¿Quién libertó el Perú?

Written By: Hugo Neira - Abr• 15•14

A los 40 años de  Huillca: habla un campesino peruano (1974)

A los 50 años de Cuzco: tierra y muerte (1964)

            «Las grandes revoluciones sociales, muchas veces, no tienen ese nombre»

—Eric Hobsbawm—

 

 

En el Perú, ha habido dos grandes libertadores: José de San Martín que libertó a los criollos (1821). Y  Saturnino Huillca, indio cuzqueño de Paucartambo, dirigente de los sindicatos campesinos que ocuparon las tierras de las haciendas de 1963 a 1965 y que, en consecuencia, provocaron la fuga de los hacendados y en 1969, la Reforma Agraria. En realidad los militares de Velasco llegaron tarde. La tierra de facto ya no era de los propietarios latifundistas. La era de la gran propiedad  estaba vencida. Ahora bien, a San Martín, se le recuerda. A Huillca, no se le recuerda. No hay una calle ni una plaza que lleve su nombre ni en el Cuzco, ni el nombre de Hugo Blanco. San Martín, general criollo argentino que había luchado con los españoles contra Bonaparte, es natural que les diera el poder a los criollos de clase alta que desde entonces, con raras excepciones, mandan desde hace dos siglos.

¿Por qué este silencio con Saturnino Huillca? Una izquierda que cree tener el monopolio de la verdad calla el nombre de este campesino que hizo lo que ellos no pudieron o no quisieron hacer. Cuestión de clase. ¿Una revolución desde los «ojotas porfiadas» de las que habló, premonitoriamente, Jorge Basadre? El silencio sobre Huillca revela también la falta de conciencia de las clases populares y la complicidad de muchos historiadores e intelectuales. Entraron los indios al mercado, cierto, pero por irrupción. En un país entonces mayoritariamente de agricultores, al recuperar sus brazos y su vida, lo cambiaron todo. Solo entonces acaba el colonizador español¡!

A Huillca en cambio se le conoce en el mundo entero. Un libro que gana el Premio Casa de las Américas en La Habana en 1974, y es traducido a siete lenguas, estuvo dictado por Huillca en quechua. Y el premio, íntegro —3’000 dólares— lo entregó el ganador del concurso al propio Saturnino Huillca. Gesto que rara vez tienen los antropólogos con sus informantes. Hubo una película de Nora de Izcue (Runan Caycu*) que ganó un premio en Alemania. De modo que tarde o temprano, los peruanos atónitos van a descubrir el valor de este hombre que sin disparar una bala removió el Perú desde abajo. Su movimiento que no fue una guerilla, a la vez insurrecto y pacífico, es solo comparable a lo hecho por Gandhi en la India y Mandela en Sudáfrica. Huillca es nuestro Mandela. Y estuvo un tiempo en prisión por su acción e ideas en el presidio amazónico llamado El Sepa. No tantos años como Mandela. Pero igual pagó un precio muy alto. Años de una vida. Pero para la izquierda actual, eso no lo hace de izquierda, al contrario.

Las invasiones de tierras en el Sur del Perú son simultáneas a las tomas de tierras en Lima y otras zonas urbanas. Pero pocos lo reconocen. La rebelión en el valle de la Convención y la ocupación de Comas son los puntos de partida del Perú actual. Es asombroso que este hecho enorme no aparezca ni en las novelas de Vargas Llosa, ni en la estrategia de Sendero.  Y no fue el título legal a la manera de Hernando de Soto lo que cambió al Perú. Es Huillca. Hoy más de dos millones de exsiervos de hacienda propietarios de sus tierras y de su fuerza de trabajo, de Puno a Cajamarca, le deben a los sindicatos cuzqueños su liberación, sus bienes, el hecho de que tengan propiedad y comiencen a salir de la pobreza. Sendero llegó tarde. La revolución sin armas del pueblo andino ya no los necesitaba. La inteligentsia y la clase política tampoco han entendido esta victoria social, que se hizo sin ellos. Y en gran parte contra ellos. Hace dos siglos, Túpac Amaru fracasó. Hace medio siglo, Huillca no. De Puno a Cajamarca, pueblan el Perú los nietos de Huillca. Aunque las desigualdades continúen, este no es más un país de siervos indígenas. Mariátegui tenía razón: «la solución del problema del indio {…} deben ser los propios indios» (Los Siete ensayos, p. 74, edición del 2012). Sin embargo, no vino de un partido sino de un movimiento. ¿Y no es eso, precisamente, lo que prevenía Marx? Los revolucionarios, los de verdad, no son los que se proclaman tales. Como decía Jesús, no se entra al Reino de los Cielos diciendo Señor, Señor, y golpeándose el pecho.

* <http://www.bloghugoneira.com/que-soy/editor/libros-personales/cuzco-tierra-y-muerte>

Haya y la tierra prometida (*)

Written By: Hugo Neira - Mar• 28•14

Hace un tiempo, con ocasión de un concurso, lo consideré como «el peruano más ilustre del siglo veinte». Conviene que ponga en estas primeras líneas, la totalidad de la frase: «Leer ahora a Haya es una tarea de todos. Más allá del acto filial que convoca estas líneas, será un gesto de salud intentar comprender, al margen de la postura electoral de cada quien, qué es lo que realmente quiso y pensó aquel pensador y político lleno de sabiduría personal y decente pobreza que el autor de este ensayo considera, por encima de aldeanas vanidades, el peruano más ilustre del siglo veinte”. (1)

Si hoy vuelvo al tema es para intentar decir algo más. Mucho he dicho del aprismo y de su fundador a lo largo de mi vida, muchas cosas, de las cuales en absoluto me arrepiento. No soy ni he sido aprista, pero nunca entendí participar o reflexionar en política desde el antiaprismo. Ahora bien,  algunos de estos textos míos son conocidos, otros no. Acabo de publicar en Del pensar mestizo, dos ensayos, uno titulado «Y después de Mariátegui, ¿qué? » y otro, un discurso, pronunciado en la casa del pintor Víctor Delfín, al agradecer la premiación del Concurso internacional de ensayo (2), en el que fuera jurado el gran colombiano Germán Arciniegas, ocasión que me permitió pagar un débito: recordar con qué generosidad y bonhomía el mismo Haya de la Torre recibía —habló de los primeros años de los sesenta— al joven díscolo y miembro de la juventud comunista que yo era, en su casa de Chaclacayo, largas tardes de conversación en que revisábamos el mundo y las ideas, sin casi tocar temas políticos. Gesto que no pude nunca olvidar. Conté entonces, y lo vuelvo a repetir ahora que, en la encrucijada de la historia, en el filo de los noventa, cuando se hunde estrepitosamente la Unión Soviética, y yo me hallaba una vez más en Europa —los largos exilios y ausencias que no me deprimieron sino me construyeron— volví a recordar la lección del gran trujillano, sus tempranas definiciones del comunismo ruso como una variante más del capitalismo de Estado, asentada no en alguna legitimidad sino en el terror ideológico. Esto lo vio Haya en su cita en  Bruselas, 1928, y por los años cincuenta.

Para escribir las páginas sobre Haya —última rememoración— para Hacia la tercera mitad, revisé los textos de los grandes herejes del dogma comunista. Es decir, de aquellos que se salieron de la ortodoxia pero no caminaron a la desilusión o al cinismo “del todo mercado”. En Europa, la crítica al comunismo soviético comenzó por un análisis del poder hipnótico de la “ideología” (los que llaman a Marx ideólogo no lo han leído) y que con el tiempo se transformó “en crítica en general de las ideologías y de las ortodoxias” (Castoriadis), y no solo la comunista sino la fascista y la conservadora. En la historia de las ideas, ese es el tramo Raymond Aron, Roger Caillois, Georges Bataille, Michel Leiris, es decir, los años cincuenta.

Un segundo momento de crítica al dogma supuestamente comunista y en realidad soviético (expresión de los nuevos intereses de clase de la burguesía de Estado en el Kremlin) son, para citar lo esencial, la postura de Cornelius Castoriadis y de Claude Lefort, en el grupo “Socialisme et barbarie”. Se alejan del PC francés, de Sartre, de la ortodoxia, tratan de evadirse del universo de doctrinas invariables prefiriendo el examen crítico, la descripción de lo que realmente pasaba en el Este europeo. Siempre he pensado que la biografía intelectual de los mencionados guarda un gran paralelo con el de Haya de la Torre.  Se castigó, en ambos casos y contextos históricos sin embargo distantes, por igual la audacia intelectual, la libertad de pensar por su cuenta, y se les trató en los medios “progresistas” –—¡cómo los autoritarios se asemejan!— con el mismo desdén. El antisovietismo pasó por ser un antisocialismo. Mucho más tarde, Castoriadis precisa su pensamiento: la URSS no solo no es el socialismo sino un gran enfermo. El proletariado no gobierna en Rusia ni en los países comunistas. Un Estado burocrático ha reemplazado la antigua dominación por otra, incluso más cerrada, temible, prohibitiva. Una cultura de izquierda se había hundido en la experiencia del monopolio del poder por unos cuantos, el marxismo había dejado de ser un instrumento crítico para la liberación, empobrecido como ideología, es decir, una versión parcial, interesada, culposa, de la realidad, al punto de falsearla.

Pero gran parte de todo eso, y muy temprano, en la noche de las dictaduras feroces de los treinta y cuarenta del siglo, desde el Perú, lo había dicho y previsto el trujillano Haya, lo que más tarde fue apenas el víslumbre de otros visionarios, esta vez europeos. La crítica desde la izquierda a la versión oficial y dogmática del comunismo. Todo eso, hoy apenas materia de estudio de las ideas en las universidades del mundo industrial, lo expresó tempranamente un peruano, un perseguido, en las márgenes del mundo. Es verdad, además, que no fue para nadie, desde las economías centrales o periféricas, fácil el digerir y aceptar la gran desilusión de una esperanza de liberación que naciera de la lección de Marx a un uso feroz en sus herederos stalinianos, pero en fin, mal que bien, el llamado a ver las cosas como son y no como nos gustaría que fuesen, se impuso en las universidades, las del mundo industrial y no en las de la América Latina. La marcha de las ideas contemporáneas, como se titula el excelente manual de la profesora Jacqueline Russ, mostraba en efecto un proceso, un movimiento. Pero me temo, en el Perú, las ideas no se mueven. Se quedan fijas.

Se ha hecho todo lo posible por ignorar ese inmenso debate intelectual, moral, político, filosófico que cubre el siglo XX por entero. Todo se limita a recordar, muy de vez en cuando, el debate Mariátegui/Haya sobre “la cuestión del partido”. A lo que me refiero es otra cosa. Es la confrontación de los movimientos de izquierda en todo el planeta ante la tentación totalitaria. Cuando Mariátegui vive, Hitler no había llegado al poder, tras un manejo de masas y de la emocionalidad que bien se parece a muchas de las convocatorias contemporáneas que se hallan en nuestro contorno inmediato. Tampoco Stalin había asentado su poder no a favor sino en contra de los herederos de Lenin. Haya sí vio todo eso, sí lo presintió. Los años veinte son una cosa. Los treinta otra. Estamos más cerca de estos. Este tiempo, otro eje de novedades históricas, de cambios inmensos. De cambios en el capitalismo mundial.

Este papel de Haya, ¿se conoce? No sé que decir. Alguna vez conversaba con Alfredo Barrenechea, siempre tan inteligente. Y me decía : «Hugo, el hecho aprista es el gran agujero negro de la intelligentsia peruana. El hecho maldito, el que no pueden reconocer». Sí, por lo general la opinión corriente admite que hay una izquierda, o varias, pero mal y a desgano, conceden. Se admite también que hay derecha, aunque esta nunca se llama de esta manera. Los chilenos y colombianos no se niegan a esta alternativa, ni los españoles —con toda franqueza, hasta con coquetería, admiten que lo son—, si por tal se entiende partidarios más bien de la libertad que de la igualdad, de una idea de la riqueza como producto del esfuerzo individual o empresarial y no necesariamente del contexto social e institucional, partidarios, menos propensos a las ideas de solidaridad social que las de competencia, etc. Bueno, no es como para ir a la guerra civil, pero sí da como para tener y gozar de políticas de Estado diferentes. Razones que deberían abonar las posibilidades de una democracia moderna, con equipos en alternancia en el poder legítimo, con un sistema de pruebas y errores, de mayorías y minorías. Pero no es así por estos lares. No quiero extenderme, pero acaso no lo sea porque parte de la izquierda no ha renunciado al sueño de la gran noche revolucionaria, ahora, alumbrada por el petrodólar chavista. Y la derecha sigue hallando a los otros como el gran estorbo a lo que sería su ideal de gobernanza, un gobierno de técnicos competentes. Un sueño tan útopico como el de sus rivales, de una política sin política. Fujumori fue la encarnación de ese sistema sin partidos, de representación sin pacto social, de democracia eviscerada, lista para el gran banquete de las masas consumidoras y desagregadas en ‘services’, sin sindicatos. Lo tremendo es que la política y las masas volvieron, tras años de despolitización. Iracundas, violentas y amorfas a la vez (la calle peruana a veces recuerda la descripción de H. Arendt de la Alemania de los años 30 que prepara la llegada al poder de Hitler). Con un voto amenazante, no porque venga de los partidos sino porque no viene precisamente de ellos. No viene de la racionalidad política sino del descontento no estructurado para formas representativas.

Y ahí el fenómeno inclasificable del  aprismo. Y de su fundador y jefe espiritual vigente.

Dos singularidades históricas

Voy a proponer, en unas pocas líneas, la explicación de la supervivencia del aprismo, en un esfuerzo de sinceridad y de síntesis que espero sea apreciado. La explicación del aprismo como continuidad y permanencia en la política peruana tras casi medio siglo de vigencia es un fenómeno que obviamente, siendo político, y siendo peruano, es de una enorme complejidad. Pero, con todo ¿por qué permanece? Nació en los años veinte y treinta, en medio de una sociedad en gran parte rural y socialmente con pocos obreros y masivamente analfabeta, con ciudades pequeñas, en un país territorialmente quebrado y poco comunicado. Que se me entienda, la población ocupada en ese Perú de 1931 a 1962 no es más la misma. Ni el sistema de clases, ni la mentalidad. Pero el aprismo permanece y sobrevive a la desaparición física de su fundador. No necesito decir qué pasó en 1980, 1985 y 1990. ¿Cómo se explica esa invariante electoral, el voto aprista, cuando todo, absolutamente todo en el país parece cambiar? Sin embargo, el Perú desde los sesenta hacia adelante, es el país de la gran migración rural, de la aparición de la economía informal hasta nuestros días masiva, dominante, de la transformación de Lima capital criolla en una cosmópolis de verdad chola, mestiza, peruana, con culturas emergentes urbanas. Este país actual se constituye después del gobierno de Velasco que toca los intereses de la oligarquía, pero la lealtad aprista permanece. Tras varios gobiernos civiles —Belaunde, Paniagua, Toledo— y ahí están. De los errores del primer gobierno del doctor Alan García, y lo entienden, le escuchan y le dan la ocasión de enmienda y de esperanza, y lo vuelven a elegir. Después de Sendero que tomó las armas. Después de tantas cosas, sigue de pie esta frase: «Está es el Apra, ¿qué les parece?»

Cómo negar que en el largo tiempo secular republicano, el poder cambió tantas veces de mano y el aprismo, por decir lo menos, no es el mismo en los años revolucionarios de los cuarenta que el de los compromisos de los sesenta, la gobernalidad en los ochenta, o después del paso por el poder de Alberto Fujimori. Ni desapareció lo que los mexicanos llaman “la sociedad peticionaria”, al contrario. Entre tanto, las lecciones de la historia se transformaron en lesiones. En efecto, han sido decenios terribles, se glorificó la violencia en las aulas, y después de los héroes asesinos, los mismos que los encontraron ejemplares optaron por diversas versiones de la propia derrota. Hoy, nuevos demonios tientan a las muchedumbres,  la incertidumbre se ha vuelto tumulto y protesta, la venganza colectiva inventa sus agravios o mira a las fronteras para hallar nuevos tóxicos nacionalistas. Pero, no menos cierto es que cada vez más peruanos piensan que el camino más rápido a la democracia es la educación. Y el aprismo, ¿no nació como un partido-escuela?

La explicación de la interrogación que yo mismo suscito, siendo política, no se halla por completo en los fenómenos de evidente carácter político. Insisto, si el aprismo, obra de Haya de la Torre, es un comportamiento social y una cultura, poco tiene que ver entonces con las grandes variantes de la demografía, la economía y lo que los liberales llaman el rational choice. No estoy diciendo que es un irracionalismo ni una adhesión fanática, qué fácil sería la explicación. Simplemente estoy diciendo algo más sencillo y complejo a la vez. En nuestro país no coinciden, por el momento, el homo politicus y el homo economicus. No estamos en un tranquilo sistema occidental pluralista donde en un espacio social bastante homogéneo se enfrenten ofertas y demandas sociales tras movimientos y partidos bastante similares. El mercado electoral acaso atiende, además de las propuestas lógicas de las elites partidarias, otras cosas. Indecibles. Pareciera que el debate durante las campañas fuera por encontrar el modo de instalar un capitalismo exitoso que no acreciente las diferencias sino las disminuya o acaso las elimine. Pero no creo que nadie gane una elección en el Perú con solo esa agenda.

Las ideologías políticas no se componen, solemos olvidarlo, únicamente de ingredientes políticos. Hay anhelos soterrados, tensiones subterráneas, emociones y razones que no están siempre en las banderolas ni en los programas partidarios, a las que pueden arribar más bien el lado intuitivo de los políticos que los analistas, y de ese perdurable malestar de lo peruano, a veces, suelen estar a la escucha antropólogos, psicólogos, gente con antenas a esas formas de la “institucionalidad de la incertidumbre” que son las expresiones políticas en un país transicional como es el nuestro. La transición es, dicen los historiadores, el período más difícil de la vida de las sociedades, cuando las viejas adhesiones sociales de la tranquila e infeliz vida tradicional son sustituidas por las adhesiones interesadas y a la vez apasionadas de la modernidad política, en sus primeros tramos, siempre conflictiva. Así fue como se quebró la Rusia de los zares, el México de Porfirio Díaz, el Irán del Sha.

Quiero proponerles a continuación algunas paradojas. No es el gran debate sobre la modernización lo que apasiona a las masas peruanas, ellas la viven cada día, bajo el régimen del modo de producción familiar que se ha  inventado la inmensa masa de pobres como recurso. ¿No será, más bien, preocupante las tensiones que esa modernización trae consigo? Así, ¿no será el partido que más tensiones internas tiene, que reúne más gente peruana en su propia heterogeneidad lo que lo hace, por paradoja, el más representativo de los partidos? Y hemos dicho, país transicional. Y a ojos vista ¿país que no ha terminado de construir, no del todo, la nación? Y si esto es una percepción generalizada, ¿no será que el aprismo es el más nacional de los partidos peruanos precisamente porque la nación misma no ha terminado de construirse? ¿No será que Haya de la Torre, no pudiendo llegar a Palacio, levantó en la avenida Alfonso Ugarte, un muñon de nación construida con argamasa de clases distintas y hasta opuestas? ¿No viene a ser el aprismo una suerte de matriz, de proyecto en sí mismo? ¿Un lugar donde no los derechos sociales de igualdad, sino la “distancia” social se reduce, cuando en la masa aprista se encuentran compañeros y compañeras? ¿No será que esa representación del mundo de lo peruano por lo que no es —una sociedad de iguales— se aminora en la práctica de la amistad y la fraternidad entre apristas?  ¿Partido en el cual el peor de los calificativos no es el abandono ni la traición sino ser infraterno?  Y ¿no será el espacio social humano aprista un lugar que desde los días en que Haya lo reúne, reúne a elites y masas, conductores intelectuales y sindicatos proletarios, cosa que nadie supo hacer? ¿No es aquello entonces una conformación de un pueblo aprista que tiene su propia conformación social (como la tienen los peronistas en la Argentina, o los demócratas en los Estados Unidos)  y no viene a ser una construcción de lo político, no reducible a las variables corrientes de la misma ciencia política?

En fin, ¿no es verdad acaso que los triunfos y los fracasos de los movimientos populares —y el aprismo es uno de ellos— no se explican únicamente por el poder unificador de las demandas sociales? Cuando examinaba, en la última contienda electoral presidencial, los programas de Ollanta Humala, Lourdes Flores y Alan García, era de notar que a todos o a casi todos la ciudadanía solicitaba casi las mismas cosas: empleo, educación, salud, seguridad, patriotismo. Quien fuera o no elegido, pareciera que no contara demasiado sino sus políticas, en el sentido que se usa en inglés —policy—, es decir los programas de acción. Las políticas públicas. En La razón populista, Ernesto Laclau explica que el desdeñado populismo no es sino una manera de construir lo político que no se explica tras una reducción sociológica. Me atrevería a decir que entran otros ingredientes, metapolíticos. Una suerte de trascendencia histórica, claro está, vivida más que confesada. La esperanza de tener nación, patria, futuro, y no guerra civil. Ni ocupación extranjera.

Todo lo dicho me permite volver a la significación de Haya, el fundador. No, en efecto, no me contento esta vez en limitarme a situarlo o categorizarlo como el primer ciudadano, porque no creo que la idea misma de ciudadanía, es decir, de igualdad, esté en primera línea de lo imaginario popular. Lo que está en primera línea es la toma de conciencia de sus necesidades primarias, y la prisa social en satisfacerlas.

Haya está en los fundamentos del Perú contemporáneo porque percibió, y no por separado, estas dos finalidades. La nación y la democracia. O mejor dicho, la nación y el trabajo de la democracia, a veces aliados, pero también la posibilidad de ser adversarios. Haya se interesó por el Estado, el pueblo, pero en nombre de una idea de nación en la que excluía a los que tenían modos de producción o ajenos a los intereses colectivos, o fuera del control de las leyes peruanas. Señalar eso le ganó y a sus partidarios, persecución por decenios. En el desarrollo europeo y norteamericano en el siglo XIX, el mercado liberal fue primero un mercado nacional, aquí no, fue al revés. El Estado prepara el espacio del mercado abierto, tras el primer asentamiento de la autoridad presidencial que ocurre en los noventa gracias, puede decirse, al asedio senderista.

Ahora bien, no faltará quien diga: si es eso un nacionalismo prudente, ¿para qué se funda el aprismo como oposición a los otros estados de ánimo de la arena política? Si eso parece evidente, la necesidad de demarcarse, lo es en 1931, ¿por qué en 1945, 1956, 1962?

Un partido, y con más razón un partido-nación, cumple con una de las reglas más secretas y evidentes de la lógica política, «la organización de las separaciones» (Pierre Manent). La primera separación fue ser de izquierda sin por eso comunista. La segunda confiar en la democracia de representantes, de ahí su participación en las elecciones municipales, para diputados y senadores y las presidenciales, sin que por eso la dramaticidad de la vida peruana en sindicatos y masas los dejaran de acompañar. La tercera separación aparece en los años setenta, la aceptación de la instancia política institucional y no insurreccional pero poniéndose al lado de la estabilidad de los notables y patrones, no ser el partido de ellos. La cuarta aparece cuando el paso pragmático de Fujimori, el fervor senderista capaz de llegar al sacrificio y al asesinato del rival, hierven en la misma caldera social peruana. ¿Cómo ser a la vez fervoroso y práctico, representar y enfrentar? El análisis barato ha llamado a ese estilo de moverse en la escena pública «la escopeta de dos cañones». Si hubiesen leído a los clásicos de la filosofía política de todos los tiempos, de Aristóteles a Maquiavelo, de Tocqueville a Sartori, sabrían que ese arte es la política, no una ciencia sino un saber donde nunca la incertidumbre desaparece. Movible e inestable como la sociedad misma y el buen deseo del ciudadano rey.

Un partido así sigue viviendo porque fue fundado por un hombre singular. Los pueblos buscan para construir la nación el Estado moderno, las libertades, la modernidad, un tipo de héroes, los héroes culturales. Es entonces la hora de las grandes fundaciones históricas. El problema es que esta petición de principio es inconmensurable. No se puede pedir que un hombre sea a la vez un gran rebelde al orden o la injusticia establecida, un pensador y un guía colectivo. La vida humana es breve, los talentos dispersos. No se puede ser a la vez profeta y César. Pero es lo que las grandes civilizaciones exigen de esos hombres del destino. Ahora bien, Haya de la Torre reúne esos dispersos talentos y roles sociales. Con las observaciones del caso. Es un luchador social, un rebelde al orden oligárquico, qué duda cabe. También un pensador originalísimo. También un profeta, una vida singular. Pero no llega al poder en vida, lo que lo coloca en una situación de héroe cultural, su inacabamiento lo proyecta, por paradoja, fuera del tiempo presente. Es la historia su dominio, no lo inmediato.

En efecto, lo que lo separa de un Ben Gurion, de un Cárdenas, es en estos el uso legítimo del poder, al que no llegó.  En las Antimemorias, Malraux recuerda sus conversaciones con Nehru. Nada separa la inteligencia del gran primer ministro de la India de lo que pudo decir Haya a sus contertulios, salvo un pequeño detalle, la India vota por su unidad y lleva al heredero de Gandhi al poder legítimo. Los peruanos no estuvieron en la cita de la historia que fueron las elecciones en las que Haya se postulaba. Lo vuelvo a decir, falló el país que no lo eligió. Y otra cosa, Nehru diserta desde una India unida, Haya no hubiese sido otra cosa que un augurio de futuro. ¿Unidad en la América Latina, política y económica? No todavía, ni Lula.

Es inútil enfrentarlo a otros pensadores peruanos y latinoamericanos. Tuvo lo que no hubo en otros, el riesgo de la política (las persecuciones, los exilios) y el amor y la responsabilidad que eso da lo popular a un dirigente. Fue un profeta desarmado. Por eso, nadie pensó más intensamente la realidad que él mismo. Con el apuro y el realismo del combatiente y el futurista. ¿Eso lo hace un maestro para todos? Podría ser, si quisiéramos tener nación, pero de ello no estoy muy convencido que querramos. No creo que un cajamarquino, un arequipeño y un cusqueño sientan que tienen algo en común. Los reúne el azar de la historia. Pero el aprismo sí ha conseguido estados de conciencia nacionales, desde 1931. En los que hubo pueblo y elites. Por último, es la vida misma de Haya lo que lo separa y eleva de toda comparación. ¿Quién le dedica a la política su vida misma, con una pasión de franciscano misionero del siglo XVI? Su familia fue el aprismo, su terruño fue la fratrernidad de su partido. Haya por eso no dejó de ser un observador de la marcha del mundo, un globalizado ante de la moda de lo mismo. Sí, pero no olvida que los que gobiernan, en general las elites, piensan a escala supranacional pero los pueblos no, piensan y sienten localmente.

Por cierto, el gran reproche que siempre se le hizo que no solamente había fundado un partido sino un movimiento, un estado de ánimo. Ese reproche no toma en cuenta qué es la política, las religiones políticas, en los períodos transicionales y en las sociedades apenas reconciliadas consigo mismas, del tipo de la peruana. La inmensa paradoja del aprismo es que para conseguir la unidad tiene que marcar las fronteras con lo que no es aprista. Una autarquía emocional, eso es lo que es y es lo que seguirá siendo, por la fuerza de las cosas.

¿No ha dicho Hegel que el gran drama de los tiempos modernos es el del reconocimiento mutuo?  Sin duda podemos aspirar a que, algún día, los peruanos sean realmente ciudadanos, es decir, no digo que vayan solamente a votar, digo que lleguen a ser eso que señaló Tocqueville para la democracia en América en los años 30 del siglo XIX: una forma de vida corriente, la democracia como gesto cotidiano y costumbre, y no solo instituciones. La paradoja es que el reconocimiento recíproco habrá comenzado cuando se funda el aprismo, es decir, una manera de que los peruanos, al menos adentro de su partido, se sientan iguales. Haya crea ese movimiento paradójico que para producir la democratización tenga que ser él mismo distinto.

Hasta que los lazos y la virtud aprista que es por naturaleza misma el instinto republicano deje de ser la costumbre de uno grupo de ciudadanos, aprista, sino la forma corriente de estimarse entre ciudadanos. En ese momento, Haya habrá llegado al final de su viaje. A la tierra prometida que solo atisbó desde lo alto de la Presidencia de la Constituyente. A un país de iguales, que todavía no somos.

(*) Texto inédito (2009)

(1) Neira, Hugo, «Después del Muro de Berlín. Actualidad de Haya de la Torre». En,  Vida y obra de Víctor Rául Haya de la Torre, ediciones Cambio y Desarrollo, Lima, julio 1997 (pp. 11-73)

(2) Discurso al recibir el 1° Premio Concurso Internacional de Ensayo Centenario de Víctor Raúl Haya de la Torre, 19.09.1996

Responso por Mario Pasco. O “la política del Justo”

Written By: Hugo Neira - Mar• 11•14

Me es difícil pensar que al volver a Lima no volveré a ver a Mario Pasco Cosmópolis. Me es muy difícil. Escribo estas líneas mientras viajo, mientras vivo por un tiempo fuera, en el extranjero, fuera pero no lejos. Al menos no en los sentimientos. No, no estaré, pues, físicamente en los rituales del adiós, esos que todo ser humano se merece y por razones que trataré de explicar, en especial Mario Pasco. Intento en estas líneas lo que se llama un responso. Acaso una plegaria ciudadana, pero plegaria al fin. Siento la necesidad de decir algunas cosas. Y decirlas sencillamente. Mario Pasco se nos ha ido. ¿Qué hacer ante lo ineluctable?

Sin embargo una dimensión de la ausencia sobrepasa el dolor familiar, de los amigos, incluso de la escena pública. En un responso, hay algo más que unas preces o el deber de memoria. El de apreciar aquello que ni la muerte alcanza a borrar, es decir la vida misma, sus lecciones. Así, antes de avanzar por tan delicadísimo terreno, y enfrentar el abismo de la nada y de la muerte con algo tan evanescente como son unas cuantas palabras, es preciso saber la disposición personal de quien esto escribe. No es otra que la del amigo. Entre muchos otros, no cabe duda alguna. Pero un amigo que ahora se pregunta qué debemos al ausente. En efecto,  ¿qué decir sobre el sino de su vida para que la muerte no triunfe y sea vana su guadaña? ¿Para que permanezca la palabra? Ahora bien, a la amistad de Pasco no la vamos a ofender con algún tipo de interés. Lo digo para que no se lean estas breves líneas con terceras intenciones.

Ciertamente, como dice el Eclesiastés, “todo es polvo y todo retorna al polvo”. “Vanidad de vanidades” pero algo permanece. El hombre es uno de los pocos seres vivientes que conoce la nostalgia. Sin memoria de los muertos ni conciencia del tiempo efímero, no seríamos humanos. La nada, el tiempo, la muerte, nos acompañan. Somos habitantes de la  contingencia. Pero la condición humana es también conciencia de su propia condición. Y podemos comprender en medio de tinieblas, que algunos de nuestros conocidos vivan con sapiencia.  Y aunque seamos átomos efímeros en el universo, hay quienes viven sus vidas con hechos cargados de sentido.  Y es de eso que trata sinceramente este texto.

Escribiendo, pues, con la mejor intención, más allá de terrenales vanidades, o de pujos políticos, mi recuerdo personal de Mario Pasco no puede separarse del todo de algunas coincidencias. Cierto, fuimos profesores en la Pontificia, pero de modo distinto, Pasco como un profesor de planta y yo, por un breve tiempo. Pero como docentes no nos frecuentamos —ya se sabe, nuestras universidades dicen tener campus pero en realidad no se practica en el Perú la vida comunitaria— mejor dicho, no viven los profesores cerca unos de otros, no tenemos nada que se asemeje a Cambridge o Oxford, a ese tipo de vida académica en espacios reservados a docentes como en universidades alemanas y que tanto favorece la investigación y el mutuo progreso de las ideas. Por el resto, fui alto funcionario, como se sabe, en la Biblioteca, pero si los ministros se reciben y frecuentan, los directores de establecimientos estatales, que son numerosos, no lo hacen. Coincidimos, viniendo de experiencias distintas. En realidad, a Mario Pasco y a Úrsula, su esposa, los conocí desde otra esfera, desde la amistad común. Desde el hogar de Matilde Ureta y de Marcos Caplansky, amigos suyos y míos, de siempre. Otro nexo, era muy amigo de mi hermano Álvaro Rojas Samanez, como que venían de las mismas canteras socialcristianas. Por lo demás, Pasco era uno de los ministros ante los cuales una mañana fatídica, un sábado, Álvaro disertaba, un tanto en su estilo, atinado y renegón a la vez, sobre lo que se estaba dejando de hacer, y en eso, se muere de golpe, delante de todos. Y tantas otras cosas que extenderían innecesariamente este texto. En suma: una amistad que remonta a muchos años. Los suficientes como para sustentar lo que a continuación voy a decir.

Siempre supe que Mario era un jurista destacado, un abogado cabal y un hombre público con una idea precisa, anteponer los intereses de la ciudadana a sus propios intereses partidarios o de carrera. Es por eso que fue un ministro de Trabajo excepcional y por la misma razón, cuando su idea de la justicia social, en especial en cuestiones laborales salieron de sus manos, prefirió el camino limpio y probo de la renuncia. Raros son los políticos que toman ese camino, saber irse. Quisiera que quien me lea se detenga en este punto. Sostengo que hay quienes tienen una idea de la vida política como una finalidad suprema. Puede ocurrir, es legítimo. Entonces la política es asumida como el equivalente del fatum de los latinos, es decir como el destino. Otros, en cambio, desde un talante ciudadano, lo toman más sencillamente, como una acción itinerante. Se tiene el cargo o no se le tiene, sin que en ello haya tragedia ni frustración. Ahora bien, lo que construyen las grandes instituciones de la modernidad no son los hombres del destino únicamente, aunque a veces sirven para echarlas a andar, sino los segundos. Los políticos serios y a la vez modestos. Los que saben que se es ministro o representante por un concurso de circunstancias y, por las mismas, se puede dejar de serlo, sin gran drama.

Acaso el drama consista en que la nación desperdicie la gran oportunidad de contar, realmente, con eso que se llama tan frecuentemente un servidor del Estado, un servidor del interés común. Por encima de una doctrina o un partido. Porque lo habita una noción que trasciende ambas categorizaciones. Son con ellos que se construyen regímenes estables. Con hombres y mujeres que prefieren dar pasos racionales y medidos a la vanidad del poder. O como decían los antiguos “no ceda a la libido dominandi”.  Esas personas son pocas, pero existen. Y hay una sola denominación posible.

Mario era uno de ellos. Pasco era un hombre justo. La noción del Justo, ocupa un lugar en la literatura moral y política de nuestro tiempo. Y a la vez, en nuestro lenguaje corriente, cuando algo se hace de manera adecuada —“este profesor pone notas justas”, por ejemplo—. Tiene que ver su uso con la idea de justicia, incluso si cuando comentamos un partido de fútbol encontramos que el árbitro toma una decisión justa, “sancionar un penal”. Casi ni cuenta nos damos que en los fundamentos de ese uso está una idea de la moral y la razón. La lengua castellana, lengua de un mundo de cristianos y de herederos del judaísmo, tiene basamentos invisibles. Se apoya en creencias.

La idea del justo tiene su propio camino en el campo de la filosofía, y en particular, en el de las ideas políticas. Cuando Ernst Cassirer se enfrenta a Heidegger en Davos, en 1927, en un debate que marcará el destino filosófico europeo del siglo XX, alguien dijo que Cassirer, el kantiano, proponía, para el drama de Europa, “la política del justo”. (De ahí, el intitulado). No se le escuchó, y Heidegger prefirió el nazismo. Pero la política del justo se la valora porque es necesaria y a la vez escasa. Los franceses se acordaron del concepto cuando perdieron a Mendès France. Y ahora, cuando meditan en torno a la obra de Albert Camus, tan desatendido. Curiosamente, en sus días, ni el político Mendès ni el pensador Camus fueron muy populares que digamos. Los justos no suelen serlo.

¿Qué es un Justo? “Es alguien que toma decisiones de justicia fundado en la moral y en la razón”. Y a tal punto razonables que no puede ser luego censurado. «Una decisión justa» solemos decir sin darnos cuenta que enunciamos un breve tratado de moral ciudadana. En la tradición hebrea, la cual se repite en la islámica, un justo puede no ser alguien muy conocido. En la conceptualización judía, el justo es anónimo. Y  debe de serlo, incluso si uno se tropieza con un justo, no debe decirlo. Ellos, los Justos, “son las columnas que sostienen el mundo”. Sin ellos, este pozo de iniquidades que es la vida humana hubiese sido ya barrido por Jehová. En el Génesis, está esa conversación, por no llamarla litigio, entre Abraham y el mismísimo Jehová sobre la destrucción de Sodoma (Génesis, 18-22). Abraham alega ante el Creador para que la ciudad, pese a sus pecados, no sea por entero destruida. El profeta, con esa familiaridad de los profetas con el Creador, no suplica o implora sino argumenta. «¿Destruirás junto al impío, a los inocentes?» le pregunta audazmente a la Divinidad. Y esta le responde: “Si hallara en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaría a todo ese lugar por amor a ellos». Pero Abraham, que tiene sus dudas si es posible hallar ese número de justos, regatea, y le repregunta: «¿ Pueden ser cuarenta?”, a lo que Jehová concede, y vuelve a regatear. «¿Pueden ser unos treinta?». Pero ahí se detiene. ¿Por qué se detiene? Reflexionando, porque no se le regatea a Jehová hasta el fin de los tiempos. A este célebre diálogo, un filósofo de nuestros días le aplica un principio digno de la crisis del mundo actual. A partir de un número insignificante, por ejemplo, diez o seis, el número de Justos, dejan de ser una “masa crítica”, es decir, dejan de ser operativos por muy Justos que sean, “y  pesarán los malvados por su número”. Y las iras de Jehová serán la consecuencia inevitable. Más allá del contenido levítico de ese origen, siempre es de actualidad el hecho probable que las naciones se pierden cuando el número de los buenos es infinitamente menor que el de los dispuestos al mal. Un pueblo con un capital humano de muy pocos justos está destinado al crimen colectivo y la perdición. Lo voy diciendo para que se me entienda.

Mario Pasco como un Justo no es una concepción en aras de la pena o del sentimiento. Aun emocional, me parece una apreciación a su turno, justa. Se trata de la memoria del amigo a quien, si bien recuerdo, y en confidencia, nunca escuché una opinión sobre tema público que no fuese medida, precisa, adecuada. No estoy diciendo que infalible. El Justo no es solo una sapiencia sino un talante. Y eso es lo que se nos ha ido, como arena de las manos. Se ha ido un Justo.  Esa calidad. Los justos existen. Aunque no podríamos decir cuántos de ellos se necesitan, como en la mención bíblica de líneas arriba, acaso un puñado de personas. Por eso, me apena inmensamente su partida. En el Justo predomina el desinterés. En el Justo hay esa forma de bondad que no por serla deja de ser distante y severa. Acaso la idea del buen Juez. Del buen legislador. Del buen político. Una idea de moral razonable y razón moralizante. Raro, muy raro, hallarlas en la misma persona, en conducta de una vida entera. Pero insisto, una forma de bondad, para consigo y para el prójimo, a quien se aplique la ley, ¿no es poco no? Por eso no puedo menos que deplorar no volver a encontrarlo en este valle de lágrimas.

El otro Maquiavelo. Realismo y errancia: la invención del político moderno

Written By: Hugo Neira - Mar• 04•14

  

Dedico a todo peruano que haya tenido que irse fuera del Perú, sea por razones políticas o económicas, este ensayo sobre un hombre del XVI  que también se hizo en la lucidez del destierro.

De Maquiavelo, todos conocemos El Príncipe. O por el rumor, es uno de los autores de los Tiempos Modernos el más afamado. O por necesidad, forma parte de cualquier conversación, tanto como la insinuación de maquiavelismo.  Como obras tuvo varias, incluyendo un tratado sobre la guerra y varias comedias. De sus libros, sin embargo, el citado, es el más célebre y el más breve. Su fortuna, en cambio,  es controvertida,  admirada como detestada. El repudio o la estima por ese libro de apenas 150 páginas y 27 capítulos, que el mismo autor trata de “opúsculo” (en carta a su amigo Francisco Vertori), envuelve o compromete en uno y otro sentido la totalidad del pensamiento occidental de los últimos siglos.  Bonaparte lo llevaba en su alforja de general, texto célebre lleno de anotaciones. Hay una historia del maquiavelismo. No se intenta abordarla aquí, pero conviene saber que existe. Y que es extensa, muy extensa.

Introducción. Hacia el otro Maquiavelo, el republicano

A Maquiavelo se han acercado desde sus contemporáneos, humanistas del Renacimiento, como es el caso de Guicciardini (1482-1540), a todo tipo de filósofos y escritores hasta nuestros días. Algunas de las mejores páginas sobre Maquiavelo se deben a T.S. Eliot, dramaturgo americano de formación inglesa y francesa, y Premio Nobel en 1947. Admiraba su examen de “las debilidades e impurezas del alma humana”. Lo que lo llevó, según Eliot, a unas lecciones sobre política, “porque no tenía capacidad para el autoengaño”. Por lo general ha interesado a políticos y analistas de la política, aunque no siempre serenamente. Durante las guerras de Religión, en el XVII europeo, sobre la herencia de Maquiavelo desciende el anatema y sus libros conocen la hoguera. El moralismo hugonote francés —es decir, protestante— en cambio lo recupera, mientras otros ven en sus argumentos la prueba del “cinismo italiano”. Y siendo lectura de ilustrados del siglo XVIII, próximos a la Revolución, y de patriotas italianos garibaldinos del XIX contrarios a la Curia, la suerte de Maquiavelo pensador habría de seguir la marejada de los conflictos históricos. Pero sus peores impugnantes son los que nunca lo han leído.

Error. El Príncipe no es precisamente un manual para tiranos o mafiosos. Hay que decirlo, la ignorancia suele ser insolente. Maquiavelo no fue maquiavélico. Ni lo que entendemos una mala persona.  Como es fácil de imaginar, dado sus tantos y tantos enemigos, se conoce al pormenor su vida familiar, tuvo cinco hijos y esposa, se conoce la correspondencia de Mona Marietta, sus cartas dulcísimas; lo echaba de menos, Maquiavelo era, dice uno de sus mejores biógrafos, “el viajero perfecto” (Marcel Brion). Suiza, los alemanes, la corte del Papa en Roma, no dejaba de viajar para estudiar usos y costumbres. Estudiar a los hombres “tal como son”. No hay huella alguna de que fuera un canalla. De algún mal paso suyo, ya se sabría. En su mejor situación, cuando administraba Florencia mientras Soderini combatía, sabemos que ganaba 192 florines. En Florencia, entre los comerciantes y trabajadores —los mechanici a los que Maquiavelo, un puro político, sabía que no pertenecía— había centenas de familias que vivían mejor que la suya. Sobrevivió cuando ya no era un alto dignatario de la Señoría, como pudo, a troche y moche, y se sabe de sus trabajos fortuitos y de sus amigos humanistas a los que visita cuando ya no es sino un errante. Cuando se acerca la hora de su muerte, dijo que preferiría ir al infierno para seguir platicando con sus buenos amigos, pensaba en los Strozzi, en Boudelmonti. Un fraile llamado Matteo le hizo los responsos y sus cenizas fueron a dar a la Iglesia de la Santa Croce. Aunque luego se perdieron. Gran parte de su vida fue un exiliado. Alguien alejado para siempre de su patria, Florencia. Este dato del exilio hay que retenerlo, le acompaña, como acompaña a Marx que rodó de Francia a Bruselas y  Londres donde vive malísimamente, escribe y muere. La errancia marca la vida de Rousseau precisamente en el momento en que  es más célebre, temía que lo envenenaran. La diáspora hace a Hannah Arendt.  Conviene recordarlo, los creadores de la filosofía política y de las ciencias políticas, del XVI a la fecha, no han tenido una vida sosegada. Que el lector saque las conclusiones que se imponen. Ahora bien, si apuntamos a quien perdía autoridad cuando se ponen a circular sus escritos, que fueron póstumos, nos pondríamos en la buena pista.

En mis cursos explico, después de Aristóteles, a Maquiavelo. Entenderlo prepara a la comprensión de otros grandes filósofos de la  política, Hobbes, Rousseau, Tocqueville, todos laicos. Insisto en las aulas que con este hombre del Renacimiento se crea “la autonomía de la política”, tesis es de Benedetto Croce. Otros resaltan que Maquiavelo es “la secularización de la política”, tesis de Adrián Jmelnizky. Esto de secularizarla quiere decir “que excluye de la teoría política todo lo que no parece ser estrictamente político”. La primera víctima de la exclusión, dice Jmelnizky fue la religión, “pero hubo otras”. Hay un “momento Maquiavelo”, la idea es del profesor Olivier Nay, profesor de ciencias políticas en La Rochelle.  Quiere decir que fue él quien marca “la ruptura entre la política y la moral”. Así, el pensamiento político de la Edad Media es reemplazado por otra cosa. Razón y voluntarismo del príncipe, sus cualidades y una ética de la eficacia. La conocida metáfora de la zorra y el león, la idea de usar de la astucia y la fuerza si es necesaria. (1) Ahora bien, las teorías absolutistas y la idea misma de la razón de Estado no están ni en Maquiavelo ni en las repúblicas italianas, pero sí su preparación, luego de los enunciados de Maquiavelo. El siguiente paso será la Soberanía, el Estado moderno, y eso es Bodin, Hobbes y Robespierre.

Maquiavelo tiene sus límites, como toda filosofía política. Los suyos son los de la actividad misma de la ciudad autónoma, en su caso, la ciudad  de Florencia. Pero queda establecido un molde que puede aplicarse a entidades más anchas, a Reinos. La actividad política misma sería entonces gobernada por leyes distintas a otras actividades y a la moral convencional. Con Maquiavelo, con El Príncipe, aparece el principio del realismo. No pretendió cambiar al hombre,  ni crear “el hombre nuevo” que a lo largo del siglo veinte proponen una serie de  apóstoles armados de utopías totalitarias. Como lo vamos a estudiar más adelante, Maquiavelo no se puso a dar lecciones de moral, eso fue la pedagogía durante mil quinientos años medievales de los hombres de la Iglesia. Vanamente. Toda sociedad es un campo de fuerzas encontradas. Y en todo ser humano arde la vanidad o la envidia. El problema del poder no es anularlo, tampoco es someterse. Es conseguir que los hombres que “sin él se despedazan”, lleguen al “bien común”. Este concepto está en Maquiavelo, y algo más, le intriga el fenómeno  de la agitación popular. Se interesa por “los tumultos romanos” y propone que “toda ciudad debe arbitrar vías por donde el pueblo pueda desfogar su ambición” (Discursos, inciso 3). Sin él no hay Rousseau, ni Tocqueville ni Hannah Arendt. Ni las actuales ciencias sociales. Cinco siglos atrás, nos puso en el camino de lo que nosotros llamamos ahora “la lógica de lo social”. Unos dispositivos colectivos que permiten que haya eso que llamamos “sociedad”. Y no los inspira solo el mercado. Como se dice, hay cosas en la vida que no tienen precio. Mercado siempre hubo, lo que no siempre hubo fueron Repúblicas y Naciones.

Maquiavelo, hay que decirlo, porta consigo una terrible lección. Consiste en decirnos cómo son los hombres. “ En la generalidad de los casos, son ingratos, hipócritas, cobardes en el peligro, y codiciosos” (Cap. XVII, El Príncipe). Ahora bien, la cuestión que se plantea el oscuro funcionario de la Segunda Cancillería de Florencia (Pier Soderini era el jefe político-militar) es si, pese a las debilidades de la condición humana, merecían ser esclavos. La respuesta es que no. Maquiavelo era un republicano. Y Florencia, no hay que olvidarlo, una democracia, aunque naturalmente no de masas como las de nuestro tiempo. Cuando Soderini lo nombra, cuando la Señoría de Florencia se libra de los Medici, Maquiavelo tiene 29 años. Y las ideas claras.

Hubo de razonar entonces sobre el tema siguiente: ¿cuál era la mejor política posible para que la República de Florencia sobreviviera en una Italia fragmentada y llena de guerras y rivalidades de su tiempo? Maquiavelo reflexiona y una de las cosas que recomienda a los Príncipes es dejar de acudir a los clérigos. Y es eso lo que la Iglesia no le perdonó nunca. Al segundo Secretario, que no estaba hecho para la venta de “seda y lanas” como él mismo había confesado, que lo observaba y anotaba todo, cuya única pasión era la política,  se le iba a ocurrir que los hombres eran “rarísimamente completamente buenos o completamente malos” (Discursos, inc. 27); de una  manera u otra, tenían que aprender a obedecer. Y los que mandan, a admitir los sacrificios que trae consigo detentar el poder. Un lenguaje tan franco debió haber sorprendido y sorprende en cualquier época.  Un consejero  rarísimo, que no pensaba en complacer o en desagradar sino en abrir los ojos a los poderosos para que no se perdieran, y con ello, Florencia, la paz, los Reinos. No es poco. El gran liberal que es Isaiah Berlin —“la mirada despierta de la historia” lo llama el español Bocardo— explicó en un texto magistral la contradicción irresoluble entre la doctrina cristiana y la ciudad-estado concebida por el pesimismo constructivo de Maquiavelo.

En su idea del buen gobierno, en efecto, hay gestos y decisiones que son desagradables. Por lo general el buen Príncipe no debería espiar a sus rivales ni usar de la malicia, entre otras malas artes.  Ahora bien, puede que eso lo haría un correcto cristiano pero por las mismas razones, un pésimo servidor de la causa pública. Un cristiano perfecto hace un monje, pero no un guerrero y menos un político. Maquiavelo en otro de sus pasajes de su célebre opúsculo, usa la metáfora del zorro y el león. Es decir  las alegorías de la astucia y el coraje. Lo que está diciendo es que no se puede ser ingenuo en política. Y que un riesgo mayor a la cabeza de un reino es un hombre iluso o irrealista, y lo que es peor, un indeciso. Maquiavelo extrae el tema del poder de los encantamientos de la teología medieval. Al inventor de la secularización de la política, los jesuitas se encargaron de combatirlo durante siglos. Aunque en realidad, lo leían a hurtadillas. El maquiavelismo es contagioso.

Maquiavelo introduce el sentido común en el arte de la política.  Un sentido realista que nunca está de más en esos menesteres. Como un poco más tarde, los astrónomos y los médicos. Es cierto que lo inspira el tiempo suyo, un siglo de hierro, la guerra misma, sobre la cual publicó un Tratado (Dell’arte della guerra, 1521). También en esos años de errancia del exilio, escribe comedias (La Mandragore, Clizia). Era un renacentista, pero no nos perdamos. Si en su obra dedicada a la guerra daba lecciones de estrategia y táctica, acaso hay en Maquiavelo un desplazamiento del arte militar al de administrar la ciudad. En fin, hizo más. Diseña un campo estricto de qué es lo político y qué no lo es. Comienza por apartar a la religión, asunto de urgencia. Tiempo de Papas que tenían hijos como César Borgia y ejércitos y territorios propios. Roma no era lo que es hoy, el Vaticano. Pero este llamado a lo real aparece en otros dominios de la civilización del Renacimiento. En la pintura es la perspectiva, parece poco pero no lo es. Es Galileo unos años más tarde, apuntando a la luna y  viendo en ella cráteres. Es decir, imperfecciones en la obra del creador. Los navegantes van a descubrir otras humanidades que no están mencionadas en las Escrituras, como los aztecas mexicanos y los incas andinos. El Renacimiento se interesa por lo real. No había pasado desde los griegos.

No hay que tomar, sin embargo, a Maquiavelo como un antirreligioso, un agnóstico. Eso es Voltaire y los ilustrados franceses varios siglos después. Nada prueba que no fuera tan piadoso o creyente como cualquiera de sus coetáneos. Lo suyo era prudencia ante los abusos del clericalismo, enormemente fuerte en sus días. Por lo demás, mientras limitaba la influencia de las sotanas en el Palazzo Viecco de Florencia, no dejaba de pensar que la divina providencia introducía factores inesperados, ora felices, ora calamitosos. Pero, no la llamó así, la llama “la fortuna”. Una vez más, los antiguos romanos. De esa alma antigua de Maquiavelo nos ocuparemos más adelante. Quedémonos, por el instante, en ese sentido particular de los acontecimientos. Hoy le llamamos el azar. Una guerra por ejemplo. Una crisis económica. Todo lo que tenga el mundo no solo político sino el mundo financiero y social de imprevisible, incluyendo catástrofes de centrales atómicas y plagas.  Un buen ejemplo del azar es que los Medici, después de catorce años, regresan en 1512 a Florencia que deja de ser republicana, portados por las lanzas españolas. Ese año es el fin de la Florencia autónoma de Soderini y Maquiavelo. Pero ¿no fueron arrojados anteriormente a los Medici, con ayuda de tropas francesas?  Los condotieros al servicio de los florentinos, en ambos casos,  no eran muy eficaces. Eso explicaría la preocupación de Maquiavelo por contar “con una milicia”. Ese es otro tema por examinar. Si inventas un ejército profesional, entonces, inventas el Estado moderno.

Ahora bien, si el azar existe (2) —y hay un excelente texto de Ilya Prigogine sobre el desarrollo vertiginoso en las ciencias de un nuevo paradigma fundado en las fluctuaciones, en la vida y la economía, la física y los procesos sociales—, entonces la política tampoco puede ser una ciencia exacta.  Comenzaba a serlo en su tiempo la astronomía. Maquiavelo no es un Newton, es su par contrario. Inventa un saber ante un sujeto imprevisible, de cara a lo indeterminado. Ningún Estado puede descartar los elementos azarosos. Ningún Príncipe puede desatender la posibilidad del azar. Eso era lo que percibía el prudente Maquiavelo. No era como algunos lo suponen, el intrigante, sino el previsor, el observador realista. Según Slieldon Wolin, en nuestros días uno de sus grandes estudiosos, en el maquiavelismo en tanto que ciencia política, el florentino desarrolla lo que se puede llamar “una economía de la violencia”. O sea, “una ciencia de la aplicación controlada de la fuerza”.

De lo que estamos hablando es del tema decisional. Del corazón y cerebro mismo de la política en términos de Estado y Soberanía de los tiempos modernos hasta nuestros días. Maquiavelo conocerá los primeros Estados soberanos pero fuera de Italia, en el reino de Francia, en la Alemania magna, imperial. Pero su principio del poder decisional, iniciado en Florencia, es la matriz de la modernidad política. Decidir actuar, o no. Podemos suponerlo, entonces, de vivir en nuestros días, como consejero del presidente Obama. Y ante el tema de Siria. Ante el riesgo de intervenir como el de no hacerlo. Maquiavelo no se enredaría en alguna doctrina del derecho internacional sino en lo que ha llamado, en nuestros días, el filósofo Jonas “la ética de la responsabilidad”. La cuestión capital no está en discutir unos y otros principios, sean los de la no intervención en un Estado soberano, como lo es Siria, sea el caso contrario, el de la intervención.  En uno y otro se puede tardar eternidades, hay argumentos para cada doctrina. Todas respetables, pacifistas o intervencionistas, pero la cuestión se zanja por otra cuestión. ¿Cuáles serían las consecuencias? Tanto de  hacer como de dejar de hacer. Este dilema envuelve ética y política a la vez. Y nos revela una inevitable incertidumbre. Y en consecuencia, ay del que asume el status de quien decide o decide no hacer nada. Y en el mundo en el que vivimos, cada vez más opulento, más pequeño, la revolución de las comunicaciones ha estrechado el planeta. Y siendo más complejo, el oficio del político ha dejado de ser una actividad sencilla.

Lo actual remite a Maquiavelo. Sus obras se escriben para decirnos que la política es la más necesaria de las actividades humanas sin dejar de ser una de las más difíciles. Hágase lo que se haga, lo obrado será materia de discusión. Y de eso se ocupa, por una parte, la actualidad. Pero también la memoria de pueblos y naciones, la historia. Todavía los franceses discuten si es conveniente aprobar o no a Bonaparte, los americanos sobre su guerra de Secesión y si Lincoln fue o no inoportuno con su propuesta de ley sobre el fin de la esclavitud o si Roosevelt —según dicen— dejó sin efecto la información de una nube de aviones japoneses volando en dirección a Pearl Harbor. Solo un ataque sorpresa e infame sin declaración de guerra de parte de Tokio podía convencer a la opinión pública americana, hasta ese momento más bien pacifista, de ingresar en la segunda guerra mundial. Nosotros discutiremos hasta la saciedad sobre el error del presidente Pardo de firmar un Tratado secreto con Bolivia, o dejar de comprar las fragatas que se preparaban en Inglaterra. Así es la historia, la vida misma y la política. Un  mundo hecho de decisiones e indecisiones. Conga va o no va. Y a llorar al río.

En Maquiavelo la idea fundadora de la política es la de un campo de inevitable conflictividad. Desde esta lectura, pues, enrumbé mi ponencia en el Instituto de Gestión Pública. Hubo una mesa de debate y en ella acompañé a Carlos Meléndez, Alan García, Ricardo Vásquez (23 de agosto de 2013). No puedo opinar que fuera una mesa estupenda, por precisamente formar parte de la misma, pero esa es la impresión que dejó, existe grabación. Por lo demás, fue debate organizado por los propios alumnos, bajo la convincente batuta de Úrsula Silva. Por mi parte, me limité a comparar los dos grandes libros de Maquiavelo. Es decir, El Príncipe y el Discurso sobre la primera década de Tito Livio. Menos conocido este último, sostuve esa noche que me parecía extremadamente importante. Si en el primero se dirige al Gobernante, a Soderini, su amigo, Gonfalonero de la Señoría de Florencia, en el segundo, escrito entre 1513 y 1516, se dedica a pensar lo político para pueblos, repúblicas, el concepto de multitud, y acaso menos para los príncipes. (3) Mi tesis es que el gran libro republicano son los Discursos”. El presente trabajo se sirve de las notas que preparé para esta exposición.

Explicación del plan de exposición

Este trabajo está concebido en nueve partes, siguiendo un orden expositivo que va del contexto al texto. En la parte I, se propone al lector un resumen de la vida y obra, es decir, en forma sucinta. Lo que permite una mirada sintética. En la parte II se establece los vínculos entre Maquiavelo y el Renacimiento. Las dos siguientes partes abordan dos actores sociales y políticos de enorme trascendencia en la concepción de Maquiavelo,  los banqueros y los condotieros —parte III, “una nobleza del dinero”— y parte IV, “los soldados de fortuna”. Explicado ese asunto se emprende en la parte V cómo Maquiavelo inventa prácticamente su rol y su vida. Es un capítulo importante porque se exponen sus métodos, y porque los adoptó en el curso de sus muchos viajes y misiones que tuvo: “del compromiso político al arte de saber observar”. A la obra de El Príncipe, se la aborda después de esas consideraciones, parte VI, “ni manual ni tratado”. Las ideas claves, virtud y fortuna. La parte VII se dedica a comentar los “Discursos”. Y a mostrar ese Maquiavelo republicano que a veces no se percibe en otros estudios. Es la parte más larga del estudio. La parte IX está dedicada a los años de destierro. Damos importancia a lo que hizo Maquiavelo cuando ya no vivía en Florencia ni era altísimo funcionario de la Señoría. Lo que hizo fue escribir y proponer lo que hoy llamamos, indistintamente, ciencias políticas o filosofía política contemporánea.

I. Resumen, vida y obras

Nace en Florencia en 1469. Justo el año en que el banquero Lorenzo el Magnífico asume el poder. En 1492 tiene 23 años, cuando a un Medici lo reemplaza otro, Piero, y cuando los Reyes Católicos toman Granada, se descubre América y moros y judíos son expulsados de España. Maquiavelo proviene de la pequeña nobleza florentina y va a crecer en una Italia desgarrada por la rivalidad de unos y otros principados, que además se solían aliar a potencias extranjeras. Y por eso previó, para su célebre libro, este título: Principatibus, es decir, de los principados. Su infancia transcurre en una ciudad bajo tutela de los Medici, hasta que las tropas francesas la liberan en 1494. Florencia se vuelve republicana pero un monje radical, el dominicano Savaranola, toma el poder y establece una dictadura teológica. A los dos años, el propio pueblo florentino que lo había amado por su fervor puritano, llega a odiarlo. Savaranola es ejecutado. Florencia adopta la forma de una República. Por sus mecanismos es una oligarquía de unas mil familias —ricos comerciantes, muchos ennoblecidos— y su gobierno, llamado Señoría, estuvo compuesto de diez personas, uno de los cuales era el gonfalonero de justicia. Gonfalenero: título de origen medieval para el jefe de una república. “El que lleva la bandera”. En este caso, Piero Soderini. 1498: el joven Maquiavelo es elegido Secretario de la Segunda Cancillería, lo que pone en sus manos los asuntos exteriores, la defensa y el control interno. Se explica entonces su actividad administrativa y sus viajes. Durante 14 años lo ocupa un inmenso trabajo, debe viajar, observar, comparar, tanto las cortes extranjeras como sus ejércitos. Y rendir informes a los “diez”. Como lo veremos más adelante.

En Florencia, de agitada vida política, las autoridades cambiaron con frecuencia, pero Maquiavelo se mantuvo en su puesto. Este le da una perspectiva única no solo sobre Florencia sino ante otras repúblicas, Pisa y Venecia, Italia misma, el mundo de su época, incluyendo el Imperio (o sea Austria), la corte del Papa y Francia y España, que ocupa el sur de Italia. 1512: los Medici vuelven al poder. Y es el fin de sus funciones y de su experiencia directa del poder. Tiene 42 años.

Es su segunda vida, la del escritor de libros políticos y pragmáticos. 1513: luego de estar en prisión y haber sido torturado, arranca con sus reflexiones sobre Tito Livio. Luego se detiene para redactar El Príncipe, desde 1513 hasta 1516, y de 1515 a 1520, el Discurso sobre la primera década de Tito Livio. Vinculado a Florencia, pero sin regresar del todo, escribe un Discurso sobre la lengua, que es un elogio del toscano, varias piezas de teatro, como La Mandrágora, 1520. Y un libro, muy en el estilo de su tiempo, bajo la forma de un diálogo, cuyo tema es la guerra. El arte de la guerra, 1520. Algunos de la familia Medici lo ayudan, y le confían una misión de historiografía que se convierte entonces en  Historias florentinas, 1521. Ya no se dirige a los Príncipes que gobiernan sino ese libro resulta ser una reflexión sobre las vicisitudes de la fortuna. 1525: Maquiavelo vivirá para ver la derrota de las tropas francesas en Pavía. Lo que le alegra, conocemos su correspondencia. Siempre fue un partidario de una Italia sin intromisiones exteriores. 1527: año de su muerte, pasan cosas extraordinarias. Las tropas imperiales, o sea, las de Carlos V, saquean Roma. Los Medici que se han apoyado en las lanzas españolas quedan desacreditados. En Florencia una rebelión expulsa, una vez más, a los Medici. La repuesta República no llama a Maquiavelo. No se equivocó cuando escribió sobre la envidia y la ingratitud. No son los banqueros que de nobles solo tienen el título los que lo reprueban, esta vez son otros humanistas florentinos, sus rivales.  Contrariamente a lo que se ha dicho, no muere en el exilio, le permiten volver a Florencia in extremis, y muere en ella, el 22 de junio del año de 1527. En vida, el Príncipe se lo dedica “al magnífico”  Lorenzo de Médicis,  para probablemente volver a sus gracias. Es fama que ni lo leyó. 1531: se editan póstumamente sus obras principales. Y se le leen los siguientes cuatro siglos.

II. Maquiavelo y el Renacimiento.

 

¿Qué era el Renacimiento para Maquiavelo y la gente del XVI italiano?  Para humanistas y artistas, la idea de un renacer consistía en que restauraban el mundo perdido de la Antigüedad. Y de hecho las ciudades italianas se poblaron de estatuas romanas y de eruditos en latín. Despreciaban el desordenado presente y admiraban la Roma romana capaz de unidad política, cultural y religiosa. De ahí la idea de una “edad media”, o intermediaria entre los antiguos y ellos mismos. Ahora bien, en nuestros días se tiene otra idea del Renacimiento. Los historiadores explican esa época prodigiosa como una consecuencia del esplendor económico-social y mercantil de los siglos XII al XIV. En efecto, la Europa cristiana, antes de 1492, tenía potentes hombres de negocios como los Fugger, contabilidad doble en Venecia, ganadería y trashumancia en los pastos de Castilla, una agricultura cerealera había arrancado del hambre a una población que aumentaba, industrias y artesanado y capitalismo comercial, debido a los beneficios de nuevas técnicas de negociar y la paz que imponían los señoríos.  En suma, el tiempo oscuro y catastrófico se detiene en el siglo XII. Pero la idea de “una edad intermediaria, es una concepción que los “modernos” establecen en el XVI, para legitimarse. La visión que hoy podemos tener de ese periodo, dado los estudios demográficos y de historia social, nos dan una idea distinta. Es en la llamada Edad Media en la que se asientan las bases de la expansión europea. Al alba del Descubrimiento todo estaba listo para su expansión en el resto del mundo. Desde sus villas y ciudades y la temprana burguesía,  va a emerger el primer  capitalismo. Con la consecuente invasión de otras civilizaciones cuyos modos de producción eran menos dinámicos. Pensemos en India y en China clásicas. Sin duda injusta, pero el fermento de su expansión estaba listo en sus propias entrañas. El Renacimiento es una consecuencia de lo que lo precede, no una ruptura.

Los contemporáneos de Maquiavelo no podían verlo de esa manera. ¿Acaso podríamos decir nosotros mismos bajo qué signo o nombre se calificará, en el porvenir, la época en que vivimos? Nos falta distancia, perspectiva, concedamos que a ellos también. En el “cuatrocientos”, como dicen los historiadores, la idea de una Antigüedad rescatada era estimulante. Significaba apropiarse de una herencia y un saber, de una cultura fundada en el amor por el conocimiento y la libertad del individuo. Sin ironía, visto desde nuestro tiempo, el gran descubrimiento no eran los antiguos sino ese nuevo sujeto social, el individuo. Es ese el punto de vista de Jacob Burckhardt. El gran historiador suizo propuso otra lectura.  El gran secreto de los renacentistas cabe en una sola palabra, es puro voluntarismo (La civilización del Renacimiento en Italia).  Nietzsche hubiera aplaudido. De Colón a Da Vinci, de grandes arquitectos a banqueros, de Miguel Ángel y los Papas que levantan la capilla Sixtina, los hombres con éxito del XVI italiano celebran la gran vitalidad en el arte, la guerra y el conocimiento del hombre. Y ante un éxito, lo celebraban, era un Trionfi, tanto un poema como una fiesta. El Renacimiento fue un punto muy alto de llegada y estuvo ligado a la aparición de individuos, muchos de ellos, de una arrogancia extrema, del Condotiero al navegante que se obstina en llegar al Nuevo Mundo. El signo del tiempo fue la audacia en religión como en política. El concepto abraza a Maquiavelo y a Lutero. Ambos preparan, aunque esgrimiendo razones distintas, el ingreso a la modernidad.

Pero del XII al XV, siglos renacentistas, son también parte de una edad de grandes turbulencias. Muchos periodos de la historia, una nación, un pueblo, pueden sufrir de sucesos antagónicos. Por una parte, un cambio de los tiempos, una explosión del saber humano y humanista. Y a la vez, simultáneamente, un gran desorden político, social, militar. Hay casos, pero son pocos. Acaso nuestro propio tiempo contemporáneo, pero contentémonos por el momento en señalar, antes de caer en comparaciones riesgosas, que con toda certeza uno de los  casos más notorios de antagonismos es la Italia del Renacimiento. Acaso porque era el fin de un tiempo y el comienzo de otro.

Situemos en su tiempo a Maquiavelo. Situar era una de las palabras claves en el pensar de Sartre. Pues bien será el testigo de una época que sobrevaloraba el talento, las artes y las letras, y a la vez, las pequeñas patrias, y él, el patriota de una, muy fragmentada. La Italia de sus días no existía sino como península,  poblada de repúblicas rivales entre sí. Enfeudada a príncipes y a condotieros, Italia era la guerra perpetua. Por una parte, los descubrimientos geográficos y científicos. Por la otra, la constante inestabilidad política. Los gonfaloneros de las inestables repúblicas, eran puestos y depuestos por facciones. No era una guerra de clases como las de la sociedad industrial de Marx. Se enfrentaban igual ricos con ricos.  Así, “mirase por donde se mirase”, dice Marcel Brion, acaso uno de los mejores maquiavelistas, en el mundo del joven Nicolás no se veía  “sino confusión y desorden”. (4) Así, el mundo de Maquiavelo es uno de príncipes, repúblicas, guerras, partidos y facciones y corporaciones armadas hasta los dientes, donde se pasaba fácilmente del oficio de la guerra al comercio, a los grandes negocios y al acceso al poder según las reglas del juego vigentes.  Sobre ese telón de fondo, en donde no faltaban ni tumultos populares ni intrigas palaciegas, se alzaban unas cuantas personalidades. El Príncipe no es un invento maquiavélico sino una rutina del poder. Ni él inventa el uso en negocios como en política de la astucia. Para situar a Maquiavelo, hay que tomar en cuenta dos tipos de operadores políticos de su tiempo. Banqueros y condotieros. Pareciera que algunos de ellos hubiesen dictado, por encima de las espaldas de Maquiavelo, buena parte de sus consejos. Pero no era a ellos a quienes se dirigía, al contrario.

Curiosas repúblicas italianas. Constituidas en ciudades donde convivían a poca distancia social y económica artesanos, grandes comerciantes y banqueros, enfrentadas por el grado de riqueza, a la vez que próximas por derecho común. Dos siglos antes que naciera Maquiavelo, a lo largo del “cuatrocientos”, los florentinos disfrutaban de un sistema democrático, que les permitía oscilar, según Marcel Brion, “en formas alternativas”. Ora las clases pudientes se imponían, ora los más humildes se las arreglaban para establecer alguna “dictadura de las masas”. Facciones, partidos, sustitución de una tendencia por otra, deriva inevitable de la ciudad de una facción a otra, “…y si bien los pobres accedían a los altos cargos del Estado, terminaban por contrariar a todo el mundo y aumentar el número de descontentos”. Esta descripción de Florencia bajo la pluma de Brion, nos debe llamar la atención. Parece la descripción de la vida contemporánea en cualquiera de las sociedades de la América del sur. Por lo demás, los derrocamientos se hacían también en nombre de la vida democrática. En la corta vida de Maquiavelo, hubo por lo menos tres. Un personaje central de ese mundo, que encarnaba el pueblo “grasso”, es decir, los ricos, y era el banquero. Imposible entender a Maquiavelo y su Zeitgeist o aire de tiempo.

Pero no podemos proseguir sin establecer una diferencia entre ese capitalismo comercial y el que conocemos, posterior a la revolución industrial.  Y es la cuestión de la especialización en el mundo del trabajo. Para el capitalismo mercantil no era un asunto imperioso. La separación de tareas de comercio, banca, fábrica, taller y política, son cosas de la burguesía en edad más avanzada, siglos más tarde. En aquel instante no era así. Algunos ejemplos, notables hasta el escándalo. Benvenuto Cellini, escultor, orfebre y escritor, era a sus horas, asesino a sueldo, como relata en un libro que Oscar Wilde consideró uno de los pocos que merecían ser leídos. No cabían en una sola profesión Leonardo da Vinci, ingeniero e inventor, entusiasta arquitecto, desganado pintor e igual pinta la Última Cena como concibe el submarino y el carro de combate. Es un caso sin duda exagerado de renacentista, pero Colón, si ir muy lejos, fue navegante desde la niñez, luego joven cartógrafo en Portugal, después avezado marino y experto en tráfico comercial y por último, en el cenit, ante los Reyes católicos, demandador de títulos de poder político. Supo arrancarles sus privilegios de Almirante de la mar Océano antes de llegar a la desconocida isla Guahanani. Colón era navegante y mil cosas más. Los Medici, no eran, pues, una excepción.

III. Una “nobleza del dinero” (Brion). Los Medici

Esta influyente familia, por el lugar que ocupan socialmente, parece ser nobles. En efecto, tenían junto a tierras y castillos incluso blasones, pero Cosimo de Medici, el fundador de la dinastía, llamado il Vecchio, solía decir que las esferas de oro que le habían puesto en el escudo no era sin el recuerdo de las pastillas que su padre, un apoticario, daba a sus clientes para curarse el hígado o los pulmones. En realidad era una familia muy extensa, con diversas ramas. Su oficio esencial era el de ser banqueros. Pero quizá convenga señalar que ostentar ese título, para nosotros, que vivimos en una era en que hay millares de bancos, no nos dice gran cosa. En realidad, está fuera de nuestra imaginación apreciar qué era un banquero renacentista. Hay que partir de la prosperidad de esas villas y ciudades en esa Italia afortunada. De un capitalismo comercial más extenso de lo que podemos imaginamos, anterior a la explotación de las Indias y de África, anterior al capitalismo puritano que describe Weber. En el XV, ricos y no ricos italianos se dedicaban al comercio de larga distancia, es decir, el Oriente; comercio de seda, oro, plata, piedras preciosas. Además exportaban las telas inglesas de lana, o sea, el comercio vinculaba Florencia con Brujas al norte, Milán, Londres, y de retorno, con Pisa, Venecia, de modo que los bancos era internacionales. El mapa de Europa exhibe entonces las sucursales de una burguesía en pleno crecimiento cuyos bancos, situados en Amberes o en Florencia, manejaban centenares de monedas distintas. La figura del cambista aparece en los cuadros de los pintores de ese tiempo. Para los que piensen que la globalización es de nuestros días estos datos pueden llevarlos a corregir algunos criterios. Conviene decir que en el caso de Florencia, los Medici invertían su dinero en tierras agrícolas, y en el préstamo a particulares. Con almacenes de seda florentinos, y el banco de Cosme el viejo, fundador de la casa Medici, la ilustre familia atemperaba la envidia que despertaba con obras benéficas. Lo que conocemos como mecenazgo. Los Medici, como sus rivales florentinos, los Albizzi, no eran tampoco una nobleza tradicional. No le debían nada a Reyes ni Emperadores, al contrario, les prestaban dineros. Dominaban Señoríos y no Feudos. Pero tampoco eran como la burguesía criolla-colonial hispanoamericana que compraba títulos en Castilla. Y que no fueron ni por completo una nobleza, ni por completo una burguesía. Oidores y miembros del Consulado, a lo más (El Callao estaba muy aislado como para intentar un comercio a gran escala como en el Mediterráneo).

Lo que había hecho a los Medici era el dinero y no la espada, señala Marcel Brion. Y destaca entonces sus orígenes ciudadanos y comerciantes. Son el resultado “…del sentido de los negocios, sus relaciones internacionales, su experiencia política”. (5) Por el estilo eran los Pazzi, enemigos de los Medici, cuyo banco se hizo rico cuando manejó los asuntos papales. También los Albizzi y los Strozzi que detestaban tanto a los Medici que se exiliaron a Nápoles, montaron su propio banco, retornaron, compraron todos los inmuebles cercanos a los Medici, y construyeron un formidable Palacio, el Palazzo Strozzi, que hasta el día de hoy es joya arquitectónica que se muestra al visitante. ¿Por qué los Medici, además del dinero, fueron tan poderosos? Parece que el fundador, “el viejo”, se las arregló para montar un sistema patrimonialista por debajo de las instituciones republicanas, que consistía en copar con personal que le debía favores la administración de Florencia. Cuando llegaron a poseer el de Gonfalonero de por vida, habían obtenido el máximo de poder, pero entonces se introdujo en su camino Piero Soderini. Un republicano y, a la vez, parte de los clanes familiares rivales. Los Soderini eran otra de las familias influyentes. De modo que los 14 años de experiencia republicana de Maquiavelo no fueron sino un paréntesis. Los Medici regresan pero no por obra de un ejército propio sino apoyados por los españoles. Lo que en términos militares de la época equivaldría a ser impuesto presidente con la ayuda de la infantería de la marina americana. Un exceso. Las lanzas españolas eran lo mejor de Europa, hasta que las derrotan en Flandes. (Siempre he sostenido que la primera independencia contra España es la de Holanda.)

IV. Los condotieros. Soldados de fortuna y la privatización de la guerra

 

Tan importantes como los poderosos banqueros florentinos son los condotieros.  El oficio viene de una palabra, condotta. Quiere decir un acuerdo o contrato de un soldado mercenario con un capitán. Los condotieros eran gente armada de compañías privadas a las que se confiaba la protección de una villa o ciudad, o la guerra abierta a alguna otra república o reino. Había un ‘empresarismo’ de la violencia. Y ejércitos privados, no muy numerosos, entre unas centenas a algunos millares, según la situación. No tenían buena fama. “Los condotieros proporcionaban a quienes les pagaban, en concreto a aquel que le pagaba mejor, sin consideración de simpatía, amistad o vinculación a un hombre o una causa, todo lo que requería para la guerra”. (6) En materia de principios de fidelidad y honor estaban lejos de la antigua caballería de los siglos feudales. Como todo rol social, hubo quien lo inventó, se señala a Alberico da Barbiano, que era un caudillo de guerra de origen noble pero que formó a plebeyos. Con el tiempo, los gentilhombres o hijos o nietos, fueron eliminados de esa corporación de “soldados de fortuna”. A Condotiero ascendía quien podía, por la fuerza del coraje o del vigor, campesinos, panaderos, sirvientes. La antigua nobleza no formaba en sus filas. Tampoco los familiares de ricos banqueros, ni la familia de Maquiavelo, “que se contentaba con un oficio modesto” dice uno de sus biógrafos. Uno de los más célebres condotieros fue Muzio Attendolo, a quien apodaron Sforza por lo violento. Era un campesino que cansado de cultivar una tierra estrecha con sus veinte hermanos, se decidió por ser “soldado de fortuna”. Llegó a ser condestable del reino de Nápoles, dueño de un ejército numeroso, y lega a su hijo, “soldados, tesoros y renombre, además de buenos consejos”. Uno de esos consejos, merece retenerse. “Si tienes tres enemigos, haz las paces con el primero, acuerda una tregua con el segundo y luego cae sobre el tercero y aniquílalo” (p. 43). Por lo visto, el maquiavelismo flotaba en el aire del tiempo. En cuanto a los Sforza, se quedaron un buen rato en posesión de Milán. Poder daban, que con ellos se construyera repúblicas era otra cosa.

Cuando queremos expresar un poder roto y repartido sin orden lo podemos llamar feudalismo. Si alcanza a naciones enteras, se habla de balcanización. Lo de los condotieros supera en fragmentación ambos casos. La Italia que conoce Maquiavelo, su simple contorno, es la de una serie de principados italianos manejados por condotieros. En Perugia reinaba Baglioni. En Rimini, Malatesta. En Bolonia, Bentivolio. ¿Entendemos entonces de dónde provienen los titulares de muchos capítulos del Príncipe? Por ejemplo: De los principados nuevos que se adquieren por las armas (Cap. VII). Pero no todos se adquirían a la fuerza, en ese caso se pone también el prudente Maquiavelo. Cap. XXV: Por qué razón los príncipes han perdido sus estados. Se entiende, también, el examen sin piedad alguna al que se libra en el Cap. XII, sobre Cuántas clases de milicia  existen, y De los soldados mercenarios. No puede ser más claro el pobre Maquiavelo al que cuatro siglos de lecturas, en muchos casos irrealistas, no han reparado en su sensatez. “Las tropas si no son suyas o propias –las del Príncipe– entonces son peligrosas”. ¿Quién se libraría en los tiempos actuales a ser protegido por tropas que no son suyas? “Si un estado se apoya en armas mercenarias” –prosigo con la cita de Maquiavelo – “no estará nunca tranquilo ni seguro, porque estas son desunidas, ambiciosas, indisciplinadas, desleales, y como enemigos viles”. “Roma y Esparta”, añade un tanto caviloso, “estuvieron durante muchos siglos armados y libres”. Lo que está diciendo Maquiavelo, está también en algunos de informes a los “diez”, luego de ver las milicias nacionales de Alemania. Se necesitaba de un cuerpo de milicia profesional y fiel a cada Principado. Lo que quiere decir es una fuerza armada nacional. Es por ese camino que el índice de la mano de Maquiavelo apunta al Estado moderno. Es decir, el Estado es moderno si tiene una fuerza armada que no dependa sino del Estado. Bonaparte, en este pasaje, en el célebre ejemplar de El Príncipe que llevaba en sus viajes, hace esta acotación: “es por ahí por donde se debería comenzar”.

V. De cómo Maquiavelo llega a ser Maquiavelo

Si la política es “la actividad instituyente y autogobernante de los hombres” (Cornelius Castoriadis), ¿cómo se forma el Maquiavelo que conocemos? Ese hombre, personaje menor de la escena florentina —el central es Soderini elevado a Gonfalero de justicia de por vida— va a abrir una brecha en la muralla de las teologías seculares y en los usos canónicos de aquellos que instruían a Reyes y poderosos en la reflexión más bien moralizante de sus deberes. Libros de consejos para príncipes no faltaban. Un género pedagógico precede al Príncipe, millares de páginas con correctas recomendaciones por lo general inaplicables. Tantas obras inútiles por ser sermones como medievales novelas de caballería hubo antes que Cervantes.  ¿Dónde aprende lo que ahora sabemos que sabe?  Su feroz y a la vez realista reducción: “el poder se adquiere, o el poder se guarda”. Lógicamente, el Concilio de Trento lo puso en el índex. Pero no hay enigma en el caso Maquiavelo, ni nosotros vamos ahora a inventarle uno.

¿Quién es Maquiavelo?  Muchas cosas, asumió varios roles, pero por encima de todo, un patriota florentino. ¿Qué es Florencia? Una Señoría, a ratos bajo tutela de familia de banqueros, como los Medici. A ratos una república, como lo eran la república de Génova y la de Venecia. En la bota italiana había mucho más que las ciudades-estado. Vecina a Florencia estaban los estados pontificios cuyo centro era Roma o el Papado. En Italia, hacia el Sur, había tres reinos —el de Sicilia, el de Nápoles y el de Cerdeña— los tres administrados por la corona española de Aragón, en tiempos de Maquiavelo por Fernando el Católico, el esposo de la reina castellana Isabel. Se dice que Fernando, el rey prudente, es uno de los personajes de carne y hueso que inspira el retrato complejo del Príncipe de Nicolás Maquiavelo. Hay debate en la materia.

Otra pregunta que surge de inmediato. ¿Cuál de estas repúblicas era la más poderosa? No precisamente Florencia sino Venecia. La ciudad de los canales no solo era una potencia marítima sino el centro de un impresionante arsenal y una producción industrial. Su orfebrería incomparable, vidrio, brocados para damas, imprenta, armas, atravesaba los mares, en conflicto y en negociación con los turcos, ella misma protegida desde el mar y amurallada por tierra, eje del mundo europeo. Hasta 1492. Políticamente, su geometría en forma de cubo como su Palacio ducal, expresaba un poder muy estable. Ahora bien, es la excepción. ¿Y cuál era la regla? Las otras ciudades estado italianas. Ellas habían accedido a una concepción semejante a las “polis” griegas. Gozaban de autonomía política. Su idea de “comuna”, tan original, merece unas líneas.

La autoridad comunal —y es el caso de Florencia— no obedecía a autoridades externas a la ciudad, nobleza rural, obispos, emperadores. Por dentro,  tenía que acomodarse a intereses contrapuestos, a saber, restos de la antigua nobleza, comerciantes y grandes familias de financieros. Los Medici no eran únicos. En ese terreno tan complejo, actuaban los políticos elegidos para gobernar Florencia, con facultades de lo que llamamos hoy un poder ejecutivo, que no era ilimitado. Una asamblea anual de una oligarquía de unas mil familias ricas y representantes del pueblo, sancionaba o aprobaba las medidas. Este es el cuadro de vida política de Maquiavelo donde hay que situarlo. En el ejercicio diario de su oficio de consejero, en el espacio de unos y otros límites, es donde aprende lo que aprende. Qué es política y qué es el hombre. ¿Se entiende, entonces, los cálculos y precauciones que propone al Príncipe? Tanto la audacia como la prudencia. “Es indispensable, pues, ser zorra para conocer las trampas y león para asustar a los lobos” (El Príncipe, Capítulo XVIII).

A. Del compromiso político al arte de observar

 

Maquiavelo se destina desde sus inicios, a no tener una vida de comerciante o mercader, a ser un “mechanici”. Aunque fuera la mejor manera de llegar a ser rico en Florencia. Era un latinista, un letrado, pero hombre de una facción o partido, y es así como llega a la Cancillería. En junio de 1498, a los 29 años, como un demócrata, de los que dirigía Soderini. El hecho no era arbitrario. Las “comunas”, es decir, en las repúblicas italianas se había instalado una tendencia que por todas partes aspiraba al poder personal. Ahora bien, Florencia tenía sus responsabilidades, no era Venecia pero sí el centro de un gran espacio geográfico. Esa tendencia hacia un poder personal (o sea, un Príncipe) toma la forma florentina de un Gonfalonero de por vida. El que lleva la divisa de guerra. En otros lugares, como en Milán, fue la de un Ducado. Otros adoptan la forma de un podesta. Que quiere decir el “paciere”, el moderador. ¿Formas de un poder absoluto? No del todo. Era el Imperio (austriaco) el que reconocía finalmente unas y otras formas de autonomía. Es una lástima que en tantos y tantos estudios sobre Maquiavelo, no se tomen el trabajo de explicar su circunstancia. Como se puede ver, era extremadamente compleja. El Gonfalonero al que sirve, es decir ese personaje que conocemos como Soderini, no es ni un tirano ni un usurpador, ni un invento ilegítimo del uso del poder. El principado era una institución y una costumbre; en un mundo marcado por la latinidad, resultaba un esfuerzo por tener cónsules como los antiguos romanos. Tenían contrapoderes —una asamblea— pero no podían estar convocándola todo el tiempo. La situación de guerra permanente de Italia hace del mando único una necesidad. El principado no lo inspira algún dogma teológico o ideológico, como es el caso de nuestros días. Lo inspira, a los renacentistas, la realidad. De alguna manera, en el tiempo de Maquiavelo, todo el mundo era un poco maquiavelista. Se buscaba una política práctica. De la misma manera como Galileo apunta su luneta sobre la luna para revelar que tenía cráteres y defectos.

Sobre las consecuencias  de exagerar la aplicación de valores teológicos, algo en su tiempo había ocurrido que desanimaba. Los habitantes de Florencia y Maquiavelo habían sido testigos de la experiencia desastrosa del monje dominico Savaranola y sus adeptos. Soderini y Maquiavelo llegaban al poder legal después que el fanático monje. Ambos sabían que los fanáticos religiosos eran un riesgo pero también los “partidarios de mentiras”, así califican al grupo de presión de los comerciantes locales. Ambos, el Gonfalonero y el Secretario de la república, no habían sido del todo hostiles a los Medici, en efecto, Lorenzo que había llevado a cabo un gobierno de equilibrios.  Maquiavelo sabe, pues, que no podía ni faltar ni aceptar a las poderosas familias florentinas en disputa frecuente, rivales unas de otras. Tampoco pierde el tiempo en buscar equilibrios constitucionales; no era un jurista, gracias a Dios. Lo que cuenta son sus actividades, que lo conducen a una teoría. Pero después del fatídico año de 1512.

Maquiavelo no va a ser, pues, un simple funcionario en la segunda Cancillería. Aunque en los hechos  dependerá del “consejo de los Diez”, el poder permanente de la ciudad. Lo van a enviar fuera de Florencia a constantes misiones. Esas misiones le venían como anillo al dedo. Le permiten observar y en algunos casos, a actuar. Conviene que pongamos aquí en orden cronológico esas tareas que se le confiaron. A partir de 1499 hasta 1511. La primera, como embajador a Piombino e Imola. En 1500 es comisario en Pistoia, más adelante veremos cómo resolvió los problemas de esa ciudad. Ese mismo año es enviado ante el rey de Francia. En 1502 tiene legación o cargo representativo en Siena. El mismo año vuelve a Pistoia y va a Bolonia. Y es embajador ante César Borgia. Al año siguiente, una segunda legación ante la corte francesa. Y luego, en 1505 va a Mantua, Perugia y Pisa. En 1507, misiones en Siena y Tirol; a Pisa lo envían dos veces más. Otra vez a Francia en 1510, y en 1511, otra vez a Siena. El va a describir minuciosamente cada caso mediante informes redactados en italiano. Deja de ser funcionario en 1513. Lo apresan, lo acusan de conspiraciones, lo agravan físicamente. Y luego parte a vivir desterrado de Florencia.

El método de Maquiavelo fue la observación y el realismo. Destacaremos algunos de esos informes. Sobre Pisa, sobre los acontecimientos en esa ciudad, lo llevan a que un uso resuelto de la fuerza era la solución y no como se había comportado la Señoría anteriormente, la encuentra indecisa (Discorso sopra le cose di Pisa, 1499).  En los viajes hay dos modelos políticos que respeta. El de Alemania, le parece rural y pobre, pero libre y armada. Ha visto, según los eruditos, solamente la Alemania del sur, el Tirol, y Suiza. O sea, las regiones alpinas (Ritratto delle cose della Magna, 1508). Por lo demás, el poder imperial de Maximiliano se asienta sobre una heterogeneidad extrema, y no todo es bueno en ese soberano: es gastador. Aprecia el reino de Francia, su tradición nacional ya desde entonces vigente, el equilibrio entre Corona y nobleza y la calidad de los arqueros franceses. A su sistema político lo trata de “monarquía civil”, y lo compara con el despotismo turco, por los inmensos poderes que posee (Ritratto delle cose di Francia 1510). ¿Era ese tipo de unidad monárquica que se imponía a feudalidades y comerciantes el que hubiese deseado para toda Italia? La idea de una milicia pagada por la Señoría es algo que se le ocurre, desde entonces, y lo propone como proyecto a sus autoridades (Discorso de I’ordinare lo Stato di Firenze alle armi, 1506). Tiene idea extraordinaria, movilizar a los campesinos y crear una milicia propia, dejando de pagar condotieros. Dice muchas otras cosas. Sobre el rey aragonés Fernando que admira por su tacañería. Años después, en El Príncipe, criticará a los manirrotos. Conoce a los Papas Alejandro VI y Julio II, y los describe enérgicos, implacables con sus rivales, de temer. Ya está trotando en su cabeza la idea de virtù, que no es concepto moral sino el tener carácter, como el de un romano antiguo. Idea que entonces calla y solo expone en los años de exilio. En 1521, se editará el libro suyo sobre la guerra (Dell’arte della guerra).

El caso más claro de cómo esos viajes forman políticamente al consejero Nicolás Maquiavelo es su descripción del duque de Valentino, o sea, de César Borgia. No hay duda que queda impresionado. Acaso el secreto de quien inspira finalmente la figura arquetípica del Príncipe, como hombre que reacciona y triunfa, está en ese informe: Descrizione del modo tenuto dal duca Valentino nell’ammazzare Vi tellozzo Vitelli. Es un escrito del año 1503. ¿De qué trata? Es una suerte de relato del enfrentamiento de dos condotieros, Vitelli y Borgia. Y vence el más astuto. Según la versión de Maquiavelo, que probablemente es fiel a los hechos, Borgia decide vencer a Vitelli, al que teme. Lleva a sus hombres hasta unos bosque donde les impone esperarlo; va al lugar donde ha acampado Vitelli, se presenta solo y sin armas, y es recibido con el asombro de todos. Vitelli, en gran señor, convoca a un banquete. Borgia asiste, hay otros banquetes, y en ellos, César Borgia se muestra como el más depravado. Los mercenarios habían invitado a prostitutas de las ciudades vecinas y la juerga fue interminable. Al fin de cuentas, hasta el último hombre de Vitelli queda convencido que César Borgia es el más disoluto de los hombres, y que no vale nada. Entonces César toma su caballo, deja tranquilamente el campamento de sus rivales, llega al bosque donde lo esperaban desde hace días sus hombres, dejan pasar la noche, y en la madrugada caen como fieras sobre el desprevenido Vitelli y su hueste. Los aniquilan. Maquiavelo admira el aplomo de César, su oportunismo, y el uso de armas blancas, “armi propie”.  Ese tema de la ejecución con rapidez y armas limpias regresa a menudo a su pluma. ¿El mal, si hay que hacerlo, se hace pronto y rápido? ¿Entendemos dónde están las raíces de El Príncipe? En la inmediatez de su autor, en la terrible realidad de la Italia del siglo XVI. Y en el sino de inestabilidad permanente de las políticas de Estado, unos quinientos años después. ¿O han desaparecido los ejércitos de este mundo? ¿Las precauciones de unos y otros Estados para no ser atacados o sometidos?  Para Italia no quiere esa violencia de los condotieros. El reconocer el coraje de César Borgia, no le impide pensar que el sistema de mercenarios, aun si los dirigen gente como Borgia o Sforza, no es lo mejor para las repúblicas.

B. ¿Un pensamiento nuevo o el fruto de unas circunstancias?

 

Para comprender a Maquiavelo no hay que separarlo de su circunstancia. Sus escritos no fueron la obra deliberada de un humanista, como en el caso de Guicciardini, otro gran pensador de su tiempo, pero sin la pasión por la política de Maquiavelo. Tampoco tuvo los privilegios de Juan Botero, más tardío, nacido en 1533 y muerto en 1617, que trabaja sobre la idea de la razón de Estado, una de las herencias de Maquiavelo. Hay una gran soledad en el caso de Maquiavelo, es el primero de su especie. Hay una quiebra en su vida, la errancia. Y no por azar. Maquiavelo propone una idea de la política sin certezas definitivas. Piensa antes que Bodin, antes que Botero y Guicciardini, y aunque sea obvio hay que decirlo, mucho antes que existiera lo que ahora llamamos “ciencias políticas”. Y no podemos llegar a reprochar a Maquiavelo el no tomar en cuenta unas ciencias de las que resulta el inesperado fundador.

Hombre de letras, aprende gramática a los siete años y latín desde los doce.  Escritor, escribe comedias cuando es arrojado de Florencia, también un libro sobre historia de la ciudad que lo había desterrado, escrito sin ánimo de venganza, su “circunstancia” le lleva a escribir obras políticas que lo hacen padre del maquiavelismo, a pesar de sus deseos, como se dice en francés malgré lui. Extraño destino, ni le dieron las gracias por los servicios prestados al Estado de Florencia, ni se supo de inmediato apreciar sus talentos. En muchos aspectos se anticipó. Algunos han dicho que inaugura una psicología experimental, porque en sus análisis de personajes admite que los hombres pueden ser malvados, y los estudia. En sus consejos a los príncipes les recuerda que cada individuo tiene emociones, y sobre todo, ambiciones.  Demasiado nuevo para muchos, ese deseo suyo de “estar atento a la realidad de las cosas”, y observar las pasiones humanas, lo hace el primero de los modernos. Antes que Hobbes. Antes que Rousseau. Pero como dice Jean-François Duvernoy, por la sinceridad de su escritura, a la vez “el último de los antiguos” (Encyclopædia Universalis). Quinientos años son poco para enterrarlo,  como son vanos más de dos mil para que dejemos de considerar a Platón como un contemporáneo. Esto dice mucho a favor de ambos, y muy poco de nuestra condición humana que no ha resuelto el problema de cómo vivir juntos sin despedazarnos. O sea de cómo separar política de la idea de guerra. Vivimos todavía en una permanente guerra civil. Recuerdo en este instante algo de un Marx malhumorado: “no hemos terminado de salir de la prehistoria”.

 

VI. El Príncipe. Ni manual, ni tratado

 

El Príncipe lo escribe Maquiavelo cuando ya no es parte de los asuntos de Florencia. Después de “quince años  de república que ha pasado en cultivar el arte de la guerra”, como le dice a su amigo Francesco Vettori en una de las primeras cartas de cuando ya no está en las gracias del poder (Encyclopædia Universalis). Esos años, como hemos dicho en líneas anteriores, se las ha pasado en viajes diplomáticos. Felizmente para la historia de la vida política, dice Duvernoy, en el mismo artículo de la Encyclopædia, va a conocer un largo período de distanciamiento, fruto del cual, los libros que conocemos. Hay una ruptura dolorosa con la realidad, pero una vez más, Maquiavelo no hace lo que muchos han hecho, obra de amarga memoria, disgustada, acerba. No es que el género no se preste a grandes obras, por la misma época Cellini contaba lo suyo, desde sus vicios a retratos de Papa, o “Las confesiones” de Rousseau, o “Las Memorias” del conde Saint-Simon. Conocemos, entre las amargas y brillantes, las del político y filósofo mexicano, José Vasconcelos, Ulises criollo. Pero Maquiavelo, exsecretario de la república de Florencia, sigue discreto incluso en la desgracia. Prefiere el retrato de la política que el suyo. Este meditado silencio es elocuente.  Es el arte de la guerra y el arte de la política. En dos fechas cambia el destino de Florencia. En 1494 y en 1512. En la primera fecha, son tropas francesas las que expulsan a los Medici. En la segunda, a la familia Medici la imponen tropas españolas. Es la lógica de la guerra. Para Soderini es el fin de una vida florentina, pero no de su carrera política. Vive en Dalmacia, hasta que León X hecho Papa, lo llama a diversos servicios.  “No era muy letrado”, dice uno que lo conocía. El letrado es Maquiavelo, para fortuna nuestra. De Soderini no sabemos mucho, ni sabremos, era un operador. De las peripecias, pasa a un arte mayor, acaso sin desearlo.

Con El Príncipe tengo una relación especial, la del profesor de ciencias políticas. Maquiavelo está en el sílabo de mis cursos y comienzo entonces la explicación de su tiempo, es decir desde el contorno y luego sus ideas, las páginas claves de sus dos libros, y qué es virtud y qué es fortuna en el aguzado criterio del florentino. Todo esto ante el aire de escepticismo de mis oyentes. ¿Cómo un libro tan lejano y que trata de una ciudad- estado del XVI puede ayudar a comprender la política de sociedades tan vastas como las actuales? Y poco a poco, los semblantes comienzan a cambiar, apenas la lectura de unas líneas de Maquiavelo y el nexo con el presente se establece. “Los hombres cambian de señor creyendo mejorar ”,dice el texto (Cap. III), y se echan a pensar en sus propios y contemporáneos desengaños tras la victoria electoral de algún político nacional que no cumplió lo prometido. Otros, más conservadores prestan atención al capítulo XXIV, “porque se pierden los estados”. Y todos unánimemente fascinados, enfrentan el dilema insoluble que propone a los mortales Maquiavelo: “si es mejor ser amado que temido”. Cuando ingresamos al consejo de que los príncipes no tienen porque mantener la palabra dada, la sala se divide entre los que desaprueban que la realpolitik predomine sobre los principios, y los que por el contrario descubren con alegría que un poco de realismo no viene mal a nadie. La obra fascina porque es un tratado del poder que se parece demasiado a la condición humana para dejar de ser de actualidad. ¿Será, también, que el libro diserta sin absolutos? He notado que los espíritus menos flexibles son los que más los disgusta El Príncipe. A la vez son los más inseguros, los que buscan verdades definitivas. El eclecticismo de Maquiavelo los irrita.

Es cierto que Maquiavelo comienza clasificando los Estados, entre los principados que se heredan, los que se toman, los que se adquieren con las armas o con delitos. Desde el Cap. XII al XV, se dedica a cuestiones militares, lo que no desmerece la atención de los alumnos, quien dice guerra dice que no hay seguridad ni de perderla ni ganarla. Poco a poco, se va entendiendo que el tema del poder toca lo inestable. No sorprende a nadie, pues, que se ingrese a los capítulos donde están los consejos que Maquiavelo da al político para que guarde el poder, Cap. XV al XXIII. El político, entonces, es parte de ese mismo azar al cual debe enfrentarse, no es un líder infalible ni el representante de Dios en la tierra. Puede errar, combatir por ejemplo la religión, que Maquiavelo enseña a respetar al tiempo de no fiarse demasiado de sus representantes. Siempre hay discusión cuando abordamos sus consejos más atrevidos, el príncipe debe aprender a manipular para que no lo manipulen. En todo caso, queda claro que no debe pensar en ningún momento que las fuerzas antagónicas que habitan la sociedad van a cesar de existir. Maquiavelo enseña a aceptar el conflicto, con la misma serenidad que un marino aprende a que hay súbitas marejadas y tempestades. Y como no todo puede estar previsto, debe saber actuar de inmediato.  Tampoco debe ser un temerario, hay batallas que no deben darse.

¿La política como una práctica del poder? Acaso, en permanente modificación. Es por eso que no envejece. El orden, la libertad, el derecho, la paz misma, no se dan para siempre. A diferencia de otros manuales, no hay finalidad. No es Platón, no hay república ideal. Seguirá produciendo escándalo, pero un gran Diccionario lo dice con rotundidad: “…Pero si se olvida alguien de la eficacia, aquel que quisiera conservar sus manos limpias y el alma pura, no sabría lo que buscaba”. (7)

Las ideas claves. Virtù y Fortuna

Como todo pensador, en Maquiavelo hay algunos conceptos precisos y en su caso, de uso original. Ellos son el de virtud y el de fortuna. El concepto de virtud tiene varios sentidos, corrientemente lo asignamos a la disposición de una persona para comportarse dentro de la moral, pero también decimos, “en virtud de”. Y es en este sentido que nos acercamos al contenido que le da Maquiavelo. El tener la fuerza para hacer algo. La virtud en política como en la guerra sería una facultad para actuar. Una capacidad innata para reaccionar. Los ejemplos los toma de la historia de la República romana. Cuando escribe en particular los “Discursos”, las preguntas que lo habitan son graves. Se pregunta sobre Italia de sus días y a la vez sobre Roma. “De dónde obtenía la República romana ese vigor, que tanto le faltaba a la República florentina y a la Italia del Renacimiento en general? ¿Cómo resucitar la virtù de los antiguos romanos? ¿En qué condiciones puede un jefe pretender organizar a un pueblo o un Estado? Roma es, pues, para Maquiavelo, la referencia central” (en: Diccionario de las mil obras clave del pensamiento, Denis Huisman). Pero como dice el mismo texto que citamos, no hay nostalgia del pasado romano, “le interesa lo nuevo”. Y entonces el otro concepto se vuelve decisivo, acaso más.

Una diosa antigua es invocada en sus libros, la diosa Fortuna. Es decir, el azar, lo imprevisto, el vaivén de las cosas, los cambios. La diosa, como se sabe, es cruel, señora del capricho, encarnación de lo contingente, viene de Homero, los dioses griegos jugaban con los mortales, deciden condenar a Ulises a una larga errancia. El tema ocupa el Cap. XXV, y entonces es algo ineluctable que rige el mundo, “lo quiere Dios y la Fortuna”, fuerza implacable y recurre a una imagen: “como uno de esos ríos torrenciales que cuando se enfurecen destrozan árboles y edificios”. Pero luego reflexiona. “¿No se ha visto acaso príncipes que prosperan y caen mañana?”  Una posibilidad, piensa Maquiavelo,  “es acomodarse a las circunstancias”. Y más adelante, en el mismo capítulo «considera que es mejor ser impetuoso que precavido». “Porque la fortuna es mujer”. La política entonces son situaciones. Nunca nada esta perdido ni ganado por entero. Algunos reconocen en este razonamiento un saludo al principio del libre albedrío. Otros, una idea de la libertad humana. Una idea que engrandece al hombre porque en varios pasajes expresa su escepticismo a que se le puede rectificar a la Fortuna con la acción humana. Pero precisamente, el status mismo de lo político radica en ese combate contra la adversidad. Resistir al destino hace que Maquiavelo tienda un puente entre la antigua tragedia griega y los dramas contemporáneos. Toda una teoría del ‘decisionismo’ se esconde en este tema dual virtù/fortuna. Esta no es sino los problemas que el político debe enfrentar. La virtù, traducción de energía, de heroísmo. Algunos añaden de eficacia. No me parece. En este aspecto, Maquiavelo prefiere la acción, aunque nada garantice sus resultados. No era un contemplativo.

 

VII. Discursos sobre la primera década de Tito Livio, 1531. El republicano

La profesora Ana María Arancón, en la presentación de los “Discursos”, en la edición española de Alianza Editorial, no deja dudas en la materia: “Los Discursos son la obra de teoría política más ambiciosa de Maquiavelo. Y luego: “Tratan fundamentalmente de la República”. Sin embargo, al inicio de este trabajo nos hacemos una pregunta. ¿Por qué seguimos leyendo a Maquiavelo 500 años más tarde? En esa cuestión hay un error de base. Leemos El Príncipe. Los “Discursos” son menos frecuentados. Como señala el Diccionario de David Huisman: “[…] escritos en un lenguaje admirable, los Discursos sobre la primera década de Tito Livio no han ejercido jamás sobre la posteridad la fascinación que El Príncipe tuvo y continúa teniendo” (p. 205).

Ambos libros nacen del mismo autor y en las mismas circunstancias, es decir, en la inactividad al que lo condenan los Medici. Y con las mismas intenciones, el análisis del quehacer político. El exiliado en San Casiano, “un pueblo en un mar de olivos” dicen hoy las guías de turismo,  padre a tiempo completo de sus cinco hijos y en compañía de la esposa, Marietta, apartado de la cortesana Florencia, en plena campiña, redacta sus dos célebres libros, mientras alterna “con campesinos y carreteros” como le confiesa a Francesco Vettori, viejo amigo cómplice de sus aventuras de cuando iban a convencer a condotieros inestables que siguieran fieles a la Señoría. Mucho sabemos gracias a esas cartas, del ánimo de Maquiavelo en esos años que fueron largos. Sabemos también que arrancó escribiendo los “Discursos”, luego se detuvo y emprendió la redacción de El Príncipe para volver a su primer propósito, a un libro más largo, meditado, y ambos, listos en el 1516, los presenta a Lorenzo Medici, que lleva el mismo nombre que el otro, “el Magnífico”, pero sin respuesta alguna. Ambos libros nacen juntos pero son distintos. Están entrelazados, pero son diferentes. El Príncipe tiene 27 capítulos y 150 páginas. Los “Discursos”, 454 páginas (en Alianza Editorial). Como señalan en el prólogo Ana María Arancón, “el tono es más moderado, el estilo reflexivo”.

La lectura y estudio de esta obra de Maquiavelo es, pues, necesaria. Si Maquiavelo es el creador de la idea de un orden político autónomo, como postula Adrian Jmelnizky (Buenos Aires, 2000), si ha interesado a sociólogos como Michel Crozier, preocupado por los sistemas institucionales en general, o por el actor político como Claude Lefort / Alain Touraine, es porque el maquiavelismo de Maquiavelo apunta a un concepto mayor del poder que se desenvuelve más bien en las páginas de los “Discursos”. El análisis puede ser extenso, me limitaré a cuatro puntos. Una atingencia. Organizado su libro en tres partes (I, II, III) citaremos puntualmente los textos escogidos, pero no seguiremos el orden del autor. Los párrafos de Maquiavelo que a continuación comentamos, son los que nos parecen más significativos para nuestro tiempo. Cada lector, cada tiempo retiene en un texto clásico algunos puntos y no otros. Son los privilegios de la posteridad.

En primer lugar, pues, la preferencia de Maquiavelo en los “Discursos” por las repúblicas y no tanto por los príncipes. Siempre lo tiene, sigue dando consejos, pero aparecen otros contenidos. “Una república tiene una vida más larga y conserva por más tiempo su buena suerte que un principado”. Ahora bien, si la preocupación mayor en Maquiavelo consejero político era la estabilidad, se comprende el enorme alcance de esta afirmación (libro III, 9, p. 349, ed. Alianza Editorial, 2005). ¿Las razones que invoca? La idea que los republicanos sobreviven con más frecuencia a sus príncipes es muy de Maquiavelo — “pueden adaptarse mejor a la diversidad de las circunstancias” sostiene en la misma página—, en cambio un príncipe puede que no, el Príncipe “está acostumbrado a obras de una manera, no cambia nunca… y necesariamente fracasará cuando los tiempos no sean conformes con su modo de actuar”. No insultaré la inteligencia del lector poniendo ejemplos de jefes de Estado que no lograron evitar su caída, en gran parte, por obstinación personal. Pero no puedo dejar de mencionar que en esa misma página, Maquiavelo se refiere a su antiguo jefe, Soderini, cierto, con “cariño” dicen los editores, pero bajo la forma de un halago que es también reproche. Insinúa alguna discrepancia, ¿tal vez algún consejo que el Secretario dio al Gonfalonero y que este desaprovechó? Eso parece.

No es el único pasaje de los “Discursos” donde Maquiavelo prefiere la idea republicana. En el libro II, inciso 2, hay un elogio a las ciudades de Atenas y de Roma. Con Maquiavelo una cita del pasado no es historia, sino un uso presentista, para contrastar con el flácido presente que le ha tocado vivir, la Italia de sus años. “Es algo verdaderamente maravilloso considerar a cuánta grandeza llegó Atenas por espacio de cien años, porque se liberó de la tiranía de Pisístrato. Pero lo más maravilloso de todo es contemplar cuánta grandeza alcanzó Roma después de liberarse de sus reyes”. El Pisístrato de su tiempo vienen a ser los entrometidos Medici y los reyes extraños, el de Francia o el de España que ponen y sacan Gonfaloneros en los principados. Pero lo que sigue es extremadamente importante: “La causa (de la grandeza) es fácil de entender: porque lo que hace grandes las ciudades no es el bien particular, sino el bien común. Y sin duda este bien común, no se logra más que en las repúblicas”. Si la preferencia de Maquiavelo por un gobierno republicano sin príncipes deja todavía lugar a la duda, lo que sigue es contundente: “Lo contrario (el bien común) sucede con los príncipes, pues la mayoría de las veces lo que hacen por sí mismos perjudica a la ciudad, y lo que hacen para la ciudad les perjudica a ellos”. Se ha dicho con demasiada frecuencia que el estilo de Maquiavelo es elíptico. Pero en este caso no lo es. Uno puede preguntarse si este autor es el mismo que escribe El Príncipe. Incluso esta vez Maquiavelo se pone en el caso que “se tenga la suerte de tener en el poder un tirano virtuoso”. Supongamos, dice, “que tenga valor y fuerza para extender el poder de la ciudad”. ¿Qué pasaría? En su argumentación se ha puesto en lo que se llama un razonamiento por el absurdo, el tirano virtuoso, un regalo de los dioses. Pero piensa que “no resultará útil para el país, sino sólo para él”. Sus súbditos, aunque sea bueno y valioso, “sospecharán de él”. Luego el resto del texto se dedica a dar ejemplos tanto del pasado como del presente, de lo que afirma. En las líneas citadas, Maquiavelo había hecho, de alguna manera, su adiós a los príncipes.

En segundo lugar se sitúa el tema religioso. Maquiavelo compara el efecto de la antigua religión de los romanos con la de los italianos de su tiempo, cristianos. Roma es la referencia central de Maquiavelo de cómo una religión formaba el carácter, y no lo debilitaba. Maquiavelo no dice que hay que volver a los antiguos cultos paganos. Le repugnan por lo visto, la matanza de gran cantidad de animales, y le repugnan el sacrificio, la sangre, la ferocidad de esos espectáculos. Pero advierte, siendo terrible ese ritual, “modelaba a los hombres a su imagen”. Considera que “esos hombres amaban más la libertad porque eran más fuertes, y eran más arrojados en sus actos”.  Estamos ante una página de sociología de las religiones. Maquiavelo procede como si fuese Max Weber, partiendo, literalmente, “de la diferencia entre nuestra educación y la de los antiguos, está fundada en la diversidad de ambas religiones”. Está claro, la religión cristiana, “nuestra religión” —dice— “muestra la verdad y el camino verdadero”. No abjura de su cristianismo, pero se pregunta por las consecuencias sociales que esa misma religión provoca. ¿No es esa la postura de un sociólogo de nuestros días? ¿Estudiar la interacción de unas creencias y ritos con la mentalidad o “el espíritu” de un tiempo, como habría dicho Weber? No, Maquiavelo no va a estudiar qué tipo de economía resulta posible con una u otra religión, la antigua, es decir la romana, brutal pero formativa de guerreros y hombres de ley, o la que vivía, la cristiana. Hay un reproche a las consecuencias sociales del cristianismo. Glorifica, dice, más a los hombres contemplativos que a los activos. Estima menos los honores mundanos. Pone el acento, la cristiana, en “la humildad, la abyección y el desprecio de las cosas humanas”. Mientras que la otra, dice, se entiende la religión cívica de la Roma antigua, “ …la ponía en la grandeza de ánimo, en la fortaleza corporal y en todas las cosas adecuadas para hacer fuertes a los hombres”. ¿Estilo elíptico el de Maquiavelo?  “Cuando nuestra religión”  —dice— “te pide que tengas fortaleza, quiere decir que seas capaz de soportar, no de hacer un acto de fuerza”. Y su conclusión es de nuevo contundente: “este modo de vivir parece que ha debilitado al mundo” (Libro II, 2, p. 199). Esta culpabilidad moral, la de la “debilidad”, se repite en otros pasajes. “Debilidad a la que ha conducido la presente religión” (libro I, 1,  p. 28). Entonces, las objeciones a la Roma cristiana, a los Papas y hombres de sotana, no son como se ha dicho por su intervencionismo. Esta sería una objeción diplomática y política, no. Eso hace a Maquiavelo un anticlerical, lo cual resulta corto, dado lo que explicamos. Se puede ser creyente y anticlerical, o sea, creyente pero opuesto a que la Iglesia, fuese la que fuese, extienda el poder religioso sobre el político. Pero en estos postulados de Maquiavelo hay otra cosa. Estamos ante una resistencia mayor, de fondo, filosófica y educativa. No es casual que la última cita que hemos hecho condena que “las provincias cristianas” —dice— “no tengan verdadero conocimiento de la historia”. Y es esta ausencia de estudios y lecciones de historia, no de historia de los padres de la iglesia o bíblicos, sino de la historia humana, es lo que falta. Es por eso que se ha puesto a estudiar y a resucitar prácticamente ¡los libros de Tito Livio! (inciso 1, p. 29). Conocer las cosas antiguas y modernas es su reclamo de renacentista. Estamos a un paso de la educación laica de los republicanos franceses del 1789, y a las iras de Nietzsche ante un cristianismo que “entristece el mundo”. Por lo demás, para Maquiavelo, la ruina de su amada Italia se explica porque ha sido olvidada la antigua virtù. Las virtudes cristianas debilitan la acción política. Se entiende que la Iglesia no solo no lo aprobase sino que persiguió sus papeles aun peor que si los hubiese escrito el monje Lutero.

El tercer campo de postulados e ideas gira sobre varios conceptos que Maquiavelo usa indistintamente: pueblo, plebe, multitud.  Bien mirado, son estos y la idea de república, el tema central de los “Discursos”. Un contenido más ancho y social que los consejos que se da a un individuo, aunque fuese un príncipe.  En diversas ocasiones. Para decir “que los defectos de los pueblos tienen su origen en los príncipes” (Libro III, 29, p. 30). O que “la plebe reunida es valiente, dispersa es débil”. Ahora bien, una y otra alusión, va en desmedro del príncipe. No es un asunto de que así lo esté yo, el que escribe, interpretando. Es contenido literal: “La multitud es más sabia y constante que un príncipe” (Libro I, 58, p. 174). El recurso de Maquiavelo es tomar todos sus ejemplos en Roma, en la obra de Tito Livio, para un buen entendedor. Sin duda alguna el término tuvo y tiene una aguda polisemia, recubre sentidos distintos. En Maquiavelo no es el demos de los griegos lo que daba un valor político bien preciso, y tampoco es el populus y la gens de los latinos. Lo de plebe es muy revelador, viene directamente del latín y quiere decir en Florencia como en la Roma antigua, el conglomerado externo a las grandes familias, según el latinista Gaius (120-180) que he consultado (Institutes, I, 3). Plebe en Maquiavelo es eso, el pueblo llano, anónimo, la masa popular. Y le interesa y le intriga, por los conflictos que provoca. No la condena, no la aplaude. Está en las páginas de los “Discursos”. Y sobre su comportamiento, Maquiavelo fiel a sí mismo, tiene una opinión matizada. Por un lado, es algo que cuenta, y hay que intentar persuadirlo. Pero no lo exalta, como del Príncipe, también desconfía. Puede tomar decisiones, y arruinarse. No ha asistido a nuestros procesos electorales, pero como si hubiese estado presente. “Cuando la suerte quiere que el pueblo no confíe en nadie, como a veces ocurre, entonces, engañado por una mala visión de las cosas o de los hombres, necesariamente se dirige a su ruina” (Libro I, 53, p. 163).

Estos tres espacios de sentido me parecen esenciales en la lectura de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio de Maquiavelo. El cuarto punto es, nada menos, cómo le fue al mismo Maquiavelo cuando, siendo consejero, asumió riesgos digamos, de prefecto o de comisario político. Tuvo también esos encargos. No entiendo cómo generaciones de eruditos no han reparado en este aspecto decisivo. ¿No vivimos un tiempo en donde abundan los consultores? Maquiavelo cuenta cómo le fue en varios lugares, no en todos, en algunos. Por ejemplo, su propia experiencia en la ciudad de Pistoia, dividida en armas, entre los partidarios de un condotiero de nombre Panciatichi y otro, su rival, Cancellieri. Fue un lío que Maquiavelo vio de cerca porque lo enviaron en delegación para que lo resolviera, en 1502. Pistoia figura entre las misiones que le confiaron los “diez” de la República a que fuera a observar, y en varios casos, a determinar acciones. Los estudiosos de Maquiavelo han reconstruido ese episodio feliz de un carrera política, pero el lector no especialista de los “Discursos”, puede no percatarse de la complejidad de las facciones enfrentadas. Había tres procedimientos posibles para resolver el caso. El primero era imponerse por la fuerza y efectuar ejecuciones. El tercer procedimiento hubiera consistido en darle la razón a los dos bandos, con lo cual se derivaba una grave consecuencia: “ninguno de los partidos te será leal. Las dos facciones seguirían descontentas”. Parece que se aplicó el segundo procedimiento: “expulsando a los jefes de ambos partidos, poniendo a algunos en prisión y desterrando a otros a diversos lugares”. Maquiavelo se siente muy orgulloso del resultado: “El acuerdo así obtenido duró, y ha durado hasta nuestros días”. No exagera, entre el momento del incidente y el que escribe Maquiavelo, han pasado quince años. Para la turbulencia italiana, como siglos. Por lo demás, un historiador contemporáneo de Maquiavelo, Biondo Flavio, ratifica su versión.

Entonces, el escritor de estos libros, ¿un contemplativo? Los textos universitarios rara vez dan cuenta del pasaje de este pensador por la realpolitik. Ser el Secretario de la República le hizo viajar, y también intervenir. No siempre, cuando le dieron facultades o las llamadas delegaciones. En Pistoia fue una, pero también fue a Mantua, a Pisa, y de embajador ante César Borgia. ¿Maquiavelo, solo un intelectual? ¿Únicamente un teórico? Lo que ocurre es que legiones de profesores muy tranquilos en sus cátedras dan por sentado que los filósofos fundadores del pensar contemporáneo han sido cómodos observadores del mundo, indiferentes a las pasiones políticas. Pero eso no ha sido siempre así. Ni con Platón ni con Aristóteles ni con Hobbes. Por ser maestros o consejeros de tal o cual, los persiguieron. Y en cuanto a Tocqueville tuvo una carrera parlamentaria, a ratos par del reino y ministro, luego encarcelado y liberado.  Maquiavelo, como acabamos de demostrarlo, hizo política, tomó decisiones. No fue una eminencia gris,  eso vino después, con las Monarquías absolutas. Actuó, corrió riesgos. Hasta que llegaron los años de la errancia.

 

VIII. La errancia y el destierro. O de cómo no aburrirse si se vive en el campo

 

¿Qué le ocurre a Maquiavelo cuando es expulsado de Florencia? Es muy revelador lo que hacen los grandes políticos en su hora de desgracia. Bonaparte, como lo explico en otro texto, agotó el vigor y la paciencia de sus secretarios, el Memorial, en parte dictado, en parte compilado. A la vastedad se unía un minucioso espíritu entre cartesiano y notarial: “diario donde se tiene consignado, día a día, lo dicho por Napoleón”. 28 volúmenes. Todo en Bonaparte era fuera de serie, monstruoso, los ingleses no tuvieron más remedio que envenenarlo. Unos hombres en la desgracia se suicidan. Es lo que hizo Hitler. También el brasileño Getulio Vargas. En cambio el argentino Sarmiento, para escribir  su mejor libro, Facundo, retrato de su enemigo Juan Manuel de Rosas,  se sirve de su exilio chileno. Mientras se gana los porotos escribiendo para diarios locales. ¿A cuál de estas familias pertenece el exsecretario de la república de Florencia? A la de los infatigables. No solo porque escribe, en los años negros, después de 1513, sus libros mayores, sino por la actividad que lleva a cabo, sobre la cual hay trabajos, pero sobre todo, silencio. Le vamos a dedicar esta parte final del “Otro Maquiavelo”, pero sin intentar novelarla. Todo lo que sigue no es sino comprobada verdad histórica. Veamos, sin literatura, al hombre Maquiavelo luchando contra la fortuna, e intentar contrariarla, como recomienda en El Príncipe.

Maquiavelo y los caprichos de la diosa Fortuna. ¿Ese gran cortesano obligado a vivir no solo fuera de Florencia, sino en el campo? Vive cerca de San Casiano, en una villa o casa de campo que los vecinos llamaban el Albergaccio. En la proximidad de ese pueblito donde sin duda no había el gentío de calles y plazas de Florencia, pero se pone a hablar con los del pueblo. Y escribe a sus amigos: “En el hospedería, encuentro de ordinario al hospedero, un carnicero, un molinero y dos horneros de cal; me encanallo con ellos el resto del día, jugando a cricca y a tablas reales, estallan mil disputas y a los arrebatos se añaden las injurias, la mayoría de las veces nos acaloramos por un rato, y el ruido de nuestras peleas se hace oír hasta en San Casciano”. Una sencilla indagación vía Google, nos dice que San Casiano sigue siendo un rincón de la campiña italiana, con demografía de estabilidad pasmosa, en 1861, por censo, unos 11 mil habitantes y en el 2000, unos 18 mil. Por cierto, su gente sabe que por ahí queda el albergue donde vivió Maquiavelo y escribió sus libros. Otro referencia, igualmente en la cercanía es Sant’ Andrea, en Percussina. Viene a ser lo mismo, la casa campestre del ilustre desterrado era equidistante de San Casciano y Sant’ Andrea. Y lo que cuenta, cerca, muy cerca  finalmente, de Florencia. Hoy, es Cuestión de salir de la bella Firenze por la E35. Unos veinte kilómetros y estamos en el Albergaccio.

Cerca y lejos. A solo 15 kilómetros, pero en las antípodas según la opinión de los que habían vuelto al Palazzio viejo de Florencia. La situación de Nicolás Maquiavelo después del retorno al poder de la casa Medici ¿es un exilio o más bien un destierro? Lo segundo es una pena que consiste “en expulsar a una persona de un lugar o territorio determinado” dice el diccionario Casares. Vivir, lo que se llama vivir en Florencia, es algo que Maquiavelo no conseguirá nunca, salvo retornar para morir, que sí se lo permiten.  Por exilio se entiende una ruptura total, como parece ser el suyo.  Ahora bien, contrariando una leyenda bien establecida, eso no es por entero verdad. En 1514 vuelve a Florencia, se entiende que por poco tiempo. Continúa en situación de desterrado pero en 1520 le encargan que se ocupe de la historia de Florencia. Y en 1526, un año antes de su muerte, lo nombran Canciller de los procuradores de las fortificaciones de Florencia. ¿Qué es eso? ¿Un trabajo más, pero siempre fuera de la ciudad? Parece una propuesta a iniciativa de los amigos que le quedan, entre ellos el mismo Soderini, residente en Roma y  varios Medici, que a la vez que lo aprecian lo mantienen lejos. La muerte zanja el tema. Irá a Florencia para verse con el ángel que lleva la guadaya.

Lo de los trabajos en la era de la errancia, que fue larga (1513-1527), tiene como primer capítulo ese encargo de ser el historiador de Florencia pero sin vivir en ella. Merece explicación. La ciudad-estado había sido administrada por Giovanni de Medici, el nombre de quien va a ser reconocido como León X. Cuando ese Medici se va a Roma a ser Papa, Florencia será dirigida por otro hombre inteligente, su hermano Guilio, el cardenal Guilio de Medici. Es este nuevo Príncipe al que le parece interesante que el desterrado Maquiavelo escribiera la historia de la ciudad. Era un renacentista el cardenal, fino político o quizá hombre tolerante, no le importa mucho que el desterrado hubiese apoyado fervorosamente a Soderini en sus esfuerzos para alejar a su familia de banqueros Medici de Florencia. Tampoco se trataba de entregarle algún puesto oficial, era un encargo. Ese trabajo lo ocupa de 1520-1526, la Istorie fiorentine.  Maquiavelo lo aceptó con gran alegría. Era como una resurrección. Y se puso a revisar legajos históricos, documentos, y  con ellos, la vida y milagros de muchos personajes, entre los cuales no faltaban los mismos Medici. ¿Por qué el Cardenal Guilio confiaba en Maquiavelo? Lo sabía distante de las facciones florentinas.

Maquiavelo y Florencia, nada menos. ¿La historia de una ciudad de magnates, popolo grasso y el ideal de libertad, contada por quien la amó hasta el aborrecimiento? ¿Cómo se pudo combinar riqueza e inestabilidad en esa ciudad? Maquiavelo se va enfrentar a un trabajo de hércules, va a pisar callos y afectar susceptibilidades. Escribir sobre la vida florentina era tan riesgoso como dedicarse a explicar las trampas financieras en la bolsa de Wall Street de nuestros días. Las facciones florentinas se reclutaban en las grandes familias y en el pueblo, todos intrigaban, los de pequeños negocios, “popolo minuto”, y en los que saliendo del pueblo, habían hecho fortuna, “popolo grasso”, y qué decir de la nueva burguesía (grasso, gordo) surgida de los gremios y no de los linajes. Arriba estaban todavía los más ricos, “los magnates”.  Las prodigiosas fortunas y los intereses de la comunidad, en una dialéctica que anticipa a Marx, se combinaron en siglos y en gobiernos unos más oligárquicos que los otros, pese a lo cual Florencia prospera y se vuelve una potencia marítima.  La que le toca vivir, es una ciudad codiciada por la familia Medici, pero también por el papado, el reino de Francia, el de España, el emperador y los condotieros. Truculenta, activa, nerviosa, vivir en ella es asistir a la sucesión de una familia influyente tras otra, y a cambios de gonfalonero de justicia. Maquiavelo, muy joven, ha visto subir al poder a Savaranola, que cerró prostíbulos, tabernas y prohíbe el carnaval. Ha visto como, a dos años de dictadura aburrida y puritana, el pueblo lo sube a una hoguera. Ha vivido para ver la conjura de los Pazzi, otra familia poderosa, que asesina a Julio de Médecis. Ve el tratado de paz entre Florencia y Nápoles. Ve la guerra por la sal con los de Venecia. Ve cómo los Médicis son expulsados. Ve derrotada a Venecia ante Francia en Agnadello. Ve cómo los milicianos florentinos recuperan la vecina Pisa. Ve cómo Maximiliano Sforza se apodera de Milán.  ¿Se entiende por qué un Medici lo llama a que escriba la historia de su ciudad? Nadie mejor que él, para caminar en el meandro de los papeles históricos, al tanto de malicias y maldades que son las de su tiempo. Si Florencia hizo a Maquiavelo, este puede ser lógicamente, su mejor historiador. El Cardenal Guilio era un hombre inteligente.

Maquiavelo en la campiña, por bella que fuera, ¡qué castigo! A que se dedica en esos años? Sin duda a sobrevivir. Hagamos cuentas, regresivas. De 1520 a 1526, tiene chamba, una muy pesada pero exaltante, la Historia de Florencia de la que venimos de hablar líneas arriba. Sabemos que en 1518 y 1519 los dedica al Arte della guerra, que publica en 1520. En 1520 también tiene terminada una vida de un Condotiero, la vida de Castruccio Castracani. En 1518, escribe La Mandrágora, obra teatral y traduce la Andría.  En fin, de 1513 a 1516, escribe sus dos libros mayores, El Príncipe y los “Discursos”. Entonces, la verdad es que es un destierro muy ocupado. Además, Maquiavelo tiene varias otras ocupaciones. Escribe enormemente a sus amigos, va a visitar a los humanistas a los jardines señoriales,  frecuentando a los Orti Oricellari, a los que lee fragmentos de los “Discursos”. Y hace algo de vida campestre, porque lo cuenta, irónicamente en sus cartas. Podemos suponer que la brava Mona Marietta, se ocupa de los cinco hijos, otra fuente dice siete, y lo más probable es que el Albergaccio fuese algo más que una rústica morada. Pudo poseer huertos, tierras, y esa forma de producción rural, asoma en algunas confidencias epistolares del propio Maquiavelo.

Es difícil imaginar a Maquiavelo de labriego, pero así pueden ser las cosas. ¿El jefe de delegación en la corte de Francia, de Alemania, del embajador de la república de Florencia ante César Borgia, el enviado a Pisa, a Roma, que había frecuentado a Alexandro VI? Sí pues, no hay sino que creerle. “…dedicado a tender trampas para tordos con mis propias manos”. De sus proezas de cazador da cuenta, “a veces dos, nunca más de siete”. “Me levanto con el sol”, confiesa casi como si fuera un delito, “y por tonto que parezca, voy a uno de mis bosques, que estoy haciendo talar, donde paso dos horas examinando el trabajo hecho la víspera por el leñador y hablando con los trabajadores, que siempre andan en dimes y diretes entre sí y con los vecinos” (Marcel Brion, p. 313). Pero ni este biógrafo le cree del todo que amara la naturaleza. No era Rousseau que adoraba herborizar ni un gentleman inglés extasiado ante la naturaleza. Hay otras señales de lo que pensaba realmente de su vida. “Así es, como hundido en esta innoble existencia, intento impedir a mi cerebro de enmohecerse, de este modo doy rienda suelta a la malignidad de la fortuna que me persigue”. ¿Cómo hacer para no olvidar quién de verdad era? Al volver al Albergaccio, cuando la familia duerme y no lo ocupa, hace algo notable. Se pone su antigua ropa de corte. “Vestido con decencia, entro al santuario de los grandes hombres de la antigüedad”. Y Maquiavelo entonces, lee o escribe. Lo de vestirse así es porque era como visitar a sus amigos. No hay que asombrarse demasiado, ni pensar en un desarreglo mental. Stendhal se vestía para escribir lo mejor posible. Jules Verne lo hacía vestido de capitán de navío. Dumas con una sotana roja. Balzac con ropas de monje y García Márquez se ponía un mono de obrero.

IX. Maquiavelo, una pedagogía de vida para el siglo XXI. La adaptación a la movilidad social

La tenacidad en seguir siendo un estudioso en la desgracia del destierro, y su capacidad para adaptarse y sacarle provecho a la desgracia son admirables.  Dice, en efecto, “fui a uno de mis bosques”. Vigila lo que hacen los trabajadores. Maquiavelo se reconvirtió en los negocios rurales. Teórico político y propietario rural, Maquiavelo nos sigue asombrando. El mismo individuo que se viste con trajes de Corte para escribir en una casa para campesinos, se acomoda a ese modo de producción rural y no deja de visitar a sus amigos escritores en los jardines señoriales donde se producían debates y encuentros que despertarían la envidia de las mejores universidades de nuestro tiempo. ¡Cuántas vidas en una sola vida! Cuántos tiempos históricos empotrados unos en otros, en la temporalidad ambigua del florentino. Es el pasado por su adhesión al trabajo de meditación solitaria, el presente de ese tiempo de comerciantes y el futuro, no el suyo. El nuestro. La gran virtud de los renacentistas, magníficas cabezas, capaces de improvisar destinos, cambiar de oficios, y hacerlo todo, con maestría. Nuestra época tiene por delante un reto, el cambio general de maneras de trabajar, estudiar y vivir, dado los trastrocamientos que la nueva revolución posindustrial está desencadenando y que continuará en los decenios venideros. Para los renacentistas, los cambios del tiempo produjo brillantes resultados. Supongo que también lo tenga con nosotros, cuando entendamos, ciertamente, que el modo de producción capitalista que viene requiere de especialistas, pero sobre todo de generalistas, gente que sepa renovarse a la par que se renuevan las técnicas y las ciencias. Maquiavelo fue un hombre de la movilidad social de su tiempo. Lo fue Marx que fue a universidades, Bonn, Berlín y Jena, no para estudiar economía sino derecho y filosofía. Lo fue H. Arendt, cuyos griegos le sirvieron para entender el totalitarismo contemporáneo. Maquiavelo halla en sus lecturas de un historiador como Tito Livio las claves de su tiempo. Puede que nosotros, de igual modo paradójico, las raíces de las dificultades como los aciertos del mundo político, en un libro viejo (y nuevo) de cinco siglos.

 

Conclusión. El político profesional

En conclusión, Maquiavelo, un caso ejemplar. ¿En qué sentido? Es el primer político profesional de los tiempos modernos porque estudia los hechos políticos y porque actúa. Y el que enseña que para ser político —en el análisis y en la acción— hay que ser también un humanista.

Notas:

(1) N. Maquiavelo, El Príncipe, Mestas Ediciones, España, 1999, cap. XVII

(2) Ilya Prigogine, El tiempo y el devenir, Coloquio de Cérisy,  Gedisa, España, 1988

(3) Un anuncio sobre este cambio temático se halla, sin embargo, en mi libro ¿Qué es República? Fondo Editorial USMP, Lima, 2012, “Maquiavelo republicano” (p. 77 y ss). En él, digo: «Esta obra, concebida como un comentario minucioso de Tito Livio, es mucho más densa que El Príncipe, y se divide en tres grandes partes llamados  libros (…). Ambos textos comenzaron a ser escritos en 1513, es decir, cuando su autor ya no tenía poder alguno y estaba expulsado de Florencia. Sendos libros están terminados hacia 1520.» Ahora bien, después de la edición de este libro, aconsejo a mis alumnos y amigos que revisen esos textos míos porque tratan además de sus obras, de otros aspectos que no son tomados en cuenta por otros investigadores. Por ejemplo, la Florencia de su tiempo, de magnates, del popolo grosso, del aire de libertad de esa ciudad-estado. Del tiempo y las circunstancias de Maquiavelo. E incluso tomo en cuenta su destierro donde escribió los grandes libros que le conocemos. Por la piedad que despierta el personaje, el exilio es una desgracia. Pero para nosotros, le debemos su obra.

(4) Marcel Brion, Maquiavelo, editado en 1948. Edición en castellano en 2005 (Ediciones Byblos, Barcelona). La obra de Brion es gigantesca; gran especialista del Renacimiento, escribió sobre Botticelli, Leonardo da Vinci, Giotto. Su obra como crítico e historiador tiene además una gran sensibilidad. Lo vamos a citar repetidas veces.

(5) Brion, op. cit., p. 12

(6) Brion, op. cit., p. 31

(7) Denis Huisman, Diccionario de las mil obras clave del pensamiento, Técnos, Madrid, 1997, p. 496

 

Publicado en: “Revista Digital Gobierno y Gestión Pública”, n° 01 (2013)

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Acceso directo: http://gobiernoygestionpublica.edu.pe/revista_digital/pdf/1_5.pdf

Carnet de viaje. El mundo tal como es

Written By: Hugo Neira - Mar• 02•14

Sí, pues, mientras se viaja se escribe. Un poco como Luis Alberto, “cuaderno de bitácora”. Apuntes. “La vida como navegación”. ¿Quién dijo eso? Creo que Ortega y Gasset. ¿Saben qué impresión me provoca París cada vez que retorno? Un campamento de petróleo. No porque debajo de cada torre se le encuentre —Instituto de América Latina, Instituto del Mundo Árabe— sino yacimientos de ideas, valiosas como el oro negro. La información del mundo. Así, grandes salas de lectura, revistas científicas, conversación con colegas, librerías, y esto y aquello, abrevian mi sed. He venido tras información rigurosa. Aquí, pues, unas ideas sobre lo que pasa en el planeta.

1. En este momento preciso, el planeta vive una gigantesca transferencia de riqueza y potencia. Diremos, de manera global, de Occidente hacia fuera de su geografía. Algo sin precedentes. Proviene de la deslocalización de capitales y el auge económico de India, China, Brasil y Rusia. En efecto, si se toma dos de ellos, India y China, por su masa de población, si sus expobres han abandonado la extrema pobreza —clases medias emergentes de unos 400 millones en India y por lo menos 500 millones en China— estaríamos, pues, ante un fenómeno sin antecedente alguno en otro tramo de la historia humana. Naturalmente, quedan pobres en el Asia próspera, en zonas alejadas, rurales, y algún turista puede fotografiar todavía mendigos en sus grandes urbes. Pero sumando nuevos millonarios y clases medias emergentes, los pobres ya no son mayoría. Examinemos, entonces, las paradójicas consecuencias.

2. La primera, ¿de qué se van a ocupar las izquierdas si los pobres disminuyen o desaparecen? Pues de las desigualdades, que se van a acrecentar. Se tendrán que ocupar —tendremos que hacerlo— de sociedades de ciudadanos. No necesariamente de miserables. Es el caso “de los indignados” de Madrid. Son otro sujeto social. Jóvenes magníficamente formados pero desocupados, lo que cambia todo. La idea misma de vanguardia desaparece. Otras sociedades. Otros tipos de tensiones y lazos de solidaridad. El Nuevo Mundo es donde hay ciencia y tecnología y también nuevas formas de injusticia. Las metamórfosis del capitalismo. La nueva cuestión social. La historia continúa, pero no es la misma. (Sobre estos temas, esperar mi libro!)

3. La segunda, la mundialización no es la norteamericanización del planeta. En otras palabras, la extensión de la libre circulación de los capitales y los intercambios comerciales, no han hecho más poderosos a los Estados Unidos y a Europa, al contrario. “El impacto de Pekín, segunda potencia en la economía mundial, la vuelve una potencia militar de primer plano; la China, además de ser el primer importador de recursos naturales, puede convertirse en el mayor país contaminador del planeta” (Informe, Adler, 2009). ¿Las nuevas potencias se sumarán al deterioro de la atmósfera? Por otra parte, aun con los BRIC emergentes, la importancia de Estados Unidos, no desaparece. Solo que será menor. Ni decadencia ni hegemonía, vamos hacia un mundo multipolar. La mala noticia de la buena es que eso dibuja un mundo internacional extremadamente complejo. Acaso bastante caótico.

4. Siguiendo con los del BRIC, todo indica que hacia el 2040, “esos cuatro países extra-occidentales tendrán lo que el G7 del PBI mundial tienen hoy”. Sus modelos de crecimiento son, en unos casos, la combinación de democracia liberal con mercado, Brasil e India, y en  otros casos, de capitalismo de Estado, “una fórmula imprecisa que resulta vagamente útil para describir un sistema de gestión económica que concede un papel predominante al Estado” (Informe, Adler, p. 60). En todo caso, variables de capitalismos distintos. La noción de comunismo o socialismo, siento decirlo, ha desaparecido. No de nuestras universidades.

Este auge (ajeno) tiene una explicación. Entre otras causas, “la educación ha sido el factor capital en la capacidad de esas naciones para usar su potencial económico. Se constata hoy en ellas, el acceso a una instrucción primaria adecuada, a una secundaria de calidad y a estudios superiores”. Uno de los informes que he consultado dice lo siguiente: “Se conocerán en el futuro y a medida que los grandes países en desarrollo progresen, en particular en China, los dividendos de los grandes esfuerzos hechos para el desarrollo humano”. Otra de las causas del auge es la apertura de las clases dirigentes, incluyendo Pekín, a la eficacia administrativa.

5. Hay un fantasma que trota en la cabeza de profesores de catedráticos y políticos: las inversiones extranjeras directas (IED). Cierto, sus flujos, en el 2009, eran de 1,216 billones de dólares (sí, billones), o sea un 3% del PBI mundial. Pero ha ocurrido lo que los economistas llaman “el efecto bumerán”. Según la consultora Ernst & Young, “en el 2007, unas 221 empresas de los países emergentes figuran entre las 1000 primeras mundiales”. Y la capitalización de esas empresas externas al mundo occidental, “crece más rápidamente que las multinacionales del Norte” («Atlas», Le Monde Diplomatique). Las categorizaciones tradicionales —norte rico y sur pobre— son ya arqueología. ¿Vamos a una clase media internacional?

6. Otra mala noticia. La América Latina no forma parte de esa globalización de intercambios. Mejor dicho, no somos los países más atractivos para los inversores, contrariando un sólido mito, fuerte en nuestros empresarios que la ven como una ventaja y la izquierda troglodita como una invasión. Pero los capitales del mundo no corren como locos hacia la América Latina. ¿Adónde van entonces ? De USA a Europa y a China,  Hong Kong y Singapur, y algo a Rusia. Lo que se invierte en Hong Kong es tres veces todo lo que se invierte de México a la Argentina (fuente: Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, 2008).

7. ¿Al menos exportamos e importamos? La verdad es que muy poco. En la cartografía de los intercambios internacionales, las cifras son las siguientes: América del Norte reúne, como export/import, 1678 miles de millones (M). Europa unos 4963 M (no lo dicen nuestros expertos, es la primera zona comercial del mundo). El Asia-Pacífico, 3 277 M. Los países del Medio Oriente y del Golfo, 642 M. Y Rusia, 425 M. Nuestro continente, 429 M. O sea, el comercio asiático es siete Américas Latinas juntas.

Un consuelo, ¿el turismo? ¿Nuestras maravillas? ¡Machu Picchu! Lo cierto es que las cifras del turismo mundial dicen algo distinto. ¿Saben cuántos millones de arribos hay por año para América del sur y el Caribe? Unos 43 M de personas. En el mismo periodo, 188 M para el Asia. Y para USA, unos 98 M. Ahora bien, ¿cuál creen que es el destino mayor de los turistas en el mundo? Es Europa, 488 M. Seamos realistas. ¿Qué chica norteamericana no aspira alguna vez a pasearse por París? Así es el mundo. Para cualquier consulta sobre migraciones, la fuente es Oxford (www.rsc.ox.ac.uk).

Queda un sinnúmero de temas (los libros en paréntesis). Y otra agenda, para quienes quieran conocer lo que se piensa más allá de la neblina limeña. El hundimiento de civilizaciones por motivos ecológicos (Jared Diamond). La falta de tiempo individual, técnica y social, y como respuesta, quienes buscan el slow, el desarrollo tranquilo, las slow city, el slow management, la producción con pausas, en Hartmut Rosa (Accélération). “Los conflictos sociales por todas partes”, en Arjun Appadurai (Geografía de la cólera). Y un tema político en el que me inscribo, “el republicanismo como alternancia al liberalismo”, en libro de Rosanvallon. En fin, ¿quién podía adivinar la ascensión de Hitler? ¿El fin abrupto del bloque soviético? ¿El fenómeno Internet? Y una idea fuerte: la historia es imprevisible, lo que nos aleja de sistemas cerrados de pensamiento (Le cygne noir, Nassim N. Taleb, 2008). Para los que no puedan leerlo en francés, esperarán la traducción al inglés, o unos decenios después, al castellano.

Ver fuentes Atlas en : http://youtu.be/-ZhLxxEYJaQ   y http://youtu.be/rne_k9rHOZ4