¿Elecciones? Llora, llora corazón

Written By: Hugo Neira - Feb• 03•20

«Llora si tienes por qué, que no es delito en el hombre, llorar por una mujer». Es un vals peruano, lo cantaba Carmencita Lara. Si lo pongo como título de esta crónica, no es por una mujer, sino por la patria. Será acaso que algo le queda a uno de lo que aprendió en la primaria, la patria una señora antigua, muy respetable. Y me pregunto adónde vamos. Porque lo que ha pasado con la última consulta que se ha hecho a millones de peruanos, nos ha salido un tiro por la culata. Francamente, no me alegro. Las cosas van de Guatemala a Guatepeor.

En esta columna dije, por intuición (no tengo una ONG en la que haga encuestas ni pimpantes consultorías), que se iba abrir la caja de Pandora. Sí pues, otro mito de los malditos griegos que lo sabían todo. Lo que se quiere decir con esa metáfora es que  «una acción pequeña puede desencadenar múltiples conflictos». Que Acción Popular tenga el mayor de los votos, no es riesgo alguno. Ni el Partido Morado. Cierto, Fuerza Popular deja de ser el partido hegemónico del pasado, pero no ha desaparecido. Por mi parte, leyendo lo diarios —yo soy de esos que leen periódicos en papel y no en pantallas digitales que te meten publicidad hasta el vómito— se dicen cosas sensatas. «Congreso variopinto y fragmentado». «Vizcarra va a tener un reto para articular su agenda» (María Alejandra Campos, El Comercio). «Una fragmentación que requerirá consensos» dice a cuatro columnas un diario limeño. Ay mis paisanos, siempre tan optimistas.

¿Consensos, agendas? Pero si lo primero que ha dicho el partido de Antauro y los religiosos herederos de Ataucusi, es que «las bancadas solo formarían alianzas en temas concretos». ¿Mayoría oficialista? La veo verde. Esas nuevas fuerzas populares no entran en vainas. Para ellos, la palabra pacto o acuerdo —fundamentos de toda sociedad política— les parece no solo un delito sino un pecado. ¡Vaya tiro por la culata! En el Parlamento queda legitimado el Andahuaylazo, y de golpe, Antauro, el político más importante del Perú. Eso tiene, señor presidente, tener consejeros argentinos. La política siempre tiene un lado antropológico y mental. La novedad de este Congreso es lo que un irónico arquitecto, cuando se ocupaba de las mentalidades y comportamientos de los peruanos, decía sonriente, «el concho telúrico de acometividad». O sea, lo que está pasando. ¿Quién era ese? Se llamaba Héctor Velarde. Lo conocí personalmente. Era el rostro y la pluma burlona de una Lima que se fue. Yo era muy joven, aunque escribía los editoriales de un diario, acaso porque en mi generación se leía mucho, y me convenció de que para el periodismo era necesario contar con el alma. Estaba convencido de que existía y que para ser escritor en periódicos, estábamos fritos, había que entender de filosofía, religión, moral, sacrificio, suicidios para la última esperanza. Siempre hubo cucos en la vida limeña. Y un día me dice: Hugo, «la Paraca viene del sur».

El Sur, señores. Lo local en el Parlamento. Y eso que Urresti se perfila como el candidato más votado, dice El Comercio (martes 28), se necesita por lo menos tener fama de macho, y arrastrar algún asunto judicial que te muestre capaz de matar a alguien. ¿Se repite la historia? Puede ser. ¿Qué partido tiene un líder preso? Nada menos que la UPP y sus 17 escaños. Dice Virgilio Acuña: «radical no significa que vamos a fusilar mañana, sino que tenemos el interés de cambiar la situación». Mire, señor Acuña Peralta, con el respeto que tengo a todo aquel que no coincide conmigo, creo en la pluralidad en la vida política, y del derecho de cada quien para pensar por su cuenta, le diré lo que entendemos los sociólogos, los filósofos, los historiadores, por el concepto de ‘radical’. No quiere decir ni extrema derecha ni extrema izquierda. ‘Radical’, en los diccionarios de todas las lenguas del planeta, quiere decir «ir a la raíz». Y la raíz de todo es el ser humano. 

Desde ese ángulo, yo sigo pensando que el gran problema de la sociedad peruana consiste en la incultura. Nuestros problemas no son la economía, que increíblemente camina, aunque Toledo nos mintiera diciendo que había sido profesor en Harvard. Cuando digo cultura no es si conocen a Mozart o a Beethoven, ese test que les hacen a las candidatas a miss Perú o miss Chiclayo. La palabra cultura, tiene una aproximación a la agricultura, cultivar la tierra, por ejemplo. Y fue en el Renacimiento que el término de cultura se usa para la ciencia, la filosofía y el trabajo intelectual. Y más tarde, con la antropología, desde Taylor, «un conjunto de hábitos y capacidades tanto religiosas como de arte, moral, derecho que los seres humanos adquieren para ser miembros de  una sociedad». Perdón por la cita, un tanto larga. A lo que voy, se trata de los comportamientos sociales. Son hábitos, para decir lo esencial. Y lo que ha pasado en mi patria, el Perú, es el retroceso feroz del hábito de leer.

Ahora bien, a veces ocurre que una sociedad (la peruana, la colombiana, lo que usted quiera) no logra dar a luz una clase dirigente, obviamente culta. Pero puede tener una ciudadanía culta. Bien, ni una cosa ni la otra en el Perú ‘descuajeringado’ del siglo XXI (peruanismo: desordenado, descuidado). La educación masiva peruana —está hablando quien fuera en su juventud escolar en el Melitón Carvajal, es decir, un colegio estatal— no solo ha retrocedido. Rompieron y exilaron las asignaturas que enseñan a pensar  y razonar. Hoy, el peruano de a pie habla castellano, pero ignora su gramática. Además, no han tenido cursos de lógica, de literatura, ni peruana ni española ni nada. Debe haber unos 8 millones de jóvenes que pasaron por las aulas y no escucharon jamás un poema. Nunca poesía. A mí se me ocurre que hay un lazo entre la desaparición del romanticismo y el aumento del feminicidio. La ternura con la mujer no es innata, se aprende. Es algo cultural y no natural.  

Y luego, en colegios y universidades, adiós a los conocimientos. Solo se habla de ‘habilidades’. Estamos a la cola del planeta en materia de comprensión lectora. El ingreso a la economía liberal les ha quemado los sesos a muchos peruanos. Cuentan, para llegar a ser alguien, el dinero. Sin duda, pero los que mandan, esos que tienen los empleos estables y formales, tienen cultura. Se ha logrado que los hijos y nietos de la gran inmigración de la sierra a las ciudades costeñas, formen un estrato social acomodado pero sin aquello que se llama «el capital simbólico». El daño es gigantesco. En hindú se dice, avidyā, la ignorancia del ignorante que no sabe que no sabe. Por eso han votado como lo han hecho. Sin averiguar a quienes daban poder. ¿Saben qué dicen en los medios académicos en Europa? «En la América Latina, las elecciones están en contra de las democracias». No miento, Olivier Dabène. Lo ven claro porque están lejos.

En fin, yo nací en Abancay pero crecí en Lince, que era un barrio bravo. La sinceridad criolla, amable lector. Hoy no tenemos personal para una clase dirigente. Ni ciudadanos bien formados con cultura cívica. Para ser francos, en política, estamos calatos. Arriba y abajo.

Yo no veo sino el retorno de la antipolítica. En fin, en el fondo de la caja de Pandora, los griegos —siempre dialécticos— decían que había algo que era Elpis, la esperanza. Que Zeus y Jehová lo quieran.   

Publicado en El Montonero., 03 de febrero de 2020

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Perú en tiempos oscuros y la caja de Pandora

Written By: Hugo Neira - Ene• 27•20

Estas elecciones, ¿políticos o sustitutos? Esta nota periodística se escribe en horas anteriores al domingo 26 de enero del 2020. Y no voy a especular sobre los posibles resultados. Pase lo que pase, siempre es positivo que se acuda al electorado para que no desaparezca del todo esa institución llamada Parlamento, que no es precisamente la más apreciada por nuestra ciudadanía. Por los estudios de data sobre la confianza ante el Congreso, Perú luce, desde el 2006 a nuestros días, el más bajo promedio, un 32%. Y lo mismo, sobre la confianza en los partidos políticos, el más bajo en el continente (Barómetro de las Américas). La verdad, no creo que las presentes elecciones nos sacarán de la crisis política que tiene el Perú desde hace décadas. 

Podemos preguntarnos si sobrevivirán los partidos tradicionales. O bien, si habrá caras nuevas y nuevos parlamentarios (¿?) Pronto lo sabremos. Estas elecciones son un evento, ciertamente necesario, nunca está de más consultar a la ciudadanía. Pero quisiera que el lector observe nuestra crisis desde el largo plazo. La pregunta en cuestión proviene de alguien que nos conoce a fondo, Steven Levitsky, y Mauricio Zavaleta (Cristóbal Aljovín y Sinesio López, Historia de las elecciones en el Perú, IEP/JNE, 2° edición, pp. 569-602).

¿Por qué no se construyen partidos en el Perú? Esa es la cuestión. Levitsky: «El Perú podría ser el caso más extremo del colapso partidario en América Latina» (…) «El quiebre del sistema de partidos y de la democracia peruana», lo sitúa en «los comienzos de la década de 1990 » (…) «Lo que llama la atención es que el proceso de descomposición partidaria prosigue un cuarto de siglo después del colapso inicial».  A pesar de la expectativa inicial de una «redemocratización». Pero «la verdad es que no se ha producido ninguna construcción partidaria existosa». «Todos los partidos creados después de 1990 colapsaron». ¿Exagera el investigador?

Conviene recordar que hubo partidos que se llamaron Unión Por el Perú (UPP), Somos Perú (SP). Y el Frente Independiente Moralizador (FIM). Algunos lograron ser organizaciones a escala nacional, el Partido Socialista (PS), el Movimiento Nueva Izquierda (MNI) y Fuerza Social (FS). Sin embargo, lo que ha pasado es la «implantación en los últimos 20 años  de  partidos estrictamente personalistas». O sea, en el periodo post Fujimori, partidos como Solidaridad Nacional y el Partido Nacionalista. ¿Y se acuerdan de Perú Posible? Este último, es para reír o echarse a llorar, porque pasan de la Marcha de los Cuatro Suyos en contra de la corrupción, al Toledo  presidente, «Barata, ¡paga, carajo!».

Ahora bien, un grupo de sanmarquinos, Jorge Aragón, Marylía Cruz y Diego Sánchez, en el mismo libro Aljovín y de Sinesio López, un capítulo sincero  sobre lo que está pasando. Estos investigadores nos dan un estudio de las elecciones en el Perú de 1980 a 2016. «Siete elecciones presidenciales, cinco elecciones de segunda vuelta para elegir presidente y diez parlamentarias» en democracia. Parecería entonces, que la «descomposición partidaria» ha hecho nacer «una dinámica que se refuerza a sí misma». Así, los procesos electorales van «por cuenta propia». Se trata, pues, de «vehículos electorales personalistas». De ahí, por ejemplo, el «cambio de partido u organización política en cada elección». La práctica del transfuguismo, ¿políticos sin compromisos con su electorado?

El panorama actual es una descomposición de los partidos en el Perú, tras el post Fujimori. Y este hecho, «los cuatro partidos que dominaron la política peruana en los años ochenta, el aprismo, el Partido Popular Cristiano, Acción Popular, Izquierda Unida, cayeron del 97% en votos del 1985 a apenas 6% en 1995. Entonces, emergen los que llamamos ‘outsider’».  Presidentes que no sabían nada de política. Improvisados.

¿Eso le dará mayor poder al actual presidente? No lo creo. La debilidad del Estado peruano proviene de otras causas. El desinterés de la gran mayoría peruana es decir, la sociedad de la informalidad (un 75% de las empresas peruanas), que como se sabe, no cotizan. Y el resultado es un Estado pobre, sin recursos para gastos fiscales. ¿Con qué fondos cuentan los ministros y presidentes para construir carreteras, clínicas y colegios y universidades, si no se puede pagar salarios dignos a la policía, funcionarios, educadores? El gran problema del Perú es que su situación es anómala.  

También me he detenido en unos artículos publicados en El Comercio (23/01/20). «La década que podría cambiar al Perú», de Abusada Salah, como siempre lo encuentro sensato y claro. Pero hablando de los 10 años, «veremos si el país converge al desarrollo o permanecerá estancado». Su propuesta es angelical, una reforma política para ciudadanos. Se olvida que somos una anomalía. Ningún país del mundo escapa de la miseria cuando el trabajo es informal. El salto a la modernidad es exigente. Entrar a la sociedad industrial, en sus olas de ciencia y otros modos de producción. No todo es negocio y en el mundo de la informalidad, nuestros servicios son de baja calidad. Lo que acaba de suceder en Villa El Salvador ha ocurrido por descuidos y ausencia de controles: un camión-cisterna cargado deGLP, en la avenida Mariano Pastor Sevilla, una desvatación, 50 víctimas y 20 o más casas incendiadas. La informalidad también mata. Somos un país desordenado. Esa es nuestra peor plaga.   

En cuanto a Paredes, del que soy amigo, habla de «los delfines». Pero no veo herederos, ni de Fujimori, acaso Belaunde. E «hijos espirituales» como es el caso de Haya. Y amigo Tuesta, muy bonito eso de «todos contra todos». Regio, pero eso es de Hobbes. Sería bueno reconocer el origen del Leviatán en este país. Y Patricia del Río, se sorprende: «es la primera vez  que llegaremos —a las elecciones— sin saber quiénes serán los ganadores». Pero eso pasa a cada rato. Nada más complejo que el ser humano. Y peor, cuando se trata de pasiones colectivas. Hoy hay un cambio de generaciones. A parte de los bienes que demandan, no incluyen el pacto entre sociedad y Estado, y que se llama impuestos. Entonces, los zorros de abajo, han creído que el dinero y el comercio da libertad y reconocimiento. No es así de tan fácil. Han dejado el arma de combate que son los libros y el saber. Y los zorros de arriba, han robado más que en el siglo XIX. Ese voto es una caja de Pandora, nadie sabe qué saldrá de ella. Acaso una sanción a la clase política. 

Las causas de la crisis peruana son profundas, sin embargo nunca ha habido tanto elector. En 1962, 2’222’741. Y unos 22’901’915 en el 2016. Nunca hemos tenido tanta ciudadanía que quiera conectarse. ¿Pero cómo si no hay partidos? Nos olvidamos que los partidos, en todo lugar del planeta, son formas de relacionarse. Y cuando faltan son reemplazados por argollas, pequeños grupos cerrados, esferas, burbujas tanto capitalinas como provinciales. Y eso ya tiene 25 años de uso. Cuando dejé Francia, François Bourricaud me dijo, «no se olvide Neira que si en el Perú ya no hay oligarquía, el hombre oligárquico no ha desaparecido». Dicho y hecho, eso tenemos. La medicina ha sido peor que la enfermedad. Ciudadanos hay, pero muy pocos. Lo que tenemos es entropía. Domina lo aleatorio. Los noséqué, los nosécuántos.

Publicado en El Montonero., 27 de enero de 2020

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Macera, su segunda muerte

Written By: Hugo Neira - Ene• 20•20

O el exilio en casa, su isla Santa Elena. Pablo Macera según su condiscípulo en la oficina de Porras Barrenechea          

                                                          

Estoy en Santiago, me llega la noticia. Justo cuando acabo uno de mis libros que le concierne y en donde lo menciono. Una excursión sobre nuestros mejores pensadores. Ocurre que para trabajar, prefiero leer en papel que verlos en pantalla. Y así, los libros de Macera, me están mirando.

Voy a glosar con tristeza lo ya escrito. Glosar quiere decir una variante de una explicación, no la explicación misma. Lo digo porque en «comprensión lectora» somos los primeros del mundo, ¿no es cierto? Y la gramática castellana no falta en ninguna escuela peruana. Me entristece su partida. Pero diré que Macera ya se había ido del Perú, a su manera. Lidiaba desde Chosica, su isla Santa Elena. Pero era un Bonaparte sin Waterloo. ¿Qué gran batalla había perdido? A mi parecer, ninguna. Pero había caído en desgracia. Siento contar lo que había pasado, pero evito la  costumbre de la hipocresía en la vida limeña. Cuando volvía a ratos de Europa, preguntaba qué había pasado con Macera. Corrían los años después de que Velasco removiera la estructura de dominación y ponen, aun sin querer, a la izquierda en su cenit post Velasco  —tiempos de Alfonso Barrantes— y se vuelve moda decir, si algo era valioso y crítico, «como dice Macera». Pero luego… ¿se habían peleado? Unos profesores de San Marcos me dijeron «quiso ser Rector». Macera había sido no solo un docente excepcional sino que dirigía un departamento de ciencias histórico-sociales. Les dije que lo raro sería que aspirase a Obispo o Arzobispo, pero ¿Rector de San Marcos?  Nada más normal. Pero como lo maletearon en su amado San Marcos, se fue al lado de Alberto Fujimori. Y eso fue suficiente. Adiós a la cantaleta «como decía Macera». Lo de «fuji», no se lo perdonaron. Y él sabía lo que hacía.

En Lima no mata la muerte sino el silencio. Sectarismo e intolerancia es corriente y normal, y poco les importó el otro Macera, el pensador. Y sin embargo historiza la crítica. Tres libros suyos. Tres bombazos de quien no entra en candideces, por no decir otra palabra fonéticamente parecida. Conversando con Basadre, 1979. Las furias y las penas, 1983. Y uno menos ácido, lujoso, magnífico, vuelto una suerte de Huamán Poma de Ayala, se titula Nueva Crónica del Perú, siglo XX, de textos cortos con ilustraciones del artista, Miguel Vidal (2000). Una delicia. Se ocupa de la mala educación, de los desalojos de los pobres, del maltrato a la mujer, al anciano, o de los símbolos patrios, «a la patria pocos la quieren». ¿Qué vamos a hacer sin la sinceridad de Macera? Cuando habla del transporte, «El Tahuantinsuyo fue un imperio de peatones. Las llamas eran para cargar». Qué osadía. No se le ocurriría a Lumbreras. Los peruanos casi no leen, pero recomendaré libros atrevidos hasta mi último aliento.

En su Santa Elena, lo visitaban. Los inconformes como él. Va a verlo Manuel Burga, le hace algunas preguntas. Y Macera responde con un par de sentencias. «El Perú se ha indianizado en los últimos años». «La República es una estafa. Lo ven así porque la mayoría no goza de los beneficios que se esperaban». En mi libro, cuando esté editado: «Macera no ha dejado de ser una voz de la conciencia libre del Perú». Sí, pues, porque hay la otra, la que mide y calcula, ¿es correcto que diga algo de quien no piensa como nosotros?  

Desde que he vuelto al Perú (2003), no he dejado de decir que era el más grande historiador en vida. No creo en la otra vida, Pablo, no éramos amigos. Enemigos no. No nos frecuentamos desde la casa de Porras. Poco importa, pienso que el Perú ha sido huraño y tacaño con tu persona. Y al que cae el guante, que se lo chante.

Publicado en la revista Caretas n°2624, 16 de enero de 2020

Chile: entre el abismo y la OCDE

Written By: Hugo Neira - Ene• 20•20

¿Qué es el poder? El americano Dahl, sociólogo, decía en 1915 que poder es aquello que ejerce un individuo sobre otro. Tal vez en un tiempo en que los gobiernos gobernaban, los administradores administraban, en cambio actualmente las formas del poder local, regional o nacional, no tienen capacidades ante las acciones colectivas. Creo que es hora que nos hagamos la pregunta si el Estado es la raíz de toda autoridad. Hace un rato que lo vemos no en teoría sino en las calles de Santiago. Foucault decía que hay micropoderes.

Puede que sí. De ahí, el test de la PSU (Prueba de Selección Universitaria) del 2020, lo impidieron en 86 establecimientos o colegios, tuvieron que cerrar por las amenazas de los opositores. Unos 42 mil jóvenes castigados, el 14%. No fue un éxito. Más bien un escándalo, en Valparaíso los manifestantes quemaron las pruebas de los estudiantes. El grupo que se ha organizado para tumbarse esa prueba es el ACES, un puñado de adolescentes. Ahora bien, ocurrió un lunes y el jueves siguiente, fue peor. Docentes al parecer se sumaron a la insurrección —no hay otra manera de llamarla— y filtraron  pruebas, de modo que se suspendió la de Historia. En el momento que escribo estos hechos, nadie sabe qué se va a hacer con los escolares que no lograron ingresar a los locales. Para los días que vienen, si hay tests pendientes, se anuncia que Carabineros (policía chilena) resguardará el perímetro de los locales durante 48 horas. Entre tanto, se discute si los facsímiles de los tests, filtrados a los alumnos, es delito o es falta. Chile no pierde su gusto por lo jurídico, pero entre tanto, la calle es de los micropoderes. Es una revancha ante el fantasma de Pinochet, algunos nietos de sus víctimas. Pero el MIR chileno del pasado es sobrepasado por el estallido. Va más lejos.

Entonces, ¿ya no hay Estado? Sí lo hay. Resulta que el presidente Piñera lanza un mensaje en cadena nacional sobre un aumento de las pensiones para los actuales pensionarios. El aumento es «significativo», me jode ese vocablo (lo hicieron viral los del Banco Mundial, pero significativo también puede ser que Irán se baje un avión comercial). Pero vamos a lo de las pensiones en Chile. Piñera ha anunciado un «nuevo sistema que crea el Fondo de Ahorro Colectivo y Solidario». El Estado aportará algo «cercano a 1000 millones de dólares». «Ningún pensionado quedará por debajo de la línea de la pobreza». En números, la iniciativa del Gobierno propone una cotización adicional del 6%.  La mitad para reparto, la otra mitad para cuentas invididuales. ¿Quién paga? El empleador. Hay que recordar que Piñera se supone que es de derechas. Por lo visto, se atreve a exigir cambios en los estamentos de ricos en nombre de la paz social. No es ese tipo de mandatario que solo piensa en ser amado, y en consecuencia no hace nada. Lo digo por la lista de blandos que fueron a hacer la siesta en Palacio de Lima.

Ahora bien, ¿se acabó el estallido en Chile? Es cierto que el anuncio de Piñera —ya era hora— es una buena noticia para millones de chilenos ancianos y beneficiarios, unos 2 millones. No solo ellos, sociológicamente, la red familiar. En otros tiempos, se ocupaban los padres de dar educación a sus hijos, no solo por deber sino porque llegaría la hora de la vejez y con ellos contaban. Eso es el capitalismo sin grandes ahorros e impuestos del siglo XIX. Hoy, en una sociedad capitalista avanzada, los abuelos tienen su dinero y no necesitan de los hijos. Y estos, pueden disfrutar de sus recursos, sin la carga de los de la tercera edad. Hoy existe una cuarta edad, la vejez sigue siendo cruel, pero algo se gana cuando sesentones hasta nonagenarios viven modestamente pero libres. Pues bien, Chile no llega todavía a ser uno de esos países avanzados. Está en la OCDE, cierto, un club de países ya capitalistas, pero si las clases medias chilenas se resisten a los impuestos, conviene decir que sus asociados de la OCDE pagan impuestos hasta un 46%. Y en Chile, un 20%. ¿Cómo entonces gozar de servicios sociales como educación, salud, pensiones?

El estadillo, no en mi solitario punto de vista. Sino de parte de la intelligentsia chilena. Alguien opina: «¿Qué pudo ocurrir para que el país con el más alto desarrollo humano de la región, y hasta hace poco el más próspero, el lugar donde la banda presidencial pasaba de un torso a otro con cortesía y donde la derecha acababa de ser reelecta, se convirtiera de pronto en algo parecido a un campo de batalla, en un lugar de atmósfera encendida?» Carlos Peña, modestamente, el Rector de la universidad Diego Portales. «Por qué lo que hasta ayer eran símbolos de orden, desde el semáforo a la policía, parecen ahora remedos de sí mismos, fantasías que de pronto se disiparon?» (El Mercurio, 15.01.2020, p. C3)

Le doy la razón a Carlos Peña. «Hay que eludir el simplismo». Cierto, los buenos resultados microeconómicos. Danilo Martuccelli: «la pobreza se redujo a 8%, el PIB se multiplicó casi diez veces en tres décadas, año tras año, Chile mejoraba su ranking mundial a nivel de los indicadores del riesgo-país». Y «están en 15 mil dólares per cápita, cerca a Uruguay (16 mil), un tercio mejor que Brasil o México (entre 9 y 10 mil dólares), y más del doble de Colombia y Perú (entre 6 y 7 mil dólares)». Y entonces ya no es un país de mayoría en la miseria y la pobreza.  ¿Cuáles son las causas?

Las expongo, pero no me convencen del todo. En primer lugar, Chile sigue siendo una economía primario-exportadora. No llegó a una de las olas de la revolución industrial, como algunos países asiáticos. En segundo lugar, en Chile, el famoso 1% de los más ricos representa el 35% del PBI. (En Francia, solo el 9%). Entonces hay sociedades como las europeas que tratan de ser igualitarias y otras que no pueden dejar de ser desigualitarias. Es el caso del Chile próspero de estos días. En tercer lugar, la crisis puede que se reduzca en estos meses. Incluso las reformas —faltan decisiones sobre educación, salud— se pueden hacer sin una nueva Constitución. No sabemos si ganará en abril el ‘no’ o el ‘sí’.

El estallido es algo más. Para Carlos Peña, lo provocan «las contradicciones culturales de la modernización”. Mientras Martuccelli piensa que  «se busca un nuevo tipo de lazo entre el ‘yo’ y la ‘sociedad’. Hay una sensibilidad eco-existencial». Lo que se pregunta hoy un joven  es menos el desarrollo sino qué tipo de vida va a tener. Hay deseos que no se manifiestan. Entre tanto veo macropoderes y micropoderes, «subjetividades» en conflicto. Los inicios del estallido fueron unos cuantos escolares que tomaron el metro sin pagar. Y Sendero en el Perú, estalla cuando en Ayacucho el rector Morote, padre espiritual de Abimael Guzmán, lanza su primera ola de repudio a raíz de una idea tonta del velasquismo, reducir los gastos en la educación popular. Así comienzas las cosas. Con los jóvenes.

Hay una crisis más honda. No quieren esta sociedad industrial. No digo que es lo que quiero. Ni que no quiero. Soy un Colón que de nuevo llega a un archipiélago sin saber que  era un continente. Puede que me equivoque. Pero esto necesita más que sociología. Metamorfosis de la política, ¿sin partidos, ni líderes? La insurrección que viene (idea que traje en página 420 de ¿Qué es Política en el siglo XXI?, 2017), era un manifiesto anónimo cuando de paso por París (2007). «Bajo cualquier ángulo, el presente no tiene salida. La esfera de la representación política se cierra. De izquierda a derecha, es la misma nada que adopta las poses perrunas o los aires de virgen. Incluso en su silencio, la propia población parece infinitivamente más adulta que todos los títeres que se pelean por gobernarla». Si es así, el «váyanse todos» reemplaza a «arriba los pobres del mundo». «De pie los esclavos sin pan». Pero nada de militancias, te haces un selfie para saber quién eres.

Viene una edad caótica en sus fases fundacionales, y acaso filosófico-ecológico. Ya no es el hambre, es preguntarse para qué estamos en esta tierra. La verdad es que como toda mi vida he sido austero, sobrio, sin interés por el poder o el dinero sino el saber, no me molesta lo que venga. Aunque no creo estar entre los bobalicones optimistas. Las nuevas formas del poder pueden compartirse, o bien iremos hacia un mundo deshumanizado y la Inteligencia Artificial al servicio de poderes aun mayores que los peores sueños futuristas, peor que 1984. Una Roma de romanos mundial con tecnología. 

Publicado en El Montonero.,  20 de enero de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/chile-entre-el-abismo-y-la-ocde

Macera: un rebelde, un hombre íntegro y claro

Written By: Hugo Neira - Ene• 13•20

Ciertos libros me obligan a concentrarme y dejar Lima por un cierto tiempo. Pero llegan noticias del Perú, no necesariamente afortunadas. En el lugar en que me encierro, entra Claire, con una cara que daba miedo. «Macera se ha muerto», me dice. 

No me voy a hacer ahora el amiguito del fallecido, como hacen muchos. Lo cierto, no nos frecuentamos. Son cosas que pasan, después de todo, me he pasado gran parte de mi vida fuera del Perú. Sin embargo, lo cierto es más sencillo, con Pablo y también con Carlos Araníbar, nos veíamos cuando trabajábamos en la casa Colina para el maestro Porras. También Mario Vargas Llosa, un tiempo antes de ir a Europa.

Colina 398. Hacíamos fichas para el senador Porras, de libros, de documentos. Nos daba un salario el editor Juan Mejía Baca. Francamente, cuatrocientos soles, me parecía una fortuna, el último empleo que tuve antes de la casa en Colina, eran cien soles por dictar clases en un colegio privado de secundaria, en el centro de Lima, que aceptaba adolescentes flojos que no podían concluir el quinto año de media. Cuento esta historia porque de golpe, entré a donde nunca pensé entrar, al paraíso intelectual de Porras y de sus últimos discípulos. Los porristas —por llamarlos de alguna manera— fueron centenares, pero no formamos ninguna secta. Acaso Porras nos daba una silenciosa lección: ser liberal en el sentido de aceptar al otro, aun si no coincidías. En fin, en la casa Colina vuelta taller, yo era el más joven y el más pobre. Y además, comunista. Los de antes, no de izquierda, eso es una coquetería que vino cuando las clases altas comenzaron a tener hijos atrevidos que tomaban esa corriente para seguir mandando. No soy de esos. Y en el resto de mi vida, no me olvidé ni de Porras, ni de Macera o Araníbar. Cuando pude, en los años que fui Director de la Biblioteca Nacional, el azar hizo que Luis Valera, de izquierda, diagramador en la BNP y muy culto, fuera un vínculo entre Macera y Araníbar gracias a lo cual publicamos diversos ensayos suyos en las revistas de la biblioteca.

Estoy escribiendo esta nota para El Montonero. Es de noche, una espléndida noche de luna llena en Santiago de Chile que es ciudad andina, un poco como Arequipa, de cielos despejados. La muerte de Macera y este artículo, me quitan realmente el sueño. No tengo más remedio que ponerme a escribir. Y librarme de un poema del Siglo de Oro que me trota en la cabeza: «¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son». La culpa la tiene Puccinelli y su texto de literatura para el quinto de media en colegio fiscal. Qué bien ha hecho a la nación, el profesor Vexler, de evitar a varias generaciones de jóvenes peruanos conocer a Jorge Manrique, Góngora, Lope de Vega, Quevedo. ¿Para qué? ¿Acaso no somos los primeros en la prueba PISA?

Volviendo a Pablo Macera, ocurre que estando en Santiago para concluir un libro sobre los pensadores en el Perú, acababa de releer sus libros. O sea, esta no es una nota funeraria. Ahora bien, como entenderá el amable lector, lo que he escrito sobre Pablo Macera ya no es mío, sino de los editores. Tenía la ilusión de hacerle llegar ese libro. Pero el ángel de la muerte no ha querido que sea así.

La producción intelectual de Pablo Macera es un legado enorme. Es hecho conocido, está en Wikipedia, «hacía historia, pero historia económica, historia del arte, historia de la alimentación». Pero seré sincero, no me he ocupado de todos sus escritos. Glosaré lo que ya está en mi próximo libro, todavía no editado. Mi modesta hipótesis es que tanto Macera como Basadre, no solo fueron grandes historiadores sino también ensayistas. A Basadre no lo olvidamos no solo por los tomos de la República sino por Perú, problema y posibilidad. O sus Meditaciones sobre el destino histórico del Perú, que es de 1947. Donde hace esta pregunta: ¿por qué se fundó la República? Excelente cuestión, porque hasta ahora, la res publica, la ley para todos, no se aplica. Entonces, en el caso de  Pablo Macera me atrevo a sugerir que un libro claro y crítico es Las furias y las penas, editado por Mosca Azul, en 1983, uno de sus libros más personales. Y otro que a mí me parece muy interesante, La nueva crónica del Perú del siglo XX. Tiene notas cortas muy suyas, «una pluma incisiva» dice el Diccionario biográfico de Milla Batres, allá en los lejanos años 70. La gracia es que por imitar a Huamán Poma de Ayala, sus notas se acompañan de dibujos ilustrativos de Miguel Vidal. Edición del 2000. Miren lo que dice de algo tan corriente como es la televisión. «Mucha gente tiene televisión, la ventana preferida de la casa. Quiere escapar de la realidad que no ofrece mayores opciones. Un poblador de un pueblo joven decía en 1983 de su televisión, ‘es el único artefacto que se ve limpio y derecho. Fuera de él, todo es oscuro, sucio, feo’.»

¿Qué era Macera? Un intelectual sincero. Pese al deporte de la ambigüedad en el país del «quedamos en que veremos» tan practicado en Perú como los trineos para nieve de los esquimales. Se ha muerto Macera y el mejor homenaje que podemos hacer es intentar ser tan sincero como él lo ha sido. No soy muy optimista, hay una cultura del cálculo y la hipocresía que es dominante. Perú mercantilizado.

A Macera, ser crítico no le impedía una serie de socializaciones. Uno de sus mejores libros, a mi parecer, Conversaciones con Basadre. Y por otra parte, todo lo que hizo por San Marcos. Había dirigido un departamento de ciencias histórico-sociales y un seminario de historia rural andina. Ahora bien, desde la mitad de los 70, y luego en los 80, se hizo famoso. Normal, a tal señor, tal honor. Pero cuando yo volvía a Lima, muchas veces escuchaba esta frase, «como dice Macera». Era sobre todo en la gente de izquierda. Los 90 fueron diferentes. Fujimori. Cuando pregunté qué había pasado entre la izquierda y Macera, me dijeron que había aspirado a ser Rector. La verdad es que no me pareció algo absurdo, al contrario. Pero, según parece (yo no vivía en esa época en el Perú), lo maletearon. Y Pablo tenía carácter. Ya saben, congresista.

A Macera el sincero, lo vamos a echar de menos. Cuando lo visita Manuel Burga y le hace algunas preguntas, le dice dos cosas enormes. La primera, «el Perú se indianizó en los últimos años». Y la segunda, «la República es una estafa para las mayorías». Macera y el arte de decir todo en pocas palabras. Ya estaba en exilio en su propio país. El premio paradójico al talento y la honestidad intelectual.

Como Nietzsche, tenía su «amor fati», o sea, la libertad de ser uno mismo. Si quieren saber cómo era, cuando conversaba, busquen en internet «el adiós de Pablo Macera» escrito por Rodrigo Núñez de Carvallo. No lo conozco, para mí eso no cuenta. Narra con calidad un encuentro con Porras, Macera, cómo se criticaba él mismo: «en 1995 me equivoqué, y en el 2000 mis yerros fueron mayores». Cuenta que apreciaba que Fujimori lo llamase a su despacho para conversar, «me sentía importante. Fui muy ingenuo». ¿Conoce el amable lector algún peruano que diga que se ha equivocado? No creo en los milagros pero ese sería uno. Son las 5 de la madrugada.

Publicado en El Montonero., 13 de enero de 2020

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