Confidencias con una colega indignada

Written By: Hugo Neira - Nov• 07•16

Podría escribir sobre el posible triunfo de Donald Trump. De todos modos ya lo he dicho, «nos revela una América de espanto». Este lunes prefiero comentar un artículo de Mariella Balbi. «‘Catones’ abstenerse» (Perú21). Cada sociedad lleva consigo su propia barbarie. Algo que nos devora por dentro. Los estadounidenses simpatizantes de Trump son blancos empobrecidos y sin cultura. Pueden ganar. Los peruanos tenemos otras taras colectivas, no menos riesgosas. No se ha invertido en los últimos cuarenta años en la creación de recursos humanos. De ahí tus Catones, Mariella.

Mariella, estoy de acuerdo que esos que llamas «Catones» son insoportables. Pero, ¿te has fijado cómo está el nivel? Has tenido que explicar que son «hombres públicos de manera estricta», en la Roma antigua, no vaya a ser que alguno crea que se trata de Cattone y su teatro. Por lo demás tienes razón, asumen muy orondos una función que no es la suya, la del juez. Y así anulan el espíritu crítico, por sectarios. Y vuelven aburrida la lectura de los diarios. Menos mal que hay todavía quienes conocen el oficio. Pero son rara avis. (Y eso no lo explico, ¡al Google!). Quedan pocos. Los que vienen aprendieron con Powerpoint y sin abrir un libro. Un poco como los votantes de Donald Trump. El mismo mal, distintos efectos. Los que no han tenido buena escuela y escriben, instalan un a priori, o bien la maldita cultura da miedo o queda de lado. Los Catones son inseguros. De ahí la máscara de su desplante.

Me duele lo que voy a decirte, Mariella. De las escuelas públicas y privadas del Perú, desde hace cuatro decenios, se ha sacado a patadas a todo lo que puede ser la supuestamente inútil cultura general. Y bueno, eso se nota en los diarios. Y como no saben cómo se redacta, cómo se consulta y qué es razonar, pues simplemente pontifican.  Y no quiere decir hacer algún puente. Eso hay que explicarlo dado el nivel elevadísimo de «comprensión lectora».

Mira Mariella, no va a faltar quién se asombre: ¿un columnista conversando con otro columnista? Tenemos que decirle al amable lector que eso es corriente en otros países pero rarísimo en Lima. Aquí tampoco citan¡! Cuando he escrito sobre Trump, cito como cancha fuentes americanas. Los Catones ¡ni amarrados! ¿Te has preguntado por qué? En las escuelas peruanas les han enseñado a empoderarse. O sea, a tener autoconfianza. Bueno, eso es saludable para montar el negocio familiar. O si eres shipibo de esos del incendio, te vale para defender el lote. Pero eso de «a mí nadie me enseña nada», para el conocimiento es fatal. Un Catón, desde el fondo de sus entrañas, saca su propia verdad. «No le debo nada a nadie». Ni libro ni enciclopedia, ni michi. Bueno, los filósofos de los barracones del Callao, razonan por el estilo. «Eso será su verdad, pe, pa’mi es la mía». Pero esos Sócrates del lumpen no tienen columnas.

Tus Catones se dividen en subespecies. Una, es la que cuenta zonceras, para no decir otra cosa. Carlos Galdós, en Somos, cuenta que «lo ha hecho» —sexo pues Mariella— en ascensores de la residencial San Felipe, en jardines, «en el cuarto de mi vieja». Y sabes, ¿a mí qué me importa? Y hay otro tipo de Catón, que es cordial en la vida corriente pero se pone tenso cuando su escrito pasa por la imprenta. Un artículo de Carlos Bruce en Velaverde, sobre «la desconfianza en los partidos». De acuerdo, pero no hay ningún conectivo. Un por ejemplo, o sea, no obstante, tal vez, sin embargo. Lo de Techito no es artículo sino memorándum de ministerio. Y no es el único, Mariella. Al peruano le cuesta escribir. Una escuela, la de los constructivistas, se equivocó garrafalmente hace decenios. La lectura no es natural, como lo es respirar, mirar, tocar. Es artificial. Se enseña, se transmite, no es innata. A los infantes del mundo entero les cuesta aprender. El cerebro se adapta, pero eso tiene que ocurrir entre los 6 y los 11 años. Como sabemos eso no pasa en nuestras escuelas. Son 15 minutos de lectura. Así estamos. ¿Una de las mejores gastronomías y la peor de las escuelas del planeta? No sé qué decirte, ¿todos gorditos y terriblemente ignorantes, y felices de serlo? ¡Dios mío! Y pensar que me eduqué en eso de la «conciencia del pueblo».

¿Sabes qué dice Alfredo Bryce? «El peruano capta». O sea, tiene como encima de la cabeza una suerte de antena satelital. No piensa sino capta. Tus Catones captan. Y Lima es una Corte. Para mí es una suerte de Mónaco cercano al Perú. Los Catones escriben para quedar regio. Luego de consultar redes sociales, postean. Los griegos antiguos, que como todo el mundo sabe eran unos tarados —y encima maricones dicen los que tienen calle— le llamaban a eso doxa, o sea charlatanería. Y al saber de verdad —ya tenían médicos— epîsteme. En el Perú, la cultura se esfumó. Los del «ya fue» son numerosos.

Publicado en El Montonero., 07 de noviembre de 2016

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Trump. Santos. Chiitas en Abancay. «Los rebeldes primitivos»

Written By: Hugo Neira - Oct• 31•16

Es posible que Donald Trump no gane las elecciones. Pero nos revela una América de espanto. Una revista, Esquire, con el rostro de Trump, lleva este titular. Hater in Chief. Presidente del odio. Si ocurriera, sería un triunfo contra demócratas y contra  republicanos. Y esas cosas —derrumbar todos los opositores— ha ocurrido algunas veces. Hitler ganó con votos de comunistas, no solo de su partido. Era un exsoldado. Hugo Chávez cuando vence, lo hace contra los dos partidos venezolanos dominantes. Y eso es Trump. Una encarnación de masas sin un Kennedy, más bien un Mussolini.

La revista Time titula: «Cómo Trump ya ha ganado». Se refiere a que esto no acaba este noviembre. La América de Trump existe. Y francamente, es de temblar. Al diablo, pues, encuestas y elecciones, son apenas la espuma de las cosas. Los simpatizantes de Trump son blancos pobres sin trabajo o sencillamente los olvidados del enriquecimiento, como dice más de un Nobel de economía. Se identifican con el ultramillonario que luce su ignorancia. Su egocentrismo alivia la vergüenza de los fracasados. Por lo visto son innumerables. Ahora bien, si los simpatizantes de Trump son una vasta América de la desigualdad social, y de gente que no ha abierto un libro en toda su vida de granjero o de comerciante pobretón, ¿qué pasó con el sueño americano? ¿Esa utopía de la libertad individual? ¿El dinero y la acumulación masiva conducen a ser mejores personas? Por lo visto, Trump no es la mejor prueba.

América fue un gran sueño. El que atrajo a millones de parias de la tierra. Hoy, Trump es el otro lado de la moneda. El voto antisistema viene de blancos de abajo, empobrecidos. Un experto, Richard N. Haass, señala una tendencia al parecer incontenible, «la tentación del repliegue». En Europa los titulares dicen «el fin de la hiperpotencia». Los americanos mismos, «dejemos de creernos los amos de la tierra». La ascención de Trump, su vulgaridad, ha golpeado en el prestigio de los Estados Unidos. El mundo entero se pregunta cómo en América un tipo como Trump puede ser popular. Y obviamente, los ojos se vuelven al pasado. A los años 30, una Alemania de obreros sin trabajo y excombatientes. Y un líder  plebeyo y malcriado como Herr Hitler. Con ambos, el lumpen. No será la primera ni la última vez que gane el peor.

¿Qué cree el amable lector? ¿Que todo es progreso? Hay también gigantescos retrocesos. Y se vienen abajo naciones y civilizaciones enteras. Un profesor inglés, el más grande historiador del siglo XX, Eric J. Hobsbawm, en uno de sus trabajos se ocupa de «los primitivos de la revuelta» (Primitive Rebels). La revuelta, no la revolución, de los marginados, campesinos andaluces anarquistas, mafia italiana —de poder rural antes de emigrar a USA— fasci italianos o sea, el lumpen. E incluye el valle de la Convención, la revuelta que luego se contagia a los Andes del sur. Lo conocí, cita mi libro sobre Cusco y tomas de tierras, me invita a Oxford como scholar, estuve un rato. Ahora bien, revuelta no es siempre un conato de revolución como en el Perú de los 60. Puede ser una contrarrevolución. Precede a Mao la China de los bóxers, chinos xenófobos. En el México de Zapata y Pancho Villa, se alzaron los cristeros, manejados por curas. Dejemos de regodearnos con los problemas de una América a punto de tener en el salón oval a un neandertal. Toda civilización tiene su barbarie.

¿Han leído el artículo de la Chichi? «Antauro 2021» (El Comercio, miércoles 26/10). Parece que tenemos nuestros «primitivos de la revuelta». Santos el cajamarquino, los soldaditos de Antauro e islámicos en Apurímac. Y una fracción de Sendero, señala Hernando de Soto. Un cóctel antimoderno y antioccidental. ¿Y qué ocurre en Lima? El Presidente celebra sus 100 días. Y el grupo de ministros. Puras sonrisas a cinco columnas.

No sé por qué, me hacen pensar en los gabinetes de Leguía. PPK es un hombre de negocios, lo mismo Leguía. Cree en la empresa, el sano comercio, Leguía también. Amaba las carreras de caballos, PPK el golf. Mientras gobernaba, representaba la modernidad. Bajo Leguía, sin embargo, los anarquistas progresaban en las mutuales y los indígenas de Puno se sublevaban y masacraban a los propietarios. Reconozco que son situaciones muy distintas. Pero como dicen los cognitivistas, hay una captación inexplicable del mundo, racional-intuitiva. Me temo que esta fiesta acabe catastroficamente. No es lo que yo quisiera. Pero la política mundana suele acabar en un Leguía en prisión escribiendo un texto conmovedor, Yo Tirano, yo ladrón. El otro día, a una señora taxista, le pregunté cómo veía la cosa. Y me dijo, «nada de nada». «Tienen que aplicar la castración química a los violadores.» Lo siento, así piensan las señoras que chambean. ¿Van a buscarse su Trump? Scorza me decía, «los pueblos ponen huevos de donde salen inesperados dragones».

 

Publicado en El Montonero., 31 de octubre de 2016

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Aramis

Written By: Hugo Neira - Oct• 24•16

Cuando volvía a casa me esperaba en la puerta Claire y más abajo, con sus ojos siempre de asombro, Aramis. «El comité de recepción» decía mi mujer, entre la ternura y la ironía. Se nos ha ido Aramis. Su partida estaba anunciada por sus médicos veterinarios aunque con un poco de suerte nos acompañaría hasta la Navidad, acaso un año más. Cronos, el feroz dios del tiempo y el ángel de la muerte no perdonan los límites de lo viviente. La pérdida de una mascota siempre nos apena. Un gato es un compañero. Aparte de mis clases, soy de esos que trabajan en casa. Escritor no de obras de ficción sino en el género de las ideas, sociología, historia y otras yerbas. La soledad, la reflexión, como goce y disciplina. Alivia mucho que al lado del enigma del Perú, se halla el otro enigma, la felinidad. «Mi gato tiene un viejo prejuicio de las cosas; / las araña, las veja, pone su garra al sol, / vive una vida muelle tras sus pieles lujosas, / y sus ojos redondos son dos llamas de alcohol» (César Atahualpa Rodríguez)

A Mati Caplansky le preguntamos: ¿qué se hace ante el duelo de un gato? Íbamos a ver una pieza de teatro y nuestra amiga permaneció en silencio como ochenta metros de Larcomar y luego dijo: «no es como la pérdida de un amigo o un pariente», pero después de un tiempo, «se puede tener otro gato». «Y son muy distintos». Sí pues, vino del azar, no la elegimos, ella eligió. Un día se le aparece a Claire. Ocurría en un edificio de Papeete y probablemente habría tomado el ascensor. La adoptamos.

Aramis no era gato sino gata. Una muy amable y se me ocurrió el nombre de sopetón. Acaso guardo en mi fuero íntimo el niño que no ha olvidado sus lecturas infantiles, los mosqueteros de Dumas. Su personaje Aramis es el fraile espadachín y persona imprevisible. ¿Fue un buen nombre? Baudelaire decía que los gatos tienen tres. El que le ponemos y que por lo general no hacen caso. El que usamos para llamarlos, en nuestra lengua, «michi, michi». Y el verdadero nombre del gato que solo el gato sabe. Neruda ha escrito «todos debemos tener un gato en casa para recibir dos lecciones. La  primera, la elegancia. La segunda, la autonomía». Neruda a su manera, era un poco gato. No era su nombre de cuna. Julio Cortázar era una suerte de gato bonarense habituado a Bruselas y a París. Por eso sus cronopios.

A la interminable legión de escritores el gato le viene bien, sobre todo en nuestros días en que se escribe con ordenador y mouse. A veces Aramis, en medio de la noche limeña, comenzaba a golpear con sus patas el ratón electrónico, el del Mac con luz roja en medio de la panza. Y reparé en algo muy curioso. Levantaba de preferencia su brazo delantero izquierdo que el derecho. Y recordé. Aramis apareció en los años finales en que vivíamos en Tahití. Claire era directora de una empresa de logística y yo con menos clases, me quedaba en casa avanzando libros. Y Aramis, todavía pequeña, recibía mis lecciones de aprender a bufar y luchar contra gatos vecinos que se metían por los ventanales de la casa. Mi cuestión era, ¿por qué la gata era zurda? Y un día tuve la respuesta. Resulta que el zurdo soy yo. La gata me había observado. La imitación, los reflejos. Puro Pavlov.

Iba para los dieciseis años de vida. O sea, por los cien de un humano. Tuvo una vida buena, la cuidamos, pero no puedo esconder un cierto sentimiento de culpa. La trajimos de la Polinesia y desde entonces la llevamos en los viajes, no la dejábamos en hoteles para gatos —existen— de modo que cargábamos con Aramis. No era sencillo, trámites de aeropuerto, certificados de salud y vacunas, Claire se ocupaba. Y para viajar las compañías colombianas y otras que permiten mascotas. No crean, el número de gente que viaja con perros y gatos es enorme.

Los gatos no revelan sus secretos, y nos quedamos sin saber por qué cuando alguien llegaba a casa, ni se movía. Y en otros casos, salía disparada a esconderse. Por lo general acertaba, el visitante era un antifelinos. ¿Cómo lo sabía? Aramis está en los muchos libros que he escrito a mi retorno, su presencia. Y se ha ido. No era ET el extraterrestre, solo un gato, pero nos da pena que se haya ido. Las mascotas viven menos tiempo que nosotros. El periodismo también puede ser una nota melancólica. No siempre la indignación o la crítica. Sé que hay cosas más serias que conviene comentar, rodeados de problemas y tragedias públicas. Pero es hora que lo cuente. Del duelo por una mascota mucha gente entiende. Hoy cuando atravieso el parque Kennedy de Miraflores me pregunto qué pasó. Casi no hay gatos. Los niños y los paseantes se detenían para acariciarlos. En realidad no sirven para gran cosa, por eso los amamos. Son la libertad, el ocio, el juego, el afecto. Aramis se ha ido, tenemos la sensación de vivir en un Palacio abandonado.

 

Publicado en El Montonero., 24 de octubre de 2016

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Bob Dylan o la recuperación de la contracultura

Written By: Hugo Neira - Oct• 17•16

El Nobel de literatura otorgado a Bob Dylan provoca un debate que con los medios de comunicación circula por el planeta. En principio me parece saludable, como todo debate. Además, sus canciones y música se originan en la atmósfera del mundo de los años 60, de modo que toca una buena parte de mi vida y recuerdos, como los de muchos. Pero en primer lugar demos espacio a los argumentos de unos y otros. Encuentro razonable el asombro y hasta el fastidio de los que discuten ese premio a un autor y compositor que se ha dado a conocer más bien por la música que por una obra escrita. Pero también tienen parte de razón los que aplauden el premio a Bob Dylan. Cuenta la belleza. Y el atrevimiento. Y cantados o escritos, son poemas.

Pero ¿tenemos claro qué es un escritor? Sin duda Flaubert, Stendhal. De ellos proviene el método de encerrarse para escribir un relato, novela, cuento o cuento largo. Y que para ser verdaderamente un novelista como Marcel Proust: “Longtemps, je me suis couché de bonne heure”. (Durante mucho tiempo me he acostado temprano.) ¿Realmente? Le Clézio, que es un Nobel, es más bien un escritor de viajes. Con Victor Hugo la frontera de lo escrito se alarga. Poeta, novelista y panfletario. Si nos colocamos un momento en la literatura norteamericana, y acudiendo a las obras más conocidas, ¿qué hacer con Ernest Hemingway? ¿Novelista o periodista? Sin la guerra civil española y su chamba de corresponsal de guerra no hubiese nacido Por quién doblan las campanas. Cine y novela, El Halcón Maltés de Hammett está concebido para ir de frente a un estudio cinematográfico. Y en la misma época que cantaba Dylan, nos extasiábamos  con  En el camino, de Jack Kerouac, libro ícono de una generación de trotamundos, hippies y partidarios de la máxima libertad.

La discusión gira hoy sobre si es válido o no las yuxtaposiciones de literatura y música. Para mí la Academia, con esa decisión, no se sale de la estética clásica. Occidente tiene raíces muy arcaicas —su historia se remonta a los griegos—, estos sostenían que matemáticas y música andaban entrelazados. Seis siglos antes de nuestra era se hablaba de “armonía”. Los primeros homéricos se ganaban las coronas de oro antes que Homero pusiese sus cantos en un texto llamado La Ilíada. Entonces, que se premie a un cantautor, como dicen los españoles, no debe asombrarnos. Menos en una época tan musical como la nuestra. América ha inventado la “comedia musical”. ¿Y hoy acaso no vemos en las calles a incontables personas caminando con un enchufe en el oído?  Extrañeza de la obra de arte. No viene de la naturaleza sino del adentro.

Hablemos con franqueza. Dylan es los años 60, amenos, eróticos, frescos, ilusionados. Los 60 han inventado su propia mitología. El siglo estaba joven, era un muchacho con los cabellos largos que escuchaba rock, o un guerrillero, o una muchacha vestida como una gitana de colores vivos. El aire del tiempo —Zeitgeist— era ligero en política, amores, riesgos y curiosidades; una levedad de las cosas y de la existencia, la historia no había desembocado en el mercado. Creíamos en el porvenir pero con ideas que ya estaban heridas de muerte. Esperábamos de la vida, modestamente, todo. Lema del mayo del 68. “Todos los caminos llevaban a Katmandú”, o más cerca, al Cusco hippie y barato que ha dejado de existir. Todos éramos Dylan. El vivir era como estar al pie del Everest y no la planicie de resignación de estos tiempos. Y nos importaba un carajo el tipo de reloj que llevábamos o Saga Falabella.

Han premiado en Bob Dylan la contracultura. Estamos ante lo que se llama una recuperación. Lo del Premio la reconoce y la clausura. Ya no es un gesto rebelde. Le han puesto algo peor que una corbata. Y Robert Allen Zimmerman no ha tenido más remedio que aceptarlo. Ya no es el rock la contracultura sino simulación convencional y de consumo. Es cénit y a la vez un ocaso. Lo de moverse y saltar ya no es novedad. Era una transgresión del concierto clásico, hoy rutina. Por eso he dejado de ir. Ya no es la voz de jóvenes proletarios como los Beatles de Liverpool. La contracultura sería ahora —en condicional— los conciertos de Mozart con un público que no deje de moverse. En vida de Mozart había piezas musicales —cantatas, Lieder, marchas, piezas de clavecín o piano— que duraban poco. No solo óperas. El público de aristócratas permanecía de pie. Y petulantemente se desatendían. Lo de concentrarse como si fuera una misa vino después.

Posdata. En estos días se nos ha ido Jaime Carbajal. Tiempo atrás, en la Tiendecita Blanca, me dice: “No te preocupes Hugo, voy a ser tu editor para toda la vida”. El motor de Crisol. El amigo que sabía de economía, de política. Hablábamos francamente. Me sugirió escribir un libro que tuvo en sus manos antes de dejarnos. Ha llevado la cultura a los conos y a provincias. Es una inmensa pérdida para todos. Agradezco a El Montonero el poder hacer públicas estas líneas sentidas.

 

Publicado en El Montonero., 17 de octubre de 2016

Santos. ¡Todo por el Nobel!

Written By: Hugo Neira - Oct• 10•16

Los acontecimientos últimos en Colombia sobrepasan los límites del país vecino. Interesan a la América Latina por entero, a nosotros por la vecindad y los contagios, y al resto del mundo. Pocas exguerrillas se han mantenido con las armas en la mano cincuenta años sin vencer ni ser vencidos. Cuando profesor en Europa, propuse a colegas franceses, ingleses y españoles esta reflexión. Si una nación europea tuviera algo parecido, probablemente pasarían a alguna forma de autoritarismo para vencer a los que ya no son rivales políticos sino enemigos armados. Nadie en el mundo ha tenido una guerra civil de esa duración. Pero Colombia no cayó en la tentación de un golpe de Estado. Conservadores o liberales, tienen una muy culta clase política, que ya quisiéramos.

Por otra parte, como señala Jaime de Althaus en un excelente artículo en El Comercio, las FARC dominaban algún territorio, cosa que nunca alcanzó Sendero. No tuvo apoyo popular ni en Puno ni en el Cusco y se ganó el ‘No’ de las rondas. A Abimael Guzmán lo capturan en el segundo piso de una academia de danza en Lima y no en «el monte», había perdido la Universidad de Huamanga y luego el Ayacucho rural y campesino, ¿y viene a refugiarse en la urbe? ¿Un maoísta? Socialmente ya estaba derrotado. Pero claro está, tenía que caer prisionero. «No deja de ser el cuco», como lo indica un reportaje a Max Hernández, en Somos.

Volviendo a Colombia, confieso que retardé esta crónica. No me valía el hecho de conocer Colombia —he estado varias veces— ni tener en mi biblioteca obras sobre sus instituciones y vida política que pueden servirme para algún curso pero no para la actualidad. El hecho es tan reciente! Ahora bien, he vivido gran parte de mi vida en el extranjero y de eso me queda, entre otras cosas, una red de amigos. A ellos les pedí información, ayuda. Y uno de ellos, colombiano, que hizo estudios en París casi al tiempo que yo, me ha enviado un audio. He escuchado al periodista Gustavo Álvarez Gardeazábal leyendo «Perdió Santos», su columna El Jodario —vaya nombre— y publicado en el diario ADN. Lo que sigue.

«El resultado no puede haber sido peor para el Presidente Santos. Le pudo más su libreta de rencores que la necesidad de haberle vendido a todo el país la idea de la paz. Creyó que cediéndole todo a las FARC y sacando de las negociaciones al país de Uribe podía consolidar sus jugadas de póker escondiendo cartas y se le cayó el naipe de las manos. El resultado obliga a una renegociación donde todos puedan entrar y no solamente los que piden. Donde todos puedan poner el equilibrio como fórmula y el perdón y el olvido y no la venganza resulten ser el equilibrio de la balanza. El rechazo de la mitad del país es demasiado significativo para que Santos no considere la posibilidad de salvar su idea de paz cediéndole los tratos a otros que admitan a los demás colombianos con sus inquietudes. Santos construyó su paz pensando en la posibilidad de ganarse el Nobel y terminó olvidándose de la necesidad de hacer creíble su proyecto. Montó un plebiscito que no era necesario y no supo vender el producto. El resultado no es que haya ganado el NO, es que el país quedó dividido rechazando la propuesta de Santos. La paz debe salvarse y la solución es expedita. Debe renegociarse admitiendo a quienes no se convocaron a la mesa de paz, y eso no lo puede hacer Santos porque no solo es el gran perdedor sino porque el resultado de haber dividido a la nación lo inutiliza para seguir adelante. Santos debe renunciar a la presidencia si de verdad quiere salvar la paz. Una nueva negociación con representación de los estamentos que fueron despreciados es la única forma de sacar avante esta paz que todos necesitamos. Le tocó el turno, doctor Vargas Lleras. El futuro de la paz lo tiene usted.»

 

Ese texto no es una conjetura individual. Es crónica que nos dice lo que siente y piensa la gente en Bogotá. Haremos, sin embargo, un brevísimo comentario. El estilo de Gardeazábal guarda algunos giros locales, «le pudo más». El tono es serio por no decir solemne. Tiene un sesgo, «el país de Uribe». Pero vayamos al grano. Ahora sí entendemos a Santos. Su prisa. Quería su Nobel de la Paz. Ese premio no es reconocimiento de sapiencia alguna. Dejémonos de hipocresías. «La presidenta del comité que otorga ese premio, Kaci Kullmann, fue ministra de Comercio y alto cargo de Statoil, la petrolera noruega con intereses en Colombia» (diario ABC, Ramón Pérez-Maura). En el caso de Santos ¿se debe el ‘No’ a las concesiones presidenciales a las FARC para llegar a tiempo al premio? ¿Por eso la prisa? Con todos mis respetos, ¡qué frivolidad! Y novecientos mil dólares. Este escándalo lo van a cantar las cumbias. Qué difícil es salir de Macondo.

Publicado en El Montonero., 10 de octubre de 2016

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