La gran cuestión: qué de bueno y qué de malo

Written By: Hugo Neira - Sep• 30•19

Es una atinada y gran cuestión la que han pedido a nosotros los periodistas. Les respondo con mucho gusto. Comienzo con sinceridad. El decir qué va y qué no va en el Perú, es una pregunta que me estremece. Algo así como si opinara sobre la extensión del universo. Rara vez hablo del Perú en global. Prefiero la economía peruana, la historia peruana, la literatura peruana, las ideas contemporáneas en el Perú. Cuando quiso hablar del Perú, José Carlos Mariátegui lo hizo mediante siete ensayos. Genial el gran Mariátegui que apenas tuvo primaria y luego, en el periodismo, creció hasta ser un gigante. Admirable caso de autoeducación. Hablar del Perú es como tratar de un tema oceánico, el Antiguo Egipto, la Grecia antigua, algo por el estilo. Y siento la sensación de estar al borde de un enigma. 

Detrás del periodista está el estudioso. Toda mi vida he hecho cuerdas con ambos oficios. Cuando el profesor escribe, el periodista viene y le dice que redacte con claridad y con frases cortas. Cuando el periodista se está pasando de ligero, acude el profesor para decirle que los hechos sociales, todos, son ambivalentes. Y es por eso que no practico el mayor vicio que tenemos, el maniqueísmo.

Cuando me llegó la presente invitación estaba terminando mis clases (y un enorme libro que ya saldrá con la parsinomia propia a mis editores, las universidades). Y pensé voy a responder qué hubo de progresivo y de regresivo en la sociedad peruana. Pero tenemos un problema en el uso de ese concepto. Como se sabe, soy sociólogo. Uno que primero estudia en San Marcos la ciencia histórica, luego, con la sensación de que una disciplina no es suficiente, estudia ciencias políticas en París, en el Harvard de Francia, siendo investigador en S. Po. (Institut des Sciences Politiques). Luego, tras su retorno al Perú de Velasco, estudia de nuevo (mientras es profesor) ciencias sociales. Eso es lo que soy. Sin dejar de lado jamás esa ciencia (y arte) de la actualidad que se llama modestamente periodismo. Ustedes lo saben. Es más que eso. El fútbol lo jugamos todos, pero solo algunos tienen la velocidad mental del que mete goles. Estoy diciendo que tampoco cualquiera puede ser periodista. Es también una cuestión de que en el vértigo de las cosas, encuentra lo esencial de lo inmediato. Ese don, se tiene o no se tiene.

A lo que voy. Iba a tratar de la sociedad peruana. Con los franceses aprendí a razonar desde lo más simple. (Eso es Descartes.) Y en efecto, los hombres viven en sociedad. La praxis de su vida se inscribe en el ámbito familiar, el trabajo, la economía, la religión. Pero saber qué es la sociedad como una totalidad, lleva a que la realidad social es un sistema de relaciones, y comenzamos entonces a encontrar totalidades particulares, por decirlo así. Agrupaciones, clases, multiplicidades enormes, agentes sociales diferentes y contradictorios. Siempre la hemos querido ver como una totalidad, a la sociedad. Para luego distinguir, por ejemplo, la sociedad industrial, la sociedad de masas, lo cual no nos impide observar las burocracias, las sectas, etc.

Eso es lo que se usó hasta ahora. Eso es lo que aprendí en Europa (hubiera sido casi igual de haber hecho estudios en Estados Unidos). Pues fíjense la difícil era en la que vivimos. Mis colegas —no los peruanos—, la comunidad de las ciencias sociales en el extranjero, ponen en cuestión el uso orgánico, cohesionante, de la sociedad. Uno de los que fueran mis profesores, Alain Touraine, luego un amigo, ha escrito un libro que es un terremoto en la metodología misma del hombre en sociedad. La fin des sociétés. Cuando se traduzca se llamará el fin de las sociedades. No quiere decir que desaparezcan. No estoy jugando tontamente con algún criterio de decadencia o algo por el estilo. Las sociedades avanzadas del capitalismo (Europa, Rusia, Estados Unidos, Canadá y Australia) les ocurre, en la vida cotidiana, una mutación inesperada. Se descomponen todos los marcos de referencias. La familia, la empresa, las clases sociales. Es un tiempo en que el actor social es el individuo. Pero de ese mundo plural, en progreso, que se vuelve un mundo de recomposiciones sociales, prefiero no tocar en esta nota.

Seré sincero. Hace rato que me trota en la cabeza que no hay un solo Perú, sino varios.  Si fuera antropólogo, diría que es un país de diversas culturas. En sentido antropológico no cultural, como cuando las candidatas a miss Perú dicen que en música prefieren Mozart. Si hiciera solo historia, diría que los peruanos viven en mundos diversos, algunos ya son cosmopolitas y les da lo mismo vivir en Lima que en Miami. Otros viven en tribus, en la Amazonía. Otros en culturas regionales que se resisten a la homogeneidad de lo republicano. De eso voy a tratar. Mi ponencia es la siguiente. Hay varias sociedades peruanas. Yuxtapuestas y a la vez simultáneas. El amable lector no debe sorprenderse. ¿Conocen a Francisco Durand? Sus tres economías. Formalidad, informalidad y economía delectiva. Profesor en los Estados Unidos. A veces, como para apreciar una pintura, hay que dar unos pasos y ver no de tan cerca, eso pasa con el oficio del análisis y de síntesis, que es lo nuestro. A eso voy. Veo tres sociedades, acaso cuatro si le añadimos el «lumpen», que asalta y mata con una frialdad que antes no había.

Hay un Perú que ya es urbano. No es que se me ocurra. La población censada en centros urbanos en el 2007 representaba el 75,9%. Eso lo sabe bien el INEI (Instituto Nacional de Estadística e Informática). Esa mutación, que es espontánea, por ser migración interna, tiene consecuencias enormes. Y se le suma otro fenómeno social: crecen también las ciudades provincianas. Ya no lo son tanto. Hace poco, en un momento en que era vacaciones y no dictaba cursos, varias ciudades del interior me invitaron a dar conferencias. Puno, Juliaca, Cusco y Abancay. En esta última, me llenaron de condecoraciones, «hijo predilecto», etc. A lo que voy, hacía un tiempo que no iba y me quedé asombrado. ¡Qué de progresos! ¡Qué de universidades y carreteras!

Otro cambio, realmente sideral. Resulta que los peruanos han preferido vivir en la costa. No por mucho, el 55,9%. Pero me asombra. Por  primera vez en nuestra historia, la primera en tres mil años del Perú profundo, la sierra deja de ser el centro de nuestra vida. En el ayer precolombino, las civilizaciones de la costa, Paracas, Chimú, no eran más pobladas que las culturas de quechuas, aymaras y chancas. Hoy las cuencas serranas, las tan queridos y amados valles andinos, no son el eje de vida peruano. Pero aclaremos. La población rural y serrana sigue creciendo, pero menos rápidamente que la costeña. Por lo demás, se entiende esa migración. La costa tiene mejores medios de transporte. Es llana. Eso tiene no haber construido una infraestructura de ferrocarriles y buenas carreteras. A cada rato hay un bus que se precipita al abismo en nuestra sierra. O el chofer estuvo borracho, o el bus no tuvo mantenimiento, o esas carreteras son una invitación al suicidio.

Sumemos. País urbano y costeño. ¿Eso es todo? No. El Perú es mayoritariamente alfabeto. En la materia, hay discusión. Unos dicen un 5%, otros un 13%. Para nuestra lectura, es igual. Ya no somos un país de analfabetos. ¿Debo seguir? Además la pobreza ha retrocedido. Y desde los noventa a la fecha, el PBI se ha incrementado por tres.

Entonces, ¡estamos salvados! No, señor. La lectura de las fragmentaciones del Perú en sociedades proviene del mundo del empleo, del trabajo. Volvamos a las economías. Esa sociedad moderna, número 1, es real pero bien cortita. Es solo para los que habitan en la sociedad peruana de los empleos formales. Y eso es apenas un 20%. Y soy generoso en el cálculo. Lo que predomina —y el lector lo sabe— es lo informal. Seamos sencillos, miren lo que sale en Wikipedia. «En Perú, las PYMES constituyen el 98,3% de la economía, contribuyendo al 42% del producto bruto interno (PBI) y con el 88% de empleo de la población económicamente activa (PEA)». Como se entenderá, mientras el trabajo siga siendo informal, esos ciudadanos carecen de servicios sociales. Son un motor de progreso, pero con un saldo feroz de esfuerzo y trabajo. No lo dicen, pero el peruano con chamba propia, trabaja 15 o más horas por día. ¿Qué tiempo le queda para vivir?

La tercera sociedad, es donde se confunden los informales y los formales, algo como  2.5 millones de micro y pequeñas empresas. En ellos están los que podemos llamar no nuevos ricos sino los no pobres. Muchos observadores de este estrato social, en nombre de esa enfermedad de la ceguera y el optimismo obligatorio que se practica en nuestro país, los llaman ya «clases medias». Arellano por ejemplo. Las clases medias en el mundo entero tienen dos poderes. Uno, el capital. Y eso lo tienen ya en los conos. Pero el otro es el poder simbólico. La palabra, el conocimiento (concepto de Bourdieu). Y eso no lo tienen, a veces, tampoco los más acomodados. Por algo que hemos fallado. Dejemos de esconder aquello en lo que hemos retrocedido. La educación peruana, esa que yo tuve en una Gran Unidad Escolar —años cincuenta— ha desaparecido. En las pruebas PISA seguimos a la cola de todas las naciones. Como lo dijo con coraje Nicolás Lynch, cuando era Ministro, «los últimos de la clase».

Ese deterioro que es gravísimo, produce electores populares que no compran diarios y peruanos que no abren un libro ni con una pistola en la sien. Ya no tenemos analfabetos sino gente que puede leer pero no lo hace. Eso se le llama «iletrado». Son millones. Pueden, pero no les interesa. Miran en los quioscos los titulares y no compran diarios. Les han enseñado a ser «empoderados». Esa tendencia pedagógica estaba destinada a dar confianza a los hijos del pueblo para que montaran negocios personales y familiares. Bravo. Pero también lo han tomado como «yo ya lo sé», y a mi nadie me da lecciones. Y produce gente que llega a ser alcalde, congresista, incluso ministro, pero es gente que nunca adquirió el saber necesario a un dirigente o político. Eso es grave. Nos lleva a la cuarta sociedad. Que es una antesala del infierno.

Hualpa, 37 años, con profesión cocinero (o sea, no era pobre) mata a Eyvi Ágreda, de 22 años, porque sí. No se fijaba en su persona y decide no solo matarla, sino incendiarla en un bus, destruyendo su belleza, haciéndola sufrir. Lo han creído un psicópata. Puede ser. Pero su crimen revela otra cosa. Hay una sociedad infernal, de peruanos que no tuvieron nunca una escuela que los humanizara. Todos saben qué cursos han sido eliminados caprichosamente (Literatura, Humanidades,…), les parece bien a este país de pragmáticos. Eso quiere decir que Hualpa —como otros tantos millones— jamás ha escuchado un poema, un texto literario. Es decir, nadie lo formó —porque los cerebros se forman en una edad precisa— en algo que podía ser la ternura. Los sentimientos. Nadie. A los de mi generación se les enseñaba, «qué estará haciendo mi andina y dulce Rita de junco y capulí, ahora que me habita Bizancio y que dormita la sangre, como flojo coñac, dentro de mí». Ahí tienen los peruanos machos y con ganas de que las guapas los miren. Eso es la cuarta sociedad peruana. Algo peor que el lumpen. Los zombies que no tuvieron ni cursos de historia, ni de lógica, ni de gramática, ni literatura ni nada. Solo una falsa secundaria, y luego, una chamba. Y nada más.

Cuatro sociedades peruanas. La primera ya moderna. La que es hegemónica, pero frágil. Su capital es Asia. Las otras tres hacen mayoría. Entonces, tiemblen cuando las tres cuartas partes de la sociedad siga al Hitler populista y sin duda, popular, que aparecerá para el 2021. Siempre llamé «La República de Weimar» a esta república, del 2000 a nuestros días. Fue aquello la feliz y liberal sociedad alemana de la posguerra, años veinte. La pasaron bomba, se admitió el sexo entre hombres y de mujeres con mujeres, y luego de esa juerga, vino Adolfo. Con una máscara de exsoldado puritano. Y ya saben lo que hizo. Campos de exterminio para millones de judíos y luego guerra europea en la que murieron millones de alemanes, esos que lo habían elegido Führer. Esto, lo de  «la promesa peruana», no la de Basadre sino de un Weimar achorado —espero equivocarme—, el único que me entendió fue Arias Quincot. Escribía en El Peruano. Muy culto. Muy libre. No duró mucho.

Cuatro sociedades, amigos. No una sola. Así somos. Ese es nuestro reto. Que crezca la economía, pero que crezcan en número las gentes que leen, razonan, dudan, piensan, proponen racionalidades y no quimeras sangrientas. Que así sea. Que Rosa de Lima y Sarita Colonia, cierren las abiertas puertas del infierno, de corruptos arriba y abajo, y de gente que enamora matando. Eso no es una patología individual, la que estudian los discípulos de Freud. Hay patologías sociales. Desde Durkheim, uno de los padres de la sociología. Los individuos Hualpa son más temibles que los más furiosos de Larco Herrera. Puede que los sin alma se junten y lleven al poder a su Tirano. Desde las urnas, por el peso de la mayoría, todo puede pasar. Y si la posverdad es lo que domina, propongo a mis colegas periodistas ir a contracorriente. Nuestro pueblo tiene sentido común, por eso ha progresado de la barriada a la empresa propia. Pero hay que educarlo, para salvarlos y salvarnos. Hablando claro, sin disfuerzos o melindres. Diciendo lo cierto. Unamuno, español, filósofo, ante la guerra civil, decía: «Di tu palabra, y rómpete».

Escrito el 28 de junio de 2018, y publicado en la revista Periodistas del Colegio de Periodistas, Lima, año 1, n°3, 2018, pp. 4-10.

Dos caras tiene el destino

Written By: Hugo Neira - Sep• 23•19

La situación meteorológica del continente: según la televisión francesa, Lima tiene el cielo bouché. O sea tapado, cubierto, sin el sol que gozan en Quito, Caracas o Buenos Aires. No creo en la existencia de arcángeles ni intervenciones celestiales o demoniacas, pero es curioso que se acomode como metáfora a lo que le ocurre en un gobierno amenazado desde sus propias entrañas por un adelanto de elecciones. Y una crisis inventada, con talento maquiavélico. Sin embargo no estamos en los noventa. No necesitamos de un Alberto II para cerrar congresos para capturar a Abimael Guzmán.

Entre tanto, leo los diarios, converso con amigos, tratamos de entender. Confieso que no acudo a las redes sociales. En cambio, observo qué sienten y dicen los diarios. ¿Y qué encuentro? Titulares como estos. «Corriendo a ninguna parte». Editorial del El Comercio, lo menciono sin rencor alguno. Me hicieron un favor, porque estos días, ando muy, pero muy ocupado. «El temerario juego del presidente» (Paredes Castro). «Un cronograma sin fechas precisas» (Martín Calderón).  «La democracia no es turba», Federico Salazar. Y en una de sus columnas, Mariella Balbi: «Odebrecht es el gobierno del Perú». En fin, el investigador británico John Crabtree —que tiene un libro al alimón con Francisco Durand que trata de la captura del Estado—, no nos hace un favor cuando dice «la política peruana nunca es aburrida». Vaya broma, con ese criterio, una quimioterapia tampoco es aburrida. Hay opiniones muy sensatas. La de Jaime de Althaus, el viernes pasado, «Superar ya el adelanto de elecciones». La idea de superar me parece más que atinada por la variedad de usos. Se supera cuando se mejora algo que va mal, un negocio o los líos de familia. «El gobierno tiene que aceptar que su pedido de adelanto de elecciones es inejecutable y que le está infligiendo al país una crisis innecesaria» (Althaus).

En uno de sus artículos, Abusada Salah se pregunta si Vizcarra es un populista. «El populismo que vemos resurgir en el mundo desarrollado ha sido el mal endémico más grave de Latinoamérica en el siglo pasado». Aprecio que diga que el populismo es un maniqueísmo, puesto que hace poco usé ese concepto. Lo mejor de su crónica es haber entendido al presidente Vizcarra. No ve uno sino dos. ¿Populista? No lo creo, dice Abusada, y enrumba su crónica recordando «su desempeño como gobernador en Moquegua», cuando «bajo su mandato, la región mejoró el desempeño escolar en matemáticas y comprensión lectora». Recuerda también que «impulsó inteligentemente el proyecto minero Quellaveco». Cuando aparece en la escena presidencial, no me pareció mal. No era no un lobista como PPK y además, provinciano. Nací en Abancay y siempre pensé que Lima es una suerte de Luxemburgo, o Monaco, una ciudad poblada de hijos y nietos de andinos de la gran migración. Pero hoy lo de las regiones, es un Sur que ha empeorado. Si las cosas siguen así, a la Bolivia de Evo Morales pueden preferir los partidos aymaras de estos días. No es regionalismo sino política etnicista. Algo que no entiende la nación. Se han quedado en los clanes. Mientras Lima la ingenua, la pasa bomba.

Volviendo al Vizcarra de Abusada Salah. Se pregunta si no ha sido «atraído por la retórica populista». Abusada recuerda lo que deja de hacer el presidente, «los acuciantes problemas de la economía, la seguridad, la salud», etc. El intitulado de esta crónica, me hizo recordar una película mexicana (por 1952), la historia de un médico brillante que pierde un paciente y abandonna todo, incluso su identidad. Me pregunto cuál de los dos Vizcarras va a elegir el propio presidente. ¿Cuál será el rostro del Perú para los años veinte y treinta de este siglo? ¿El de estadista sensato o líder carismático?

Un amigo me decía que de hacer buenas obras, el pueblo electoral se lo agradecería. Pero soy muy escéptico sobre la mentalidad de estos años. Voy a decir algo que me cuesta decirlo. Hubo una vez un presidente de la República que levanto el PBI a medias de 7 y 8%, en Lima rehace el amado estadio nacional, concluye la línea de tren eléctrico que va de Lima a Villa El Salvador. Y en las elecciones, cuando aspira a un tercer mandato, solo obtiene un misero 5,83%.  Creo que hay una brecha entre lo popular y los políticos. El peruano de hoy, piensa que gracias a la informalidad, el caos y el empoderamiento, no le debe nada a nadie. Si pudieran dejar de votar, lo harían. Y no les pidan encima eso de los tres poderes¡! De las utopías socialistas del siglo XX hemos pasado bruscamente al consumismo, el dinero como sea.

Vastos errores. Hoy domingo, El Comercio, coloca cara a cara a Alberto Adrianzén y Jaime de Althaus. Los presentan como un sociólogo y un antropólogo, lo cual es verdad. Aplaudo ese debate. Pero los presentan como izquierda y derecha. Y eso no es lo que son. Adrianzén, hace años, se despidió con un artículo «La izquierda peruana: ni revolucionaria ni reformista». ¿Dónde? En Socialismo y Participación, junio de 2007, la excelente revista que dirigían Carlos Franco y Héctor Béjar. En cuanto a de Althaus, es un liberal. Lo cual no necesariamente es ser de derechas.

Por mi parte pienso que hay otras pasiones en el actual conflicto. No es una disputa entre tendencias. En el 2016 dos derechas ocupan el espacio electoral, PPK y Keiko, y no pudieron entenderse (¡!) Diría que hay otras fuerzas, inteligentes y perversas. ¿Los que rodean a los presidentes? Siempre los hubo, pero ahora temen eso que dicen proteger, la democracia. Ocurre que mientras se disolvían los partidos, lo que se llamaba ‘izquierda’ dejó de ser la continuidad de Barrantes o de Diez Canseco. Se instalan grupos en la cúpula del poder sin pasar por las urnas. Funcionarios públicos, ONGs y consultorías, grupos como los masones de otro tiempo, herméticos, ocultos. No se puede llamar ‘comunistas’ a quienes fingen salvar a las masas, cuando lo que quieren es manejarlas desde arriba y con las urnas, no pueden. Y persiguen a todo aquel que puede arrancarles sus actuales privilegios. Los admiro, se han disfrazado de izquierdistas para lograr asentarse en el Estado para siempre. Genial. Y como a los peruanos no les han enseñado en las escuelas a dudar, se la tragan.

Al diablo la democracia. Quieren decisiones. Soy un graduado en doctorados europeos, diré lo que eso significa en términos universales. No lo saben ni ellos mismos, son los nietos inesperados de Karl Schmitt, el filósofo alemán —cuya filosofía la toma Hitler— y que sostenía que en política no hay rivales sino enemigos. Detestaba el parlamentarismo. «Y lo legítimo es cuando la nación se encarne con el Führer» (Schmitt, y  probablemente varios gobernadores, estilo Cáceres). Ya no buscamos un Inca, como en los días de Flores Galindo. No hay que ser rubio y blanco para ser un nacionalsocialista. Suena bien, pero acaba en tragedia.   

¡Despierten ciudadanos! La política que existe hoy en el Perú, ha dejado de ser política.

Publicado en El Montonero., 23 de setiembre de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/dos-caras-tiene-el-destino

Alan García en la noche nochera de Barranco

Written By: Hugo Neira - Sep• 16•19

Crónica sobre la noche limeña, más bien barranquina. Y algo más. Fuimos al teatro, a  Microteatro, en Barranco. Cuando llegas, te encuentras en una suerte de cafetería, luego bajas una escaleras, y te hallas en el lugar escénico (Jirón Batallón Ayacucho, 271). El lugar es acogedor, te tratan con amabilidad, puedes tomarte un trago antes de entrar al escenario, hay guías para cada paso. Luego los peldaños para la hora en que se inicia el microteatro. Me sorprendió, no lo conocía. Todo eso, para un público que por cierto ama la noche, sin embargo, una disciplina de cuartel. Y ahí una obra teatral sobre Alan García. No es broma. No me lo permitiría por respeto a la muerte, y a los que se nos han ido, y con más razón, tratándose de un amigo como Alan, por la aflicción de la hostilidad a su persona cuando en vida. Ahora bien, antes de comentar la obra de teatro, conviene que les diga algo sobre la singularidad de la escenificación.

El local y el lugar. Todos los jueves, los viernes y los sábados, desde las 11:00 pm (no me equivoco, a esa hora) una obra titulada «En Instantes». Para ello, han montado un sistema de teatro en el que cada obra dura no más de 15 minutos, y en un local deliberadamente pequeño, y lo que es decisivo, por razones psicológicas, el actor lo tenemos lo más cerca posible. Por lo demás, se presentan diversas obras, todas las cuales —unas cinco— arrancan con una puntualidad admirable, a las 11:00 de la noche, a las 11:10, a las 11:50, etc. De modo que si alguien quiere seguir viendo otras obras, puede hacerlo en el tiempo que transcurre en un obra teatral convencional. Cortita la escena pero intensa, muy intensa.

¿Por qué fuimos a ver aquella que el personaje elegido era el expresidente Alan García?

Estuvimos, después de cenar en Café Cultural que es un vagón de tren de los de los tiempos de Maricastaña, porque el libreto ha sido escrito por Fernando Vivas, lo que me intrigaba. Tengo por mi parte la mejor opinión de Vivas periodista, y recordé las veces que entrevistó a García, lo mucho que personalmente lo conocía, y aposté que esa obra teatral no podía ser de ninguna manera una chapuza, y menos un sainete cualquiera, una de esas cosas que aparecen en la televisión y que, queriendo ser graciosos, vuelve el arte del teatro una vil pantomima que solo hace reír a los tontos.

Nada de eso ocurrió esa noche. Llegamos a la salita para el tablado, y lo primero que vimos era un hombre no alto sino muy alto, de espaldas al público, y nosotros los espectadores, en torno a la escena, en círculo. El actor se llama Alonzo Aguilar, lo han maquillado adecuadamente, luce una falsa papada, pero en realidad, no necesita mucho histronismo para la representación de Alan García. Vimos los ademanes del extinto presidente, su manera de hablar mientras daba grandes pasos, el gesto de Alan de detenerse y echarse para atrás, como le pasa a muchos de los que son muy altos, y tienen que evitar fatigar la columna vertebral que suele encorvarse. Vi de nuevo al expresidente; el gesto de echar de golpe una mirada a alguno de los espectadores, mirándole fijamente, como si esa parte del discurso fuese dirigido a esa persona y no a todos. Debo decir que me dejó pasmado. La argumentación, el curso de sus ideas durante el monólogo, no tuvo ninguna ornamentación ajena. Vaya trabajo el de Vivas. Lo que se escuchaba en el proscenio es el posible discurso del extinto.

En cuanto al soliloquio, las cosas que decía esa suerte de resurrección de Alan García era lo que habría dicho, de estar con vida. El acierto de ese monólogo teatral, tiene el actor que se le parece y a la vez, los giros orales, las referencias a su vida (episodios reales, no literarios), lo que hizo en sus gobiernos, la citación adecuada de Haya de la Torre y las persecuciones de los años treinta, la convicción de que lo odiaban y la respuesta que de por su parte no odiaba. Vuelvo a decirlo, como se nota que Fernando Vivas conoce el repertorio de las ideas del expresidente, son los argumentos del fatídico viajero, unas voces que vienen de ultratumba, «la imprescriptibilidad del odio».

El periodismo que sigue el teatro limeño, ha aceptado que esa obra toca el destino de esa persona que ya es parte de nuestra historia, e invita a la reflexión. El diario El Comercio, en Somos de la semana pasada, dice: «para Vivas, la mayoría de peruanos no se ha dado un tiempo para procesar (mentalmente) la muerte del expresidente García». Por mi parte, noche sensacional. Buena obra de Fernando Vivas, impresionante el actor Alonzo Aguilar, el silencio caviloso del público y los sonoros y prolongados aplausos al final.

Que el lector no se equivoque, esto no es politiquería sino arte. Se evitaron los juicios a favor o en contra. En «esencia», como se dice en estos días oscuros, quien habló fue García. O sea, el amable lector puede gozar de esa dramaturgia, y sus simpatizantes, y acaso también los que lo odiaron. He aquí, una vez más, el triunfo del arte del teatro. Para volver a escuchar al líder aprista que decidió irse, hay que ir a Barranco, estar en la salita de «En Instantes». Un viaje al otro mundo con boletería a 17 soles. Vale la pena. Y bravo por el director Mario Ballón, el actor Alonzo Aguilar, el dramaturgo Fernando Vivas, y la productora, Naomi Moreno, que no tengo el gusto de conocer. No estoy vendido a ningún grupo mediático, no suelo ser ni sobón ni zalamero. Eso de apreciar nos inhibe por ese excesivo prejuicio del qué dirán. A estas alturas del partido, a los ochenta y tantos de mi ya prolongada vida, lo que los roñosos —los cicateros como dicen los madrileños—, los tacaños para elogiar, digan o piensen, me llega altamente. Cuando algo es bueno hay que decirlo. Costumbre que se ha perdido. Y cuando alguien toma una decisión desde el poder y es un error, hay que decirlo. Sencillamente, y sin aspirar a puesto alguno. ¿Estamos?

Publicado en El Montonero., 16 de setiembre de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/alan-garcia-en-la-noche-nochera-de-barranco

«En busca de las racionalidades: Una breve lectura del libro ‘Civilizaciones Comparadas’ de Hugo Neira»

Written By: Hugo Neira - Sep• 11•19

Por:  Pedro Favaron*

El libro Civilizaciones Comparadas**, de Hugo Neira, brinda elocuente testimonio de una erudición excepcional. No solo por la vastedad y variedad del corpus, de las referencias y la multiplicidad temática. Lo que la hace excepcional es que la erudición explicativa se realiza sin pedantería, con claridad meridiana, amena y pedagógica. Son cuatro las civilizaciones comparadas por este libro: la Inka, la mesoamericana antigua, la China y la India. Aunque el autor no presume de ser un especialista en cada una de estas complejas y antiguas civilizaciones, sino que recurre a quienes mejor y con más detenimiento las han investigado, no se trata de un mero libro de divulgación. Esto es así porque Neira no se limita a dar cuenta de un corpus preexistente, sino que además reflexiona sobre sus propias prácticas intelectuales, sobre su metodología y la epistemología, y postula una perspectiva sobre cómo se deben pensar las sociedades en esta nueva etapa de mundialización. La labor de un pensador auténtico es siempre abrir nuevas posibilidades intelectuales, ampliar el límite de lo pensable y dar un aporte original a su campo de estudio. Este libro entiende que, para investigar sobre sociedades y culturas, hay que abordar los fenómenos desde una perspectiva transdisciplinaria que no rehúya al pensamiento complejo.

La escritura de Neira desborda las especialidades académicas (la sociología, las ciencias políticas, la historia) y las vincula, para que en conjunción ayuden a pensar lo social desde la conceptualización filosófica. Su dinámica reflexiva se orienta por una fe indesmayable en la racionalidad humana. Estudiar las sociedades desde sus conceptos fundamentales implica creer que, a pesar de sus diferencias con el paradigma moderno e ilustrado, estas civilizaciones no han sido irracionales, sino que se han sustentado en sus propias formas de racionalidad. Es así que este libro grato y profundo, al mismo tiempo, se vincula con una creciente tendencia intelectual que rompe con el eurocentrismo filosófico, para abrirse a dialogar con otras formas de pensamiento y de organización social sobre la base del respeto. El diálogo, sabia práctica que parece entrada en desuso y que resulta conveniente reavivar, demanda que se respete la diversidad de quienes dialogan y se acepte que la diferencia reflexiva no hace que el otro carezca de razón. Es desde el propio campo académico y de la filosofía que se empieza a aceptar que, allende los límites de occidente, existen otras formas de pensamiento filosófico capaces de conversar en igualdad de condiciones con los pensadores ilustrados. Ante las contundentes evidencias, la modernidad ilustrada ha debido aceptar, con humildad, que sus métodos no son los únicos válidos para acceder al conocimiento ni los únicos dignos de ser considerados racionales. Sabia y saludable apertura a la que nos convoca nuestro tiempo.

El ejercicio comparativo es ético, en tanto propone un diálogo que, para ser veraz y llegar a buen puerto, será siempre desjerarquizado. Y ha de buscar, con sinceridad, aprender de los otros para ensanchar las propias concepciones sobre la condición humana. Aunque Neira escribe desde una perspectiva cosmopolita que linda con el ánimo enciclopédico, desde un hondo diálogo con las tradiciones intelectuales francesas y alemanas, principalmente, sus reflexiones también nos interpelen de forma personal en nuestra intimidad andina. Y esto no solo por su estudio sobre los Inkas y el pensamiento andino ancestral, al que sitúa entre las cumbres de la racionalidad humana, sino porque nuestra región no es moderna en un sentido ilustrado, sino que nuestra modernidad es heterogénea. Por eso el comparativismo sociológico y filosófico que propone Neira, esa apertura a un diálogo respetuoso de lo diverso y al encuentro de las diferentes dinámicas reflexivas, nos invitan a la búsqueda sin complejos de nuestras propias racionalidades andinas. Esta invitación filosófica se realiza sin desdeñar una literatura bien lograda. Resulta bastante singular que la escritura de Neira abra múltiples mundos reflexivos, que van desde Max Weber a Lao Tsé, del budismo al kamaq andino, de Confucio a los escolásticos, recorriendo tan ancha geografía y temporalidades sin perder el hilo narrativo y la coherencia interna. Se trata, sin duda, de una aventura intelectual, valiente y de gaya ciencia, que descolla ante el empobrecido panorama postmoderno y la superficialidad imperante.  

* Pedro Favaron (1979), escritor, poeta y comunicador social y audiovisual peruano-argentino. Ph.D. en Literatura por la Université de Montréal y Magister en Comunicación y Cultura por la Universidad de Buenos Aires.

** https://www.bloghugoneira.com/que-soy/editor/libros-personales/civilizaciones-comparadas

Asombro peruano ante Colombia*

Written By: Hugo Neira - Sep• 11•19

La comparación entre repúblicas de la América Latina debería ser una temática frecuentada hasta el agotamiento, pero ocurre lo contrario. Son pocos los trabajos en ese sentido. Y por eso, más allá de los agradecimientos por la invitación, sinceramente felicito la iniciativa del Embajador de Colombia en el Perú, señor Ignacio Higueras. Es  cierto que en los últimos años, algunos han tomado el camino de los estudios comparativos. Es el caso del historiador y profesor en San Marcos, Cristóbal Aljovín de Losada quien, con el apoyo del rector, Manuel Burga, convocaron a chilenos y peruanos para un libro muy imparcial y académico (Chile-Perú/Perú-Chile, 1820-1920). La edición corrió a cuenta de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y la Universidad San Marcos del Perú. Creo que es justo mencionar que otros peruanos participaron, a saber, Carlos Contreras, Scarlett O’Phelan Godoy, Miguel Jaramillo.

Confieso, sin embargo, que el último citado, Jaramillo, destinó su trabajo no tanto a la historia comparada sino a la situación actual, a lo que llama «desarrollos económicos y sociales en fase de transición» (pp. 267-311). Lo cito porque esa temática —las relaciones entre sociedad y Estado— es la que interesa al señor Embajador, «Historia, Dinámica y Actualidad». Y en consecuencia, me voy a concentrar en esos aspectos, lo cual, me parece, interesa a la Pontificia Universidad Javeriana.

Advierto, sin embargo, que no soy lo que se puede llamar un especialista en los temas colombianos. Lo que sigue proviene de dos fuentes. Mi formación en la Fondation Nationale des Sciences Politiques de París, en donde tuve cursos para llegar a ser lo que se llama «un americanista». Obviamente, hubo cursos y explicaciones sobre Colombia. Quiero decir con esto que conocí a «colombianistas», para decirlo con el giro que se usa para «mexicanistas» y «peruanistas». Y parte de ese legajo lo aplicaré en las líneas que siguen, más adelante. La otra fuente es más directa. He visitado varias veces Colombia, ora como invitado a coloquios académicos, ora como profesor invitado (por una universidad de Manizales). Ora como politólogo, para escribir en revistas y diarios de España y Perú. Pero me atendré a algunas situaciones que sorprenden, en particular a los peruanos.

La primera, el equilibrio de la política colombiana, no en los cambios debido a resultados electorales sino aplicando el concepto del historiador francés Braudel, autor del concepto de la longue durée. El tiempo largo de las sociedades y no el tiempo agitado y corto de los gobiernos. Y no diré mi opinión sino la de un investigador que ha dedicado su vida a Colombia, y casado con colombiana. Pierre Gilhodes. «La permanencia a través de la historia de Colombia independiente de dos partidos, el liberal y el conservador. Sin duda alguna esa es la característica más notable de ese país» (Tableau des Partis Politiques en Amérique du Sud, Ed. Armand Colin, París, 1969, p. 17).

Se puede entender que esa hegemonía de dos partidos tuvo la virtud de una construcción nacional, y a la vez, como suele suceder en la vida política, sus inconvenientes. La dificultad de integrar, con el correr del tiempo, otras corrientes políticas, lo que acaso llevó —me atrevo a conjeturar— a los estallidos de protesta y a guerras internas de larga duración. Pero eso es historia colombiana. Y a lo que voy, es a la lectura de los peruanos ante tal tipo de organización política, que integra a la vez la rivalidad y la alternancia. Nada de esto pasó en la sociedad y en la historia del Perú después de su Independencia. Un largo caos, del que todavía no salimos.

Acabo de concluir un libro comparativo entre México y Perú. Y si bien no toco el tema de Colombia, en ese libro, vuelvo a reestudiar nuestro siglo XIX. Y luego el siglo XX. El libro se titula El águila y el cóndor. México/Perú. Segundo volumen de historia comparada editado por la Universidad Ricardo Palma (2019, 511 páginas). Metáfora para tratar México y Perú, semejantes por la herencia indígena de aztecas y de incas, que fueron imperio antes de ser dominio de los Habsburgo, que no eran españoles, sino alemanes flamencos que, por el azar de las herencias reales, conducen a Carlos V. Quien hablaba «el alemán para sus súbditos, el francés para la diplomacia y el castellano para los perros».

En Perú no hubo ‘la Patria Boba (1810-1816)’. Tomo ese nombre desde el uso de David Bushnell, «Colombia, una nación a pesar de sí misma». Tengo en las manos la edición decimonovena, de 2014. Colombia, pese a las calamidades propias a las jóvenes naciones tales como la Guerra de los Mil Días —que parece inspiraron a Gabriel García Márquez—, es una taza de té al lado de la vida peruana. Seré sintético. Los primeros decenios republicanos —de 1824 a 1845, hasta la llegada al poder de Ramón Castilla—, fue la guerra de innumerables «caudillos». No es la guerra de la independencia la que arruina la economía rural sino las guerras intestinas (toma de caballos y ganado). Luego, un periodo dorado, el guano de las islas. Pero el Perú ha sido y es el país de las «oportunidades perdidas» (Jorge Basadre, gran historiador). Después vino la guerra infinita entre Cáceres y Piérola, hasta el fin del siglo XIX. Y en el siglo XX, el aprismo y el antiaprismo. Luego, el anti, como táctica perpetua.

Segundo punto que nos asombra. Se llama Eliécer Gaitán. Interesa a los peruanos por la similitud con Haya de la Torre. En común, grandes oradores. En común, el carisma, la atracción de las masas, el amor del pueblo. Y acaso más que todo aquello, un tipo de movimiento no solo político sino social, que rompía los esquemas clásicos tipo derecha e izquierda. Por táctica o por teoría, el caso es que escapan a las clasificaciones convencionales. Incluso se dice que se parecían físicamente. ¡Y se conocían! Eso me lo contó el mismo Haya de la Torre, en París, de paso, porque se iba a la Europa Nórdica, Suecia, Dinamarca, donde se practicaba ese encuentro entre capitalismo y justicia social que predicaba, aunque los peruanos de su tiempo no lo entendieron. Era su partido la mayor organización política de 1931 a 1980, pero no lo suficiente para llevarlo legalmente al poder. No fui aprista, estaba en una de las tantas izquierdas del Perú de los sesenta, pero Haya conversaba conmigo. Un gran pensador y un demócrata que el arraigo de lo tradicional, y el estrecho marxismo local, desperdiciaron.

Tercer punto. Hay algo que noté en mis breves pero intensas visitas en Colombia. Tuve la ocasión de conocer y conversar no solo con colegas y académicos, sino con lo que Hegel llamaba la ‘clase política’. No solo ministros o expresidentes, sino gobernadores locales. Y lo digo ahora y lo repito en cada ocasión. Quienes ejercen el poder republicano en Colombia son gente culta. No es el caso del Perú contemporáneo. Una época y cuando joven, pensé que la causa de esa ausencia de conocimientos se debía, en Perú, a lo que llamábamos «oligarquía». Una capa de terratenientes que desaparecen cuando se establece la reforma agraria, 1969. Pensé entonces en términos de antropología, las costumbres señoriales, el desdén por el saber ya que eran un estamento social que igual dominaba, sapiencia o no. Pero no siempre la ‘clase ociosa’ (Thorstein Veblen) se dedica a solo las fiestas, al gasto lujoso. En otras sociedades, con la riqueza aumenta también el «capital simbólico» del que habla Bourdieu. No en el Perú: a más crecimiento, más juerga y corrupción.

En fin, me intriga la clase política colombiana. ¿Por qué son tan cultos? Eso es para mí un enigma. Colombia como Perú son sociedades que provienen de un sistema social colonial. Ambos son masivamente católicos y de un pasado histórico común. ¿Por qué las costumbres son tan diferentes? En el Perú actual, la frecuencia de lectura es medio libro por año. Eso explica que del 2000 al 2018 hayamos tenido una serie de presidentes elegidos por el pueblo —y con pocas excepciones—, personajes sin ninguna experiencia de partido ni vida política. Fujimori, Toledo, Humala, han sido lo que llamamos, caritativamente, outsiders. Lo que puede ocurrir en el 2021, dado el colapso de la educación pública en los últimos decenios, va a sobrepasar la ingenuidad de los que votaron por Hugo Chávez. Espero equivocarme. Pero por desgracia, Giovanni Sartori dice que la lógica de la democracia, depende de tener ciudadanos educados. En fin, una sociedad podría no desplomarse si al menos tuviera élites. Pero ¿qué puede ocurrir cuando al pueblo no le importa la política y, además, no hay élite alguna?  

*Artículo publicado en: Álvarez Londoño, Luis Fernando, Perú y Colombia: historia, dinámica y actualidad, Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Bogotá, 2019.

Publicado en Café Viena, 10 de setiembre de 2019