Lo indefinido, lo fortuito, lo nebuloso

Written By: Hugo Neira - Jul• 29•19

Lo que ocurra en el 28 de julio, me ha llevado a una suerte de propensión a dudar del curso de la historia. Basadre recomendaba que el azar y el voluntarismo juegan un rol decisivo. Así, he vivido tres momentos. La semana que ha corrido. Luego un recojo de conjeturas, suposiciones, hipótesis, sospechas y barruntos. Y en fin, los anuncios del presidente Vizcarra ante el Congreso, los medios de comunicación y el país entero.

La situación era grave por donde se mirara. O bien el presidente aceptaba las reformas a la reforma propuesta por el Ejecutivo. O bien, pateaba el tablero. Entre tanto, el partido político más numeroso en el país actual es el de la desilusión, el fastidio, tanto por el enfrentamiento de los poderes del Estado, como por la corrupción. Coimas y cohechos por arriba y por abajo. La cólera en unos casos, y otros que buscan su Batman.

La pregunta clave era si el Presidente aceptaría las 6 leyes que alcanzaron a aprobar en el Parlamento, a duras penas, justo en el último día. Los más optimistas estaban por la idea de que el presidente iba a aceptar las modificaciones. Esto me dijeron personas de buen talante, amigos que piensan en términos de racionalidad. El Congreso habría cumplido con su deber. Aquel que todo Parlamento tiene como función en todas las sociedades democráticas del planeta. Por mi parte, yo no veía cómo podían funcionar los partidos con esas «primarias» obligatorias. No lo veía claro. Según Duverger, un partido lo forma un núcleo de dirigentes —los fundadores tanto en la izquierda como en la derecha— que luego se ensancha a lo que se llama los militantes. Y luego, algo más amplio, los simpatizantes. Los partidos son inevitablemente jerárquicos. Como un ejército, una iglesia, una empresa. Pero el invento de Tuesta y la Comisión de Alto nivel, pensaban en otra cosa.

A falta de estadísticas, escuché a muchos. Pocos me dieron una hipótesis decisiva. Escuché a aquellos con juicios racionales y jurídicos. Pero no soy ni jurista ni constitucionalista. En cambio, he estudiado en Francia ciencias políticas. Y si claro está, existe las reglas de juego, también es cierto que la política es una lucha. Un agon, como decían los antiguos griegos. Y que toda política tiene un rasgo de irracionalidad. Escuché en la pantalla de la televisión a Lourdes Flores. Dijo cosas sensatas, quizá demasiado sensatas. Lo decía con un tono especial, sonreía, jugaba, se ponía en las mejoras salidas. Estaba en el lado de los que toman los grandes dilemas desde el jardín de quienes viven en el mejor de los mundos. Otros, en cambio, consideraban que el desenlace era evidente.

Había una tercera variable. ¡No iba a pasar gran cosa! En ese sentido, me  sorprendió entonces, un artículo de Carlos Basombrío titulado «El circo de tres pistas» (El Comercio, 25 de julio). El tema era el probable mensaje presidencial. El tono era irónico, aunque admitía «que el resultado final era incierto». Por mi parte, por un momento pensé que en efecto, que este 28 de julio «el presidente Martín Vizcarra acudirá al Congreso no para disolverlo». Lo que haría es «decir que ha conseguido cinco o seis de sus objetivos, agradecerá al Congreso por el esfuerzo y les pedirá perseverar en la reforma». Pero comencé a pensar que los augurios de Basombrío no caminaban. Daniel Salaverry no ganó las elecciones sino Pedro Olaechea.

Y como puede imaginar el lector, fui con toda mi carga de conjeturas a escuchar por completo el discurso presidencial de este 28 de julio. Es sencillo. Unas tres cuartas partes más que un discurso, fue un informe minucioso. Se nota que su autor ha pasado buen tiempo visitando el país. Con detalle pasaba de un tema como la agricultura o el turismo, a tres tipos de datos, cuánto invierte en cada caso el Estado, los hospitales, escuelas o el gasto en institutos técnicos, y a cuántas familias o peruanos, se benefician. Todo en números precisos. Datos como el que «hay  millones de peruanos sin acceso a la salud». O los datos sobre posibles carreteras, «1200 km con 12 obras en marcha», y así por el estilo. Me parecía más que interesante. Un tratado, un prontuario, un vademécum sobre lo que nos falta en servicios públicos e infraestructura, y cuando comenzaba a bostezar, llegó la bomba.  «Todos nos vamos». «Incluye el recorte del mandato presidencial».

Con todo, qué lección. La esencia de este discurso es que nos ha dicho como conoce el Perú y las cosas que se pueden hacer. Y luego de decirnos que él puede —la prueba son los Juegos Panamericanos— nos dice, hoy, me voy, para volver. No se cierra el Congreso de inmediato. Reforma constitucional para irse el próximo 28 de julio del 2020.

En política, el actor juega un rol decisivo. Veremos qué responde el Parlamento.

Hacía tiempo, desde los días de Alan García, que no había un político en Palacio. No lo fue Ollanta Humala ni la señora Heredia, menos PPK. Es evidente que Martín Vizcarra es un político.

Sin embargo, todo se vuelve súbitamente nublado. ¿Desaparecerán los partidos llamados tradicionales? ¿Cuántas fuerzas sociales que no tienen sitio en la escena contemporánea van a aparecer de aquí al 2021? ¿No habrá sentido Vizcarra en sus viajes y encuentros, que emergen otras gentes, otras maneras de hacer política? ¿No estará pasando que la nueva sociedad peruana, tras 20 años de crecimiento económico, quiere otras caras, otros representantes, otras izquierdas y derechas? No lo sé. Nadie lo sabe. Pero se muere una época.

Publicado en El Montonero., 29 de julio de 2019

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¿Una enciclopedia arequipeña? Sí, pues, los 14 tomos de TEXAO

Written By: Hugo Neira - Jul• 24•19

Estuve en la FIL pero no para presentar un libro mío, aunque había varios en los puestos de venta, sino para cumplir una tarea que me pidieron en la Universidad Católica de Santa María. Nada menos que el rol de lector de una obra inmensa. El adjetivo es justo, tanto por su extensión como por su contenido. Esa obra se llama Texao. Arequipa y Mostajo. Se trata de doce tomos de 400 a 500 páginas. A los que se suman dos más, llamados «esenciales». Por otra parte, a primera vista, parecería una vasta obra de investigación sobre Arequipa —lo es—, pero rebasa el límite regional.

En la FIL, ante un público que no era numeroso pero el suficiente para transmitir esa impresión de algo formidable. Al lado esperaban los que venían para escuchar a Mario Vargas Llosa. En el público que ingresó al auditorio donde se exponían los tomos de Texao, hubo gente muy distinguida. Vi al antropólogo Ossio, a personas que conozco y son diplomáticos. Y acaso buena parte de arequipeños. Lo que dije fue simplemente transmitirles mi sorpresa y admiración. En efecto, yo no conocí en vida suya, a Juan Guillermo Carpio Muñoz. Solo que me he leído las 7000 páginas de esos volúmenes. Que son algo más que una serie de tomos.

En Arequipa, traté de situar esa obra colosal en lo que era la historiografía que reclamaba Raúl Porras Barrenechea en Fuentes históricas peruanas (1954). Es un clásico, ciertamente, sus 601 páginas han sido varias veces reeditadas. Útil para todo aquel que se consagre a la historia del Perú, lo espera los datos sobre las fuentes, desde los primeros quechuistas a la arquelogía, los mitos y épica incaica, los cronistas, las fuentes de la historia colonial, la emancipación, hasta la historia republicana, amén de la cartografía y la historia misma de los historiadores. Conviene que diga que algunos tuvimos la suerte de trabajar directamente con Porras en su casa de Colina, transformada en taller de trabajo, haciendo fichas y lecturas para el maestro Porras y rentados por el editor de historiadores, José Mejía Baca. Un pequeño número de asistentes, a saber, Pablo Macera, Carlos Araníbar, Mario Vargas Llosa antes de partir a Europa. Y entre ellos, quien escribe esta nota. Pero ¿a qué viene esa rememoración?

Por una sencilla razón. En el capítulo XIV, insiste en la importancia de la bibliografía regional (pp. 535-563). Y en cuanto a Arequipa aparece Víctor Andrés Belaunde con un estudio sobre el movimiento intelectual, y Felipe Santiago Bustamante sobre la Compañía  de Jesús en esa ciudad, de Juan José Reinoso sobre Mollendo, y Francisco Mostajo, sobre la fundación española de Arequipa. Sin embargo, no vimos en los decenios siguientes un entusiasmo por los estudios de la historia de otros  departamentos y ciudades peruanas.

Ahora bien, eso no lo vio Porras, pero como uno de sus discípulos, puedo decir, sin duda alguna, que habría aplaudido el esfuerzo y la obra de Carpio Muñoz que comentamos.

Con una variante decisiva. Desde el inicio de su lectura se entiende que Texao es mucho más que una historia regional. Su monumentalidad la produce el hecho que capítulo tras capítulo, la historia de Arequipa va de la mano con los acontecimientos de la historia del Perú. Es, pues, una narrativa de Arequipa y a la vez de la nación. Para ser más claro, diré que se ocupa, por ejemplo, no solo de lo que el autor llama los «aristócratas arequipeños» (tomo III, p. 123) sino de personajes nacionales tales como Grau, Piérola, y en el siglo XX, Leguía, Odría y otros. Las biografías, que son abundantes, son de arequipeños pero no faltan los que no nacieron al pie del Misti. No es, pues, una versión aislada de la historia arequipeña sino una metodología que vincula unos y otros episodios trascendentes, acasos distantes por la geografía, y unidos por el destino. Si así lo vemos y apreciamos, entonces el trabajo intelectual que ha costado esta obra viene a ser una doble lectura. Historia de Arequipa e Historia del Perú. Tal vez (es de desear) inspire a algún otro investigador —o acaso un equipo de investigadores— movidos por el ejemplo de esta obra. Estudio regional y a la vez, nacional.

Pero si fuera solo esto, ¿solo es historia? Depende de lo que entendamos por ello. Ahora bien, es cierto que soy sociólogo, graduado en Francia y profesor por largos años, pero he estudiado historia en San Marcos y por lo general, en mis obras, acudo a una y otra disciplina. Ahora bien, el concepto de historia ha evolucionado en el tiempo que nos separa del final de la segunda guerra mundial. Un poco antes que ese acontecimiento, la historia se había ocupado de los hechos políticos, la diplomacia y las guerras. Pero en el siglo XX emergen los aspectos sociales y económicos, y la historia y los historiadores van a ocuparse no solo de lo que van a llamar la historia-batalla sino de las modificaciones en la estructura de las naciones, cambios demográficos, de comportamientos y mentalidades. Y ya no solo de hechos visibles sino subterráneos. Para lo cual aparece el concepto de longue durée, con la Escuela de los Annales dirigida por por Fernand Braudel (1902-1985). La larga duración, el tiempo largo, es el criterio de Lucien Febvre. Y de Marc Bloch. ¿Qué importancia tienen esas modificaciones para nuestros historiadores peruanos? Los más importantes, como Jorge Basadre, Pablo Macera, incorporaron esas nuevas medidas de la historia en sus trabajos. Ese corte en la aproximación de los hechos significa no solo el estudio de las clases dominantes o de los caudillos, tanto militares como civiles, sino el estudio del pueblo. Y de la cultura popular.

Dicho esto, y de retorno a lo que es Texao, ¿acaso el autor, Carpio Muñoz, solo se ocupa de los hechos políticos? ¿No es verdad que a cada capítulo le dedica espacios muy nutridos sobre cómo es la cultura popular de los arequipeños, desde sus expresiones populares, las peleas de toros, la música popular y a la comida tradicional? Con gran entusiasmo dice el rector Manuel Alberto Briceño Ortega en la Presentación de Texao. ¿Qué no está, de la vida arequipeña, tanto en política como en costumbres, en esos volúmenes? Está la rebelión popular de 1867, no por azar, el inicio de esos estudios. Pero también los terremotos, lo que fue Arequipa en el momento de la Guerra del Pacífico, los valses y marineras, la reconstrucción de la Catedral, la historia de la fotografía o el arte arequipeño. O cómo surgen el Club de Arequipa, el Internacional, el primer Colegio de Abogados. Entonces, no hay solo una forma de historia, sino historias.

A saber, la historia política sin duda, pero también la historia cultural, dada la importancia que se da a literatos, juristas, artistas y pensadores. Historia recuperada del periodismo local, la recuperación de lo que en su momento dijeron los testigos de vista de los acontecimientos, es decir, el diario La Bolsa, El Deber, El Pueblo. Historia de las mentalidades. Cada capítulo tiene algo que ver con las costumbres y tradiciones. Carpio Muñoz desempolva los deseos, los dolores y los placeres de un fondo tanto masculino como femenino, de una historia íntima de las sensibilidades populares. Se juntan, pues, en la misma edición, por lo general en páginas cercanas, la cultura popular y la cultura elitaria. Hay como un proyecto de síntesis. Arequipa, tierra de chacareros. Ciudad de juristas y de profesionales del Derecho (Mostajo). Esta es otra manera de la memoria. No solo hay disponibles, en esos 14 volúmenes, datos para entender la vida cívica arequipeña, sino una fuente para antropólogos y sociólogos y lingüístas. Esto último, dado el estudio y el uso a cada ratos —deliberadamente— de palabras que solo se usaron en las faldas del Misti: «Carosa, helay quitáte si no me lo entendí» (Tomo II, p. 344).

Es hora, entonces, de abordar la estructura interna de cada capítulo que Juan Guillermo Carpio Muñoz publica, y luego de algunos años, reúne en Texao. Arequipa y Mostajo. Esa armazón y soporte interno no es difícil de hallar. Está en cada edición de sus investigaciones que él mismo edita, y que luego recopila, para la obra que comentamos. Consiste en lo siguiente: en primer lugar, un título que se repite en cada edición, a saber, la historia de un pueblo y de un hombre. Luego, un episodio histórico, por ejemplo, la «rebelión de 1867. Viva la religión». Luego siguen las microbiografías, la cronología, las anécdotas históricas y las páginas memorables. Esta organización, por cierto, ha llamado siempre la atención, y Jorge Cornejo Polar, reconocido profesor y ensayista, decano y rector de la San Agustín, en octubre de 1980, reconoce la novedad del ensayo histórico de Texao: «Es una suerte de ataque plurilineal, simultáneo desde varios frentes. El ensayo en sí, el núcleo en sí, está rodeado del documento, de la anécdota, de la fotografía que ilustran, que le dan amenidad didáctica al motivo central que es Arequipa so pretexto de Mostajo» (Texao, tomo I, p. 59)

Tres años después, en 1980, a la segunda edición de cuatro tomos de Texao —publicados en Lima— añade esta interpretación de la obra de Carpio Muñoz: «Debe reconocerse que no hay una sola historia del Perú, sino más bien una multiplicidad de procesos históricos, un conjunto de desarrollos paralelos aunque desiguales que deben ser estudiados en su peculiaridad». Quizá conviene detenerse un instante en esta peculiaridad. Porque define la naturaleza de esta obra.

En primer lugar, el mismo Cornejo Polar había observado en la edición de 1980 la posibilidad de que «habiendo anécdotas y fotografías, esa historia podía llegar al gran público y a los niños». En segundo lugar, la «plurifocalidad» de los textos, desde estudios de biografías y «minuciosa cronología», podía «sorprender al lector y luego interesarlo y cautivarlo». Atinadas y certeras afirmaciones del gran Cornejo Polar. Sin embargo, visto desde la perspectiva del siglo XXI, hay una tercera razón, que me permito añadir.

Vivimos en una era marcada no solo por la mundialización sino la importancia de la imagen. No solo cine, televisión, internet sino celulares. A eso se agrega que en las Ciencias Sociales cada vez más se establece la necesidad de la multidisciplinariedad. No es del todo correcto ponerse como un autor de esa corriente por aquel que esto escribe, pero no tengo más remedio que decir que,  por mi parte, mis obras se tiñen de historia y a la vez de Ciencias Políticas y Ciencias Sociales, disciplinas las dos últimas, en las que me formé en Francia. País en el que hice casi el total de mi vida universitaria. Con colegas europeos que practican esa interacción de saberes, a diferencia de la metodología anglosajona que prefiere la máxima especialización. Ahora bien, si Juan Carpio se propuso como meta teórica la historia de Arequipa en el tránsito del siglo XIX al XX, observando no solo los hechos históricos y culturales, sino «la entronización del capitalismo en la ciudad y en la región», entonces caben diversas narrativas. La historicidad de Arequipa, los acontecimientos —Vivanco en el XIX, Belaunde en el XX— pero también la sustancia de lo vivo, los sentidos, los sabores, en suma, desde la guerra de caudillos y las pasiones políticas a los arequipeñismos. Lo que dice el intelectual y el jurista, pero a la vez, las picanteras tanto como las rebeliones. Las misas como los desfiles.

No una simbiosis sino un vasto abanico que va del characato al notable, y viceversa. Académicamente, unos espacios de historia política, social, cultural, donde cabe la vecindad y paralelismo de la historia, el costumbrismo, la lingüística y la antropología. Más que la amenidad, la pluralidad. Desde los hechos que parecen banales a las grandes transformaciones. De la historia de la gente a la gente sin historia. Y acaso la historia de lo que cambia a la vez, en la longue durée, la ciencia de lo que no cambia, o difícilmente.

Algo decisivo para concluir. Texao. Arequipa y Mostajo, rompe todos los modelos de edición de estudios e investigaciones. Es una pesquisa académica sin duda alguna. Pero con un esquema brillante y extenso. No es una acumulación de documentos ni una colección de textos. Es historia nacional e internacional. Podríamos también llamarlo  ‘diccionario biográfico-histórico-cultural’, pero ese intitulado es demasiado largo. Me permito decir lo que pienso. Cuando un saber se expresa en varios tomos, con un aporte universal y objetivo y variado, a eso se le llama ‘enciclopedia’. Idea y obra que como es sabido, inventan los pensadores de la Ilustración francesa en 1751, Jean le Rond d’Alembert y Denis Diderot, con el nombre célebre por siglos, de L’Encyclopédie. Hoy existen diversas enciclopedias, incluyendo las digitales como Wikipedia. Para eso, sin embargo, debido a las diversas temáticas que se hallan en los diccionarios, la originalidad de cada artículo depende en gran parte, de un índice adecuado. De lo contrario, la búsqueda de un personaje o de  una entidad —los clubs, las empresas arequipeñas— sería extremadamente difícil. La extensión, variedad y contenido lo reclama. En fin, me parece que su definición en el pasaje de los fascículos iniciales a los 14 tomos, puede llamarse, ‘Enciclopedia arequipeña’. Y es eso lo que es. No un libro corriente. Una suma de saberes. Que puede extenderse a ciencias geológicas, ecológicas, de la natura o de la sociedad humana. Sin límite alguno. ¿Qué novedades nos espera en este siglo? ¿Cómo afectarán a Arequipa y al Perú? Texao es un producto mistiano, y por eso, inacabable. No faltarán los herederos intelectuales de Juan Guillermo Carpio Muñoz.

En la FIL, stand n°188, a 365 soles la colección completa.

Publicado en Café Viena, 23 de julio de 2019

Entre Escila y Caribdis, ¡otra vez!

Written By: Hugo Neira - Jul• 22•19

Intitular, gramaticalmente, quiere decir que se titula algo con alguna significación. En este caso, Escila y Caribdis, fue un mito griego, dos monstruos marinos muy cercanos el uno del otro, al punto que los marineros, al evitar uno de ellos, caía en las fauces del otro. En nuestro tiempo, se usa para decir que se está entre dos peligros, algo como «entre la espada y la pared». Ese tema lo aborda una de las cabezas más despejadas y honestas que he conocido, Augusto Salazar Bondy, mi profesor de filosofía en el San Marcos de fines del cincuenta. En su momento —a los seres humanos siempre los rodea la circunstancia— la suya era el subdesarrollo o una revolución. No era su meta, pero sí el contexto. ¿Cómo evitar, pues, la dominación sin caer en alguna forma nueva de alienación? Él añade el concepto de humanismo. Que ha desaparecido en los colegios.

Ahora bien, uno de los capítulos de su libro se titula «Regresión y progreso en política». Fina definición, entiende el filósofo que se puede avanzar y al mismo tiempo, mientras hay retroceso. Ambas cosas pueden ser simultáneas. Es el caso, el Perú de hoy con más ingresos y menos cultura que nunca. Claro está, eso no pueden pensarlo los opinólogos. De los años sesenta, en materia de entender este país, hemos retrocedido. No nos hemos vuelto ciegos pero sí tuertos. Solo un ojo, como Polisemo, cíclope, descomunal pero bastante tonto. Por eso lo vence el humano Ulises. Y a mí no me entienden. Porque yo veo la realidad presente por un lado, y por el otro, no soy correcto, y como diría Alfredo Bryce, «el Perú es así, y también es asá». En fin, ¿cuál de los dos bandos va a dominar en los venideros años veinte, el apático o el destructor? Eso no lo saben ni los brujos de Cachiche.

Por el momento, Lima dual. Lo mejor y lo peor. El desparpajo de ciertos personajes, y el lugar de la cultura, la FIL, la feria internacional del libro, que ha girado en torno a Mario Vargas LLosa, y a la vez los quioskos de diarios. La modernidad que viene de la lectura y la barbarie colgada en las feroces portadas, para que el populorum que no compra ni diarios de 50 centavos, al menos los miren. Correo: «Elmer Cáceres ‘dispara’ contra Tía María y dice que ‘no va’». «Gobernador de Arequipa sostiene que si el Ejecutivo no anula la licencia de construcción, no habrá diálogo.» «Llama ‘traidor’ a Vizcarra y señala que si insiste en el proyecto, se atendrá a las consecuencias». De la arrogancia del gobernador de Arequipa, me ocuparé en la próxima semana. Quiero ver qué responde el poco gobierno que nos queda.

Hay otras opiniones que corren en la mugre de estos días, no menos cavernícolas. Cuando se le ha preguntado a Vladimir Cerrón Rojas algo sobre el régimen de Maduro. No se trata de cualquier hijo de vecino: Gobernador Regional de Junín, y quiere establecer una alianza con Verónika Mendoza y Gregorio Santos, con «miras al 2021» (El Comercio, 12/07/19, p. 8). ¿Qué cosa atinada ha dicho para merecer estar en esta página? Para Vladimir Cerrón la «Venezuela de Maduro es una democracia». ¡¿Qué les parece?! «El régimen de Maduro, viene de un voto popular». Lo cual, es cierto. Nuestro lúcido gobernante regional insiste que sobre «25 procesos electorales, han podido ganar en 24». Genial, ¿no? ¡Viva Maduro! Solo una duda me queda, lo que dicen sobre la democracia O’Donnell, Whitehead, Dieter Nohlen desde Alemania, Robert Dahl desde Yale, Gabriel Almond desde Stanford, y Alain Touraine desde la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. En pocas palabras, no basta ganar unas elecciones. Es un sistema de instituciones y pueblo. Implica no solo partidos sino movimientos sociales muy diversos, rivalidades y enfrentamientos. Y el juego político, puesto que los intereses son diversos y la sociedad civil es heterogénea. Para Cerrón solo le basta el voto. Y luego, en el sillón, ¿eso que Basadre llamó el sultanismo? ¿Otra vez Andrés?

Estamos entre Escila y Caribdis, entre el caos actual y una democratura, para llamarla de alguna manera. Pero este es el siglo de los disímulos. Hay lo que se llama los regímenes híbridos. Ni por completo tiránicos, ni tampoco del todo democráticos. Eso fue Chávez.

En una de las salidas de la Feria, un grupo abuchea a Mario Vargas Llosa. Le gritan, «garante, garante, ¿en qué líos nos has metido? ¿Qué pasó con los presidentes que nos recomendaste?». La cosa es un tanto injusta porque he escuchado a un MVLl distante de los noventa. Y en algún momento dijo que se habían equivocado. No me parece poco. ¿Conoce usted lector, algún personaje peruano que diga alguna vez que se ha equivocado? Eso sería un milagro. 

Pasando a temas que lucieron en la feria, uno de ellos, la literatura que se ocupó de las dictaduras, de caudillos, tiranos, de lo que hoy se llama la novela de los dictadores, «un subgénero narrativo de la América Latina», dice Wikipedia. El boom literario, todos lo sabemos, pero por si acaso, un recuento: Yo el Supremo, 1974, de Augusto Roa Bastos. La Fiesta del Chivo, en el 2001 si no me equivoco, de Mario Vargas Llosa. Me estoy olvidando, El recurso del método, de Alejo Carpentier, 1974. Y en fin, El otoño del patriarca, Gabriel García Marquez, en 1975. Ahora bien, el ocuparse de un relato de dictadores puede ser una lista más extensa, si recordamos al gran Faustino Sarmiento, escritor y presidente, que escribe Facundo, a quien combatió y admiraba.

Con Vargas Llosa en la FIL, vino el tema de la novela de los dictadores. Le escuché en la televisión la conversación con dos acompañantes muy competentes. Y dijo un par de cosas que no quiero dejar de comentar. Admitió que esos personajes, eran una suerte de monstros con algo excepcional, autocráticos, absolutistas, despóticos, y acaso por eso mismo, atractivos. Desde el personaje que era el doctor Francia en Paraguay, a Somoza de Nicaragua y se me ocurre, la seducción del mal que luce el demonio cuando es Satanás, Luzbel, Mefistófiles, el astuto, el sagaz, el hábil y mañoso (lo dicen los teólogos). Pero Mario dice que eso ya fue, y ante los actuales, se nota que la América Latina ha retrocedido en calidad de la maldad tiránica. El nivel de los tiranos se ha venido abajo. Incultos, vulgares, dan cólera. Maduro, por ejemplo.

Pero dijo también que «la novela no es la historia. La novela no es la sociología. El testimonio novelesco de la realidad … es un testimonio infiel de la realidad». ¿Está claro? Por mi parte, nunca pensé que la comprensión de la América Latina podía caber solo en la literatura. Siempre pensé que a Octavio Paz no le dieron el Nobel por ser poeta. No era novelista. Escribía ensayos. No narraba, pensaba. El boom fue magnífico, pero no alcanza a explicarnos a nosotros mismos. Necesitamos la conciencia de lo real. Eso que evitamos con mitos, con la búsqueda de un inca y otros laberintos. El secreto de lo mejor está en los ensayos. Casi nuestra filosofía. ¿La fantasía? Ya es bastante la que nos rodea. Además, nos hemos olvidamos de lo que quería Salazar Bondy: «En el Perú falta una tradición académica firmemente establecida. Una cultura espiritual vigorosa, y una valoración social del intelectual.» En eso, le cobro una deuda a Mario. Sus intervenciones en la vida política no solo han degradado la confianza que se le podía tener sino al resto de lo que todavía se reconocen como intelectuales. Quedan pocos. Y no somos precisamente seguidos. Los errores de los noventa necesitarán decenios para ser pasado perfecto.

Publicado en El Montonero., 22 de julio de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/entre-escila-y-caribdis-otra-vez

Entrevista: Una visión completa del «Texao» de Carpio Muñoz

Written By: Hugo Neira - Jul• 18•19

El Texao de Juan Guillermo Carpio Muñoz se puede considerar como la enciclopedia de Arequipa, debido a su riqueza histórica e informativa, compilada cuidadosamente y en un formato original durante los 20 años que le llevó al autor esta tarea. El sociólogo y periodista, exdirector de la Biblioteca Nacional, Hugo Neira, lo sabe bien, no en vano leyó las más de 7,000 páginas que integran los 12 tomos de la edición completa de este libro, cuya presentación estuvo a su cargo en junio.

Entrevista: Monica Cáceres

-¿Por qué deberíamos considerar la obra de Juan Carpio, el Texao, como una enciclopedia? 

La obra de Juan Guillermo Carpio, Texao, Arequipa y Mostajo, en definitiva rompe todos los modelos de edición de estudios e investigaciones, no se trata solo de la acumulación de documentos o textos, porque contiene información de la historia nacional e internacional y está todo expresado en varios tomos, a esto es a lo que llamamos enciclopedia.

¿Qué es lo que destaca de este trabajo? 

Puedo decir que se trata más de la historia regional, porque cada tomo nos lleva a un registro de datos sobre Arequipa, junto a la historia del Perú, con narraciones y descripciones de momentos y personajes que se entrelazan en una riqueza de datos que cautiva a arequipeños y a los que no lo son. No solo es el registro de la historia, va más allá, hasta llegar a la explicación de sucesos, la descripción de identidades.

-Se puede ver que el autor se ocupa de varios temas, no solo de la política. 

Así es. Podemos ver que a cada capítulo le dedica espacios muy nutridos sobre cómo es la cultura popular de los arequipeños, desde sus expresiones populares, las peleas de toros, la música popular y a la comida tradicional. Podemos hallar aspectos como la rebelión popular de 1867, pero también los terremotos, lo que fue Arequipa en el momento de la Guerra del Pacífico y otros temas sobre arte, música, fotografía o simplemente la vida en la ciudad. Así, podemos encontrar la historia política sin duda, pero también la historia cultural, dada la importancia que se da a literatos, juristas, artistas y pensadores.

-Usted ha hecho mención a las fuentes consultadas por Carpio Muñoz para esta obra. 

Sí, es indudable que lo recogido por el periodismo local, la recuperación de lo que en su momento dijeron los testigos de vista de los acontecimientos, es decir, el diario La Bolsa, El Deber, El Pueblo, ha sido de gran trascendencia en estos libros. Cada capítulo tiene algo que ver con las costumbres y tradiciones. Carpio Muñoz ha sabido tomar los deseos, los dolores y los placeres de la gente y nos lleva a la Arequipa de los chacareros y de los juristas, de los personajes destacados, de los artistas. Es una fuente riquísima para investigaciones posteriores de antropólogos y sociólogos y lingüistas.

-¿Qué concluye después de revisar los 14 tomos de Texao? Me he quedado admirado porque hay varias disciplinas ahí. La antropología, los aportes, los arequipeñismos, pero también la gente, sus y hábitos. Es un libro excepcional por eso y por eso digo, seriamente, que es una Enciclopedia que se puede seguir extendiendo con otras disciplinas. Por ejemplo, el Misti y su geología no están, tampoco la flora y fauna de Arequipa que es distinta a otros lugares.

-¿Cuál sería su mensaje para las nuevas generaciones respecto al Texao?

Es una obra para todos los arequipéños y los peruanos. A pesar de no conocer al autor, puedo ver que su objetivo fue vincular la historia de Arequipa con la historia del Perú, es un modelo de trabajo digno de admiración. Es increíble cómo ha podido el autor atinar a un modelo que es importante y adelantarse a lo que es ahora tendencia mundial: hacer la historia del mundo comparándola con otros momentos. 

Entrevista publicada en el diario Correo-Arequipa, 16 de julio de 2019

https://diariocorreo.pe/edicion/arequipa/una-vision-completa-del-texao-de-carpio-munoz-898915/

Para Café Viena y los amigos lectores

Written By: Hugo Neira - Jul• 16•19

Hoy día domingo 14 de Julio, me he quedado en casa. Por varias razones. Estoy cargado de trabajo puesto que llego al fin de ciclo universitario, y esta vez he estado si no agobiado, sí muy ocupado con mis clases. Ya era mucho tres, suelo no hacer demasiada pedagogía para dejar algo de mi tiempo para escribir. Pero en este ciclo han sido cuatro. En sus últimos días, Alan García se estuvo despidiendo. Entre otros adioses, le dijo al rector de la Universidad San Martín de Porres, a Antonio Chang, que «si algo le ocurría» (en condicional), su curso y sus alumnos podían seguir si yo tomaba su cátedra. Y eso es lo que ocurrió. De pronto tuve unos 40 alumnos más de los que ya tenía a cargo. Hice lo posible. No siempre hay una persona como era Alan — no solo sus estudios en Francia, el largo periodo de exilio—, sino ¡dos veces presidente! Hice lo que pude. No soy político, apenas un profesor que a ratos también escribe para el ciudadano, y no solo para los colegas.

La segunda razón es que quería presenciar la fiesta francesa por el día 14 de julio, el equivalente del día de la Independencia en los Estados Unidos o nuestro 28 de julio. Ocurre que esta vez, además de los rituales y desfiles del caso, se iba a mostrar públicamente, un nuevo invento. Un aparato que permite al hombre volar por los aires. Un hombre de pie, y en los pies, una suerte de máquina redonda. Eso es todo, ¡y vuela!  Y de hecho eso es lo que hemos visto. Como se comprenderá, eso significa muchas aplicaciones. De entrada es un arma de guerra, podemos deducir que los cielos se pueden cubrir de ejércitos aéreos. Pero claro está, como ha ocurrido en el pasado, objetos nacidos para la guerra fueron los primeros aviones en el curso de la primera guerra mundial. Pero desde los años treinta, se convierten en aviones comerciales. Acaso este invento modifique la vida y el desplazamiento de la humanidad. Porque los cambios climáticos no son broma.

Este ha sido un domingo de sorpresas. Resulta que en el diario Trome, en la edición de este domingo 14 de Julio, en la columna tan conocida como El Búho, su autor se entera que acabo de sacar un nuevo libro. En efecto, el segundo tomo de mis trabajos de comparaciones entre México y Perú, después del primer tomo dedicado a la comparacion de Mesoamérica y el mundo andino (o sea, la comparación entre la civilización azteca y los incas) y luego de sendos procesos históricos virreinales, llegué hasta las independencias de ambas sociedades. El texto era ya extenso. Gracias a la buena voluntad del rector de la Universidad Ricardo Palma, Iván Rodríguez, se me permitió un segundo tomo. Le doy las gracias.  Por cierto fue trabajoso pero necesario. La Independencia de México y Perú, el siglo XIX de ambos, el siglo XX con los grandes temas de cada sociedad, y por último, el ingreso al siglo XXI.

Volviendo a la nota periodística del Búho, debo decir que me llama «Maestro Neira». Y la verdad, que me ha conmovido. No conozco al autor, que por cierto es periodista muy seguido. Ahora bien, dice que algunos de mis trabajos como periodista le han servido personalmente en su proceso personal de ser el periodista que hoy es. Y luego se ocupa de uno de mis primeros libros, acaso el más conocido: Cuzco: tierra y muerte. Lo entiendo, ese libro le permite relatar mi vida, la suerte de que la eminencia que era Raúl Porras me llamara a su equipo, en donde estaba Mario Vargas Llosa, Pablo Macera, Carlos Araníbar y esta modesta persona, entonces, «un jovencito erudito». La nota es la historia de cómo llegué al Cusco, enviado por el Expreso de  Manuel Mujica y de su director, José Antonio Encinas. Un diplomático peruano que había obtenido no uno sino dos doctorados en Harvard, economía y filosofía, modestamente. Encinas reúne entonces un equipo de juniors, que pasamos por un concurso para ser los editorialistas, Luis Loaiza, Abelardo Oquendo, Raúl Vargas y el que escribe. Ahora bien, cuando apareció «un fenómeno nuevo en la sociedad peruana» —tomo las palabras del Búho— y «miles de campesinos en Cusco estaban ‘invadiendo’ las gigantescas haciendas de propiedad de las familias más importantes de la región», en Lima no se entendía qué era lo que estaba pasando. No era una guerilla (eso fue Béjar) pero esa toma pacífica en la que no había ni incendios ni agresiones a los hacendados, ¿qué era? Encinas decide entonces enviarme a mí al Cusco, por el tiempo que esa fuerza emergente y sin nombre actuara. Me lo impuso: «Usted ha sido alumno de Arguedas y de Matos Mar». Y era cierto. Lo que hice fue muy sencillo, guardé en el bolsillo mis ideas y a prioris. Entreviste a los campesinos y en especial sus líderes. Los artículos salieron publicados en Lima, y en Cusco, leídos por los dirigentes de esa gigantesca marcha de campesinos hacia sus «recuperaciones de tierras». Visto que les daba la palabra en mis crónicas, me nombraron «periodista compañero cuna». Y los seguí semana tras semana. No hice sino decir lo real. Esas invasiones no eran violentas. Había aparecido una élite campesina, gente que tenía una estrategia para no enfrentar la violencia policial. Mi libro los hace entrar en lo que algún día será la historia del pueblo peruano, a saber, Sumire, Urbano López, Vladimiro Valer, y por cierto, Saturnino Huillca, el dirigente quechua que no le daba la gana de hablar en castellano, uno de los seres humanos más completo. Mucho años después lo entrevisté y escribí un libro sobre su vida (Huillca, habla un campesino peruano). Gané (ganamos) el premio Casa de las Américas, 1974. Viajamos juntos a La Habana. Los 3 mil dólares del premio, se los di a Saturnino. Después de todo era su vida y sus ideas.

Ese libro lo tradujeron a 7 lenguas. Y Cuzco: tierra y muerte me dio dos premios. Uno, el Congreso de Lima, porque había despejado los criterios imprecisos de esos días. Y otra cosa, un profesor francés, de paso por Lima, François Chevalier, se interesó por mi libro. No lo sabía, era lo que se llama un mandarin, es decir, el catedrático de la Sorbona prácticamente dueño de un área del conocimiento. Era un enorme americanista. Me propuso ir a París y trabajar como investigador. Me darían un contrato que me permitiría seguir estudios en cualquier grande école de París. Fue un giro decisivo en mi vida. Todo por decir las cosas sencillamente. Raúl Vargas me entendió. «Neira se ha vuelto un cronista de indios». Sí, pues, del rigor de Porras al hecho de saber admirar algo que era emergente y poderoso: lo que sucedía en el sur del Perú cambió mi manera de ver la historia y la sociedad. Sin ese país campesino que recuperara tierras, no hubiesen dado el paso que dieron las Fuerzas Armadas en 1969. La reforma del mundo rural se inicia en esos meses. De Quillabamba a la nación ya no de servidumbres indígenas.

El nuevo libro.

El águila y el cóndor. México/Perú. Tiempo moderno y contemporáneo, editorial Ricardo Palma, 2019.

En efecto, como dice El Búho, otro libro más sobre el Perú, pero desde una perspectiva comparativa. En realidad, hace un buen rato que practico esa modalidad. Vivimos cada vez más, en un mundo de naciones y culturas. Y a ese texto le preceden otros, de tipo comparativo. He publicado Civilizaciones comparadas (2015), que incluye a los incas y los aztecas. Y luego de compararlos, a partir de sus conceptos de orden que podríamos llamar filosófico, siendo conceptual —analizando algunos vocablos del quechua y del náhuatl— tuve el atrevimiento de continuar. Y comparamos las dos únicas y grandes civilizaciones de la América anterior a la Conquista, con la China Antigua y la India. El comparatismo también lo he usado para mi libro ¿Qué es Nación? (2013). En ese caso estudié y explico tres construcciones nacionales, Francia, Gran Bretaña y Alemania. Pero como la nación no es un fenómeno solo occidental, me ocupé de tres construcciones extraoccidentales, el Japón de los Meiji, la India de Gandhi y el México de la revolución. En ese libro, explico los procedimientos necesarios para abarcar entidades históricas como las indicadas. Y para decirlo todo en una sola frase, en esos casos, soy un trabajador intelectual que reúne varias disciplinas, y asumo una mirada holística. Es decir, global. Los maestros en que me inspiro, vale la pena decirlo, son Louis Dumont para la India, Gellner para las naciones industrializadas y Eric Hobsbawm, a quien conocí en Oxford, y que acaso es el historiador más completo ante la historia global. Esos trabajos anteceden al último libro mío.

Hubo un primer tomo de esa comparación México/Perú. El mundo mesoamericano de los aztecas y el andino de los incas. Hoy agradezco al rector Iván Rodríguez de la Ricardo Palma, puesto que resultaba enorme el comparatismo mexicano-peruano desde sus civilizaciones y el periodo virreinal. El primer tomo se detiene antes del proceso independentista. Y me permitió continuar con el siglo XIX, el XX y el ingreso a este. Quiere decir que en el II tomo me ocupo de nuestro siglo republicano, el XIX. Y continúo, tanto para México como para el Perú, hasta nuestro tiempo contemporáneo.

Para el Perú, el libro se cierra con la actualidad. He escrito capítulos que revisan lo que llamo, «el feroz siglo XX». Desde nuestro Novecientos y la aparición de la intelligentsia, a Haya de la Torre, y el ahora, los últimos años, los outsiders, el enigma peruano de crecimiento económico y desafecto político. Del riesgo de una sociedad de masas sin nación concluida. Hay un capítulo final. Sostengo que ha ocurrido una serie de «revoluciones» ocultas en el Perú, la migración, los efectos de la reforma agraria de 1969 y el ingreso a la economía de mercado, esto último, con ventajas pero con enormes brechas. ¿Crecimiento sin desarrollo? ¿Democracia y corrupción? Por mi parte, más que fijarme en lo que ocurre en la clase política, suelo mirar lo que llamo las «placas tectónicas». Lo de abajo, su cultura, las sorpresas que pueden venir de la sociedad misma…

Lo que sigue en esta nota, son fragmentos de «un epílogo para peruanos». No aspiran a razonar desde alguna de las ideologías dominantes. El sociólogo es todo lo contrario del ideólogo. Lo que sí tiene, es sinceridad. Nuestro futuro inmediato es imprevisible. Adelante pues, y buena lectura.

            Epílogo (sincero) para peruanos

           Nuestro siglo XIX fue caótico. El siglo XX, feroz. Temo lo que nos ocurra en el  presente inmediato. Nuestro proceso industrial es incompleto, no hemos estado ni en la primera revolución industrial, ni en la segunda o tercera. Seguimos siendo un país de exportaciones mineras y agrícolas. La burguesía peruana no lo  es del todo. Y lo peor, la actual educación primaria y secundaria —con muy pocas excepciones— va a la cola del planeta en las pruebas Pisa. Los últimos de la clase (Nicolás Lynch). Y el resultado es una caterva de parados sin oficio, de descontentos ilustrados, de graduados sin destino. Tampoco de esa catástrofe cultural se escapa la educación superior. Transición y desubicada intelligentsia    parecen que van de la par. Hace más de diez años que el Banco Mundial nos ha dicho que no tenemos recursos humanos. Y en esas condiciones, cualquier tipo   de modelo de desarrollo corre al fracaso. 

           En consecuencia, la calidad de la vida política, en vez de mejorar, se ha empobrecido. Hay, sin embargo, unos pocos propietarios de la palabra y el saber   simbólico. En una alianza perversa con los medios, manipulan a las multitudes con posverdades. El verdadero poder sigue siendo las empresas. Pero no es novedad. Lo que es nuevo, y francamente perverso, es el ser riesgosamente un país de peligrosísimos psicosociales a través de diarios y medios. El resultado es  que la gente deja de creer que los periódicos le digan algo verdadero. Otro asunto. Se está olvidando nuestra compleja identidad. Se la quiere única, contrariando nuestras mezclas que somos, un país trabajado por legados hispanos, indios y africanos. «El país de todas las sangres». Desde esa óptica, quizá un país más adelantado que muchos otros, puesto que nuestro mestizaje nos ha formado en medio de culturas distintas, lo cual no es un defecto sino virtud.

           Pero también, hay que decirlo, cabalga un sustrato redencionista y fatalista de la historia en el alma de mucha gente. De ahí provienen esa suerte de santones laicos, jefes de partidos que giran pronto a la secta, profesores del Ciclo Básico que organizan exterminios tártaros, líderes supremos e iluminados de toda laya. Seguimos siendo un curioso país donde la diferencia entre manifestación y procesión no es muy clara, ni entre misa y masa, y entre devoción y convicción. 

           Dos siglos de vida republicana. Y seguimos sin entender que el quehacer intelectual y el político son actividades nobles, pero amalgamadas pueden producir monstruosidades. Con mayor razón en una sociedad que no ha   entendido que una república, para serlo, debe ser laica. Lo cual no significa abjurar de la fe católica o de otras religiones. Lo que nos pervierte, no es que la Iglesia se inmiscuya en la vida pública sino que la política y el debate republicano se pervierten porque derechas o izquierdas, son fundamentalistas. En materia de creencias políticas, hemos trasladado el vicio de la intolerancia inquisitorial al debate nacional. Nos pervierte una cultura política de fondo judeocatólico en la que el héroe tiene que ser siempre un mártir. Se admira a Mariátegui, y callamos que estaba a punto de emigrar a Buenos Aires cuando le llega la muerte. A Haya de la Torre se le toma como un gran maestro, que lo era, pero cuando ya no está. Además de esos comportamientos intolerantes que proceden de la vertiente criolla-occidental, se suma, en el siglo XX, una serie de interminables desdichas políticas tras el culto apocalíptico de los mitos del ciclo andino. Inkarri, el Taqui Ongoy.

           Hay una corriente en la antropología peruana que no estudia los antiguos rituales. Los resucita. El uso de la herencia cuerda de los incas se transforma, en el Perú actual, en un pretexto para querer gobernar totalitariamente. Puede que la Teología de la liberación tenga algo que decir. Pero más ganaríamos con la liberación de todas las Teologías. En las que incluyo las ideologías. En cuanto a  la vida política, no hay partidos. En realidad, se comportan como religiones. Lo digo porque ante nuestros problemas, no tienen como respuesta sino algún tipo de mesianismo. El pueblo, en cambio, tiene el buen sentido de todo pueblo. Y entonces se da el caso asombroso que las masas resultan ser a ratos lúcidas, mientras las élites deliran. Mientras esto dure, el Perú no entrará del todo a la modernidad. La gran ruptura sería volvernos un país de científicos. Pero la utopía andina que reina adora el pasado y desdeña el porvenir.

           El debate por el pensamiento libre es, pues, decisivo. Tenemos todo, minería, posibilidades inmensas debido a la variedad de climas y escalones bioclimáticos. Pero nos falta la pasión por el conocimiento y en general la cultura y las artes. El cultivo de eso que se llama la cultura, desde la literatura hasta las ciencias naturales, nos llevará a playas más lúcidas y humanas que las actuales. Estoy convencido de que la especialización del saber y el poder en esferas independientes no puede echar, a la larga, sino frutos saludables. Una sociedad comienza a respirar mejor cuando sus políticos, por muy cultos o iluminados que parezcan, no aspiran al monopolio imposible de las certezas. Cuando lo privado y lo social se separan de lo gubernamental por la magia del conocimiento. Y cuando en el fondo de las aulas, los más listos y los más talentosos se destinan a diversos oficios y saberes. Y no forzosamente a ser pastores del extraviado rebaño de sus contemporáneos. Mucho tardará, sin embargo, para que el Señor nos llame por senderos tan civilizados. (HN, pp. 502-504)

                                                                              Santiago de Surco, junio de 2018

Publicado en Café Viena, 16 de julio de 2019