Lo que ocurra en el 28 de
julio, me ha llevado a una suerte de propensión a dudar del curso de la
historia. Basadre recomendaba que el azar y el voluntarismo juegan un rol
decisivo. Así, he vivido tres momentos. La semana que ha corrido. Luego un
recojo de conjeturas, suposiciones, hipótesis, sospechas y barruntos. Y en fin,
los anuncios del presidente Vizcarra ante el Congreso, los medios de
comunicación y el país entero.
La situación era grave por
donde se mirara. O bien el presidente aceptaba las reformas a la reforma
propuesta por el Ejecutivo. O bien, pateaba el tablero. Entre tanto, el partido
político más numeroso en el país actual es el de la desilusión, el fastidio,
tanto por el enfrentamiento de los poderes del Estado, como por la corrupción.
Coimas y cohechos por arriba y por abajo. La cólera en unos casos, y otros que buscan
su Batman.
La pregunta clave era si el
Presidente aceptaría las 6 leyes que alcanzaron a aprobar en el Parlamento, a
duras penas, justo en el último día. Los más optimistas estaban por la idea de
que el presidente iba a aceptar las modificaciones. Esto me dijeron personas de
buen talante, amigos que piensan en términos de racionalidad. El Congreso
habría cumplido con su deber. Aquel que todo Parlamento tiene como función en
todas las sociedades democráticas del planeta. Por mi parte, yo no veía cómo
podían funcionar los partidos con esas «primarias» obligatorias. No lo veía
claro. Según Duverger, un partido lo forma un núcleo de dirigentes —los
fundadores tanto en la izquierda como en la derecha— que luego se ensancha a lo
que se llama los militantes. Y luego, algo más amplio, los simpatizantes. Los
partidos son inevitablemente jerárquicos. Como un ejército, una iglesia, una
empresa. Pero el invento de Tuesta y la Comisión de Alto nivel, pensaban en
otra cosa.
A falta de estadísticas,
escuché a muchos. Pocos me dieron una hipótesis decisiva. Escuché a aquellos
con juicios racionales y jurídicos. Pero no soy ni jurista ni
constitucionalista. En cambio, he estudiado en Francia ciencias políticas. Y si
claro está, existe las reglas de juego, también es cierto que la política es
una lucha. Un agon, como decían los
antiguos griegos. Y que toda política tiene un rasgo de irracionalidad. Escuché
en la pantalla de la televisión a Lourdes Flores. Dijo cosas sensatas, quizá
demasiado sensatas. Lo decía con un tono especial, sonreía, jugaba, se ponía en
las mejoras salidas. Estaba en el lado de los que toman los grandes dilemas
desde el jardín de quienes viven en el mejor de los mundos. Otros, en cambio,
consideraban que el desenlace era evidente.
Había una tercera variable.
¡No iba a pasar gran cosa! En ese sentido, me
sorprendió entonces, un artículo de Carlos Basombrío titulado «El circo
de tres pistas» (El Comercio, 25 de
julio). El tema era el probable mensaje presidencial. El tono era irónico,
aunque admitía «que el resultado final era incierto». Por mi parte, por un
momento pensé que en efecto, que este 28 de julio «el presidente Martín
Vizcarra acudirá al Congreso no para disolverlo». Lo que haría es «decir que ha
conseguido cinco o seis de sus objetivos, agradecerá al Congreso por el
esfuerzo y les pedirá perseverar en la reforma». Pero comencé a pensar que los
augurios de Basombrío no caminaban. Daniel Salaverry no ganó las elecciones
sino Pedro Olaechea.
Y como puede imaginar el
lector, fui con toda mi carga de conjeturas a escuchar por completo el discurso
presidencial de este 28 de julio. Es sencillo. Unas tres cuartas partes más que
un discurso, fue un informe minucioso. Se nota que su autor ha pasado buen
tiempo visitando el país. Con detalle pasaba de un tema como la agricultura o
el turismo, a tres tipos de datos, cuánto invierte en cada caso el Estado, los
hospitales, escuelas o el gasto en institutos técnicos, y a cuántas familias o
peruanos, se benefician. Todo en números precisos. Datos como el que «hay millones de peruanos sin acceso a la salud».
O los datos sobre posibles carreteras, «1200 km con 12 obras en marcha», y así
por el estilo. Me parecía más que interesante. Un tratado, un prontuario, un vademécum
sobre lo que nos falta en servicios públicos e infraestructura, y cuando
comenzaba a bostezar, llegó la bomba.
«Todos nos vamos». «Incluye el recorte del mandato presidencial».
Con todo, qué lección. La
esencia de este discurso es que nos ha dicho como conoce el Perú y las cosas
que se pueden hacer. Y luego de decirnos que él puede —la prueba son los Juegos
Panamericanos— nos dice, hoy, me voy, para volver. No se cierra el Congreso de
inmediato. Reforma constitucional para irse el próximo 28 de julio del 2020.
En política, el actor juega un
rol decisivo. Veremos qué responde el Parlamento.
Hacía tiempo, desde los días
de Alan García, que no había un político en Palacio. No lo fue Ollanta Humala
ni la señora Heredia, menos PPK. Es evidente que Martín Vizcarra es un
político.
Sin embargo, todo se vuelve
súbitamente nublado. ¿Desaparecerán los partidos llamados tradicionales?
¿Cuántas fuerzas sociales que no tienen sitio en la escena contemporánea van a
aparecer de aquí al 2021? ¿No habrá sentido Vizcarra en sus viajes y
encuentros, que emergen otras gentes, otras maneras de hacer política? ¿No
estará pasando que la nueva sociedad peruana, tras 20 años de crecimiento
económico, quiere otras caras, otros representantes, otras izquierdas y
derechas? No lo sé. Nadie lo sabe. Pero se muere una época.
Estuve
en la FIL pero no para presentar un libro mío, aunque había varios en los
puestos de venta, sino para cumplir una tarea que me pidieron en la Universidad
Católica de Santa María. Nada menos que el rol de lector de una obra inmensa.
El adjetivo es justo, tanto por su extensión como por su contenido. Esa obra se
llama Texao. Arequipa y Mostajo. Se
trata de doce tomos de 400 a 500 páginas. A los que se suman dos más, llamados
«esenciales». Por otra parte, a primera vista, parecería una vasta obra de
investigación sobre Arequipa —lo es—, pero rebasa el límite regional.
En
la FIL, ante un público que no era numeroso pero el suficiente para transmitir
esa impresión de algo formidable. Al lado esperaban los que venían para
escuchar a Mario Vargas Llosa. En el público que ingresó al auditorio donde se
exponían los tomos de Texao, hubo
gente muy distinguida. Vi al antropólogo Ossio, a personas que conozco y son
diplomáticos. Y acaso buena parte de arequipeños. Lo que dije fue simplemente
transmitirles mi sorpresa y admiración. En efecto, yo no conocí en vida suya, a
Juan Guillermo Carpio Muñoz. Solo que me he leído las 7000 páginas de esos volúmenes.
Que son algo más que una serie de tomos.
En
Arequipa, traté de situar esa obra colosal en lo que era la historiografía que
reclamaba Raúl Porras Barrenechea en Fuentes
históricas peruanas (1954). Es un clásico, ciertamente, sus 601 páginas han
sido varias veces reeditadas. Útil para todo aquel que se consagre a la
historia del Perú, lo espera los datos sobre las fuentes, desde los primeros
quechuistas a la arquelogía, los mitos y épica incaica, los cronistas, las
fuentes de la historia colonial, la emancipación, hasta la historia republicana,
amén de la cartografía y la historia misma de los historiadores. Conviene que
diga que algunos tuvimos la suerte de trabajar directamente con Porras en su
casa de Colina, transformada en taller de trabajo, haciendo fichas y lecturas
para el maestro Porras y rentados por el editor de historiadores, José Mejía
Baca. Un pequeño número de asistentes, a saber, Pablo Macera, Carlos Araníbar,
Mario Vargas Llosa antes de partir a Europa. Y entre ellos, quien escribe esta
nota. Pero ¿a qué viene esa rememoración?
Por
una sencilla razón. En el capítulo XIV, insiste en la importancia de la
bibliografía regional (pp. 535-563). Y en cuanto a Arequipa aparece Víctor Andrés
Belaunde con un estudio sobre el movimiento intelectual, y Felipe Santiago
Bustamante sobre la Compañía de Jesús en
esa ciudad, de Juan José Reinoso sobre Mollendo, y Francisco Mostajo, sobre la
fundación española de Arequipa. Sin embargo, no vimos en los decenios
siguientes un entusiasmo por los estudios de la historia de otros departamentos y ciudades peruanas.
Ahora
bien, eso no lo vio Porras, pero como uno de sus discípulos, puedo decir, sin
duda alguna, que habría aplaudido el esfuerzo y la obra de Carpio Muñoz que
comentamos.
Con
una variante decisiva. Desde el inicio de su lectura se entiende que Texao es mucho más que una historia
regional. Su monumentalidad la produce el hecho que capítulo tras capítulo, la
historia de Arequipa va de la mano con los acontecimientos de la historia del
Perú. Es, pues, una narrativa de Arequipa y a la vez de la nación. Para ser más
claro, diré que se ocupa, por ejemplo, no solo de lo que el autor llama los
«aristócratas arequipeños» (tomo III, p. 123) sino de personajes nacionales
tales como Grau, Piérola, y en el siglo XX, Leguía, Odría y otros. Las biografías,
que son abundantes, son de arequipeños pero no faltan los que no nacieron al
pie del Misti. No es, pues, una versión aislada de la historia arequipeña sino
una metodología que vincula unos y otros episodios trascendentes, acasos distantes
por la geografía, y unidos por el destino. Si así lo vemos y apreciamos,
entonces el trabajo intelectual que ha costado esta obra viene a ser una doble
lectura. Historia de Arequipa e Historia del Perú. Tal vez (es de desear)
inspire a algún otro investigador —o acaso un equipo de investigadores— movidos
por el ejemplo de esta obra. Estudio regional y a la vez, nacional.
Pero
si fuera solo esto, ¿solo es historia? Depende de lo que entendamos por ello. Ahora
bien, es cierto que soy sociólogo, graduado en Francia y profesor por largos
años, pero he estudiado historia en San Marcos y por lo general, en mis obras,
acudo a una y otra disciplina. Ahora bien, el concepto de historia ha
evolucionado en el tiempo que nos separa del final de la segunda guerra
mundial. Un poco antes que ese acontecimiento, la historia se había ocupado de
los hechos políticos, la diplomacia y las guerras. Pero en el siglo XX emergen
los aspectos sociales y económicos, y la historia y los historiadores van a
ocuparse no solo de lo que van a llamar la historia-batalla sino de las
modificaciones en la estructura de las naciones, cambios demográficos, de
comportamientos y mentalidades. Y ya no solo de hechos visibles sino subterráneos.
Para lo cual aparece el concepto de longue
durée, con la Escuela de los Annales dirigida por por Fernand Braudel
(1902-1985). La larga duración, el
tiempo largo, es el criterio de Lucien Febvre. Y de Marc Bloch. ¿Qué
importancia tienen esas modificaciones para nuestros historiadores peruanos?
Los más importantes, como Jorge Basadre, Pablo Macera, incorporaron esas nuevas
medidas de la historia en sus trabajos. Ese corte en la aproximación de los
hechos significa no solo el estudio de las clases dominantes o de los
caudillos, tanto militares como civiles, sino el estudio del pueblo. Y de la
cultura popular.
Dicho
esto, y de retorno a lo que es Texao,
¿acaso el autor, Carpio Muñoz, solo se ocupa de los hechos políticos? ¿No
es verdad que a cada capítulo le dedica espacios muy nutridos sobre cómo es la
cultura popular de los arequipeños, desde sus expresiones populares, las peleas
de toros, la música popular y a la comida tradicional? Con gran entusiasmo dice
el rector Manuel Alberto Briceño Ortega en la Presentación de Texao. ¿Qué no está, de la vida
arequipeña, tanto en política como en costumbres, en esos volúmenes? Está la
rebelión popular de 1867, no por azar, el inicio de esos estudios. Pero también
los terremotos, lo que fue Arequipa en el momento de la Guerra del Pacífico,
los valses y marineras, la reconstrucción de la Catedral, la historia de la fotografía
o el arte arequipeño. O cómo surgen el Club de Arequipa, el Internacional, el
primer Colegio de Abogados. Entonces, no hay solo una forma de historia, sino
historias.
A
saber, la historia política sin duda, pero también la historia cultural, dada
la importancia que se da a literatos, juristas, artistas y pensadores. Historia
recuperada del periodismo local, la recuperación de lo que en su momento
dijeron los testigos de vista de los acontecimientos, es decir, el diario La Bolsa, El Deber, El Pueblo.
Historia de las mentalidades. Cada capítulo tiene algo que ver con las
costumbres y tradiciones. Carpio Muñoz desempolva los deseos, los dolores y los
placeres de un fondo tanto masculino como femenino, de una historia íntima de
las sensibilidades populares. Se juntan, pues, en la misma edición, por lo
general en páginas cercanas, la cultura popular y la cultura elitaria. Hay como
un proyecto de síntesis. Arequipa, tierra de chacareros. Ciudad de juristas y
de profesionales del Derecho (Mostajo). Esta es otra manera de la memoria. No
solo hay disponibles, en esos 14 volúmenes, datos para entender la vida cívica
arequipeña, sino una fuente para antropólogos y sociólogos y lingüístas. Esto último,
dado el estudio y el uso a cada ratos —deliberadamente— de palabras que solo se
usaron en las faldas del Misti: «Carosa, helay quitáte si no me lo entendí»
(Tomo II, p. 344).
Es
hora, entonces, de abordar la estructura interna de cada capítulo que Juan Guillermo
Carpio Muñoz publica, y luego de algunos años, reúne en Texao. Arequipa y Mostajo.
Esa armazón y soporte interno no es difícil de hallar. Está en cada edición de
sus investigaciones que él mismo edita, y que luego recopila, para la obra que
comentamos. Consiste en lo siguiente: en primer lugar, un título que se repite
en cada edición, a saber, la historia de un pueblo y de un hombre. Luego, un
episodio histórico, por ejemplo, la «rebelión de 1867. Viva la religión». Luego
siguen las microbiografías, la cronología, las anécdotas históricas y las
páginas memorables. Esta organización, por cierto, ha llamado siempre la
atención, y Jorge Cornejo Polar, reconocido profesor y ensayista, decano y
rector de la San Agustín, en octubre de 1980, reconoce la novedad del ensayo
histórico de Texao: «Es una suerte de
ataque plurilineal, simultáneo desde varios frentes. El ensayo en sí, el núcleo
en sí, está rodeado del documento, de la anécdota, de la fotografía que ilustran,
que le dan amenidad didáctica al motivo central que es Arequipa so pretexto de
Mostajo» (Texao, tomo I, p. 59)
Tres
años después, en 1980, a la segunda edición de cuatro tomos de Texao —publicados en Lima— añade esta
interpretación de la obra de Carpio Muñoz: «Debe reconocerse que no hay una
sola historia del Perú, sino más bien una multiplicidad de procesos históricos,
un conjunto de desarrollos paralelos aunque desiguales que deben ser estudiados
en su peculiaridad». Quizá conviene detenerse un instante en esta peculiaridad.
Porque define la naturaleza de esta obra.
En
primer lugar, el mismo Cornejo Polar había observado en la edición de 1980 la
posibilidad de que «habiendo anécdotas y fotografías, esa historia podía llegar
al gran público y a los niños». En segundo lugar, la «plurifocalidad» de los textos,
desde estudios de biografías y «minuciosa cronología», podía «sorprender al
lector y luego interesarlo y cautivarlo». Atinadas y certeras afirmaciones del
gran Cornejo Polar. Sin embargo, visto desde la perspectiva del siglo XXI, hay
una tercera razón, que me permito añadir.
Vivimos
en una era marcada no solo por la mundialización sino la importancia de la
imagen. No solo cine, televisión, internet sino celulares. A eso se agrega que
en las Ciencias Sociales cada vez más se establece la necesidad de la
multidisciplinariedad. No es del todo correcto ponerse como un autor de esa
corriente por aquel que esto escribe, pero no tengo más remedio que decir que, por mi parte, mis obras se tiñen de historia
y a la vez de Ciencias Políticas y Ciencias Sociales, disciplinas las dos
últimas, en las que me formé en Francia. País en el que hice casi el total de
mi vida universitaria. Con colegas europeos que practican esa interacción de
saberes, a diferencia de la metodología anglosajona que prefiere la máxima
especialización. Ahora bien, si Juan Carpio se propuso como meta teórica la
historia de Arequipa en el tránsito del siglo XIX al XX, observando no
solo los hechos históricos y culturales, sino «la entronización del capitalismo
en la ciudad y en la región», entonces caben diversas narrativas. La
historicidad de Arequipa, los acontecimientos —Vivanco en el XIX, Belaunde en
el XX— pero también la sustancia de lo vivo, los sentidos, los sabores, en
suma, desde la guerra de caudillos y las pasiones políticas a los
arequipeñismos. Lo que dice el intelectual y el jurista, pero a la vez, las
picanteras tanto como las rebeliones. Las misas como los desfiles.
No
una simbiosis sino un vasto abanico que va del characato al notable, y viceversa.
Académicamente, unos espacios de historia política, social, cultural, donde
cabe la vecindad y paralelismo de la historia, el costumbrismo, la lingüística
y la antropología. Más que la amenidad, la pluralidad. Desde los hechos que
parecen banales a las grandes transformaciones. De la historia de la gente a la
gente sin historia. Y acaso la historia de lo que cambia a la vez, en la longue durée, la ciencia de lo que no
cambia, o difícilmente.
Algo decisivo para concluir. Texao. Arequipa y Mostajo, rompe todos los modelos de edición de estudios e investigaciones. Es una pesquisa académica sin duda alguna. Pero con un esquema brillante y extenso. No es una acumulación de documentos ni una colección de textos. Es historia nacional e internacional. Podríamos también llamarlo ‘diccionario biográfico-histórico-cultural’, pero ese intitulado es demasiado largo. Me permito decir lo que pienso. Cuando un saber se expresa en varios tomos, con un aporte universal y objetivo y variado, a eso se le llama ‘enciclopedia’. Idea y obra que como es sabido, inventan los pensadores de la Ilustración francesa en 1751, Jean le Rond d’Alembert y Denis Diderot, con el nombre célebre por siglos, de L’Encyclopédie. Hoy existen diversas enciclopedias, incluyendo las digitales como Wikipedia. Para eso, sin embargo, debido a las diversas temáticas que se hallan en los diccionarios, la originalidad de cada artículo depende en gran parte, de un índice adecuado. De lo contrario, la búsqueda de un personaje o de una entidad —los clubs, las empresas arequipeñas— sería extremadamente difícil. La extensión, variedad y contenido lo reclama. En fin, me parece que su definición en el pasaje de los fascículos iniciales a los 14 tomos, puede llamarse, ‘Enciclopedia arequipeña’. Y es eso lo que es. No un libro corriente. Una suma de saberes. Que puede extenderse a ciencias geológicas, ecológicas, de la natura o de la sociedad humana. Sin límite alguno. ¿Qué novedades nos espera en este siglo? ¿Cómo afectarán a Arequipa y al Perú? Texao es un producto mistiano, y por eso, inacabable. No faltarán los herederos intelectuales de Juan Guillermo Carpio Muñoz.
En
la FIL, stand n°188, a 365 soles la colección completa.
Intitular,
gramaticalmente, quiere decir que se titula algo con alguna significación. En
este caso, Escila y Caribdis, fue un mito griego, dos monstruos marinos muy
cercanos el uno del otro, al punto que los marineros, al evitar uno de ellos,
caía en las fauces del otro. En nuestro tiempo, se usa para decir que se está entre
dos peligros, algo como «entre la espada y la pared». Ese tema lo aborda una de
las cabezas más despejadas y honestas que he conocido, Augusto Salazar Bondy, mi
profesor de filosofía en el San Marcos de fines del cincuenta. En su momento —a
los seres humanos siempre los rodea la circunstancia— la suya era el
subdesarrollo o una revolución. No era su meta, pero sí el contexto. ¿Cómo
evitar, pues, la dominación sin caer en alguna forma nueva de alienación? Él
añade el concepto de humanismo. Que ha desaparecido en los colegios.
Ahora
bien, uno de los capítulos de su libro se titula «Regresión y progreso en
política». Fina definición, entiende el filósofo que se puede avanzar y al
mismo tiempo, mientras hay retroceso. Ambas cosas pueden ser simultáneas. Es el
caso, el Perú de hoy con más ingresos y menos cultura que nunca. Claro está,
eso no pueden pensarlo los opinólogos. De los años sesenta, en materia de
entender este país, hemos retrocedido. No nos hemos vuelto ciegos pero sí tuertos.
Solo un ojo, como Polisemo, cíclope, descomunal pero bastante tonto. Por eso lo
vence el humano Ulises. Y a mí no me entienden. Porque yo veo la realidad
presente por un lado, y por el otro, no soy correcto, y como diría Alfredo
Bryce, «el Perú es así, y también es asá». En fin, ¿cuál de los dos bandos va a
dominar en los venideros años veinte, el apático o el destructor? Eso no lo
saben ni los brujos de Cachiche.
Por el
momento, Lima dual. Lo mejor y lo peor. El desparpajo de ciertos personajes, y el
lugar de la cultura, la FIL, la feria internacional del libro, que ha girado en
torno a Mario Vargas LLosa, y a la vez los quioskos de diarios. La modernidad
que viene de la lectura y la barbarie colgada en las feroces portadas, para que
el populorum que no compra ni diarios
de 50 centavos, al menos los miren. Correo:
«Elmer Cáceres ‘dispara’ contra Tía María y dice que ‘no va’». «Gobernador
de Arequipa sostiene que si el Ejecutivo no anula la licencia de construcción,
no habrá diálogo.» «Llama ‘traidor’ a Vizcarra y señala que si insiste en el
proyecto, se atendrá a las consecuencias». De la arrogancia del gobernador de
Arequipa, me ocuparé en la próxima semana. Quiero ver qué responde el poco
gobierno que nos queda.
Hay
otras opiniones que corren en la mugre de estos días, no menos cavernícolas. Cuando
se le ha preguntado a Vladimir Cerrón Rojas algo sobre el régimen de Maduro. No
se trata de cualquier hijo de vecino: Gobernador Regional de Junín, y quiere
establecer una alianza con Verónika Mendoza y Gregorio Santos, con «miras al
2021» (El Comercio, 12/07/19, p. 8).
¿Qué cosa atinada ha dicho para merecer estar en esta página? Para Vladimir
Cerrón la «Venezuela de Maduro es una democracia». ¡¿Qué les parece?! «El
régimen de Maduro, viene de un voto popular». Lo cual, es cierto. Nuestro
lúcido gobernante regional insiste que sobre «25 procesos electorales, han
podido ganar en 24». Genial, ¿no? ¡Viva Maduro! Solo una duda me queda, lo que
dicen sobre la democracia O’Donnell, Whitehead, Dieter Nohlen desde Alemania,
Robert Dahl desde Yale, Gabriel Almond desde Stanford, y Alain Touraine desde
la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. En pocas palabras, no basta ganar unas elecciones. Es
un sistema de instituciones y pueblo. Implica no solo partidos sino movimientos
sociales muy diversos, rivalidades y enfrentamientos. Y el juego político,
puesto que los intereses son diversos y la sociedad civil es heterogénea. Para
Cerrón solo le basta el voto. Y luego, en el sillón, ¿eso que Basadre llamó el
sultanismo? ¿Otra vez Andrés?
Estamos
entre Escila y Caribdis, entre el caos actual y una democratura, para llamarla de alguna manera. Pero este es el siglo
de los disímulos. Hay lo que se llama los regímenes híbridos. Ni por completo
tiránicos, ni tampoco del todo democráticos. Eso fue Chávez.
En una
de las salidas de la Feria, un grupo abuchea a Mario Vargas Llosa. Le gritan, «garante,
garante, ¿en qué líos nos has metido? ¿Qué pasó con los presidentes que nos
recomendaste?». La cosa es un tanto injusta porque he escuchado a un MVLl distante
de los noventa. Y en algún momento dijo que se habían equivocado. No me parece
poco. ¿Conoce usted lector, algún personaje peruano que diga alguna vez que se
ha equivocado? Eso sería un milagro.
Pasando
a temas que lucieron en la feria, uno de ellos, la literatura que se ocupó de
las dictaduras, de caudillos, tiranos, de lo que hoy se llama la novela de los
dictadores, «un subgénero narrativo de la América Latina», dice Wikipedia. El
boom literario, todos lo sabemos, pero por si acaso, un recuento: Yo el Supremo, 1974, de Augusto Roa
Bastos. La Fiesta del Chivo, en el
2001 si no me equivoco, de Mario Vargas Llosa. Me estoy olvidando, El recurso del método, de Alejo
Carpentier, 1974. Y en fin, El otoño del
patriarca, Gabriel García Marquez, en 1975. Ahora bien, el ocuparse de un
relato de dictadores puede ser una lista más extensa, si recordamos al gran
Faustino Sarmiento, escritor y presidente, que escribe Facundo, a quien combatió y admiraba.
Con Vargas
Llosa en la FIL, vino el tema de la novela de los dictadores. Le escuché en la
televisión la conversación con dos acompañantes muy competentes. Y dijo un par
de cosas que no quiero dejar de comentar. Admitió que esos personajes, eran una
suerte de monstros con algo excepcional, autocráticos, absolutistas, despóticos,
y acaso por eso mismo, atractivos. Desde el personaje que era el doctor Francia
en Paraguay, a Somoza de Nicaragua y se me ocurre, la seducción del mal que luce
el demonio cuando es Satanás, Luzbel, Mefistófiles, el astuto, el sagaz, el
hábil y mañoso (lo dicen los teólogos). Pero Mario dice que eso ya fue, y ante
los actuales, se nota que la América Latina ha retrocedido en calidad de la
maldad tiránica. El nivel de los tiranos se ha venido abajo. Incultos,
vulgares, dan cólera. Maduro, por ejemplo.
Pero dijo también que «la novela no es la historia. La novela no es la sociología. El testimonio novelesco de la realidad … es un testimonio infiel de la realidad». ¿Está claro? Por mi parte, nunca pensé que la comprensión de la América Latina podía caber solo en la literatura. Siempre pensé que a Octavio Paz no le dieron el Nobel por ser poeta. No era novelista. Escribía ensayos. No narraba, pensaba. El boom fue magnífico, pero no alcanza a explicarnos a nosotros mismos. Necesitamos la conciencia de lo real. Eso que evitamos con mitos, con la búsqueda de un inca y otros laberintos. El secreto de lo mejor está en los ensayos. Casi nuestra filosofía. ¿La fantasía? Ya es bastante la que nos rodea. Además, nos hemos olvidamos de lo que quería Salazar Bondy: «En el Perú falta una tradición académica firmemente establecida. Una cultura espiritual vigorosa, y una valoración social del intelectual.» En eso, le cobro una deuda a Mario. Sus intervenciones en la vida política no solo han degradado la confianza que se le podía tener sino al resto de lo que todavía se reconocen como intelectuales. Quedan pocos. Y no somos precisamente seguidos. Los errores de los noventa necesitarán decenios para ser pasado perfecto.
El Texao de Juan Guillermo Carpio Muñoz se puede
considerar como la enciclopedia de Arequipa, debido a su riqueza histórica e
informativa, compilada cuidadosamente y en un formato original durante los 20
años que le llevó al autor esta tarea. El sociólogo y periodista, exdirector de
la Biblioteca Nacional, Hugo Neira, lo sabe bien, no en vano leyó las más de
7,000 páginas que integran los 12 tomos de la edición completa de este libro,
cuya presentación estuvo a su cargo en junio.
Entrevista: Monica Cáceres
-¿Por qué deberíamos considerar la obra de Juan Carpio, el Texao, como una enciclopedia?
La obra de Juan Guillermo Carpio, Texao,
Arequipa y Mostajo, en definitiva rompe todos los modelos de edición de
estudios e investigaciones, no se trata solo de la acumulación de documentos o
textos, porque contiene información de la historia nacional e internacional y
está todo expresado en varios tomos, a esto es a lo que llamamos enciclopedia.
¿Qué es lo que destaca de este trabajo?
Puedo decir que se trata más de la historia regional, porque cada tomo nos
lleva a un registro de datos sobre Arequipa, junto a la historia del Perú, con
narraciones y descripciones de momentos y personajes que se entrelazan en una
riqueza de datos que cautiva a arequipeños y a los que no lo son. No solo es el
registro de la historia, va más allá, hasta llegar a la explicación de sucesos,
la descripción de identidades.
-Se puede ver que el autor se ocupa de varios temas, no solo de la
política.
Así es. Podemos ver que a cada capítulo le dedica espacios muy nutridos
sobre cómo es la cultura popular de los arequipeños, desde sus expresiones
populares, las peleas de toros, la música popular y a la comida tradicional.
Podemos hallar aspectos como la rebelión popular de 1867, pero también los
terremotos, lo que fue Arequipa en el momento de la Guerra del Pacífico y otros
temas sobre arte, música, fotografía o simplemente la vida en la ciudad. Así,
podemos encontrar la historia política sin duda, pero también la historia
cultural, dada la importancia que se da a literatos, juristas, artistas y
pensadores.
-Usted ha hecho mención a las fuentes consultadas por Carpio Muñoz para
esta obra.
Sí, es indudable que lo recogido por el periodismo local, la recuperación
de lo que en su momento dijeron los testigos de vista de los acontecimientos,
es decir, el diario La Bolsa, El Deber,
El Pueblo, ha sido de gran trascendencia en estos libros. Cada capítulo
tiene algo que ver con las costumbres y tradiciones. Carpio Muñoz ha sabido
tomar los deseos, los dolores y los placeres de la gente y nos lleva a la
Arequipa de los chacareros y de los juristas, de los personajes destacados, de
los artistas. Es una fuente riquísima para investigaciones posteriores de
antropólogos y sociólogos y lingüistas.
-¿Qué concluye después de revisar los 14 tomos de Texao? Me he quedado
admirado porque hay varias disciplinas ahí. La antropología, los aportes, los
arequipeñismos, pero también la gente, sus y hábitos. Es un libro excepcional
por eso y por eso digo, seriamente, que es una Enciclopedia que se puede seguir
extendiendo con otras disciplinas. Por ejemplo, el Misti y su geología no están,
tampoco la flora y fauna de Arequipa que es distinta a otros lugares.
-¿Cuál sería su mensaje para las nuevas generaciones respecto al Texao?
Es una obra para todos los arequipéños y los peruanos. A pesar de no
conocer al autor, puedo ver que su objetivo fue vincular la historia de
Arequipa con la historia del Perú, es un modelo de trabajo digno de admiración.
Es increíble cómo ha podido el autor atinar a un modelo que es importante y
adelantarse a lo que es ahora tendencia mundial: hacer la historia del mundo
comparándola con otros momentos.
Entrevista publicada en el diario Correo-Arequipa, 16 de julio de 2019
Hoy día domingo 14 de Julio, me he quedado en casa. Por varias
razones. Estoy cargado de trabajo puesto que llego al fin de ciclo
universitario, y esta vez he estado si no agobiado, sí muy ocupado con mis
clases. Ya era mucho tres, suelo no hacer demasiada pedagogía para dejar algo
de mi tiempo para escribir. Pero en este ciclo han sido cuatro. En sus últimos
días, Alan García se estuvo despidiendo. Entre otros adioses, le dijo al rector
de la Universidad San Martín de Porres, a Antonio Chang, que «si algo le
ocurría» (en condicional), su curso y sus alumnos podían seguir si yo tomaba su
cátedra. Y eso es lo que ocurrió. De pronto tuve unos 40 alumnos más de los que
ya tenía a cargo. Hice lo posible. No siempre hay una persona como era Alan —
no solo sus estudios en Francia, el largo periodo de exilio—, sino ¡dos veces
presidente! Hice lo que pude. No soy político, apenas un profesor que a ratos
también escribe para el ciudadano, y no solo para los colegas.
La segunda razón es que quería presenciar la fiesta francesa por
el día 14 de julio, el equivalente del día de la Independencia en los Estados
Unidos o nuestro 28 de julio. Ocurre que esta vez, además de los rituales y
desfiles del caso, se iba a mostrar públicamente, un nuevo invento. Un aparato
que permite al hombre volar por los aires. Un hombre de pie, y en los pies, una
suerte de máquina redonda. Eso es todo, ¡y vuela! Y de hecho eso es lo que hemos visto. Como se
comprenderá, eso significa muchas aplicaciones. De entrada es un arma de
guerra, podemos deducir que los cielos se pueden cubrir de ejércitos aéreos.
Pero claro está, como ha ocurrido en el pasado, objetos nacidos para la guerra
fueron los primeros aviones en el curso de la primera guerra mundial. Pero
desde los años treinta, se convierten en aviones comerciales. Acaso este
invento modifique la vida y el desplazamiento de la humanidad. Porque los
cambios climáticos no son broma.
Este ha sido un domingo de sorpresas. Resulta que en el diario Trome, en la edición de este domingo 14 de Julio, en la columna tan conocida
como El Búho, su autor se entera que acabo de sacar un nuevo libro. En efecto,
el segundo tomo de mis trabajos de comparaciones entre México y Perú, después
del primer tomo dedicado a la comparacion de Mesoamérica y el mundo andino (o
sea, la comparación entre la civilización azteca y los incas) y luego de sendos
procesos históricos virreinales, llegué hasta las independencias de ambas
sociedades. El texto era ya extenso. Gracias a la buena voluntad del rector de
la Universidad Ricardo Palma, Iván Rodríguez, se me permitió un segundo tomo.
Le doy las gracias. Por cierto fue
trabajoso pero necesario. La Independencia de México y Perú, el siglo XIX de
ambos, el siglo XX con los grandes temas de cada sociedad, y por último, el
ingreso al siglo XXI.
Volviendo a la nota periodística del Búho, debo decir que me llama
«Maestro Neira». Y la verdad, que me ha conmovido. No conozco al autor, que por
cierto es periodista muy seguido. Ahora bien, dice que algunos de mis trabajos
como periodista le han servido personalmente en su proceso personal de ser el
periodista que hoy es. Y luego se ocupa de uno de mis primeros libros, acaso el
más conocido: Cuzco:
tierra y muerte. Lo entiendo, ese libro
le permite relatar mi vida, la suerte de que la eminencia que era Raúl Porras
me llamara a su equipo, en donde estaba Mario Vargas Llosa, Pablo Macera,
Carlos Araníbar y esta modesta persona, entonces, «un jovencito erudito». La
nota es la historia de cómo llegué al Cusco, enviado por el Expreso de Manuel Mujica y de su director, José Antonio
Encinas. Un diplomático peruano que había obtenido no uno sino dos doctorados
en Harvard, economía y filosofía, modestamente. Encinas reúne entonces un
equipo de juniors, que pasamos por un concurso para ser los editorialistas,
Luis Loaiza, Abelardo Oquendo, Raúl Vargas y el que escribe. Ahora bien, cuando
apareció «un fenómeno nuevo en la sociedad peruana» —tomo las palabras del
Búho— y «miles de campesinos en Cusco estaban ‘invadiendo’ las gigantescas
haciendas de propiedad de las familias más importantes de la región», en Lima
no se entendía qué era lo que estaba pasando. No era una guerilla (eso fue
Béjar) pero esa toma pacífica en la que no había ni incendios ni agresiones a
los hacendados, ¿qué era? Encinas decide entonces enviarme a mí al Cusco, por
el tiempo que esa fuerza emergente y sin nombre actuara. Me lo impuso: «Usted
ha sido alumno de Arguedas y de Matos Mar». Y era cierto. Lo que hice fue muy
sencillo, guardé en el bolsillo mis ideas y a prioris. Entreviste a los campesinos y en especial sus líderes. Los artículos
salieron publicados en Lima, y en Cusco, leídos por los dirigentes de esa
gigantesca marcha de campesinos hacia sus «recuperaciones de tierras». Visto
que les daba la palabra en mis crónicas, me nombraron «periodista compañero
cuna». Y los seguí semana tras semana. No hice sino decir lo real. Esas
invasiones no eran violentas. Había aparecido una élite campesina, gente que
tenía una estrategia para no enfrentar la violencia policial. Mi libro los hace
entrar en lo que algún día será la historia del pueblo peruano, a saber,
Sumire, Urbano López, Vladimiro Valer, y por cierto, Saturnino Huillca, el
dirigente quechua que no le daba la gana de hablar en castellano, uno de los
seres humanos más completo. Mucho años después lo entrevisté y escribí un libro
sobre su vida (Huillca, habla un campesino peruano). Gané (ganamos) el premio Casa de las Américas, 1974. Viajamos juntos
a La Habana. Los 3 mil dólares del premio, se los di a Saturnino. Después de todo
era su vida y sus ideas.
Ese libro lo tradujeron a 7 lenguas. Y Cuzco: tierra y muerte me dio dos premios. Uno, el Congreso de
Lima, porque había despejado los criterios imprecisos de esos días. Y otra
cosa, un profesor francés, de paso por Lima, François Chevalier, se interesó
por mi libro. No lo sabía, era lo que se llama un mandarin, es decir, el catedrático de la Sorbona
prácticamente dueño de un área del conocimiento. Era un enorme americanista. Me
propuso ir a París y trabajar como investigador. Me darían un contrato que me
permitiría seguir estudios en cualquier grande école de París. Fue un giro decisivo en mi vida. Todo por decir las cosas
sencillamente. Raúl Vargas me entendió. «Neira se ha vuelto un cronista de
indios». Sí, pues, del rigor de Porras al hecho de saber admirar algo que era
emergente y poderoso: lo que sucedía en el sur del Perú cambió mi manera de ver
la historia y la sociedad. Sin ese país campesino que recuperara tierras, no
hubiesen dado el paso que dieron las Fuerzas Armadas en 1969. La reforma del
mundo rural se inicia en esos meses. De Quillabamba a la nación ya no de
servidumbres indígenas.
El nuevo libro.
El águila y el cóndor.
México/Perú. Tiempo moderno y contemporáneo, editorial
Ricardo Palma, 2019.
En efecto, como dice El Búho,
otro libro más sobre el Perú, pero desde una perspectiva comparativa. En
realidad, hace un buen rato que practico esa modalidad. Vivimos cada vez más,
en un mundo de naciones y culturas. Y a ese texto le preceden otros, de tipo
comparativo. He publicado Civilizaciones
comparadas (2015), que incluye a los incas y los aztecas. Y luego de
compararlos, a partir de sus conceptos de orden que podríamos llamar
filosófico, siendo conceptual —analizando algunos vocablos del quechua y del
náhuatl— tuve el atrevimiento de continuar. Y comparamos las dos únicas y
grandes civilizaciones de la América anterior a la Conquista, con la China
Antigua y la India. El comparatismo también lo he usado para mi libro ¿Qué es Nación? (2013). En ese caso
estudié y explico tres construcciones nacionales, Francia, Gran Bretaña y
Alemania. Pero como la nación no es un fenómeno solo occidental, me ocupé de
tres construcciones extraoccidentales, el Japón de los Meiji, la India de
Gandhi y el México de la revolución. En ese libro, explico los procedimientos
necesarios para abarcar entidades históricas como las indicadas. Y para decirlo
todo en una sola frase, en esos casos, soy un trabajador intelectual que reúne
varias disciplinas, y asumo una mirada holística. Es decir, global. Los
maestros en que me inspiro, vale la pena decirlo, son Louis Dumont para la
India, Gellner para las naciones industrializadas y Eric Hobsbawm, a quien
conocí en Oxford, y que acaso es el historiador más completo ante la historia
global. Esos trabajos anteceden al último libro mío.
Hubo un primer tomo de esa
comparación México/Perú. El mundo mesoamericano de los aztecas y el andino de
los incas. Hoy agradezco al rector Iván Rodríguez de la Ricardo Palma, puesto
que resultaba enorme el comparatismo mexicano-peruano desde sus civilizaciones
y el periodo virreinal. El primer tomo se detiene antes del proceso
independentista. Y me permitió continuar con el siglo XIX, el XX y el ingreso a
este. Quiere decir que en el II tomo me ocupo de nuestro siglo republicano, el
XIX. Y continúo, tanto para México como para el Perú, hasta nuestro tiempo
contemporáneo.
Para el Perú, el libro se
cierra con la actualidad. He escrito capítulos que revisan lo que llamo, «el
feroz siglo XX». Desde nuestro Novecientos y la aparición de la intelligentsia, a Haya de la Torre, y el
ahora, los últimos años, los outsiders,
el enigma peruano de crecimiento económico y desafecto político. Del riesgo de
una sociedad de masas sin nación concluida. Hay un capítulo final. Sostengo que
ha ocurrido una serie de «revoluciones» ocultas en el Perú, la migración, los
efectos de la reforma agraria de 1969 y el ingreso a la economía de mercado,
esto último, con ventajas pero con enormes brechas. ¿Crecimiento sin
desarrollo? ¿Democracia y corrupción? Por mi parte, más que fijarme en lo que
ocurre en la clase política, suelo mirar lo que llamo las «placas tectónicas».
Lo de abajo, su cultura, las sorpresas que pueden venir de la sociedad misma…
Lo que sigue en esta nota,
son fragmentos de «un epílogo para peruanos». No aspiran a razonar desde alguna
de las ideologías dominantes. El sociólogo es todo lo contrario del ideólogo.
Lo que sí tiene, es sinceridad. Nuestro futuro inmediato es imprevisible.
Adelante pues, y buena lectura.
Epílogo (sincero) para peruanos
Nuestro siglo XIX fue caótico. El siglo XX, feroz. Temo lo que nos ocurra en el presente inmediato. Nuestro proceso industrial es incompleto, no hemos estado ni en la primera revolución industrial, ni en la segunda o tercera. Seguimos siendo un país de exportaciones mineras y agrícolas. La burguesía peruana no lo es del todo. Y lo peor, la actual educación primaria y secundaria —con muy pocas excepciones— va a la cola del planeta en las pruebas Pisa. Los últimos de la clase (Nicolás Lynch). Y el resultado es una caterva de parados sin oficio, de descontentos ilustrados, de graduados sin destino. Tampoco de esa catástrofe cultural se escapa la educación superior. Transición y desubicada intelligentsia parecen que van de la par. Hace más de diez años que el Banco Mundial nos ha dicho que no tenemos recursos humanos. Y en esas condiciones, cualquier tipo de modelo de desarrollo corre al fracaso.
En consecuencia, la calidad de la vida política, en vez de mejorar, se ha empobrecido. Hay, sin embargo, unos pocos propietarios de la palabra y el saber simbólico. En una alianza perversa con los medios, manipulan a las multitudes con posverdades. El verdadero poder sigue siendo las empresas. Pero no es novedad. Lo que es nuevo, y francamente perverso, es el ser riesgosamente un país de peligrosísimos psicosociales a través de diarios y medios. El resultado es que la gente deja de creer que los periódicos le digan algo verdadero. Otro asunto. Se está olvidando nuestra compleja identidad. Se la quiere única, contrariando nuestras mezclas que somos, un país trabajado por legados hispanos, indios y africanos. «El país de todas las sangres». Desde esa óptica, quizá un país más adelantado que muchos otros, puesto que nuestro mestizaje nos ha formado en medio de culturas distintas, lo cual no es un defecto sino virtud.
Pero también, hay que decirlo, cabalga un sustrato redencionista y fatalista de la historia en el alma de mucha gente. De ahí provienen esa suerte de santones laicos, jefes de partidos que giran pronto a la secta, profesores del Ciclo Básico que organizan exterminios tártaros, líderes supremos e iluminados de toda laya. Seguimos siendo un curioso país donde la diferencia entre manifestación y procesión no es muy clara, ni entre misa y masa, y entre devoción y convicción.
Dos siglos de vida republicana. Y seguimos sin entender que el quehacer intelectual y el político son actividades nobles, pero amalgamadas pueden producir monstruosidades. Con mayor razón en una sociedad que no ha entendido que una república, para serlo, debe ser laica. Lo cual no significa abjurar de la fe católica o de otras religiones. Lo que nos pervierte, no es que la Iglesia se inmiscuya en la vida pública sino que la política y el debate republicano se pervierten porque derechas o izquierdas, son fundamentalistas. En materia de creencias políticas, hemos trasladado el vicio de la intolerancia inquisitorial al debate nacional. Nos pervierte una cultura política de fondo judeocatólico en la que el héroe tiene que ser siempre un mártir. Se admira a Mariátegui, y callamos que estaba a punto de emigrar a Buenos Aires cuando le llega la muerte. A Haya de la Torre se le toma como un gran maestro, que lo era, pero cuando ya no está. Además de esos comportamientos intolerantes que proceden de la vertiente criolla-occidental, se suma, en el siglo XX, una serie de interminables desdichas políticas tras el culto apocalíptico de los mitos del ciclo andino. Inkarri, el Taqui Ongoy.
Hay una corriente en la antropología peruana que no estudia los antiguos rituales. Los resucita. El uso de la herencia cuerda de los incas se transforma, en el Perú actual, en un pretexto para querer gobernar totalitariamente. Puede que la Teología de la liberación tenga algo que decir. Pero más ganaríamos con la liberación de todas las Teologías. En las que incluyo las ideologías. En cuanto a la vida política, no hay partidos. En realidad, se comportan como religiones. Lo digo porque ante nuestros problemas, no tienen como respuesta sino algún tipo de mesianismo. El pueblo, en cambio, tiene el buen sentido de todo pueblo. Y entonces se da el caso asombroso que las masas resultan ser a ratos lúcidas, mientras las élites deliran. Mientras esto dure, el Perú no entrará del todo a la modernidad. La gran ruptura sería volvernos un país de científicos. Pero la utopía andina que reina adora el pasado y desdeña el porvenir.
El debate por el pensamiento libre es, pues, decisivo. Tenemos todo, minería, posibilidades inmensas debido a la variedad de climas y escalones bioclimáticos. Pero nos falta la pasión por el conocimiento y en general la cultura y las artes. El cultivo de eso que se llama la cultura, desde la literatura hasta las ciencias naturales, nos llevará a playas más lúcidas y humanas que las actuales. Estoy convencido de que la especialización del saber y el poder en esferas independientes no puede echar, a la larga, sino frutos saludables. Una sociedad comienza a respirar mejor cuando sus políticos, por muy cultos o iluminados que parezcan, no aspiran al monopolio imposible de las certezas. Cuando lo privado y lo social se separan de lo gubernamental por la magia del conocimiento. Y cuando en el fondo de las aulas, los más listos y los más talentosos se destinan a diversos oficios y saberes. Y no forzosamente a ser pastores del extraviado rebaño de sus contemporáneos. Mucho tardará, sin embargo, para que el Señor nos llame por senderos tan civilizados. (HN, pp. 502-504)