Memorias melancólicas de un padre y un hijo excepcionales, Nicanor y François

Written By: Hugo Neira - Ago• 14•19

Un amigo de toda la vida, Fernando Alayza, me hace saber que François Mujica se nos ha ido. Más conocido como Francisco Mujica Serelle. La manera ingenua que solemos utilizar los seres humanos cuando muere un amigo, un pariente, o alguien que apreciamos. Es el caso. La verdad es que no sé sino decir que tuve siempre por él, la admiración por sus virtudes que lo retratan en el mail que me envía Fernando. «Ha muerto un hombre decente, libre, honesto y consecuente». De esos rasgos prefiero, brevemente, decir algo. La consecuencia —virtud cada vez menos celebrada en este Perú abismal de nuestros días— proviene de que François era el hijo de Nicanor, uno de los apristas fundadores. Uno de esos, como Seoane, Heysen, Cox, Sánchez, Orrego, aparecen en la escena pública al lado de Víctor Raúl Haya de la Torre, en 1931. Y un joven, el padre era Nicanor Mujica Álvarez Calderón, es decir, alguien de una vieja familia republicana, «cacerista el tatarabuelo», es decir, siempre sí en política, con el coraje. Alayza me dice «una familia aristocrática» y sin embargo, aprista. Diría yo, una suerte de nobleza. Vivieron ambos, la gran clandestinidad, de 1932 a 1956, que los cobardes historiadores no suelen tomar en cuenta. Ahora bien, la muerte de François me hace pensar que se muere con él, también el padre. Lo digo por los esfuerzos que hizo el hijo para que se conociera a fondo la calidad del padre. Y entonces, para que se les conozca un poco más, acudo al prólogo que escribí en el 2015, para la edición de su autobiografía. Que lleva un intitulado muy sincero, «Memorias para un país desmemoriado». No es uno de esos libracos desnutridos, sino 667 páginas de una vida de primaveras democráticas, destierros, golpes y contragolpes, de quien fue exilado, empresario, político, Ministro de la Presidencia, y Embajador extraordinario.

Ante tal vida, el prólogo fue extenso, aquí solo publicamos algunos fragmentos. Es mi manera de poner unas flores en la lápida de ambos. Revolucionarios y grandes señores, padre e hijo, de ahí la pena inmensa. La pena que con ellos se va una época que no conocía los grandes vicios que hoy nos promete, para el futuro, peores tiempos.

Prólogo* (extractos)

            Había una vez un niño limeño que viene al mundo a inicios del siglo XX, en 1913, en una casa de la calle Belén, y retoño de un antiguo árbol familiar, pronto lo llevan al mejor kindergarden de la ciudad y luego al colegio de la Recoleta, de monjas y curas franceses que le inculcan el gusto por la lectura que lo acompañará toda su vida. Por si no fuese poco, además lo dotan de un francés impecable y de una sólida cultura católica. Su infancia se mece en el traqueteo de los coches a caballo, los rezos de la madre, la biblioteca del padre; vive bien esa familia, pero «sin el culto desenfrenado al dinero». Lima se detenía en lo que hoy es el Parque de la Exposición. Todo indica una vida plácida para ese niño, «la comodidad» dirá más tarde en sus notas autobiográficas. Sin embargo, no será la suya una vida de medianías, como lo era por lo general en la clase alta, la de los infantones que caricaturiza Pardo y Aliaga en el niño Goyito. Llamados «niños» por las ayas, madres y abuelas de la infancia a la vejez. Otro será su destino.

            Uno de esos días, acaso el azar quiso que a los 18 años y con un grupo de amigos, asistiera a un mitin en una plaza de toros y escuchara a un asombroso orador.  Se trataba de un hombre político, uno nuevo, de una treintena de años, que acababa de desembarcar de una Europa en llamas, y esa tarde revela al público y al joven Nicanor un Perú muy diferente de la tradición  y del círculo social de grandes familias limeñas de innumerables primos, en el cual hasta entonces ha vivido. Y entonces todo cambia. Abraza una causa. Lo espera una existencia singular. Varios exilios, varios retornos. A veces perseguido, otras veces elegido parlamentario o embajador. Al lado de  proletarios de su partido que se llama «del pueblo», aquel hijo de buenas familias, Nicanor Mújica Álvarez-Calderón, aprista hasta la muerte.  Y por sus escritos, vida e ideas, más allá del ángel de la guadaña. ¿El gozo de la militancia, de la entrega, pero igual el dolor de las deportaciones, de la lejanía? Y pese a todo, la fina observación de otros mundos, lo cual está en las apretadas libretas que este libro recupera en parte.

            ¿Qué ocurrió? Se diría que sobre la dorada cuna las hadas se habían asomado para dispensarle el buen hogar, pero otra hada, más bien temeraria, le habría hecho un extraño don. El de la generosidad. ¿Y qué es esa virtud? No solo es moral sino cívica, social. Acudamos a la filosofía. «Generosidad: cuando alguien, conducido por la razón, desea que los otros posean aquello que él mismo ya posee» (Comte-Sponville). ¿Es eso lo que quiso Nicanor? Su familia no era adinerada pero sí bien tradicional, y un vislumbre de lo que será su vida se asoma en las lecciones de la muy cristiana madre que no cesa de indicarles, a ese niño y hermanas, los «asuntos sociales». ¿Intuición materna o destino? ¿Cómo pudo ocurrir esa transferencia de valores y esa suerte de exigencia que sobrepasa los límites de la familia misma y la parentela, a amigos y  primos, para pensar en ese otro, el peruano pobre, tan lejano? ¿Sobre todo en la Lima pequeña de los años 30, poco republicana y poco inclinada en sus capas acomodadas a percibir el dolor de las clases subordinadas? ¿Qué ocurrió con el joven Nicanor de varios apellidos resonantes, para optar por ese deporte tan riesgoso que es hacer política en el Perú? ¿Y en  particular, política social? ¿Y sobre todo, por esos años peruanos, política aprista? ¿Y el joven Nicanor, educado en el gusto por la razón y la lógica aprendida en las aulas de curas franceses, en esa hoguera de la vida peruana de los años 30? Los más feroces de la vida republicana.

            No vamos a buscar una o varias causas a su voluntarismo. Acaso las desechamos al mencionar la rara virtud de la generosidad. Sin embargo conviene recordar, paso a paso, cómo se construye, en su caso, el perfil de un rebelde. Quizá haya que mencionar el propio punto de partida, el estatus de sus padres. La familia de Nicanor Mujica era políticamente civilista, pero no por ella exceptuada de agravios.  Su primera juventud coincide con los años del usurpador Leguía, y este deportaba a sus rivales, en particular a los civilistas, «como quien cambia de camisa». (Las víctimas, V.A. Belaunde, Barreda Laos.) O los ponía en aprietos económicos. El caso es que en 1931, los Mujica Álvarez-Calderón se ven obligados a dejar la casona limeña, se mudan a Chorillos, donde el adolescente del que hablamos conoce nuevos amigos y frecuenta los deportes marítimos propios al club Regatas. Pero, como decíamos, Haya de la Torre ya había desembarcado de Europa, después de conocer México insurgente, el Oxford de profesores inconformes y la Rusia bolchevique de Lenin. Era, pues, un líder magnético, se le acercaba la gente, entre ella gente joven, incluyendo muchachos de la juventud dorada limeña. Se explica, pues, que los padres de Nicanor, temiendo que se contagie de las ideas subversivas entonces en curso, y dado el hecho de que matriculado en San Marcos no podía seguir estudios porque el dictador Sánchez Cerro había suspendido los cursos, lo envían a Chile.

            Ahí estudia filosofía del Derecho, economía política y otras materias. Escribe una sonada carta a los prisioneros políticos. Es solidario de los apristas en prisión. Y regresa al Perú. En 1934 va a comenzar la Gran Clandestinidad. Tiene 21 años. Deja estudios y abolengos a sus espaldas. Al volver a Lima será el «enlace secreto» preferido de Víctor Raúl Haya de la Torre quien vive a salto de mata, como la elite de su partido, perseguido por la policía del general Benavides. Se entrega a la acción.

            En el destierro, conocerá Francia vencida y la Alemania nazi, se casa con francesa, tiene un hijo (coautor de este libro) retorna por mar desde Cádiz a la patria en 1942, dejando atrás una Europa en llamas y hallando un Perú sin libertades. El país es así, alterna  despotismos transitorios y procesos interminables de retorno a la legalidad. A veces hay elecciones, a veces no. Cuando vuelven las urnas y los votos, será elegido tres sendas veces representante. En 1945, 1963, y en 1980, senador. Y entre una y otra, una segunda deportación. En 1950. Hacia Guatemala. Cosas del Perú, alejar por la fuerza a los que discrepan. Con sus progenitores —en especial con la madre— no ha dejado de tener correspondencia (y este libro la rescata en parte, véase Cap. III. Iniciación y compromiso). No le piden, padre y madre, que abjure de sus creencias partidarias pero sí que no deje de ser honrado. Y el hijo de esas viejas familias dadas al cuidado del honor familiar, se las arregla en el exilio para hallar formas decentes de sobrevivir. «Tengo honradez —responde a la madre— para conmigo mismo, para con mi país y mi generación». He tenido honradez para con ustedes, añade. O sea sinceridad: «en los salones aristocráticos nunca me he negado políticamente». {…} «Por eso milito, en las fuerzas de renovación, de esperanza, de juventud, en las fuerzas de izquierda». Para los historiadores de las ideas en  el Perú les señalo lo siguiente: para Nicanor en esos años, aprismo e izquierda era lo mismo (p. 150).

                                                                      […]

            Mucho de estos hechos son conocidos. Han sido tratados por historiadores. Pero si para describir la realidad social nos debemos a la empiria histórica de los hechos, eso mismo tiene un límite. Estamos aquí para plantear una problemática. Una vez por todas preguntémonos por lo originalidad radical de la generación de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. La cuestión que se plantea ha hecho necesaria las páginas anteriores. Nos hemos ocupado de presentar, a grandes rasgos, el contexto social de esa generación. Sus orígenes, pero sin reduccionismo alguno, no todos fueron de clase media y con hogares muy pegados a una vida con valores éticos y religiosos. Hemos establecido el perfil de los más notables, sus parecidos no son naturales sino culturales. Y de alguna manera, la identidad de cada uno, y la identidad grupal. Se semejan: la pasión por el poder, la cultura, y algo más. Sobre esos dos campos, poder y cultura, los positivistas les preceden. En un discurso, uno raro en su caso, referido a su propia persona, Raúl Porras —hombre de la misma generación pero que no militó en el aprismo, aunque lo acompañase varias veces—, dijo lo siguiente: «la generación anterior había marcado una tónica de optimismo idealista y su nota espiritual distintiva fue la tolerancia. La nuestra arribó con un criterio más realista, más apegado a los hechos». Y esta idea sencilla y enorme, la nuestra «derivaba del sindicato».

            ¿En ello cabe toda la problemática? Prolonguemos lo que no alcanzó a decir el maestro Porras. Su generación fue una sorpresa nada grata para las clases dominantes. Una de rebeldes en las que había no solo apristas sino indigenistas, liberales como Porras, socialistas como Mariátegui. Y ese advenimiento no es cualquier cosa. Un sociólogo francés de nuestros días, Jean-Claude Passeron, habla de «la peur de l’impensable».El temor a lo impensable, y eso es lo que sobrevino ante el elenco directivo del aprismo. No solo como se ha dicho el temor a las masas sino otro menos visible y acaso más poderoso. Las elites —mucho más que los grandes propietarios de latifundios— sintieron la amenaza de otra elite rival capaz de dos cosas a las que en el prolongado siglo XIX e inicios del XX, no habían llegado jamás. Venían conociendo el territorio social de las clases emergentes en la urbe y en el campo. Y de paso, los trastornos en el mundo europeo y en la escena mundial. La gente como Nicanor conoce a los pobres y a los que protestan, incorporan a los artesanos y obreros anarco-sindicalistas, y además, no solo conocen el mundo europeo y el extranjero sino que prosperan en los exilios, pese a sus apuros y estrecheces, y regresan cargados de un poder simbólico que las viejas elites, pegadas a sus haciendas, a sus diminutos bancos, ni conocen ni disfrutan.

            ¿Una élite por un lado nacionalista y enraizada en lo popular y por el otro lado cosmopolita? Sin duda, pero no es el cosmopolitismo de las viejas familias que iban a la Provence en los años de la Belle Époque con una parentela enorme y numerosa servidumbre, nada de eso estaba en el itinerario de Haya por la Europa de la entreguerras. Detestaba la Rivière, sus casinos, salas de juego, y hasta el tango. Nicanor, por su lado, gozaba de aprender en la gran escuela de la vida europea y guatemalteca que le brindaban la feliz desgracia de ser un exiliado casi bíblico. En hebreo, el nombre de Abraham quiere decir el que pasó al otro lado. El que sabe porque aprende y vuelve.

                                                          […]

            ¿Para Nicanor Mujica Álvarez-Calderón, era realmente un desclasamiento su militancia aprista? Desde el punto de vista crematístico, empleos, situaciones, sin duda alguna. Pero en el primer destierro visita a sus familiares, que le reciben con los brazos abiertos. Acude a reuniones sociales, de sus visitas a París, Burdeos y Biarritz, llena 8 cuadernos como carnet de viaje (François Mujica). Exilado y todo, sigue siendo un hombre de mundo. «Ayer almorcé en el Ritz, me invitó Alfredo González Prada». Se fija mucho como se viste la gente. Fulano de tal, «con un traje plomo». Tal señora, en París, con «un gran traje morado». Y añade, irónico, «parece un obispo». No ha perdido ni el humor ni la alegría de vivir. Pero tiene sus ratos de melancolía. Se despide de un amigo, de un desterrado aprista, Bernardo García Oquendo, «sabe dios cuándo nos reunirá la rueda de la revolución o la vida».  Va a ver una ejecución en territorio francés y la describe admirablemente. ¡Qué gran cronista internacional se perdieron los provincianos diarios limeños de esos años! La que será la esposa (la madre de François) aparece discretamente en la página 304. Bérengère Marguerite Serelle. Se han casado. La situación sin embargo es precaria. Muere el padre, don Elias. Nicanor se hunde de dolor. Luego, se fuga de una Francia ocupada tras un recorrido funambulesco, pasando por Pau, rumbo a Marsella, luego a Cádiz y al navío que lo lleva a la libertad.

            En la zona alemana había dejado su vieja máquina de escribir y dos cajones de libros. Al volver a Chile, se encuentra con Juan Seoane, recientemente salido de prisión. Y anota en su cuaderno: «Diez años de odio no pesaron sobre él». Y es lo mismo que por Nicanor se puede decir. Nicanor, el gentleman aprista. Pero cuando retorna al Perú, y desde la página 186, emerge una figura política, ambigua, desconcertante, peligrosa. La figura de José Luis Bustamente y Rivero. La primavera democrática se anuncia breve. En 1948, es Odría el guardián del desorden peruano. Un gran constructor de anomia, aunque de buenos colegios para niños pobres. Paradójicamente, en esos colegios, porque había buenos docentes y había cursos de historia, algo comencé a entender del aprismo y del antiaprismo, de nuestras pasiones y divisiones. Acaso para evitar la molestia de pensar, en años posteriores, desaparecieron.

                                                           […]

            Pero no solo están los textos del padre, sino los que conciernen al aprismo. Un ejemplo en «El Apra: La Gran Transformación» (Cap. III), las citas corresponden a diversos historiadores e investigadores que han tratado el tema del aprismo y que François ha considerado pertinente incluir, Jorge Basadre, Carlos Contreras, Pablo Macera, Julio Cotler, Hugo Neira, Alberto Vergara. Esta obra no es, pues, la simple recuperación epistolar del padre y de sus estupendos ensayos de viajes o sus reflexiones sino algo más.

            Voy a arriesgar una opinión personal. Francisco o François Mujica me ha confiado este prólogo con confianza y total libertad. En ningún momento ha dado señales de querer orientar mi personal lectura en uno y otro sentido. Somos amigos, pero por muy paradójico que esto resulte, no hemos conversado. Precisamente para que estas líneas sean limpias. Y por mi parte, he leído cada una de estas páginas, lápiz en mano, minuciosamente. Y confieso que mi intención es entender su sentido profundo, y las razones de su arquitectura.

            Mi asombro y placer ante la lectura de textos de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón ya lo he expresado en las páginas anteriores. Sobre la organización de estas páginas, sobre su orden interno, tengo una hipótesis. Creo que François ha considerado insuficiente publicar las páginas de su padre en tanto memorias o un cuerpo antológico. Por si solas acaso no habrían sido entendidas. Los abismos entre generaciones, la mala fe, lo mucho y contradictorio que se ha dicho del aprismo, no prepara para nada a una lectura sobria y sin a priori. En el caso de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón no estamos ante un aprista más, sino ante uno de los fundadores. Seamos francos, no han llegado para el Perú los tiempos calmos y ecuánimes que permitan una lectura directa y sin mayores explicaciones. El autor sabe que la imparcialidad no existe en nuestro país en materia de textos ideológicos y políticos. Menos con el aprismo de los años 30. Sabe, además, que varias promociones de escolares no conocen la historia del Perú, no digo la historia política, ni conocen la elemental sucesión de presidentes en el siglo XX, privados de cursos de historia desde los años 80. Entonces, no hay más remedio que librar los textos originales, pero acompañados de un cuidadoso y extenso contexto.

            En pocas palabras, Mujica hijo, es el Virgilio de la Divina Comedia que acompaña al lector —en particular si es un joven— en esta visita dantesca a los infiernos y purgatorios peruanos que la ñoñez reinante quiere olvidar y ocultar. Si esa ha sido la intención, no hay duda que ha tenido razón. Nicanor Mújica Álvarez-Calderón es presentado y explicado paso por paso. Es un torrente de información lo que nos ha dejado el Embajador y senador Mujica, pero es necesario la contextualización que ha elaborado su hijo. Lo que los hace doblemente inteligibles a esos textos. Por momentos cartas, por momentos ensayos breves y fulminantes. Pesan los contenidos, pesan las circunstancias. No están deshistorizados.

            En suma, la arquitectura del libro mismo es la obra del padre y su vida, y también una historia general de la vida política peruana. Acudo a una metáfora para mejor explicarme. La de Asclepio, dios de la medicina en los griegos. Su ícono un caminante en el cual el báculo se enreda una serpiente. Una otra idea, de una doble hélice, viene de nuestros días. El ADN, me refiero a la estructura en doble hélice. Es Nicanor Mujica Álvarez-Calderón y el Perú político y es el Perú político y Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. De un lado, girando sobre el aprismo, sobre Nicanor el padre, la vida del exilado como los muchos congresos del partido aprista en esos años. Y del otro, el encadenamiento de hechos y situaciones, incluyendo Belaunde, Sendero, Fujimori; ya no el aprismo y sus fundadores, sino volens nolens, una historia del Perú del siglo XX. Se quiera o no se quiera.

                                                          […]

Hace bien François Mujica al rescatar un aspecto bastante descuidado en las biografías de Haya. La austeridad de su vida, tanto en los años de persecución como después, en tiempos menos agitados, en Villa Mercedes. De lo primero se ocupa el autor en el Cap. VI, dedicado «a las tribulaciones de Víctor Raúl». No solo el cerco policial, la posibilidad de caer de nuevo en prisión, sino los pocos o inexistentes recursos para vivir. Hay toda una bibliografía sobre préstamos de cinco soles, de envío de dinero por los compañeros, o del propio Haya a los fajistas para una de sus reuniones, unos 70 soles, que si no los usan, pide se los devuelvan. Por momentos la máquina de escribir, que tanto necesita el compañero Jefe para escribir, porque es silenciosa, y escribir de noche, una Noiseless, parte a la casa de empeños, probablemente por unos días para poder comer. Haya, entre tanto, en las casas misteriosas donde se cobija, se viste humildemente, alpargatas de soga, overol caqui de una sola pieza, y en una familia que lo esconde, pasa por ser el tío Eduardo; y dos niñas, que lo saben todo, se callan. 

            Es bueno que se sepa todo eso. Para los candidatos por centenares que se presentan a los comicios presidenciales estos años. A los que van a escuelas para aprender ingenuamente a ser líderes. ¿No saben que no se estudia ni para líder ni para guía? Esa asignatura es una patraña. El liderato es un rol, una función externa a quien la recibe,  un papel que los demás te dan, o no te dan. No dependen de una profesión o actividad. Sino del carisma, el concepto más misterioso y más evidente de la vida política en todos los tiempos. A veces nace el líder carismático porque alguien lo persigue, casi en las condiciones como las que se crearon en torno a Haya de la Torre. Por mi parte siempre he sostenido que al jefe aprista, protegido hasta el sacrificio por sus compañeros, y ese culto al Jefe, es la consecuencia de la primitividad de sus rivales. El partido se cerró como un fortín para defender la vida de su fundador. Y este, les devolvió esa confianza con una vida franciscana. A la cabeza de un partido del pueblo, no podía ni debía llevar una vida de burgués. No se puede andar comprando cosas caras cuando se conduce un «partido del pueblo». Por lo demás, Haya personalmente no era un consumista. Tuvo siempre la simplicidad de un monje. Y como ellos —los que he visto en tantos lugares del mundo— la alegría y la cordialidad de los que por dentro tienen el alma en paz.

*Mujica Serelle, François, Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. Autobiografía. Memorias para un país desmemoriado, Lima, 2015, 672 p.

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El cuento (verdadero) del agua de mar sin sal

Written By: Hugo Neira - Ago• 12•19

El contenido de una crónica es ocuparse de la actualidad —esa es la definición del periodismo, sea quien sea el que la practica— y me atengo a algo que proviene de una información que llega del extranjero. Pero también pasan cosas penosas. Ruego se vea la nota final.

Entre tanto, debo decir también al amable lector, que estoy suscrito a revistas y diarios del exterior. Es un hábito, nada del otro jueves. Me interesa tanto como el Perú el rumbo actual de otras sociedades, el pensamiento científico y filosófico y últimamente, las ciencias naturales. En una de esas revistas, que por cierto no se editan en castellano, hay un artículo sobre las usinas que extraen la sal de las aguas del mar y las vuelven agua potable.   

Sí, pues, hay usinas que eliminan la sal de las aguas de los océanos, en los Estados Unidos, Sudáfrica, China e India, por todas partes. «En lugares donde el agua dulce escasea y no se cuenta con grandes ríos ni capas subterráneas con hídricos». Por mi parte, no lo sabía. Hay 20 mil lugares donde se transforma el agua salada en agua dulce. Hay que decirlo en voz alta. «Hay 300 millones de personas en este planeta, que utilizan el agua que surge de las usinas de desalización» (Yale Environment 360, New Haven).

Lo de Tía María con agua potable de una usina no es, pues, una mentira. Como vivimos en una era de incredulidad ante los medios, políticos, y expresidentes, señalo de inmediato algunos casos. Entre Los Ángeles y San Diego, en territorio americano, se encuentra una usina de desalinización, bautizada Claude ‘Bud’ Lewis. «Es la más grande central sobre el continente norteamericano. Funciona desde el 2015, y provee agua a 3,1 millones de habitantes de la región». «La sequía era el gran problema de California», dice Jeremy Crutchfield, responsable de los recursos hídricos. Ahora bien, en Huntington Beach, al sur de Los Ángeles, se está construyendo una usina desalinazadora del agua de mar, que «producirá 190’000 metros cúbicos por día». ¿Sabe el amable lector cuántas usinas de este tipo hay en California? Hay 11 y preparan otras 10. Vale la pena ir y verlas.

No solo el gigante americano lucha contra la sequedad. Ocurre en Israel, Australia y Arabia Saudita. Esta última, mundialmente, la primera en agua dulce. En Israel se cuenta con cinco grandes usinas y se prevee otras cuatro más. En Australia, con una sequía de tipo milenaria, de 1990 a 2009, las reservas de agua se agotaron. Pero en ciudades como Perth y Melbourne se han construido numerosas usinas de desalinización. La de Melbourne produce agua dulce desde el 2017. Las usinas han costado 3,5 mil millones de dólares. Hoy un tercio de su población consume agua sin esperar las lluvias.

Volvamos a tierra. Al Perú. Entiendo la actitud de la población de Islay. Tienen  toda la razón del mundo en el valle de Tambo de sospechar ante los recursos científicos e hidráulicos que les propone la Southern Perú. Pero lo que es sorprendente es que nadie ha reparado que ese procedimiento exista, y entonces, es tomada como una fantasía arrancada de una película de ciencia ficción. Pero es real. Sin embargo, ni un solo congresista, ministro, ni político ni comunicador alguno ha dicho lo que aparece en esta crónica¡! No obstante, existen entidades que podían ponernos al día. Por ejemplo, el Pacific Institute, la sociedad de las empresas que desalinizan las aguas del mar.

Hay una modalidad para entenderse. En vez de querer convencer a los dirigentes locales, lo mejor era dirigirse al pueblo mismo. A gente que vive en la cercanía de las mineras y al lado del mar, se le puede invitar a un tour científico, pagando la empresa —obviamente— los gastos. Me encuentro pues, en esa situación que me recuerda a Mario Moreno Cantinflas. «Si yo fuera diputado». Si lo fuera, llenaría 3 o 4 aviones y llevaría a los de Tía María, de visita político-turística a nada menos que Texas, donde hay 49 usinas de desalinización. Es preciso que eso lo toquen, lo vean, nuestros paisanos. Como Santo Tomás, «ver para creer».

Uno de esos tours, lo hizo el presidente ecuatoriano Correa. Había un problema de desconfianza en un sector rural ante una planta de petróleo en el lado amazónico de ese país. Correa llenó un avión y los llevó a Chile, donde había una industria que se parecía a la que se iba a montar en Ecuador. Los hechos los convencieron, no las palabras. Un tour así es costoso. Como lo es reconvertir el agua de mar en agua potable. Pero peor es cerrar las minas y que los campesinos y la nación sigan pobres. La ciencia existe, señores. Pero la vanidad de muchos evita informarse cómo marcha el mundo. Y Arizona y Texas no están tan lejos. Pero el Perú vive y razona desconectado del planeta. Lo de los Panamericanos deportivos estuvo bien. ¿Para cuándo un Mundial de tecnología y ciencias para el progreso, ya en curso? Sería bueno porque muchos peruanos todavía van a ver a curanderos y no a médicos.

El papel de un estadista no es darle la razón de inmediato a la presión de un grupo popular. Una vez, tuve el honor de conocer personalmente al padre Gutiérrez, en una cena con colegas, es decir, profesores universitarios. Y alguien, en la conversación, dijo algo como «la voz del pueblo es la voz de Dios». El padre Gutiérrez lo corrigió. «Ni la voz del pueblo es la voz de Dios». El pueblo, ¿infalible? ¿Y quién votó en Alemania de los años treinta por Hitler si no es los alemanes mismos? ¿Y quién por Chávez? Los venezolanos mismos. Hay sociedades que se suicidan. No lo digo yo, sino José Antonio Marina, filósofo español, en un libro que todos deberíamos conocer, Las culturas fracasadas. El talento y la estupidez de las sociedades. Se le encuentra sin gran esfuerzo en las librerías limeñas. 

Hay crisis porque las élites se han hecho escasas. Los estadistas, los verdaderos, no solo escuchaban a los pueblos. Los instruían. Eso en el pasado, Haya de la Torre. Y por un buen rato, la izquierda cuando tenía líderes como Alfonso Barrantes o Ricardo Letts. Hoy se sigue a los que no saben. Ahora bien, los pueblos pueden ser inteligentes, reflexivos —categorías kantianas— si se les ilustra. El peor experimento social de toda nuestra historia ha sido salirse de la educación estándar que teníamos. Con maestros, libros y lectura. Lo que se ha hecho en aulas es inculturizar. Los efectos perversos de la peor educación del planeta nos hará llorar de pena y de vergüenza en las urnas. Poco importa si el 2020 o 2021. Se ha conseguido tener un lumpen que no cree ni lee, pero manda.

Nota. Se nos ha ido François Mujica. Decente, libre, honesto, consecuente..., me dice un amigo por mail. Es cierto. El hijo de Nicanor Mujica y el padre, venían de una familia aristocrática y no vacilaron en ser apristas. Los de los años treinta. François tenía la moral de un arcángel. Combativo y limpio hasta la muerte.

Publicado en El Montonero., 12 de agosto de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/el-cuento-verdadero-del-agua-de-mar-sin-sal

La importancia del poder pensar fuera de las rencillas de aldea

Written By: Hugo Neira - Ago• 07•19

En estos días, ¿qué nos preocupa? Por cierto la economía, que ya no crece como seis años atrás, estos años en que no gobernaron quienes habían iniciado ese rumbo hacia la economía abierta y mundial desde el modesto proceso de desarrollo de nuestro país. Pero además, el problema de la corrupción. Los daños son inmensos, tanto en lo crematístico como en lo moral. Se ha producido dos actitudes, ambas muy riesgosas para nuestro inmediato porvenir. Por un lado, la distancia entre los ciudadanos y la clase política. El país real y el país del poder legal, nunca han estado más separados. Un segundo fenómeno nos inquieta, el establecimiento de un modo de pensar que llamo maniqueo. El desarrollo de esa idea se halla en El Montonero de este lunes 5 de agosto. El intitulado es «Perú, la peste del maniqueísmo». Esa tendencia fue una religión en los inicios del cristianismo. Pretendía reunir tres religiones, a Zoroastro, Buda y a Jesús. Fue una corriente potente, que competía con la Iglesia Católica. Su creador fue Mani, un arameo nacido en Babilonia en el 216-274. Tuvo libros, seguidores, entre ellos, en su juventud, nada menos que a San Agustín. Era una corriente abierta a tres espiritualidades. Sin embargo, es probable que fueran apasionados, acaso recalcitrantes. Y la Iglesia los desacredita, los observa como una secta más, puesta en la lista larguísima de herejías. En los tiempos modernos y contemporáneos el maniqueo viene a ser el pensador o el político que no solo es ardiente doctrinario sino que desprecia y aborrece al rival. Algo peor, espera que desaparezca o hace lo imposible para que se extinga.

¿A qué viene todo eso? Viene a que la impresión que me da la vida peruana en lo que concierne no solo a la pugna política sino a la manera como la intelligentsia y los medios se han acostumbrado a pensar. Mejor dicho, no se piensa, se abalanzan en diarios, antenas de televisión y en las redes sociales, sobre la yugular del que no piensa como ellos consideran como correcto. No se discute, se desprecia. La enfermedad de la insolente pereza de los maniqueos invade no solo el mundo de la cultura y de la democracia, sino la vida cotidiana. Divide a los peruanos, como nunca.

Nada tengo en contra del debate. Es más, si nos inspiramos en los orígenes mismos de la primera democracia, es decir los antiguos griegos; si pensamos en Atenas, madre del mundo occidental, y por lo tanto, tendencia dominante en diversos lugares del planeta, ella consistía no solo en elegir sus dirigentes —que no gobernaban sino en un corto plazo— sino en la costumbre del encuentro con el otro, en los debates públicos. Conscientes de que la verdad nunca está del todo del lado de un bando, una corriente, y menos, de una sola persona. El secreto de la libertad y alcanzar el saber para los atenienses, no era el producto de un dogma. Felizmente tuvieron una religión de dioses y rituales pero en la que nunca hubo un profeta que les decía qué era el bien y el mal, sino filósofos, pensadores libres, y por lo tanto, sensatos.

Atenas existía porque había controversia, discusión, polémica. Era en la vida pública, en la ciudad llamada polis, donde se realiza esta manera de razonar, discutiendo con el otro. ¿Cómo nace esa civilización? Con Platón y Sócrates y los diálogos. Por eso, los helenistas de nuestros días llaman a esa Grecia antigua, la civilización de la palabra. No necesito explicar cómo esa libertad y ejercicio mental y moral, lo repite y amplía hacia la ciencia moderna, lo que se llama la Ilustración. Montesquieu, la primera Enciclopedia, Rousseau. Nosotros, en el Perú, tuvimos nuestra ilustración antes de las guerras de la emancipación: Hipólito Unanue, El Mercurio Peruano, San Carlos en el XVIII. Y en los Estados Unidos no se puede evitar mencionar a los Federalistas. Hasta el día de hoy, es un mundo de eternos debates y la aceptación de la pluralidad de pensamiento social y político.

¿Para qué decir que la Europa de hoy vive y enfrenta sus problemas y defiende sus éxitos, entre ellos el Estado moderno (que no logramos tener) a partir de este axioma moral? No hay absolutos cuando se piensa en la democracia y el uso del poder. La democracia no es solo las urnas, sino dos cosas: una forma de convivencia, y una manera de pensar, abierta y en constante modificación. Pero eso no es la situación cultural y política de la Lima de estos años. Se era menos intolerante en decenios pasados. Hoy, la exclusión del otro es el trabajo de los medios de prensa y las redes. No hemos avanzado sino retrocedido en cuanto a los comportamientos. Hemos vuelto a la Inquisición.

En este periodo oscuro de la vida peruana, traeré a esta columna, algunos textos que pueden dar una idea a los lectores de cómo, en otros países y latitudes, se asume la complejidad de la vida política y de las sociedades contemporáneas. Quizá entonces nos daremos cuenta de que el retardo no es ni económico ni político, es cognitivo. Es comportamental. Es más fácil ser dogmático que pensar el mundo peruano en su variabilidad y potencia. Hay en todo esto, un vicio viejo en nuestro país, la flojera mental. Más fácil es descartar al otro —sea conservador o reformador, de izquierda o de derecha— que tomarse el trabajo de intentar leerlo o escucharlo, con el fin de aprobarlo o rechazarlo. O entender que se puede coincidir con algunos, pero acaso no del todo.

Una última observación antes de dejar al lector ante los documentos que obsequio. Me sorprende en lo que leo, la ausencia en la prosa de lo que semánticamente se llama «los conectivos». Es decir, el uso de ‘sin embargo’, ‘por una parte’, ‘por otra parte’, y la expresión de ‘si bien es cierto que’, que por lo general le sigue, ‘no deja de ser verdad que’. ¿Qué es todo eso, en la lengua castellana? ¿Que por generaciones ya no se enseña en las aulas? Nada menos que la posibilidad del matiz. O sea, nada es por completo verdadero o falso. Pero el maniqueísmo expone su punto de vista. Y nada más. El otro, no existe. Y no puede haber democracia en un país como el actual Perú, en el que la “contenta barbarie” predomina.  Qué tiempos aquellos cuando Víctor Andrés Belaunde escribía un libro para refutar a Mariátegui. O este refutaba a Haya de la Torre. Claro está, los años veinte. Y en los setenta, el debate entre Iván Degregori y Flores Galindo, ambos de izquierda. Nada de ese espíritu corre en los medios y se ignora en gran parte enlas universidades actuales. Cada cual en una esfera. Bienvenidos a la nueva edad media.

El TEXTO DE ESTA SEMANA.

UN PROFESOR MEXICANO Y LA IMPORTANCIA DEL ESTADO

Presentaré al autor, Arturo González Cosío. Hizo estudios de Derecho en la UNAM de México. Y el doctorado en la Universidad de Colonia, Alemania Federal. Profesor del famoso Colegio de México, en la UNAM, y una extensa vida académica, varias veces premiado en su país y en el extranjero. En lo que me concierne, confieso que me pareció siempre muy libre de las tentaciones ideológicas de nuestro tiempo. Y acaso por su formación en Alemania, capaz de una mirada global sobre el peso que tuvo en el desarrollo de la Europa moderna del siglo XIX al XX, el «requisito del Estado para dar poder a Europa». Y de paso, a los Estados Unidos. Hay otra razón en el profesor González para encontrar razonable la necesidad del Estado. Es mexicano. Y no se puede explicar el progreso mexicano sin tomar en cuenta la construcción de un Estado moderno después de la revolución mexicana. Terminada esta, México tuvo una conducción permanente con el PRI, que no tuvo ningún país de la América Latina. El México que he conocido, hacia el 2010, es el país que no solo tiene gas natural, plata, petróleo, sino produce acero, automóviles, y exporta productos de alta tecnología. Es hoy una potencia, tanto como Brasil. Y por otra parte, un país con Estado e identidad cultural. Creció antes de la mundialización. Algo que no nos ha ocurrido, acaso porque tuvimos siempre gobiernos pero no lo que se llama Estado. Lectura necesaria para los idolatras del todo mercado.

¿Qué es el Estado? ¿Por qué lo necesitamos? Lo que sigue.

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Notas para un debate sobre el Estado               

Por: Arturo González Cosío

            «Más allá de lo que algunos denominan el fracaso de las grandes teorías, en plena quiebra de mitos y modelos, en el auge de la incomunicación y de la ambigüedad, tenemos que reconocer lo que significó el Estado para la sociedad europea en el largo camino de su existencia, desde el Renacimiento, en las ciudades italianas del siglo XV, la unidad colectiva abstracta de Prusia de los Hohensollern de 1640 a 1786, y en el breve aliento del Estado total en los años que van de 1920 a 1945 —Schmitt—.

            Transcurre el concepto de Estado a partir de la «tecnicidad» de Maquiavelo, pasa por el Estado de derecho de Bodino, lo recoge Rousseau en función de la voluntad general y la ley, lo fundamenta Kant en la posibilidad de un marco ético individual, con rango universal, y Hegel lo propone como «realidad de la libertad concreta» y «plenitud de la idea moral».

            El Estado es la institución que propicia el desarrollo y la integración de las naciones en Europa durante el siglo XIX. Se conforman bajo sus banderas los imperios coloniales de Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda y Alemania, con un formidable marco conceptual. Desemboca en las dos guerras —llamadas mundiales— que propician, segun Nolte, la sangrienta guerra civil europea entre el nazismo y el bolcheviquismo.

            Mientras que en Norteamérica, paralelamente, se edifica un Estado distinto, pluriétnico y, ya desde entonces, instancia de dominación que alienta los conflictos ajenos y deja en manos de los países pequeños el manejo de los asuntos menores, expropiándoles las determinaciones estrategicas. Este nuevo tipo de dominación recoge la experiencia del imperio inglés para llevarla a una inteligente y más completa aplicación que auncia su presencia también en el tercer milenio. Es en síntesis una mezcla del puritanismo y espíritu de corsario.

            Las naciones que se independizaron a principios del siglo XIX, al igual que las que accedieron a este afán de libertad e identidad después de la segunda Guerra Mundial sin una sociedad que los auspiciara, han buscado en el estado nacional la vía que los condujera a su desarrollo. Se le consideró así paradigma y arquetipo que podrían romper las viejas cadenas de la dependencia colonial; pero ninguno de estos países pudo realmente lograrlo. Se han denominado al paso de los años como repúblicas representativas, democráticas y soberanas, sin  jamás serlo, con humor negro o cinismo.  

            Otras alternativas que parecen tener hoy los países subdesarrollados en su anhelo de independencia son la industrialización y la modernización que los orienta hacia las estrategias globalizadoras del mercado mundial. Tampoco estos reformismos significaron una solución, pues solo fueron pretexto para el enriquecimiento de las elites locales. Predominaron el despotismo, la corrupción y un intento inútil de proseguir, casi mecánicamente, con los gestos de imitación extralógica que quieren convertir de pronto a pequeños países en «potencias medianas». Se destruyeron las estructuras propias que les habían permitido sobrevivir, sumiéndolos en mayores miserias, pues les alteraron el modesto camino que llevaban para ahogarlos en «un agobiante círculo cerrado» de problemas más agudos.

            Ni el socialismo, ni el fascismo, ni el capitalismo resultaron recetas aplicables a los países que querían construir, a través de movimientos revolucionarios, un nuevo y propio aparato de dominación que guiara al pueblo a la solidaridad y al desarrollo.

            El hombre del mundo griego encontró en la polis su identidad fructifera —Finley—, el ciudadano romano se sentía obligado por la virtud a participar en la res publica —Kahler—; el hombre del medioevo fluía existencialmente en la gran pirámide escolástica —Santo Tomás—. Hoy el hombre, con las teorías desvencijadas y el pragmatismo desnudo, tiene que asumir un capitalismo desvinculado de cualquier ilusión de unidad, dependiente y frágil, a expensas de una globalidad no por tácita menos implacable.  

            Vivimos en el «Estado de excepción» cotidiano. Somos gobernados por decretos distintos cada día desechables, dictados más por un tirano que por un comisario, a quien nadie le ha encargado alguna tarea concreta de dominación. Obedecemos leyes aprobadas sin consulta y de antemano, que se cambian sin dificultad, segun la coyuntura externa lo requiera.

            Formamos una sociedad disgregada en la que esporádicamente nos ponemos de acuerdo sobre realidades inaccesibles. Somos ciudadanos diluidos y asumimos compromisos que da igual si se cumplen o no, en tanto se mantengan vigentes los intereses de las esferas internacionales de poder.

            Ante la imposibilidad de la utopía de un cauce moral que involucre a todos se requiere, nuevamente, otra «tecnicidad» al estilo de Maquiavelo, pues se han convertido los poderes Legislativos, antes fuente de la ley, en meros órganos mecánicos de legitimación que actúan por necesidades materiales del momento, sin una racionalización que los comprometa a dignificar la vida del hombre.

            Somos un mundo que se organiza desde los puntos «circulares» de dominación que establecen las trasnacionales, de contenidos intercambiables y valorizaciones ad hoc. Llamamos hoy «sociedad civil» a un «foquismo político» pulverizado que es el resultado del triunfo del capitalismo. Paraíso del individuo en el que sin embargo este ya no funciona, porque su voluntad es contradictoria, su naturaleza mutable y en una contínua disposición interna para aceptar la inercia, la satisfacción precaria de lo inmediato; sujeto a un mando que utiliza y regula, incluso la rebeldía.

            Ante la angustia de los pueblos empobrecidos y desesperados, proponemos caminos que parecen sencillos y accesibles, siempre y cuando se tuvieran por lo menos «tiempo» y «recursos», y es precisamente de lo que carecen la inmensa mayoría de los países en la actualidad. Por ejemplo, sería inutil para México —como para tantos otros países— tratar de reconstruir al Estado nacional en su contexto exterior que se lo impide y con un tejido social que no lo sustenta, solo por un empeño nominalista.

            La globalización viene a ser simultáneamente marco de referencia y presea de los triunfadores. Para los países desarrollados es un esquema práctico-teórico que justifica la dependencia de los demás y para la inmensa  mayoría es, meramente, una vinculación novedosa que no alivia las penurias ni garantiza las perspectivas de un futuro.

            Siguen los pueblos anhelando al Estado, aunque sea ya solo una posibilidad anacrónica de articularse, una manera de proseguir la búsqueda de una sociedad abierta en la que el hombre se rija por valores propios, en la que, quizá, algún milagro maravilloso logre, siguiendo la terminología de Rousseau, que todas las «voluntades particulares» adquieren el mismo signo de la «voluntad general». Queda también la opción de la tribu, el regreso a la comunidad inicial, a las luchas étnicas —Maffesoli—.

Cada vez está más lejos el hombre de ser aquel individuo que aceptaba la disciplina moral de pertenecer a una cultura y por lo tanto a una sociedad. Agota su teleología en la visión que le otorga la mutiplicidad de medios disponibles, tan variados y omnipotentes que no requieren dirigirse a objetivo alguno.

            ¿Estaremos ante un nuevo sistema de poder impersonal y no territorial ejercido por unos cuantos dueños de toda la información que confunden la realidad «real» con la virtual?

            ¿Este círculo invisible y prepotente da a la dominación y a sus atributos solo una dimensión estética como lo vislumbra Nietzsche, sin importarle si los que obedecen entienden o identifican siquiera las finalidades del proceso?» (Arturo Gónzalez Cosío)

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Hasta la semana próxima.

Publicado en Café Viena, 6 de agosto de 2019

Perú, en la peste del maniqueísmo (achorado)

Written By: Hugo Neira - Ago• 05•19

«Para que no se abuse del poder, es preciso que un poder detenga al otro poder.» —Montesquieu—

No me ocuparé de la mesa redonda sobre propuestas de adelanto de elecciones. Sin embargo, escuché las opiniones de Vitocho, Juan Sheput, Alejandra Aramayo, Javier Velásquez, Jorge Meléndez. No hubo consenso sino disenso, lo cual es saludable. Pero no para la inmensa tendencia de peruanos que quieren el fin del Congreso. No porque haya dominado el fujimorismo, sino porque no quieren la existencia de un Parlamento, fuera el que fuera. Idea de algunos políticos peruanos el no tener ni diputados ni senadores sino una entidad jurídica que examine los proyectos del Ejecutivo, o sea del Rey, sin chistar. Bueno, eso fue la Francia del siglo XVIII antes de la Revolución, y el Imperio de Carlos V con sus Concejos, entre ellos el de Indias. Y acaso cuando cada Inca consultaba a la parentela que lo apoyaba.

Sobre esos debates sobre elecciones el 2020 o 2021, no pienso intervenir, no soy jurista ni constitucionalista. Por lo demás, veo en esos trámites una selva de escamoteos, trucos y engaños. Uno de los cuales acaba de revelar el diario Expreso (1/8/19, p. 3). Un expresidente del Tribunal Constitucional —nada menos—, Carlos Mesía, advierte que no es necesario remover el artículo 111 que «establece que los presidentes y los vicepresidentes son elegidos con los mismos requisitos y por igual término». Entonces, ¿por qué el gesto de sacrificio del actual Presidente? Todo para que otro referéndum  repita «la furibunda campaña del 2018, el del SI-SI-SI-NO». Con lo cual se permitiría al actual mandatario presentarse. ¿Legalidad o prestidigitación?

Si bien es cierto que en la política en general hay reglas, también hay quienes abren zanjas o saltan las vallas. Nada de esto me sorprendería. Pero lo que asombra y preocupa es lo que podemos llamar el clima social y la mentalidad dominante. No las argucias sino el tono. Algo pasa en los niveles más altos de las cúpulas políticas —las actuales y las que vengan— y que contamina a la comunidad, a la sociedad. Y no es solo por el poder mediático de unos cuantos diarios y antenas de televisión. Soy sociólogo. Esta ciencia tuvo éxito cuando sus fundadores se ocuparon sobre el suicidio en Durkheim, con Weber y la ética protestante, y el Antiguo Régimen y la Revolución con Tocqueville. Y nuestro campo ha consistido en estar atento a «los movimientos sociales», a la crítica de la economía o la observación de la pugna por el poder. Pero hoy no es suficiente. La modalidad actual, masivamente, se halla en el campo de la cultura sea cual fuese el actor, dominado o dominador. Es costumbre la renuncia al pensamiento cognitivo y más bien el uso de la mayor intolerancia. Lo que cuenta no es la discusión del otro por sus ideas sino su negación. El otro —aprista, izquierdista, fujimorista, «caviar» o conservador— no debe existir¡! Se ha generado una subcultura política. Ese es nuestro problema mayor.

Desde mi retorno de Europa, hace ya 16 años, pude apreciar lo que se había modificado para bien en el Perú, pero a la vez, aquello en que se había hundido. ¿Fragmentado el Perú? No es ese el daño. Toda sociedad tiene clases, brechas sociales, colectividades políticas religiosas, históricas, ideológicas. Pero nada de eso lleva en otras sociedades a la imposibilidad de tener ciudadanía. En todas partes hay prácticas racistas claras o solapadas, y minorías étnicas y culturales, pero con todo, llegan a tener sociedad moderna con todas sus contradicciones. La nuestra no. Un orden social no se puede fundar en particularidades. Una de las cuales es «solo cuentan nosotros». Vanidades de aldea.

Me hacía estas preguntas mientras investigaba otros aspectos humanos, no siempre me ocupo del Perú. Y de pronto, entiendo que en la historia de los orígenes del cristianismo, hubo una doctrina religiosa llamada maniqueísmo, una secta considerada más tarde como una herejía. La Iglesia, por supuesto, los descalificó. Eso explica que el uso de maniqueo en tiempos actuales, y en ciencias políticas y sociales, el sinónimo viene a ser fanático, obcecado, recalcitrante. El maniqueísmo histórico fue muy distinto. Mani, un arameo nacido en Babilonia (se supone que en 216-274) intentaba una religión universal, que incluía a Zoroastro, Buda y Jesús. Tuvo discípulos y libros. Tenía una ética: su código moral que hasta ahora se estudia, era no violencia, castidad, pobreza. Fue tan fuerte que el propio San Agustín fue un buen rato, maniqueo.

Los antiguos maniqueístas partían del principio del dualismo. Me explico, había una Iglesia y la Santa Iglesia. La religión y una Santa Religión. La idea de dualidad los llevaba a pensar en lo admisible y su contrario. En el diario El Comercio de este domingo, un artículo de Vergara habla de «dualistas». Se refiere a PPK y a Keiko. Es metáfora, lo toma como un duelo. Y en esa misma edición, el editorial recuerda las elecciones del 2016, «cuando la ciudadanía, con su voto, decidió que el Ejecutivo y el Congreso quedaran repartidos entre fuerzas distintas». No señor. Eran muy similares. Digamos las cosas como son, ¡eran dos derechas! ¿Qué les pasó? Entre una serie de causas, intentaron ambos destruir al rival. Pero no son los únicos. El maniqueísmo criollo está por todas partes. Llega a la intimidad, a personas que ya no se frecuentan porque el otro piensa de modo diferente.

Con la peste del maniqueísmo político-cultural ha aparecido otro actor social. Se ha pasado del criollo al achorado. «El que fuerza las situaciones». Lo dice Danilo Martuccelli: «La habilidad del criollo era proverbial y marcada por la prudencia, el achorado es un atropellador imprudente» (Lima y sus arenas, 2015, p. 262) «Verdadera filosofía de vida, cada uno de ellos vive en la oportunidad» (Ibid.) ¡Cómo los de afuera nos entienden mejor que nosotros mismos! El achorado no discute, «aplasta».

Ahora bien, según André Comte Sponville, «política es la gestión no guerrera de los conflictos». ¿Cómo si esa actividad es inseparable de la conflictividad? Gran parte de la sociedad peruana no está preparada no solo para la democracia (sigue descendiendo después de 1995, Latinobarómetro) sino para cualquier tipo de gobierno. Las dictaduras nos duran poco. También las precarias democracias. Hoy, ¿aceptar la pluralidad, el juego entre mayorías y minorías, y una institución que ejecuta y otra que marca los límites? ¿Y una tercera que vigila a las otras dos? Demasiado. En los concilios de Lima en el XVI, los monjes que intentaban cristianizar a la población indígena se encontraban con un límite cognitivo. Se reconvertían aceptando un Padre eterno, al Hijo, pero ¿eso del Espíritu Santo? Era mucho. Y Roma les dijo que dejaran el tema. ¿Eso nos está pasando hoy día?

¿Nuestro futuro es tribal? A este ritmo, celebremos el Bicentenario porque me temo que no haya otro.

Publicado en El Montonero, 5 de agosto de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/peru-en-la-peste-del-maniqueismo-achorado

¿Y si la lejanía es lo que siempre nos ha traicionado?

Written By: Hugo Neira - Jul• 30•19

Me importa en demasía las ciencias sociales. Pero no siempre hay que que creer las afirmaciones de los colegas. En general, en ciencias, de la natura como del hombre, no se debe creer sino argumentar, dudar, reflexionar. La creencia no es el saber, es otra cosa: un acto de fe. Sin embargo, rebuscando papeles y trabajos anteriores, de los muchos que quedan de mis viajes, me tropiezo con uno en que se ponía una gran atención a una suerte de identidad colectiva, y la llamaron la multitud. Lo usé un tiempo. Pero la evolución planetaria de las sociedades hace aparecer un nuevo sujeto. El individuo. La mundialización ha hecho caer diversos paradigmas. Uno de ellos, la importancia de la conectividad.

¿Pero eso es cierto? La sociedad que más se aproxima a la situación de gran potencia, sobrepasando acaso a los Estados Unidos, es la China post Mao. (Véase, más adelante, el rol que le da George Friedman). Es cierto que se la puede visitar, pero no es precisamente un lugar de migraciones extranjeras. Y menos aún, el Internet que usamos. Y sin embargo, progresa.

En nuestro caso —y no me refiero al Perú a partir del siglo XV, sino al milenarismo de las primeras civilizaciones anteriores a Tiahuanaco y a los primeros Incas—, el rasgo dominante es que estuvimos aislados. Y es por el mar que llegan los conquistadores. Por algo los llamaron «virachocas», algo cercano no a un dios sino a la espuma del océano. No voy a discutir, obviamente, el accidente llamado la Conquista. Ni lo que voy a decir se inscribe en una línea de interpretación indigenista ni tampoco hispanista. Como lo ha dicho uno de los grandes pensadores de esta América Latina, «la polémica del Descubrimiento y la Conquista es vana y anacrónica». ¿Quién? Nada menos que Octavio Paz. Para bien o mal, «América comenzó en el siglo XVI».

Sin embargo, hay un pattern en nuestro itinerario. Y me refiero no solo a nuestra historia sino a la de todas las sociedades latinoamericanas. Las grandes sacudidas, los cataclismos vienen de afuera. No me refiero a las revoluciones, la de México en 1910 o la de Cuba en 1960, sino a eso que llamamos Conquista, Virreinato e Independencia. Esta última no hubiese ocurrido si España hubiese vencido a Bonaparte. No nos gusta reconocerlo pero la Independencia arranca —no para el Perú, que es más tardío— cuando queda acéfala la corona española. Pero la ocupación francesa en 1808, el levantamiento popular y la guerra misma destruyendo el Antiguo Régimen en la península misma, son parte de lo que ocurre entre 1810 y 1825. España deja de ser imperial. Es una potencia de segunda clase y en los territorios de América, con las juntas provinciales, se legitima otro tipo de poder. Se dice por el lado criollo que están contra Bonaparte y a favor de Fernando VII, el rey secuestrado por José Bonaparte, hermano de Napoleón. Una maniobra para iniciar algo mejor que una insurrección, autoconstituir asambleas, regencias, congresos de diputados, y entre ellas, las Cortes de Cádiz. En 1812. Es cuando se reconoce derechos a los americanos, tanto como a los peninsulares. Eso no ocurre en Lima pero sí en Buenos Aires. El punto de partida de la expedición de San Martín a Paracas, ocho años más tarde. Y siempre el mar. Es decir, algo que pasa en otros lugares del planeta, y llega tardíamente a playas peruanas.

¿Y quién dice que esto no pueda repetirse? ¿Estamos seguros, realmente, en qué sentido gira el mundo, en esta era del capitalismo de la mundialización, del poder ya no de las potencias imperiales sino de las grandes compañías, esas entidades llamadas por algunos ‘corporaciones’, por otros empresas ‘multinacionales’? En el año 2000, he leído que el diario mexicano La Jornada, confirmaba que de las 100 entidades económicas más grandes del mundo, por esa fecha, 51 eran corporaciones, y unas 41 eran naciones (Liliana Buschiazzo, «El Estado Precario»). Sí, claro, debemos intentar comprender y resolver nuestros problemas internos. Pero no podemos dejar de observar y reflexionar sobre la escena contemporánea. Los aztecas, que estaban en plena expansión en 1519, no podían imaginar que los conquistadores llegararían dos años después, el 13 de agosto de 1521, un día bajo el signo ritual Uno-Serpiente, día fatal por lo visto. Y que poco después moriría su último emperador, y desde el segundo mes del Xocolt Uetzi, no solo la capital se vuelve ruinas y muerte: plagas nuevas por todas partes, que acaso los vencían más que los caballos y las tizonas de los invasores.

Lo que pasa en otros lugares nos importa. Las líneas anteriores no son sino una introducción a un texto especial. Un ensayo de George Friedman. Fundador y director del centro de reflexión geopolítica Strategic Forecast (www.Stratfor.com). Es un gran observador de los riesgos y la seguridad mundial, las relaciones estratégicas entre los países y los factores de poder de las naciones. Está en estas páginas por la iniciativa que tomo. Quisiera compartir este texto, cuyo título ha sido «Una profecía geopolítica», publicada en el 2009. Su fuente es el The Next 100 Years. Lo digo porque así lo pide el Doubleday Publishing Group, una división de Random House, Inc. Hay una versión completa del libro, pero circula en México bajo el sello Océano en 2010.

                                                          ——————————

Una profecía geopolítica                                               Por: George Friedman

«Imaginemos que es el verano de 1900, que vivimos en Londres, entonces la capital del mundo. Europa rige Occidente. Apenas hay un lugar en la tierra que no esté bajo control, directo o indirecto, de alguna capital europea. Europa está en paz y goza de una prosperidad sin precedentes. Los vínculos europeos de inversión y comercio son tan amplios que hay quien sostiene que la guerra es imposible o que, de haberla, se resolvería en cuestión de semanas, ya que los mercados financieros no tolerarían esa tensión por mucho tiempo. El futuro parece nítido: una Europa próspera y pacífica gobernará el mundo.

Imaginemos ahora que es el verano de 1920. Europa ha sido desgarrada por una guerra brutal. El imperio austrohúngaro, al igual que el ruso, el alemán y el otomano, han dejado la escena y han muerto millones en una guerra que duró varios años. La guerra terminó con la intervención de un ejército estadunidense de un millón de hombres, que vino tan rápido como se fue. El comunismo domina Rusia pero su futuro no es claro. Países que se han mantenido en la periferia del poder europeo, como Estados Unidos y Japón, surgen como grandes potencias. Todos coinciden, sin embargo, en esto: el tratado de paz impuesto a Alemania garantiza que este país no se repondrá en mucho tiempo.

Imaginemos ahora el verano de 1940. Alemania no sólo se ha recuperado sino que ha conquistado Francia y domina Europa. El comunismo ha sobrevivido y la Unión Soviética es aliada ahora de la Alemania nazi. Sólo Gran Bretaña se opone a Alemania. Los observadores coinciden en que la guerra ha terminado. El destino de Europa parece decidido al menos para lo que resta del siglo: Alemania heredará el dominio sobre el mundo.

Imaginemos ahora el verano de 1960. Alemania ha sido destruida hace quince años en una guerra. Europa ha sido ocupada, dividida en mitades por la Unión Soviética y Estados Unidos. Los imperios europeos se colapsan, Estados Unidos y la Unión Soviética compiten por el dominio del mundo. Estados Unidos tiene contra la pared a la Unión Soviética y podría aniquilarla en cuestión de horas, dado su abrumador arsenal de armas nucleares. Estados Unidos ha surgido como la superpotencia global. Domina los océanos y con su poder nuclear puede imponer condiciones en todas partes del mundo. Mantener las cosas en punto muerto es a lo más que pueden aspirar los soviéticos, salvo que invadan Alemania y conquisten Europa. Esta es la guerra que el mundo espera y para la que todos se preparan, con un nuevo fantasma en el trasfondo: el peligro de la China maoísta.

Imaginemos ahora el verano de 1980. Los Estados Unidos han sido derrotados en una guerra de siete años no por la Unión Soviética, sino por Vietnam del Norte. La gran potencia es vista y se ve a sí misma en retirada. Expulsada de Vietnam, es expulsada también de Irán, cuyos campos petroleros parecen a punto de caer en manos soviéticas. Para contener a la Unión Soviética, Estados Unidos ha hecho una alianza con la China maoísta, luego de una amigable reunión de sus presidentes en Pekín. Esta alianza es vista como la única posibilidad de contener a la poderosa Unión Soviética, que parece la potencia emergente.

Imaginemos ahora el verano del año 2000. La Unión Soviética se ha colapsado. China es todavía comunista en el nombre pero capitalista en los hechos. La OTAN se ha extendido a Europa Oriental e incluso hasta la misma Unión Soviética. El mundo es próspero y pacífico. Las consideraciones geopolíticas son menos importantes que las económicas, y los únicos retos para la estabilidad son focos regionales de tensión como Haití o Kosovo.

Llega entonces el 11 de septiembre de 2001, y el mundo se pone de cabeza nuevamente. Alcanzado este punto podemos saber que lo único seguro sobre el futuro es que el sentido común se equivoca siempre al imaginarlo. No hay ciclos mágicos de veinte años; no hay fuerzas simples que definen el camino. Lo que en algún momento de la historia parece sólido, dominante y duradero, cambia con sorprendente rapidez. Las épocas van y vienen. La mirada internacional de hoy es muy distinta de la que habrá dentro de veinte años o de la que había veinte años antes, cuando era difícil imaginar la caída de la Unión Soviética. El análisis político convencional padece una aguda falta de imaginación. Ve como permanentes las nubes pasajeras, y es ciego a los cambios a largo plazo que tienen lugar, sin embargo, ante los ojos del mundo.

En los inicios del siglo XX era imposible prever acontecimientos como los que he mencionado. Pero hay ciertas tendencias que hubieran podido anticiparse y que de hecho se previeron. Era claro, por ejemplo, que Alemania, unificada en 1871, era una gran potencia atrapada en una posición insegura (entre Francia y Rusia) y necesitaba redefinir su situación europea y, por tanto, global. La mayoría de los conflictos de la primera mitad del siglo XX giraron en torno al lugar que Alemania intentaba ocupar en Europa. Aunque el momento preciso de las guerras no podía preverse, la probabilidad de la guerra era previsible; de hecho, muchos observadores la pronosticaron.

Lo difícil de anticipar era que las guerras del siglo XX serían tan devastadoras como fueron y que, después de ellas, Europa perdería su dominio sobre el mundo. Pero hubo quienes predijeron, en particular después de la invención de la dinamita, que a partir de entonces las guerras serían catastróficas. Si la anticipación tecnológica se hubiera combinado con la anticipación geopolítica, habría podido adivinarse la estremecedora sacudida de Europa. Por lo que hace al surgimiento de Estados Unidos y Rusia como nuevas potencias, desde luego se habían anticipado en el siglo XIX. Tanto Alexis de Tocqueville como Friedrich Nietzsche presintieron el ascenso de estos países. De modo que, con rigor y buena suerte, en los primeros años del siglo XX habrían podido imaginarse sus hechos centrales.

En los primeros años del siglo XXI podemos reconocer el rasgo fundamental de la época que se inicia, el equivalente de lo que fue la unificación alemana para el siglo XX. Hechos a un lado los imperios europeos, y lo que queda del antiguo imperio soviético, sólo resta en el escenario una superpotencia con poder abrumador: Estados Unidos. Estados Unidos parece enredar las cosas y cosechar reveses en distintas partes del mundo. Pero no hay que confundir el caos momentáneo con la tendencia de fondo. Económica, militar y políticamente, Estados Unidos es el país más poderoso de la tierra y no hay quien pueda desafiar ese poder. Como la guerra de Estados Unidos con España hace cien años, dentro de cien años la actual guerra entre Estados Unidos y el Islam radical será poco recordada, pese a la conmoción que provoca en nuestros días.

Desde la guerra civil de 1862, Estados Unidos ha tenido un extraordinario crecimiento económico. Pasó de ser una nación marginal a ser una economía más grande que los cuatro países ricos que le siguen. Desde el punto de vista militar, pasó de ser una fuerza insignificante a dominar el globo. Desde el punto de vista político, Estados Unidos toca prácticamente todo, a veces con la intención de hacerlo, otras por efecto de su simple presencia internacional. Estas palabras parecen escritas por un fanático proestadunidense, pero lo único que quiero decir en realidad es que el mundo gira de una manera u otra en torno a Estados Unidos.

Esto no se debe sólo al poder de Estados Unidos. También a un cambio fundamental sobre la forma en que funciona el mundo. Durante los últimos quinientos años Europa fue el centro del sistema internacional, y sus imperios crearon, por primera vez en la historia, un sistema global. La ruta fundamental era el Atlántico Norte. Quien controlara el Atlántico Norte controlaba el acceso a Europa, y el acceso de Europa al mundo. La geografía básica de la política global estaba encerrada en un espacio.

Entonces, a principios de los ochenta del siglo pasado, sucedió algo notable. Por primera vez en la historia el comercio de la cuenca del Pacífico igualó al comercio trasatlántico. Con Europa reducida a una colección de potencias secundarias después de la Segunda Guerra Mundial, y el cambio en los patrones de comercio, el Atlántico Norte dejó de ser la llave de entrada única a todas partes. Ahora el país que controlara el Atlántico Norte y el Pacífico podría controlar, si quería, el sistema de comercio mundial y, por tanto, la economía global. En el siglo XXI todas las naciones con costa en ambos océanos tienen una gran ventaja geopolítica sobre las otras. Dado el costo de construir un poder naval y el enorme costo de desplegarlo en el mundo, la potencia capaz de habitar los dos océanos se vuelve el actor dominante del sistema internacional por la misma razón que Inglaterra dominó el siglo XIX: vivía en el mar y lo controlaba. En este sentido, Norteamérica ha reemplazado a Europa como centro de gravedad en el mundo y quien domina Norteamérica tiene prácticamente asegurada la posición de potencia global dominante. Al menos por el siglo XXI ese país será Estados Unidos.

El poder acumulado de Estados Unidos y su posición geográfica lo convierten en el actor central del siglo XXI. Eso no lo hace un país querido. Por el contrario, su poder lo hace temible. La historia del siglo XXI, por lo tanto, en particular su primera mitad, girará en torno a dos enfrentamientos de signo contrario. Uno, el de las potencias secundarias formando coaliciones para tratar de contener y controlar a Estados Unidos. Segundo, el de Estados Unidos buscando impedir que tales coaliciones se formen.

Si pensamos en los principios del siglo XXI como el amanecer de la Era Americana (sucesora de la Era Europea), podemos decir que ha empezado con una corriente de grupos y países musulmanes tratando de recrear el Califato, el gran imperio islámico que se extendió alguna vez del Atlántico al Pacífico. Este actor inesperado atacó Estados Unidos en un intento de llevar a la primera potencia del mundo a la guerra para demostrar su debilidad y detonar un levantamiento islámico. Estados Unidos respondió invadiendo el mundo islámico, pero su objetivo no fue la victoria. No es claro siquiera qué significa la palabra victoria en tales circunstancias. El objetivo fue simplemente dislocar el mundo islámico y voltearlo contra sí mismo, de modo que no pudiera surgir una coalición de mayor envergadura.

Estados Unidos no necesita ganar guerras. Sólo necesita impedir que sus adversarios adquieran fuerza suficiente para desafiarlo. El siglo XXI podría ver distintas confrontaciones de potencias menores tratando de contrarrestar la acción estadunidense, y a Estados Unidos contrarrestándolas. Podría haber incluso más guerras que en el siglo XX, pero serán guerras menos catastróficas debido a los cambios tecnológicos y a la naturaleza del cambio geopolítico.

La guerra entre Estados Unidos y el Islam está terminando y ya se anuncia un nuevo conflicto. Rusia recrea su antigua esfera de influencia, que inevitablemente será un desafío para Estados Unidos. Los rusos se moverán hacia el oeste sobre la gran planicie norte de Europa. En la reconstrucción de su poder, Rusia se topará con la OTAN, que domina Estados Unidos, en los tres países bálticos —Estonia, Letonia y Lituania—, lo mismo que en Polonia. Habrá otros puntos de fricción, pero lo más probable es que esta nueva guerra fría acapare las miradas cuando se diluya la guerra de Estados Unidos con el Islam.

Parece inevitable que los rusos traten de reconstruir su poder y que Estados Unido trate de evitarlo. Pero al final Rusia no puede ganar. Sus profundos problemas internos, el declive de su población y su pobre infraestructura hacen que sus posibilidades a largo plazo sean sombrías. Enfrentarse a Estados Unidos en una segunda guerra fría no puede terminar sino en un nuevo colapso de Rusia.

Muchos observadores creen que China, no Rusia, es el rival a vencer de Estados Unidos, su principal desafío. Difiero de esa opinión por tres razones. Primero, si se mira con cuidado un mapa de China, se advertirá que en realidad es un país físicamente aislado. Con Siberia al norte, los Himalaya y grandes selvas al sur, y la mayor parte de la población china en la región oriental del país, los chinos no podrán expandirse con facilidad. En segundo lugar, China no ha sido una potencia naval en muchos siglos, y construir una armada requiere mucho tiempo no sólo para hacer barcos sino para crear los marineros expertos y bien entrenados que se necesitan. Y hay una tercera razón, más profunda: China es estructuralmente inestable. En cuanto abre sus fronteras al mundo exterior, las regiones costeras se vuelven prósperas, pero la inmensa mayoría de los chinos del interior del país siguen siendo pobres. Esto crea tensión, conflicto e inestabilidad. Conduce a decisiones económicas tomadas por razones políticas, de lo que se deriva ineficiencia y corrupción. No es la primera vez que China se abre al comercio exterior, y no será la última que esa apertura traiga como resultado más inestabilidad. Podría no ser tampoco la última vez que surja una figura como Mao Tse Tung para cerrar el país al mundo, igualar la riqueza —o la pobreza— y empezar un nuevo ciclo. Hay quienes creen que las tendencias de los últimos treinta años de China durarán indefinidamente. Creo que el ciclo chino se moverá hacia su siguiente fase inevitable en la siguiente década. Lejos de ser un rival, China es un país al que Estados Unidos tratará de sostener y mantener unido como contrapeso a los rusos. El actual dinamismo económico de China no se traducirá, necesariamente, en un éxito de largo plazo.

En el curso del nuevo siglo surgirán otros jugadores de peso mundial, países en los que no se piensa como grandes potencias hoy, pero que en mi opinión se harán más poderosos y sólidos en las siguientes décadas. El primero es Japón. Es la segunda economía del mundo y la más vulnerable por su dependencia de la importación de materias primas, ya que carece de casi todas ellas. Dada su historia de militarismo, puede anticiparse que Japón no permanecerá siendo la potencia pacifista marginal que hemos visto después de la Segunda Guerra Mundial. Sus profundos problemas demográficos y su horror a la inmigración en gran escala lo obligarán a buscar trabajadores en otros países. Las vulnerabilidades de Japón se han manejado hasta ahora mejor de lo previsto, pero lo obligarán con el tiempo a un cambio político sustantivo en su orientación global.

Luego está Turquía, hoy la economía diecisiete del mundo. La historia nos enseña que todas las potencias islámicas que han surgido han sido dominadas. El imperio otomano se derrumbó al final de la Primera Guerra Mundial, dejando a la moderna Turquía en su estela. Turquía es una plataforma estable en medio del caos. Los Balcanes, el Cáucaso y el mundo árabe son inestables. Conforme crezca el poder de Turquía —su economía y su ejército son ya los más fuertes de la región— crecerá la influencia turca.

Por último está Polonia, que no ha sido potencia mundial desde el siglo XVI. Pero lo fue alguna vez y creo que lo será de nuevo. Dos factores pueden concurrir a este efecto. Primero, el declive alemán, cuya economía es grande y sigue creciendo, pero ha perdido el dinamismo que tuvo en los últimos dos siglos. Además, su población caerá dramáticamente en los siguientes cincuenta años, minando todavía más su poder económico. Si en su intento de reconstruirse los rusos presionan a Polonia desde el este, los alemanes no tendrán ganas de una tercera guerra con Rusia. Y este es el segundo factor: en ausencia del factor alemán, Estados Unidos apoyará a Polonia con un amplio respaldo tecnológico y económico. Puedo imaginar a Polonia emergiendo como potencia líder de una coalición de Estados enfrentados a Rusia.

Japón, Turquía y Polonia tendrán que vérselas con unos Estados Unidos más fuertes y confiados aun de lo que estaban después de la caída de la Unión Soviética, lo cual podría crear una situación explosiva. La relación entre esos cuatro países impactará decisivamente el comportamiento del siglo XXI, al punto de que podrían conducir a una nueva guerra global. Sería una guerra distinta a todas las que se hayan librado hasta entonces, con armas que pertenecen hoy al reino de la ciencia ficción.

Pero el hecho fundamental del siglo XXI que puede anticiparse es el fin de la explosión demográfica. Para 2050 los países desarrollados estarán perdiendo población a ritmos acelerados. Para el 2100 incluso las naciones menos desarrolladas tendrán tasas de natalidad bajas y una población estable. Desde 1750 el sistema global ha sido construido sobre la premisa de una población en crecimiento: más trabajadores, más consumidores, más soldados. En el siglo XXI la premisa del crecimiento demográfico llegará a su fin y la lógica del desarrollo mundial cambiará radicalmente. El cambio demográfico obligará al mundo a depender más de la tecnología, en particular de robots que sustituyan el trabajo humano, y se intensificará la investigación genética no tanto con el fin de extender la vida, sino para volver más productiva a la gente —y durante más tiempo.

El hecho es que ya en la primera mitad del siglo XXI la quiebra demográfica creará una gigantesca escasez de mano de obra en los países avanzados, cuya preocupación actual es cómo contener a los inmigrantes. En el curso de la primera mitad del siglo XXI, el problema de los países ricos será convencer a los migrantes de que vengan, al punto incluso de pagar por ello. En la competencia por los migrantes escasos, Estados Unidos intentará por todos los medios lo que hoy rechaza: inducir la migración de los mexicanos a su territorio, un cambio irónico pero inevitable.

Esta transición demográfica podría desatar la crisis final del siglo XXI. México es hoy la economía número quince del mundo. Mientras los europeos se diluyen, los mexicanos, como los turcos, crecerán hasta volverse, para fines del siglo XXI, una de las grandes potencias económicas del mundo. Durante la gran migración al norte alentada por Estados Unidos, el equilibrio de la población en los antiguos territorios mexicanos (los tomados en la guerra del siglo XIX) cambiará radicalmente hasta volver muchas de esas regiones predominantemente mexicanas.

La idea de que el siglo XXI podría culminar en una confrontación entre México y Estados Unidos es difícil de imaginar en el año 2009, al igual que una Turquía o una Polonia poderosas. Pero recordemos, con el principio de este artículo, cómo se veía el mundo en distintos momentos del siglo XX, y admitamos que el sentido común no es el mejor consejero para predecir los cambios del mundo.»  (Friedman, 2009)

Publicado en Café Viena, 30 de julio de 2019

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