Alejandro. Zona de derrumbes

Written By: Hugo Neira - Feb• 13•17

Desde la pequeña pantalla, estando fuera del país, me da pena ver cómo se derrumban las casas de la gente en Chiclayo. Y me admira la paciencia y el coraje con que nuestro pueblo afrenta la desgracia de la natura. Los huaicos se toman la libertad de inundarnos como si nuestra sociedad no produjera otros males, un Huascarán de corrupciones. Lo que se revela  en torno a Alejandro Toledo me produce un estado de ánimo que es el de incontables peruanos —cólera, pena, asombro—, “el cholo de Harvard” con orden de captura planetaria¡! Y aunque sea graciosa su imitación en la tele, no es hora de comedias, no soy partidario de los que cuentan chistes en velorios. Juan de la Puente, en uno de sus artículos, ha dicho que hay una responsabilidad ética y política, colectiva. Y tiene razón. Lo hemos apapachado demasiado. Me viene a la memoria el rostro de señoras populares que lo chupeteaban como si fuera un pariente, a Toledo lo han querido.

Lo que da realmente pena es que haya acabado él mismo con esa hermosa historia que era la suya. El niño que a los cinco años participa de la migración familiar hacia Chimbote. “Llegaron con el equipaje de la pobreza”, escribe Humberto Jara en Historia de dos aventureros. El padre se convierte en ayudante de pescadores y duermen y moran en la estación ferroviaria. El resto lo sabemos, el canastón de tamales que vendían, los voluntarios del Cuerpo de Paz de Kennedy, el papel de Joel y Nancy Maister, pareja de gringos, y de pronto, lo que tantos peruanos aspiran, “el sueño americano”, Berkeley,  Stanford, el fútbol, Eliane. Y el resto que conocemos. Bella historia, por poco, un pesebre en Belén.

Pero la saga misma nace fallada. Desde el origen mismo, la verdad a medias. No nace en Cabana sino en el centro poblado de Ferrer, distrito Bolognesi. Y no estudia economía sino uno de esos inventos americanos, para manejar hospitales, hoteles, aeropuertos. Toledo es doctor en economía de la educación. Lo de Cabana también es mítico. ¿De dónde es realmente Toledo? ¿De esa nueva burguesía depredadora que surge debido a la globalización y que no tiene patria sino los territorios interminables del dinero aventurero? Por qué no negocios con Maiman, en empresas offshore, o el gas por Ucrania, solo dios y Putin lo saben.

Control de daños. Pienso en la gente que congrega en Perú Posible. Roberto Dañino, Luis Solari, Beatriz Merino, Carlos Ferrero. Y Henry Pease, Rodríguez Rabanal, Juan Sheput, Nicolás Lynch, tantos y tantos, centenares, Kurt Burneo, Oscar Dancourt en el equipo económico de PPK como ministro. Una capa social de profesionales que querían hacer algo políticamente por el país. Y Hugo Garavito que intentó pensar el posibilismo. ¡Qué lástima!, un personal humano de primera, desperdiciado.

Ahora es fácil cargarle las tintas. Pienso en los que tempranamente se dieron cuenta. En una crónica, por el 2002, Fernando Vivas: “ Toledo es un peruano-norteamericano”, en Caretas. Hubo gente, venida de las ciencias sociales, que fueron muy críticos. Pienso en Desco,  “Perú hoy, los mil días de Toledo”. Y ahí dicen “el Perú de Toledo confronta un escenario paradójico, una gran estabilidad macroeconómica, una gran incapacidad de la política y un gran descontento social creciente”. Genial, ¿no? En el 2004, no hoy. Qué gracia, cuando está en el suelo. Qué bien por Desco, ¿no? No sea ingenuo, amigo lector, esa revista Quehacer ya no existe. La izquierda no tiene nada que aprender de nadie, ni siquiera de sus revistas.

Se derrumba el propio Toledo. Se derrumban varios partidos. Y no necesariamente por el efecto Odebrecht. Las agendas de Nadine lo preceden. ¿Qué queda del Nacionalismo? Y van dos. ¿De Fuerza Social de Susana Villarán? Tres derrumbes partidarios. “Significativo”, como dicen los del Banco Mundial.

Seamos sinceros, Odebrecht es un cataclismo pero no inventaron la corrupción. Cuando Fujimori padre, escribí sobre “la utopía mafiosa” * (La República, 2000). Y luego vino un tiempo de petroaudios y narcoindultos. Y hace poco, la compra de ocho millones de pañales que se esfumaron en el 2015. Lo que descubre Odebrecht se parece a lo de Colón: no es cuatro islas caribeñas sino un continente, al que pudre.

En fin, muy dados que somos a la magia, a irracionalismos, a apus, al Inkarri, a modas antropológico-delirantes, el derrumbe del “cholo sagrado” es una derrota simbólica que toca su poco a Goyo y al padre Arana, a Acuña que ya medio nazi habla de la “raza peruana”. Eso se acabó. Y la línea imaginaria que se inventaron conchudamente los consultores-periodistas, separando “decentes” de “corruptos”, y que conduce a la ruina a grandes diarios que ellos han vuelto aburridísimos. Derrumbaron los tirajes.

La mafia que hace fortuna desde cargos públicos es transpartidaria. ¿Aprenderemos a ser menos ingenuos? ¿Habrá acaso una reacción saludable? Puede que la gente se envalentone y denuncie coimas, chicas y grandes. Con todo, no está mal esos escándalos. Como decía mi abuelita, que era muy dicharachera, no hay bien que por mal no venga. Y todos nos merecemos un jalón de orejas que nos viene acaso de los altos designios. “Santa Rosa de Lima ¿cómo consientes que en el Perú se chupe tanto aguardiente, alundero le da, Zaña, alundero le da”.

http://www.bloghugoneira.com/que-soy/periodista/diario-la-republica/trienio-02-01-00/anticipaciones#La utopía mafiosa

 

Publicado en El Montonero., 13 de febrero de 2017

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Un comentario de Julio Hevia sobre “la cuestión del otro”

Written By: Hugo Neira - Feb• 13•17

De Julio Hevia, se conoce varios trabajos, extremadamente interesantes. Uno de ellos es ¡Habla, jugador!, y su campo es el mundo popular. Es esencialmente un ensayista que toma en cuenta la voz popular y las categorías epistemológicas a la vez. Caso muy interesante y excepcional. (HN)

«Estimado Hugo:

Una pequeña contribución conceptual en torno a la noción de alteridad que, como se sabe, hace parte del aparato teórico con que Ricœur, nutriéndose de fuentes sajonas, explora el universo de la subjetividad. Lo señalo porque, no en vano, es el propio hermeneuta francés quien se erige en un abanderado de la construcción de las identidades como relatos. De ese encuadre se nutre, entre otros, en la tradición poscolonial, el conocido Homi Bhabha.

Igualmente la semiótica parisina más contemporánea (Silverberg, Landowski, entre otros) que ya se atreve a dialogar con la obra de Bourdieu, la de Foucault y la de Deleuze, se aferra a la noción de alteridad para explicarse, sobre todo, la problemática del migrante y la gama de estilos de vida que, en la tensión con la cultura de recibo, adoptan. O, en la clave de Goffman, a propósito de la dinámica que suele establecerse entre los guiones actualizados por el visitante y su inextricable vinculación con los auditorios a los que debe implicar, cautivar e improntar, o con los que se encuentra en la necesidad de distanciarse e incluso invisibilizarse (Gruzinski).

Sin embargo, apunto a otro tema, quizá más polémico. Se trata de la lectura levantada, tiempo atrás, por S. de Beauvoir respecto al asunto de la alteridad. Para ella habría, en la raíz misma de su uso, un tácito sometimiento al orden, fuese este patriarcal (en lo tocante al tema de los roles de género) o etnocéntrico (en el más amplio sentido antropológico que aquella referencia precipita). Dicho de otro modo, la alteridad se constituiría en una suerte de indicador, legitimado y naturalizado, o legitimado por naturalizado, de una jerarquía invariable entre los sexos.

No es gratuito que, décadas después, se impusiera a partir de las indagaciones feministas sobre el psicoanálisis y sus diálogos con Lacan, el llamado falocentrismo. Es sabido que la propia Beauvoir postuló que el único modo de que la mujer abandonara el nicho de la alteridad que la tradición le reservaba era tornándose independiente económicamente y sopesando los efectos que la maternidad ejercía sobre su destino.

Las reflexiones finales del artículo podrían ser refrendadas también tomando en cuenta la lectura desarrollada por Lacan en su seminario sobre «La Carta robada», dado que, entre otras conjeturas, el psicoanalista francés recupera la idea, encapsulada en el relato, que nos demuestra que, en el juego entre dos posiciones, siempre triunfa el  que cuenta con la habilidad, etnográfica se diría, cuando no comprensiva, de ponerse en el lugar del otro, en vez de someter al otro al lugar de uno, al lugar del propio yo.

Lo dejo allí.

Saludos y un fuerte abrazo

Julio Hevia»

 

 

 

Todorov. “La cuestión del otro”

Written By: Hugo Neira - Feb• 10•17

En uno de sus libros, estudiando a los formalistas rusos y sus teorías sobre narración (a Vladimir Propp) sostuvo Todorov que la esencia del relato es la transformación del sujeto. Entonces, sigamos el consejo.

Había una vez un joven nacido en Sofia, Bulgaria, que decide proseguir sus estudios en París, y doctor en 1970, ingresa al CNRS —la mayor institución para la investigación— y tiene una carrera fulgurante. No es el único caso de intelectual venido de los Balcanes. Julia Kristeva, también de origen búlgaro, lingüista, psicoanalista, escritora. Y de Argelia, Jacques Attali. No es sorprendente, pues, que entre otros temas, Todorov se interesa por la alteralidad. “La cuestión del otro”. Y Todorov, venido de los Balcanes, de ese lugar en que se preguntan dónde nace Europa, adopta una civilización. El mundo de México, el azteca. Y entonces, para explicar a Todorov y su interpretación de la Conquista, sigamos con la teoría del relato como sorpresa.

Había una vez un Emperador en un extremo del mundo. Se llamaba Moctezuma II, había accedido al trono en 1505, su imperio era potente, dominaba regiones frías y calientes, y un flujo comercial, y comerciantes que viajaban, los pochtecas, haciendo la prosperidad de las clases dominantes y practicaban la guerra, la cual era el ascensor de subida para las clases bajas, cuyos hijos, si eran fuertes y aguerridos, podían aspirar a ser ‘Caballeros Águila’. Los mexicas habían conquistado ese mundo mesoamericano, y su jefe, el tlatoani (no rey, sino el que tenía la última palabra), vivía entre palacios en Tenochtitlan, una ciudad levantada como Venecia sobre el agua de una inmensa laguna, una de las ciudades más grandes del mundo —200 mil habitantes— solo comparable a Constantinopla. Cuando los invasores españoles la descubren, se quedaron con la boca abierta, y uno de esos guerreros, el cronista Bernal Díaz del Castillo, lo cuenta: “nos parecía como las ciudades de maravilla de los libros de caballería de Amadís de Gaula”. Pero llegará Cortés para descubrir las fallas del poder soberano azteca, la fragilidad del sistema político.

Había una vez, en una isla cercana a México, una colonia de españoles, luego del Descubrimiento. Pero de las islas del Caribe no habían casi salido. Al frente, en el continente, al parecer, había más indios, más pueblos y más oro. Con frecuencia hacían lo que llamaban “entradas”, sin grandes resultados. Hasta que uno de ellos, dedicado a la venta de caballos, sediento de intervenir en una hazaña militar, forma una “compañía”, un grupo de hombres de guerra, a su cuenta y riesgo. Hernán Cortés, sin embargo, tenía algo distinto de los otros colonos, había estudiado en Salamanca. Era culto. Era un renacentista, gente ferozmente individualista, y un coetáneo de Maquiavelo, el maestro del realismo político.

Y así, llegan a Tenochtitlan, subiendo desde Veracruz hasta el valle central, y en una fatídica fecha, el año Uno, Junco, 1519. Fue un azar afortunado para Cortés. Esperaban los aztecas ese signo de los coléricos dioses, con el corazón apretado, el retorno del rey-sacerdote convertido por la leyenda en un ser sagrado, Quetzalcóatl. Había prometido regresar, no amaba la guerra. Y entonces, Moctezuma II se pregunta, ante esa gente extraña, si eran dioses o sus enviados. El Imperio azteca no era tal, era una Triple Alianza. Era frágil. Los aztecas se habían excedido en su dominación, no solo sus avarientos recaudadores de impuestos, los calpixque, sino la exigencia de jóvenes combatientes para sus “guerras floridas”,  para sacrificarlos en sus pirámides sangrientas. Cortés se había enterado de todo aquello, se detuvo a conversar con los jefes locales. La alteralidad sirve a quienes aman al otro y lo estudian —Sahagún en México, Cieza de León en el Perú— pero eran humanistas y no soldados.

Y aquí interviene Todorov. Mucho se ha escrito, y se escribirá sobre el derrumbe de la  civilización azteca (previo al derrumbe inca), pero La Conquista de América de Tzvetan Todorov pone en el tapete una cuestión decisiva. ¿Quién de los dos, Moctezuma o Hernán Cortés, entendió más rápido y mejor a su rival? Todorov innova introduciendo en la historiografía la relación comunicacional. Moctezuma pensaba desde sus mitos y temores. Cortés, es ya un moderno, calcula, pesa y actúa. De un lado, el pensamiento mágico. Del otro, la feroz racionalidad. No me pregunten quién venció.

El libro de Todorov es una joya. Las razones de la victoria del invasor: “comprender, poseer, destruir”. A los aztecas —que eran numerosos y acostumbrados a combatir— no los vencen ni las espadas de acero, los caballos, la pólvora sino algo que sí tenía Cortés y no los aztecas, algo que se llama política. Logró que lo apoyen 10 mil guerreros. Lo de Todorov sobrepasa el marco de lo mexicano. El que posee lo cognitivo, tiene el poder.

Hoy, esta nota se escribe porque Todorov se nos ha ido. Pienso en su amor por el mundo mexicano y lo imagino, en uno de esos “paraísos de bruma” que ha descrito otro mexicanista, Alfredo López Austin. Y también, esta nota para mis paisanos. La dominación estudia al dominado para ver cuál es su lado frágil. Odebrecht ha puesto en claro que, en el estado actual de las cosas, es la vanidad junta a la rapiña. Y acaso, nuestro solapado desdén por la cultura.

 

Publicado en El Montonero., 10 de febrero de 2017

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El arquetipo Piérola o Leguía, según un inesperado visitante

Written By: Hugo Neira - Feb• 06•17

En mi viaje trabajo sobre la historia. Hace calor en Santiago y  aprovecho la noche que se pone fresca. De pronto, un ruido en mi estudio. ¿Y saben a quién encuentro? Nada menos que a don Jorge Basadre. No es la primera vez que por una escalera de marras, desciende de improviso alguna celebridad que ya no es de este mundo. Me ha pasado con Maquiavelo, con Hobbes.

Basadre está igualito que la última vez que lo vi en su casa de Orrantia.

– ¿De modo que quiere usted saber qué pienso de Nicolás de Piérola?

– Le rogaría, le digo, no termino de entender si fue caudillo a caballo o estadista.

Basadre se arrellana en un sillón.

– A Piérola se le ve como un eterno insurrecto, pero cuando el presidente Balta, en 1868, en plena crisis con los consignatarios del guano se queda sin ministro, es Echenique que se lo presenta. Un joven de 30 años, casi desconocido. Piérola.

– Y es el que acaba con los consignatarios mediante el acuerdo con el judío Augusto Dreyfus. Un buen arreglo, he leído en Bonilla que Dreyfus avanza sesenta millones con tal de ser el agente exclusivo del guano del Perú. ¿No enriqueció a algún “consultor”?

– Mire Neira, Piérola venía de algo que olvidamos. Piérola venía de un viejo solar blasonado de Arequipa, y de una familia austera, la instrucción media en el seminario de Santo Toribio, uno de sus hermanos, Amadeo se hizo sacerdote. Nicolás en cambio se dedica a los negocios, pero dicen las malas lenguas que toda su vida se puso bajo la ropa, un hábito de monje.

– Bueno, el contrato Dreyfus tuvo muchas ventajas, César Antonio Ugarte lo dijo. Basadre levanta los brazos al cielo.

– Ese contrato fue un hito decisivo. En la historia social y política del Perú, una revolución desde arriba, sin un disparo.

– ¿Tanto? Usted ha escrito que cuando quisimos comprar fragatas, Dreyfus, en plena crisis del salitre y el guano, no quiso ayudarnos. Y se inicia en 1879 la guerra.

– ¿Sabe usted por qué se le detesta a Piérola?

– Supongo por la dictadura en plena guerra, ¿no?

– El 18 de diciembre Prado se va de viaje. Le había pedido que presidiera un gabinete y dijo que no. “No se sentía responsable de culpas ajenas”. Se comenzaron a levantar batallones que querían obedecer a Piérola. No tuvo más remedio. ¿Conoce lo que hizo, ya en el poder?

– Bueno, creo que muchas cosas.

– ¿Muchas? Creó ejércitos que no había, cuerpos enteros, llamó a las bases gremiales,  destruyó los Concejos departamentales que obstruían, se dio tiempo para crear la Escuela de Bellas Artes. Hemos sido muy injusto con “El Califa”. El pueblo de Piérola, en 1895, es la única formación realmente plebeya que seguía a un caudillo que no formaba parte de las capas plutocráticas. ¿Ha leído usted la “declaración de principios” del Partido Demócrata?

– La verdad que no.

– La solidaridad social, la coexistencia de partidos, el poder presidencial superior al legislativo y al judicial, funcionarios con mecanismos reguladores para que no caigan en la corrupción.

Entonces, para mi capote, me está diciendo el Perú necesita no un Lenin sino un Piérola.

– ¿Y qué me dice de Leguía? También era hombre de negocios, y tampoco pertenecía a las viejas clases dominantes.

Basadre sonríe.

– ¿Sabe cómo era Leguía? Un hombre pequeño, siempre bien vestido, le gustaban las fiestas, veladas teatrales, el hipódromo¡! Tenía varios egos, hombre de negocios o implacable político capaz de romper su partido, el civilismo y gobernar contra la clase rica con otra clase rica que él fabrica. Mi generación lo detestó, Haya, Porras, usted lo sabe. Exaltó el crecimiento material, revivió la tradición limeña de tipo áulico. ¿Sabe que en el Senado americano revelaron grandes sumas para familiares y allegados de Leguía en torno al emprestito Seligman? Cierto, modernizó no solo a Lima, se hicieron carreteras, obras públicas, con emprestitos, donde muchos metían la mano. Se cuenta que un día lo invitan a casa de uno de sus funcionarios vuelto millonario, y asombrado de los muebles, alfombras y la impudicia del propietario, a Leguía mismo se le escapó un “Caramba, ¡qué de prisa ha ido éste!”. El leguiísmo fue como la época del guano pero más a prisa.

Fin de juego. Ni Batman ni Superman. Dos estilos presidenciales que se repiten. Los de la manera a lo Leguía prefieren gobernar cuando hay auge y demanda externa y se las arreglan para generar una nueva capa de ricos que se suma a las precedentes. O peor, usan el dinero de los sobornos para fines personales. Los Piérola son escasos y riesgosos. Cuando los hay dividen a los peruanos, unos los aman, otros los odian. ¿Cuál es preferible para un país en urgencia? Los Leguía son buenos para la rutina y negocios, aunque cuidado con las adendas, pero no son buenos ante catástrofes. Un Piérola ya habría ido con soldados a ayudar con pala en mano a gente humilde inundada por los huaicos.

Posdata. Casi todo lo que pongo en boca de Jorge Basadre está en: Chile, Perú y Bolivia independientes. En cuanto a Toledo, comienza como Piérola y acaba como Leguía.

Publicado en El Montonero., 06 de febrero de 2017

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Todos los lodos, el lodo

Written By: Hugo Neira - Ene• 30•17

Si el hombre es su circunstancia, al menos tengo mínimamente dos. El lugar en donde por el momento viva, hoy en Santiago de Chile, mañana quién sabe, pero la otra circunstancia será siempre la peruana, aunque esté ausente. El intitulado, un plagio a Cortázar, «todos los fuegos, el fuego».

En Chile los incendios no han acabado, el cielo de esta ciudad que suele ser transparente, de un azul intenso como en Arequipa, ahora es gris por las cenizas, y 9 mil bomberos resultan insuficientes para apagar los 121 focos, y ya ha llegado la ayuda internacional, y un grupo de bomberos peruanos. Pero lo que quiero contarles es la inesperada y voluntaria movilización de la gente. Este fin de semana, millares de chilenos dejaron sus casas para tomar las carreteras y en una fila interminable de autos, camiones y camionetas, se dirigieron a la región del Maule, al punto que las autoridades están intentando contener esa corriente solidaria, por la simple razón que se cruza con el trabajo desesperado de los piquetes de «brigadistas». Han llevado abundantemente comida, mantas, herramientas, medicamentos, de todo. El fuego acaba con todo y falta todo en los lugares del siniestro. Los voluntarios llevan sus tiendas de campaña y pernoctan en los sitios siniestrados. Ciudades del tamaño de Chosica, muchas, han desaparecido.

En Lima también arden todos los fuegos. O mejor, todos los lodos. Además de la desgracia natural de los desbordes, ese otro lodo, el peor, el desprestigio moral. El huaico de la información sobre coimas, en cada kiosco que el peruano de a pie mira,  no compra e igual se entera. Un listado que cada día se ensancha como un castigo del cielo no solo a políticos y funcionarios sino a periodistas. Odebrecht y sus regalitos. No me voy a enconar en ese tema, crecí en Lince, la calle enseñaba ciertos valores que no provenían de la cucufatería con olor a sacristía sino del mundo plebeyo y criollo: «no se pega al que está por los suelos».

Leo los diarios limeños, y entre ellos, una nota de Daniel Parodi, en Expreso, sobre «la historia de la corrupción». A ti te escribo. Porque eres historiador. Haces bien en recordar que, por desgracia, la corrupción no es solo un ilícito de particulares sino una costumbre, una forma de hacerse rico y un estilo de vida por lo general suntuario. En efecto, al erario público lo han asaltado repetidas veces, después de la Independencia. Es un gran tema, Daniel, y no para disminuir la responsabilidad de los actuales. Me recuerdas las indagaciones de Macera, Bonilla, Flores Galindo, Javier Tantaleán. Tú conoces esa historiografía. Tuvimos periodos faustos —el guano, el salitre— luego la guerra, y después, el caucho, el algodón y el azúcar. Y después, los metales en alza desde Odría. Y ahora, las minas y el canon. ¿Y después? No dice Jürgen Schuldt Lange, ¿Somos pobres porque somos ricos? Tantaleán sostiene que con el auge del guano, el aparato del Estado creció 51 veces desde 1822 a 1873. La excreta, como dice la gente educada, «de las aves guaneras permitió el desarrollo de la caña de azúcar, el algodón, los bancos, la urbanización, la trata de esclavos, los ferrocarriles» (Tantaleán, 2010). Pero Balta eran los ferrocarriles —andaba por medio Meiggs— y no pudo o no quiso comprar el par de fragatas inglesas que acaso hubiesen impedido la guerra del Pacífico.

El gran tema no es la prosperidad «sino el uso pingue de la renta fiscal cuyo valor perecedero fue olvidado para emplearlo en el derroche más atolondrado». ¿Quién dice eso? Seguro que un izquierdista. Lo dice Jorge Basadre, en el ‘Sultanismo’ (p. 76). Y Flores Galindo, citando Shane Hunt: adónde se fueron los ingresos del guano, «a expandir la burocracia civil y la burocracia militar». Un siglo entero, el XIX.

Nuestra historia republicana es una crisis perpetua. La modernidad que por nuestras (malas) costumbres no llega del todo a implantarse. El capitalismo no marcha de la mano de esa suerte de cosmovisión limeña, la vida es una juerga. Y el amor fati de la peruanidad —la idea optimista del destino— es tener como meta no una profesión ni una pasión artística o intelectual o científica, ni ser rico sino multimillonario «si la sabes hacer», si tienes un pata o asociado en el gobierno. No me hablen por favor de Estado, no lo hay. Por lo demás, la clase dominante se niega a admitir la pluralidad entre tipos distintos de ricos. Entonces, las neoburguesías entran, ya no por la puerta sino por la escalera de servicio o por la azotea. Los candidatos o lumpenburgueses son más numerosos que los puestos honestos (y mal pagados) de trabajo. Así es la vaina. El mercado imperfecto.

Nuestra tarea, Daniel, es el cuestionamiento incesante. Alguna vez intenté estudiar la clase dominante, siguiendo apellidos y grandes fortunas. Es impresionante. Aparecen y se derrumban¡! Pocas son las casonas que sobreviven. Por lo general, las más modestas, las más prudentes. Un solo defecto, se deja abierto el camino a los improvisados. Y por lo general, Aladino puede resultar más codicioso que los 40 ladrones.

Publicado en El Montonero., 30 de enero de 2017

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