Alberto Vergara. ¡Bolivia está mejor!

Written By: Hugo Neira - Ene• 25•16

Comentar una tesis universitaria es de urgencia cuando aborda, como en el caso presente, una problemática precisa que interesa a todos. Alberto Vergara acaba de publicar La danza hostil (IEP, 2015) que se subtitula, «Poderes subnacionales y Estado central en Bolivia y Perú». Es muy buena tesis, estudia un asunto decisivo. Desde una clave personal, propone la comprensión de Estado, región y «élites periféricas» de Perú y Bolivia. Ha hallado lo que viene a ser «le fait o hecho total» (Mauss). Ha  dejado de lado, lo dice, nociones como dependencia o clases. Ha preferido «la territorialidad de los activos». Como método la tesis es ejemplar.

¿Han visto que un ADN es una doble hélice? Eso es el libro de Vergara. Élites y poder. Y se limita en el tiempo, de 1952 a 2012. Su idea principal es el «clivaje». Vergara llega a esa hipótesis de trabajo luego de haber agotado la bibliografía que le precede, de eso no cabe duda alguna. La parte teórica va de la página 17 a la 91. Solo entonces, la trayectoria histórica de ambas naciones. Las democratizaciones, de la revolución nacional boliviana (1956-1964). Y en el Perú, del retorno de las elecciones (1956-1968). Luego, estudia los regímenes militares, el de Banzer (1971-1978), el de Velasco, hasta 1975. Lo que sigue es lo que llama la apertura política boliviana, 1994-2004. Y «la clausura» peruana, de 1989-1995. O sea, mejor está Bolivia.

Dispongo de poco espacio para desacuerdos, dudas y coincidencias. No me parece el paralelismo entre Banzer y Velasco. Mi objeción es de sentido común. Alberto, ¿no es cierto acaso que Banzer hace una reforma agraria después de la de Paz Estenssoro? Es decir, ¿después del MNR, del aprismo boliviano? Dos reformas, pues. Consiguieron «deshacerse del ancien régime» (:165). En Perú no, hasta Velasco. ¿Ese es el hecho que tanto nos duele? El resto coincido, «proyecto centralista y tecnocrático», «desconfianza de los civiles». Pero no diré más aquí sobre el velasquismo.

Una duda. No veo en quién se encarnen tus «élites periféricas antioligárquicas» en Perú (:288), salvo Hugo Blanco y las tomas de tierras de los 60, no están en las municipales bajo Belaunde. La historia social de nuestro pobre país conservador muestra otra cosa, la alianza «entre gamonalismo regional y régimen centralista» como en 1928 la llama Mariátegui, fue una lápida hasta 1969. Los hacendados eran igual prefectos y senadores. Y necesitaban del Estado para que en cada sublevación pusiese policía y soldados. ¿A qué crees, pues, se refería Arguedas cuando evoca «los fúnebres alzamientos» ?

No hay en Perú una región que aspire a la «autonomía» como Santa Cruz, la «nación camba». Ninguna región es tan rica. En el Perú hay cuatro posibles «naciones cambas», Iquitos, Cajamarca, Huancayo, el Sur andino, por ahora pobretonas, y lo que señalas, carecen de «una élite crucera con fuerza de dimensión nacional». Estamos en un territorio mucho más vasto y quebrado que esa Bolivia entre oriental y occidental. Entonces, ¿cabe la comparación?

En fin, no dices mucho sobre Evo. Cómo pasa de líder cocalero a enlazarse con el MAS, la izquierda competente. Algo como juntar Hugo Blanco con la habilidad de Barrantes, ¿en la misma persona ? En el Perú esos años ochenta y noventa, tenía mucho de gamonalista la izquierda, ¿no? En cambio, esos mismos años, la intelectualidad boliviana vinculaba sindicatos, multitudes, indígenas en su marcha hacia el Estado multinacional. Me intrigan. En la página 335, me das una luz, ese 63% de municipalidades con el MAS. Cuando visite Bolivia, lo haré con obras de García Linera, análisis de antropólogos sobre «la etnización de la política», y tu libro en la mochila.

«La sociedad desestructurada peruana no genera plataformas sociales». Por desgracia es cierto. Por lo demás, en el Perú hemos visto muchas marchas, ¿pero alguna «por» la descentralización?! Acaso unos y otros quieran un poco más de Estado asistencialista! Y como señalas, «las élites sureñas se vienen a vivir a Lima».

La danza seguirá. No sé qué bailan collas y cambas en Bolivia. En el Perú valsesitos, huaino, cumbia y según parece con alianzas de última hora, el perreo.

Publicado en El Montonero., 25 de enero de 2016

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Caracas. Cuando Maduro escucha al Otro

Written By: Hugo Neira - Ene• 18•16

El pasado viernes 15, a las 20 horas, pasó algo extraordinario en la ciudad de Caracas. No solo que Nicolás Maduro fuera a dar un informe sobre la situación gravísima de la economía sino que le siguió en el uso de la palabra Henry Ramos Allup, actual presidente de la Asamblea Nacional con mayoría opositora. Maduro presentó su proyecto de ley sobre urgencia económica, a discusión los próximos ocho días. Lo notable de esa noche no fue el sucesor de Chávez sino el político Ramos Allup. Ante mi asombro, le cantó las cuarenta a Maduro.* Y en su presencia.

Comenzó por algo simbólico. Maduro le acababa de regalar a Ramos Allup un libro de retratos de Bolívar. De inmediato el presidente de la Asamblea improvisa y micro en mano explica que existen tres o cuatro retratos históricos de Simón Bolívar. Pero rechazaba el que Hugo Chávez se había inventado y que colgaba en los muros del Palacio legislativo. Parece que en días anteriores descolgaron los retratos —incluyendo el de Chávez— y los chavistas clamaron que lloviera fuego al dios de los cielos. Ramos Allup dijo en voz alta que signos de la patria venezolana eran «el himno, la bandera y Bolívar», y  «en la Asamblea no podía haber el retrato de ningún jefe de gobierno ni muerto ni en vida». El presidente del otro poder, el parlamentario, dijo todo eso con pasmosa tranquilidad. A ratos se escuchaba gritos. El orador se detenía y proseguía. Por una noche, Caracas fue la antigua Atenas.

Al tema de los retratos siguieron otros. Inflación, pérdida del valor del bolívar ante el dolar, el tema del petróleo. Sin patanería ni insultos. Con esa claridad de que «aquí no se ponen retratos de Jefes de Estado», se está liquidando una era de gobierno personalista. A Maduro y a Chávez. El diputado Ramos Allup delante de todo el mundo le pregunta al presidente Maduro, sentado al lado suyo, si lo estaban transmitiendo en cadena. Y Maduro no tuvo más remedio que decirle que sí.

Ramos Allup se sacó otra carta de la manga. No están por un golpe de estado. «Los militares no deben meterse en política». Lo divertido y atrevido era que en el público y en primeras filas, estaban sentados generales en activo. Y mientras lo decía, los señalaba con llaneza venezolana y con una sonrisa. Esa noche fue una proclama finísima, algo como «usted se queda pero nosotros también». Por mi cabeza pasaron unas líneas de Tocqueville. «La democracia es una forma de vida». Eso es lo que ha vuelto a Caracas, en la noche del 15 de enero.

Estoy fuera de Perú, pero vi lo que transmitía Canal N. Ignoró todo lo que no fuese Maduro. Y lo mismo Perú21. Siento decirlo, Juan José. En ese tema, debes poner gente alerta.

¿Qué es periodístico? El acontecimiento. En la historia política de Venezuela no han faltado caudillos desde Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, hasta Marcos Pérez Jiménez que quiso quedarse en el poder en 1958. Los presidentes tiránicos terminaban con «caída». Nunca frente a una asamblea. En Argentina, Videla deja paso a Alfonsín y es una Junta exprofesa que lo juzga y encierra. Pinochet llama a elecciones y se va a su casa. Hoy Venezuela es un poder autoritario que se va y un poder institucional que retorna. Un Maduro que sigue de presidente, y es legal, no ha perdido unas elecciones presidenciales. A la vez una asamblea que porta el peso de la sanción moral de muchedumbres que hacen cola para comprar lo que el país no puede ni producir ni importar. La crisis de Miraflores —la casa presidencial— es descomunal. ¡Qué situación! Pero, amable lector, en los medios de Lima solo retumba la voz de Maduro. ¿O es que les incomoda el parlamentario Ramos Allup porque es  socialdemócrata? Fue estimulante lo que vi esa noche y  es una lástima que si no tienes cable, ni te enteras. Una muralla de frivolidad separa a Lima del mundo.

* Cantar las cuarenta es amonestar sin enfado: https://www.youtube.com/watch?v=Ur4_wk7RKYw

 

Publicado en El Montonero., 18 de enero de 2016

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Aldo Mariátegui y los abismos que te miran

Written By: Hugo Neira - Ene• 11•16

El Octavo Ensayo  arranca con una confesión. «¿Por qué detesto tanto a la izquierda?» Su éxito revela, a mi parecer, un vasto público que no soporta más a una red de privilegiados situados en cátedras y medios de prensa que se autotitulan «de izquierda». Sin por ello correr riesgo alguno. No son precisamente Ricardo Letts o Béjar. Resulta irónico pero el mismo Marx —el joven Marx del Manifiesto— se ocupó de ese tipo de teóricos llamándolos por lo que son, socialistas conservadores. El texto de Aldo es celebrado por su rara y desconcertante sinceridad. Felicitaciones.

Ahora bien, ¿puede gustarme una obra con la que en gran parte discrepo? Perfectamente, por su coraje y franqueza, y porque a Aldo lo anima el riesgoso afán de decir la verdad. Con la misma franqueza debo decir que el equivoco cultural después del fin del velasquismo y lo que este significó para el Perú, no se disipa, al contrario. La gran ocultación de lo que ocurrió entre 1968 y 1975 continúa. Por mi parte, nunca he negado mi participación. Así, un par de cosas. Nunca fui de izquierda, eso es moda ideológica propia a los años 70, yo era comunista. Dejé de serlo después de un viaje a la Europa dominada por los soviéticos. Y escribo Hacia la tercera mitad, explicación de la historicidad del velasquismo, la izquierda y de Mariátegui. «Historicidad», algo comienza y algo acaba. ¡Hace veinte años! Pero las izquierdas continuaron encuevándose. En fin, si alguien piensa que por haber sido velasquista debo ser partidario in sæcula sæculorum de todo golpe militar, conmigo se equivoca. Dejé de ser marxista pero no me hice liberal. No pasé de un absolutismo a otro absolutismo como Mario Vargas Llosa.

El intitulado de esta columna viene de una frase: «cuando miras a un abismo, también te mira a ti» (Nietzsche). El libro que comento abre un debate ante tres problemáticas. En realidad son abisales. ¿Cómo explicar que lo que aprueba Eric Hobsbawm en su planetariamente conocida Historia del siglo XX, «el mayor de los acontecimientos del Perú contemporáneo, la liberación del campesinado indio de una servidumbre secular», fuera la obra de un régimen militar? El segundo abismo es del continuo retroceso de la izquierda a medida que el país se moderniza. No es algo por celebrar. De ese pozo sin fondo emanan aventurerismos. El tercero es la personalidad de José Carlos Mariátegui. La reducción de sus ideas es de tal grado que José Miguel Oviedo, profesor en Pensilvania, dice: «es irónico que un maestro de la discusión haya terminado por ser un oráculo indiscutible» (Vol III, p. 438.) Hobsbawm y Oviedo. Esas cosas no se dicen en  Perú ni en cátedras ni en medios. Lima es por momentos una Teherán de ayatolás católico-leninistas: todo lo sacralizan e inmovilizan.

Sobre la crisis de la izquierda peruana ha habido textos y posturas, por ejemplo, Nicolas Lynch —Los jóvenes rojos de San Marcos— cuando era un templo de Mao Tse-tung. Hay abundante literatura y rescato un testimonio. Alberto Adrianzén. A la izquierda peruana la sepulta con una sola frase: «Ni buena para las reformas ni para la revolución». En Socialismo y Participación, 2007. «Es evidente que la crisis de la izquierda peruana, finalmente, tocó fondo». Se refiere a los magros resultados electorales, un 2%. «Ha surgido una fuerza política progresista que no proviene de su propio seno». Se refiere nada menos que al nacionalismo de Ollanta Humala. Vaya, Beto se equivocó. Humala no fue de izquierda, ni de centro ni de nada.

Lo de Mariátegui en Mariátegui no es lo mejor de su ensayo. ¿Cómo caes Aldo en esa vieja y manida tesis del resentimiento? Viejísimo argumento para desacreditar en Lima a todo inconformismo¡! Aun el de rebeldes acomodados. De la Puente Uceda, Fuenzalida, Heraud. Y dos enormes descuidos. Uno es Benedetto Croce a quien conoció en su viaje por Italia dado que la familia Chiappe, eran amigos del filósofo. Croce no era cualquier profesorcito y jugó un papel enorme en la vida espiritual de José Carlos, el carácter no intelectual del arte, el poder de la intuición. El otro fantasmal padre ausente es Nietzsche. De ahí un Mariátegui de varias vanguardias no solo políticas sino estéticas. El amigo de Valdelomar, de Eguren y del Vallejo de Los heraldos negros. A Nietzsche lo cita abiertamente. Y eso se te ha escapado. Lo habitaba el erleben de los alemanes, es decir la vida, lo que Ortega y Gasset tradujo como vivencia. Pese a su enfermedad, ¡qué vitalidad! Nietzsche de nuevo está de moda y las modas no son fenómenos arbitrarios. Amaba el instinto, la música, al dios Dionisios. Nadie ha tenido en Europa tal pasión por la verdad del mundo. Ni nadie en el Perú ese amor por las ideas, el arte y la vida como el abuelo de Aldo. En José Carlos la lengua danza, hay fervor, no la aburrida prosa de tantos mariateguistas.

Publicado en El Montonero., 11 de enero de 2016

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“Podemos” en España y Ramón Tamames

Written By: Hugo Neira - Ene• 04•16

Podemos de España, es un partido político nuevo. Proviene de un movimiento social espontáneo conocido como “los indignados”. Su base misma son capas juveniles profesionales y cultas y sin trabajo en la España moderna. Eso acaso explica la juventud de sus dirigentes, su manejo de las redes sociales y el hecho que emergieran en las elecciones para diputados europeos en el 2014. Fue entonces que lograron cinco escaños. Sin embargo, en España cuentan, pero no tanto. Han obtenido, el pasado 20 de diciembre, unos 42 diputados sobre 558 escaños, es decir, el 12%, detrás de Ciudadanos, con un 13%. No ha habido el tsunami de votos antisistemas que anunciaron pitonisas limeñas. La realidad es que los punteros sigue siendo el Partido Socialista con un 22% y el partido de Rajoy, con un 28%. Lo que no quita que Rajoy, ganador pero no vencedor, tenga dificultades para formar gobierno. En suma, Ciudadanos y Podemos han sacudido el sistema bipartidario pero no lo han tumbado.

Con todo ¿qué es Podemos? ¿Un populismo más o la izquierda de la izquierda? En España dicen: “Podemos capitaliza el cabreo de los ciudadanos”. Traducción: cabreo, fastidio, rabia. Cavilaba en este tema cuando en la feria última del libro en Lima encuentro una obra de Ramón Tamames, titulada ¿Podemos? En esta columna me he propuesto escribir con el mismo afán de verdad que pongo en mis libros.

Viví en España en años finales del franquismo y luego, cuando la Transición. Y fue en la redacción del “Madrid”, diario legendario, en vida de Franco, antifranquista, que conocí a Ramón Tamames. Hoy referencia inevitable para comprender España contemporánea. Ha explicado en sendos libros el “Mercado Común Europeo”,  “La era de Franco”, y no sigo. Tamames es uno de esos españoles que cuando la dictadura enfrió la vida política —la era del Hielo— se fue a completar estudios al extranjero. A la London School of Economics. A su retorno, catedrático de estructura económica en Madrid. Y diputado en las Cortes o parlamento que preparó la Constitución. Es un espíritu libre. Lo invité a mi universidad francesa en Tahití. Y en otra a Lima, con Moisés Lemlij, con ocasión de un coloquio estupendo sobre el III Milenio.

En su libro no escatima elogios para la gente de Podemos, aunque tenga enormes reparos. “Campaña brillante y un resultado espectacular” (p. 13). Se comportan, dice, como “shumpeterianos”, o sea, “innovadores” del mercado político. Y luego celebra el uso de ordenadores, tabletas, Twitter. Y en fin, admite que son “una erupción anti-muchas-cosas”. En efecto, son otra generación. Por ejemplo, no tienen empacho en maletear a la Monarquía, por más constitucional que sea. Al actual Rey, lo llaman Felipe « El Breve ». «Porque no va a durar». Y don Ramón no se va por las ramas. Dice lo que piensa. “El programa de Podemos es incumplible”. “España sería una Grecia pobre”. Sus argumentos son contundentes. La realidad es que tienen “techo electoral” y en la eurozona —observa Tamames— el crecimiento es de 1,3% en 2015 y el PBI rozará el 2% en el 2016.

En suma, me quedo con la impresión de que Podemos tiene el mal del siglo. Sus límites  no son distintos a otras izquierdas. Conocen los defectos del capitalismo pero no su remedio. Y las democracias son regímenes de lo inmediato. Un Piketty, un Tamames, la perspectiva de los sabios es para tramos largos. Y las urnas tienen los pies cortos.

En fin, ¿se sabe que los de Podemos fueron asesores en la Venezuela de Hugo Chávez? O sea, han sudamericanizado la vida española. Hay, pues, quienes sueñan en ser un  Podemos limeño. ¡Qué ingenuidad! Ni tenemos inmensas clases medias cultas que hacen posible Ciudadanos y Podemos. Ni hay que confundir la sociedad informal que somos y la sociedad española industrial. Ambos, Iglesias y Monedero, son catedráticos de ciencias políticas. Nada que ver con Acuña. Aquí lo que tenemos es “Nos metemos”.

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Publicado en El Montonero., 04 de enero de 2016

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La república incompleta. El billete no es la libertad

Written By: Hugo Neira - Dic• 29•15

Cuzco, tierra y muerte (1964). Esa obra se compone de dos partes: la primera es una serie de artículos que se fueron publicando en el diario Expreso, con un inmenso éxito mediático a medida que el corresponsal, no por azar autotitulado ‘corresponsal de guerra’ * , permanecía en el sur, cubriendo con su reportaje, en vivo, esa suerte de guerra civil entre campesinos, hacendados y el poder constitucional de este momento (gobernaba Belaunde Terry). La segunda parte es menos conocida. Debo decirlo ahora. Al volver de mi prolongada estadía, Manuel Scorza, con Sebastián Salazar Bondy, decidió reunir esas crónicas que no nacieron como un libro. Yo también, como Nietzsche, amo «los libros que se hacen solos». El segundo, Sebastián, me sugirió que a posteriori de los acontecimientos «redondeara las crónicas» —esas fueron sus palabras—, con una reflexión personal. En efecto, yo era joven (28 años), pero un joven que venía de esas tres formaciones: Historia, con Raúl Porras, experiencia en el Partido Comunista y el San Marcos de los años 60. Entonces, son una suerte de ensayos que aquí separamos y recuperamos. A saber: «Tal reforma, tal país», «La república Señorial», «La gran hacienda nos impide ser nación», «La clase ociosa». Se entiende que estando yo fuera, ya contratado, en París, por François Chevalier como investigador, en Lima, el Congreso, me hiciera un homenaje por mi veracidad y recibí el Premio Nacional Fomento a la Cultura de ese año (1965). Un premio que se daba a una obra y no como en el día de hoy, bajo fórmulas cortesanas. Hoy un joven desconocido no podría ganar ese honor.

Ahora bien hay quienes no entienden dos cosas:

1)    Sin oligarquía, sobrevivió la cultura oligárquica. La mala fama de la reforma agraria. No entienden que la nación estaba bloqueada hasta que una fuerza política inesperada, que Alain Rouquié ha llamado ‘una burguesía de sustitución’ (las FFAA revolucionarias del 68) hiciera aquello que era necesario: devolverlos a los indios del Perú el derecho a trabajar su tierra, para su propio beneficio. Cincuenta años más tarde, hay quienes todavía no entienden este punto de partida en el país.

2)    Por desgracia, nuestras costumbres no cambiaron. Es evidente que sobreviven malos comportamientos ‘manifestaciones ostensibles de nuestra vida pública’, el ‘señoritismo’, el ‘ninguneo’ provienen de este tiempo que asombrosamente no se ha modificado. Las clases dominantes han respondido —lo voy a decir con las palabras del joven Neira— ‘abúlicamente al reto republicano’.

Una sola pregunta: ¿Qué seguía después de la reforma agraria? Otro gran gesto de democratización hubiera sido la multiplicación de las grandes unidades escolares. ¿Por qué no se siguió con ellas? La República no lo es del todo mientras haya dos pueblos: el educado y el que no han querido educar. Ni el Estado. Ni la sociedad. No busquen el autor de la culpa. De la pésima educación, la culpa la tenemos todos. Y no se quejen, pues, del nivel deplorable de los pretendientes al poder legítimo que otorgan las urnas. Nuestros futuros dictadores serán más ígnaros que los caudillos a caballo del XIX peruano. Ojalá me equivoque. Después de Huillca, debieron haber recibido cultura, ciencias, conocimientos, sus hijos y sus nietos. Han nacido nuevos latifundios. Se llaman hoy universidades.

                                                                       ***

«TAL REFORMA, TAL PAÍS

En la Capital, el gran debate sobre la ley de reforma de la tierra, continuaba, punto por punto, enconadamente. El país seguía este debate sin dejar por eso de observar los acontecimientos del Sur. La opinión pública no se engañaba: en realidad se trata de hechos entrelazados. Las escaramuzas entre los sindicatos y la policía eran algo más que un simple episodio laboral o político. Lo que se discutía en el Parlamento era el Perú de los años inmediatos. Los campesinos, al negar con las recuperaciones de tierra la propiedad a los grandes latifundistas, procesaban no sólo al régimen vigente de tenencia de tierras sino a la estructura básica de la sociedad peruana. Removido por los asaltos a las haciendas, el universo estacionario que origina el latifundio y sus castas, se resquebrajaba.

    Por eso, se ha dividido tanto la opinión en los partidos políticos, las instituciones, los hombres, frente al problema de la tierra. No nos engañemos. Se trata de elegir, de optar. El tipo de reforma que se quiera implantar en el campo, señala el tipo de sociedad, uno y otro, que se desee para el país mismo. Tal es para un país agrario y minero como el nuestro, país encerrado en la trampa de las materias primas, la vinculación entre las relaciones de propiedad y el sistema mismo que rige la vida de millones de hombres. Cambiando éstas, se altera todo.

LA REPÚBLICA SEÑORIAL

Se puede vacilar en esta elección, porque la imprudente prisa puede llevar a optar por lo regular en vez de lo óptimo. En cambio, se sabe qué es lo peor y lo peor es ya lo establecido, el campesino desesperado, estragado por el hambre, por las enfermedades endémicas, en el círculo vicioso: tierra ajena —deudas al prestatario—, hombres sin tierra. Lo peor es lo actual. Así, todo cambio será para bien. Vivimos en el peor de los mundos posibles.

         La República ha sido cómplice de todo esto, uniendo su destino a un sistema: la concentración de la renta nacional en pocas manos, a los hábitos seculares de desdeñoso poder sobre el país, a la poca movilidad social, convirtiendo a la estructura política, en apariencia liberal, en una dependencia gigantesca de los Barones de la Tierra. Vivimos una República, no de iguales como lo quisieran sus fundadores, sino Señorial, y en una democracia de minorías, por lo tanto, fraudulenta. De ahí pues que algunas de las instituciones que surgen de este estado de cosas —Parlamento, partidos políticos—colaboren en la defensa del Statu Quo. El sistema segrega sus propios defensores.

     Es cómodo y responde a una natural tendencia de la menta humana, a la pereza ecléctica, pensar en soluciones intermedias. Pero la reforma de la tierra no es sólo una empresa de economía sino un acto de justicia. Incluso, olvidando que la defensa del Statu Quo conlleve un freno de todo el proceso de desarrollo democrático, sin el cual no hay el económico y el educativo, la solución intermedia se anula en sí misma. Sobreviviendo terratenientes y campesinos, los primeros continuarían en posesión del poder económico y por lo tanto, del político. Admitiendo un Estado imparcial, por encima de estos conflictos (sueño del liberalismo decimonónico) y que además este Estado se incline por la ayuda a los campesinos, prestándoles créditos técnicos, haciendo posible las granjas cooperativas, la promoción comunal, evitando la dispersión de esfuerzos de los pequeños propietarios, es necesario pensar que los latifundistas, aunque restringidos, poderosos, bloquearían una por una, las obras del Estado en apoyo de los campesinos. En el Perú se le contestó a un técnico de la Alianza para el Progreso, (Clarence O. Senior) aquello de que los campesinos no precisaban planes de alfabetización, pues «labraban la tierra tan bien como si supieran escribir».

       De ahí que mientras vean a sus amos en uso del poder que tradicionalmente el derecho a la tierra les ha conferido, el campesino no crea en la reforma de la tierra y proceda a realizarla por su cuenta y riesgo. Debe tener algo de razón, puesto que la mayoría las reformas agrarias permanecen en el papel en todo Latinoamérica, exceptuando Bolivia y Cuba.

     ¿Puede imponerse una clase a sí misma, una concesión que atenta tanto y de modo tan profundo su propia vida? La historia es el reino de la libertad, y esto es posible. Basta recordar la clase terrateniente inglesa y sus sacrificios para ingresar en la edad industrial, las grandes familias del Japón feudal que originaron y dirigieron el cambio hacia el Japón Imperial e industrial. La casta de donde procede Nehru, las legiones de Nasser, etc. No parece éste, sin embargo, nuestro caso. En una respuesta a un cuestionario realizado en las Naciones Unidas, se admite la amenaza de la frustración de todo cambio, por tímido que sea. «De acuerdo a la estructura económica y política del país —dice el documento— la reforma agraria será difícil. Los terratenientes, que serían afectados por cualquier medida económica, administrativa, legal o social, se opondrían violentamente a su realización, y su influencia económica y política es poderosa en grado sumo …»

LA GRAN HACIENDA NOS IMPIDE SER NACIÓN

Pero no seremos una nación hasta que dejemos de ser la suma de la gran propiedad. Francia moderna sólo es contada a partir de que Bailly contesta: «La nación reunida en asamblea no puede recibir órdenes». ¿Contra quiénes estaban? Por la nación en contra de los derechos señoriales. Eso es 1789. Nuestro caso es más grave. La fuerza de seducción de los privilegios no aparece en forma legal, pero ejerce su predominio. Por eso Janio Quadros, sólo pudo llamarlos «las fuerzas oscuras». Como los cuerpos opacos en astronomía, ejercen influencia sin aparecer. Raúl Porras, en su carta de renuncia, no pudo sino llamarlas: «influencias extra-constitucionales».

      Dicho de otro modo: la estructura feudal agrícola impide la democracia rural, regional y aun nacional. La hacienda es un Estado dentro de otro Estado. Situadas en puntos lejanos, ellas constituyen sus propios sistemas de venta, de consumo interno, e incluso, de transporte. El hacendado se interesa por el ferrocarril y el camino si éstos lo acercan al gran puerto exportador. Las rutas locales, los caminos internos que unificarían a nuestra diversa humanidad, no son necesarias. El desarrollo a escala regional queda abandonado. No le interesa el consumo interno y por lo tanto, no hay vías entre la hacienda y el mercado regional. La casa-hacienda se ilumina con motor a gasolina. Por eso, no se interesa en la electrificación rural. Las autoridades locales obedecen sólo al gran propietario, el poder más fuerte que conocen. La capital está lejos. Es un cuadro social, viejo, varias veces denunciado. Afecta a todo el país, agudiza nuestros males. Pese a la continua censura, de dentro y de fuera, no ha sido cancelado. ¿Por qué esta cerrada negativa para la reforma? Porque es algo más que un cambio en el sistema económico del Perú.

     Falta, pues, examinar las relaciones concretas entre esta sociedad de grandes propietarios y los hábitos de mando en la clase dirigente, impactada por esta experiencia de administración de bienes raíces. Entre las manifestaciones más ostensibles de nuestra vida pública y la vida al parecer, inocente y sencilla de una gran hacienda, hay lazos no por sutiles, menos estrechos y reales. Veamos las cosas en su totalidad, en su intensa complejidad de cosas, grupos sociales y conductas.

      La gran propiedad sigue dando, a quien la posee, poder y prestigio. Es el origen del patriciado señorial. Y sus hábitos mentales corresponden, de modo general y conductivo, a los que se ejercitan dirigiendo una hacienda. Hábitos, por lo tanto, de tutoría legal frente a un país juzgado como menor de edad (el gusto por las persecuciones y los ciudadanos a medias). Paternalismo y jerarquías sociales inconmovibles es otro rasgo de la influencia de la manera de poseer sobre los modos de mandar en los poderosos del Perú.

      Quien nazca en una condición social en la hacienda en ella muere. Igual, piensa el patriciado, sucede en el país. Las haciendas forman señoríos económicos autárquicos. El país —nación— lo representa el juez, el destacamento policial, el gobernador, puestos a su servicio. La inteligencia la encarna el humillado maestro-escuela. La oposición es la de los forasteros. De ahí, la falta de respeto al Estado, que es suma de los estados-haciendas, a los intelectuales o la acusación de que toda idea de libertad, justicia social o de cambio que altera sus privilegios, tiene que ser, necesariamente, extranjera. Dentro de los límites de la hacienda o del país, se piensa, no puede nacer la rebelión.

     Somos un país con un Poder Central —léase Gobierno— débil ante la asamblea de los propietarios. Cuando el Poder Central cae en manos de reformistas, ocurre como a los tímidos reyes medievales, que si intentaban disminuir el poder de los señores de la Tierra, eran irremediablemente derribados. Somos una nación frustrada, porque no somos una empresa colectiva, sino una permanente improvisación, porque no formamos un pueblo en forma sino un universo de dispersos siervos bajo la complicidad de una geografía disolvente; porque no nos comanda una élite con conciencia de la justicia y de las responsabilidades del poder, sino los representantes estériles de una clase ociosa. La Gran Hacienda impide la nacionalidad. En vano, nos presentamos como un país con delegaciones diplomáticas y sistema bancario y comercial al día, cuando el motor de nuestra historia se filia en edades y maneras colectivas, que no son de este siglo.

    Por la Gran Hacienda, somos una sociedad tradicional. Los usos de la tierra penetran profundamente nuestra vida, aun la más contemporánea. Entre «el ninguneo» y «el señoritismo» oscilan las relaciones humanas. Es típico de los países agrícolas más viejos del mundo, el caso de la India, que las relaciones personales carezcan de la impersonalidad en el trato entre los hombres, de las sociedades evolucionadas en las que la escala de valores se constituye sobre la eficiencia y no sobre el origen social. Entre nosotros, aún los individuos están adscritos y dependen de su nivel social, del clan local o de la familia. O del amigo influyente o de la lealtad al superior. La vida en nuestras ciudades se ajusta a valores no ciudadanos sino feudatarios. Un puesto público o un trabajo no se asigna de acuerdo a consideraciones funcionales de beneficio mutuo (patrono y obrero). Sino por el contrario, priman los códigos de amistad, de lealtad regional o familiar o de situación jerárquica. Se prefieren las relaciones señoriales (mundo feudal) que las relaciones abstractas (mundo capitalista o socialista). Así es como muchos hacendados se oponen a la formación de sindicatos, esto es: a la aparición de entidades de relación altamente abstractas o impersonales. Afirman que los braceros no las necesitan para lograr sus derechos. Para ello, creen, está el trato directo, personal. En realidad, se sienten incómodos ante una sigla. Esta carece de rostro, de antecedentes, de padre y madre, de recuerdos y afectos que puedan servir para ablandar al contendor social. En cambio, el bracero como persona, es más dominable. Se llama Juan Zúñiga, el señor Feudal lo llevó a la pila bautismal. En cierta forma, le debe la vida, lo que es.

     He visto como muchos hacendados se oponen en el campo, al sindicalista, con la misma santa indignación que un Patriarca del Antiguo Testamento viese que alguien intentase sindicalizar a sus concubinas o a sus hijos naturales.

     Si la hacienda influye en los modos de vida peruana, la imagen del buen padre, del patrón bondadoso prima y decide cierto estilo político nuestro al cual regresamos de una y otra forma. De ahí, pues, el origen de muchos mitos políticos como el culto al hombre fuerte, al jefe. «Fulano es el hombre» dice el pueblo, para expresar su acatamiento al prestigio de algún caudillo. De aquí se origina la aceptación casi sin repulsa para con las dictaduras paternalistas, la ausencia de espíritu de libertad y democracia, que son fruto de las ciudades, los propietarios libres y de la clase obrera, es decir, entidades emergentes y aún débiles en nuestro país. La intolerancia y el despotismo de algunos dictadores nos recuerda un poco al Señor Hacendado, con fuete y mando total de vidas y honras. Para satisfacer la demanda de orden de un país impedido de ser nación, sumergido en una elemental economía de haciendas y minas, nada más sencillo que el orden elemental de nuestras periódicas dictaduras. Una gerencia que garantice la paz interna y la venta de los productos en el mercado, no es todo. No hay metas. Estamos fuera del reino de la historia.

LA CLASE OCIOSA

No hay más que dos tipos predominantes de agricultura: la de plantaciones, o latifundios; la de los campesinos pobres y comunidades, o minifundios. Entre ellos, existen escalones intermedios de organización. Pero la mayor parte de la tierra fértil es cultivada en las plantaciones del gran latifundio o destinada a la cría de ganado. En algunos casos, se subdivide en lotes menores para ser arrendados en condiciones onerosas para los pequeños agricultores.

       En resumidas cuentas: el campesino es casi siempre el habitante de la tierra, desposeído de la propiedad de la misma. Los dueños de la tierra cultivan el ausentismo patronal. Son los maharajás peruanos, viven los altos niveles de consumo y gozo de una existencia que Occidente ha exportado, sin que ellos hayan provocado el milagro de la producción masiva ni acepten, en esta periferia económica, las responsabilidades de la heredad.

     Adoptan un lujo, un confort, que compran e importan, lo que les proporciona una apariencia de modernidad, de estar al día, a estas minorías refinadas, autoritarias y parásitas. Esta clase social no acepta convertirse en clase capitalista, porque para ello tendría que ahorrar y exigirse sacrificio y austeridad. Viven, por lo tanto, lejos de sus propiedades, manejadas a control remoto, sujetas a sus cuentas bancarias por la tenaz acción del caporal. Quedan así, aislados del riesgo de la vida, del país mismo,  habitando el milagro de las campanas neumáticas urbanas en las zonas residenciales de nuestra Capital. Y esta secreta deshonra que no dicen los barrios residenciales quizás sea «lo horrible» de Lima. El poder del dictador de turno o la presión de grupos que la Constitución no señala, vigilan, mientras se continúa la siesta señorial, que este cuidadoso mecanismo de privilegios y canonjías, no se altere. Así, la clase ociosa peruana, de origen agrario ha respondido abúlicamente al reto republicano. Debieron convertirse, durante el siglo XIX y parte del XX, en una clase industrial, capitalista y burguesa. No lo han hecho. Y el drama de hoy radica en que impiden que otras clases emergentes cumplan con el rol que ellos desdeñaron, en nombre de un curioso aristocraticismo que los alejó del uso de la libertad democrática y sus responsabilidades.»

                                                             […]

«En algún momento llegaron a decir: «Causachu Expreso» ¿Qué hay detrás de este grito? El fin de un mito: la pasividad de las masas. Cuando los escuché, comprendí que eran sindicalistas como podían también provocar un movimiento religioso como los Cristeros, o como podían seguir a un gran agitador como Zapata, o integrar un ejército campesino como el de Mao, o aceptar un máximo rol histórico, alterando la forma actual del Gobierno, como en el caso de sus hermanos de Bolivia.

   Los que dicen causachu lo pueden todo. Es cuestión de tiempo. Pero la integración de este mundo de hombres y mujeres indios al país oficial, solo es cuestión de maneras, de procedimientos. Un hecho fatal se avecina: o el país asimila a estos trabajadores o ellos harán pedazos el régimen que por tantos años los ha menospreciado.

   Fue un espectáculo inolvidable y un suceso histórico presenciar en el Sur la afirmación de estos millares de campesinos vivando organizaciones que en la capital hallaban extremistas.

   Con las manos en alto, gritaban causachu. Una férrea disciplina, lealtad absoluta a sus jefes, unidad en los propósitos, mezcla de acción pacífica y violenta, los sindicatos están en vías de cambiar todo el reparto político de los grandes partidos, al convertirse, por obra de la urgencia de cambio en el país, en el mayor de los partidos políticos del Perú.

   Y aunque el analfabeto no vote, su peso decidirá el futuro inmediato del Perú. »

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Hugo Neira, Cuzco: tierra y muerte, 1° edición, Populibros, 1964. Reeditado en el 2008, Ed. Herética, Lima, pp. 101 a 103.