establece otras reglas universales de clasificación de regímenes. De un lado está la Unión Soviética. Del otro, los regímenes occidentales. La diferencia no la establece la ideología o el discurso retórico y oficial sino los procedimientos. Del lado soviético, partido único. Del otro, partidos múltiples. La conclusión cae por su propio peso. La diferencia reside en tener o no tener pluralismo político.

El tema no estaba cerrado. En 1975, un politólogo de origen alemán por el padre, y madre española, que estudia en la Complutense de Madrid y graduado en Columbia, de nombre Juan J. Linz innova brillantemente en el sistema clasificatorio Aristóteles-Aron. Su propuesta es  un sistema terciario. Autoritarismo, totalitarismo y democracia. El autoritarismo para Linz se caracteriza por un «pluralismo limitado». En cambio, en el totalitarismo (Hitler tanto como Stalin), el Estado absorbe la sociedad. Del esquema de Aron queda lo mismo, régimen democrático como sinónimo de pluralismo. Quedan de ese modo diferenciadas “dictaduras” autoritarias que guardan el poder autocráticamente pero que paradójicamente despolitizan las sociedades:  es el caso de la España de Franco, de Chile con Pinochet y el Perú de la antipolítica con Fujimori. Pero de los autoritarismos se sale, finalmente. Acaso tras plazos prolongados. Por el contrario, nadie sabe cuándo acabará la dominación totalitaria en Corea del norte o en Cuba.

Hay una cuarta fase, la actual. Un nuevo tipo de regímenes emerge desde Venezuela cuando un hábil caudillo, Hugo Chávez, decide transformar la renta petrolera en recurso distributivo. Lo de usar los “veneros del petróleo dados por el diablo” —el oro negro, como lo llamó un gran poeta mexicano— no era la primera vez que esto ocurría en Venezuela.  Ya lo había hecho Juan Vicente Gómez, desde 1908, el “tirano liberal”, luego, los dictadores militares —Pérez Jiménez— y cuando llega la era de civiles democráticos, desde 1958, también se usa la renta petrolera. En este caso, por adecos y los del Copei, se usa los “veneros del diablo” para transformar Venezuela, la cosa funciona hasta que la hunde la corrupción. Ahí surge Chávez. Tras un desplome político. Pero claro, no estaba de moda el tratarse de “liberal” como Juan Vicente, ni “desarrollista” como Betancourt, había que echar mano a otra cosa. Y aparece la etiqueta del ‘socialismo del siglo XXI’. Un delirio. ¿Qué modo de producción es ese? Ante la actual Venezuela la comparación tendría que hacerse con los Emiratos árabes, e ir y mirar qué es lo que hacen en Abu Dhabi,  al menos unas obras faraónicas con centenas de hoteles, «y aspiran a tener el centro comercial más grande del mundo» (según Le Monde).

En fin, lo del delirio chavista, el del fundador y del sucesor, da vergüenza ajena. En resumidas cuentas, estamos en una época de tentación de “regímenes híbridos”. Es el nombre con el cual académicamente se les conoce. Para mí, son construcciones estatales despóticas y novedosas, con capacidad para establecer clientelas políticas. Su riesgo es doble. «Borran las trazas» dice Lydie Fournier (revista Sciences Humaines, n° 212, febrero del 2010). Y administrando a la diabla la coyuntura favorable a las materias primas, no preparan ningún desarrollo.

De las dificultades de las democracias en el continente no me he ocupado, sin que por ello diga que no las tienen. En Chile, la socialista Bachelet está de retorno, digo —es un decir— será para asumir que el poder servirá a los reclamos sociales. El primero en Chile, “una  educación pública y de calidad”.  En el Perú no se oye padre. No es cuestión de calidad de infraestructura de los colegios, hoy desatendidos, no. Es el currículo completo el que tiene que revisarse. Y más tiempo en las aulas. El Perú histórico es incompleto. Sin masas educadas, vanamente esperamos el bicentenario. «La instrucción pública es el deber del Estado con los ciudadanos» (Condorcet, 1791). Así es como comienza una República. Pero por no haber educado al pueblo, desde que se produjo la gran emigración andina a las ciudades, la nación actual puede acabar en manos de varios inmaduros. Y esa culpa la tendremos todos. Clase política y sociedad entera.

 

Editado en  Facebook Revista Punto de Encuentro, 11.04.2014

Gabriel García Márquez. Para darle gracias

Written By: Hugo Neira - Abr• 18•14

Se nos ha ido. Quisiera decir unas par de cosas y expresar de la manera más sencilla la gratitud al escritor que acaba de morir. Como dice el dicho, «todos los hombres son mortales». Pero ¿cuál es tu victoria, ¡oh muerte!, si sabemos hablar de la vida? Tuvo, y merecidamente, innumerables lectores. Y yo no soy sino uno de tantos. Pero no seguiré sin confesar en este preámbulo, el no ser necesariamente un lector apasionado de narrativa. Frecuento a ratos la novela y el cuento, pero no siempre, y no se vaya a pensar que desdeño la literatura, no. De leer, leo, y mucho, pero me apasionan otros géneros, otras lecturas, y me detengo en estas confesiones. No vienen al caso.

¿Me permitirá el amable lector que rememore cómo hace muchos años,  descubrí, por decir así, la narrativa de Gabriel García Márquez? ¿A su primera gran novela,  Cien años de Soledad? Comenzaba apenas a rodar por el mundo. Ciertamente, había escrito el gran colombiano otros primeros relatos que yo no conocía, creo que esto le ha pasado a muchos de sus lectores, y por lo demás, no soy un especialista de literatura, digamos, como lo es José Miguel Oviedo. Sucede, pues, lo que narro ahora, por los años sesenta trabajaba y estudiaba en París, y fui a una institución educativa parisina a retirar de su biblioteca varios libros. Había por delante un largo fin de semana. Eran textos de lectura obligatoria. Entre ellos, me llevé también una novela que me sugirió el bibliotecario. Pues bien, ese sábado y domingo no pude dejar ni un momento de leer a Gabriel García Márquez desde la primera frase, «Muchos años después, ante un paredón de fusilamiento, el coronel Aurelio Buendía habría de acordarse de aquella lejana tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Sin duda, la fascinación del relato lo han vivido incontables lectores. De modo que  lo que cuento puede no ser demasiado original, tanto mejor. En fin, creo recordar que el ejemplar que tuve esa vez en las manos era una primera edición argentina, Sudamericana me parece era el sello. Y pensar que una editora catalana, Seix Barral, tuvo el manuscrito en la mano y lo dejó pasar.  ¿Debo decir que adelante lo seguí leyendo? Sí, todo lo que escribiera.

Se nos ha ido. Pero, por una vez, Dios del cielo, abandonemos los rituales y los comportamientos estereotipados al uso. Y que no son los mejores para honrar a un creador.   Seamos sinceros.  Hace un buen rato que le aquejaba  una cruel enfermedad que quita la memoria, el alma y el ánima. Cuánto me gustaría que celebremos su vida. Como dice el dicho, todos los hombres son mortales. Lo que no es mortal es la obra. Para eso está hecha, para vencer el tiempo.  A Gabriel García Márquez se le seguirá leyendo mientras exista esta lengua, el castellano.

Dije que diría cosas sencillas. En primer lugar, fue un inmenso escritor. Tiempo habrá para volver sobre el contenido de su literatura. Y no voy a tener el mal gusto de ponerme a especular si es más o menos grande que otros grandes de la literatura, no faltará quien aproveche la ocasión para ese tipo de sordidez. Hoy, solo me remito al espíritu de síntesis del jurado del Nobel que al otorgárselo dijeron sus razones: «Por sus novelas e historias cortas, en las que lo fantástico y lo real se combinan en un mundo ricamente compuesto de imaginación, lo que refleja la vida y los conflictos de un continente».

En segundo lugar, se sabe que fue un hombre bueno. En su vida de mortal, buen padre, leal a amigos y convicciones. En tercer lugar, García Márquez fue también un desinteresado maestro. Durante años, en el apogeo de su merecida fama, dirigió un taller de literatura. Enseñaba a un puñado de gente a saber escribir un relato. El curso se llamaba «cómo se cuenta un cuento». Me parece que ese aspecto, que a veces pasa desapercibido, merece recordarse. La humanidad de ese hombre grande y sabiamente sencillo.

Algo más. Ocurre que cuando muere Octavio Paz, en 1990, me hallaba en Lima, en el momento en que se desarrollaba un simposio de psicoanalistas que habían invitado a algunos científicos sociales, entre ellos el que firma, y en eso llega como de un rayo la noticia, en medio de una plenaria, ante una inmensa sala abarrotada de participantes venidos de toda la América Latina. No recuerdo el nombre de quien estaba en la mesa directiva y que tomó la iniciativa que aquí comento. «Amigos, acaba de llegar la noticia. Octavio Paz acaba de morir. Les propongo —dijo esa atinada persona— que celebremos su partida con un aplauso». Y eso hicieron, se pusieron de pie y aplaudieron. Creo que debemos hacer lo mismo. Aplausos por Gabriel García Márquez.

El mejor homenaje para un escritor es leerlo. Sin duda, otro lugar común, pero se me viene a la conciencia, en este mismo instante, la poca práctica que se tiene entre muchísimos en nuestro país, por desgracia, que consiste en evitar a toda costa el leer. A veces se me ocurre que es un gesto de autosuficiencia. ¿Se han fijado, para leer un libro —el que fuera— hay que agachar la cabeza? Es admitir que no sabemos algo. O que buscamos fuera de nuestro contexto el placer de que una voz que no conocemos, nos vuelva a contar algo. Como si fuéramos niños. Para entrar al paraíso del conocimiento la lectura es la puerta dorada. La conversación del alma con lo que se llama el lenguaje. No la imagen, las palabras.

Las obras de García Márquez están en las estanterías de nuestras desoladas librerías. No hay sino que entrar en una de ellas y adquirir una de sus novelas o cuentos y regalárselo a algún adolescente. Ya  hay varias promociones de escolares a quienes les han  enseñado en las inútiles aulas de la educación peruana actual a no leer, haciendo del Perú una curiosa y lamentable excepción. Nunca se ha editado más libros en el mundo. Pero formamos parte de un país que recula hacia la oralidad. No leer es una plaga peruana, reciente, inquietantemente reciente.  Octavio Paz decía que no hay que esperar peras del olmo, pero como poeta (o sea, como filósofo) añadía que el hombre es el único olmo del cual hay que esperar peras. Ojalá.

Supongo que los profesores de literatura, si la asignatura por milagro existe, acaso dediquen una clase a dar a conocer a los pequeños el encantamiento de ese relato a la manera de Gabriel García Márquez. ¿Colombiano? Sí y no, lo bueno no es de nadie. Lo bueno es de todos. Dicen que aprendió de la boca de la abuela, en Aracataca, a contar cosas maravillosas con el aire más natural del mundo. «Muchos años después, ante un paredón de fusilamiento… ». Sí pues, había una vez un hombre bueno que contaba historias asombrosas que no olvidaremos nunca. Se ha ido y no se ha ido. Está con nosotros, como está Cervantes, como Homero, si tenemos el gesto saludable de hojear esos relatos encantadores… El resto, vanidad de vanidades.