2016 y Ley Mora. ¿Educación masiva o Chávez?

Written By: Hugo Neira - Jul• 01•14

Tras ciento cincuenta años de República y soledad, se pensó que el Perú tenía un destino agrario. La vida peruana giró en torno a hacendados, tierra y abandonados indios. En los últimos decenios, nos creímos modernos y la apuesta fue el destino minero. ¿No había dicho acaso el poeta, «Perú, país de metal y melancolía»? Empero, gente del afuera, expertos internacionales, nos dijeron que no hay progreso en una nación inculta. Del gigantesco error de la no educación nos venían advirtiendo los informes PISA. Éramos «los últimos de la clase». El Banco Mundial nos hizo esta pregunta: ¿cuáles son las consecuencias de una juventud pobre, no preparada y desocupada? (Perú, 2006)

A esas admoniciones se le prestó oídos sordos. Se vive en un necio entusiasmo. Perú, ¡la mejor comida del mundo! ¡Los mejores cocineros! ¡Machu-Picchu! Qué rápido el recurso al autoengaño. ¿Cómo se explica que a una sociedad entera se le diga que es mejor que sus hijos únicamente vayan por la mañana a las aulas y se lo crean?  Pareciera que esa suerte de renuncia tácita a los bienes culturales responde a una ideología ingenua. La del dinero. Un par de generaciones de informales, tras el éxito, se han entregado a la religión del consumo. ¿Pero sin cabida a bienes culturales, desechados por decorativos? Hoy la realidad social está pasando la factura. La economía se está parando. La chamba resulta insuficiente y los gerentes vienen de afuera.

Nunca he creído en las ventajas del iletrismo. Hace apenas unas semanas, en este diario, toqué el tema. «El Perú ignora su peor mal. No se enseña en las aulas ni química ni física» (Las doctas tinieblas). Me refería a la enseñanza media o secundaria común. Ocurre que la ley aprobada es universitaria. La ley Mora. La voy a comentar. En sucesivas notas. Pero en este inicio voy al bulto. Me surge una pregunta. ¿Por qué comenzar con las universidades?  ¿Por la azotea y no por los cimientos? La respuesta es sencilla. Porque los escolares son menores de edad y no votan. Y los universitarios sí.

La estrategia Mora. Con solo modificar las universidades públicas ya está llegando a un estrato decisivo. Al que ambicionan entrar otros jóvenes peruanos. Pero si uno quiere vislumbrar los fines últimos, basta echarle un vistazo a lo que hizo Hugo Chávez, y Correa en Ecuador, y en general los países de Unasur. No me digan que abren otros Cambridge y Oxford. La ley toca, sin embargo, una ancha problemática. Ni se han dado cuenta sus estrategas el Godzilla que despiertan. La juventud es un tercio de peruanos. Por el 2007 andaban ya en 7,6 millones. Ahora bien, de diez jóvenes solo tres estudiaban. Y siete, ni trabajo ni estudios. A esto en ciencias políticas se le llama una clientela en estado de disponibilidad.

Por mi parte tengo no uno sino dos ‘NO’. A la situación de las universidades peruanas, razones sobran. El otro ‘NO’ es a las trampas del proyecto, no me digan que no las tiene. Nos quieren tomar el pelo con la promesa de una Sunedu. ¡Por favor! Si por la chismosa Lima ya corren los nombres de los señorones que la van a componer. Pero tengo un ‘SÍ’. No a la ley Mora pero sí al debate que se viene. Hoy, no es el empleo ni la inseguridad ciudadana la primera expectativa. Sino qué beca me propone el gobierno para que yo, joven pobre y de los conos o de la infinita provincia, pueda estudiar. En consecuencia no podemos decir únicamente ‘NO’. Hay que proponer.  La campaña del 2016 acaba de comenzar. Y la educación de calidad y de masas en el centro de la agenda.

Publicado en El Montonero., 30 de junio de 2014

¿Monarquías democráticas y Repúblicas despóticas y frivolonas?

Written By: Hugo Neira - Jun• 24•14

Que a Juan Carlos I, «sensato rey», le siga el hijo, Felipe VI, ha despertado un reguero antimonarquista en nuestra muy civilizada prensa. Eso de ser antimonárquico,  y con más ganas si se trata de un riesgo lejano, como que viste mucho. Uno queda regio. Mismo Simón Bolívar. Me tinca que esos, los de grandes apellidos, no anduvieron tan antimonárquicos cuando sus tatarabuelos y ancestros inclinaban «la humillada cerviz» ante Pezuela y con La Serna, antes de San Martín.

Varias naciones en Europa son monárquicas. A saber, Bélgica, Dinamarca, Holanda, Inglaterra o Reino Unido, Noruega y Suecia. Y no parece que les vaya mal. En realidad,  la lista se estira con Luxemburgo, gran ducado, o Liechtenstein, que es un principado cuya extensión, más o menos, es la de San Juan de Lurigancho, pero que igual añade a su distrital corona el concepto de «parlamentaria». Y ahí está el «detalle», como decía ese gran filósofo mexicano Mario Moreno, más conocido como Cantinflas.

De esas Monarquías parlamentarias el detalle es que sus Reyes no gobiernan. Cada día, la reina Isabel II de Inglaterra se ocupará de su personal agenda, pero no despacha los asuntos de Inglaterra en el célebre 10 de Downing Street sino que eso es la chamba de su Primer ministro. Ahora bien, en España se le llama Presidente de Gobierno. De modo que si un Presidente sudamericano,  Correa o Evo Morales, va a zanjar un problema por las Españas, no verá forzosamente a Felipe VI sino a un señor de lentes y barbita llamado Mariano Rajoy. En Suecia, el monarca, Carlos Gustavo, no  gobierna cada día la próspera y democrática Suecia. El poder está en la clase política y partidos. Entonces, ¿para  qué Coronas en Europa?

Esa es la pregunta de fondo. ¿Por qué algunos de los pueblos más cultos, prósperos y democráticos del planeta —belgas, dinamarqueses, holandeses, ingleses, suecos y noruegos— han optado por guardar esa institución? La respuesta viene del sentido común. Si las cosas se ponen muy mal, entonces, una señora de ochenta y tantos años, Isabel II, tiene poderes disuasorios, de veto. La Reina solo opina y es suficiente. Es decir, por encima del juego de intereses y pasiones colectivas hay un árbitro incontestable, la Corona. Así se han librado de aparatosos golpes de Estado. Así progresó la Europa nórdica descrita por un viajero llamado Victor Raúl Haya de la Torre. Y se fijó en Suecia, más socialista que la extinta URSS.

Sobre la Monarquía en Perú, desde Sánchez Carrión hicimos bien en evitarla, no hubiese sido otra cosa que una continuidad del absolutismo de esos días. Pero por evitarla, fuimos al pantano del poder personal. Caudillos, dictadores y autócratas. Y así en otras patrias, con las excepciones del caso, Lula que sabe irse, Bachelet que sabe volver. Por casa, hasta nuevo aviso, un presidencialismo errático. De pronto, lo que está mal no es  tanto los inquilinos de Palacio sino el sillón mismo. ¿No sería bueno elegir con el mismo voto popular, a la vez Presidente y Primer Ministro? ¿Y el segundo, con plenos poderes? Nuestros reyecitos, como a algunos les gusta la juerga y la frivolidad, entonces serían nuestras reinas coronadas… Con fotos de familia, sonrientes, mientras alguien chambea en Palacio…

Publicado en El Montonero., 23 de junio de 2014

 

Fútbol y filosofía

Written By: Hugo Neira - Jun• 23•14

No me acuerdo bien, pero alguien ha dicho que toda la filosofía no es sino un desacuerdo entre Sócrates y el brillante Heráclito. El primero, estaba convencido que había una verdad, sus célebres diálogos eran un modo de arrancarla mediante preguntas y respuestas, en operación que llamaba Aletheia, es decir, develación. De la madre, que era partera, decía el propio Sócrates, venía ese recurso. Pero Heráclito prefería la sabiduría sin certezas. Y postulaba más bien la observación de un mundo que fluye. El enigma de unos hechos que nunca serán como creíamos que iban a ser. Si esto es así, entonces Héraclito triunfa en los Estadios. Mejor dicho, en las tribunas. Para ser más preciso, en los millones de seres humanos que nos asomamos a lo imprevisible. Y eso acaso sea lo que nos gusta. Un Mundial,  por algo Olímpico, es una agora, es decir, un espacio de competencias. Pero a lo que voy, no solo vemos partidos, sino que hacemos pronósticos.

Uno de mis colegas de página, Octavio Vinces, se ha ocupado «de la épica de un espectáculo global». Sí, en efecto, al fútbol se le puede asociar al torneo, al combate violento de otros tiempos, con armas y a caballo, quien lo duda. Para eso fue inventado, para reemplazar. Antes de volverse un tranquilo reino de Monarquía parlamentaria, la isla británica fue el teatro de guerras interminables, se batían por la verde tierra inglesa, sajones, escandinavos y normandos. Algo de todo eso les queda con sus barras bravas. Pero hay algo más. Hay un tema, un concepto, un campo de estudios que hasta el momento, solo ha interesado a algunas profesiones científicas. Es el tema del caos, el azar, asunto para físicos y matemáticos.

¿Y qué es el azar? Sea lo que sea, está en el campo de juego. El concepto de azar hace poco ha entrado en el campo de las nociones decisivas, utilizado en el estudio del universo e incluso para las crisis cíclicas del capitalismo. Azar quiere decir cuando algo ocurre y se ignoran sus causas. Cuando lo fortuito es previsible. Cuando ningún determinismo es aplicable, dicen los epistemólogos. En pequeña escala, los hechos tienen mayor complejidad, y resisten mejor una previsión que la trayectoria de un planeta. Se han fijado, estamos en un mundo de computadoras y ¿resulta que nadie, ni la mejor universidad, se anima a un pronóstico sobre un Mundial de Fútbol? Y han tenido que recurrir a los pronósticos del amigo pulpo, que encima se ha muerto.

Este Mundial nos revela a todos las reglas del caos y su problemática. El Mundial nos enseña que tal vez Heráclito tenía razón. Cada partido esconde una lógica oculta. Cada partido es una ecuación con demasiadas incógnitas: cómo está de ánimo cada jugador, cómo se lleva con el técnico, acaso qué le pasa por la cabeza, temas íntimos, difíciles de saber. Ademas está la cuestión de la formación y los cambios.  Torneo, sin duda. Pero también, hipótesis. El fútbol no nos embrutece. Todos somos comentaristas. En cada uno renace el aprendiz de brujo. Las ganas tremendas de ser gurú o adivinador. O comentarista de fútbol, pero claro, hay que tener para eso, al menos, el deje argentino.

 

Publicado en El Montonero., 20 de junio del 2014

Fútbol y vacilantes Coronas

Written By: Hugo Neira - Jun• 17•14

Los delanteros holandeses arrollaron al equipo de  Iniesta y Pedro. Fue de espanto. Las consecuencias son incalculables. «España sufre un descalabro mundial». No lo digo yo, lo proclama El País en primera plana. En el momento del Mundial, en la escena internacional pasan siniestras cosas. Se dispara desde Centroamérica una migración masiva de niños que llega a pie a los Estados Unidos. La policía de frontera no sabe qué hacer, ni papeles tienen. Se viene una guerra religiosa entre chiitas y yihadistas en Irak. Y en la Copa del 2014, apenas iniciada, el delantero holandés Robben, treintón, medio calvo, pero que corre como una locomotora, ha acabado con una ilusión deportiva ibérica, y acaso con algo más.

El fútbol es un deporte paradójico puesto que es un enfrentamiento con reglas. Paradójico: a diferencia del boxeo, al rival se le evita. Se le driblea, se le gambetea. Cuenta el balón y el gol. ¿Qué voy a decir que no haya dicho Norbert Elias? «Los deportes subliman la violencia» (Sport et civilisation). En el fútbol NO todo está permitido. Por eso mismo, el símil con la política es muy fuerte. Desde los griegos, si alguien se salta las reglas entonces es tiranía. Es decir, es no política. El buen fútbol es imaginación dentro de unas pautas. Por eso fascina. Por eso es el deporte-espectáculo mayor del planeta. Un gran jugador de fútbol consigue actos extraordinarios sin romper las normas. Y eso son los grandes políticos. Lincoln, Churchill, Mandela.

¿Se puede tener buen fútbol y mala política?  Sí. Pele y los jugadores brasileños siempre fueron mejores que su clase política, más inteligentes, hasta que llegara Lula, gran centrocampista. Maradona, que hizo maravillas sin hacer trampas, es mejor que Perón y sus sucesores. La Presidente Fernández se salta las reglas de juego. Los ingleses inventaron este deporte como inventaron el parlamento, los trajes de tweed y varias clases de perros. Norteamérica tiene un fútbol que solo juegan ellos. Y en consecuencia, tienen unos partidos políticos que solo existen en USA. Demócratas y republicanos, inexportables. Por eso no logran ser un Imperio universal. En deporte y en política, son provincianos.

En cuanto a nosotros, somos coherentes. Nos va mal en fútbol y en política. Mal en el Estadio y en el Estado. O bien los dirigentes de club deportivos se eternizan en sus cargos, a lo Burga. Y lo hace mejor que Leguía, Odría, Velasco o Fujimori, dura más. O bien, en nuestro país, se le saca tarjeta roja a jugadores antes que entren a meter goles. A Lourdes Flores la hundieron con audio clandestino. ¡Qué buen gobierno municipal hubiera hecho! Pero preferimos para Lima la atrevida incompetencia.  Los mejores, al banquillo.  Los peores, con el balón.

Volviendo a España y sus dos coronas vacilantes, pareciera que lo del fútbol a lo Iniesta —virtuosidad personal y pases cortitos— puede que ya fue. No sé, no sé, los españoles admitieron una Monarquía parlamentaria, pero en un tiempo de vacas gordas que se ha esfumado. Hoy, ¿qué saldría de un referéndum? ¿Acaso la República? ¿O el fin de las Autonomías, por manirrotas? Los efectos de esa debacle en fútbol, no diría que equivalen al naufragio de la Armada Invencible en la época de Felipe II, pero por ahí van. Cuando los pueblos se desilusionan hacen cosas raras. Populismos, sanciones en urnas, esas cosas.

 

Publicado en El Montonero., 16 de junio de 2014

Un liberal sin absolutismos

Written By: Hugo Neira - Jun• 12•14

Javier Ortiz de Zevallos se ha ido de este valle de lágrimas. Como se suele decir, el Señor lo ha llamado a su seno. Un obituario, según la Academia, es «un breve resumen cuando el fallecido es una persona famosa». Es lo que aquí se intenta. Pero por una rara ocasión, con las condolencias, van los aplausos. Qué vida la de este hombre nacido en Chorrillos, exalumno de la PUCP, con tantos éxitos en el Derecho y la Política! Amigos, familia, cinco hijas, y que se nos va un poquito antes de cumplir cien años…

Vida plena, lograda. Y puesto que un obituario no debe ser extenso, ¿cuál de todos sus gestos y posturas fue la que merece ahora ser rememorado? No me detendré, pues, en unas cuantas anécdotas, las veces que nos vimos, suficientes para apreciar su cortesía, su talante liberal y su humor e inmensa cultura. Una tarde, María Paz y Ricardo me mostraron la biblioteca de Ortiz de Zevallos. Y entendí su curiosidad intelectual. Pero a lo que vamos. De todo aquello, ¿qué cabe destacar en este momento solemne de la muerte? Acaso un par de instantes de la vida peruana. Y la idea en Ortiz de Zevallos de qué es política. De cómo decir sí, y cómo decir no.

Dos fechas cruciales, 1947 y 1956. Don Javier en ellas, a sus 31 años y a los 45. El primer momento es el difícil año de 1947. Entonces, es parte de una agrupación antiaprista. Hubo una generación marcada por el asesinato de Francisco Graña Garland. Ortiz de Zevallos será parte del grupo que apoya el golpe de Estado del general Manuel Odría en 1948 (Wikipedia). Sin embargo no se entiende con Odría, quien lo deporta a Panamá. Años después, hay otra situación crítica. Es 1956. Ese año, Manuel Prado gana las elecciones presidenciales, con votos apristas. Es el resultado de un acuerdo previo con Haya de la Torre. Consiste, de ganar las elecciones, en devolver el aprismo a una vida legal. En la bancada  del pradismo, Ortiz de Zevallos es uno de ellos, diputado por Lima. Y es lo que hacen puntual, caballerosamente Prado y los suyos. Cesa la persecución al aprismo. El hecho es inmenso. Y no solo para ese partido. Aquel no fue un pacto de infamia. Era sencillamente aceptar que una democracia no se hace con los mismos sino con distintos.

Quizá el tiempo —y que hayan desaparecido los cursos escolares de historia del Perú—desdibuja ese hecho. Cierto, no seamos ingenuos, Haya transfería su capital de votos a 1962. Tampoco deja de ser verdad que los pradistas actuaron con inteligencia. La llamada «convivencia» no fortaleció a los apristas. Al contrario, los debilita. Y en 1963, después de un golpe militar, Haya es vencido por Fernando Belaunde. Voy a otra cosa. Javier Ortiz de Zevallos ¿está en contra del aprismo en 1947 y no lo está en 1956? Surge una sospecha: ¿es correcto que un hombre público cambie de parecer? Como se vive en el Perú la política, se ve mal, resulta incorrecto. Acá, la política resulta un substituto de la religión. Tener línea es profesar un dogma. Pero las sociedades que ingresaron a la modernidad no razonan ni actúan de esa manera metafísica. En otras culturas y países contemporáneos, los responsables de la vida pública toman en cuenta las metamórfosis del mundo real, incluyendo actores, líderes, el pueblo mismo. Lo que hubo tras del político Ortiz de Zevallos fue el hábito del análisis atinado y contingente. En 1947 el aprismo actuaba como un partido intolerante, y entonces, él se le enfrenta. En 1956, el aprismo se ha vuelto una fuerza socialdemócrata y entonces, le abre, junto a Prado, las puertas de la legalidad. Acaso cuenta mucho en la formación de ese talante, los años de niñez: su padre era Cónsul del Perú y, así, estudios en el Collège Notre-Dame de Neuilly y los Sagrados Corazones de los padres franceses de Valparaíso. Se me ocurre que de ahí proviene su talante.  A cada tiempo, su respuesta. Una a favor del orden, pese a los medios empleados. Otra por la apertura. Como todo en la vida, ambas sujetas a discusiones. Pero tuvo el coraje y el temple para lo uno y para lo otro. ¿Cómo se suele llamar eso? Un talante de estadista. No abundan.