Ciertos libros me obligan a
concentrarme y dejar Lima por un cierto tiempo. Pero llegan noticias del Perú,
no necesariamente afortunadas. En el lugar en que me encierro, entra Claire,
con una cara que daba miedo. «Macera se ha muerto», me dice.
No me voy a hacer ahora el
amiguito del fallecido, como hacen muchos. Lo cierto, no nos frecuentamos. Son
cosas que pasan, después de todo, me he pasado gran parte de mi vida fuera del
Perú. Sin embargo, lo cierto es más sencillo, con Pablo y también con Carlos Araníbar,
nos veíamos cuando trabajábamos en la casa Colina para el maestro Porras.
También Mario Vargas Llosa, un tiempo antes de ir a Europa.
Colina 398. Hacíamos fichas
para el senador Porras, de libros, de documentos. Nos daba un salario el editor
Juan Mejía Baca. Francamente, cuatrocientos soles, me parecía una fortuna, el último
empleo que tuve antes de la casa en Colina, eran cien soles por dictar clases
en un colegio privado de secundaria, en el centro de Lima, que aceptaba
adolescentes flojos que no podían concluir el quinto año de media. Cuento esta
historia porque de golpe, entré a donde nunca pensé entrar, al paraíso
intelectual de Porras y de sus últimos discípulos. Los porristas —por llamarlos
de alguna manera— fueron centenares, pero no formamos ninguna secta. Acaso
Porras nos daba una silenciosa lección: ser liberal en el sentido de aceptar al
otro, aun si no coincidías. En fin, en la casa Colina vuelta taller, yo era el
más joven y el más pobre. Y además, comunista. Los de antes, no de izquierda,
eso es una coquetería que vino cuando las clases altas comenzaron a tener hijos
atrevidos que tomaban esa corriente para seguir mandando. No soy de esos. Y en
el resto de mi vida, no me olvidé ni de Porras, ni de Macera o Araníbar. Cuando
pude, en los años que fui Director de la Biblioteca Nacional, el azar hizo que
Luis Valera, de izquierda, diagramador en la BNP y muy culto, fuera un vínculo
entre Macera y Araníbar gracias a lo cual publicamos diversos ensayos suyos en
las revistas de la biblioteca.
Estoy escribiendo esta nota
para El Montonero. Es de noche, una
espléndida noche de luna llena en Santiago de Chile que es ciudad andina, un
poco como Arequipa, de cielos despejados. La muerte de Macera y este artículo,
me quitan realmente el sueño. No tengo más remedio que ponerme a escribir. Y
librarme de un poema del Siglo de Oro que me trota en la cabeza: «¿Qué es la
vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el
mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son». La
culpa la tiene Puccinelli y su texto de literatura para el quinto de media en
colegio fiscal. Qué bien ha hecho a la nación, el profesor Vexler, de evitar a
varias generaciones de jóvenes peruanos conocer a Jorge Manrique, Góngora, Lope
de Vega, Quevedo. ¿Para qué? ¿Acaso no somos los primeros en la prueba PISA?
Volviendo a Pablo Macera,
ocurre que estando en Santiago para concluir un libro sobre los pensadores en
el Perú, acababa de releer sus libros. O sea, esta no es una nota funeraria.
Ahora bien, como entenderá el amable lector, lo que he escrito sobre Pablo
Macera ya no es mío, sino de los editores. Tenía la ilusión de hacerle llegar
ese libro. Pero el ángel de la muerte no ha querido que sea así.
La producción intelectual de
Pablo Macera es un legado enorme. Es hecho conocido, está en Wikipedia, «hacía
historia, pero historia económica, historia del arte, historia de la
alimentación». Pero seré sincero, no me he ocupado de todos sus escritos. Glosaré
lo que ya está en mi próximo libro, todavía no editado. Mi modesta hipótesis es
que tanto Macera como Basadre, no solo fueron grandes historiadores sino también
ensayistas. A Basadre no lo olvidamos no solo por los tomos de la República
sino por Perú, problema y posibilidad.
O sus Meditaciones sobre el destino
histórico delPerú, que es de 1947.
Donde hace esta pregunta: ¿por qué se fundó la República? Excelente cuestión,
porque hasta ahora, la res publica,
la ley para todos, no se aplica. Entonces, en el caso de Pablo Macera me atrevo a sugerir que un libro
claro y crítico es Las furias y las penas,
editado por Mosca Azul, en 1983, uno de sus libros más personales. Y otro que a
mí me parece muy interesante, La nueva
crónica del Perú del siglo XX. Tiene notas cortas muy suyas, «una pluma
incisiva» dice el Diccionario biográfico
de Milla Batres, allá en los lejanos años 70. La gracia es que por imitar a
Huamán Poma de Ayala, sus notas se acompañan de dibujos ilustrativos de Miguel
Vidal. Edición del 2000. Miren lo que dice de algo tan corriente como es la
televisión. «Mucha gente tiene televisión, la ventana preferida de la casa.
Quiere escapar de la realidad que no ofrece mayores opciones. Un poblador de un
pueblo joven decía en 1983 de su televisión, ‘es el único artefacto que se ve
limpio y derecho. Fuera de él, todo es oscuro, sucio, feo’.»
¿Qué era Macera? Un
intelectual sincero. Pese al deporte de la ambigüedad en el país del «quedamos
en que veremos» tan practicado en Perú como los trineos para nieve de los
esquimales. Se ha muerto Macera y el mejor homenaje que podemos hacer es
intentar ser tan sincero como él lo ha sido. No soy muy optimista, hay una cultura
del cálculo y la hipocresía que es dominante. Perú mercantilizado.
A Macera, ser crítico no le
impedía una serie de socializaciones. Uno de sus mejores libros, a mi parecer, Conversaciones con Basadre. Y por otra
parte, todo lo que hizo por San Marcos. Había dirigido un departamento de
ciencias histórico-sociales y un seminario de historia rural andina. Ahora
bien, desde la mitad de los 70, y luego en los 80, se hizo famoso. Normal, a
tal señor, tal honor. Pero cuando yo volvía a Lima, muchas veces escuchaba esta
frase, «como dice Macera». Era sobre todo en la gente de izquierda. Los 90
fueron diferentes. Fujimori. Cuando pregunté qué había pasado entre la izquierda
y Macera, me dijeron que había aspirado a ser Rector. La verdad es que no me
pareció algo absurdo, al contrario. Pero, según parece (yo no vivía en esa
época en el Perú), lo maletearon. Y Pablo tenía carácter. Ya saben, congresista.
A Macera el sincero, lo
vamos a echar de menos. Cuando lo visita Manuel Burga y le hace algunas
preguntas, le dice dos cosas enormes. La primera, «el Perú se indianizó en los
últimos años». Y la segunda, «la República es una estafa para las mayorías».
Macera y el arte de decir todo en pocas palabras. Ya estaba en exilio en su
propio país. El premio paradójico al talento y la honestidad intelectual.
Como Nietzsche, tenía su
«amor fati», o sea, la libertad de ser uno mismo. Si quieren saber cómo era,
cuando conversaba, busquen en internet «el adiós de Pablo Macera» escrito por
Rodrigo Núñez de Carvallo. No lo conozco, para mí eso no cuenta. Narra con
calidad un encuentro con Porras, Macera, cómo se criticaba él mismo: «en 1995 me
equivoqué, y en el 2000 mis yerros fueron mayores». Cuenta que apreciaba que
Fujimori lo llamase a su despacho para conversar, «me sentía importante. Fui
muy ingenuo». ¿Conoce el amable lector algún peruano que diga que se ha
equivocado? No creo en los milagros pero ese sería uno. Son las 5 de la
madrugada.
Está en los diarios, en la
angustia y conciencia de todos. «Caos total en Santiago: incendios, desmanes y
saqueos alargan la jornada de evasión masiva en el Metro». Me explico, como
todo periodismo se habla en código y para mis lectores limeños, debo explicar.
Cuando se dice «evasión», en chileno, quiere decir que no pagas el precio de un
transporte. En cuanto al «estallido social» tiene fecha de nacimiento, viernes
18 de octubre del 2019. Y es heterogéneo, o sea, diversos sujetos sociales. Los
encapuchados, pequeños grupos, son los que rompen e incendian. Luego, gente de
marchas pacíficas, llegaron a un millón el 26/10. Hay gente que sale a dar un
cacerolazo en alguna plaza. Pero quienes inician el estallido fueron menores de
edad, escolares que evadieron masivamente el metro, días antes del 18 de octubre. Y continuaron
para no pagar en las carreteras, quemando peajes. ¿Y eso fue todo? No señor.
El descontento de los
ciudadanos, ese día, se traslada a las calles, al eje Alameda, como quien dice,
la vía expresa de Lima. Un eje central. Entre tanto, los encapuchados meten
fuego a las estaciones del metropolitano. Se
incendian unas 10 estaciones, desde metro Trinidad, a Los Quillayes y
Santa Julia, las líneas 4 y 4A, y línea 5. Todavía no se han reconstruido, porque
puede que vuelvan a incendiarlos. ¿Y eso es todo? Los ataques al metro,
desembocan en el saqueo de locales comerciales, de tiendas, muchas de ellas muy
modestas, o sea, por la tarde, entraron a robar masivamente en las calles. Por
lo demás, por las redes sociales, se supo que al presidente de la República de
Chile lo ampayaron en un restaurant llamado Pizzería Romería de Vitacura (una
comuna residencial parecida a un ‘Asia’ para muy ricos bastante lejos del
centro). El caos reinaba en Santiago pero Piñera festejaba su cumpleaños con su
familia. Lo cuento porque todo el mundo ha sido tomado por sorpresa. Cierto,
después se ha puesto a ‘monitorear’ la situación. De paso, por qué usamos eso
de ‘monitorear’, lo usaba Alejandro Toledo, que sabe más el inglés que el
castellano. Podemos decirlo sin esa huachafería, dirigir, mandar, organizar, lo
de ‘monitorear’ es un anglicismo innecesario.
Han pasado 70 días. Tengo
dos maneras de describir algo al amable lector. La más fácil, decir cuánto ha
perdido Chile por ese estallido. Decir, por ejemplo, que los destrozos ocasionados
por los incendios y saqueos de tiendas se eleva a 900 millones de dólares.
También puedo decirles que las empresas afectadas son por lo menos 10 mil, el
equivalente a nuestras pymes, y muchas han quebrado. Y han dejado sin empleo a
400 mil chilenos y chilenas. Es obvio que el PBI ha retrocedido. Pero, no sé,
es la manera como los economistas explicarían el tema caótico. Pero yo quiero
contarles cómo es vivir en una capital caótica, en lo que era una de las más
racionales y estables de la América Latina, el país mas suizo, y hoy el caos. Como
su nombre lo indica, es esto y lo otro. Lo que funciona y lo que no funciona. El
azar. Lo aleatorio. ¿Buscan su Lenin? No, ya tienen su Bakunin. Su Kropotkin.
Me he puesto a escarbar —yo soy calle y archivos— y resulta que anarquistas ha
habido en Chile de 1850 a 1950. Y hoy, una Internacional de los que se llaman
libertarios. Algo tuvimos de eso en los días de SINAMOS. Pero eso es otra historia.
Delgado, Llosa, Carlos Franco. Yo mismo. Amábamos las cooperativas, «la
propiedad social», una utopía libertaria.
No todo libertario es un asesino ácrata. Son los que no creen ni en los Estados
capitalistas ni comunistas. Parece que eso es lo que está volviendo, el Estado
social. En fin, volvamos a Santiago.
Les cuento cómo es hoy
cruzar sencillamente una calle llena de automóviles. Santiago no es una ciudad
de Irak o de Siria, pero reina la anarquía. ¿Qué ha pasado? Se han cargado los
semáforas en cada esquina, quedan los cadáveres metálicos de los focos que nos
decían a los peatones, verde o rojo, y eso, ya no lo hay. ¡Los han roto! Seguro
que Max Hernández me diría que es un símbolo de castigar al padre, al orden, a
la ley. ¿El anarquismo es el infantilismo de las izquierdas? Después terminan
dándole poder a nuevos padres, esta vez autoritarios. En fin, estoy trabajando
en mi casa, y se me acaba el papel. Salgo a la calle pero dudo que la tienda de
artículos de oficina esté abierta, por temor a los saqueos. O bien, abre de tal
hora a tal hora. Estoy diciendo, amigo lector, que imagine una avenida de Miraflores,
como la Diagonal frente al parque Kennedy, que tenga 7 tiendas cerradas sobre
10. Así están las calles comerciales de Santiago. Además, han aparecido unas
cortinas que casi todos los comercios han adoptado, son unas enormes puertas de
acero que se pueden cerrar en segundos. El problema es que no hay sitio para
las vitrinas. Y se imaginan ustedes, ¿sin vitrinas? Los comercios medianos, se
han hundido. Y además, medio Santiago esta lleno de grafitis, con letreros como
«paco culeado». Lo de ‘culeado’ es un insulto chileno. Paco es carabinero,
policía. Les tienen odio. En un país tan formal como el chileno, el carabinero
era temido y a la vez admirado. Pero hace unos años, se descubre corrupción
entre ellos, y de entonces, perdieron crédito y de todos modos, les recuerdan
los años de Pinochet.
Yo podría decirles a mis
lectores que todo arranca de temas precisos, el fastidio por las pensiones para
jubilados que no alcanzan para nada, los impuestos que al presidente Piñera se
le ocurrió imponer sobre el agua, la luz, y otros menesteres. Y las grandes
desigualdades en Chile, en especial, en materia de salud y educación. Se sabe
que los precios para una clínica o una buena universidad son equivalentes a los
de los norteamericanos. Y por mucho que las clases medias hayan mejorado en los
últimos años, la media del producto personal es 15 mil dólares (nosotros
estamos por los 6 mil) y un americano, por los 59 mil. O sea, inalcanzable para
el chileno de clase media. El malestar social ya lleva sus 30 años. Y es la
calle la que le ha dicho ‘no’ al sistema.
Pero ahora viene lo bueno.
Les ruego a los diagramadores de El
Montonero pongan las portadas de los libros que he encontrado en las
librerías de Santiago en los inicios de este artículo. Los intitulados son los
siguientes: Malestar social y
desigualdades en Chile, de Antonieta Vera Gajardo. Amigo lector, eche un
ojo al año de edición, ¡2017! Y no es el único: de Carlos Rivadeneira Martínez,
Aquí se Fabrican Pobres. El sistema
privado de pensiones chileno. Otra catastrofe social «que no garantiza
ningún bienestar en el tercio de sus vidas». Ese libro es una tesis, también de
2017. Un tercero, de Kathya Arauco, psicoanalista, Habitar lo social. Usos y abusos en la vida cotidiana en el Chile actual.
Y saben de qué año, nada menos que en el 2009, en una serie de LOM Ediciones
dirigida por ella y Danilo Martuccelli. Tres libros y un cuarto, que es
aplastante, Chile concentrado (2016).
Es una investigación de varios autores sobre el modelo económico. Iniciada por
Pinochet, con la reprivatización de casi todas las empresas, se ha formado «una
economía oligopolizada». Chile no tiene sino un 9% de pobreza. Lo que ocurre es
una rebelión de las clases medias¡! Por
otra parte, había señales de lo que hoy es caos. No me sorprende que la clase
política en el Perú no lea, ¿pero en Chile?!
Leo los diarios
santiaguinos. No dicen nada de lo que dicen los sociólogos, politólogos y
economistas de los libros señalados. ¿En que confían los sordos diarios? En la
aplicación de nuevas tecnologías. Pero no faltan cabezas sensatas que provocan diálogos
entre algunos partidos. Pero entre tanto, la oposición produce acusaciones
constitucionales contra carabineros y los intendentes (el equivalente del
prefecto, de otras épocas). Incluso la ONU ha intervenido diciendo que
Chile debe atenerse a las reglas internacionales, y frenar el uso de balines y perdigones. Es
cierto que hay 170 personas con traumas oculares. Pero también acaban de dar
una prisión preventiva para un sospechoso por quemar la iglesia de Carabineros
San Francisco de Borja, hace pocos días.
Haré ahora la pregunta
esencial, ¿por qué tanta desigualdad en los países de América Latina? ¿Qué
continente es este que tiene modernizaciones sin modernidad? Me parece mentira,
la situación de Chile me recuerda a Basadre calificando las clases sociales
durante la República peruana. «Desaparece la aristocracia colonial peruana; y
después del empobrecimiento con la guerra de caudillos, la formación de un
sólido grupo plutocrático.» Nunca tuvimos una burguesía moderna.
Entonces, ¿no hay clases
dirigentes en nuestros países? ¿Solo enriquecimientos ilegales en el Perú,
vendido y dominado por Odebrecht? Y en Chile, ¿no han podido establecer el muy
conocido sistema alemán Mittelstand? «Consiste
en firmas medianas en oposición a las grandes corporaciones multinacionales». ¿Por
qué ese sistema alemán es más eficaz? «Porque toman decisiones a largo plazo» (Chile concentrado, p. 44). El tema es
largo. En la próxima semana les contaré
lo que hacen las instituciones en los preparativos para abril sobre la nueva
constitución. Y cómo sigue el caos.
Chile no es sino un caso. El
gran problema mundial es el de la desigualdad. Ya no es la pobreza. Lo que
ocurre está más allá de la derecha y la izquierda tradicionales. La gente no
quiere esperar tres generaciones para salir de la pobreza. Y ocurre entonces,
lo que Iván Degregori llamó, ante Sendero, «los hondos y mortales
desencuentros».
Se forma en la universidad
Católica del Perú. Se doctora en 1961. Y comienza su vida docente, en la misma
Universidad, lo cual es raro. Oviedo tuvo éxito desde sus primeros pasos. Lo
recuerdo en el momento en que ejercía la crítica literaria en diversos medios
de prensa limeños. Lo atrajo la narrativa al punto que escribe un libro de
cuentos y también en el teatro, Pruvonena,
un drama en tres actos, sobre las disputas en el momento de la Emancipación.
Pero pronto se dedica al estudio de la literatura peruana y hay que anotar que
también sobre la literatura latinoamericana. Según se sabe, que también en
plena juventud, viaja a los Estados Unidos, trabaja en diversas universidades,
y es en la universidad de Pensilvania donde se establece tanto como docente que
investigador.
En el momento que nos
conocimos, teníamos en Lima un personaje excepcional, mayor que nosotros. Hablo
de Sebastián Salazar Bondy. Intentamos una que otra revista, pero en vano, no
pasábamos del primer número. Sin embargo, no podemos decir que no se le
reconoció talento antes del gran salto a la América del norte. Oviedo ha
dirigido la Casa de la Cultura en el Perú de 1970 a 1973, o sea, el cargo más
alto en el Estado en esos tiempos, el equivalente de un Ministerio de Cultura de estos días. Sebastián
era nuestro Sartre. Escritor y político. Con el tiempo, y lejos del Perú, en lo
físico, no en su oficio de erudito literario. Hoy se conoce que Oviedo escribe
sobre César Vallejo, Ricardo Palma y Mario Vargas Llosa.
La serena aventura
intelectual y existencial de Oviedo no se ocupa solo de la literatura peruana.
Su obra en cuatro volúmenes, titulada Historia
de la literatura hispanoamericana, es publicada entre 1995 y 2001. Si
escribo esta nota, aunque no pueda eludir el hecho que se ha muerto, es para
recordar una obra monumental. No es un trabajo corriente, y a diferencia de
otros eruditos, un contexto histórico y social acompaña cada autor, corriente
literaria o moda o capricho. Para hacerme entender, abro el primer tomo,
titulado, de los orígenes a la Emancipación. No solo del Perú sino de eso
enorme que llamamos Latinoamérica. Parte Oviedo de Colón y el legado de las
literaturas indígenas, los códices de la lengua náhuatl, y Nezahualcóyoc y su poesía de la mortalidad.
Y la literatura maya, el Popol Vuh, los
libros del Chilam Balam, y de ahí
pasa a la literatura quechua, desde las cosmogonías a la poesía amorosa. Además,
se ocupa de Colón y de sus diarios, y sobre el XVI, entre «libertad y censura»,
desfilan los textos y el entendimiento de Bartolomé de las Casas, de López de
Gómara, y los cronistas indios y mestizos de México, y los cronistas del Perú.
De olvidarse de alguna lírica o épica, se ocupa de la Araucana, de Chile. Y
hacia las páginas 200, del Inca Garcilaso y «el arte de la memoria», y luego el barroco, Sor Juana en México y en
Perú, la virulencia de Caviedes. Y eso no es todo, cuando ya se establece el
neoclasicismo y el romanticismo, hay páginas sobre el sueño de Bolívar, y las
aventuras de Miranda, la poesía cívica de Melgar, y sin duda, al gran Bello, un
sabio lingüista, que por cierto, hemos olvidado.
Los estudiosos sobre la
literatura del conglomerado llamado América Latina, rara vez se dan el trabajo
de mirar por encima de la jaula patriotera. Oviedo no necesitaba ser argentino
o porteño para ocuparse de Echeverría, Sarmiento, las polémicas de Alberdi, y
otros hasta llegar al Martín Fierro, «aquí
me pongo a cantar, al compás de la viguela, que el hombre que lo devela, una
pena estraordinaria, como el ave solitaria, con el cantar se consuela».
¿Y cual sería el mal o los
males de nuestro tiempo? No dudo ni un segundo en responder esa cuestión. Se
llama provincianismo. La generación del primer Centenario de la Independencia,
ese grupo excepcional del Conversatorio —Basadre, Vallejo, Porras, y sin duda
alguna, José Carlos Mariátegui—, era gente que no pasaba de los veintitantos
años, pero ya sabían que había que salir al mundo exterior. Al joven y
provinciano Vallejo, se rieron de sus poemas, Los Heraldos Negros, y Vallejo se queda para siempre en el viejo
continente. Porras se sirve de su estadía en España para ir a los archivos de
Indias que están en Sevilla. En París recibe un consejo, de nada menos que de
Max Uhle, fundador del Musée de l’Homme, «que estudie también los cronistas
indios», y Porras se ocupa de Guamán Poma de Ayala. En otros campos del
conocimiento ¿podemos imaginar un Haya de la Torre sin la experiencia adquirida
en su exilio mexicano, luego en Oxford, luego en la Alemania de la República
del Weimar y luego, en la Rusia bolchevique, antes que se establezca Stalin? Y
que, ¿un Mariátegui sin su «alma matinal», en Francia, en Italia, «donde
desposé una mujer y algunas ideas»? (Más o menos, escribo a calamo currente). Los García Calderón no
regresaron. Manuel González Prada se va de Lima en 1981 a 1989. Valdelomar se
hace cosmopolita puesto que su metamorfosis le ocurre en Italia, aunque lo
conocemos por El caballero Carmelo. ¿Un
cuento de costumbrista o el elogio universal al luchador?
En nuestro tiempo, el casi inevitable viaje al mundo europeo de ayer, no resulta tan dramático, se va y se viene. Pero ¿dónde colocar a César Moro? Estudia en el colegio de los jesuitas, viaja a París, descubre el surrealismo, vuelve al Perú, en 1938 tiene que irse, son diez años en México y La Tortuga Ecuestre. Otro diez años después, docente en un colegio militarizado, el Leoncio Prado, donde lo conoce Mario Vargas Llosa. Acaso entre los creadores, hay algo en común, la errancia.
Me
explico: la errancia es un proceso de uniformalización engendrada por el
pensamiento técnico y científico, y es Heidegger quien sugiere que es el evento
mayor de los tiempos modernos. Pero no lo aplaude. Vio la norteamericanización
de nuestros días. Eso lo vio en los años 30. Y hoy no hacemos sino constatar visiones
insólitas, la errancia como fenómeno,
¿una anunciación de metamorfosis de diversas sociedades?
En
fin, algún día volverá la sensatez en las escuelas secundarias del Estado y se estudiará
no solo literatura peruana sino latinoamericana. Y entonces, los 4 volumenes de
José Miguel Oviedo brillaran por sus propias luces. Por ahora, ojalá lo reediten para escuelas
públicas. Una manera de aplaudir al amigo que se fue y de paso, mostrar como se
lee, se crítica y se admira. Así de sencillo y así de eterno. Trucos del oficio
de escribir.
Publicado en El Montonero., 23 de diciembre de 2019
«No es la primera vez que aludo a la necesidad de una filosofía política. Lo que yo sueño y quizá sea la obra de una generación venidera, debería reanudar la tradición de Kant en un aspecto fundamental, trazar un puente entre la reflexión filosófica y el saber científico.» —Octavio Paz—
Me acaban
de otorgar una membresía honorífica. No es la primera vez, sin contar las
peruanas, me las han otorgado la AMECIP
mexicana de Ciencias Políticas, y varias sociedades, en tanto que americanista
e hispanista en mi vida de profesor en Francia. Pero en este caso es singular.
El presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, Gustavo Flores Quelopana,
decidió hacerme miembro de esa sociedad. Para mí ha sido una sorpresa. Y se lo
agradezco de todo corazón. La ceremonia ha ocurrido el jueves 5 de diciembre y
en el auditorio del Instituto de Gobierno y Gestión de la USMP. Recepción que se realizó en nuestro gran salón
a pedido del propio Flores Quelopana. Él proviene de San Marcos y fue formado
por el helenista Russo Delgado, y Juan Abugattás y se dedica a la investigación
privada. Al acto, acudieron docentes y exalumnos nuestros y amigos. Y en
consecuencia, a los discursos propios a estas ceremonias. Sin embargo, como
están las cosas en Lima, con redes sociales en donde corren noticias pero
también la mala fe, me siento obligado a decir que no fue algo que por mi parte
yo buscara. Ni tampoco las membresías anteriores. No hay que tomarlo como gajes
del oficio, al contrario. Me parece que además de tal honra, resulta ser una
ocasión en que el invitado, en acto de conciencia, tome en cuenta el terreno de
un orden simbólico al cual es también llamado. Por ello, estas páginas, que
recogen gran parte del discurso personal de esa tarde, y algunos puntos que por
la brevedad de estos actos, decidí dejarlo para la escritura. Y es eso lo que
sigue.
**
Sin duda
es un honor y agradezco a la asociación de peruanos filósofos. Pero me atrevo a
decir que hay también una coincidencia. En el transcurso de mi vida, silenciosamente,
he leído, anotado y estudiado las obras de muchos y distintos filósofos. Pero
confieso que nunca me atreví a estudiar la filosofía sistemáticamente. He
consagrado mi vida entera a otras disciplinas, tales como la Historia, luego
las Ciencias Políticas y más tarde, Ciencias Sociales, estas últimas dos en
Altas Escuelas de París. Sin embargo, reflexionando sobre mi propia trayectoria,
me pregunto por qué siempre fue placentero diversos campos del saber. Y si esto
ha sido así, evito lo hipótesis de una superioridad individual ni algo natural.
Pensándolo bien, tengo que explicar cuándo aprendí el quehacer intelectual. En
Lima, antes de partir a Europa. Y muy joven.
Podría
decir que todo comienza en San Marcos. Pero eso es una verdad a medias. Tuve
estupendos profesores, al abordar la ciencia histórica. No solo Porras, sino
Valcárcel, José María Arguedas, Tauro del Pino. Pero algo más que los cursos y
las clases me llevó a un nivel mayor. Algo importante nos pasó a varios de
nosotros en la casa de Colina. Algo sencillo, trabajábamos haciendo fichas para
la lectura de Raúl Porras Barrenechea. Del maestro fuimos aprendices. Lo uso deliberamente, en el sentido de los antiguos
gremios. Aprendices: «personas que trabajan a cambio de aprender un oficio».
Los de ese taller eran Mario Vargas Llosa antes de su viaje a Europa, Pablo
Macera y Carlos Araníbar, que más tarde heredaron sendas cátedras sanmarquinas,
y el que esto escribe. Aprendimos como si fuéramos artesanos de otros tiempos, en
su casa-biblioteca de Miraflores, las artes del quehacer intelectual. No con
clases magistrales sino con prácticas. No sé si me hago entender. Leíamos por
Porras —que andaba ocupado en el Senado— y hacíamos fichas. ¿Por qué Porras
había reunido ese grupo de ayudantes? En esta historia, juega un papel enorme
Mejía Baca. Gran editor de historiadores, temía que Porras no acabara el libro
que de él esperaba, dada la actividad del Senado del cual era Presidente. Mejía
Baca le sugirió a Porras que tomara auxiliares. La respuesta de Porras fue:
«¿con qué dinero? ¿Tú crees que lo que me pagan en San Marcos me da para tener
asistentes ? Mejía Baca respondió con los hechos, los cuatro tuvimos un
ingreso al hacer fichas para Porras. Luego el maestro leía o corregía. Para ser
más claros, interpretábamos documentos, libros, todo aquello que hoy no se enseña, las ideas
claves, los términos y conceptos de cada texto y autor. ¿Por qué pudimos tener
esa habilidad? Saber comentar un texto y arrancar las ideas claves, envueltas
en fichas cortas y precisas. A veces, reseñas. ¿Un don misterioso? Nada de eso.
Nuestro maestro era una eminencia y nosotros no pasábamos los 22 años. Pero lo
que sí sabíamos, ya eran las artes de la lectura, y la lectura crítica de un
texto aprendido en las estupendas escuelas de la secundaria peruana de esa
época.
Hubo otros
exalumnos suyos, como Zavaleta, Jorge Puccinelli, pero ya eran profesionales y
no estudiantes. Discípulos numerosos tuvo Porras, si se toma en cuenta que
dictaba cursos tanto en San Marcos como en la Católica. Pero raros fueron los
que participaron en esa formación de la inolvidable casa de Colina, hoy institución.
«Qué suerte tuvieron», me dijo una tarde de esas Beto Ortiz, en un programa
suyo. Y es verdad, el azar, la casualidad, el destino.
Yo
quisiera que esas habilidades humanistas volvieran a las aulas, tanto de la
secundaria como de eso que se llamaba «estudios generales». Se les debe
preparar a los que entran en una universidad, sea cual fuese su vocación, en el
arte de saber leer un texto y discutirlo. Y saber escribir un paper, cuando se aprende a ordenar las
ideas propias. Eso no se enseña, grave error. Y eso fue lo que me permitió
posteriormente, estudiar, saber escribir y ganarme la vida como periodista,
mientras seguía cursos académicos, y más tarde, saber investigar y escribir
libros y artículos para los diarios, unos y otros, bien construidos.
Todo
esto pude decir, ese jueves, en el auditorio del Instituto de Gobierno y de
Gestión, en la cuadra nueve de Benavides, pero no lo hice. Era demasiado
personal. Y por otra parte, explicar las relaciones amigables y a la vez
conflictivas de la Filosofía y las Ciencias Sociales no era posible para una ceremonia que tenía que ser breve. Me
decidí a olvidarme por un rato de qué es sociología. Ni la mencioné. Y entonces
se me ocurrió contar mi vida en torno a los varios encontronazos que tuve con
lo que llamamos filosofía. No se sorprendan, la idea de la vida como choque o
tope de algo, es de Ortega y Gasset. «A veces inmersos en circunstancias
particulares». No lo dije así en la explicación oral, lo digo ahora, en la
escritura.
Mi
primer accidente filosófico ocurre en mi secundaria. Mi educación media la hice
en una Gran Unidad Escolar, el Melitón Carvajal. Había un examen previo, aunque
la educación era gratuita. Un test de inteligencia. No sabíamos que era un
experimento. Había un departamento de psicología dirigida por un sabio alemán,
Walter Blumenfeld. No sabíamos que íbamos a tener, además de docentes
calificados, profesor de música, artes y deportes. Y de educación cívica. Que
aprenderíamos gramática castellana, y por cierto inglés, y tantas asignaturas
de ciencia —física, química,
matemáticas— como asignaturas humanistas, literatura peruana, del Siglo de Oro,
historia del Perú, e historia universal. Y clases de lógica y filosofía en el V año, antes de partir a las grandes
universidades. En las que entrábamos con gran facilidad. Nada de esta educación
existe hoy.
El
accidente filosófico reinaba en ese colegio secundario. El director, en mis
años de secundaria, era Julio Chiriboga, filósofo peruano, nacido en
Huamachuco, profesor nada menos que en San Marcos. No lo sabíamos, pero
vinculaba pedagogía con filosofía. Hasta hoy recuerdo sus discursos ante todo
el alumnado. «La lectura para acceder al pensamiento crítico». El escolar que
yo era no sabía que antes de ser pedagogo, había aprovechado el cargo de
secretario de delegación —puesto de diplomático— para seguir cursos de filosofía
en la Sorbona, y en el famoso Collège de France. Pero algo me llamaba la
atención, disertaba de vez en cuando sobre la ética, nos decía «caballeritos»,
lo cual nos hacía sonreír. Éramos una muchachada de hijos del pueblo, negros,
cholos, zambos, blancos pobres, blancos ricos cuyos padres habían matriculado ex
profeso en ese colegio estatal, y así por el estilo. Un día me llama porque el
inspector me delata. Había formado un grupo llamado ANA. O sea, Alianza Nacional Atea. Éramos muy
pocos, Guillermo Albert, hijo de alemanes. Eduardo Saeki, obviamente nisei.
Alejandro Ortiz que era norteño y aprista, el ‘mono’ Llanos, afroperuano como
se dice, mi gran amigo. Ante Chiriboga expliqué nuestro ateísmo. Con paciencia
de sabio me escucha y al final me dice: «usted no es ateo, es deísta». Y me
explica los pensadores de la Ilustración. «A usted lo que no le gusta es la
Iglesia». En efecto, había un cura en ese colegio estatal, para el curso de
religión. Me quejé entonces de su poco nivel y lo aburrido que era. Chiriboga
no me dijo nada y poco tiempo después, el cura fue reemplazado por otro, el
padre Abarca, cajamarquino, realmente
deslumbrante. Le encantaba rebatir mis argumentos tomados de Kant sobre las
pruebas de la existencia o no de la divinidad. Brillante, tanto que se lo
llevaron al Vaticano. Solo años después me entero de que Chiriboga era un difusor
del pensamiento de Nicolai Hartmann, un kantiano.
El segundo «accidente filosófico» ocurre en Saint-Étienne, en Francia, por lo años ochenta. Era entonces un modesto profesor contratado, y en algo un exilado, por el papel jugado durante el velasquismo, no tenía sitio alguno en las universidades limeñas. No guardo rencor, digo lo real y lo que hice es, una vez más, acudir a Francia, madre adoptiva. Me colocaron en una universidad de provincia, con tal que terminara mi tesis francesa. El lugar era Saint-Étienne, lejos de París. Menos mal que un avance prodigioso de los ferrocarriles abreviaba el viaje a dos horas y media. El TGV, tren de gran velocidad. Iba y venía. Es como si fuésemos de Lima a Piura, ida y vuelta. Todo esto, lejos de los griegos y cualquiera eco del helenismo. Y de pronto, el accidente filosófico. Y descubro la pedagogía de la Tragedia y la importancia de la cultura griega.
Un
alcalde, que era comunista, decide darle al pueblo lo mejor. Monta en Saint-Étienne
un teatro a la manera de la Antigüedad griega. Y ahí, para un publico enorme, Edipo Rey, de Sófocles. Para asistir,
era necesario llevar algo para comer, la obra duraba 12 horas. El tiempo del
espectáculo de los antiguos griegos. La
tragedia, invención en la Grecia del siglo VI a.C. Acto escénico sin duda, pero con coro,
que expresaba la voz del pueblo, y danzas, y un texto escrito y género literario.
Y algo que yo no sabía, la tragedia griega era una suerte de pedagogía de
masas.
Debo
explicar, aun sumariamente, Edipo Rey. La peste se había desatado
sobre Tebas, y el pueblo se moría con plagas misteriosas. Edipo el rey, se había
casado con Yocasta, (ignorando que era su madre). No era un perverso, Freud lo
toma de esa manera, no era sino una víctima de los dioses caprichosos y de la Moira, el cruel destino, Edipo en camino
a Tebas, se había cruzado con desconocido, un noble vanidoso que le cerró el
paso, hubo un combate y mata a ese hombre. Se llamaba Layo, era rey, y padre de
Edipo. Pero él, lo ignoraba. Moraleja, ¿qué hombre conoce su futuro?
La
Tragedia de los griegos gira sobre el axioma que nadie evita el destino. A Layo
y a Yocasta el oráculo les había prevenido que su hijo era un peligro, y por
eso, lo enviaron a que lo adoptaran Polibo y Mérida, reyes de otra ciudad, Corintio.
Así, cuando Edipo, adulto, se entera de su destino, huye justamente de los que
cree que son sus padres. Terrible error, cae en manos de la Moira. Yocasta se suicida. Cuando sabe
quien es, Edipo se arranca los ojos. La moraleja es visible. Nadie escapa al
destino.
Pero hay
otro significado, de carácter a la vez moral y simbólico. No por azar Edipo es
un príncipe. Y un hombre inteligente. Edipo, antes de llegar a Tebas, encuentra
en su camino a la Esfinge. Un monstruo que devoraba a los viajeros, no sin
antes plantearles una enigma, una adivinanza, un acertijo. Y le pregunta al
viajero Edipo ¿cuál es
el animal que tiene cuatro patas al amanecer, dos al medio día y tres al
atardecer ? Y Edipo responde: eso es el hombre. En la mañana, gatea con
cuatro patas, al mediodía es adulto. Y en la noche, anciano con bastón. La
Esfinge huye, la han vencido. Entonces, ¿Edipo conoce todo, menos quién es. La
filosofía se inicia desde esta lección. Humanos que somos, podemos saber muchas
cosas, desde la redondez de la tierra hasta examinar el cosmos, pero lo más
difícil es conocerse a sí mismo.
La tragedia griega revela, a cuatro siglos de
nuestra era, un cambio en la vida y el imaginario de los griegos. El héroe
legendario había cesado de ser un modelo. Ya no es el tiempo de Homero y las
leyendas. Por algo los protagonistas siempre son extraños a el ciudadano
corriente, reyes, príncipes, extranjeros. La tragedia como género, corresponde
a las reflexiones sobre los derechos políticos del siglo V. Es un giro, un punto de quiebre al innovar de
modo radical en el campo de las instituciones sociales, las formas del arte y
la experiencia humana. El descubrimiento de lo trágico en Saint-Étienne me hizo
conocer Grecia, no la actual, la antigua. Desde entonces, aprendí cuanto pude
sobre sus filósofos. De ahí, muchos años después, mi libro Lecciones sobre los filósofos de la política. De Aristóteles a Hannah
Arendt. Editado por la USMP.
El tercer «accidente filosófico» es más sencillo.
Estudiaba en la Haute École des Sciences Sociales de París, a partir de un
conjunto de materias, desde un troncal. Durkheim, Spencer, Marx, Pareto, la
sociología tiene diversos padres fundadores. Pero eso no era todo. Esa escuela
superior impone al menos la iniciación de otras ciencias del hombre. Debía seguir
un curso sobre antropología, al menos una iniciación. Me pusieron una lista, y
elijo, entre muchos, a Claude Lévi-Strauss. Me admitió. Estudiar con
Lévi-Strauss antropología es como seguir lecciones con Albert Einstein sobre
física cuántica. Una vez más, en mi vida, el amable azar.
Pero también había un curso obligatorio y paralelo
a las ciencias sociales, de filosofía. Estaba de moda en París, en ese momento,
el filósofo Althusser. Lo he dicho en otra ocasión, pretendía disolver el Marx
filosófico y reemplazarlo por un Marx neopositivista. A mí, en esos años en que
todavía era marxista, me interesaba el joven Marx, el de La Ideología alemana, y la problemática de la alienación. En cambio,
el Marx del Capital, no me parecía lo
mejor. O sea, no me interesaba el approche
de Althusser. Y entonces, busqué otro profesor, y este fue Lucien Goldmann.
Rumano, librepensador, el autor de Le dieu
caché, 1955, el dios escondido. Me interesó su hipótesis, «más allá de la
comprensión individual, hay siempre una estructura esquemática, que se oculta».
¡Cómo me ha servido en mi vida de investigador ese axioma! Las sociedades no
dicen nunca sus reglas secretas.
Dicho todo esto, esa noche, habiendo llegado a
Rousseau, mostré al público cuatro libros suyos. Los que explico en mis cursos.
Ciertamente, el célebre Discurso sobre
las ciencias y las artes, con el que ganó un concurso en la Academia de
Dijon, en 1750, y que lo hace célebre al Rousseau desconocido hasta entonces,
que firma ese primer ensayo como «ciudadano de Ginebra». Y el segundo, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la
desigualdad entre los hombres, en 1754, en ese caso no tuvo premios ni
homenajes, sino hostilidad y persecuciones. Y luego, explico también El Contrato Social. Pero el cuarto es el
momento más alto en Rousseau, el Emilio.
El primer texto de la pedagogía moderna. Y el inicio de un cambio general de la
sociedad misma. Pero entrar a ese Rousseau es salirse de las ciencias sociales
y aventurarse a los prados de la reflexión filosófica.
Hay otro libro, uno que firman filósofos
españoles actuales. José Luis Moreno Pestaña, y Francisco Vázquez García, y se
titula, Pierre Bourdieu y la filosofía.
O sea, al más importante de los sociólogos de Francia de estos años, lo encuentran
filosófico los filósofos mismos. Concluyo, pues, que las fronteras entre
disciplinas se relajan. ¿Qué está ocurriendo? ¿Una sociología de la filosofía? ¿O
una filosofía que reconfigura a las disciplinas que no atomizan el saber sino
que construyen conceptos? ¿La función crítica y reflexiva mediante un diálogo
socio-filosófico?
Consecuencias
en mis rutinas de escritor. Tal vez ahora me ocupe de algunos proyectos. Por
ejemplo, el lenguaje de lo real, pero no solo eso, más allá del mundo de lo
evidente y lo empírico (la historia, la sociología) está lo simbólico y lo
imaginario (literatura, filosofía). En fin, como temática y ejercicio, me
interesa «ser y estar» del castellano. En efecto, no lo hay en inglés, ni en
francés, ni en alemán. Para ello, estudiar a las cumbres del pensamiento en
esta lengua: Octavio Paz, Jorge Luis Borges y Ortega y Gasset. Acaso, pese a
mis años —y si la salud no me traiciona— aprendería el alemán. Me fascina su
capacidad de abstracción. Geschichte,
historia de la historia. Zeitgeist,
«el clima simbólico de un determinado tiempo».
Peter
Watson, en un enorme estudio sobre la historia intelectual de la humanidad,
sostiene que desde 1848 a 1933, fue un siglo alemán: en medicina Freud, Adler,
Jung. En filosofía: Nietzsche, Heidegger, Husserl, Cassirer, Carnap, Tonnies. Y
Sombart, Simmel, Mannheim, Max Weber, en sociología. Y en las ciencias, no solo
Einstein, sino Max Planck y por ahí, Karl Popper. Acaso porque en la lengua
alemana se tiene dos vocablos para la idea de cultura. Kultur que envuelve las áreas intelectuales, espirituales y artísticas,
y Zivilisation «al ámbito de la
organización social, política y técnica» (Watson). Hay naciones que tienen su Kultur pero no son civilizadas. En fin,
desde este criterio, el inglés no es la lengua mayor. Sirve para los negocios,
la tecnología y otras ciencias, pero no para poner un orden civilizado en el
mundo. Explicar el porqué de la hegemonía de una cultura sobre otras, me
llevaría a una explicación digna de varios tomos. Gracias.
Lo que es a mí, las navidades
me ponen melancólico. La fiesta es hermosa, por eso mismo me remueve la
memoria, las abuelas de mi infancia, mi padre, mi madre, y acaso, vuelvo a
tener sino la angustia, esa espera del regalo navideño, a veces a mi padre no
le alcanzaba para gran cosa. Una de esas noches de navidad, llegó a la casa de
mis abuelas en donde yo vivía, y apenas había reunido unos soles para comprarme
un regalo. Mientras los mayores celebraban, en un rincón, hasta la madrugada, me
echo a leer el libro que me trajo mi pobre padre y me quedo fascinado. Era una
historia tras otra. Cuentos infinitos. Se acerca entonces y me pregunta si me
había gustado. Claro, le dije. No acaba nunca. Era Las mil y una noches. Años más tarde, era columnista en el diario Expreso. Y esa broma con Papá Noel me la
sugiere Lucho Loaiza, que con Raúl Vargas y Abelardo Oquendo, éramos los
atrevidos editorialistas en ese diario. Puede el amable lector admirar la
tolerancia del director, José Antonio Encinas, puesto que la nota periodística era
risa y mofa de un mito muy respetado. Mirando hacia atrás, la veo como una era
de oro del periodismo peruano, crónicas libres, con humor y tolerancia. No
había comunicadores sino gente que sabía escribir un texto argumentativo. Esto,
en 1961. A mis 25 años.
Elogio
Viejo trotacontinentes, te has
echado a los hombros la esperanza del mundo. Eres el padre de los niños
huérfanos. Tu abundante figura se desdobla en cada tienda del mundo. Y sirves a
los mercaderes. Nos habían dicho que tú deseabas dar algo a todo niño, pero no
te deja ni respirar la ley de la oferta y la demanda y estás unido por extraños
vínculos al poder de cada padre de familia. Por eso te queremos Papá Noel.
Porque eres simplemente la mejor imagen, despreocupada y simpática de la
humanidad que sueña en regalar y dar alegría. Papá Noel, padre universal, a ti
te han inventado los niños.
¿Cuál es tu origen? ¿Eres un
viejo obispo de Turquía llamado San Nicolás, que lanzaba bolsas de dinero por
las ventanas a los necesitados? ¿O, eres un geniecillo germano anterior al
cristianismo? Es posible que entre los gnomos que han atormentado al hombre y
se han burlado de él a través de las edades, tú seas un pacífico disidente. Un
bondadoso apóstata, duende jovial que vives en los hielos y que al llamado de
los niños, cruzas el mundo sin tiempo para cambiar de ropa ni dejar descansar a
los renos.
Yo sé que mirarás extrañado
esta comarca peruana que recibe Navidad casi desnuda en sus playas (era otro
clima en esos tiempos) y que no conoce la nieve ni los renos. Pero el dolor y
el deseo son comunes en todos los humanos e igual te piden regalos los niños
rubios que acariciaste en Escandinavia, que los pálidos latinos, o los oscuros
hijos del pueblo que te confunden con sus padres.
¿Qué culpa tienes si los niños
te piden juguetes de guerra? Ellos ven la violencia en la televisión y escuchan
sus clamores en el lenguaje de los adultos. Cuando te vayas de esta tierra,
seguramente lo harás dolorido. Hay tanto que dar. Es tan corta la bolsa. Tu
trineo, sin embargo, no debe desviarse de esta ruta, en otra pascua… Volverás,
y tu poder irá creciendo en dar cuanto más crezca el poder del hombre. Porque
eres, viejo Atlante, la generosidad, la fraternidad, la caridad misma,
disfrazada de alegría.
No les importan a los peruanos
ni tu traje, ni la extrañeza animal de tus renos. Tus botas alegran estos
hogares de quincha y barro, en donde, en abierta esperanza universal, te
perdonan que seas gringo y te esperan jubilosamente. Eres antiguo, alto y
fuerte como un hércules pagano, y te quieren aunque gordinflón y ventrudo.
Quien como tú se hace cargo de los dolores del mundo tiene que ser poderoso.
Tus barbas esconden una sonrisa triste por el escepticismo que inunda como una
lepra el corazón de los pequeños. Antes eras mito, fantasía, delirio. Los niños
se desvelaban para hallarte en la noche definitiva. Hoy te exhiben sudoroso y
cansado, con un sueldo y un horario, en cualquier calle de Lima. Contigo están
matando la poesía. Y la alegría irremplazable de la Nochebuena. Ya no es
preciso buscarte en los sueños. Bastan las grandes tiendas, infanticidas.
Después de la Nochebuena,
cuando las manos de la infancia acarician los osos de felpa, los autos de lata,
las ametralladoras plásticas, en algún secreto lugar del alma, por fin
descansas, pero, en ese instante, ¿quién se acuerda de ti?
Vejamen
Gringo barbudo, tanto abrigo y
tanta piel en verano te hacen sospechoso. ¿No esconderás en la espesa barba
blanca un libro de facturas? En el trineo cargado de regalos ¿no traes acaso
una máquina registradora? Antes venían al Perú los Reyes; viajaban por el
desierto costeño en lentos camellos, tan lentos que llegaban el seis de enero.
Tú llegas en un avión de rapidez comercial y dices palabras bondadosas. Pero te
conozco, te adivino. Sólo en tu hotel te miras al espejo con expresión
complacida y antes de quitarte las ropas coloradas murmuras palabras
extranjeras.
Papá Noel, todavía en tus
barbas quedan restos de estalactita: hace poco tiempo celebraste en una
luminosa caverna nórdica tu última fiesta pagana. Nadie pensaba en ti en Lima
de ese entonces. Navidad era íntima y calurosa. Un pequeño nacimiento nos
bastaba: animalitos de colores y al centro un niño dulce y desvalido que tendía
las manos y nos daba a conocer la alegría.
Llegaste con las luces neón,
con el cemento, con el cine parlante. Eres sonriente, nuevo y feo como esta
ciudad que nos ha aparecido después que la Lima que se iba terminó de irse. Te
crees práctico pero eres la irrealidad misma. Te envuelves en pieles níveas y
de franela roja: qué calor debes tener Papá Noel, hombre ocupado, sin pausas
que refresquen.
Dicen que vienes sobre la
nieve en un trineo halado por renos pero aquí no hay nieve, ni trineo, ni
renos. Dicen que te descuelgas por las chimeneas pero aquí no hay chimeneas. Te
han visto en helicóptero, en motoneta, en patinete, siempre congestionado con
apuros de comerciante. Pero eres dulce, muy dulce, dulcísimo: eres gordo, muy
gordo, gordísimo: ¿no serás diabético, Papá Noel? ¿Te has tomado la presión
últimamente? ¿No tienes mareos, no te inquieta ese dolorcito en el costado? En
tu bolsa repleta de lata pintada y productos plásticos hay barcos de guerra,
ametralladoras, bombas para matar el tiempo y las muñecas, y hasta una exacta
reproducción de bomba de cincuenta megatones. Eres un horrible traficante de
armas, Papá Noel.
Tienes la vulgaridad del
demagogo, hablas demasiado y no comprendes el asombro de los niños tímidos y el
silencio de los niños solitarios. Ignoras el principal de los regalos sin
sombra ni peso. Desconoces completamente la palabra ternura, avanzas pisando fuerte
con tus tenebrosas botas de conquistador. Tus manos regordetas están callosas
de contar billetes, no puedes acariciar. Y la caricia, Papá Noel, es la llave
para que el corazón de la infancia que no se abre con dádivas. Eres calculador,
eres interesado, tú siempre ganas.
Tu cara está maquillada,
simulan tus mejillas una falsa frescura. Aseguro a todos que si te lavaras la
cara aparecería la rede de arrugas que tendió la mala vida que llevas. Oh,
mentiroso, te gusta ganar amigos e influir sobre todas las personas. Oh,
secuestrador del niño del pesebre. Devuélvenos la Navidad que te robaste, sin
tiendas abarrotadas, sin radios clamorosos, sin comidas en conserva, sin
letreros de luz grosera, sin costumbres extranjeras. Devuélvenos la cena parca,
el afecto sin interés, el amor a la tierra, la dulce oscuridad, el silencio. Tu
ingenuidad no te redime. Tu billetera ahíta prueba que eres tonto, pero no
inocente. Hombre de éxito, triunfador, optimista. Tú no tienes alma, porque el
alma es melancólica. Eres un viejo desalmado, Papá Noel, papanatas. (HN,
25.12.1961)
Publicado en El
Montonero., 16 de diciembre de 2019