Schengen. Lo bueno, lo malo, lo feo

Written By: Hugo Neira - Mar• 21•16

Qué bien que mis paisanos puedan visitar Europa. El espacio Schengen. La posibilidad de visitar ese continente sin tener que sacar visa para cada nación es un acontecimiento.

He vivido mucho tiempo en Europa. Pensándolo bien, de mi vida adulta, más tiempo que en el Perú. He atravesado los Estados Unidos, he visitado largamente China, he estado en México, Japón, algo sé de sus costumbres. Pero, no solo hice estudios en París, tras concursos obtuve un puesto vitalicio de docente. Conozco, pues, como es Europa por dentro. Entonces, amable lector, escribo estas líneas con la mejor intención.

La primera idea, Europa es heterogénea. (La Unión Europea son 28 estados.) Son algo más de 500 millones. Pero habituados por lo general, mis paisanos, a ir a los Estados Unidos, quizá no ven hasta qué punto Europa es distinta. El mundo europeo es muy variado. Cierto, también el de América, pero en el caso de Europa, las diferencias entre naciones son gigantescas. Son 24 lenguas distintas, pero no se preocupen. En la secundaria europea el inglés es obligatorio, y además, en estudios superiores, dos o tres lenguas más. El problema es que todas las grandes capitales europeas son atractivas. Madrid, Roma, Londres, Berlín, Praga, Ámsterdam. Cada una de ellas, un mundo. Entonces, primer consejo. No intente conocer Europa de golpe. Hay tours que proponen 11 megalópolis —es lo que son— en tres semanas. Esa es una barbaridad. Si toman ese tour, van a pasarse el tiempo haciendo maletas, tomando aviones, cambiando de hoteles, el horror.

Mi abuelita, que era cusqueña, era muy dada a los refranes. «El que mucho abarca, poco aprieta». Quedándose en unos cuantos lugares. Viajar por todo lado no tiene sentido alguno. Elija unas cuantas capitales. Mire, si va a París, nada más que tomando el tren que pasa por debajo del océano, ‘Le Shuttle’ de Eurotunnel, en dos horas y media lo lleva al corazón de Inglaterra, a Londres. Claro, hay que reservarlo. Es la obra más audaz de ingeniería del planeta.

Segunda precaución. Aprenda a viajar en las grandes ciudades en su sistema de metro. No llame a taxis, por una parte, se arruina. Por otra, no se llama, como hacemos, levantando el brazo. Tienen paraderos, servicios por teléfono o internet. Use lo menos posible ese medio de transporte.

Tercera precaución. No vaya por ir a comer. Es carísimo. Un simple café en París cuesta hasta veinte soles. No tenga un proyecto gastronómico. Si quiere comida francesa no salga de Lima, hay diez estupendos restaurantes franceses, uno queda por Comandante Espinar. En París se sale para ir a conocer comida distinta, rusa, libanesa, griega, cien cocinas, me acuerdo que eso me pidió mi madre: «Llévame hijo a un tipo de restaurante que no conozca». La llevé a uno, del Magreb, le encantó el cuscús.

Lo principal es recorrer las hermosas ciudades europeas a pie. Están hechas para eso. Lleve zapatillas, ropa cómoda, y poca. Y ahora es primavera. Las visitas turísticas son intensas y son una paliza. Claro que hay que visitar el Louvre, pero quedas derrengado. ¡Es tan grande! ¡Hay tantas cosas que ver!

Un consejo, visiten, si van a París, la Cité de la Villette, así se llama. La ciudad de las artes y las ciencias. Seis veces Campo de Marte de Lima, llena de gigantescas exposiciones, muy activas, divertidas, se puede ir y quedarse el día y almorzar en el lugar. Sean prácticos. Viajen como si fueran estudiantes. Coman ligero a mediodía y caminen mucho. Piérdanse en esas ciudades. Y dividan su visita en un par de visitas. Lo malo sería no ir. Lo feo no cambiar un poco de costumbres. Lo bueno es ir, no hay pierde. Y por último, hagan lo que les parezca. ¡Feliz viaje!

Posdata. Tuiteado ayer: «Está pasando lo peor. Diga lo que diga el JNE, han judicializado las elecciones. Si no sacan a  Keiko, y gana, la otra mitad dirá que es ilegítima. Si la sacan, quien gane, van a decir que es ilegítimo.» Nos hemos fregado.

 

Publicado en El Montonero., 21 de marzo de 2016

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2017. El sillón vacío

Written By: Hugo Neira - Mar• 14•16

Tras las sanciones, ¿son otras elecciones, no? Y no es que vaya a echar de menos a  Acuña, por favor. Y en cuanto a Guzmán el tiempo está en su contra, según los constitucionalistas. Está a su favor, si apunta hacia el 2021. En cuanto al 2016, gane quien gane, va a sentarse en un sillón con la pata rota. Aquí, el que gana, pierde.

Está pasando lo que era previsible. Lo dije en el diario El Comercio (08.02.16): «Soy partidario de que nadie sea excluido por ningún motivo jurídico». El país, una vez más, se ha dividido en dos bandos. Los proley y los propolítica. Juan de la Puente se ocupa de los primeros, y de todos sus fariseísmos. En efecto, sorprende el inusitado amor a la ley que les ha entrado a muchos. No me refiero a los juristas del JNE, tienen pantalones. Yo estoy en el bando de los segundos, los ilusos, por no decir una palabrota, los aferrados a la utopía del «bien común». Sí, pues, una de esas huevadas que han hecho progresar a los países más avanzados. No hay encuestas en la materia, pero no me digan que por amor a la ley, sino que querían a Guzmán en la contienda para ganarle, por angas o por mangas, a la señora Keiko. Y ahora, en un súbito arrebato de legalidad, ¡se la quieren bajar! «No me cuenten cuentos, que me sé todos los cuentos». León Felipe, poeta español, muerto en el exilio. Al escribir, se me viene a la cabeza expresiones y poemas que aprendíamos en escuelitas del Estado, no como ahora, que estudian por «áreas». Con los estupendos resultados consabidos.

Hacía tiempo que sabíamos la separación entre Estado y Sociedad. Ahora la separación es completa, la señora Confianza se ha ido a dormir bajo otro techo. El señor Leyes se ha quedado no divorciado sino viudo. Se le ha muerto la señora Legitimidad. Al tío Economía, le va bien, pese a que la familia sigue peleándose más que nunca. Una serie de Primos Antipáticos, que no tienen candidato potable, han movido cielo y tierra para que nadie gane, puesto que ellos tampoco. Se hace política como barra brava, entran a la cancha y paran el partido antes del pitazo final. «Guadalupe nunca pierde, y cuando pierde, tira golpe». Suena un poco cutre, pero así están las cosas.

En los últimos años ha habido una sucesión de victorias, de las que llevan a la nada. Demolieron a fondo al García del segundo gobierno. Megacomisiones, narcoindultos y asociados en la cárcel. A la mala, impusieron una imagen. Victorias de la antipolítica, antiaprismo, antifujimorismo, antidemocracia si el que va a ganar no es nuestro amigo y socio, antimateria, antitodo. A lo que se suman las cacerolas de los políticos. Esos líos inmobiliarios de Toledo¡! ¡Y las agendas! Salvo Mistura, todo es ilusión.

¿2016? Es de reírse o de echarse a llorar. Hemos solucionado el problema. De la misma manera que con los cursos de historia en colegios. Estaban muy politizados, entonces, no hay cursos de historia. Tendríamos que explicar el aporte de España o qué eran los Incas, o socialistas o despóticos, qué lío. O quién tenía razón, San Martín o Bolívar, qué fastidio. Nada, a lo macho, ya, ¡no hay historia! Muerto el perro se acabó la rabia. Pragmatismo. O sea, te duele un diente cariado, lo mejor es la guillotina. Se acabó, no más dolor de muelas. Eso es lo que hemos hecho con el 2016. El sillón vacío es mejor que en él se siente la hija del Chino y todo antes que García. «Él no me gusta», así, como de chica malcriada, se lo chantan hasta al supertecnócrata PPK. Hay un país que se encoge de hombros. Viven unos, de sus pymes, otros de sus ONGs. Y el ceviche está tan rico. Pero las cosas se van a poner peor, mucho peor. De miedo. El pueblo ya no aguanta otro gobierno por las puras.

Publicado en El Montonero., 14 de marzo de 2016

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El outsider. O cómo sobrevivir al estrés

Written By: Hugo Neira - Mar• 07•16

Debe andar en librerías limeñas el último libro de Carlos Meléndez, Anti-Candidatos, 2016. Ha tenido Carlos la gentileza de enviarme un PDF. Se lo agradezco. Ahora bien, veo que uno de los ensayos, el de Ana Vergara, se ocupa de los outsiders. Lo que pasa es que yo también¡! Es un capítulo de un libro mío pronto en tintas. Para que no haya malentendido alguno, lo voy diciendo, y me parece conveniente —dadas las circunstancias electorales— publicar un fragmento de ese ensayo con el sistema de los franceses, “les bonnes feuilles”, o sea hojas anticipadas. Es frecuente antes de su distribución. Noto desde ahora una diferencia. Ana Vergara se dedica a un par de outsiders. Desde un razonamiento distinto, desde configuraciones colectivas propias a sociólogos, yo intento un retrato de grupo. Lo que sigue es un fragmento.

 

Si el outsider es el invitado inesperado, si resulta que es “ese” a quien no se le conocía aspiraciones presidenciales, entonces casi todos los candidatos que obtuvieron la presidencia entre el 2001 y el 2011, han sido outsiders. La excepción es Alan García en el 2006. La serie se ha continuado con Ollanta Humala. En la era del outsider que vivimos, no disminuyeron sino que se multiplicaron los movimientos políticos. Y de los noventa a la fecha, los aspirantes siguen saliendo de la nada. Si este no es un fenómeno, que baje Pedro y lo vea.

El outsider que se repite regularmente, es una curiosa y llamativa regularidad de lo irregular. El apriori del cual partimos es que debe haber un sentido a esa aparición sucesiva. En efecto, los candidatos outsiders parecen de izquierda o de derecha, de geometría variable, pero nunca provienen de esos campos sino de una postura inesperada y rupturista que les abre el camino a la popularidad. Luego, con la misma asombrosa rutina, olvidando las promesas de los meses de campaña, se pierden cabalgando el Leviatán inconcluso del Estado. Terminan por lo general o en prisión u olvidados. Los outsiders no tienen hasta ahora sucesión en el Perú. Ni logran prolongarse en el poder como Evo Morales, o Correa o Hugo Chávez. No diríamos que son flor de un día, sino una vegetación inclasificable que en muchos casos no tiene sino un lustro como vida.

Hay reglas, pero no son ni visibles ni confesables. Diríamos, pues, que hay como unos mandamientos del outsider, o consejos del diablo. En nombre del arte de las prácticas dudosas pero necesarias, le diría lo que sigue a un outsider:

Primero, debes representar lo novedoso, tu sola presencia muestra el desvalor del que ya gobernó. Esto es, el muy peruano dicho, “ya fue”. Segundo, no debes estar contaminado por el país formal. Y menos con Palacio¡! Tercero, no es necesaria la violencia física sino simbólica. Cuarto, no importa que no seas político, tienes que decir que lo aprenderás en la práctica de cada día. Eso le encanta a la gente, los peruanos somos campeones en improvisar. Quinto, evita los duelos orales, nada de rivalidad mimética, aunque la democracia pluralista que te rodea te lo pida a gritos. Sexto, no envidies los partidos ajenos, monta los tuyos, y si puedes, si llegas, disuélvelos a tiempo. Sétimo, alimenta la idea de que el presidencialismo tiene mucho de patrimonialismo. Da la impresión de que lo público es capaz de poseer todo lo que es privado, pero no lo intentes. Piensa en los auditores. Haz solo la finta, y te guardarán respeto. Octavo, los outsiders —y no olvides que eres uno de ellos— emergen en sociedades que están convencidas que están saturadas de política. Eso no es cierto para el caso del Perú, pero no les contradigas. Y no los apachurres con política, habla lo justo, discute mucho pero en grupos distintos y cerrados. Noveno, rodéate de abogados, del principio al fin. Y si ganas, no busques sucesor. Entre tanto, sonríe, sonríe mucho. Décimo, no prometas gran cosa, si eres outsider, igual te botarán, o no.

Publicado en El Montonero., 07 de marzo de 2016

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El arte de contarse mentiras

Written By: Hugo Neira - Mar• 02•16

“Las ideologías y su rol en la vida política del Perú”. A desarrollar ese tema me invita el diario El Comercio. Les agradezco, es como darle a un niño un chocolate, y no porque sea fácil, al contrario. Me interesan las ideas y particularmente esa, que tiene ‘logos’, es decir, el uso de la razón ante lo que a veces es irrazonable. El tema remite a las ciencias sociales y políticas. Que me perdone el lector por comenzar por las definiciones, es preferible.

Como concepto nace en la turbulencia de la Revolución Francesa. Creada por Destutt de Tracy, ciencia de las ideas. La recupera el marxismo como doctrina, interpretación y programa. Hoy, en el vocabulario corriente, su uso es casi hiriente. Decir que algo es ideológico significa descalificar una opinión o un texto por sesgado y parcial, interesado en llevar agua a algún molino, por lo general de índole totalitaria. Son los usos. Lo que diré sorprenderá a más de uno.

Contrariamente a lo que se puede pensar, Marx jamás se consideró un ideólogo, sino un filósofo que se puso a estudiar economía y el capital. Ideología, en la pluma del fundador, es despectivo. Junto a Engels, su primera obra se titula “La ideología alemana”. Es un panfleto, apenas 11 páginas contra la alienación. La denuncia de lo que pensaban los alemanes de su tiempo. De sus medias verdades. De “la falsa conciencia”. Solo en el siglo XX, muerto Mariátegui y con el leninismo criollo, las izquierdas adoptan la noción. Se nota que hay marxistas peruanos que no leyeron a Marx.

Después de Mariátegui y de Flores Galindo no tenemos teoría política, sino ideología. No pasaré revista ahora al aprismo, a los socialcristianos y a los liberales. Tienen, sin duda, afirmaciones, convicciones. En el Perú abundan estudios e investigaciones, pero también demasiada ideología. Como decía mi abuelita, está bien culantro pero no tanto.

Hay posturas que afirman sin pruebas. Son creencias. Por ejemplo, la adoración a la madre natura, para ellos intocable; sus fieles están en los movimientos antimineros, en los ambientalistas. Hay la ideología del todo mercado. Y la fe en la espera de la gran transformación. Esas tres seudoteorías aprehenden en su conjunto la praxis peruana. En el siglo XX las ideologías se volvieron “religiones políticas”. No es idea mía. Es de Eric Voegelin, filósofo (1901-1985). Vueltas creencias, hoy no están solo en las elecciones sino en la mentalidad de la gente. En nuestra cultura política que es bastante sectaria. ¿Conoce usted a alguno que de tiempo en tiempo le reconozca algo de razón a su contrincante?

Nosotros, desde lo ‘universitas’, deberíamos estudiarlas por lo que son, creencias. Respetando todas, sin creer en ninguna. Pero eso necesita que el profesor renuncie a fingirse ideólogo. ¿Conoce usted muchos que se impongan esa renuncia? Las ideologías mienten a menudo. Esconden y proponen quimeras e ilusiones. Pero una sociedad moderna es un permanente y vasto debate.

Sin embargo, habituados a las ideologías, los ciudadanos se cobijan en falsas verdades. No propongo la extirpación de las ideologías. Es imposible. Tampoco hay que esperar que se reciclen, son absolutistas. Una sociedad se cura de esa enfermedad del pensamiento con el ejercicio de la crítica y el hábito de la modestia. Cuando admitamos que nadie tiene el monopolio de la verdad.

Pero estoy notando que las elecciones nos ponen particularmente sectarios. Veo reaparecer un cierto pasado histórico. La búsqueda de herejes para quemarlos en la Plaza de Armas de Lima. ¿Qué se les escapa a los ortodoxos y sectarios? La vivacidad de la historia. Si Hernando de Soto se tomaba por ideólogo, no se hubiera percatado del capitalismo cholo y desde abajo.

La reorganización de la emergencia informal es el tema central de nuestro tiempo. La ideología no deja ver la realidad. La sociedad peruana se está transformando más rápidamente que nuestra percepción. Algunas pautas de cultura provienen del fondo colonial, no somos del todo modernos. Cuando leo a uno que otro opinólogo, me confirmo en mi creencia en la reencarnación. Estoy seguro de que en el pasado virreinal han sido inquisidores.

Publicado en El Comercio, 02 de marzo de 2016

http://elcomercio.pe/opinion/colaboradores/arte-contarse-mentiras-hugo-neira-noticia-1883134?ref=portada_home

 

Tecnocracia y antipolítica

Written By: Hugo Neira - Feb• 29•16

En política, lo que se ve existe. Pero en la visibilidad de nuestro país cuentan los viejos fracasos, los consensos perdidos y los poderes invisibles. De estos últimos, no me  refiero a corporaciones financieras externas ni al departamento de Estado. Todo eso es real, pero no hace nuestra peculiaridad. También las sufren en México o en la Argentina. Aquí somos más hábiles, más solapas. Hay por un lado una ávida tecnocracia dispuesta a ser Maquiavelo sin Príncipe alguno. Y por el otro, una clase política —acorralada, desacreditada— que puede ser derrotada, en este 2016 que no es sino la primera vuelta del 2021.

Una elección, por mi parte, no creo que sea una ocasión para los agravios. Por eso, comienzo por las definiciones. Hemos necesitado una buena burocracia. Y la hemos obtenido. Ella ha estado detrás de todas las administraciones, del 2001 hasta el 2015. Romperé la costumbre criolla de no poner nombres propios. El MEF, el BCR y otras. Burocracia no es una mala palabra. Está en el lenguaje de la economía y la política desde Max Weber, quiere decir una forma de poder administrativo legal e impersonal. «El funcionario moderno es reclutado. El Estado es el empleador. Le garantiza una vida decente y honorable» (Diccionario, Bourricaud). Los americanos lo llaman el Establishment. Y les va muy bien. Y los franceses lo llaman appareil. Tampoco les va mal. Gobiernen en Washington republicanos o demócratas, ahí están. En París, gobiernen gaullistas o socialistas, ahí están. Siempre a la disposición de dirigentes políticos. Es lo normal, pero ya sabemos: 2 por 2 es 4, pero nos da rabia.

En Perú se han cansado. La tecnocracia centralizadora ha decidido gobernar el Perú. Mejor dicho, seguir mandando. El gobierno de Ollanta Humala los mal acostumbró. Fue el de los superministros, recordemos al ministro Castilla, con su MEF bajo el brazo, pidió Vivienda, «luego le echa mano a Transportes, y desplaza a Kurt Burneo e incorpora al novísimo de Inclusión». Lo cuenta Raúl Wiener (Desco, 2012). Ahora se habrán dicho ¿por qué no la presidencia?

En el difícil tránsito hacia la modernidad también nos fallan los tecnócratas. Han caído en uno de los más viejos mitos. Desde Platón a Santos, el cajamarquino, librarse del político. A nuestros tecnócratas los confunde, me parece, qué es lo político y qué es la política. En lengua que conocen y acaso mejor que el castellano, en inglés, se dice policy y politics. Este último es propio a los regímenes pluralistas, los conflictos entre grupos de interés, y de enfrentamiento de las pasiones públicas. Para eso está el político¡! Lo otro, la policy, es lo que traducimos por «políticas», las que se pueden tener para el tema laboral, minero, seguridad, etc. La distinción entre las dos nociones es capital. Ustedes, señores, son para la policy. Para las aplicaciones.

El político es eso que es contrario a los tecnócratas. Es el intuitivo, el que siente lo que el técnico no puede preveer, el del humor popular, el que tiene calle, el que sabe lo que el pueblo quiere y que no está en las encuestas que fabrican los amigotes. El político es otra cosa. Cuando es grande, es De Gaulle, Lincoln, Kennedy, Gorbachov. En el Perú, Piérola, Leguía, Haya, Belaunde, Fujimori, García, Keiko. Y Verónica Mendoza, Barnechea. En ningún país del planeta los tecnócratas ganan elecciones. Tal vez en algún exoplaneta, no hay señales todavía de la NASA.

El tema es simple. No hay Estado sin políticos en el poder. Lo siento. No vienen de bancos, por muy interamericanos que sean. Conocen la profesión política desde la juventud. Los políticos son un poco como los curas, nadie se vuelve cura a los cuarenta años. El gran partido de la antipolítica, incluyendo algunas ONGs y medios, viene improvisando su outsider para este 2016. Que no solo se parezca a los tecnócratas sino que sea uno de ellos. ¿Los «tecnos al poder»? Son modalidades de captura del Estado que acaban mal, muy mal.

Publicado en El Montonero., 29 de febrero de 2016

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