Juan, de las ecuaciones al periodismo

Written By: Hugo Neira - Feb• 20•17

Juan es la historia de un gran periodista. Apenas volvió de sus estudios en la London School of Economics, comenzó a escribir en el diario de su familia. La suya era una familia peruanísima, o sea que descendía de un judío francés que llegó al Perú a mitad del siglo XIX, y fundador de El Diario. Los Toutlefric —así— se llaman, fueron empresarios, doctores, políticos pero sobre todo periodistas. El hecho que su apellido se parece a una expresión que quiere decir “los que tienen TODA la plata”, no tiene mayor importancia. Juan se dio de lleno a su oficio, escribir en el gran diario. Pero al poco tiempo se dio cuenta de que las matemáticas que había aprendido en Londres, no le servían para nada. En el periodismo no siempre x∑y, funciona. ¿Qué hacía con el axioma de extensionalidad de Fraenkel en esa oficina en el centro de Lima y escribiendo sus 600 palabras?

En las reuniones de familia, era el mejor en cuanto se hablaba de cifras y negocios, pero él sabía que su prosa era sosa, pesada o excesivamente coloquial. Podía entrar al concejo de alguna de las muchas empresas del clan familiar pero quería ser periodista, como el tatarabuelo. Su amigo Max, el psicoanálista —ambos coincidieron cuando se formaban en Londres— le aconsejó el psicoanálisis. Dicho y hecho, Juan tenía fortuna, podía disponer de su vida y se mandó a mudar a un lugar de los Estados Unidos, donde siguió un curso acelerado de psicología. Buscó a un especialista de un tipo particular de neurosis, el deseo de mandar, la libido dominandi. O sea, los políticos. A los seis meses estaba de vuelta. Esta vez se dedicó a los reportajes. Su éxito fue inmediato, como sabemos.

Fue él quien en una entrevista, predijo que Alejandro sería un presidente tarambana y que la familia no corría ningún riesgo. Y previno sobre la personalidad del peligroso comandante que le sucede. Uso con él la famosa paradoja, “quiero pero no quiero”. Y entonces, El Diario propuso lo que resultó conveniente para el país y la democracia: le pusieron seis tecnócratas de primera y funcionó el “piloto automático” por cinco años. Juan se había olvidado de las ecuaciones y ahora pensaba en el ego y el ello, el inconsciente y Freud y la cosa marchaba, pero no del todo. Seguía siendo un plomazo en cuanto escribía.

Era al revés, cuanto más sabía —matemáticas, economía, psicoanálisis— peor eran sus columnas. Se puso a leer literatura. Alonso Cueto le regaló un libro de Flaubert, que también fue un hijo de familia que le costó aprender a escribir, y descubre que la escritura es un lujo, que al lado del lujo de saber vivir, de saber hacer, había un saber entretener diciendo cosas incómodas. Y que eso era fácil para poetas, para gente insólita e inconforme y no para gerentes. Escribir no era un memorándum. Se daba de narices con la gloria de lo efímero. El Diario, en otros tiempos, tenía una redacción de gente insalubre, pero que escribían como dioses y que gustaban a las clases altas por su audacia y al menudo pueblo por su gracia. Cuando él era pequeño, había visitado de la mano del abuelo, la sala de redacción, llena de zambos, cholazos y blancazos bien corridos, que eran simpáticos, divertidos, y acaso por eso, buenos periodistas.

Juan, entonces, decidió adquirir ese lujo. Y cambió de estilo de vida, dejó de ir al club, a la casa de playa, partía a vivir entre bohemios en barrios pecaminosos. Alberta, su mujer, no le aceptó esta vez ese tipo de entrenamientos. Ya tenía cerca de 40 años, estaba poniéndose calvo, y no se ocupaba de los “enanos”, tres encantadores niños. Para mala suerte, Juan se había hecho amigo de un sociólogo que le explicó la anomia y eso de la “asimilación social”. Entendió entonces que él provenía de eso que el maldito sociólogo llamaba un “grupo tradicionalista coherente” y en cambio los lectores eran parte de una sociedad anómica, dispersa, antitodo, jodida, y la lógica de sus crónicas no predisponía a la simpatía. Tenía que descomponerse un poco. Se leyó entonces todo lo que había en inglés sobre la asimilación de polacos en Chicago y anduvo con el libro de Znaniecki bajo el brazo, hasta en las madrugadas en El Romano y en antros de la Victoria. Y entonces, su columna se volvió viral en las redes sociales. Se había salvado como columnista, en lo personal era un desastre.

La mujer lo dejó, los hijos no querían ni verlo, cambió de lectores, ahora lo adoraban los que querían hacer saltar por los aires el orden social, todo orden social, y se había vuelto prematuramente viejo, chupaba y tenía amigos rarísimos, pero escribía unas crónicas de puta madre que le habrían envidiado tanto Sofocleto como Baudelaire. Se había hecho periodista.

A ratos, se arrepentía. Si hubiese sabido en su juventud que el periodismo no es un oficio sino una disposición, se hubiera quedado en x∑y y la extensionalidad de Fraenkel, y habría sido un limeño feliz. Recomendó entonces a los administradores que contrataran a una punta de desubicados y medio chiflados para reflotar El Diario, pero ni lo recibieron.

 

Publicado en El Montonero., 20 de febrero de 2017

 

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Alejandro. Zona de derrumbes

Written By: Hugo Neira - Feb• 13•17

Desde la pequeña pantalla, estando fuera del país, me da pena ver cómo se derrumban las casas de la gente en Chiclayo. Y me admira la paciencia y el coraje con que nuestro pueblo afrenta la desgracia de la natura. Los huaicos se toman la libertad de inundarnos como si nuestra sociedad no produjera otros males, un Huascarán de corrupciones. Lo que se revela  en torno a Alejandro Toledo me produce un estado de ánimo que es el de incontables peruanos —cólera, pena, asombro—, “el cholo de Harvard” con orden de captura planetaria¡! Y aunque sea graciosa su imitación en la tele, no es hora de comedias, no soy partidario de los que cuentan chistes en velorios. Juan de la Puente, en uno de sus artículos, ha dicho que hay una responsabilidad ética y política, colectiva. Y tiene razón. Lo hemos apapachado demasiado. Me viene a la memoria el rostro de señoras populares que lo chupeteaban como si fuera un pariente, a Toledo lo han querido.

Lo que da realmente pena es que haya acabado él mismo con esa hermosa historia que era la suya. El niño que a los cinco años participa de la migración familiar hacia Chimbote. “Llegaron con el equipaje de la pobreza”, escribe Humberto Jara en Historia de dos aventureros. El padre se convierte en ayudante de pescadores y duermen y moran en la estación ferroviaria. El resto lo sabemos, el canastón de tamales que vendían, los voluntarios del Cuerpo de Paz de Kennedy, el papel de Joel y Nancy Maister, pareja de gringos, y de pronto, lo que tantos peruanos aspiran, “el sueño americano”, Berkeley,  Stanford, el fútbol, Eliane. Y el resto que conocemos. Bella historia, por poco, un pesebre en Belén.

Pero la saga misma nace fallada. Desde el origen mismo, la verdad a medias. No nace en Cabana sino en el centro poblado de Ferrer, distrito Bolognesi. Y no estudia economía sino uno de esos inventos americanos, para manejar hospitales, hoteles, aeropuertos. Toledo es doctor en economía de la educación. Lo de Cabana también es mítico. ¿De dónde es realmente Toledo? ¿De esa nueva burguesía depredadora que surge debido a la globalización y que no tiene patria sino los territorios interminables del dinero aventurero? Por qué no negocios con Maiman, en empresas offshore, o el gas por Ucrania, solo dios y Putin lo saben.

Control de daños. Pienso en la gente que congrega en Perú Posible. Roberto Dañino, Luis Solari, Beatriz Merino, Carlos Ferrero. Y Henry Pease, Rodríguez Rabanal, Juan Sheput, Nicolás Lynch, tantos y tantos, centenares, Kurt Burneo, Oscar Dancourt en el equipo económico de PPK como ministro. Una capa social de profesionales que querían hacer algo políticamente por el país. Y Hugo Garavito que intentó pensar el posibilismo. ¡Qué lástima!, un personal humano de primera, desperdiciado.

Ahora es fácil cargarle las tintas. Pienso en los que tempranamente se dieron cuenta. En una crónica, por el 2002, Fernando Vivas: “ Toledo es un peruano-norteamericano”, en Caretas. Hubo gente, venida de las ciencias sociales, que fueron muy críticos. Pienso en Desco,  “Perú hoy, los mil días de Toledo”. Y ahí dicen “el Perú de Toledo confronta un escenario paradójico, una gran estabilidad macroeconómica, una gran incapacidad de la política y un gran descontento social creciente”. Genial, ¿no? En el 2004, no hoy. Qué gracia, cuando está en el suelo. Qué bien por Desco, ¿no? No sea ingenuo, amigo lector, esa revista Quehacer ya no existe. La izquierda no tiene nada que aprender de nadie, ni siquiera de sus revistas.

Se derrumba el propio Toledo. Se derrumban varios partidos. Y no necesariamente por el efecto Odebrecht. Las agendas de Nadine lo preceden. ¿Qué queda del Nacionalismo? Y van dos. ¿De Fuerza Social de Susana Villarán? Tres derrumbes partidarios. “Significativo”, como dicen los del Banco Mundial.

Seamos sinceros, Odebrecht es un cataclismo pero no inventaron la corrupción. Cuando Fujimori padre, escribí sobre “la utopía mafiosa” * (La República, 2000). Y luego vino un tiempo de petroaudios y narcoindultos. Y hace poco, la compra de ocho millones de pañales que se esfumaron en el 2015. Lo que descubre Odebrecht se parece a lo de Colón: no es cuatro islas caribeñas sino un continente, al que pudre.

En fin, muy dados que somos a la magia, a irracionalismos, a apus, al Inkarri, a modas antropológico-delirantes, el derrumbe del “cholo sagrado” es una derrota simbólica que toca su poco a Goyo y al padre Arana, a Acuña que ya medio nazi habla de la “raza peruana”. Eso se acabó. Y la línea imaginaria que se inventaron conchudamente los consultores-periodistas, separando “decentes” de “corruptos”, y que conduce a la ruina a grandes diarios que ellos han vuelto aburridísimos. Derrumbaron los tirajes.

La mafia que hace fortuna desde cargos públicos es transpartidaria. ¿Aprenderemos a ser menos ingenuos? ¿Habrá acaso una reacción saludable? Puede que la gente se envalentone y denuncie coimas, chicas y grandes. Con todo, no está mal esos escándalos. Como decía mi abuelita, que era muy dicharachera, no hay bien que por mal no venga. Y todos nos merecemos un jalón de orejas que nos viene acaso de los altos designios. “Santa Rosa de Lima ¿cómo consientes que en el Perú se chupe tanto aguardiente, alundero le da, Zaña, alundero le da”.

http://www.bloghugoneira.com/que-soy/periodista/diario-la-republica/trienio-02-01-00/anticipaciones#La utopía mafiosa

 

Publicado en El Montonero., 13 de febrero de 2017

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Un comentario de Julio Hevia sobre “la cuestión del otro”

Written By: Hugo Neira - Feb• 13•17

De Julio Hevia, se conoce varios trabajos, extremadamente interesantes. Uno de ellos es ¡Habla, jugador!, y su campo es el mundo popular. Es esencialmente un ensayista que toma en cuenta la voz popular y las categorías epistemológicas a la vez. Caso muy interesante y excepcional. (HN)

«Estimado Hugo:

Una pequeña contribución conceptual en torno a la noción de alteridad que, como se sabe, hace parte del aparato teórico con que Ricœur, nutriéndose de fuentes sajonas, explora el universo de la subjetividad. Lo señalo porque, no en vano, es el propio hermeneuta francés quien se erige en un abanderado de la construcción de las identidades como relatos. De ese encuadre se nutre, entre otros, en la tradición poscolonial, el conocido Homi Bhabha.

Igualmente la semiótica parisina más contemporánea (Silverberg, Landowski, entre otros) que ya se atreve a dialogar con la obra de Bourdieu, la de Foucault y la de Deleuze, se aferra a la noción de alteridad para explicarse, sobre todo, la problemática del migrante y la gama de estilos de vida que, en la tensión con la cultura de recibo, adoptan. O, en la clave de Goffman, a propósito de la dinámica que suele establecerse entre los guiones actualizados por el visitante y su inextricable vinculación con los auditorios a los que debe implicar, cautivar e improntar, o con los que se encuentra en la necesidad de distanciarse e incluso invisibilizarse (Gruzinski).

Sin embargo, apunto a otro tema, quizá más polémico. Se trata de la lectura levantada, tiempo atrás, por S. de Beauvoir respecto al asunto de la alteridad. Para ella habría, en la raíz misma de su uso, un tácito sometimiento al orden, fuese este patriarcal (en lo tocante al tema de los roles de género) o etnocéntrico (en el más amplio sentido antropológico que aquella referencia precipita). Dicho de otro modo, la alteridad se constituiría en una suerte de indicador, legitimado y naturalizado, o legitimado por naturalizado, de una jerarquía invariable entre los sexos.

No es gratuito que, décadas después, se impusiera a partir de las indagaciones feministas sobre el psicoanálisis y sus diálogos con Lacan, el llamado falocentrismo. Es sabido que la propia Beauvoir postuló que el único modo de que la mujer abandonara el nicho de la alteridad que la tradición le reservaba era tornándose independiente económicamente y sopesando los efectos que la maternidad ejercía sobre su destino.

Las reflexiones finales del artículo podrían ser refrendadas también tomando en cuenta la lectura desarrollada por Lacan en su seminario sobre «La Carta robada», dado que, entre otras conjeturas, el psicoanalista francés recupera la idea, encapsulada en el relato, que nos demuestra que, en el juego entre dos posiciones, siempre triunfa el  que cuenta con la habilidad, etnográfica se diría, cuando no comprensiva, de ponerse en el lugar del otro, en vez de someter al otro al lugar de uno, al lugar del propio yo.

Lo dejo allí.

Saludos y un fuerte abrazo

Julio Hevia»

 

 

 

Todorov. “La cuestión del otro”

Written By: Hugo Neira - Feb• 10•17

En uno de sus libros, estudiando a los formalistas rusos y sus teorías sobre narración (a Vladimir Propp) sostuvo Todorov que la esencia del relato es la transformación del sujeto. Entonces, sigamos el consejo.

Había una vez un joven nacido en Sofia, Bulgaria, que decide proseguir sus estudios en París, y doctor en 1970, ingresa al CNRS —la mayor institución para la investigación— y tiene una carrera fulgurante. No es el único caso de intelectual venido de los Balcanes. Julia Kristeva, también de origen búlgaro, lingüista, psicoanalista, escritora. Y de Argelia, Jacques Attali. No es sorprendente, pues, que entre otros temas, Todorov se interesa por la alteralidad. “La cuestión del otro”. Y Todorov, venido de los Balcanes, de ese lugar en que se preguntan dónde nace Europa, adopta una civilización. El mundo de México, el azteca. Y entonces, para explicar a Todorov y su interpretación de la Conquista, sigamos con la teoría del relato como sorpresa.

Había una vez un Emperador en un extremo del mundo. Se llamaba Moctezuma II, había accedido al trono en 1505, su imperio era potente, dominaba regiones frías y calientes, y un flujo comercial, y comerciantes que viajaban, los pochtecas, haciendo la prosperidad de las clases dominantes y practicaban la guerra, la cual era el ascensor de subida para las clases bajas, cuyos hijos, si eran fuertes y aguerridos, podían aspirar a ser ‘Caballeros Águila’. Los mexicas habían conquistado ese mundo mesoamericano, y su jefe, el tlatoani (no rey, sino el que tenía la última palabra), vivía entre palacios en Tenochtitlan, una ciudad levantada como Venecia sobre el agua de una inmensa laguna, una de las ciudades más grandes del mundo —200 mil habitantes— solo comparable a Constantinopla. Cuando los invasores españoles la descubren, se quedaron con la boca abierta, y uno de esos guerreros, el cronista Bernal Díaz del Castillo, lo cuenta: “nos parecía como las ciudades de maravilla de los libros de caballería de Amadís de Gaula”. Pero llegará Cortés para descubrir las fallas del poder soberano azteca, la fragilidad del sistema político.

Había una vez, en una isla cercana a México, una colonia de españoles, luego del Descubrimiento. Pero de las islas del Caribe no habían casi salido. Al frente, en el continente, al parecer, había más indios, más pueblos y más oro. Con frecuencia hacían lo que llamaban “entradas”, sin grandes resultados. Hasta que uno de ellos, dedicado a la venta de caballos, sediento de intervenir en una hazaña militar, forma una “compañía”, un grupo de hombres de guerra, a su cuenta y riesgo. Hernán Cortés, sin embargo, tenía algo distinto de los otros colonos, había estudiado en Salamanca. Era culto. Era un renacentista, gente ferozmente individualista, y un coetáneo de Maquiavelo, el maestro del realismo político.

Y así, llegan a Tenochtitlan, subiendo desde Veracruz hasta el valle central, y en una fatídica fecha, el año Uno, Junco, 1519. Fue un azar afortunado para Cortés. Esperaban los aztecas ese signo de los coléricos dioses, con el corazón apretado, el retorno del rey-sacerdote convertido por la leyenda en un ser sagrado, Quetzalcóatl. Había prometido regresar, no amaba la guerra. Y entonces, Moctezuma II se pregunta, ante esa gente extraña, si eran dioses o sus enviados. El Imperio azteca no era tal, era una Triple Alianza. Era frágil. Los aztecas se habían excedido en su dominación, no solo sus avarientos recaudadores de impuestos, los calpixque, sino la exigencia de jóvenes combatientes para sus “guerras floridas”,  para sacrificarlos en sus pirámides sangrientas. Cortés se había enterado de todo aquello, se detuvo a conversar con los jefes locales. La alteralidad sirve a quienes aman al otro y lo estudian —Sahagún en México, Cieza de León en el Perú— pero eran humanistas y no soldados.

Y aquí interviene Todorov. Mucho se ha escrito, y se escribirá sobre el derrumbe de la  civilización azteca (previo al derrumbe inca), pero La Conquista de América de Tzvetan Todorov pone en el tapete una cuestión decisiva. ¿Quién de los dos, Moctezuma o Hernán Cortés, entendió más rápido y mejor a su rival? Todorov innova introduciendo en la historiografía la relación comunicacional. Moctezuma pensaba desde sus mitos y temores. Cortés, es ya un moderno, calcula, pesa y actúa. De un lado, el pensamiento mágico. Del otro, la feroz racionalidad. No me pregunten quién venció.

El libro de Todorov es una joya. Las razones de la victoria del invasor: “comprender, poseer, destruir”. A los aztecas —que eran numerosos y acostumbrados a combatir— no los vencen ni las espadas de acero, los caballos, la pólvora sino algo que sí tenía Cortés y no los aztecas, algo que se llama política. Logró que lo apoyen 10 mil guerreros. Lo de Todorov sobrepasa el marco de lo mexicano. El que posee lo cognitivo, tiene el poder.

Hoy, esta nota se escribe porque Todorov se nos ha ido. Pienso en su amor por el mundo mexicano y lo imagino, en uno de esos “paraísos de bruma” que ha descrito otro mexicanista, Alfredo López Austin. Y también, esta nota para mis paisanos. La dominación estudia al dominado para ver cuál es su lado frágil. Odebrecht ha puesto en claro que, en el estado actual de las cosas, es la vanidad junta a la rapiña. Y acaso, nuestro solapado desdén por la cultura.

 

Publicado en El Montonero., 10 de febrero de 2017

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El arquetipo Piérola o Leguía, según un inesperado visitante

Written By: Hugo Neira - Feb• 06•17

En mi viaje trabajo sobre la historia. Hace calor en Santiago y  aprovecho la noche que se pone fresca. De pronto, un ruido en mi estudio. ¿Y saben a quién encuentro? Nada menos que a don Jorge Basadre. No es la primera vez que por una escalera de marras, desciende de improviso alguna celebridad que ya no es de este mundo. Me ha pasado con Maquiavelo, con Hobbes.

Basadre está igualito que la última vez que lo vi en su casa de Orrantia.

– ¿De modo que quiere usted saber qué pienso de Nicolás de Piérola?

– Le rogaría, le digo, no termino de entender si fue caudillo a caballo o estadista.

Basadre se arrellana en un sillón.

– A Piérola se le ve como un eterno insurrecto, pero cuando el presidente Balta, en 1868, en plena crisis con los consignatarios del guano se queda sin ministro, es Echenique que se lo presenta. Un joven de 30 años, casi desconocido. Piérola.

– Y es el que acaba con los consignatarios mediante el acuerdo con el judío Augusto Dreyfus. Un buen arreglo, he leído en Bonilla que Dreyfus avanza sesenta millones con tal de ser el agente exclusivo del guano del Perú. ¿No enriqueció a algún “consultor”?

– Mire Neira, Piérola venía de algo que olvidamos. Piérola venía de un viejo solar blasonado de Arequipa, y de una familia austera, la instrucción media en el seminario de Santo Toribio, uno de sus hermanos, Amadeo se hizo sacerdote. Nicolás en cambio se dedica a los negocios, pero dicen las malas lenguas que toda su vida se puso bajo la ropa, un hábito de monje.

– Bueno, el contrato Dreyfus tuvo muchas ventajas, César Antonio Ugarte lo dijo. Basadre levanta los brazos al cielo.

– Ese contrato fue un hito decisivo. En la historia social y política del Perú, una revolución desde arriba, sin un disparo.

– ¿Tanto? Usted ha escrito que cuando quisimos comprar fragatas, Dreyfus, en plena crisis del salitre y el guano, no quiso ayudarnos. Y se inicia en 1879 la guerra.

– ¿Sabe usted por qué se le detesta a Piérola?

– Supongo por la dictadura en plena guerra, ¿no?

– El 18 de diciembre Prado se va de viaje. Le había pedido que presidiera un gabinete y dijo que no. “No se sentía responsable de culpas ajenas”. Se comenzaron a levantar batallones que querían obedecer a Piérola. No tuvo más remedio. ¿Conoce lo que hizo, ya en el poder?

– Bueno, creo que muchas cosas.

– ¿Muchas? Creó ejércitos que no había, cuerpos enteros, llamó a las bases gremiales,  destruyó los Concejos departamentales que obstruían, se dio tiempo para crear la Escuela de Bellas Artes. Hemos sido muy injusto con “El Califa”. El pueblo de Piérola, en 1895, es la única formación realmente plebeya que seguía a un caudillo que no formaba parte de las capas plutocráticas. ¿Ha leído usted la “declaración de principios” del Partido Demócrata?

– La verdad que no.

– La solidaridad social, la coexistencia de partidos, el poder presidencial superior al legislativo y al judicial, funcionarios con mecanismos reguladores para que no caigan en la corrupción.

Entonces, para mi capote, me está diciendo el Perú necesita no un Lenin sino un Piérola.

– ¿Y qué me dice de Leguía? También era hombre de negocios, y tampoco pertenecía a las viejas clases dominantes.

Basadre sonríe.

– ¿Sabe cómo era Leguía? Un hombre pequeño, siempre bien vestido, le gustaban las fiestas, veladas teatrales, el hipódromo¡! Tenía varios egos, hombre de negocios o implacable político capaz de romper su partido, el civilismo y gobernar contra la clase rica con otra clase rica que él fabrica. Mi generación lo detestó, Haya, Porras, usted lo sabe. Exaltó el crecimiento material, revivió la tradición limeña de tipo áulico. ¿Sabe que en el Senado americano revelaron grandes sumas para familiares y allegados de Leguía en torno al emprestito Seligman? Cierto, modernizó no solo a Lima, se hicieron carreteras, obras públicas, con emprestitos, donde muchos metían la mano. Se cuenta que un día lo invitan a casa de uno de sus funcionarios vuelto millonario, y asombrado de los muebles, alfombras y la impudicia del propietario, a Leguía mismo se le escapó un “Caramba, ¡qué de prisa ha ido éste!”. El leguiísmo fue como la época del guano pero más a prisa.

Fin de juego. Ni Batman ni Superman. Dos estilos presidenciales que se repiten. Los de la manera a lo Leguía prefieren gobernar cuando hay auge y demanda externa y se las arreglan para generar una nueva capa de ricos que se suma a las precedentes. O peor, usan el dinero de los sobornos para fines personales. Los Piérola son escasos y riesgosos. Cuando los hay dividen a los peruanos, unos los aman, otros los odian. ¿Cuál es preferible para un país en urgencia? Los Leguía son buenos para la rutina y negocios, aunque cuidado con las adendas, pero no son buenos ante catástrofes. Un Piérola ya habría ido con soldados a ayudar con pala en mano a gente humilde inundada por los huaicos.

Posdata. Casi todo lo que pongo en boca de Jorge Basadre está en: Chile, Perú y Bolivia independientes. En cuanto a Toledo, comienza como Piérola y acaba como Leguía.

Publicado en El Montonero., 06 de febrero de 2017

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