Las autocracias en Perú. Y unas vacaciones llamadas democracias

Written By: Hugo Neira - Ago• 19•19

A veces —no siempre— alguna idea en los diarios, nos sorprende. Es el caso del artículo de Alonso Cueto, sobre «Los líderes en el Perú» (El Comercio, 16/08/19). Coincido con él, «los peruanos endiosamos a un líder, le atribuimos cualidades divinas, y lo derrumbamos de su pedestal después de un tiempo». Y continúa, en tema que toca nuestra ingrata e olvidadiza memoria: «De nuestros expresidentes a lo largo de la historia solo algunos, como Ramón Castilla, se salvan del olvido». Y luego hace un listado de partidos políticos, «que no sobrevivieron a sus líderes». Es el caso «del poderoso Partido Civil del siglo XIX, del Oncenio de Leguía, del Apra que nunca se recuperó de la ausencia de Haya de la Torre». Y no se olvida de Acción Popular, de Fernando Belaunde. Sobre este último caso, parece que amanecen otros líderes, pero casi 50 años después¡!

Bravo querido amigo. El amable lector debe saber que no franeleo al escritor Cueto. Ocurre que coincidimos, por azar, en vivir en Madrid, justo cuando acababa el régimen franquista y se abrían las magníficas y anchas puertas de la Transición de España. Nosotros estábamos ahí, por razones diversas, ¡pero estábamos! Íbamos con frecuencia al cine o al teatro, y además de estudios y escritura, comentábamos lo que nos ocurría en la caza amorosa de españolas, que en ese momento, se soltaban las cabelleras y los deseos, con más intensidad que las turistas suecas. Pensándolo bien, siempre he tenido, en Lima, en París o en Madrid, más amigos poetas o escritores, cineastas o gente de teatro, que sociólogos o politólogos. Acaso porque aparte de estudiar permanentemente, no me olvidé de vivir. 

Lo que sostiene Alonso Cueto, es un hecho real, que debemos tomar en cuenta. «Cuando desaparece el líder, desaparecen muchas veces los grupos». A muchos no les sorprenderá esa suerte de cementerio. Pero los que hemos tenido una vida cosmopolita, o aquellos que siguen atentamente el carácter de otras sociedades, saben que eso del líder como tema decisivo, no es precisamente general. Es más bien, nuestro particularismo. El jefecito. En México, el PRI gobierna 70 años, con presidentes distintos. Cabe recordar que después de Mitterrand en Francia, vinieron otros socialistas franceses. Y después de Allende en Chile ha habido presidentes socialistas. Ricardo Lagos, por ejemplo, o la señora Bachelet. No como  en nuestro caso, salvo pocas excepciones, una sucesión de lobos esteparios, por decir lo menos. Fácil es hablar mal, a posteriori, de aquellos a quienes aupamos al poder, Toledo, Ollanta, PPK, etc. El «nos», no me incluye. 

Ahora bien, que exista una suerte de pattern, en la vida peruana, un molde, lo he mencionado en esta misma columna. Lo del rol del «taita, el señor, el diosito, el que tiene la última palabra», como lo dice Alonso Cueto. He llamado a ese fenómeno repetitivo, la autocracia. Y eso es lo que era Leguía: sube con los votos del Partido Civil al que luego elimina con un golpe de Estado. Se inventa su propia bancada y ministros, y una nueva elite muy trepadora, gente «que no pertenecían a la casta oligárquica», dice Armando Bazán, uno de los intelectuales que lo apoyaban. Estamos hablando, pues, de autócratas civiles y no dictadores militares. Abimael Guzmán intentó el poder con la violencia, y fracasó. Los autócratas llegan con urnas. Y la especie tiene porvenir en un siglo en que las democracias vuelven a ser discutidas. Miren Europa y lo que se llama populismos.

A Leguía se le veneró. «Nunca he visto inteligencia más rápida, imaginación más fecunda ni aptitud igual a la resolución inmediata de las cuestiones difíciles», lo dice Luis Alayza y Paz Soldán, que no era cualquiera. Lo llamaron «modelador del alma nacional, inspirador de una nueva ideología» (José E. Bonilla). Se habló entonces del Siglo de Leguía.«Sus diez años de gobierno, empeñaron la gratitud nacional». Y en octubre de 1929, lo vuelven a elegir. Pero la autocracia pagó un precio muy alto e inhumano, Augusto B. Leguía acaba sus días en una prisión. Antes de morir, escribe sus memorias, un breve texto, Yo tirano, yo ladrón. Y pregunta Leguía a sus enemigos: «¿No era yo el padre, el hermano y el amigo generoso de todos, y noble hasta con sus enemigos?» No hay duda que lo abandonaron los que se beneficiaron de sus favores.

El debate sobre el Oncenio siempre está abierto. Y me pregunto, ¿lo hunde «la depresión económica» como el mismo Leguía lo dice ante su ruina y la del país? Siempre me ha parecido un político moderno asociado a políticos oropelescos y retóricos. No fue un gobierno de incapaces. Leguía moderniza Lima y la plaza San Martín, entre otras obras, resultado del Oncenio. Las avenidas Salaverry, Brasil y la que hoy llamamos avenida Arequipa, comunicaron la ciudad y el mar. Se ocupó de la recuperación de provincias cautivas. Contreras, historiador, señala que en los Estados Unidos ya lo llamaban «el gigante del Pacífico». Pero vino la crisis de 1929, y el castillo de naipes que es la economía peruana, se vino abajo.

Como el lector lo sabe, no hay historia sino historias. Cada generación lee el pasado a raíz de su propio problema. La pregunta de hoy es cómo Leguia, fundador de autocracias, logra la popularidad. La respuesta es pasmosa. La he hallado en los opositores. «Leguía había hecho un mal gobierno en 1908-1912. Su popularidad vino del odio nacional contra el civilismo». Es curioso, se parece al odio por el keikismo de estos días. ¿Sabe quién sostiene esa hipótesis? Un exiliado entonces en México, el estudiante Víctor Raúl Haya de la Torre. Hay otro juicio que encaja en nuestro presente. «Leguía pisoteó a los corruptos políticos de su tiempo para cambiar con lobos de su propia camada». Lo dijo otro exiliado, en Buenos Aires, Manuel Seoane. 

Quisiera terminar con una conjetura impertinente. La que plantea Étienne de La Boétie en el siglo XVI (pensador desconocido en nuestras universidades, no es marxista ni liberal). En otras sociedades y comunidades cognitivas, lo estudian, autor y amigo de Montaigne, Discurso sobre la servidumbre voluntaria. En efecto, ¿es cierto que los seres humanos están ansiosos de sus libertades? Si eso fuera así, no habría autócratas alabados y deseados por los pueblos. La Boétie se hizo la pregunta, ¿por qué millones de millones de hombres, viven bajo tiranías feroces? Pregunta para estos tiempos inciertos.  

Las masas hipnotizadas por líderes fue tema dominante en los años treinta. Fascismo, nazismo,   En nuestro tiempo, la inseguridad nos hace a todos una especie híbrida, con principios, sin duda, pero también con el uso descomunal de la mentira. marxismo-leninismo. Fidel Castro, Francisco Franco, Hugo Chávez, nos guste o no, fueron amados y a la vez temidos. Hoy, la psicología observa que los súbditos voluntarios se identifican a su tirano. Freud puro: el carácter libidinal de individuos, reclaman a gritos un jefe y viven de esa ilusión. A lo que se añade la tecnología, la manipulación de emociones y el culto a la personalidad. El caso es que de La Boétie a Foucault, el poder es siempre precario, sea democrático o despótico. ¿Qué somos? ¿Insumisos de la libertad, o partidarios de un Leviatán-solapa, a la peruana? ¿Qué somos? ¿Insumisos de la libertad, o partidarios de un Leviatán-solapa, a la peruana? Maquiavelo, propondría ser león y a la vez zorro. En nuestro tiempo, la inseguridad nos hace a todos una especie híbrida, con principios, sin duda, pero también con el uso descomunal de la mentira.  En nuestro tiempo, la inseguridad nos hace a todos una especie híbrida, con principios, sin duda, pero también con el uso descomunal de la mentira.

 Y el juego de las apariencias que esconde las relaciones de fuerza de unos y de otros.  

Publicado en El Montonero., 19 de agosto de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/las-autocracias-en-peru

Capturas de poder y la otra política

Written By: Hugo Neira - Ago• 18•19

Propongo una temática y una obra de dos autores. Tengo otra, muy valiosa, de Javier Barreda, para la próxima. Pues se trata de la «otra política». Lo escribe al iniciarse este siglo.

La que presento, me parece urgente. Se trata de la obra de un par de investigadores que no habitan en nuestro país, pero lo conocen a fondo. Han estudiado y expulgado a las élites económicas y la manera cómo pueden influir sobre las decisiones del Estado, sin formar parte de él. En castellano, expulgar no es solo librarse de pulgas sino «examinar una cosa con detenimiento». Por cierto que ello puede hacerse por nuestros paisanos, pero los autores del libro que recomiendo tienen una ventaja. John Crabtree es investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos de Oxford, y miembro del famoso St Antony’s College, escuela y residencia para latinoamericanistas. (Tuve la suerte de pasar una temporada en ella.) Por otra parte, Francisco Durand, peruano, máster en Sociología en Berkeley, profesor ora en Texas, ora en la PUCP. Hablé de una ventaja. No es cognitiva, es que no dependen ni de los diarios peruanos, ni de ciertas universidades ortodoxas, ni tienen compromiso alguno con las izquierdas o las derechas, ni a favor ni en contra. Rara avis, ambos autoridades mundiales sobre lo que pasa en Perú en su economía y en su política.

Podría decir esto de otra manera: no son opinólogos. Gracias al cielo. Tampoco quiere decir que tengan siempre la razón. Quiere decir otra cosa. Dicen las cosas con claridad y sin tapujos. Por ejemplo, la captura política. ¿Quién la usa y ejerce? Las élites del poder. No dice que son de tal o cual clase social, sino del poder. Y no es elecciones, plebiscitos, partidos políticos, o lo que fuese e incluyera legalidad y competencia. No, lo que hay es «captura». Y ellos comienzan precisamente por ese vocablo, la captura. Crabtree y Durand ya no pertenecen a los universitarios que después del hundimiento de la URSS pensaron que podría venir una era de sociedades y economías cuya democratización provocaría políticas más igualitarias. Ese sueño habita una de las obras del gran Sartori, La democracia después del comunismo (1993). Pero muy pronto, Sartori descubre los nuevos enemigos de la democracia, sucesivamente, el nacionalismo, la sociedad teledirigida (el homo videns, el retorno de la imagen y el retroceso de la reflexión), y el comunitarismo. Tres rivales, hoy, las termites del Estado de Derecho. Pero eso es Europa y sin duda la América de Trump, hombre de negocios pero también de la televisión. Y eso son las redes y el uso de la posverdad.

La «captura» ha sido frecuente. Desde la transición del comunismo soviético a otra cosa. El poder no vino ni de la democracia ni del mercado. Vino desde «pequeños grupos corruptos dedicados a fortalecer su propia posición económica mediante la influencia sobre gobiernos o tomadores de decisiones oficiales». Se ha dado en Colombia y en México, dicen. Y en el caso del Perú «sus raíces se remontan a los primeros días de la República». Por mi parte, me alegra que digan lo que sigue: «En Perú, a diferencia de otros países vecinos, ocurrió la supervivencia de una estructura estatal oligárquica que no enfrentó hasta muy avanzado el siglo, desafío o presión efectiva, desde abajo». En otras palabras, nunca hubo una revolución. «Como en México, Bolivia, o Cuba». No estoy diciendo que hay correr con metralleta al monte sino que ese es un hecho real. «Tampoco hubo, dicen los autores, algo populista como Brasil y Argentina.» Objeción, sí la hubo, el aprismo. De 1931 a 1956.

En esta obra desfilan Ollanta (desde la primera página, desde julio del 2011, cuando asume el cargo de Presidente), y luego, Pedro Pablo Kuczynski, «financista internacional», pero también «Velasco y sus élites, los años de García y los 12 apóstoles,  manejando la división política». Y la izquierda peruana al límite. Sin olvidar el «decenio del fujimorismo». Quizá uno de los capítulos más trabajados es el 4. El estado neoliberal. Arrancan narrando cómo «en el momento mismo que asume su cargo el ingeniero Fujimori recibe una llamada por teléfono del economista Hernando de Soto, quien, con un grupo de banqueros y economistas peruanos, le organizan una gira internacional». La fuente de esa información es Boloña, su libro de 1993. En todo caso, el fax que le llega a Michel Camdessus, presidente del FMI, le resulta «música celestial». Pero si estas líneas le dan un aire de reportaje y chisme, lo cierto es que lo ameno tiene su espacio, pero corto, y luego describen la privatización, las 150 empresas estatales y su valor, US$ 9,221 millones. Las parcelaciones de tierras por iniciativa privada. La Sunat, el MEF, los Ministerios sociales.

Y luego, el poder de las nuevas élites. Capítulo basado en las investigaciones de Durand. Y es entonces, mientras se transformaba la élite económica, cuando se observa también el éxito de los descendientes de migrantes asiáticos (Wong, chino. Ikeda, japonés). Y descendientes de campesinos como Flores (de Huancavelica). O Acuña (de Cajamarca). Y los hermanos Rodríguez (Arequipa, dueños de Gloria). Es decir, el «capitalismo cholo». No es desdén, es lo que expresa: «provenían de sectores pobres y excluidos», por primera vez en la historia peruana. En el 2000, el capital extranjero y el nacional estaban parejos.

En realidad, hay un par de preguntas a las que responden los autores. La gran cuestión planteada por Robert Dahl, Who Governs? ¿Quién gobierna? La otra pregunta es que mientras hay tensiones y enfrentamientos entre las élites del poder político (el clásico match Ejecutivo versus Parlamento), las opciones democráticas del país son limitadas, la política es cara por el precio de la propaganda, y sectores grandes de la población no tienen presencia y expresión política. No hay base social ni para unas y otras élites. Estas líneas últimas son una interpretación de mi parte. Acaso el lector sacará otra idea-fuerza tras leer y reeler el texto de Perú, élites de poder. ¿Dónde se encuentra ese libro? Pues en el Fondo Editorial de la PUCP, en el Instituto de Estudios Peruanos, en la Universidad del Pacífico. Los tres auspiciadores y editores. Y además, libro para la red de ciencias sociales en el Perú.

Y en fin, ¡en las mejores librerías del ramo!

Publicado el 18 de julio, blog del Instituto de Gobierno y Gestión  Pública:

https://gobiernoygestionpublica.edu.pe/iggp/2019/07/17/capturas-de-poder-y-la-otra-politica/

François Mujica, la aristocracia del antiguo aprismo

Written By: Hugo Neira - Ago• 16•19

Es difícil trazar los rasgos de un amigo que se ha ido. Como se nota nuestro temor al ángel de la guadaña, eludimos decir su muerte. ¿Cómo era Francisco Mujica Serelle? O François como lo llamábamos, por amistad. La madre, en efecto, era francesa. Y el padre, un personaje inmenso, aprista desde su adolescencia, un joven del Club Regatas, deportista, de una vieja y respetada familia republicana, por ambos lados notables, Mujica y los Álvarez Calderón. Conocí a ambos, al padre y al hijo. En cuanto al padre, nadie que lo conociera podía imaginar que ese gran señor amable era un empecinado militante del aprismo insurreccional de esos años. En cuanto a François, alto, rubio, serio y ajeno al cotorreo criollo, no había manera de ubicarlo en alguna de esas clasificaciones etnopolíticas que nos es corriente. Cuando lo veía, me parecía un joven sueco, acaso porque Haya había escrito Mensaje de la Europa nórdica, país en que veía que no era una utopía su promesa, una sociedad peruana a la vez democrática y con justicia social. El destino no lo quiso. Y los peruanos, que prefirieron votar por el que no tuviese tantos enemigos. Tengo la impresión, sin embargo, que culturalmente lo marcaba la madre, puesto que francesa, y como yo he vivido mucho tiempo en Francia, acaso los mejores años de mi vida, sé cómo son. El orden mental, la lógica y el culto a la razón en los franceses, no es un mito. Como muchas cosas en el comportamiento humano no es un asunto de genes sino de la semántica de la lengua con la que se vive. La lengua francesa es parca y directa, «lo que no es claro, no es francés». Y François lo era. Me llamaba la atención su llaneza, su franqueza. En algunos otros, muy pocos, volví a apreciar esa misma virtud: en Carlos Delgado, el hombre que nos reunió a Béjar, Francisco Guerra García, Carlos Franco, Julio Ortega, en los años en que estuvimos en el Estado de Velasco Alvarado. Hubo un tiempo en que la hipocresía no estaba tan instalada como en los días de hoy en la vida peruana. No faltaba entre nosotros disensiones, discordias, desavenencias, pero no tras la espalda del amigo o camarada.

¿Cómo se pueden reunir diversas calidades en una misma persona? Es el caso de François. Entre aristócrata y sincero partidario de la igualdad republicana. Diáfano, cristalino, las trompetas de los ángeles lo recibirán como lo que era, batallador y limpio como un arcángel. Así hubo gente en mi generación. No pensábamos en la política para enriquecernos. Acaso como un deporte riesgoso. Hubo sacrificios. Heraud y su muerte. De la Puente Uceda en Mesa Pelada. Béjar y Hugo Blanco, encarcelados. Y de pronto se nos vino encima la mugre. La política como cochinada. El Estado como coche en manos no de aurigas sino de cocheros mañosos. Ya te contaré François, uno de estos días, en el otro mundo, cómo le fue a nuestro país, qué coartada se estaba preparando para dejar en el espacio de la opinión pública, solo la lisonja al poder. Y nada más.

Publicado en Caretas digital, 14 de agosto de 2019

Memorias melancólicas de un padre y un hijo excepcionales, Nicanor y François

Written By: Hugo Neira - Ago• 14•19

Un amigo de toda la vida, Fernando Alayza, me hace saber que François Mujica se nos ha ido. Más conocido como Francisco Mujica Serelle. La manera ingenua que solemos utilizar los seres humanos cuando muere un amigo, un pariente, o alguien que apreciamos. Es el caso. La verdad es que no sé sino decir que tuve siempre por él, la admiración por sus virtudes que lo retratan en el mail que me envía Fernando. «Ha muerto un hombre decente, libre, honesto y consecuente». De esos rasgos prefiero, brevemente, decir algo. La consecuencia —virtud cada vez menos celebrada en este Perú abismal de nuestros días— proviene de que François era el hijo de Nicanor, uno de los apristas fundadores. Uno de esos, como Seoane, Heysen, Cox, Sánchez, Orrego, aparecen en la escena pública al lado de Víctor Raúl Haya de la Torre, en 1931. Y un joven, el padre era Nicanor Mujica Álvarez Calderón, es decir, alguien de una vieja familia republicana, «cacerista el tatarabuelo», es decir, siempre sí en política, con el coraje. Alayza me dice «una familia aristocrática» y sin embargo, aprista. Diría yo, una suerte de nobleza. Vivieron ambos, la gran clandestinidad, de 1932 a 1956, que los cobardes historiadores no suelen tomar en cuenta. Ahora bien, la muerte de François me hace pensar que se muere con él, también el padre. Lo digo por los esfuerzos que hizo el hijo para que se conociera a fondo la calidad del padre. Y entonces, para que se les conozca un poco más, acudo al prólogo que escribí en el 2015, para la edición de su autobiografía. Que lleva un intitulado muy sincero, «Memorias para un país desmemoriado». No es uno de esos libracos desnutridos, sino 667 páginas de una vida de primaveras democráticas, destierros, golpes y contragolpes, de quien fue exilado, empresario, político, Ministro de la Presidencia, y Embajador extraordinario.

Ante tal vida, el prólogo fue extenso, aquí solo publicamos algunos fragmentos. Es mi manera de poner unas flores en la lápida de ambos. Revolucionarios y grandes señores, padre e hijo, de ahí la pena inmensa. La pena que con ellos se va una época que no conocía los grandes vicios que hoy nos promete, para el futuro, peores tiempos.

Prólogo* (extractos)

            Había una vez un niño limeño que viene al mundo a inicios del siglo XX, en 1913, en una casa de la calle Belén, y retoño de un antiguo árbol familiar, pronto lo llevan al mejor kindergarden de la ciudad y luego al colegio de la Recoleta, de monjas y curas franceses que le inculcan el gusto por la lectura que lo acompañará toda su vida. Por si no fuese poco, además lo dotan de un francés impecable y de una sólida cultura católica. Su infancia se mece en el traqueteo de los coches a caballo, los rezos de la madre, la biblioteca del padre; vive bien esa familia, pero «sin el culto desenfrenado al dinero». Lima se detenía en lo que hoy es el Parque de la Exposición. Todo indica una vida plácida para ese niño, «la comodidad» dirá más tarde en sus notas autobiográficas. Sin embargo, no será la suya una vida de medianías, como lo era por lo general en la clase alta, la de los infantones que caricaturiza Pardo y Aliaga en el niño Goyito. Llamados «niños» por las ayas, madres y abuelas de la infancia a la vejez. Otro será su destino.

            Uno de esos días, acaso el azar quiso que a los 18 años y con un grupo de amigos, asistiera a un mitin en una plaza de toros y escuchara a un asombroso orador.  Se trataba de un hombre político, uno nuevo, de una treintena de años, que acababa de desembarcar de una Europa en llamas, y esa tarde revela al público y al joven Nicanor un Perú muy diferente de la tradición  y del círculo social de grandes familias limeñas de innumerables primos, en el cual hasta entonces ha vivido. Y entonces todo cambia. Abraza una causa. Lo espera una existencia singular. Varios exilios, varios retornos. A veces perseguido, otras veces elegido parlamentario o embajador. Al lado de  proletarios de su partido que se llama «del pueblo», aquel hijo de buenas familias, Nicanor Mújica Álvarez-Calderón, aprista hasta la muerte.  Y por sus escritos, vida e ideas, más allá del ángel de la guadaña. ¿El gozo de la militancia, de la entrega, pero igual el dolor de las deportaciones, de la lejanía? Y pese a todo, la fina observación de otros mundos, lo cual está en las apretadas libretas que este libro recupera en parte.

            ¿Qué ocurrió? Se diría que sobre la dorada cuna las hadas se habían asomado para dispensarle el buen hogar, pero otra hada, más bien temeraria, le habría hecho un extraño don. El de la generosidad. ¿Y qué es esa virtud? No solo es moral sino cívica, social. Acudamos a la filosofía. «Generosidad: cuando alguien, conducido por la razón, desea que los otros posean aquello que él mismo ya posee» (Comte-Sponville). ¿Es eso lo que quiso Nicanor? Su familia no era adinerada pero sí bien tradicional, y un vislumbre de lo que será su vida se asoma en las lecciones de la muy cristiana madre que no cesa de indicarles, a ese niño y hermanas, los «asuntos sociales». ¿Intuición materna o destino? ¿Cómo pudo ocurrir esa transferencia de valores y esa suerte de exigencia que sobrepasa los límites de la familia misma y la parentela, a amigos y  primos, para pensar en ese otro, el peruano pobre, tan lejano? ¿Sobre todo en la Lima pequeña de los años 30, poco republicana y poco inclinada en sus capas acomodadas a percibir el dolor de las clases subordinadas? ¿Qué ocurrió con el joven Nicanor de varios apellidos resonantes, para optar por ese deporte tan riesgoso que es hacer política en el Perú? ¿Y en  particular, política social? ¿Y sobre todo, por esos años peruanos, política aprista? ¿Y el joven Nicanor, educado en el gusto por la razón y la lógica aprendida en las aulas de curas franceses, en esa hoguera de la vida peruana de los años 30? Los más feroces de la vida republicana.

            No vamos a buscar una o varias causas a su voluntarismo. Acaso las desechamos al mencionar la rara virtud de la generosidad. Sin embargo conviene recordar, paso a paso, cómo se construye, en su caso, el perfil de un rebelde. Quizá haya que mencionar el propio punto de partida, el estatus de sus padres. La familia de Nicanor Mujica era políticamente civilista, pero no por ella exceptuada de agravios.  Su primera juventud coincide con los años del usurpador Leguía, y este deportaba a sus rivales, en particular a los civilistas, «como quien cambia de camisa». (Las víctimas, V.A. Belaunde, Barreda Laos.) O los ponía en aprietos económicos. El caso es que en 1931, los Mujica Álvarez-Calderón se ven obligados a dejar la casona limeña, se mudan a Chorillos, donde el adolescente del que hablamos conoce nuevos amigos y frecuenta los deportes marítimos propios al club Regatas. Pero, como decíamos, Haya de la Torre ya había desembarcado de Europa, después de conocer México insurgente, el Oxford de profesores inconformes y la Rusia bolchevique de Lenin. Era, pues, un líder magnético, se le acercaba la gente, entre ella gente joven, incluyendo muchachos de la juventud dorada limeña. Se explica, pues, que los padres de Nicanor, temiendo que se contagie de las ideas subversivas entonces en curso, y dado el hecho de que matriculado en San Marcos no podía seguir estudios porque el dictador Sánchez Cerro había suspendido los cursos, lo envían a Chile.

            Ahí estudia filosofía del Derecho, economía política y otras materias. Escribe una sonada carta a los prisioneros políticos. Es solidario de los apristas en prisión. Y regresa al Perú. En 1934 va a comenzar la Gran Clandestinidad. Tiene 21 años. Deja estudios y abolengos a sus espaldas. Al volver a Lima será el «enlace secreto» preferido de Víctor Raúl Haya de la Torre quien vive a salto de mata, como la elite de su partido, perseguido por la policía del general Benavides. Se entrega a la acción.

            En el destierro, conocerá Francia vencida y la Alemania nazi, se casa con francesa, tiene un hijo (coautor de este libro) retorna por mar desde Cádiz a la patria en 1942, dejando atrás una Europa en llamas y hallando un Perú sin libertades. El país es así, alterna  despotismos transitorios y procesos interminables de retorno a la legalidad. A veces hay elecciones, a veces no. Cuando vuelven las urnas y los votos, será elegido tres sendas veces representante. En 1945, 1963, y en 1980, senador. Y entre una y otra, una segunda deportación. En 1950. Hacia Guatemala. Cosas del Perú, alejar por la fuerza a los que discrepan. Con sus progenitores —en especial con la madre— no ha dejado de tener correspondencia (y este libro la rescata en parte, véase Cap. III. Iniciación y compromiso). No le piden, padre y madre, que abjure de sus creencias partidarias pero sí que no deje de ser honrado. Y el hijo de esas viejas familias dadas al cuidado del honor familiar, se las arregla en el exilio para hallar formas decentes de sobrevivir. «Tengo honradez —responde a la madre— para conmigo mismo, para con mi país y mi generación». He tenido honradez para con ustedes, añade. O sea sinceridad: «en los salones aristocráticos nunca me he negado políticamente». {…} «Por eso milito, en las fuerzas de renovación, de esperanza, de juventud, en las fuerzas de izquierda». Para los historiadores de las ideas en  el Perú les señalo lo siguiente: para Nicanor en esos años, aprismo e izquierda era lo mismo (p. 150).

                                                                      […]

            Mucho de estos hechos son conocidos. Han sido tratados por historiadores. Pero si para describir la realidad social nos debemos a la empiria histórica de los hechos, eso mismo tiene un límite. Estamos aquí para plantear una problemática. Una vez por todas preguntémonos por lo originalidad radical de la generación de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. La cuestión que se plantea ha hecho necesaria las páginas anteriores. Nos hemos ocupado de presentar, a grandes rasgos, el contexto social de esa generación. Sus orígenes, pero sin reduccionismo alguno, no todos fueron de clase media y con hogares muy pegados a una vida con valores éticos y religiosos. Hemos establecido el perfil de los más notables, sus parecidos no son naturales sino culturales. Y de alguna manera, la identidad de cada uno, y la identidad grupal. Se semejan: la pasión por el poder, la cultura, y algo más. Sobre esos dos campos, poder y cultura, los positivistas les preceden. En un discurso, uno raro en su caso, referido a su propia persona, Raúl Porras —hombre de la misma generación pero que no militó en el aprismo, aunque lo acompañase varias veces—, dijo lo siguiente: «la generación anterior había marcado una tónica de optimismo idealista y su nota espiritual distintiva fue la tolerancia. La nuestra arribó con un criterio más realista, más apegado a los hechos». Y esta idea sencilla y enorme, la nuestra «derivaba del sindicato».

            ¿En ello cabe toda la problemática? Prolonguemos lo que no alcanzó a decir el maestro Porras. Su generación fue una sorpresa nada grata para las clases dominantes. Una de rebeldes en las que había no solo apristas sino indigenistas, liberales como Porras, socialistas como Mariátegui. Y ese advenimiento no es cualquier cosa. Un sociólogo francés de nuestros días, Jean-Claude Passeron, habla de «la peur de l’impensable».El temor a lo impensable, y eso es lo que sobrevino ante el elenco directivo del aprismo. No solo como se ha dicho el temor a las masas sino otro menos visible y acaso más poderoso. Las elites —mucho más que los grandes propietarios de latifundios— sintieron la amenaza de otra elite rival capaz de dos cosas a las que en el prolongado siglo XIX e inicios del XX, no habían llegado jamás. Venían conociendo el territorio social de las clases emergentes en la urbe y en el campo. Y de paso, los trastornos en el mundo europeo y en la escena mundial. La gente como Nicanor conoce a los pobres y a los que protestan, incorporan a los artesanos y obreros anarco-sindicalistas, y además, no solo conocen el mundo europeo y el extranjero sino que prosperan en los exilios, pese a sus apuros y estrecheces, y regresan cargados de un poder simbólico que las viejas elites, pegadas a sus haciendas, a sus diminutos bancos, ni conocen ni disfrutan.

            ¿Una élite por un lado nacionalista y enraizada en lo popular y por el otro lado cosmopolita? Sin duda, pero no es el cosmopolitismo de las viejas familias que iban a la Provence en los años de la Belle Époque con una parentela enorme y numerosa servidumbre, nada de eso estaba en el itinerario de Haya por la Europa de la entreguerras. Detestaba la Rivière, sus casinos, salas de juego, y hasta el tango. Nicanor, por su lado, gozaba de aprender en la gran escuela de la vida europea y guatemalteca que le brindaban la feliz desgracia de ser un exiliado casi bíblico. En hebreo, el nombre de Abraham quiere decir el que pasó al otro lado. El que sabe porque aprende y vuelve.

                                                          […]

            ¿Para Nicanor Mujica Álvarez-Calderón, era realmente un desclasamiento su militancia aprista? Desde el punto de vista crematístico, empleos, situaciones, sin duda alguna. Pero en el primer destierro visita a sus familiares, que le reciben con los brazos abiertos. Acude a reuniones sociales, de sus visitas a París, Burdeos y Biarritz, llena 8 cuadernos como carnet de viaje (François Mujica). Exilado y todo, sigue siendo un hombre de mundo. «Ayer almorcé en el Ritz, me invitó Alfredo González Prada». Se fija mucho como se viste la gente. Fulano de tal, «con un traje plomo». Tal señora, en París, con «un gran traje morado». Y añade, irónico, «parece un obispo». No ha perdido ni el humor ni la alegría de vivir. Pero tiene sus ratos de melancolía. Se despide de un amigo, de un desterrado aprista, Bernardo García Oquendo, «sabe dios cuándo nos reunirá la rueda de la revolución o la vida».  Va a ver una ejecución en territorio francés y la describe admirablemente. ¡Qué gran cronista internacional se perdieron los provincianos diarios limeños de esos años! La que será la esposa (la madre de François) aparece discretamente en la página 304. Bérengère Marguerite Serelle. Se han casado. La situación sin embargo es precaria. Muere el padre, don Elias. Nicanor se hunde de dolor. Luego, se fuga de una Francia ocupada tras un recorrido funambulesco, pasando por Pau, rumbo a Marsella, luego a Cádiz y al navío que lo lleva a la libertad.

            En la zona alemana había dejado su vieja máquina de escribir y dos cajones de libros. Al volver a Chile, se encuentra con Juan Seoane, recientemente salido de prisión. Y anota en su cuaderno: «Diez años de odio no pesaron sobre él». Y es lo mismo que por Nicanor se puede decir. Nicanor, el gentleman aprista. Pero cuando retorna al Perú, y desde la página 186, emerge una figura política, ambigua, desconcertante, peligrosa. La figura de José Luis Bustamente y Rivero. La primavera democrática se anuncia breve. En 1948, es Odría el guardián del desorden peruano. Un gran constructor de anomia, aunque de buenos colegios para niños pobres. Paradójicamente, en esos colegios, porque había buenos docentes y había cursos de historia, algo comencé a entender del aprismo y del antiaprismo, de nuestras pasiones y divisiones. Acaso para evitar la molestia de pensar, en años posteriores, desaparecieron.

                                                           […]

            Pero no solo están los textos del padre, sino los que conciernen al aprismo. Un ejemplo en «El Apra: La Gran Transformación» (Cap. III), las citas corresponden a diversos historiadores e investigadores que han tratado el tema del aprismo y que François ha considerado pertinente incluir, Jorge Basadre, Carlos Contreras, Pablo Macera, Julio Cotler, Hugo Neira, Alberto Vergara. Esta obra no es, pues, la simple recuperación epistolar del padre y de sus estupendos ensayos de viajes o sus reflexiones sino algo más.

            Voy a arriesgar una opinión personal. Francisco o François Mujica me ha confiado este prólogo con confianza y total libertad. En ningún momento ha dado señales de querer orientar mi personal lectura en uno y otro sentido. Somos amigos, pero por muy paradójico que esto resulte, no hemos conversado. Precisamente para que estas líneas sean limpias. Y por mi parte, he leído cada una de estas páginas, lápiz en mano, minuciosamente. Y confieso que mi intención es entender su sentido profundo, y las razones de su arquitectura.

            Mi asombro y placer ante la lectura de textos de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón ya lo he expresado en las páginas anteriores. Sobre la organización de estas páginas, sobre su orden interno, tengo una hipótesis. Creo que François ha considerado insuficiente publicar las páginas de su padre en tanto memorias o un cuerpo antológico. Por si solas acaso no habrían sido entendidas. Los abismos entre generaciones, la mala fe, lo mucho y contradictorio que se ha dicho del aprismo, no prepara para nada a una lectura sobria y sin a priori. En el caso de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón no estamos ante un aprista más, sino ante uno de los fundadores. Seamos francos, no han llegado para el Perú los tiempos calmos y ecuánimes que permitan una lectura directa y sin mayores explicaciones. El autor sabe que la imparcialidad no existe en nuestro país en materia de textos ideológicos y políticos. Menos con el aprismo de los años 30. Sabe, además, que varias promociones de escolares no conocen la historia del Perú, no digo la historia política, ni conocen la elemental sucesión de presidentes en el siglo XX, privados de cursos de historia desde los años 80. Entonces, no hay más remedio que librar los textos originales, pero acompañados de un cuidadoso y extenso contexto.

            En pocas palabras, Mujica hijo, es el Virgilio de la Divina Comedia que acompaña al lector —en particular si es un joven— en esta visita dantesca a los infiernos y purgatorios peruanos que la ñoñez reinante quiere olvidar y ocultar. Si esa ha sido la intención, no hay duda que ha tenido razón. Nicanor Mújica Álvarez-Calderón es presentado y explicado paso por paso. Es un torrente de información lo que nos ha dejado el Embajador y senador Mujica, pero es necesario la contextualización que ha elaborado su hijo. Lo que los hace doblemente inteligibles a esos textos. Por momentos cartas, por momentos ensayos breves y fulminantes. Pesan los contenidos, pesan las circunstancias. No están deshistorizados.

            En suma, la arquitectura del libro mismo es la obra del padre y su vida, y también una historia general de la vida política peruana. Acudo a una metáfora para mejor explicarme. La de Asclepio, dios de la medicina en los griegos. Su ícono un caminante en el cual el báculo se enreda una serpiente. Una otra idea, de una doble hélice, viene de nuestros días. El ADN, me refiero a la estructura en doble hélice. Es Nicanor Mujica Álvarez-Calderón y el Perú político y es el Perú político y Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. De un lado, girando sobre el aprismo, sobre Nicanor el padre, la vida del exilado como los muchos congresos del partido aprista en esos años. Y del otro, el encadenamiento de hechos y situaciones, incluyendo Belaunde, Sendero, Fujimori; ya no el aprismo y sus fundadores, sino volens nolens, una historia del Perú del siglo XX. Se quiera o no se quiera.

                                                          […]

Hace bien François Mujica al rescatar un aspecto bastante descuidado en las biografías de Haya. La austeridad de su vida, tanto en los años de persecución como después, en tiempos menos agitados, en Villa Mercedes. De lo primero se ocupa el autor en el Cap. VI, dedicado «a las tribulaciones de Víctor Raúl». No solo el cerco policial, la posibilidad de caer de nuevo en prisión, sino los pocos o inexistentes recursos para vivir. Hay toda una bibliografía sobre préstamos de cinco soles, de envío de dinero por los compañeros, o del propio Haya a los fajistas para una de sus reuniones, unos 70 soles, que si no los usan, pide se los devuelvan. Por momentos la máquina de escribir, que tanto necesita el compañero Jefe para escribir, porque es silenciosa, y escribir de noche, una Noiseless, parte a la casa de empeños, probablemente por unos días para poder comer. Haya, entre tanto, en las casas misteriosas donde se cobija, se viste humildemente, alpargatas de soga, overol caqui de una sola pieza, y en una familia que lo esconde, pasa por ser el tío Eduardo; y dos niñas, que lo saben todo, se callan. 

            Es bueno que se sepa todo eso. Para los candidatos por centenares que se presentan a los comicios presidenciales estos años. A los que van a escuelas para aprender ingenuamente a ser líderes. ¿No saben que no se estudia ni para líder ni para guía? Esa asignatura es una patraña. El liderato es un rol, una función externa a quien la recibe,  un papel que los demás te dan, o no te dan. No dependen de una profesión o actividad. Sino del carisma, el concepto más misterioso y más evidente de la vida política en todos los tiempos. A veces nace el líder carismático porque alguien lo persigue, casi en las condiciones como las que se crearon en torno a Haya de la Torre. Por mi parte siempre he sostenido que al jefe aprista, protegido hasta el sacrificio por sus compañeros, y ese culto al Jefe, es la consecuencia de la primitividad de sus rivales. El partido se cerró como un fortín para defender la vida de su fundador. Y este, les devolvió esa confianza con una vida franciscana. A la cabeza de un partido del pueblo, no podía ni debía llevar una vida de burgués. No se puede andar comprando cosas caras cuando se conduce un «partido del pueblo». Por lo demás, Haya personalmente no era un consumista. Tuvo siempre la simplicidad de un monje. Y como ellos —los que he visto en tantos lugares del mundo— la alegría y la cordialidad de los que por dentro tienen el alma en paz.

*Mujica Serelle, François, Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. Autobiografía. Memorias para un país desmemoriado, Lima, 2015, 672 p.

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El cuento (verdadero) del agua de mar sin sal

Written By: Hugo Neira - Ago• 12•19

El contenido de una crónica es ocuparse de la actualidad —esa es la definición del periodismo, sea quien sea el que la practica— y me atengo a algo que proviene de una información que llega del extranjero. Pero también pasan cosas penosas. Ruego se vea la nota final.

Entre tanto, debo decir también al amable lector, que estoy suscrito a revistas y diarios del exterior. Es un hábito, nada del otro jueves. Me interesa tanto como el Perú el rumbo actual de otras sociedades, el pensamiento científico y filosófico y últimamente, las ciencias naturales. En una de esas revistas, que por cierto no se editan en castellano, hay un artículo sobre las usinas que extraen la sal de las aguas del mar y las vuelven agua potable.   

Sí, pues, hay usinas que eliminan la sal de las aguas de los océanos, en los Estados Unidos, Sudáfrica, China e India, por todas partes. «En lugares donde el agua dulce escasea y no se cuenta con grandes ríos ni capas subterráneas con hídricos». Por mi parte, no lo sabía. Hay 20 mil lugares donde se transforma el agua salada en agua dulce. Hay que decirlo en voz alta. «Hay 300 millones de personas en este planeta, que utilizan el agua que surge de las usinas de desalización» (Yale Environment 360, New Haven).

Lo de Tía María con agua potable de una usina no es, pues, una mentira. Como vivimos en una era de incredulidad ante los medios, políticos, y expresidentes, señalo de inmediato algunos casos. Entre Los Ángeles y San Diego, en territorio americano, se encuentra una usina de desalinización, bautizada Claude ‘Bud’ Lewis. «Es la más grande central sobre el continente norteamericano. Funciona desde el 2015, y provee agua a 3,1 millones de habitantes de la región». «La sequía era el gran problema de California», dice Jeremy Crutchfield, responsable de los recursos hídricos. Ahora bien, en Huntington Beach, al sur de Los Ángeles, se está construyendo una usina desalinazadora del agua de mar, que «producirá 190’000 metros cúbicos por día». ¿Sabe el amable lector cuántas usinas de este tipo hay en California? Hay 11 y preparan otras 10. Vale la pena ir y verlas.

No solo el gigante americano lucha contra la sequedad. Ocurre en Israel, Australia y Arabia Saudita. Esta última, mundialmente, la primera en agua dulce. En Israel se cuenta con cinco grandes usinas y se prevee otras cuatro más. En Australia, con una sequía de tipo milenaria, de 1990 a 2009, las reservas de agua se agotaron. Pero en ciudades como Perth y Melbourne se han construido numerosas usinas de desalinización. La de Melbourne produce agua dulce desde el 2017. Las usinas han costado 3,5 mil millones de dólares. Hoy un tercio de su población consume agua sin esperar las lluvias.

Volvamos a tierra. Al Perú. Entiendo la actitud de la población de Islay. Tienen  toda la razón del mundo en el valle de Tambo de sospechar ante los recursos científicos e hidráulicos que les propone la Southern Perú. Pero lo que es sorprendente es que nadie ha reparado que ese procedimiento exista, y entonces, es tomada como una fantasía arrancada de una película de ciencia ficción. Pero es real. Sin embargo, ni un solo congresista, ministro, ni político ni comunicador alguno ha dicho lo que aparece en esta crónica¡! No obstante, existen entidades que podían ponernos al día. Por ejemplo, el Pacific Institute, la sociedad de las empresas que desalinizan las aguas del mar.

Hay una modalidad para entenderse. En vez de querer convencer a los dirigentes locales, lo mejor era dirigirse al pueblo mismo. A gente que vive en la cercanía de las mineras y al lado del mar, se le puede invitar a un tour científico, pagando la empresa —obviamente— los gastos. Me encuentro pues, en esa situación que me recuerda a Mario Moreno Cantinflas. «Si yo fuera diputado». Si lo fuera, llenaría 3 o 4 aviones y llevaría a los de Tía María, de visita político-turística a nada menos que Texas, donde hay 49 usinas de desalinización. Es preciso que eso lo toquen, lo vean, nuestros paisanos. Como Santo Tomás, «ver para creer».

Uno de esos tours, lo hizo el presidente ecuatoriano Correa. Había un problema de desconfianza en un sector rural ante una planta de petróleo en el lado amazónico de ese país. Correa llenó un avión y los llevó a Chile, donde había una industria que se parecía a la que se iba a montar en Ecuador. Los hechos los convencieron, no las palabras. Un tour así es costoso. Como lo es reconvertir el agua de mar en agua potable. Pero peor es cerrar las minas y que los campesinos y la nación sigan pobres. La ciencia existe, señores. Pero la vanidad de muchos evita informarse cómo marcha el mundo. Y Arizona y Texas no están tan lejos. Pero el Perú vive y razona desconectado del planeta. Lo de los Panamericanos deportivos estuvo bien. ¿Para cuándo un Mundial de tecnología y ciencias para el progreso, ya en curso? Sería bueno porque muchos peruanos todavía van a ver a curanderos y no a médicos.

El papel de un estadista no es darle la razón de inmediato a la presión de un grupo popular. Una vez, tuve el honor de conocer personalmente al padre Gutiérrez, en una cena con colegas, es decir, profesores universitarios. Y alguien, en la conversación, dijo algo como «la voz del pueblo es la voz de Dios». El padre Gutiérrez lo corrigió. «Ni la voz del pueblo es la voz de Dios». El pueblo, ¿infalible? ¿Y quién votó en Alemania de los años treinta por Hitler si no es los alemanes mismos? ¿Y quién por Chávez? Los venezolanos mismos. Hay sociedades que se suicidan. No lo digo yo, sino José Antonio Marina, filósofo español, en un libro que todos deberíamos conocer, Las culturas fracasadas. El talento y la estupidez de las sociedades. Se le encuentra sin gran esfuerzo en las librerías limeñas. 

Hay crisis porque las élites se han hecho escasas. Los estadistas, los verdaderos, no solo escuchaban a los pueblos. Los instruían. Eso en el pasado, Haya de la Torre. Y por un buen rato, la izquierda cuando tenía líderes como Alfonso Barrantes o Ricardo Letts. Hoy se sigue a los que no saben. Ahora bien, los pueblos pueden ser inteligentes, reflexivos —categorías kantianas— si se les ilustra. El peor experimento social de toda nuestra historia ha sido salirse de la educación estándar que teníamos. Con maestros, libros y lectura. Lo que se ha hecho en aulas es inculturizar. Los efectos perversos de la peor educación del planeta nos hará llorar de pena y de vergüenza en las urnas. Poco importa si el 2020 o 2021. Se ha conseguido tener un lumpen que no cree ni lee, pero manda.

Nota. Se nos ha ido François Mujica. Decente, libre, honesto, consecuente..., me dice un amigo por mail. Es cierto. El hijo de Nicanor Mujica y el padre, venían de una familia aristocrática y no vacilaron en ser apristas. Los de los años treinta. François tenía la moral de un arcángel. Combativo y limpio hasta la muerte.

Publicado en El Montonero., 12 de agosto de 2019

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