Aunque dicen que se ha ido. Carta a Arturo Corcuera

Written By: Hugo Neira - Ago• 22•17

Me acaban de decir que la palabra muerte y Corcuera coinciden. No me lo creo, Arturo. Que ya no estás, que te has ido. ¿Te has fijado la cantidad de verbos que utilizamos? Expirar, fenecer, acabar. Y algunos hablan de «tránsito». ¿Qué saben ellos? El que ahora lo sabe eres tú. Y algunos dicen, con el mejor de los deseos, pensando en parientes y en amigos, «que descanse en paz». Pero ¿qué sabemos? Por mi parte, te cuento querido amigo, que se fueron, no me lo creo.

No vayas a creer que estoy tocado de la cabeza, pero me pasa que por las noches —no siempre— suele ocurrir que sueño con ellos, los vuelvo a ver y a escuchar, en torno a una mesa, en amenas conversaciones, desde mi madre a César Calvo, a Raúl Porras, a Fuenzalida, a Scorza, que como en tu caso, han tenido la crueldad de dejarnos. Cuando eso ocurre, entran y se sientan como si tal cosa. Una vez, sin embargo, hace años, se me ocurrió preguntarle a mi madre en uno de esos intervalos entre lo imposible y lo deseado, si podía contarme «cómo era la vaina al otro lado». Y la lección de mi madre fue terrible. Me contestó, muy molesta: – «Cómo, ¿no sabes que de eso no se puede hablar? ¿Para qué quieres saber, para escribir un librito?» Y no la volví a ver en ese encuentro nocturno, por mucho tiempo. Cuando de nuevo regresó en las medias noches, no dije ni pío. De verdad, Arturo, te esperaremos con los brazos abiertos. «Que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero» (Miguel Hernández).

El lector se preguntará si fuimos muy amigos. Que te parece si le decimos algo que nos hizo la vida. Inicios muy semejantes. Todos sabemos, por los diccionarios de literatura peruana, que naciste en Salaverry, 1935, y que en 1961 ganaste el premio de poesía de los Juegos Florales. Tú lo sabes y eso nos acercó desde el inicio, yo gané el mismo año y el mismo premio en ensayo. Me acuerdo que fue sobre las rebeliones de los estudiantes de la Edad Media, todo por fregar a los apristas de nuestra generación que exaltaban la Reforma Universitaria de Córdoba, Argentina.

Y en esta hora, me acuerdo como si fuese ayer, que nos encontramos en Palacio de Gobierno, estábamos entre muchos, invitados por un nuevo presidente, más bien liberal, bajito, uno con voz engolada. Y puesto que corría el rumor de que iban a darme un cargo –cosa que de ninguna manera pedía ni era cierto– se te despertó la camaradería de otros tiempos, llena de -ismos, y tomando un aire de reprobación anticipado, me dijiste, muy serio: «Hugo, no te voy a perder de vista». Y en plan de hermano mayor y en tono rezongón: «no te voy a dejar que te desvíes». Para entonces, si eso era un oxímoron a propósito del viejo marxismo de los años sesenta, yo ya estaba bastante desviado. Qué cara habré puesto que te echaste a reír y decirme «es una broma, Hugo», mientras terminabas de comerte uno de los anticuchos que Palacio, por orden del de Cabana, nos servía.

Cuando me pregunten cómo era Corcuera, el poeta, el intelectual, diré que su compromiso con el socialismo, el comunismo, la izquierda —no es hora de hacer distingos— era todo eso, y a la vez una persona disconforme pero sosegada, sin desavenencia ni petulancia alguna. Se supone que el desasosiego acompaña la lira de los poetas, pero no en tu caso Arturo. Me permitiré contar que los que te conocimos, jovial, cuerdo, amable, la rara combinación de lealtad a sus principios radicales y sin la impaciencia que otros las adoptasen. Pero eso sí, para acelerar la toma de conciencia, el humor. Cómo olvidar esos versos en los que le tomabas el pelo al mito del negro obediente y sometido, cambiando el nombre de esa historia, «la cabaña del tío Tom a la cabaña del tío Tonto».

Iluminado Corcuera. Es Noé delirante su mejor libro, lo dice César Toro Montalvo. Y como no soy profesor de literatura, diré sencillamente lo que me maravilla de tus versos. La dulce abeja, que le añades que es «cascarrabias». El gato de siete colas, y le añades, «y siete garras». Cómo no decir en esta hora lo esencial. El que amaramos la vida, desde la hormiga, el canario, el pato como el cisne, la lechuza como el jabalí. ¿Y por qué razón? Nada de simbolismos oscuros. «Enamorado de la fauna y la naturaleza» (César Toro).

Basta una línea para que los poetas no duerman para siempre. «Venid a ver el cuarto del poeta» (Calvo). «Para hacer el amor, debe evitarse un sol muy fuerte sobre los ojos» (Toño Cisneros). «Ya descuajaringándome, ya hipando/ hasta las cachas de cansado ya/» (Carlos Germán Belli). ¿No es cierto Corcuera? Tus hermanos, los poetas de los 50 y los 60. A ver si los maestros peruanos les leen esas líneas a los pobres escolares que nunca escuchan un poema en el aula.

Publicado en El Montonero., 22 de agosto de 2017

http://elmontonero.pe/columnas/aunque-dicen-que-se-ha-ido

 

¿El Virrey? No todo eran fiestas

Written By: Hugo Neira - Ago• 21•17

Una leyenda dorada, que resulta negra, flota cual halo de disipación sobre los virreyes. En gran parte tiene la culpa Ricardo Palma. Quiso hacernos sonreír sobre el pasado vergonzante, y nos contó chismes de virreyes mujeriegos que se trepaban a los balcones para llegar a los aposentos de damas ligeras de casco. Sin duda eso ocurrió. Pero no tanto como el machismo contemporáneo lo desea. Palma era un liberal de esos tiempos o sea, un rojo. Necesitaba desacreditar el pasado. Por algo lo deporta Castilla a Chile.

Los criollos del XIX que servían inevitablemente a los turbulentos caudillos no son los únicos en ese ensayo de desmemorización. Los franceses hicieron añicos el Ancien Régime. Pero desde Tocqueville se sabe que los republicanos heredaron una administración real que había enseñado a soportar censos, impuestos, respetar leyes y tener funcionarios. Cuando Bolívar en Lima pregunta cuántas personas sabían administración y hacienda, le dijeron que cuatro. Uno de ellos era Unanue, que trabajó para los últimos virreyes. Cuando Bonaparte preguntó lo mismo, le trajeron una lista de 900 «pares del reino». No necesito explicar por qué Francia pudo montar un Estado moderno y nosotros no.

¿A qué viene todo esto? PPK acaba de decir «el presidente es una mezcla de gerente, administrador y virrey» (Caretas n°2500, 10.08.17). Y añade: «el virrey asiste a los desfiles, ceremonias y misas». Flota la idea de que era una suerte de gobernante frívolo. Por mi parte, me he ocupado del «hombre festivo» (en Hacia la tercera mitad, 1996). Pero trataba del criollo y su conducta y mentalidad y no a los peninsulares. Es cierto que hubo procesiones, fiestas y saraos, pero la leyenda dorada nos distrae y oculta la poderosa estructura de poder que duró tres siglos. Con todos mis respetos, señor Presidente, el Virrey chambeaba.

Capitán General, Presidente de la Real Audiencia, Gobernador General de la Flota o Armada. Un virrey era alguien muy ocupado. En Perú como en Nueva España (México) sus atribuciones eran variadas y extensas. Eran militares y judiciales. Los Austria hispánicos enviaban como alto funcionario a un noble, o sea, un hombre de armas. En cuanto a lo jurídico, la Audiencia era el poder legal integrado al sistema, no separado. Terreno de abogados, pleitos y fallos dictados contra corregidores y autoridades civiles pero por su potestad, intervenía el Virrey. Esa fusión de poder y leyes (hoy, abominable) se llamaba Consejo Consultivo.

Lo que acabo de describir son funciones seculares. Además tenía las religiosas. La Iglesia era poderosa pero el Virrey también. Había una silla permanente para tan alto funcionario en cada oficio eclesiástico. «Cuando llegaba, cuatro o seis prebendados salían a la puerta a recibirlo» (Eugenio Alarco). El Virrey pasaba de unas funciones a otras, movilizándose en su calesa con seis mulas, con cocheros y el palio, y con oidores de la Real Audiencia en la proa.

¿Y qué eran los oidores? Además de recibir apelaciones en la Audiencia —el poder judicial— debían averiguar cómo estaban las cosas a lo largo del territorio virreinal. Cada oidor tenía un lugar determinado. En términos de nuestros días, eran inspectores de funcionarios locales. Los mercaderes les temían. También las instituciones, cada una tenía su oidor (la Flota, la Real Hacienda). Prácticamente, la organización político-administrativa. La acusación de un oidor deshacía el honor del más alto caballero. Y el Virrey les escuchaba. En los inicios coloniales, eran solo españoles peninsulares. Al final, la mayoría eran criollos. O sea, es un cuento que no tenían poder. ¿Y ahora? Como siempre cerca del trono, solo que se dicen de izquierda.

El Virrey escribía sus Memorias. ¿A propósito, dónde están las de Manuel Prado, Odría? ¿Lo ven a Toledo redactando las suyas en Punta Sal?

El Virrey, a diferencia de los presidentes, tenía límites. Además de la prohibición de casarse en la jurisdicción, o hacer negocios, estaba la obligación del Juicio de Residencia. La consideró Víctor Andrés Belaunde, en 1910, en célebre ensayo. El Virrey tenía que esperar un año antes de partir. Se acondicionaba un local en la Plaza de Armas a la que accedía cualquiera para presentar sus quejas. Seis virreyes pasaron los mares cargados de cadenas.

Pero lo peor es que era más autónomo que nuestros presidentes. Si le llegaba una ley (una cédula real) un tanto indigesta, bastaba ponerla en la cabeza y pronunciar «se acata pero no se cumple». Imaginen que un presidente de este siglo se ponga sobre la cabeza las reglas del Consenso de Washington y acto seguido posterga, por ejemplo, el pago de la deuda externa. Le caería encima el Fondo Monetario. ¿«Somos libres, seámoslo siempre»?

El lector se preguntará por qué se oculta la información de ese aparato de poder virreinal. Ocurre que no nos conviene comparar nuestras instituciones con las de ese pasado, porque saldríamos perdiendo. Llegaron a pactos con los sometidos, en una escala jerárquica que por supuesto repudiamos, pero que vertical y eficazmente incluía Oidor limeño, Corregidor, Curaca local y a los indígenas mismos. Con los virreyes, hubo indios de nobleza, cuyos títulos desaparecen en la República. No solo les quitaron tierras sino rango social. Después del virrey vinieron casonas y caudillos, luego plutocracias, oligarquías, autocracias y últimamente cleptocracias.

Publicado en El Montonero., 21 de agosto de 2017

http://elmontonero.pe/columnas/el-virrey-no-todo-eran-fiestas

 

Sendero: 1. Ejecutivo: 0

Written By: Hugo Neira - Ago• 14•17

Las noticias. El ecuatoriano Christian Ramos falla el penal, dejando a su club fuera de la liga de los Libertadores. Y PPK la posibilidad de una mejor aceptación en la ciudadanía. Si se hubiese puesto duro, millones de padres de familia se lo hubiesen agradecido. Pero no, prefirió jugar un rol simpático. Caray, esas cosas se las podemos dejar a los chicos y chicas de la farándula que salen en Luces. El poder si no provoca respeto, está perdido.

La noche del viernes 11 de agosto pasará a los anales de nuestra historia. Un presidente constitucional recibe a sus peores enemigos en un encuentro en el que no saca ningún provecho. Al día siguiente la huelga continuaba. Y en los quioscos,  «El Minedu seguirá conversaciones con los maestros en las regiones».  ¿Y eso es todo?

El jueves, el día anterior, la ministra Martens ya tenía la cosa resuelta, los 2000 soles, y entonces, ¿para qué la reunión? Solo en caso de estar seguros que los invitados iban a conceder algo. Así, mientras periodistas, la televisión y el país entero suspendían la respiración ante el anuncio presidencial sobre los resultados de esa descabellada reunión, las masas tenían en las manos la plaza San Martín de Lima y la de Cusco y la de Arequipa. El sartén por el mango. Al fin se escucha de labios no del que invitaba sino del ministro Zavala, algo asombroso. ¡No concedieron nada! Ni lo más mínimo. Al revés, al Ejecutivo le pusieron la agenda de las semanas siguientes.

Es ininteligible ese Waterloo pepekacista. Un Jefe de Estado concibe la necesidad de un encuentro de ese tipo, OK. Pero, ¿sin acudir a algún operador, no un ministro, alguna persona de confianza para un sondeo previo? Nada de eso se hizo. ¿Qué habrán pensado? ¿Que iban a una reunión financiera? Iban a algo enigmático, a una reunión con políticos. No todo en la vida son transacciones económicas. Existe la lucha por el poder. Eso que los griegos llamaban el agon, que es combate físico, en el que cabe la simulación. Eran los griegos famosos por astutos. Y los invitados han mostrado lo que querían. Revelar la debilidad extrema del presente gabinete y la del Presidente. Es decir, el tímido gobierno democrático de estos días. Y ante ellos, una combinación de maestros, protesta y senderistas ¡en 16 regiones!…

Un mundo de maestros fragmentados y en competencia, Sutep 1, 2 y 3. Y lo que le puede haber pasado es justamente, invitando a Palacio a los moderados, a esos que están perdiendo terreno, entonces, los ha obligado a ponerse duros¡! Y es lógico, no cedieron en nada. La calle los esperaba. ¡Qué ingenuidad de los que nos gobiernan! Y la arrogancia de no tener ni asesores ni consejeros. Y en fin, decir que la reunión le permitió apreciar «el interés de esos maestros por lo niños». De echarse a llorar o a reír. Lo que les interesa hoy es el poder.

PPK y el ministro Zavala tienen una investidura. Representan un Estado nacional. Una comunidad de 31 millones de personas que no olvida el ataque militar de Sendero a las aldeas y ciudades de este país. ¿Y el Presidente los recibe? ¿O sea, los legitima? ¿Sabe cómo está la nación peruana en estos días, señor Presidente? Está temblando. Abimael Guzmán le ha dado un jaque mate al presidente PPK.

Lima invadida. Lima tomada. A partir de hoy, el rival no es el fujimorismo sino el retorno de los muertos vivos, como en Game of Thrones. Por lo demás, está claro el desorden de ese gabinete. El Ministro Basombrío anuncia que «unos 454 expresos senderistas trabajan en el sector Educación». El dato es grave, ¿pero no podía callarse y soltarlo en otro momento? Supongo que la señora Martens ha quedado encantada. Justo cuando negociaba con «terrucos».

No hay que confundirse. Mucha de la gente que manifiesta apoyando la huelga no son necesariamente militantes de Movadef. Miren el gráfico, a los maestros hace decenios que los han abandonado. Y obviamente, la izquierda de la izquierda halla una capa social desesperada.

¿Qué nos queda para que se hagan política y reformas, comenzando por la educación? La política la pone hoy la calle urbana con provincianos organizados. Ellos comparan la actual movilización nacional con julio de 1979. Tienen razón y no la tienen. Gobernaba Morales Bermudez, cuya legitimidad no venía del pueblo. Hoy, les guste o no, hay democracia. Lo que no hay es autoridad. Y dicen en sus periódicos esas nuevas izquierdas que no han ido al colegio Inmaculada ni tienen padres en San Isidro. «Que no nos salgan con que no hay plata. Que el PBI ha crecido…». ¿Ven los resultados de pasarse de optimistas? ¿De andar diciendo que estamos a dos dedos de entrar en la OCDE? Los efectos perversos de la automentira que repite el poder mediático. La cosa está bien jodida, y no ha acabado. Espero que haya al menos, como en el fútbol, un segundo tiempo. Acaso con un político en el cargo de Premier. ¡Pero ya! No sé qué esperan. Pero «imprudencia y terquedad» dice Rospigliosi. Dios, ¡qué verdad!

Publicado en El Montonero., 14 de agosto de 2017

http://elmontonero.pe/columnas/sendero-1-ejecutivo-0

 

Venezuela, el espejo cóncavo de los males peruanos

Written By: Hugo Neira - Ago• 08•17

«Dura lex, sed lex. La ley es dura pero es ley»

 

¡Vaya semana! Feria del libro, que en otras crónicas comentaré, y la tensa espera de la decisión del fallo del Tribunal sobre el destino de Ollanta Humala y Nadine Heredia. Y finalmente, la apelación de la defensa fue rechazada por la segunda sala de apelaciones. Seguirán en la cárcel. No voy a gastar tinta sobre las razones argumentadas. Caben en una línea, un peligro procesal. Está en casi todos los diarios. Por otra parte, es cierto que la acusación y el juicio oral deben iniciarse. Por lo demás sus abogados apelarán a la Corte Suprema y a instancias internacionales. La cosa da para rato. En los diarios, prácticamente, le están haciendo un entierro de lujo a la esposa del expresidente. Muy interesante en la revista Somos, «La dama y el drama». No sé porque me resisto a esa temática. Acaso porque recuerdo un viejo proverbio castellano, «no hacer leña del árbol caído». Tiene traducción criolla, no se pega patadas al que se cae. Eran reglas que tienen mucho de nobleza, aprendidas en mi juventud criolla y de barrio popular. Por eso, Nadine para después. No ahora.

Otro tema me trota la cabeza. La instalación en Venezuela, contra la opinión del mundo entero, incluyendo al Papa Francisco, de otra Asamblea —así llamada— que aquella que eligió el pueblo. Y resulta que, como en estos días preparo una ponencia sobre 1917, he estado revisando la forma cómo Lenin toma el poder. Luego de capturar militarmente el Palacio de Invierno donde mandaba Kerenski, reemplaza la Duma o Congreso donde los bolcheviques eran minoría, por algo paralelo, el II Congreso de los sóviets. ¿Y qué quiere decir sóviet? La agrupación de soldados y obreros, así de simple. Es curioso, la historia se repite. Lenin tuvo las armas. Maduro tiene las armas. Digo esto, fundado en las mejores fuentes sobre que fue 1917, el trabajo de la rusófila Hélène Carrère d’Encausse, que es rusa de origen y francesa académica.

En otras palabras, Maduro celebra a su manera, su 1917. El juego del doble poder, del cual sale desgastado aquel que no tiene fusiles. Se entiende a Dammert, si no aprueba a Maduro, entonces entierra del todo a Lenin. El problema es que una izquierda que nos propone una fase de ilegalidad que dure unos setenta añitos, no es precisamente lo que ningún país quiere en estos días.

Pero algo más me inquieta. La manera desaprensiva cómo estamos tomando la deriva venezolana. Venezuela antes de Chávez y con los ingresos del petróleo, dice Cecilia Blume, «era un país que bailaba y reía, que consumía más whisky por cápita del mundo, donde cualquiera tenía casa, auto, yate, joyas» (El Comercio, «¿Salvaremos a Venezuela?» 04.08.17). Es realmente  curioso, es la misma argumentación y la postura clásica de los rusos eslavófilos, entre ellos Solzhenitsyn, el Nobel ruso que no entiende para nada la historia, y los que toman la revolución bolchevique como un accidente de la historia. Por cierto que discrepo de ese punto de vista. Pero también del de los marxistas-leninistas convencidos hasta el día de hoy que la predeterminación de la historia hacia inevitable el zarpazo de 1917. Quienes entienden el temperamento ruso y su cultura —en constante enfrentamiento con el Occidente europeo— admiten que los que siguieron en su aventura a Lenin, acomodaron la doctrina a una sociedad donde la feroz dominación de la nobleza y los zares provocaba creencias mesiánicas. Media Rusia tuvo la culpa del colapso de 1917. Lo que usted señala, señora Blume, es cierto, es visible, pero no explica la causalidad y los errores que llevaron al desastre que es hoy Venezuela.

Ahora bien, yo he conocido la Venezuela anterior a Chávez. Varias veces, crucé el Atlántico, invitado como profesor y americanista. Y lo dije hace años en el diario La República. Nunca he apreciado a Chávez pero tampoco a la sociedad caraqueña anterior. Yo he visto y conocido el país pimpante del boom petrolero, el crecimiento demográfico y urbano, la emigración de gente española a las tierras de la costosa reforma agraria de los llanos, andaluces puesto que los caraqueños no tenían ganas de volverse agricultores. Las ventajas inmoderadas de profesores y funcionarios. El estilo de vida de las clases medias que iban a hacer shopping a Miami. Y en ese paraíso caraqueño, a la vista de todos, la miseria de los cerritos. De la gente que votaría por Chávez. Y que no es muy distinta de la que votó por Humala. La pobreza no ha desaparecido.

Lo que pasó en Venezuela y sus espejismos —el falaz crecimiento, diría Basadre— es algo que debe alarmarnos. Se hundieron los dos grandes partidos, Acción Democrática y el Copei. Desacreditados por la gigantesca corrupción. Entonces, señora Blume, no se ocupe de salvar a Venezuela. Lo de Odebrecht no ha terminado. Y no sabemos qué efectos tendrá en una ciudadanía dolida, engañada, traicionada, desencantada, dudosa de las ventajas democráticas y de los políticos por entero. Todo eso nos puede dar un Hugo Chávez a la peruana en el incierto 2021. Venezuela es un espejo de nuestros peores defectos. El peor —como les pasó a ellos­— creerse estar en el mejor de los mundos.

Publicado en El Montonero., 07 de agosto de 2017

http://elmontonero.pe/columnas/venezuela-el-espejo-concavo-de-los-males-peruanos

 

No te leo (J. Hevia)

Written By: Hugo Neira - Jul• 30•17

En ciertos puntos estoy de acuerdo, en otros no. Lo publicamos igual porque se preocupa por el problema de la lectura y de la educación. Para mí, las cosas son sencillas. En el resto del planeta, se enseña conocimientos. En el Perú, no. No se enseña física, química, lógica, gramática, historia universal, historia del Perú, literatura hispanoamericana. Eso es todo. Insisto, el Perú es un tren que se ha salido de los rieles. Hay que reconocer el error y volver a tener maestros y libros. En la Educación actual, se ha destruido la figura del maestro. Lo llaman “facilitante”. No se enseña a escribir un mínimo paper. Como están las cosas, jamás saldría un Julio Hevia Garrido Lecca de los colegios públicos. (HN)

                                                          ______________

 

“Anne-Marie y Roger Chartier son dos de los especialistas más encumbrados del mundo de la lectura, acuciosos rastreadores de su genealogía como de sus abruptas metamorfosis contemporáneas. Así pues, la Chartier sostiene que nunca se ha leído tanto como en la era actual: en ese diagnóstico se cuida de incluir best sellers, artículos técnicos de la más variada índole, revistas de gran circulación y distinto alcance, sin omitir toda la oferta virtual que, hoy por hoy, se abre y cierra ante las miradas atónitas de los migrantes o el atisbar cloromorfizado del nativo.

De la cantidad pensaba Marx, debía darse el imprescindible y tantas veces postergado, salto cualitativo. En cambio Nietzsche, paródico o crudamente realista, llegó a señalar que la propia cantidad ya era, en sí misma, otro tipo de calidad. Quizá entre uno y otro razonamiento se yergue un vasto panorama donde conjeturar lo que le viene ocurriendo a la humanidad en el terreno, tecno-cognitivo se diría, de la lectura electrónica y sus posibles efectos que, señalémoslo de pasada, mal podrían desligarse de toda suerte de afectos.

Ronald Barnett, especialista británico de la problemática educativa y las variantes no poco significativas que el aprendizaje contemporáneo implementa, nos advertía de la mutación de una enseñanza históricamente centrada en la comprensión de los fenómenos hacia una modalidad, bancaria o atomística, harto focalizada en las, puras y duras, competencias. Dicho del modo más elemental, allí donde las competencias aislan los tópicos a aprehender y otorgan a cada cual, aprendiz primero, operario, técnico o profesional después, su lugar en la cadena productiva, la comprensión nos insta, volvemos a Barnett, a colocar en la balanza nuestro propio punto de vista y las correspondientes limitaciones que le son inherentes, ergo, la necesidad de relativizar el análisis y estar atento a su corrección continua.

Hay pues en la rejilla, claramente discriminatoria, del aprendizaje por competencias una suerte de traducción pedagógica de cierta mecánica fordista, a juzgar por la propia gestación, distribución y jerarquización de los saberes tal cual son ordenados social y laboralmente; mientras que en el ejercicio de la reflexión comprensiva aún se respira el aire calmado y menos apremiante que exhalaran el aura enciclopédica, los intereses humanistas o los formatos todoterreno que tanto atraen al ensayista de ayer y hoy. No es gratuito que las competencias, afirmándose en comparaciones y trabajando con constantes, autoricen siempre la configuración de manuales y tiendan a casos paradigmáticos. La comprensión en cambio, quizá más lenta y cuestionadora, lo sumerge todo en el plano de la duda y, desconfiada por naturaleza, no se conforma con fórmulas, de allí que tienda a atisbar en el uso y abuso del Power Point un mecanismo reduccionista, y en el cortar-pegar la sintomática resultante de una concesión educativa sospechosamente paternalista y alfabetizadora.

Si de comprender se trata poco es, valgan verdades, lo que comprendemos de nuestra realidad y es que, visto del modo más áridamente pragmático, tampoco hay demasiada motivación para ello, notando acá de pasada, que tal empuje parece estar inextricablemente ligado a los incentivos económicos y a sus pomposos empoderamientos. Dicho de modo muy grueso y bajo el empañado cristal de una óptica reflexiva en trance de extinción, el dilema parece oponer, de modo irreductible, el acto de leer al de no leer. Sin caer en tal suerte de catastrofismo podríamos preguntarnos si acaso la curva léxica en la que hemos entrado, ascendente o descendente en función del ángulo desde el que se la divise, no supone un facilismo que ablanda las iniciativas del lector, adelgaza sus búsquedas y, en consecuencia, acorta el tamaño de los intereses de quienes se involucran en tal práctica? Es así que tiempo atrás tratábamos a nuestros alumnos, medio en serio/medio en broma, cual si estuvieran afectados por un efecto tipo caña-corta.

Con la lectura electrónica, y a riesgo de ocupar el lugar del fetichista nostálgico, hablaríamos entonces de una reorientación, cuando no de una supresión de los afectos socioepidérmicos a los que estábamos habituados antaño: he allí los despliegues tactiles, el compromiso de la dimensión corpórea vía el tanteo manual, el ejercicio kinestésico en un mundo articulado en tres dimensiones, el aroma más o menos vinculado a la reciente adquisición o al carácter de reliquia del libro que tenemos entre manos.

La lectura digital hoy, es preciso reconocerlo, es la que practica el navegante en medio de una marea informativa que, como es natural, lo distrae, lo desconcentra, lo marea, a fuerza de proponerle todo tipo de conexiones, itinerarios y desplazamientos de superficie. Profundizar es inútil: el slogan adquiere valor de sentencia. Abstraer trae problemas y a ningún logro conduce: es el mejor modo de perder tiempo o de perdernos en él. Incluso, según demostrara recientemente un célebre filósofo fujimorista, leer hace daño y hasta produciría Alzheimer.

Otrora nos figurábamos las cosas vía el lenguaje escrito o hablado; hoy ambos regímenes son canjeables por una serie de gráficas que los emoticones proveen y los memes diseminan. ¿Proceso de transición hacia un orden mejor o involución de rasgos apocalípticos? No lo sabemos, nada es seguro y, en medio de la incertidumbre, J. Wagensberg, físico catalán, ha advertido que la gran virtud de los objetos inertes es la estabilidad, la de los objetos vivos la adaptabilidad y la de los pensantes, su creatividad. ¿Qué virtudes creen ustedes, amigos y amigas, son las que hoy se recompensan y a qué precio?

Julio Hevia Garrido”