Para quienes me leen

Written By: Hugo Neira - Mar• 20•20

Para quienes me leen, y en particular, para los que no me entienden:

De lo que hago, viene de los clásicos, además de Porras y los maestros que tuve en Francia. Confieso que mi escritura y lo que pienso de este oficio, proviene de Montaigne, padre del ensayo y del pensamiento moderno. El capítulo XXXVII lo dedica a «la soledad» puesto que «lo peor es lo que más abunda». No escribo —dice Montaigne— para «imitar a los viciosos». A «los compañeros de viaje disolutos», que lo hacían por ambiciosos. Calculando ser premiados. De ahí la soledad. Montaigne, en efecto, practica la difícil gimnasia intelectual de desvincularse. La ventaja de no estar conectado. Así, pues, no soy de ningún partido, «mi compromiso es conmigo mismo» (Montaigne). Y cuando estudio y explico las ideologías lo hago con el mismo tacto que usan los biólogos con los virus en sus laboratorios. Me puedo equivocar, pero escribo bajo las reglas de Montaigne, in solis sis tibi turba locis. «Sé en la soledad tu propio mundo». Y para terminar, debo contar algo personal. No pensé en decirlo, pero cómo me tratan, me obligan. La anécdota: estando en el extranjero, en esos momentos en que me encierro para terminar un libro, recibo la llamada de un Presidente del Perú. Me propuso un cargo ministerial. Mi respuesta fue que estaba trabajando y no volvería de inmediato. Le agradecí, y ahí quedó la cosa. Eso soy yo. Pueden decir lo que sea, pero acaso les duela mi autonomía. Soy peruano y jubilado europeo, vivo modestamente. Escribo y doy clases. Y al diablo con las vanidades criollas.  

20 de marzo de 2020

Coronavirus. El gran giro que nadie esperaba

Written By: Hugo Neira - Mar• 20•20

Algo inmenso e inesperado está pasando. Un momento decisivo en nuestra historia contemporánea. Ante el reto para la vida humana que son los coronavirus, ocurre que una forma de tutela ha emergido. No proviene de una novedad jurídica ni de alguna religión novedosa o inesperada ideología, sino, asombrosamente, desde una solución política e inmediata. Vayamos al grano, lo que frena el avance temible de la pandemia son las decisiones presidenciales en diversos países, aquellas que dan tiempo a los innumerables laboratorios que buscan una vacuna y tratamientos. Y ese algo, viene del sentido común. Que haya Gobierno. Por lo visto, como se dice, el menos común de los sentidos. A lo que voy, aparte del drama sanitario y las evidentes consecuencias económicas, lo cierto es que han retornado los Estados. Y con ellos los políticos. Y una noción que parecía ya un concepto vacío, la autoridad.  

Porque hablo de un giro. En efecto, una vuelta, una rotación. Apenas unas semanas atrás en el mundo entero, la crisis del siglo no era solo el traspiés del 2008 y la fragilidad de la economía mundial sino la aparición de movimientos políticos que reemplazaban a los sistemas de partidos. ¿O es que nos hemos olvidado de los gilets jaunes, los «chalecos amarillos», y sus marchas silenciosas que obligaron a Macron a cancelar sus planes de gobierno? Algo parecido a lo ocurrido en Santiago de Chile, marchas por avenidas pero sin líder visible ni siquiera discursos para exponer demandas. Francamente, estábamos —nos gustara o no— ante el rechazo a toda forma de autoridad conocida. Seamos sinceros, unas semanas atrás, la atmósfera general —no solo en el Perú— era la antipolítica. Pero hoy, resulta que el Estado no solo manda sino protege, tanto bonos a 3 millones de familias como se prohíbe circular en todo el Perú entre 8 pm y 5 am. Papá Gobierno ha vuelto. A Max Hernández, le preguntaré si hay algo del complejo de Edipo de eso de desear al padre Estado en el Perú y a la vez detestarlo (¿?)

En fin, una de mis colegas que fue a  comprar a un supermecado, escuchó lo que se decían un par de señoras: «Vizcarra estadista». La verdad es que no les creo mucho a las agencias de encuestas pero sí al rumor de la calle. Ese concepto no podría brillar sin nuestro pánico ante el ejército invisible del Covid-19. En un artículo del lunes antepasado, aplaudía la decisión del presidente de cerrar las escuelas. Antes que se decidiera la cuarentena de los peruanos. Luego, en Santiago de Chile, Piñera ­—otro hombre de Estado que se estaba demorando en tomar medidas incómodas pero inevitables— por fin se animó, y decretó un «estado de catástrofe», así lo llama, de 90 días. No necesitó, para ello, volverse un Pinochet. Esto también es parte del giro de estos tiempos.

Hasta hace muy poco, en la cabeza de la gente estaba claro que las democracias son ineptas en épocas de crisis, y en consecuencia, habría que acudir a formas totalitarias. Era el paradigma chino. Un partido, una sola voz y «los chinos en su casa». Pero ese mito acaba de caerse.  El socorrido «necesitamos  mano dura», también se va al tacho. La «guerra contra el coronavirus» —así la llama el presidente Macron, guerra— puede hacerse desde la autoridad del Gobierno. Pueden detener, pues, la «danza macabra». Pienso en lo que pasó a fines de la Edad Media, y que produjo música, arte y alegorías en donde la muerte baila con los humanos. Por si acaso, la gran peste de 1348, asesinó un tercio de la población total de Europa. Por cierto, no había ciencia de la bacteriología. Louis Pasteur nace en 1822. Sin embargo, la «danza macabra» medieval modifica por completo las ideas e incluso el poder. Luego viene el Renacimiento.

A lo que voy. Hay por lo menos tres maneras de abordar este tiempo de coronavirus y sociedades actuales. En primer lugar, el efecto político. Lo acabo de explicar, salva a la democracia y a lo que añado otro retorno, la idea de autoridad. En pocas palabras, puede ser el derecho de alguien que manda, pero también el del que convence, no todo gira sobre comandamiento y obediencia. Parsons lo define como «el derecho institucional para controlar los miembros de una sociedad para la realización de fines colectivos». Es el caso. Hay otros que razonan desde las consecuencias de la pandemia sobre la actividad de las empresas. En The Economist de Londres, la cosa es clara. El coronavirus «desorganiza la economía mundial». Es impresionante cómo las pérdidas en China repercuten en Japón, Estados Unidos, Canadá, India, etc. No lo haré en este artículo. En el próximo lunes.

La tercera, es que se estaria produciendo un «proceso de desglobalización». Andrés Ortega, en El espectador global, dice que el virus no es el primero, se inicia en setiembre del 2008, cuando se «contaminaron» finanzas y economías. Gran tema, unos aplauden (los que creen que el mercado se autorganiza y no hay necesidad de Estado, corriente con la que no estoy de acuerdo) y otros señalan lo contrario. Para algunos, hace rato que las cadenas de suministros, por ser cada vez más complejas, se detienen o se frenan. Con el Covid-19, la pandemia ha reducido los viajes aéreos, los traslados de contenedores. Y además, como si no fuera poco, el desacoplamiento tecnológico entre Estados Unidos y China.

Ahora bien, dentro de esa corriente, en mis indagaciones hallo un texto de alguien a quien he leído años atrás, Guy Sorman, en el ABC de España titulado ‘El virus de la desglobalización’. Pero su mérito, a mi parecer, no son solo las consecuencias económicas sino algo que me importa enormemente. Los cambios en el comportamiento. En artículo anterior, hablé también de las costumbres. Para Sorman, es probable que en Occidente se pregunten si es necesario viajar, para los ejecutivos financieros, si se pueden conectar por videoconferencias. Es probable que la desglobalización conduzca a la gente a conocer sus países antes de visitar Vietnam o Etiopía. Habrá, dice Sorman, perdedores y ganadores. En fin, hay cambios, pero no porque los ciudadanos hayan tomado el toro por las astas. Sino los gobernantes¡!

La lección que nos va a dejar el Covid-19 es que el ser humano, desde la lejana horda y las primeras tribus, tuvo jefes. Luego, ciudades, civilizaciones, emperadores, reyes, y desde el XIX, reyes y presidentes con constituciones. Es inevitable la necesidad del poder. Aunque ese axioma se acompaña con otro. Todo poder necesita un límite. De lo contrario es una tiranía. Eso, muchos de mis compatriotas, por desgracia, no terminan de entenderlo. Ni mandarse ni encogerse de hombros.

Necesitamos de reglas y leyes para vivir colectiva o individualmente. Me permito citar a la gran Hannah Arendt: «el fondo oscuro constituido por nuestra naturaleza, las grandes diferencias nos revelan las limitaciones de la actividad humana» (La pluralidad del mundo). ¿Por qué los antiguos griegos no dejaban de ser hoplitas (soldado cargado de armas)? Porque si eran derrotados por medos u otros, pasaban a ser esclavos. ¿Por qué se obedece a los Jefes de Estado? Porque lo que se está haciendo es «el mayor bien para el mayor número». Si no me equivoco, es una idea de Bentham  en su cálculo de la felicidad, en 1789. Se creía que todo era cuestión de mercado. Lo del Covid-19, cuando pase, puede haber otra manera de apreciar lo poco que tenemos. Borges decía, sabio y ciego y anciano, la felicidad, «el sabor del agua».

Publicado en El Montonero., 20 de marzo de 2020

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Coronavirus, Estados y costumbres malas y buenas

Written By: Hugo Neira - Mar• 16•20

Nuestro ensayo de Apocalipsis no cuenta con cuatro caballos sino un trío. Uno que implica una catástrofe biológica, un sistema para poner orden llamado Estado y eso que llamamos costumbres. Alguien ha dicho que la complejidad comienza con el número tres. Y es eso lo que enfrentamos. El «nos» que estas líneas invoca, no es solo local, peruano o latinoamericano, sino, planetario. Sabemos que como Estado, en Italia se durmieron y luego han tenido que poner en cuarentena nada menos que 15 millones de italianos. En Alemania, en cambio, según el diario Die Zeit, se impuso hace rato en Baviera: los jóvenes que estuvieron en China, Irán o Corea del Sur, al retorno, se quedaron en sus casas. Lo que viaja rápidamente es el coronavirus. Y entonces, la pregunta que se hacen pueblos y naciones, desde el Congo africano a 50 países del Asia a Europa, los Estados Unidos y América Latina, es  «si estamos en condiciones de enfrentar esta pandemia».

Parecería que el asunto gira sobre tests de diagnóstico rápido, capacidad de los hospitales, número de médicos y enfermeras, o penuria de medicamentos u objetos necesarios como las mascarillas, que por cierto en China lo llevan sus habitantes, estén o no estén contagiados. Sin duda alguna, por todas partes, el rol del Estado queda al desnudo. En el Perú, hay que reconocer el acierto del actual gobierno al decidir suspender las clases hasta el 30 de marzo. En cambio, en nuestro vecino Chile, una vez más, el presidente Piñera no toma las decisiones necesarias. No han cerrado las escuelas. Entonces quedan expuestos no solo los niños, sino los padres de familia.

Combatir esa pandemia no es solo un asunto de gobernabilidad. Otro sujeto social aparece nítidamente. Los que obedecen a las restricciones necesarias. Y los que no quieren obedecer. El tema de detener el coronavirus se vuelve entonces muy complejo, extremadamente. Intervienen los hábitos locales. O las pasiones identitarias. Me refiero a que turistas extranjeros enfrentaron a la policía española en Benidorm porque cerraban los bares. Era una decisión de la Autonomía de Valencia. Igual, se amotinaron. Pero hay casos más monumentales. En plena epidemia, el día de la mujer, el domingo pasado del 8 de marzo, por todas las capitales europeas, hubo desfiles masivos. Sobre todo en Madrid. ¡Exactamente lo que no había que hacer! No por desaire a las feministas sino por sentido común. Y no faltó quien dijera «vamos a pagar muy caro este descuido». Bueno, las cifras lo dirán. Exponenciales.

¿Qué pasa con la muy sonada cultura racionalista de los europeos? Escuchando al presidente Macron rogó a la nación francesa y al mundo, que siga sus consejos de disminuir la vida social, quedándose en casa. Igual siguieron con sus patrones de comportamientos, cafés, restaurantes, discotecas, lo cuenta con una sinceridad espeluznante. De ahí el decreto de cerrar lugares públicos. Ya se había jugado partidos de fútbol con tribunas vacías. Esas limitaciones son incómodas pero racionales. En países árabes, el magnífico tren veloz que va de la ciudad de Medina a la Meca, está suspendido. En el Vaticano, por vez primera se han cerrado los santuarios y las hermosas iglesias. En París, el Louvre, para pena de turistas y de muchos, queda desierto. Por lo visto, en este tiempo de coronavirus, la sociabilidad mata.

Para continuar, debo hacer de inmediato una transformación semántica de eso que llamamos costumbres, hábitos, a un concepto más amplio y preciso. Estamos hablando de «culturas». Y como el cronista que escribe este artículo es también un universitario (repito, yo no digo, académico. Ricardo Palma decía que académicos son los «micos de acá») para no perder el tiempo, acudimos a la definición de qué es cultura. En el XVIII y en el XIX, en Francia el concepto de civilización, con Diderot, les bastaba. Pensaban en los letrados y en el progreso, gran mito de la Ilustración. Y en los alemanes, cultura era un tanto el «genio particular de un pueblo». Eso era Herder, y los poetas alemanes, Schiegel y Novalis. La primera definición científica tiene fecha, 1871. Y tiene nombre, el antropólogo británico E. B. Tylor, que define la cultura «como el conjunto de actitudes adquiridas por el ser humano en sociedad». Lo cual incluye, «todos los componentes técnicos, simbólicos y sociales que se ha desarrollado en las sociedades humanas». Lo que ha seguido son los franceses Durkheim, Mauss, padres fundadores tanto de la antropología y la sociología. Y con ese concepto Malinowski se va a estudiar los nativos australianos y Lévi-Strauss a los borobos de la selva amazónica brasileña. Las ciencias de lo humano observan miles de culturas, «el sistema de enlaces y familias, el poder, religiones, juegos, arte, discursos, y los mitos y formas de la economía». ¿Estudios sobre primitivos? Hace rato que el concepto de cultura ha emigrado al mundo urbano, hubo cultura hippie, cultura generacional, normas nuevas de vivir y consumir. Y como en todo, más allá de lo material, hay patologías.

Es probable que la racionalidad occidental esté puesta en cuestión. Esta pandemia también es un test de países y de sorpresas, en nada placenteras. ¡¿Países democráticos que no obedecen a sus Estados?! En cambio la China actual, justamente, está saliendo de ese pandemonio de la crisis del coronavirus. ¿Porque hay un sistema de gobierno comunista? Algo tiene que ver. Pero conocí a China hace un tiempo. En los días de Mao. Invitados en un viaje que hicimos con Raúl Vargas y Hernando Aguirre Gamio. El impacto de esa sociedad —tan distinta del mundo occidental— me duró por decenios. En París, sin especializarme, a la par de estudiar otros temas, no dejé de frecuentar los institutos de estudios asiáticos. De todo aquello, simplemente una idea: para los chinos antiguos y contemporáneos, cuenta la sociedad antes que el individuo. No el sujeto sino el conjunto. Y no porque gobierne China un Partido Comunista es que obedecen. Igual lo harían si tuviesen un Emperador. Sus valores son otros. Y de ahí, su envidiable disciplina.

Ahora bien, ¿cuestión de gobiernos y medicinas? Insuficiente. Todo se juega en la cultura o hábitos de la población. Y cabe la interrogación: ¿sobrevivirán las sociedades occidentales y latinoamericanas, en donde el egoísmo personal parece ser mayoritario? ¿O bien se impondrá la conciencia social de formar parte de una colectividad? Quedarse en casa y dejar de hacer vida social por unas semanas, es el feroz test de estos días¡! Por favor.  

El desamor a la norma es una endemia que acompaña a las víctimas del coronavirus. He visto en la tele una señora francesa dueña de un restaurante, dando abrazos y besos a sus clientes, exactamente lo contrario que les ha pedido Macron. Qué rabia le tienen. En fin, ¿triunfará el narcisismo, el gusto de a mí no me manda nadie? O sea, algo parecido cuando la potente Roma, se fue al tacho de la historia (¿?) Por lo demás, Nietzsche dijo que volvería Dionisio, el dios de los griegos del desorden y el caos. Alguien ha hablado de las «culturas fracasadas». No es idea mía sino de José Antonio Marina. ¿No lo conoce? Se pierde lo mejor del pensamiento español. Se ocupa del «talento y la estupidez de las sociedades». Tal cual. Anagrama. 2010.

PD: Escrito antes del mensaje presidencial de las 20:00 del día 15 de marzo. Completamente de acuerdo. El Estado existe para establecer el orden en beneficio del bien común.

Publicado en El Montonero., 16 de marzo de 2020

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Coronavirus 2019-nCoV y los tapujos para enfrentarlo

Written By: Hugo Neira - Mar• 09•20

Es evidente que este tema es el que más ocupa al planeta entero, y por cierto, a nosotros peruanos. Ya ha llegado. Este artículo comienza por lo que dicen los científicos y las medidas inmediatas que se toman no solo en China. En segundo lugar, nos detendremos en las medidas que se están proponiendo en el Perú, lavados de manos, toser con el brazo al frente, y otras paparruchadas. El tercero es cómo afecta a la economía mundial. Desde ahora, hacemos saber lo que dice un diario chino, Huaqiu Wang, de Pekín: que habiendo paralizado por completo la provincia en donde se inicia la plaga, «ya desestabiliza la China». Y en general, la economía.

El problema es mundial y en consecuencia, acudimos a la prensa mundial. Ocurre que en el  2002, hubo un virus responsable del SRAS, apareció en China. Dejaron de fabricar, salvo productos baratos, ropa, zapatillas, vendidas al mundo entero. Unos 17 años más tarde, otro coronavirus mortal, ataca a China, hoy una de las ruedas más importantes de la economía mundial. Las multinacionales más importantes dependen de las fábricas chinas y sus trabajadores. Por el momento, segun The New York Times, la General Motors y también Toyota, (y Ford, Renault) sufren del retardo de esa producción. Las autoridades de China, en las zonas críticas, retienen a sus obreros en sus casas, hasta que se controle la peste del 2019-nCoV. Su nombre técnico. Desde ya, el crecimiento del PBI en China que estaba calculado en 6,1% (por encima de los Estados Unidos de Trump), ahora va hacia abajo, 5,6%. Es obvio que la América de Trump se frota las manos.

Esta vez, ante las repercusiones del virus 2019-nCoV, el 29 de enero pasado, por la mañana, desembarcaron 6000 médicos para reforzar Hubei, la provincia afectada, donde está Wuhan y sus laboratorios. Exámenes médicos pueden ser tomados a todos los habitantes en toda la provincia en cuarentenas impuestas. Ya sabemos que el tiempo en que el virus delata sus efectos, es corto, unos 14 días. Aunque hay casos en que parece que retorna. En realidad, la humanidad está aprendiendo qué es ese virus. Y para completar el negro panorama, resulta que muta incesantemente.

Entre tanto, ¿qué pasa en los países vecinos? En Argentina, sensatamente, a los viajeros que llegan del extranjero se les pide que permanezcan 14 días en sus casas. Estuvieron algunos en Italia, cuyo cuadro de contagiados es grande. La dicha cuarentena no es muy larga, repito, a lo más 15 días. Si algún viajero está contaminado, se puede curarlo y además, evitar la contaminación con parientes y conocidos. Estar enfermo no es una sentencia fatal. Estos virus tienen una mortalidad variable. El Ebola, cuando aparece en África, tiene una tasa de mortalidad de 43,9%. Y el 2019-nCoV es de 2,1%. Aunque esto cambia según la edad. En suma, hay diagnóstico, atención, y modos de frenarlo. Lo que no hay, todavía, es una vacuna. Entre tanto…

En cuanto al Perú, me sorprende que el ministro de Educación avance que no habrá ninguna suspensión de clases. Mientras que en China, las clases se están haciendo desde computadoras, lo que se llama no presenciales. Y en Francia, no van a mantener el festival de Cannes, así evitan la imprudencia. Alguien puede estar contaminado pero no lo sabe. Luego vendrá la tos, la fiebre, y ya es tarde. Acaso no para el enfermo sino para aquel que por azar ha sido contagiado¡!

Además de lavarnos las manos (¡donde haya agua!), ¿adiós por un rato a esos apasionados apretones de mano? ¿Nada de besuqueos a las damas? ¿Es eso suficiente? Me sorprende que no se hable de las famosas mascarillas. En la TV peruana, se ve a chinos como cancha caminando con sus mascarillas. ¿Y no es cierto acaso, que en otros países, la gente las ha comprado? ¿Por qué el Perú no las importa o las fabrica? Corre una tendencia muy peruana, el tapujo de llevar eso en la boca. En un artículo de Federico Salazar, a quien conocí mejor en un viaje invitados a España y que me parece una persona seria y razonable. Pero me sorprende, Federico, que digas que «ese uso es absurdo». ¡Pero no es solo para enfermos o enfermeras! Es para que los que están sanos puedan seguir estando sanos!

No soy el último que se alarma. He leído en las redes a un español Dani Sánchez-Crespo, a quien no conozco personalmente, decir algo temiblemente real. Está preocupado. «Podemos trabajar en serio, o esto puede salir mal». Nos dice que trabaja mucho con China. Y ha visto el enorme esfuerzo para detener el coronavirus. Pero señala que la Organizacion Mundial de la Salud, «avisa que hay países que no están tomando este tema en serio». Y señala a Italia y España. ¿Sería eso nuestro caso?

Y si eso pasa en países europeos, me dirán qué puede pasar en estas semanas en este país, que queremos tanto, pero sin cerrar los ojos. El Perú y las costumbres peruanas tienen varias virtudes, pero también enormes defectos de comportamiento. Es el país en que los coches no respetan la luz roja, los peatones no suben a los puentes colocados sobre las carreteras para que no crucen la pista. Donde unos pocos pagan impuestos. Donde no nos gustan ni normas ni reglas. Esa plaga, me temo, no es solo eso, sino una prueba, una suerte de plomada, para saber cuánto una colectividad de millones de almas obedece a la razón o al capricho personal.

En el caso del Perú, no se admite medidas fuertes por tres razones. La primera es el culto a la virilidad. Al macho, el hacerse el hombretón como dicen los mexicanos. Ya veo los machazos que se dan la mano, tosen con el brazo, etc. La segunda razón, nuestro sistema laboral puede guardar en casa su personal de empleados y obreros, aquellos que trabajan en el lado formal de la economía. Pero, eso no puede ocurrir con el 75% que son informales. La informalidad ha sido un bien para el país y las clases populares puesto que tienen chamba. Mis respetos. Pero esta vez, ante un accidente natural, se prueba su precariedad. Una oficina, una usina puede cerrarse y pagar salario. Un mercadillo no.

Hay una tercera causa, la no decisión. En otra república, las decisiones que afectan la vida corriente podrían ser comprendidas. Pero aquí, solamente la población con oficios y actividades formales, no los informales. La gran mayoría lo tomaría como una ingerencia, una intromisión. Claro está, para evitar el matadero que se nos viene encima y del cual nadie tiene la culpa, me temo que nadie con poder va a tener la entereza, la presencia de ánimo, para establecer las reglas de la emergencia actual. Si eso no se hace, entonces, vivimos el crepúsculo del deber. Se gobierna mirando las encuestas. Además, el no gobierno nos haría un mal enorme. Lo malsano, lo latente, es que la gente peruana como en otros lugares, está comenzando a decirse, «los sistemas democráticos no son los mejores para responder la crisis». En las redes, a Dani Sánchez-Crespo: «En China, el partido comunista dice ‘todos a casa’, y la gente obedece». En Perú, hoy, no se gobierna. Se domina. No es lo mismo. Espero equivocarme. Es una crisis y se necesita aplomo. Es difícil decir a la gente que hay actos y gestos que no son los adecuados, por ahora. Pero Palacio debe hacerlo.

Publicado en El Montonero., 9 de marzo de 2020

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La cartelera como reproche y vituperio

Written By: Hugo Neira - Mar• 02•20

Un par de películas, ambas extranjeras, nos cantan las cuarenta, como dicen en las Españas. (Hay vascos, catalanes, castellanos y gallegos.) Dos grandes películas, con un contenido moral, de alguna manera, un jalón de orejas que en otros tiempos hubiese sido sermoneo de curas en el púlpito. Hoy, de casualidad, es el cinema. Supongo que eso no nos pasa solamente a nosotros. Ese regaño amonesta a diversas sociedades con las mismas mañas nuestras que las películas revelan, Parásitos. Y la otra, todavía peor, Buscando justicia (Just Mercy).

Este último, sobre la justicia. En Alabama. No es solo el abuso con los afrodescendientes en los Estados Unidos, sino cómo la pena de muerte es la peor de la justicia. No porque algún criminal no lo merezca, sino por algo peor: ningún sistema judicial es perfecto. Y es conocido que en países que ejercieron esa pena, entre los más civilizados, no faltó de vez en cuando un error. Mientras se usaba la silla eléctrica, no faltaba un preso que reconocía un crimen suyo, tardíamente. O sea, las autoridades habían castigado a inocentes. (Bryan Stevenson salvó a más de 125 condenados del corredor de la muerte en USA). Ahora bien, si a una persona se le ha impuesto injustamente 30 años de cárcel o la perpetua, se le puede reconocer su inocencia, aun tardíamente. Ha ocurrido. Pero pese a los avances de la medicina, todavía no se resucita un muerto. Por eso en Europa entera, ya no hay pena de muerte. Sin embargo, en nuestro querido país, un posible candidato a la presidencia promete la silla eléctrica o la guillotina, y dice que comenzaría con su hermano. O sea, si eso le hago a mi hermano, ¡mira tú lo que te voy a hacer a ti! Qué horizonte político y ético tan espléndido. Ni en el Afganistán de los talibanes. Ni en el más retrógrado país de la pobre África. No lo entiendo, ciudadano Antauro. Está preso hoy, pero mañana será un ciudadano. ¿Y promete un futuro peor que el presente?

Así están las cosas. Por lo demás, propongo el cangrejo como símbolo nacional. Dejen eso de la cornucopia que despilfarra la riqueza. Esa ha sido nuestra maldición divina. La hacienda con indios serviles, el caudal facilón con cohechos, coimeos para terminar en «pindinga» como decía el maestro de la jerga, Julio Hevia. En cuanto a ese mito del Perú como país rico, me viene a la memoria lo de Raúl Porras Barrenechea, mi maestro en la casa Colina, y el que enseñó las artes del quehacer intelectual a Pablo Macera, Carlos Araníbar, a Mario Vargas Llosa antes que zarpara a Barcelona. Cuando escribe sobre esa ‘leyenda áurea’, dice lo siguiente: «un mito trágico y una leyenda de opulencia mecen el destino milenario del Perú». Lo dice en Oro y Leyenda del Perú, lo digo por si acaso alguien quiere leerlo. Aunque sabemos, en especial para los jóvenes, leer ya fue.

¿Eso es lo que que creen? Si es así, ¡qué lejos están del siglo XXI! Quizá no lo sepan. Nunca como en estos años se editan tantos libros e incluso cada vez más enormes. Los tengo ante los ojos. Por ejemplo Ideas. Historia intelectual de la humanidad, de Peter Watson, 1420 páginas. O Capital e ideología de Thomas Piketty, editado por Paidós, 1247 páginas. Watson es de Cambridge. Y Piketty, es profesor y director en París. Pero ambos libros están traducidos al castellano. De modo que las lenguas ajenas no son un obstáculo en la era de la globalización. Pero la lectura no es precisamente nuestro fuerte. Enseñarle uno de esos gigantescos libros de este siglo XXI a un peruano corriente, es como enseñarle al conde Drácula un crucifijo sagrado. Ah, oh, dirá, y saldrá corriendo.

Pero me he salido del carril. Sí, pues, la prosa escrita tiene sus reglas. Las explico a mis alumnos pero a veces, me desparramo. Retornemos, pues, al primer párrafo. A la película dramática, Parásitos. Es cine pero también un sermón y una reprobación. El amable lector acaso ya sabe que es un film de Corea del Sur, y los especialistas dicen «de género negro», pero desde que se estrenó en mayo del 2019, en el Festival de Cannes, no ha dejado de tener éxito por todas partes. Cuatro premios Oscar, y algo inusitado en Hollywood. Una película que no está en inglés y procede del Asia Oriental. A primera vista, es una historia de Gi Taek y su familia, que viven en el sótano de una casa y con su hijo mayor, Gi Woo, pobre como el padre, y su hermana, deciden embaucar a una familia de ricos haciéndose pasar por docentes, cocineros, lo que sea, al punto que los jóvenes y los parientes obtienen trabajo en esa gran mansión, en la que viven gracias a sus oficios falsos. Bueno, ¿dónde está la gracia? Es obvia la trampa. Lo dice Alonso Cueto, en un artículo en El Comercio: «La película no alienta una dicotomía moral; los pobres no son los buenos, ni los ricos los malos, ambos se parasitan unos a otros». «Todos somos parásitos», concluye Alonso Cueto. (Como puede ver el amable lector, yo leo a los que escriben, no como otros que se hacen los que todo les sale directamente de la calabaza.)

Insisto, ¿en qué está la gracia? Pues en el público, me refiero al que he visto en un cine de Lima. Ese drama coreano se parece enormemente a la vida urbana del Perú actual. En primer lugar, las enormes desigualdades. Con lo poco que tiene, la familia coreana de los Taek sufre la ruptura de una cañería, en plan Villa El Salvador, La Victoria o San Juan de Lurigancho, y el agua negra —o sea de aguas usadas, o para ser sincero, agua con mierda— invade el cuchitril en donde duermen. En segundo lugar, no hay salida para esa pobreza sino el engaño, la estafa, el fraude, fingir oficios que no tienen, etc. Cuando voy al cine, a veces, me sale a flote el sociólogo. Y miro y escucho qué dice el populorum. Pues bien, estaban contentos. Se reían y aplaudían. ¿Qué estaba pasando? La victoria de los pobres, y nada menos que el triunfo de la pendejada. Que no se asuste el lector. Para que sepan, el universitario que soy (no digo académico, Ricardo Palma decía que académico es el mico de aca) les dice que ha habido una tesis en San Marcos, y desde el capítulo I, «La cultura de la criollada y la pendejada». Autor, Humberto Porras Vásquez. Tesis de 2010. Esa tesis se extiende a otros dominios bien peruleros, «el arribismo, el achoramiento, las conductas transgresoras, la omnipotencia del desorden». En suma, la película nos revela algo enorme. No tenemos el monopolio de la pendejada. Otros pobres, en otras naciones, también usan esos recursos para deshacerse de la miseria.

Pero en el cinema en que vi esa pendejada coreana, todos estaban contentos y de pronto hubo un enorme silencio. En la pantalla, los Kim que se habían apoderada de la mansión al partir los dueños de vacaciones, se les acaba la suerte. Descubren un sótano en donde vive gente malvada, y en una fiesta que la muy tonta señora Park —demasiado confiada y burguesa— organiza, todo termina en un desastre. Salen del sótano a apuñalar a la hija, Jessica, y Gi Taek, su padre, apuñala al dueño de casa, y tiene que vivir escondido en el sótano de la mansión. De por vida. En la sala del cine, la gente sale en silencio. Vaya película, ya no son arzobispos los que nos dan ideas justas, medidas del bien y del mal. Igual, qué sorpresa, muchos van al cine para distraerse y lo que encuentran es la admonición. Corea del Sur tiene sus pendejos. Es la astucia de los de abajo para con los de arriba. Pero igual, no es el camino. En esos casos, no hay ganador.  Todos pierden.

Publicado en El Montonero., 2 de marzo de 2020

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