El síndrome del caudillo autoritario*

Written By: Hugo Neira - Feb• 26•20

Cuando escribía en La República «Ni con una pistola en la sien», no era la primera vez que lo de Ollanta Humala no me convencía. Lo sentía vacío, no porque representaba la izquierda, nunca lo tomé por un izquierdista. Pero desde hacía buen rato, tenía una hipótesis temible, que eso iba a ser un gran vacío de poder. Todavía no hemos salido del hoyo. La prueba, esa intuición, la tienen en esta entrevista del gran semanario uruguayo Brecha. Me hubiera gustado equivocarme y que la historia fuera distinta. (HN)

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Entrevista por:  Rosalba Oxandabarat

Graduado en historia en la Universidad de San Marcos y en ciencias sociales en París, profesor, periodista, ensayista, director hasta hace poco de la Biblioteca Nacional del Perú, Hugo Neira (1936) es además un inquieto trotamundos y un inquisidor apasionado de la sociedad y la política latinoamericanas. En 1964 escribió Cusco: tierra y muerte, sobre las invasiones de tierras bajo el liderazgo de Hugo Blanco, y en 1975, con Saturnino Huillca, habla un campesino peruano, obtuvo el premio Casa de las Américas. En Hacia la tercera mitad, realiza una ambiciosa y alucinante lectura de la historia peruana desde el siglo XVI al XX. En diálogo con Brecha, Neira habla sobre la serie de encrucijadas que ese extraño país no cesa de transitar.

— Concursé para ejercer el profesorado en Francia y después de tres concursos obtuve una cátedra pero en Tahití, y en los años en que estuve allá pasaron varias cosas. Se terminó la URSS, y lo viví como un momento aparatoso y tremendo, aunque yo no era comunista ni prosoviético sí estuve en el Partido Comunista cuando joven, luego me fui y estaba más cercano a la parte de la izquierda que entendía que en un país como Perú el movimiento campesino era más importante que el movimiento obrero. Hasta me tildaron de trotskista por opinar que Hugo Blanco tenía razón… Ese remezón me hizo ponerme a revisar absolutamente todo. Entonces decidí reescribir la historia de Perú con un método interdisciplinario. Por eso empiezo con Lope de Aguirre, sigo con la colonia, y luego con los tipos que fueron surgiendo: el hombre ceremonial, el hombre jerárquico, el festivo, el ilustrado; entré a la Independencia o la Ilustración a sablazos, al caudillismo o los señores del desorden, y la seguí con la inteligencia mesiánica Haya, Mariátegui, y asuntos que hacen a la cultura peruana, como la noción de la huachafería, el vals o la alegría sollozante, sigo con un estudio del primer gobierno de Alan García, otros sobre Vargas Llosa, Fujimori y Sendero…

En Perú se percibe como una doble línea divergente. Por un lado, ha tenido un crecimiento económico sorprendente, por otro, en el escenario político, puede hablarse de un cierto caos, un eclipse de los partidos, incluidos los de izquierda, asociaciones electorales que aparecen y luego se disuelven…

Ése es, en Perú, el tema central. El desfase entre la sociedad civil, sus expectativas, su malestar, y la clase política y el Estado. La sociedad peruana cambió muchísimo, empezando por la migración masiva de los habitantes de los Andes hacia Lima. A ese fenómeno se le llama la «cholificación», y es algo más complejo que el mestizaje. Por otro lado, tenemos la economía. Según el economista Francisco Durand, hay tres economías: la formal, que es la que mira el FMI, que es falsa por parcial, la informal, que es muy grande, el 60 ó 70 por ciento, y que no es homogénea porque hoy hay ricos informales, clase media informal y proletarios informales. Y luego la de la coca. Entonces dos tercios de la economía del Perú no son medibles. Hay un dinamismo que, o viene de la informalidad o de la coca: todo el sector de la ceja de selva, por ejemplo, tiene ciudades pujantes, con enormes hoteles, motos por todos lados. Parece un país asiático y nadie sabe de dónde viene ese capital. Hay otro progreso que se puede medir por la cantidad de celulares, de negocios, el tamaño de los supermercados en las afueras de Lima. El consumo popular ha crecido enormemente. Voy a decir una herejía: desde Fujimori, Toledo y García, hay 15 años de retorno a la realidad, esto es, a la economía de mercado, a la inversión extranjera y al progreso de la macroeconomía.

— ¿Y la línea de la política?

Esta sociedad ha producido grandes sorpresas políticas. Una de ellas fue que un grupo de entre los 30 partidos marxistas leninistas que había en los años setenta tomó las armas. Y estuvo a punto de ganar la guerra.

— ¿Sendero Luminoso pudo ganar la guerra?

Hubo un momento en que el mapeo de lo que controlaba Sendero era impresionante. Y comenzó a perder la guerra en la sierra por errores capitales de ellos mismos. Trasladaron al mundo andino eso se ve bien en la película La teta asustada— un tratamiento de universitarios ayacuchanos, elites al fin y al cabo, que miraban con desdén a los campesinos. La población llegó a detestarlos tanto que prefirió a los militares, sus enemigos tradicionales. Huyendo de esa batalla en los Andes muchos senderistas se refugian en la ciudad, y en Lima se dedicaron básicamente al terror. Abimael Guzmán es tomado prisionero en Lima. Pero Sendero fue una sorpresa, ya que al principio nadie los tomaba en serio.

— La segunda sorpresa fueron Vargas Llosa y, sobre todo, Fujimori.

Se presenta Vargas Llosa de candidato, tiene un éxito enorme, parece que va a ganar, y aparece Fujimori, un rector de la Agraria. En Lima todos los intelectuales se conocen, pero a él nadie lo conocía, con esa especie de mirada despectiva de los intelectuales hacia los técnicos, y con argumentos muy sencillos le ganó las elecciones a Vargas Llosa. Y este hombre, ya presidente, decide dar un autogolpe y aplicar el autoritarismo con apoyo popular, se conchaba con Montesinos y montan algo que nadie podría imaginar: que el buen chinito se dedicara a pillar a la nación. La siguiente sorpresa es Toledo, que llega con un malentendido: el pueblo lo ve como uno de ellos por su aspecto, pero está educado en Stanford. Y luego, quién iba a imaginar el retorno de Alan García, después del desastre de su primer gobierno.

— Pero Fujimori, o incluso Vargas Llosa, aparecen gracias a ese eclipse de los partidos.

— Es que la clase política no ha sabido procesar las exigencias de las nuevas formas, y la forma actual es el movimiento de masas sin partido. Esas sorpresas fueron creadas por agrupaciones que no son partidos, el único partido que responde a la definición de tales el APRA, los otros son movimientos: movimiento fujimorista, que tiene un volumen importante Keiko, la hija de Fujimori, salió diputada con una muy buena votación, el movimiento toledista, el movimiento humalista. El humalismo casi gana las elecciones de 2006, con un 47 por ciento. Y el toledismo sigue existiendo al punto que se habla de él como candidato.

— Con un electorado que demuestra, en los últimos treinta años, que sabe castigar, por el voto.

Cuando esas masas de movimientos se convierten en electorado saben castigar. Pero además: ¿por qué es posible para los democratacristianos trabajar en Chile 20 años con los socialistas, y es absolutamente imposible en Perú? Si en Perú alguien dentro del núcleo democratacristiano, digamos Lourdes Flores, trabajara con algo que se parezca a los socialistas, la gente se echaría a reír. Nadie nunca en Perú dejó un heredero. García no es el heredero de Toledo, ni Toledo de Fujimori, cada caso es un maremoto, y así no se construye estabilidad. Y en 2011 no estará García de candidato, solo estará Humala.

— ¿Cuál es su opinión sobre Ollanta Humala?

Me opuse a Humala en las elecciones pasadas, con mis artículos, en la televisión, y recibí amenazas. Si esta vez gana, lo que creo posible, por desgracia, entonces tendré yo problemas. ¿Quién es Ollanta Humala? Es un militar, hoy en retiro. Durante la guerra con Sendero, Humala estuvo en su puesto de combate. Se ha hablado de que cometió «excesos», no se pudo comprobar, o son rumores o los testigos se han inhibido por temor. El caso es que tiene temperamento de caudillo, manda militarmente en su movimiento. ¿Qué no es Humala? No es un político, no es Alfonso Barrantes, que logró montar en los años ochenta una suerte de Frente Amplio. Tampoco es Evo Morales, que sabe lo que es hacer política, viene de la lucha sindical, cocalera, de abajo. Ollanta es un político sin experiencia, confuso, un día ataca, el otro quiere alianzas, supongo que los intelectuales que se le aproximan creen poder manejarlo. Qué error. En torno a Humala hay un magma social compuesto de fuerzas muy distintas. Hay grupos capaces de hacer desbordes, ocupación de carreteras, etcétera. Un grupo de sindicatos muy minoritarios, porque la clase obrera como tal ha retrocedido en número. Gente de las provincias más pobres. En Cusco y Puno es el preferido al 80 ó 90 por ciento, con un justificado resentimiento por el abandono secular de sus problemas por parte del Estado. Y una carga étnica que me parece alarmante, porque lo étnico puede llevar al separatismo, a posturas de terrorismo como las de ETA, como lo que pasó en Irlanda, como lo que destrozó a Yugoslavia. El nacionalismo de Humala rompería lo poco de nación que tiene Perú.

— Hace poco se publicó una carta en la que conocidos intelectuales le dan su apoyo a Humala.

Me recuerdan a los hermanos Strasser, el célebre par de intelectuales alemanes que del comunismo se pasaron a Hitler porque les pareció mejor esa opción de «izquierda nacional». Hay quienes creen que para ser hitleriano se necesita ser blanco, ario, rubio. El fascismo es un síndrome autoritario al alcance de todos, y nace de la desesperación de las masas, de masas sin partidos, que funcionan a partir de la rabia y la impaciencia y que van detrás de un líder en una sociedad desarticulada. Para mí eso es la Alemania de los años treinta.

— Ollanta sería la versión actual de los caudillos carismáticos.

Es un líder carismático para el pueblo: habla mal, el pueblo también, es agresivo, el pueblo es agresivo porque el nivel de violencia intersocial en Perú es muy grande, y eso conduce a un tipo de salida con un presidente apoyado en un conglomerado muy difícil de manejar. ¿Qué puede pasar con un presidente que llega al poder aluvionalmente? ¿Acudirá a sus reflejos y como buen militar será autoritario? Y el síndrome del caudillo autoritario no es nuevo, movimientos populares nacionalistas ya ha habido en el pasado, el general Sánchez Cerro en los años treinta, que se enfrentó a los apristas revolucionarios y los derrotó. Luego Odría, dictador, tuvo apoyo popular. Siempre ha habido una derecha popular. No todo lo que se apoya en o representa a la masa lleva consigo la razón. La masa no es la clase. Ese aspecto, lo volk, lo tuvo Hitler, que llegó mediante las urnas y la propaganda. Lo tuvo Franco, que murió en olor de popularidad. Y lo tuvo Pinochet, un 40 por ciento en el referéndum que perdió, ¡después de 17 años de dictadura! Y en Perú lo tuvo Alberto Fujimori, en 1993, después de su autogolpe: cuando hizo consultar su Constitución, los peruanos le dieron 70 por ciento de aprobación.

— Antes habló también de una objeción de tipo patriótico.

Es que no me quiero quedar sin país. El año pasado di una conferencia en Chile y un joven de la audiencia me preguntó si después de 2011 Chile va a limitar por el norte, no con Tacna y Moquegua, sino con Chávez. Quiere decir que se lee en Chile que la victoria de Humala sería la victoria del chavismo. Chávez necesita esa victoria. Evo Morales cada día está más autónomo y está administrando bien. Cuanto mejor administre, menos necesita de Chávez. Ecuador es un país bloqueado, en Uruguay no parece que la postura de Mujica sea entrar en la ALBA, entonces, ¿con qué se queda Chávez? Necesita a Perú. Humala dice que no tiene nada que ver con Chávez, lo ha repetido en Europa, pero allá se sabe por dónde llegan los apoyos y los dineros. El progreso económico de estos últimos años y la trabajosa democracia volverían a cero.

— Lo que lleva a que tampoco tiene la menor idea favorable sobre Chávez.

Chávez ejemplifica uno de los regímenes híbridos que estoy estudiando en América Latina: el que tiene prácticas autoritarias pero con una base democrática. No puedo decir que el gobierno de Chávez no sea democrático. Hay elecciones, el pueblo lo quiere, tiene legitimidad democrática. Pero tiene prácticas autoritarias: cierra canales de televisión, arrincona a los alcaldes, les hace procesos. Existe lo contrario: regímenes autoritarios con prácticas democráticas, los chinos por ejemplo, que están practicando democracia en las aldeas a base de elecciones de los dirigentes del Partido Comunista, elecciones parciales probando a ver qué pasa.

Sin embargo, usted tiene una evaluación positiva del régimen de Velasco Alvarado (1968-1975), un régimen militar.

Si no hubiéramos hecho la reforma agraria con Velasco, Sendero hubiera ganado la guerra. Eso que llamamos «la colonialidad», los mecanismos de dominación sobre los cholos, los indios, que trabajaban gratis para el hacendado, se prolongan hasta Velasco, y recién con él se produce la ruptura con la colonia. Se transformó al pequeño campesino en propietario, y recién con eso entramos a la modernidad. Por eso cuando Humala, con gran sentido político, va a Cusco y dice el nombre de Velasco, lo aplauden. Porque las tierras en que están parados son las tierras que les dio el velasquismo.

— Pero hay evaluaciones negativas sobre la reforma agraria velasquista.

Que hubo formas cooperativas que no funcionaron, cierto, que las rompieron después en los ochenta y las parcelaron, también, pero el antiguo régimen quedó quebrado. Llegó la modernidad, y la modernidad es el conflicto, es lucha de clases con democracia. Mira, yo no voy al pueblo, vengo del pueblo, he tenido una vida muy dura, y por eso escribí Huillca y por eso sé que hoy no hay más indios, hay campesinos. Les falta dinero, les faltan técnicos, son pobres, pero antes no eran más que siervos. Eso se acabó, y se acabó sin sangre. He vuelto a publicar un libro en el que explico por qué se enterraron las haciendas, el levantamiento en el Cusco, que fue el más vasto terremoto social que hubo en la historia de Perú. Velasco pone de jure lo que ya era de facto: que los campesinos fueran propietarios de las tierras. El Perú moderno lo fundan Saturnino Huillca y Hugo Blanco. Él no hizo guerrilla, hizo toma de tierras. La movilización de masas fue con la astucia del pobre, y ganaron. Junto con la huelga de 1918 por las ocho horas, este triunfo es la conquista popular más importante de Perú. El campesino es pobre, pero es libre. Está trabajando, pidiendo créditos, armando su mercado. Pero como no lo están atendiendo, va a votar con rabia.

— ¿Cuál debería ser la tarea prioritaria de quien gane las elecciones en 2011?

En Perú resulta fundamental construir ciudadanos. Tenemos república sin republicanos, democracia sin demócratas. El Estado no existe, pero no es que la gente lo reclame. Es el país más antiestatista que se pueda pedir. Las sociedades que se han movido hacia la modernidad son las que tienen una institucionalidad, y no es el caso peruano. Lo que lleva a la modernidad no son las computadoras ni las carreteras sino la clase política, las carreras profesionales en la administración pública, leyes que se cumplan y rigor en exigir su cumplimiento, esté quien esté en el poder. Solo bajo ese supuesto los gobernados admitirán a los gobernantes, pero si las clases gobernantes llegan al poder para enriquecerse y faltar a las leyes entonces tienes una insurrección permanente, un descrédito de la política. Necesitamos Estado, y en eso tenemos por lo menos un retraso de un siglo

El desprestigio de la democracia

— La desilusión de  los peruanos con la democracia es un malestar muy generalizado. En el Barómetro latinoamericano, esa decepción en Perú llega a más del 60 por ciento. Una de sus causas, muy fuerte, son los escándalos, acaso tanto como el retardo en vencer la pobreza. Por ejemplo, el que llaman los «petroaudios», el «petrogate» en Lima. ¿Qué es eso? Una fuente desconocida captó las conversaciones de Fortunato Canaan, un lobbista dominicano, con altos funcionarios y ministros. Alguien los escuchó, los grabó y llevó los audios a la televisión. ¿Espionaje industrial, militar o político? No sabemos, pero lo que es cierto es que el objetivo de esos conciliábulos era el reparto bajo la mesa de lotes petroleros en la Amazonía. Por cierto, lotes miríficos. El asunto involucró a Alberto Quimper, entonces director de Perupetro, la entidad estatal para el petróleo, y a un lobbista peruano, ex ministro aprista, Rómulo León Alegría. Ambos, Quimper y Rómulo, están hoy en prisión, pero el escándalo fue mayúsculo. Para colmo, me acabo de enterar de que se acaba de indultar a un hombre de negocios, Crousillat, que vendiera la línea editorial de América TV por 619 mil dólares a Montesinos, cuando Fujimori. El gobierno ha dado marcha atrás en el indulto, pero el daño político y moral de estos escándalos es terrible. Ya sabemos: en ciencias políticas, los sentimientos colectivos se vuelven, fundados o no, en conductas. En el presente caso, pueden provocar una regresión autoritaria en las urnas. Nos daría como resultado la victoria de Ollanta Humala. En forma parecida llega Hugo Chávez al poder. Por desprestigio de las opciones demócratas. Cuando los pueblos se ponen ellos mismos cadenas, hay que decir qué lleva a eso. No basta una condena moral, hay que explicar. Lo que intentaré en un libro quese llamará «La república del Weimar», porque lo que se viene es medio nazi, por su confusión entre protesta, enojo de masas, nacionalismo, lenguaje de izquierda y comportamientos autoritarios.

*Publicado en el diario Brecha, Montevideo, 31 de marzo de 2010, pp. 27-28.

Reeditado en Café Viena, 25 de febrero de 2020

González Viaña. Una novela excepcional y sin fin

Written By: Hugo Neira - Feb• 24•20

Eduardo González Viaña está de regreso. Y quedamos en vernos pero tuvo la gentileza de dejarme su último libro en el Instituto donde trabajo. Un libro consagrado a Ramón Castilla. Eduardo, profesor de literatura y novelista, cuando regresa al Perú suele venir con un libro suyo bajo el brazo, si es que no varios. El caso es que le eché un vistazo, y no pude parar de leerlo hasta terminar en la madrugada del día siguiente. ¡Qué placer! Sin desmerecer sus anteriores novelas, cuentos y relatos, esta es una «summa» de sistemas estilísticos¡!  

Para comenzar mi modesto comentario (no soy un especialista en literatura de narraciones, más bien a ratos el ensayo), espero que me perdone el autor y el amable lector, pero hay algo que hacemos para saber por dónde va una narrativa. En la novela, es sabido que todo se juega en la primera frase. Pongamos un ejemplo con la novela más leída y popular de la literatura hispanoamericana: Cien años de soledad. Se inicia de esta manera: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aurelio Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Si la memoria no me traiciona, lo que sigue es la mención de Macondo. En unas frases, ya tiene usted los tiempos difíciles, los Buendía, Macondo, y el encanto de descubrir el hielo, sobre todo en un país más bien cálido. Cuando digo todo, es lo real —las guerras intestinas— y a la vez, el sistema de magia literaria de la que nos ocuparemos más adelante.

¿Y cómo se inicia el reciente libro de Eduardo González Viaña, para abordar la vida de Ramón Castilla desde el inicio, desde el saque, como dirían en fútbol? Con lo siguiente:  Los ojos cerrados y la cabeza inclinada, Ramón Castilla era un difunto, pero su caballo continuaba trotando». Esta frase está para diversos sentidos. Por una parte, Castilla, realmente, fue desde sus inicios como soldado al lado de los españoles, un hombre de a caballo. (Hasta que un día se da cuenta que su patria no era España.) Por otra parte, desde lo imaginario, el personaje Castilla muere y no muere. Se refiere González Viaña a hechos históricos, los soldados y partidarios lo esperaban en Arequipa, para levantarse contra Vivanco. Mientras en Tarapacá se callaba su muerte. Entonces, ¿la imaginación del pueblo y del autor? Nada de eso, González Viaña, de la misma manera como ha introducido la magia literaria en este libro de diversas modalidades, tiene la prudencia de lo real, e introduce, textos históricos, bien separados, porque van en cursiva. En la página 45, por ejemplo: «En 1843, gobernaba el Perú el general Manuel Ignacio de  Vivanco, su mayor rival político», etc. ¿Magia e historia? Algo más complejo, esa narración atrae y fascina.

¿Qué es este libro? Me preguntaba antes de leerlo qué episodio de la vida de Castilla lo llevaría a la literatura, o viceversa. Si cuando Pezuela le da de alta para formar parte de los Dragones del Perú,  o cuando más tarde se distancia de Bolívar, o cuando fue prefecto de Tarapacá, su lugar de nacimiento. O qué hizo en su primer gobierno en 1845. O cuando derrota a Vivanco en el Carmen Alto en Arequipa. O cuando lo exilian y lo envían a Europa. Pues bien, nada de eso, gracias al cielo. Todo eso está en los libros de historia. Seamos claro, el novelista ha decidido no contar la historia de un hombre, sino como se construye desde su temeraria juventud. O más claramente, cómo Castilla se vuelve Castilla. Una aventura, un viaje. Y entonces, un hombre excepcional.

Lo central de esta narrativa, es el joven Castilla. El hecho es que hasta nuestros días, no había sido tratado a fondo. Mire bien, el amable lector, este periplo: «Atraviesa la Amazonía, recorre 11 mil kilómetros del bosque más feroz del planeta. Se traslada a pie, en canoa, a mula y a caballo. Lo atacaron las fiebres. Fue apresado. Encontró en los caminos serpientes y boas, hormigas gigantes, arañas carniceras y sanguinarios cazadores de negros y de indios». Tenía 21 años, y nada lo detuvo. Pertenecía al ejército español desde sus 15 años, y estaba caminando hacia el Perú para volver a juntarse con sus compañeros. A pesar de todo, un día cambió de idea. El joven soldado realista se convertiría después —atravesado por una lanza— en patriota y en héroe de la batalla de Ayacucho. Más tarde, como presidente, «firmaría el decreto de abolición del tributo indígena y de la esclavitud». Contraportada.  

Si esto es así, quiere decir que cada página, cada lugar, ha exigido una investigación minuciosa y monumental. Recorrieron ciudades, ¡y «culturas»! Se imaginan lo que vieron en Buenos Aires, en Río de Janeiro, y pasar la selva y las cordilleras para llegar a Santa Cruz. Eran dos jóvenes, Ramón Castilla y Fernando Cacho, teniente coronel en 1818, al servicio de España, con quien atraviesa el Desaguero. No es una fantasía, en el Diccionario histórico-biográfico de Milla Batres, aparece ese personaje al lado de Castilla. En el viaje y en el libro, aparecen los bandeirantes  —los comerciantes de esclavos— y curanderos y chamanes, encuentran insurrectos y no insurrectos, hablan con unas amazonas, juegan póker con un panará —un indio de una tribu amazónica— que está muerto pero juega el póker. Un capítulo habla de árboles, hombres y mujeres y niños oscuros. Les explican adonde van los ríos cuando mueren. El virtuosísimo González Viaña recurre al feed back, pero también a saltos, skip forward. En esta novela a la vez real e imaginada, la estructura la llamaríamos «polídrica» en el léxico de los literatos, quiere decir «mecanismos narrativos de fases diversas».

Volviendo a Gabriel García Márquez, a su  «sistema de círculos mágicos» (según Oviedo), merece que se le compare con los de Eduardo González Viaña porque me parece que va más lejos. En Cien años de soledad, una familia, los Buendía, un clan familiar. En la novela que comentamos, es un personaje que porta sobre sus espaldas el emblema de unos hombres y su tiempo, los caudillos peruanos en los inicios del siglo XIX. Si Macondo es una aldea, la Amazonía es un continente. A nivel mundial, me parece que esta obra se aproxima a La montaña mágica de Thomas Mann, por los manejos deltiempo. Zeitroman. Lo de Eduardo, como no tiene comienzo del todo, tampoco se acaba. Porque según el caballo y sus soldados, Ramón Castilla no muere nunca. A propósito, La Ilíada, teóricamente es la narrativa del largo sitio de Troya (diez años), arranca en el último año tras un debate entre reyes y marineros, hartos de batirse. Vence, como sabemos Ulises, no la espada sino la astucia: el Caballo de Troya que lleva ocultos en el vientre los guerreros aqueos que abrirán en la medianoche las inexpugnables murallas de los troyanos.

Bravo Eduardo. Tu libro va a tener un éxito enorme. Es el arte entero de cómo se novela. Y me tinca que acaso inconscientemente, te remites a las audacias de los posmodernistas —o sea, Valdelomar y Eguren— en los sutiles juegos de tu viaje introspectivo con Ramón Castilla. Me animo, pues, a decir que por su estructura asimétrica, esta novela escapa a los marcos o límites realistas o imaginarios, que resultan esta vez, desbordados. Viene a tiempo. «Los grandes supuestos han caído y sólo es posible escribir desde las incertidumbres propias de estar haciéndolo en tiempos difíciles» (Oviedo, tomo IV, página 403).

Publicado en El Montonero., 24 de febrero de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/una-novela-excepcional-y-sin-fin

Steiner, multisabio. ¿A la vuelta de la esquina?

Written By: Hugo Neira - Feb• 17•20

Se nos ha ido George Steiner. Era uno de esos pensadores de ideas que me interesan vivamente. Y en especial, los inclasificables. Esos que no sabemos si son filósofos, políticos o literatos. Steiner se despachaba con una gran familiaridad en el universo shakespeariano como con los mensajes bíblicos de la Capilla Sixtina. E igual en los mundos infinitos de Thomas Mann, Nabokov y el argentino Jorge Luis Borges. Y de paso, con el científico Aldous Huxley y los maestros de la ciencia ficción, entonces en plena expansión: Asimov, Clarke. Después me enteré que vivía en Cambridge rodeado de grandes científicos y laureados del Premio Nobel. ¿De la ciencia y la técnica a los clásicos? Digo todo esto para que se entienda mi asombro.

Pero ¿quién diablos es este hombre que igual se paseaba por el racionalismo de las ciencias y las literaturas? ¿Y daba conferencias en diversas lenguas? Entonces, me eché a buscar una reseña biográfica, una de esas serias que se hacen en Europa. Así, nacido en 1929 en París, en 1940, sigue a su familia a Nueva York. Se entiende, eran judíos. Ya dominaba el francés y en América se inicia en el inglés al punto que ingresa en la Universidad de Chicago en 1949, donde obtiene dos diplomas, letras y matemáticas. Normal, ¿no es cierto? Modestamente, obtiene una maestría en Harvard, una de verdad, no como cierto presidente peruano que nos dijo que había sido ‘profesor’ por una de esas conferencias que suelen invitar las universidades norteamericanas, a actores y deportistas. Volviendo a Steiner, la tesis la hace en Oxford en 1955. Después de eso, no lo sueltan. Miembro del Instituto de Estudios Avanzados (o sea, Ciencias Físicas) y Decano en la Facultad de Letras, olvidaba decir que su gran tema era la literatura comparada.

¿Qué le parece, al amable lector? El camino del saber fue tanto de ciencia como de literatura. Lo digo, y me viene también como un anillo al dedo, esa tontería que nos habita desde hace 30 años: que las ciencias necesitan, para progresar, la desaparición de la literatura, la gramática, la historia, la lógica, todo eso que teníamos en las Grandes Unidades Escolares, estudios por asignaturas y no por áreas. La educación no tiende a especializarse sino a la multiciplidad de saberes en la misma cabeza. Eso por cierto, en Europa y paises emergentes, en Asia. No por aquí. A la cola en cada encuesta PISA.

Steiner no es tan desconocido como con prejuicio se puede creer. Un ejemplo, cuando era Director de la Biblioteca Nacional del Perú, seguí publicando la revista que fundó Sinesio López, Libros & Artes. E incluso el diagramador, Luis Valera, continuó con su trabajo. Y por azar, llevé de casualidad uno de los libros de ensayo de George Steiner. Valera, viendo mi interés por ese escritor, me trajo una de las obras más importantes de las muchas de Steiner, Nostalgia del Absoluto. Ediciones (españolas) Ciruela, tengo el  libro ante mis ojos. Valera era de esa izquierda culta de los 60 y 70. Trabajamos juntos e hicimos bellos libros. Gracias,  Luis.

Las ideas de Steiner dieron la vuelta al mundo. Voy a comentar, brevemente, La cultura contra el hombre, en 1973. Steiner contradice a Freud. Considera que «es un mito que la razón domina los terrores de la historia». Steiner, y en una época menos violenta que la nuestra, consideraba que las «formas de aburrimiento» llaman a la destrucción brutal. Y eso era «una constante de la historia». En otros términos, «la barbarie era la hija de la cultura». Por supuesto, siendo judío, pensaba en la Shoah (la matanza masiva de los judíos de la Alemania nazi). Pero hubo otras, las de Camboya de Pol Pot, el Sendero Luminoso de ese país asiático. Los polpotianos mataron más gente que Sendero porque gobernaron. Hoy sigue la violencia en el Medio Oriente, y estallidos políticos por doquier. ¿Qué es lo que veía Steiner? Que en diversos países y culturas, en el socialismo mesiánico o en la intolerancia en el capitalismo, predomina la supresión del «inoportuno». Cada sociedad tiene los suyos. ¿Dónde está el error? En el deseo de absoluto. «He aquí por que se reúne un odio profundo en el subconsciente colectivo». Todo eso sale a flote con las hogueras en Santiago de Chile, el rechazo a los emigrantes en media Europa, los feminicidios. O cuando «380 mil llamadas falsas saturan las centrales de emergencia de los bomberos» (El Comercio, 15 de febrero). Parece nada y es todo. El crepúsculo del deber (Lipovetsky). La posmoralidad.

Para Steiner vivimos también en un mundo de la postcultura. «Un mundo de letrados que no participan en los sistemas de comunicación». Internet, redes, la ‘concentración mediática’, en nuestro caso. Y algo peor. La desacralización de lo escrito. El desprecio al orden verbal. La banilización de la antigua autoridad del que sabe, «culture hors du mot», dice en francés, acaso su lenguaje maternal. La cultura sin lenguaje.

Steiner ve una paradoja. La ironía del éxito de la cultura occidental es que tras la revolución industrial, el darwinismo y la tecnología moderna, se ha producido, sin desearlo, el colapso de la teología sistemática, las Iglesias, «y hay en la existencia intelectual y moral de Occidente, un inmenso vacío». Así, «el malestar social», el uso de las drogas para evitar el mundo real y buscar los paraísos artificiales. Y además aparecen credos sustitutivos, mitologías. En suma,  no hay una explicación total. Lo ortodoxo ya está muerto. ¿Me entiende el lector por qué me ha interesado siempre? No tiene las respuestas, pero sí las preguntas. Insisto, inclasificable, como en su tiempo lo fueron Platón, Hobbes, Rousseau, Darwin, Freud.

En nuestro tiempo, ¿funciona acaso el sistema de clases que pensó Marx? Los proletarios se van preparando para reemplazar a la burguesía? El capitalismo sin competidor, hundida por sí misma la URSS, ¿satisface a las sociedades más adelantadas? Nada de eso, produce brechas y desigualdad. La actual situación no tiene antecedentes, un mundo de incertidumbre. ¿Qué optimismo se puede tener si la racionalidad, en unos como en otros, disminuye? En fin, Steiner: «Nosotros, en Occidente, somos un animal construido para plantear preguntas y tratar de lograr las respuestas. Podemos intentar tratar con mayor cuidado el medio ambiente. Podemos intentar de evitar el despilfarro brutal, la crueldad necia con los animales y para los seres humanos menos privilegiados». Ideales dice, desde el Renacimiento y la Ilustración. No estará con nosotros en los años venideros la cabeza lúcida de Steiner, un hereje, enemigo de todas las cobardías intelectuales que evitan la realidad. El caso es ¿cómo vamos a enfrentar los cambios climáticos y la crisis socioecológica ? ¿Qué modo de producción cuando se achique la superficie cultivable?

Después de todo —no lo dice Steiner, sino el que escribe— la crisis ecológica revela las limitaciones del sistema actual. No es Marx ni un nuevo 1929 lo que frenará el capitalismo actual. Sino la madre naturaleza. Habrá futuro, dice Steiner, pero no está claro para el hombre. Solo somos  huéspedes de la Tierra. No el amo. Y extinción de centenares de especies, ya la ha habido. Sigamos discutiendo sobre nuestros problemas dignos de Liliput. Sin mirar ese universo vastísimo e incomprensible de nuestra era.

Publicado en El Montonero., 17 de febrero de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/steiner-multisabio-a-la-vuelta-de-la-esquina

Basadre: el problema de las élites. ¡Pero quedan pocas!

Written By: Hugo Neira - Feb• 10•20

Lo de las élites es un tema de Basadre. No el nuestro, van en vía de extinción. Sin embargo, hay sorpresas. De repente en un taxi, Mozart. Por poco no me pellizco. Se lo digo al chofer. Y me responde:

– ¿Le gusta Mozart, señor?

– Claro, le digo. Y me parece es la pequeña cantata masónica, K.619.

– ¿Y en qué orquesta?

– Pucha, hasta ahí no llego, le digo. Consulta el chofer su catálogo y me dice:

– La orquesta de Viena.

Me salvó el día, escuchaba el piano forte y la soprano mientras leía, pese a los saltos del coche, una de las revistas extranjeras a las que estamos suscritos, y me entero que hay 672 millones de adultos obesos, segun las agencias de la ONU al finalizar el año 2019. La Organización Mundial de la Salud dice que eso ocurre en todos los lugares del mundo. Me pregunto qué planeta es este en donde es un milagro que alguien escuche a Mozart mientras siguen en aumento los obesos. La revista de marras dice que un 88% de norteamericanos son «tragones zombies», o sea, que comen cuando miran una pantalla, de cine, de televisión, una tendencia que le quita calidad a la comida, lo dice el New York Post. En Lima hay mucha gente que no puede ver una película sin palomitas de maíz. ¿Cómo luchar contra la malbouffe, la comida chatarra?

Trato de concentrarme en los acontecimientos inmediatos, el FREPAP, partido teocrático y pujos de mesianismo, o el Podemos Perú, de José Luna, que en el periodo 2011-2016 —me dice un amigo— solo cobró un sol, donando su sueldo a un congresista para la Asociación de Pobres del Perú. Pero en el 2015, se descubre que pagaba asesores fantasmas. Y en otros casos de sorpresa, un Urresti con la votación más alta. ¿Y es que saldremos de la trampa llamada bipolarización ? Política es aceptar que el otro exista, aunque no nos guste. Lo otro es argolla, inquisición, clanes, tribus amazónicas…

Ante tanta incuria que ataranta, pongo los ojos en una revista, Al-Araby Al Jadin, un diario de Londres que traduce los editoriales en árabe que dan cuenta de lo que pasa en el Medio Oriente con el régimen de los Mollah. Mejor dicho, los ayatolás, entre ellos, Ali Khamenei. El guía supremo iraní. Sí, pues, están indignados que ese señor llamado Trump se bajó a su querido guerrero Qassem Soleimani. Y como sabemos, las fuerzas armadas iraníes, en plan de revancha, meten la pata y el 8 de enero, en el aereopuerto de Teherán, se bajan no a un avión de guerra sino uno de pasajeros, con 176 personas a bordo. Un diario londinense que sigue los líos y enredos del Medio Oriente y su enfrentamiento a los Estados Unidos de Trump, dice que Teherán no tiene ni el dinero ni la capacidad tecnológica para enfrentarse con una gran potencia, la americana. Al parecer, económicamente, la República Islámica está al borde de la asfixia. Más potente es Turquía, la de Erdogan. En efecto, doy dos zancadas en mi biblioteca y en los textos sobre  naciones, Turquía tiene un PBI de 729 mil millones de US dólares, y Irán, uno de 344. Tiene problemas internos, «una población joven, un 50% menos de 30 años». Pero al menos han hecho algo (que ni siquiera nos importa), un sistema de metro subterráneo. O sea, por ese lado, son más modernos que nuestra querida, tormentosa, ruidosa y caótica capital limeña. Teherán es más moderna que Lima.

Eso de comprometerse a proyectos ambiciosos a la manera de Irán, me hace pensar en el parecido con nuestro gran problema, la corrupción. La idea de un Perú sin la lacra de la corruptela es siempre bienvenida. ¿Pero es solo el vicio de unos cuantos? ¿O algo que resulta al alcance de todos? (Por la falta de empleos, los bajos salarios, etc.) A mí me parece que la corrupción es un sistema. Y el que no roba tiene fama de cojudo. El retorno a la sensatez, acaso en el 2050.  Entre tanto, ¿cómo es la nuez?

Oiga usted, esto no es la persecución del Chapo mexicano o de Pablo Escobar que desde los sesenta se dedicaba a contrabando, y a comienzos de los ochenta, a la comercialización de la marihuana y cocaína, y se dice que controló el mercado ilícito de los Estados Unidos al 75%. «Fue uno de los hombres más ricos del mundo». Y por un corto tiempo, representante en el Congreso colombiano, en 1972. Lo nuestro es al revés, se pasa del Estado al mundo de los narcos. De la presidencia, la alcaldía, el ministerio, el gobierno regional o un sillón en el legislativo al negocio ilícito. En Colombia tienen carteles. Nosotros tenemos amigos, colleras, argollas, nuevas oligarquías, etc.  

¿Exagero? ¿Qué dicen los titulares sobre este deporte nacional de sacarle la vuelta al orden y la ley? ¿O estoy inventando? «Mafia del Callao cobraba por 3250 falsos trabajadores (El Comercio, lunes 03.02.2020). «Más de 176 mil vehículos con orden de captura circulan en Lima» (El Comercio 02.02.2020). «Luis Castañeda pagó ‘en exceso’ US$ 7 millones a la brasileña OAS». «Habría hasta S/. 1000 mlls. sin sustento adecuado en planillas del Estado, según el MEF» (El Comercio, 28.01.2020). O sea, el que puede, lo hace. La Historia de la corrupción en el Perú de Alfonso Z. Quiroz, se queda corta. La era Odebrecht bate todos los récords.

El gran Basadre: «Los tres grandes enemigos del porvenir son los Podridos, los Congelados y los Incendiados». Las cosas se han complicado, maestro. Hay que añadir al trío, conchudos, desalmados y achorados prepotentes que gobernarán desde el 2021 para adelante.

Como he estado un rato fuera, en España, busqué bibliografía sobre la corrupción. La he encontrado. Hay relación con la escolarización. En el gasto público por alumno, libro de José Antonio Alonso y Carlos Mulas-Granado, de la Complutense de Madrid, Corrupcion, cohesión social y desarrollo. El caso de Iberoamérica.  El tema es más grave de lo que pensamos. ¿Qué dicen los que nos estudian? «El regreso de la crisis en América Latina.» En un país vecino, se trata de los «usos y abusos en la vida cotidiana en el Chile actual». Pero en el Perú, me temo que es casi eso que llaman los franceses, les mœurs, es decir, ¡las costumbres! Corro a uno de mis estantes y me ayuda Julio Hevia, ¡Habla Jugador!. Del floro —nos dice— hemos pasado a la «máquina de demolición». Se dice corrupto para hacer leña de alguien, «para hacerlo puré». «Vivimos una tanatocracia». Hay que estar «muy Alberto», y no creerle nada a nadie, porque «es la misma chola con otro calzón». No hay que ser «lorna». Lenteja, y fíjate si te palanquean. «El peruano vive a la defensiva» (Fernando Ampuero, El peruano imperfecto).

Último tema. «No se puede vivir siempre de la agenda anticorrupción». Pucha, ¿quién dice eso? Un norteamericano estudioso de América Latina que viaja y encuentra élites desprestigiadas, estallidos de descontento y que escribe en The Economist, se llama Michael Reid. Fernando Vivas lo ha entrevistado (El Comercio, sábado 08.02.2020). No se lo pierda. Pero lo dicen en páginas interiores. Y en la portada, otra frase: «la narrativa anticorrupción es más simple y directa que la de un Estado eficaz». Resulta que el visitante dice que hay que tener ese «Estado eficaz» ¡! Tema que no tocan ni el Ejecutivo ni las bancadas. Cómo se nota las dos caras del diario, bajo el signo del dios Jano. En fin, se me ha muerto un maestro, George Steiner. El adiós el lunes próximo.

Publicado en El Montonero., 10 de febrero de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/basadre-el-problema-de-las-elites

El 5 de febrero de 1975

Written By: Hugo Neira - Feb• 05•20

El 5 de febrero de 1975, ocurrieron en Lima una serie de asaltos a los mercados. Me hacen pensar en lo que he visto que ocurre en Santiago de Chile. El punto de partida de ese estallido se funda en un hecho que no podemos dejar de eludir. La policía peruana decidió una huelga y luego, se encerraron en sus comisarías y cuarteles. En efecto, yo vi todo eso, no lo hacía como un simple ciudadano. Era entonces director del diario Correo, que fue incendiado esa mañana. De modo que lo que voy a decir son palabras de un testigo. No diré nada que no sea verdad. Y escribo esta narrativa sin rencor alguno y con sinceridad.

Comenzaré por decir, que esa huelga de la policía, me ponía en una postura muy incómoda. Por una parte, afectaba mi situación, pues yo era de esos intelectuales que los militares mismos decidieron tener en el aparato del Estado. Y por otra parte, mi padre era policía. Ya se había jubilado, pero al decir esto, explica lo que hice ese mismo día. Desde niño, había escuchado a mi padre los conflictos internos que tenían con los oficiales de las Fuerzas Armadas. Estos tenían mejores salarios, entre otras ventajas socioeconómicas. La noche anterior había ido a Panamericana, en donde me esperaba Genaro Delgado Parker. Todavía no había perdido su empresa. Ocurre que yo tenía una columna a la que acudía para explicar los cambios en la sociedad y en el mismo Estado. Y ante la huelga de los policías, yo hablé. Les dije que conocía sus problemas dado que ganaban salarios extremamente bajos en relación a lo que era comparable en los rangos militares. Recuerdo que les dije que más de una vez, cuando era escolar, le llevaba el portaviandas a mi padre porque solía pasar, por temporadas, en prisiones de las comisarías. Se peleaba con sus superiores. Les dije que más allá de lo injusto de las desigualidades entre militares y policías, no era nada bueno una huelga nacional,  porque la delicuencia —que nunca ha dejado de existir en Lima— se aprovecharán de la situación. Y eso fue lo que ocurrió. Tiempo después, muchos policías me reconocían —profesialmente se fijan muy claramente en los rostros—, y me dijeron que «los había hecho llorar, esa noche». Pero igual la catástrofe siguió su camino.

El local de Correo fue incendiado por turbas. Esa mañana, llamado por Higachi (el jefe de redacción) fui cuando eran las 9:00, los bomberos hacían lo que podían, y una masa de gente ocupaba la calle. Cuando me vieron intentando entrar, quisieron irse encima mío, pero saqué una pistola —hacía 6 años que la llevaba conmigo—, disparé al aire, y se abrieron paso. Lo que sigue es cómo salvé algo. En primer lugar, señalé al jefe de los bomberos que dejaran de seguir echando agua a una de las impresoras, la más grande, y en cambio, se ocuparan de una rotativa, pequeña, pero era con ella que seguíamos editando en cuanto cesó el conflicto. Puedo contarles una anécdota. Estaba con los obreros de la rotativa, en los diarios, en ese tiempo, trabajaba mucha gente, mecánicos, periodistas y gente ocupada en la publicidad. Estábamos salvando en el inmenso patio algunos muebles cuando se acercaron dos tipos que para mí, eran búfalos. Y uno nos dice a grandes gritos, ¿dónde está Hugo Neira? Éramos tres los que cargábamos sillas y mesas, y todos nos quedamos callados. Estaban apurados, y decidieron buscarme arriba, por los techos. Cuando se fueron, les pregunté a esos obreros cómo fue que no me habían reconocido. Y entonces uno me coge de la manga, me hace caminar adonde colgaba un espejo, esas cosas de trabajadores que se toman ducha o se afeitan al aire libre, en el canchón de esa casa. Y me vi entonces completamente negro. Yo no sabía que cuando uno está a unos pasos de un incendio —y era el caso, ardía uno grande—, un cierto humo te cubre el rostro acaso mejor que cuando se maquilla a un actor, en las películas.

Sobrevivimos. El gobierno militar me dijo que cerrara el diario. Les dije que era más de 600 empleados, juntándolos todos. Me dijeron que iban a colocarlos en otras empresas. Que no me preocupara por eso. Hay que recordar que el Estado en tiempo de Velasco, tenía más empresas estatales que el sector privado. Pero les dije que no. Yo no pasaba a la historia como el director que quiebra. Entonces, fui a ver al propio Velasco. Me trataba con un aire paternal, a veces me decía hijito. Yo tenía unos treinta años. Había interrumpido mi trajectoria de investigador en el Institut des Sciences Politiques de París el día en que se anunció, hasta el último rincón del globo, que 5000 haciendas habían sido intervenidas para iniciar la devolución de las tierras que los campesinos habían perdido desde la Independencia hasta 1969, puesto que los gamonales ganaban los eternos y múltiples litigios, y se habían fatigado de pagar a sus tinterrillos.

¿Qué le había pedido yo a Velasco? Que me diera un apoyo, extremadamente posible y legal. Desde hacía tiempo, desde que ese diario perteneciera a Banchero, y el talento del gordo Villarán —el que inventa La Crónica, Expreso y Correo, siempre diarios tabloides—, la administración anterior había tenido el tino de firmar un seguro contra «incendios y catástrofes». Quizá pensaron en terremotos, pero la cosa era que había una entidad que podía pagar el precio de una rotativa. Velasco se animó, resulta que la empresa de seguros era inglesa, y claro está, muy rápidamente intervino. Lo llamó al Embajador de Gran Bretaña, le habló como quien no quiere la cosa, de las inversiones de los ingleses en el Perú, en particularmente algunas minas, y de paso, el tema del seguro para el casi extinto Correo. Y ocurrió lo mejor. Pagaron. Y luego gana el concurso la Harris. Y mientras la traen a Lima, esa empresa propone que varios de los mecánicos hicieran un stage o una rápida formación para poder manejar ese monstruo. Y hubo viajes de varios de nuestro personal. Unos fueron a Inglaterra, otros a los Estados Unidos, y yo mismo, fui a empaparme de esa técnica, en Bélgica. La Harris de los belgas estaba al borde de la frontera con Francia, y muchos diarios franceses se editaban en Bélgica. Fui, pues, a París, donde tomaba el tren y estaba en poco tiempo en la frontera. Los ejecutivos de la Harris me habían propuesto un estupendo hotel, fuera de París. Pero se sorprendieron que les pidiera más bien un hotel mediano, pero el quartier latin. Es decir, la zona de estudiantes y cultura de París. Les expliqué que había vivido cerca de la Sorbona, y los grandes lujos no eran mi taza de té. Se quedaron encantados.

Y esa rotativa nos salva de la quiebra. Tengo el orgullo de decirles que nuestro tabloide vendía más que El Comercio y La Prensa. Yo había incorporado a dos personas, para nada velasquistas. Por un lado, Luis Felipe Angell, conocido como Sofocleto. No me digan que no era un gran escritor. Y por otro lado, para la izquierda, a Ricardo Letts. Si no lo creen, pueden preguntárselo. Los ministros militares —qué redundencia, siempre hubo con Velasco gabinetes de hombres con charretera, ni un solo civil— se quejaban de mis libertades, y Velasco les respondía: «-No, no, Neira, él sabe lo que hace, por lo poquito de espacio de los columnistas, nos ayuda». Y así se quedó la cosa.

Cuando terminó el año 1975, el diario estaba en azul. Los antiguos propietarios, por lo bajo, me aplaudieron.

Por otra parte, ¿sabe el amigo lector esa rotativa gigante? Pues edita hoy El Peruano, y los votos cuando hay elecciones.

Hablemos a las claras. Dos cosas nunca llegamos a saber. La primera, cuál es el número de policías que cayeron muertos, la respuesta del Estado fue feroz. Yo no sé. Quizá uno de esos periodistas de investigación logre saber algo.

La segunda, no fue un levantamiento popular. Acaso un complot. Velasco no acaba como el presidente Evo Morales, con la mitad o más de los ciudadanos que no lo quieren para un presidencialismo vitalicio. Lo que he visto y estudiado sobre Bolivia, no me parece nada mal. Evo había juntado dos fuerzas, por lo general formas de política con cuerdas distintas, de un lado los campesinos cocaleros más las comunidades indígenas. Y del otro lado, todo eso, junto con un partido de izquierdas, el MAS. ¿Y se pone a manipular los resultados de la primera vuelta? Qué barbaridad.

Por lo demás, Velasco no se cae por eso. Estaba ya muy enfermo. Y no se dirige un país, con un Estado cuasi militar, con mala salud. Seamos claros, el general Francisco Morales Bermúdez, da el golpe de Estado. ¿Quién se lo pide? Nada menos que el Departamento de Estado, o sea el Imperio. No se vaya a creer el lector que Washington se mete en un asunto muy interno, líos de corrientes ideológicas de hombres con uniforme. No, pues. Lo que ocurría era que Velasco realmente se preparaba para una guerra con Chile. Y recuperar acaso Iquique o Tarapacá. Eso, no era un asunto que inquietara a los políticos norteamericanos. Lo que estaba en marcha para los norteamericanos, era descalabrar a Allende, el presidente chileno demócrata y de izquierda, y montar en Santiago un modelo neoliberal. Y es eso es lo que hizo el general Pinochet. Chile sin duda ha progresado con el modelo de mercado abierto. Pero como lo sabemos, se abren enormes grietas entre las clases medias, y de nuevo, la concentración por una categoría de alto nivel y de ingresos. El tema actual es la desigualdad. Aquí y cualquier sitio. No hay hambre en Chile, la gente sale a la calle a decirle ‘no’ al poder (no hablo de los encapuchados, ya sabremos de dónde vienen, si de Cuba o de Venezuela).

Y hablando de desigualdades, ¿acaso no es cierto que hasta Velasco en 1969, aquí había una masa enorme de peruanos, que nacían pobres y morían pobres? Los cholos, los indios, etc. Dos cosas cambiaron el país. La emigración voluntaria a las ciudades y a Lima. Y la reforma del agro, que ha vuelto libre a esa masa que era analfabeta y no se le pagaba por su trabajo sino un lote de tierra para que trabaje para el gamonal, y de paso para su familia. ¿Y por qué no se dice nada de esto? Porque esas dos revoluciones silenciosas las ha hecho el mismo pueblo. Ningún partido se puede vestir con esa victoria colosal. ¿Ha visto usted la película La revolución y la tierra? Vaya a verla. Lo que va a ver es eso que se ha callado durante 50 años. Yo lo he vivido. Al menos hice algo por los más pobres y marginales.

La Independencia de 1821-1824 liberta a los criollos del yugo de los funcionarios peninsulares. El San Martín del campesino indio, es Hugo Blanco y ese ser excepcional, Saturnino Huillca, dirigentes de millares de los que no tenían tierra propia, cuya biografía escribí, y que ganó un concurso internacional en La Habana, traducida a 13 lenguas diferentes. Y fui antes al Cusco, entre periodista y antropólogo (eso también he estudiado) no hice sino escucharlos, recuperar la voz del que no la tiene. Ese libro se llama Cuzco, tierra y muerte. A raíz de eso, me llamaron en París. Ya les conté lo del 5 de febrero, y me tuve que ir, otra vuelta, a Europa. Y seguí estudiando, y me he vuelto un universitario. Es otro el Perú del siglo XXI.

18 de diciembre de 2019

Publicado en la revista Periodistas, año II, n°7, del Colegio de Periodistas del Perú, diciembre de 2019, pp.15-19