Covid-19. ¿Por qué los colectivos sociales desobedecen?

Written By: Hugo Neira - Abr• 13•20

¿Cómo ocuparnos de otros temas cuando vivimos una situación excepcional y planetaria? La pandemia y sus efectos económicos, sociales y mentales. En este instante, ¿hay otro tema decisivo? Lo dudo. Ninguna generación como la nuestra ha vivido algo tan dramático e inesperado. La primera guerra mundial fue europea y norteamericana. Y la segunda, incluye Rusia, en parte Japón y China, no intervenimos ni el mundo africano en su zona norteña, ni la América Latina. En suma no conocimos el horror de la guerra. Hoy, lo que nos ocurre es dantesco, no hay otro adjetivo. En Ecuador la gente no se muere en los hospitales sino en las calles. Y a Nueva York,  la rebasan los improvisados cementerios.

Años atrás, Peter Wagner, sociólogo alemán, produce un libro titulado Libertad y disciplina. Las dos crisis de la modernidad (1996). Profesor de filosofía política en el Instituto Universitario Europeo de Florencia, resulta ser un precursor. Hoy es vasta la literatura de esas crisis: Jacques Rancière, El odio a la democracia, 2005. Rosanvallon, La contrademocracia, 2006. Beck, La sociedad del riesgo. Le Goff, La barbarie edulcorada. Por cierto, pongo en castellano sendos títulos. Lo cierto es que el aprendizaje de las naciones envueltas en un sistema económico mundializado, era ya un problema, y a eso se añade en estos días la pandemia. O sea, los «chalecos amarillos» en Francia, aparecieron mucho antes (octubre 2018). Son una forma nueva de protestar. No dicen nada, no proponen nada, solo hacen saber que están fuera de todo. Una gran parte de las democracias —y hablo de las europeas, las que suponemos más sólidas— viven una crisis de desconfianza. Mucho antes del ingreso a la escena contemporánea del coronavirus.

Ahora bien, ¿por qué se desobedece en regímenes democráticos?

¿Por qué eso ocurre en sociedades tan distintas, como Perú o Francia?

¿Esto es acaso la revelación de que existe un «inconsciente colectivo»? (Jung)

Así, trabajemos aunque someramente, la cuestión de la desobediencia. Que el lector no tema que lo haga hablando de valores y desde la retórica propia a moralistas. No soy ni fiscal ni obispo. La sociología no es una disciplina formativa. Eso es la ciencia jurídica. En ciencias  sociales observamos y tratamos de entender: el Verstehen de Max Weber que separa el político del estudioso. Propongo al amable lector una explicación donde interactúan decisiones del Estado, reacciones de parte de la colectividad y la especificidad de cada nación. Un dilema: ¿desobedecer u obedecer?

En Estados y sociedades muy distintas —Francia y el Perú actual— hemos visto el mismo fenómeno. Cuando estalla la epidemia en China, el presidente Macron «invita» a los franceses a quedarse en sus casas. Pero no lo escuchan, y siguen reuniéndose en cafés, bares y restaurantes. Y entonces Macron, para contener la pandemia, se dirige a su nación: «Estamos en guerra. Ante un enemigo, invisible y evasivo». Y cierra todo, desde las fronteras a las escuelas y comercios y se inicia el 16 de marzo la cuarentena que llaman «el confinamiento». En Perú, el presidente Vizcarra se ve obligado también a decretar el «aislamiento social obligatorio». En las redes, alguien escribe, «esperamos que la población sea consciente y acate la orden». Pero como sabemos, lo que ocurrió fue todo lo contrario. Y hubo la necesidad de volver el consejo en exigencia.

Ocurre que todavía no entendemos por qué algunas naciones progresaron y otras no. Las sociedades modernas partieron desde un axioma fundador. «El Estado tiene el monopolio legítimo de la violencia.» O sea, no puede haber dos ejércitos en una nación. Ni tampoco ejércitos privados.  El Estado moderno emerge con Hobbes y el Leviatán. La paz social se hace con el contrato de reyes y súbditos. El Leviatán es una metáfora, y un sistema político. Para Hobbes, «el hombre es el lobo del hombre». Había que salir de la condición natural que es la violencia y pasar al estado civil de acuerdos y paz social. Ahora bien, los súbditos no ceden todos sus derechos, y el poder se desplaza a los ejércitos modernos y el poder judicial. Y más tarde, con la Ilustración y Rousseau, hubo otro axioma, no menos decisivo: la igualdad. Y un poder republicano, a su vez frenado por las leyes y los derechos del pueblo. Un juego de contrapoderes. No tengo más remedio que lamentar que en la secundaria peruana han desaparecido los cursos humanistas, e insisto en recordar cuáles son los pilares del mundo civilizado. ¿Todo eso es el pasado? No, son principios vigentes. Citaré un autor del siglo XX. La idea de «un derecho positivo que garantiza el poder de coacción». En Raymond Carré de Malberg (1861-1935), Teoría General del Estado, un libro de 1327 páginas. Lo digo porque muchos creen que el libro ya fue. ¿Qué sostiene Malberg? Lo siguiente: «El Estado tiene una potencia que no se deja reemplazar por ningún otro poder». Es la soberanía. Pero el Estado o el ejecutivo tampoco es todo lo soberano. El pueblo tiene una institución, el Parlamento. «Nadie tiene por completo la soberanía». Estas cosas deberían enseñarse en las aulas para escolares. Además, hay confusión en cuanto a ‘coacción’ y ‘coartar’. La coacción es una imposición de fuerza. Manu militari. Y coartar es impedir la ejecución de algo. Y es la responsabilidad de quienes tienen el poder. En suma, el Estado retorna.

La desobediencia en el caso peruano es alta, y finalmente lo ilícito nos es común y corriente. Pero, ¿en sociedades que creíamos disciplinadas? Hay una hipótesis, la de Jung —amigo de Freud y luego su rival— algo que llama «el inconsciente colectivo».

La desobediencia puede ser un gesto caprichoso e irresponsable, pero esa conducta tiene también otras raíces. Al final del siglo XX y los inicios del XXI, las sociedades del capitalismo avanzado han dado cada una gran autonomía a sus ciudadanos. La mentalidad ha cambiado pero con efectos perversos. Cada uno se siente independiente. Acaso el hábito proviene de la economía libre que incita a la competencia. Hoy, el sujeto político y social dominante no son las masas ni los pueblos, sino los individuos. Pero acaso se excede su rol: «los individuos pretenden el privilegio de lo individual» (Rancière).  La idea de la sociedad, la nación, el bien común, por poco desaparece. Y entonces, cuando hay que pensar cómo detener el coronavirus, se nota que las libertades individuales entran en contradicción al intentarse medidas colectivas, como es el caso. Ahora bien, otros pueden decir que la legitimidad del poder político depende del pueblo. Lo razonable sería un debate en regímenes democráticos. Pero el Covid-19 no da tiempo para consultas. Ya sabemos qué paso en Italia, España y los Estados Unidos por su retardo, y la cara que pone el presidente Trump cuando un médico explica lo que hay que hacer.

Otra hipótesis. Las cuarentenas remiten a actos políticos en sociedades que se han ido despolitizando. El liberalismo ha conducido a la deserción cívica. Pierre Manent sostiene que las naciones se desacreditan día a día. En efecto, no se puede planificar con economías transnacionales. En realidad, todos se adaptan a la mundialización aunque el tejido social y nacional se deshace. Y de pronto, ahora, ¿mecanismos tradicionales —parlamento y ejecutivo— nos salvan de la peste? ¿El poder del Leviatán? ¡Dios del cielo! Pensar que la tendencia dominante, antes de la irrupción de la plaga del Covid-19, era dejar que el ciudadano opte en participar o no participar. Y ahora, en las condiciones actuales, en la dinámica de la democracia, ¿lo que tiene valor no es la protesta sino la obediencia? Extraño e insoportable giro. Maldito coronavirus, ya marchábamos hacia un no-Estado, a algo que se destruye a sí mismo, abriendo las puertas a todo tipo de despotismos. Sin embargo, no es una ideología lo que ha frenado los excesos sino la naturaleza. Cinco veces virus de animales han saltado sobre los humanos. Se vienen, pues, cambios enormes en nuestra manera de vivir. Otra era, más científica, más sobria y humanista.  O bien el caos. 

Posdata: Un consejo hasta de un conejo. Es cierto que multitudes en los mercados es un peligro de contagio. La exigüedad del tiempo de compras dado el toque de queda a las 18 horas, provoca esas aglomeraciones. Un par de horas más y habría más fluidez y menos riesgo.

Publicado en El Montonero., 13 de abril de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/covid-19-por-que-los-colectivos-sociales-desobedecen

Carta a un sociólogo que admiro (RSZ)

Written By: Hugo Neira - Abr• 09•20

Respuesta a la carta que me escribió el doctor Hugo Neira

Por: Rodrigo Salazar Zimmermann,

periodista.

No tengo el gusto de conocerlo, doctor Hugo Neira, pero sí lo he leído y escuchado. Para mí usted es un referente para entender el Perú, y por eso mismo fue un honor que me haya escrito una carta en este medio para criticar mi columna «La nueva generación perdida» que publiqué en El Comercio (30/3/2020) sobre cómo el coronavirus haría de los millennials la primera generación perdida en un siglo (https://bit.ly/2RfUxq9). Con todo el respeto que un intelectual como usted merece, por su mayor conocimiento y sabiduría, me tomo la libertad de responder su carta (sería una descortesía no hacerlo) y disculpe de antemano si uso algunos ejemplos personales.

Su carta me dejó la impresión que tiene usted un prejuicio contra los millennials. Aunque soy un gran crítico de mi generación, no a todos los millennials nos resbalan las ciencias sociales y las humanidades, como escribió en su carta. Hasta el día de hoy me arrepiento de haber estudiado periodismo (¿debe siquiera estudiarse?) y no sociología o filosofía. El periodismo lo pude aprender en la calle. Me saqué el clavo en la maestría, pero todavía sueño con algún día poder estudiar alguna de esas disciplinas en una segunda carrera. Hay más interesados en las ciencias sociales de lo que usted imagina.

No escribí que los millennials peruanos fueran la primera generación perdida desde finales del siglo XIX. Me refería a los millennials como generación a nivel global. Las cifras económicas están allí, son públicas. De hecho, escribo: «Cierto es que en el Perú la situación es un poco distinta […] Este grupo es, además, más parecido a la generación X». Si habláramos del Perú, bueno, aquí todas las generaciones han sido perdidas de algún modo u otro.

Cita usted a Manuel Castells en referencia a que la cultura de la red transmite no ideas o argumentos sino emociones. Coincido absolutamente en su crítica a la sociedad de la red, como prefiero llamarla. Castells, sin embargo, está dentro del espectro de los medianamente optimistas en cuanto a los cambios que impone Internet. Yo soy un poco más pesimista, comulgo más con Zygmunt Bauman, Hans Magnus Enzensberger, Neil Postman, Aldous Huxley y Byung-Chul Han. Disculpe la arrogancia de esta verborrea de nombres, pero hay que demostrar que no a todos los millennials les atrae sólo Tinder y el reggaetón.

Y sí, doctor Neira, como usted escribe, hemos pasado a la vida guiada por la emoción. Al mundo líquido de la emoción. Hemos llegado al fin de la reflexión. Ahí están los 280 caracteres de Twitter y los memes. Vemos en redes sociales (en las que no tengo presencia, dicho sea de paso) cómo se contesta sin pensar, casi como reflejo, como unos involucionados. Y eso no se aplica sólo a los millennials, sino a todas las generaciones. Nos hemos individualizado al punto de creer que verdades personales son universales. No creo, como señala usted, que esta desorganización provenga únicamente de las fake news. Mi impresión es que viene del fin del orden social impuesto por la escritura. El orden social que impone la digitalización rompe la verticalidad y la metáfora creadas por la escritura y nos lleva a… todavía no lo sabemos, pero intuyo que no será un buen lugar. Por eso no creo que podamos volver a construir democracias auténticas. A la democracia la atropelló Internet hace ya un buen tiempo.

Cuesta creer en los millennials, lo sé. Es la generación que inventó Facebook y que adoptó el meme en reemplazo del poema. Pero también es importante que las generaciones mayores les den una oportunidad, desprovista de prejuicios, a las menores. Aplica también a nosotros los millennials sobre los jóvenes que nacieron después del 2000, a quienes muchas veces criticamos.

Quiero agradecerle otra vez por criticar mi columna. Ha dado oportunidad para que compartamos argumentos intergeneracionales sobre cómo Internet cambia a las sociedades, aunque con posiciones distintas. Y mire qué irónico que recurramos a él para que una persona de 83 años debata con otra medio siglo menor que él.

Publicado en El Montonero., 7 de abril de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/carta-a-un-sociologo-que-admiro

Carta a un millennial que se dice de «una generación perdida»

Written By: Hugo Neira - Abr• 06•20

No tengo el gusto de conocerlo, Rodrigo Salazar Zimmermann, pero su artículo en El Comercio (31.03.2020) me ha llamado la atención. Y sobre todo el subtítulo, «las consecuencias del coronavirus en los millennials». Pero antes de comentar su texto, conviene sugerir una de las causas de la incertidumbre de nuestros días.

En 1996, un sociólogo catalán —Castells— tiene un éxito planetario con su obra La sociedad red. Celebra en California (había dejado la Alta Escuela en París en donde era profesor) la nueva tecnología de la información. En esos años pensaba en su aplicación en el mundo militar, en el comercio y las finanzas. No pensó, sin embargo, que paralelamente, al democratizarse el uso de las laptops surge la cultura de la red que transmite no ideas o argumentos sino emociones. En una reciente entrevista, Castells considera que «la sociedad pimpante de los Treinta Gloriosos ha volado en pedazos». Se han juntado, a su parecer, «la crisis del capitalismo y los nuevos movimientos sociales». El planeta se desorganiza. Estamos hablando de los fake news, hipócritamente llamados posverdad. Lo real no importa, lo que cuenta es predisponer a alguien o algo. En el banquete de las palabras no es un entremés sino veneno. Época en que hemos ido «del Big Data al Big Brother» (María del Pilar Tello).

Puede que no le interese la otra cultura, esa que llamamos escritura. O también semántica. Pero acude a ella¡! Lo de «generación perdida», que usted se atribuye, puede que sea una idea justa. Pero antes de continuar en qué sí y en qué no, me pregunto si sabe usted de dónde proviene esa fracesita de marras (¿?) No se si ha leído a Hemingway y su «generación perdida». Eran años fantásticos y los escritores norteamericanos prefirieron la Europa de la posguerra. Fitzgerald (The Great Gastsby), John Dos Passos. Y en 1929, año del Crack, El ruido y la furia, de Faulkner.

Comentando su artículo, en primer lugar le digo que tiene razón. A los millennials, dice usted les ha tocado «la crisis financiera del 2008 cuando salíamos al mercado laboral». Está usted muy al tanto de lo que ha pasado en estos años de recesión en los Estados Unidos. «El desempleo de jóvenes entre 16 y 24 años superaba el 25%». Tiene usted una virtud, la sinceridad. Nos dice que «hoy dos terceras partes de los millennials no tienen ahorros». Pero para entenderlos, yo le propongo que mire un tanto al Perú. Porque el que le escribe, también se puede considerar parte de una «generación perdida». Me refiero a los mejores investigadores y pensadores del Perú en el momento más alto de las ciencias sociales, entre 1960 y 1990. Se han ido. No a los Estados Unidos sino al Valle de Josafat. Fernando Fuenzalida (✝2011), Gonzalo Portocarrero (✝2019), Julio Cotler (✝2019), Carlos Franco (✝2011), José Matos Mar (✝2015), Aníbal Quijano (✝2019). La lista es larga si se suman los poetas: Arturo Corcuera, Rodolfo Hinostroza, Toño Cisneros. En el fondo de la psiquis peruana, desde la Independencia hasta estos días, lo mejor que hemos hecho no está en el dominio de la política ni en la economía, sino en la literatura y las artes. Y en mi generación, en las ciencias sociales. Eso que a ustedes les resbala. Pero ahora tienen delante un giro inesperado. Y no tienen las herramientas intelectuales para comprender qué pasa. Y cómo defenderse. Porque las respuestas o soluciones, puede que no estén en Internet. Sino en libros recientes.

Fuimos una «generación perdida», lo admito. Pensábamos y actuábamos para producir una revolución, no solo en nuestro país o en América Latina, sino mundial. Sin embargo el fin del siglo XX fue una sorpresa colosal. Se derrumba la URSS y a los pocos años, los herederos de Mao giran a una China «taller del mundo». Octavio Paz —que no era un millennial sino un humanista— dijo que «el derrumbe del comunismo es el de un régimen opresor». «La clase obrera no era clase universal revolucionaria». Y «la historia no es un lógico resultado de un proceso dotado de una dirección y un sentido».

Es a ese punto al que quería llegar. La historia es siempre un campo de sorpresas. Como es usted un millennial, y aunque las humanidades no les han interesado, me tomo la libertad de recomendarle un libro de Jorge Basadre, que se titula El azar en la historia (1973). La gran crisis, querido amigo, lleva ya medio siglo. No viene del coronavirus, que pese a ser una peste, confirma que estamos todos en el mismo barco. A diferencia de usted, creo que es un gran momento para reflexionar y renovar. En fin, en los inicios del siglo XXI, mientras se hundían las ideologías revolucionarias, se impuso el culto al dinero y un individualismo prepotente y satisfecho. De la sartén al fuego.

Los millennials. En el Perú son jóvenes por lo general con barba, a lo que se añade un lado rapado sobre las orejas. Sus maneras son cosmopolitas, se parecen unos y otros. Han hecho estudios, pero breves, ciencias de la computación, mecánica de motores menores, ingeniería textil y confecciones. ¿Que de dónde saco esos datos? Del INEI. No les reprocho pero es un hecho que se habían preparado ustedes a ingresar al sistema actual pese a sus defectos y miserias. Está claro, no les interesaba otra cosa, un buen empleo y a vivir. Pero ahora están desconcertados. Lo dice usted claramente, «los millennials no planifican, prefieren el placer instantáneo», algo que «fluye». Pues bien, le digo lo siguiente. Esa formación tecnológica es un ditirambo y una máscara. El Perú no es una sociedad industrial. Viven ustedes una contradicción: la misma tecnología que practican, producirá de aquí a unos años, los robots que los reemplazarán. Si se hubiesen preparado para ser científicos —química, física, biología—, sería otro cantar.

«El trágico error de estos años es creer que el progreso es infinito» (Octavio Paz). El mercado libre ha mostrado ser eficaz. Pero provoca desigualdades. Y eso que llaman el populismo. «De 1990 al 2019, ha habido en Europa 49 líderes populistas en 33 democracias». Han aparecido nuevas fuerzas sociales. Piden una mayor participación en la vida pública. Es algo que no pensaron las generaciones del celular y el Internet. Nosotros sí. A diferencia de su generación, nuestro terreno es lo relativo, metamorfosis de pueblos, Estados y mentalidades. Quedamos pocos, por lo general psicólogos —Max Hernández, Moisés Lemlij, Matilde Caplansky— y uno que otro humanista. Nos importa lo real, la verdad, algo raro en una sociedad como la peruana envenenada por los malditos fake news

¿Leen los millennials? Que usted escriba, es casi un milagro. Los jóvenes peruanos salen de la secundaria sin saber escribir un simple paper. En este país se ha olvidado la importancia de la razón. La lectura no es innata, se adquiere. En las aulas o nunca. La habilidad digital es importante, pero no al punto de desaparecer una cultura entera. Hay algo que nos separa. Éramos apasionados por el estudio y el saber. Eso ha desaparecido. El desplome del nivel cultural peruano se nota en la vida política, en la música, en la televisión, por todas partes. Lo digo en calidad de superviviente. No obstante, no exageremos nuestros fracasos. El siglo XX fue el de la libertad. En cambio, no se preparó a los peruanos para construir democracias auténticas. Hoy lo que se necesita es un giro moral e intelectual. Lo técnico es una herramienta, un medio, no una meta. ¡Buena suerte!

Publicado en El Montonero., 6 de abril de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/carta-a-un-millennial-que-se-dice-de-una-generacion-perdida

La geopolítica del siglo XXI

Written By: Hugo Neira - Mar• 30•20

¿El tema de nuestros días? Complejo, no es un tema, es una problemática. Algo que en el campo académico quiere decir atolladero, incertidumbre, eso que los filósofos llaman una aporía. Cuando no hay una solución integral, algo se pierde. La economía saldrá maltratada cuando la pandemia haya concluido. Por eso, preferimos en este artículo, hacernos algunas preguntas. Las que siguen.

 ¿Habría cambiado la relación de fuerzas entre las grandes potencias? Vencido el Covid-19, ¿cuál será la nueva estrella en las ciencias del siglo XXI? ¿Quién es y cuál es el pensamiento de Xi Jinping —personaje del cual se habla muy poco— que ha recibido desde el 2017 un poder tan fuerte, que solo tuvo el presidente Mao? ¿Qué es China y sus 90 millones de miembros del partido desde el 2015? Cuatro cuestiones. El tema da para muchos más, pero ni el espacio que dispongo ni la paciencia del lector lo permiten.

La primera cuestión está líneas arriba, en el intitulado. La nueva geopolítica. En efecto, los que aparecen estuvieron juntos en Toyako, Japón, en julio del 2008, a saber, el Presidente surcoreano Lee Myung-Bak, el Premier Ministro hindú Manmohan Singh, el Primer Ministro japonés Yasuo Fukuda y el presidente de la China Hu Jintao en una reunión del G8. Estos dirigentes representan la mitad de la población del planeta. Y no es que la situación mundial va a cambiar sino que ya ha comenzado, en particular cuando el capitalismo occidental se enferma el 2008. «Nos había acostumbrado, después de la caída del Muro de Berlín, en pensar que las superpotencias eran Estados Unidos, Europa», dice un observador europeo. Hoy, el poder se ha descentrado, hacia el Asia, India, China, Japón, Corea del Sur. No es el futuro, es el presente.

La segunda cuestión (lo digo sumariamente) corresponde a lo que llamamos ciencia. Sin duda se va a seguir examinando el cosmos, pero veo en revistas hechas para científicos lo que será la nueva estrella. No es la economía, ni el dinero ni el poder. La nueva estrella es la biología. Ya lo era, desde los 80, los embriones congelados, la espiral del ADN, lo que Ilya Prigogine llamaba «las estructuras disipativas», la evolución de las poblaciones, los ritmos biológicos ante los cambios climáticos, la fisiología misma de lo humano. ¿Qué he visto en los últimos decenios cada vez que hacía un viaje al exterior? El ascenso de los estudios sobre lo viviente.

Ahora bien, pensemos el tiempo y la humanidad post Covid-19. Ya en este momento, mientras se escribe esta nota, ya hay 70 mil personas contagiadas en el Estados Unidos del señor Trump. Aun cuando se esfume el virus, nadie olvidará este paréntesis apocalíptico. En la revista Nature Neuroscience (diciembre del 2016) se afirma «que lo que no olvidamos nunca son las emociones fuertes, la memoria las guarda por un largo tiempo». Eso lo dice un equipo de investigadores de la universidad de Nueva York. Hoy, estamos viviendo la dificultad de vivir en solitario. Un estudio de los psicólogos de la universidad de Pennsylvania sostiene que un uso moderado de las redes reduce los sentimientos de soledad, pero el exceso, aumenta la depresión. Son datos inmediatos. Lo que se viene es un interés enorme en las ciencias de lo humano. La importancia de la vida.

Va a surgir una nueva cultura. No va a separar la cuestión de la materia y la espiritualidad. Ya existen las ciencias cognitivas. Esas que reúnen biólogos, antropólogos, ingenieros, médicos, psicólogos, filósofos. El hombre y la sociedad humana son tan complejos que no caben en una sola disciplina. Ya hay sociólogos que de paso son filósofos. Se vienen más estudios que nunca. Los saberes son diversos. Me permito decir a los amigos economistas, que esa idea que todo es comercio y ganancia, ya fue. La cultura produce las economías. Y no las economías las culturas. Lean a Max Weber. Primero fue la reforma protestante —o cualquier otro sistema de austeridad— y luego el capitalismo moderno. El centro de la aventura humana no es Wall Street sino los comportamientos. 

La tercera y cuarta cuestión están ligadas. El poder dado a Xi Jinping y la China contemporánea. Pero cuidado, China es el nombre de un espacio geográfico, un destino y una asombrosa continuidad. En 1492, cuando apenas Colón descubría unas islas caribeñas, en ese instante, China estaba bajo el Imperio de los Ming, en un país en expansión demográfica y económica, con 120 millones de habitantes, el lugar más poblado de la tierra. La China clásica nos parece que solo inventa el papel y la pólvora, y olvidamos los concursos para funcionarios de Estado. La gracia está en que estaban abiertos a postulantes salidos del pueblo. «China es una civilización donde burocracia, gobernabilidad y economía se enlazaron» recuerdo haber escrito eso en alguno de mis libros. Ahora bien, los que han estudiado a fondo la revolución industrial —esa que nunca tuvimos— se preguntan qué les pasó. Su larga historia es de dinastías, y entre 1644 y 1911, tuvieron un pésimo dominio de los Qin. Solo entraron a la revolución industrial con Mao en el siglo XX.

Xi Jinping, hijo de un compañero de Mao, es lo que llaman «un principe rojo», más o menos, lo que llamamos hijos de papá. Sin embargo, estuvo en la revolución cultural de joven, lo rechazan 9 veces cuando quiere ingresar al partido, se destaca en todos los cargos que le dan. Presidente de la República China en el 2013, y reelegido en el 2018 tras una modificación constitucional le permite el mandato sin límites. El «sueño chino», en el sentido del «sueño americano», es continuar.  

¿Y eso es todo? Hay un desafío a Occidente. Consiste en otro modelo de democratización. «El argumento chino se sustenta en la idea de que la deliberación y la toma de decisiones en una organización como el PCC (Partido Comunista Chino) son más profundas y meditadas que en la democracia de plaza pública al modo occidental. La democracia electoral occidental reposa sobre los escasos minutos de atención superficial que prestan los electores cada cuatro o cinco años, mientras que la democracia de partido al estilo chino descansa sobre una minoría significativa constituida por los miembros del PCC, completamente implicados e informados, que deliberan profunda y colectivamente por el bien del país». ¿Y cuánto representan a los ciudadanos chinos? La respuesta en la misma fuente: de los 90 millones de miembros, 50%, obreros, empleados, campesinos. 20% jubilados. Y un 30%, son cuadros administrativos estatales o privadas. (Piketty, Capital e ideología, p. 756). Sí, pues, un libro de 1247 páginas. Lo siento por los partidarios de los 180 caracteres de Twitter, o artículos cortos de 600 palabras. Además, es la época de la imagen y se ignora qué es una disertación de ideas y argumentos. Así, no entraremos nunca a la edad del conocimiento que nuestros vecinos ya tienen.

En cuanto al sistema elitario-popular a lo chino, no creo que podamos imitarlo. China es una singularidad. Como lo es Estados Unidos. Pero lo pongo aquí porque tenemos una crisis de representación desde hace 30 años. Si queremos que el pueblo peruano se considere representado, tenemos que inventar otras modalidades de electores y elegidos. Así de enorme. Así de simple.

Publicado en El Montonero., 30 de marzo de 2020

El Covid-19 y los ojos de las abejas

Written By: Hugo Neira - Mar• 23•20

En la guerra con el coronavirus (no es sino eso, la naturaleza contra lo humano) es muy difícil, si es que no imposible, reducirlo a unos cuantos párrafos o ideas. En el artículo anterior, lo había reducido a un triángulo, es decir, el Covid-19 por un lado, y por el otro la capacidad para tomar decisiones del Estado y el comportamiento de la gente. No me arrepiento de esa figura, sin duda sintética. Pero cada vez más veo el futuro mas complicado. Por eso acudo a una metáfora. Hay que ver como ven los ojos de las abejas.

No estoy diciendo que las laboriosas abejas transmiten los coranovirus como los mosquitos el paludismo, o la pesta negra en la Edad Media y otras epidemias, tras los viajes en barco de ratones, ratas, pulgas y piojos. Pero ante la sífilis y la tuberculosis, los médicos comenzaron muy pronto a entender que algo invisible intervenía llevando consigo morbidez y muerte. La lucha contra las plagas en la historia de Occidente es amplísima, me callo. Ahora bien, ¿a qué viene el intitulado?

Las abejas poseen dos ojos compuestos y tres simples. Tienen omatidios, o sea, unidades elementales, las reinas 4290, las obreras 6300 y los zánganos 13 mil. Acaso la metáfora es excesiva. Apelaré a otra, a eso que descubrieron los antiguos griegos y que conocemos y llamamos polígonos. Si la vasta problemática del Covid-19 cabe en un espacio de un polígono, me arriesgo a decir que no será uno simple —uno de 5 lados— sino el de un nonágeno, unos 9 lados. ¿Acaso no incluye medicina, recursos sanitarios, gobiernos, consecuencias demográficas y comportamientos distintos dependiendo de cada cultura y sociedad? Creo que es mejor regresar al ojo de la abeja. Entremos, pues, a la era de las incertidumbres.

Comenzaré por una buena noticia. Como dicen los clásicos, primero la miel y luego la hiel. «Los latinoamericanos se adaptan a la cuarentena: salen a comprar lo básico y sin reuniones sociales.» No lo digo yo, sino que circula en el mundo, al publicarlo El Mercurio de Chile (21 de marzo). Nos enteramos que Bolivia cierra sus fronteras. Que México —¡al fin!— anuncia restricciones. Y que hay unos españoles varados en el Ecuador. No lo he leído en el diario en papel, me lo hace llegar por mail una amiga que me hecho, Amanda Marton. Me pide a veces mi opinión, y como le respondo, me hace el favor de enviarme su larga nota que ocupa una página entera. Menos mal, intenté leer por Internet los diarios chilenos, brasileños y demás, pero Internet es una buena mierda. Cuando logras llegar al periódico o revista e intentas leer, te bombardean con publicidad, propuestas de viajes y hoteles a Cancún o donde sea. Imposible de leer. Hay que suscribirse, pero me temo que ni por esas. En 1445, antes que Colón se equivocara creyendo que se iba al Japón de frente, un alemán apellidado Gutenberg inventa la imprenta. Y se inicia la era de la razón. El entendimiento vive en el lenguaje escrito. Hablar lo hace cualquiera. En cambio, leer o escribir obliga a pensar. A producir un texto argumentado. Dios del cielo, un libro, ¡qué fastidio!

Hemos dicho versiones contradictorias. En la televisión he escuchado anoche al presidente Vizcarra. No era un mensaje a la nación como en otras ocasiones. Diría que de buen talante, conversaba. Y me entero que son algo como 8000 transeúntes metidos en cana por desobedientes. Así, eso que los latinoamericanos se portan correctamente, no es del todo cierto. Vizcarra cuenta como hay gente que para pasearse y dejar la casa, compran, pero por partes. Un viajecito para el arroz y los frejoles. Otro para el aceite. O sea, como el mismo presidente lo dice, para «sacarle la vuelta» a la norma establecida.

Hablemos en criollo. ¿Qué pito toca el jefe de Estado si el roche y el gratén viene de no obedecer? Me dirán que exagero, que es quitarse caleta nomás. ¿Qué pasa, o estamos rayados? No lo creo. Es otro asunto, no nos educan con cursos de lógica que desaparecieron. Ni hemos pasado por ser una sociedad industrializante, lo que obliga a un cierto sistema de pensamiento dado a lo real. ¿El peruano corriente estaría más cerca del homo ludens que cualquier otra cosa? La tragedia no la entendemos. Al punto que hasta en los velorios contamos chistecitos. Sin embargo tenemos situaciones psicopáticas, Lava Jato, Odebrecht, corrupción, guerra de Sendero. Pero, claro está, Dios es peruano. Aquí nunca pasa nada. O sea, pasa todo, pero no queremos ni verlo.

No me sorprendí, pues, cuando el presidente Vizcarra dijo que no le cambiaran las reglas de su decreto, y resulta que les dice que «no sean creativos». Juro sobre la cabeza de mi madrecita que eso mismo le digo a veces a algún alumno que prepara una tesis, «sigue las reglas, primero la introducción del tema, luego en primer lugar, en segundo lugar, desarrollando idea tras idea, y al final, conclusión». Por lo general, eso les aburre. El orden de las ideas. Una vez, un amigo me cuenta que uno de sus pacientes hacía lo posible por evitar lo real. El psicoanalista le preguntó si creía que dos por dos es cuatro, y la respuesta fue: «claro que sí, pero me jode».  

Tengo una sobrina en Alemania, Sylvia, hija de mi hermano Tito, muerto hace decenios en un accidente aéreo. Nos cuenta: «las ciudades están casi desiertas, el escenario evoca una novela de Saramago, se busca con ello hacer lento el avance del mal.» «Por suerte la gente es consciente del peligro, no es loca». Mi sobrina ve «menos locura consumista, desperdicios y contaminación, el medio ambiente y la naturaleza agradecerá la pausa». Nos cuenta, «confinamiento forzoso, movilización con salvoconducto, padres más tiempo con sus hijos.» Y esto que por aquí no se entiende: «el virus llega a muchos, según la concentración».

Polígono de muchos ángulos. Pero nada será lo mismo cuando pase este excepcional momento. Algo parecido anticipa Jaime de Althaus, una cierta nostalgia, dice que echará de menos los apretones de mano de los días antes del coronavirus. Otro periodista sostiene que «se puede cambiar la ciudad». ¿Solo eso?  

Todo va a cambiar. Las industrias por todas partes se interesarán por los laboratorios farmacéuticos porque al coronavirus, aun con vacuna, le seguirán otros virus y amenazas. Cambiarán las casas, los edificios, las formas de trabajar. Los que estudian el «virus de la desglobalización», como lo hace Sorman, piensan que se avecina una reindustrialización de cercanía. En otras palabras, se acaba el negocio de producir con mano de obra barata de los chinos para venderlo al otro extremo del mundo. No volverá el nacionalismo económico, pero el actual sistema de mundialización que solo piensa en ganancias, se está hundiendo. La naturaleza —no Marx— ha frenado la sociedad del exceso consumista y las intoxicaciones financieras del 2008. Los objetivos de los seres humanos no serán los actuales, la vida primero. Acaso regrese algo de espiritualidad y de vivir más naturalmente. ¿Y todo eso gracias al coronavirus? No señor, gracias a la ciencia. Se detendrá la aceleración de este sistema mundial que ataca la naturaleza, olvidando que Adán no era el dueño del Edén sino su jardinero. Viene otra era. O bien, desaparecemos como lo hicieron los neandertales, especie extinta al no poder adaptarse a los cambios climáticos. Pero aquí, esas cosas no importan. Rospigliosi considera que para Vizcarra «el coronavirus es herramienta política». Dice que es un «aprovechamiento». No, pues, Fernando, a mí me parece que el mal estaría en que no hiciera nada. Eso está pasando en México, en Brasil con ese Bolsonaro que es una calamidad como Trump. Por una vez discrepo completamente.

Publicado en El Montonero., 23 de marzo de 2020

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