Crónica para los caídos del palto

Written By: Hugo Neira - Sep• 09•19

Me pasé días pensando qué escribía para este lunes. En este diario virtual, libremente, y ya tenía dos buenos temas cuando me traen el Expreso del sábado, ayercito nomás, y menos mal que estaba escribiendo, porque sino me caigo sentado. Un misil, un explosivo, un disparo estremecedor dirigido al corazón mismo de los que manipulan actualmente el Estado, medios y redes. Es sabido que los adelantos electorales solo benefician al que los fomenta. «Una maldad estatal» como los llama el mexicano González a esos regímenes que intentan subir con el lumpen, con el voto vengativo. No nos contemos cuentos, hoy en Perú todos sabemos que se busca un tipo de gobierno personalista, para el 2020. O sea, la repetición de Alberto Fujimori. Aunque usted no lo crea. Pero algunos han dicho hasta aquí llegamos. El para, para de los argentinos.

No sé si el amable lector pasó por un quiosco y no le presto atención al diario Expreso, hay tantos diarios. Decía lo siguiente, a cuatro columnas: FF.AA. NO AVALAN GOLPE. Y de subtítulo: «No participarán en medidas de este tipo que violen la Constitución». ¿Quiénes se habían atrevido a semejante chicote? Nada de oculto, de potencial o recóndito, de lo más legible. Sus nombres y opiniones en la primera plana. Roberto Chiabra, Jorge Montoya, Francisco Vargas, Luis Giampetri. Militares en retiro, cierto. Pero ¡qué militares! Para muestra basta un botón, decía mi abuelita. Francisco Vargas Vaca, general en retiro y miembro de la Asociación de Oficiales Generales y Almirantes del Perú, que se llama ADOGEN. «Enfatizaba que las Fuerzas del Orden no tienen la obligación de respaldarlo». Se refieren obviamente, al presidente Vizcarra.

¿Qué dicen? Expreso, la portada y a grandes letras negras. Chiabra: «Si quiere cerrar el Congreso, el presidente Martín Vizcarra verá cómo lo hace. Las FF.AA. no participarán en un golpe de Estado para solucionar la crisis política, es el Ejecutivo quien debe resolver esa situación». Luego Jorge Montoya: «Las Fuerzas Armadas son respetuosas de la Constitución, deben garantizar el orden interno. No participarán en una medida de este tipo». Francisco Vargas: «Las Fuerzas Armadas no pertenecen al Gobierno de turno, sino al Estado. El Ejecutivo puede dar la orden que sea, pero si no está de acuerdo a ley no cumplirán porque violarían la Constitución». Luis Giampietri: «No pueden utilizar el ejemplo de lo que pasó en el año 1992, porque los militares que participaron de ese golpe, y que son de mi promoción, hasta el día de hoy están sometidos a juicio. Si quieren ir presos, participarán».

Este domingo, he salido temprano rumbo al quiosco más cercano. El misil de papel de los militares debería afectar a las manos invisibles que fabrican las trampas y mueven los hilos para la sinrazón en la mentalidad de los peruanos. Pero el bombazo anti golpe de Estado de los militares —¡al revés de la historia!— no aparece comentado por ningun lado. Perú21 se ocupa de los ‘crímenes sin límites’. Pero que los militares —si así lo hace Vizcarra— «estarían de huelga los poderes de la Policía y las Fuerzas Armadas», ¿no se comenta? El diario Correo le pone la portada a Rosa Bartra sobre la comisión de Venecia ¿y nada de que «la crisis política la resuelve el Ejecutivo y no nosotros»? ¿Charlatanería, verborea palabreo, locuacidad? Ya quisieran muchos. Cierto, no son los militares en activo, pero justamente, son los que pueden hablar. Los jubilados. Y no digan que tienen interés personal, no es posible, por la edad. Conozco a los militares. Siete de mis años con Velasco. Cuidan al Estado. Y no dicen cosas así nomás.

Al cuidadano que nos lee, le ruego vaya al Expreso del sábado 7 de setiembre, y lea lo que dice Pérez Rocha, nada menos que exjefe de la PNP y que advierte los peligros. «Golpismo puede generar crisis social». Y luego: «Lo planteado por Vizcarra, no tiene respaldo suficiente de los especialistas sobre este tema». (Me tinca que se refiere a los 8 constitucionalistas que dijeron nones.) ¿Y es así cómo ven la cuestión de confianza? El arma final que puede usar el actual presidente si archivan su propuesta, «produciría un enfrentamiento más complicado que el actual».

Algo extraordinario ha ocurrido ese sábado de setiembre. Los hombres con uniformes les están diciendo que no se chupan los dedos y se dan cuenta de que estamos a un paso de un golpe de Estado, ¡dado por civiles! De acuerdo, pero Curzio Malaparte y sus herederos —el periodista italiano que estudió todos los tipos de golpes de Estado, desde las trampas de Napoleón III que se hizo elegir Emperador a las marchas de los fascistas por Roma—, de vivir, tendría que ocuparse de cómo se llega al poder despótico vía las urnas, o sea, Hugo Chávez, Maduro, Lenin Moreno que ahora nos da lecciones de cómo no alcahuetear a Odebrecht. Estamos inventando en la América Latina regímenes populares y a la vez suicidas.

¿Qué veo en esa suerte de mensaje de militares en retiro? Lo evidente. Seamos claros, usemos nuestro lenguaje corriente y de abajo. Los conceptos los aprendí en la Sorbona. Sin por ello olvidar la lengua de la calle, del pueblo, puesto que crecí en un barrio de broncas, en Lince. Y la secundaria, en colegio del Estado. Y así, amable lector, ¿cómo se dice cuando desprecias o repudias algo? Puesto que los diarios de la coalición mediática al discurso de los militares, «le han tirado caca» (Julio Hevia). Sin embargo, puede que sea un mensaje bondadoso, no vaya a ser que al presidente «le salga cuadras». Tendría el mandatario que cambiar de equipo, porque como va, «le están vendiendo el estadio». O sea, engañándole. Cuidado con los lornas, presidente. Hay gentes que se creen politólogos pero no «la ven, no la computan». Le voy a poner un  ejemplo.

Tengo delante mío unos artículos de Carlos Basombrío. En El Comercio, jueves 25 de julio del 2019, «El circo de tres pistas». Ahí se llama a sí mismo, ‘analista político’. En fin, y sin alabanzas, hombre de experiencia, ha sido ministro, nada mal. Pero entender el lado oscuro de la política, creo que no. Ya el título es cachaciento, pero a lo que voy, se ocupa del probable mensaje del presidente el 28 de julio. Y se anticipa, convencido de que el discurso de ese 28 no «tenga el impacto y la trascendencia que tuvo el del año pasado». Y luego, cree que va a ocuparse de la economía y «tratará de recuperar la confianza de la inversión pública». Y lo que es peor, pronostica que «conforme pasen los meses, Vizcarra va a ir perdiendo apoyo en las encuestas», y cuando se acerquen las elecciones, «irá entrando poco a poco a la irrelevancia». Qué error. Nunca se han ocupado tanto de Vizcarra, ¡a favor o en contra! Cómo se nota que el señor Basombrío no ha entendido que un político es temeridad, sorpresa, y si es preciso, el salto al vacío. En criollo, gana «el dueño del carrusel», el protagonista principal. Manda el arrebato, y eso es lo que hizo en ese discurso del 28. No estoy de acuerdo con lo que propuso pero admito que ha aparecido un político. El chongo ayuda ante las masas. Claro está, los niños bien, los que estudiaron en colegios de curas, no pueden prever esas tácticas y procedimientos. Acaso son demasiado correctos. Para entender lo que está pasando es preciso no «estar bajo de pilas». Sino se «quedan cortina».

Publicado en El Montonero., 9 de setiembre de 2019

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Si se ve de lejos, la cosa se aclara

Written By: Hugo Neira - Sep• 02•19

Vuelvo a lo que me asombra y preocupa. El clima social, más fabricado que real. No hay que ser un águila para darse cuenta de lo que pasa. Con más líos y manipuleos que un Game of Thrones a la peruana.

Sin embargo, leo los diarios, y no están tan mal como se dice. La prueba, un artículo de Jaime de Althaus: «La crisis política que ahora vivimos ha sido generada por el propio pedido de adelanto de elecciones». «El adelanto de las elecciones generales sería desastroso para el país no solo por la paralisis de la economía que entraña» y «que ya se siente». Por lo demás, «ya no hay tiempo», «sería improvisación pura». Ahora bien, las abuelas nos dirían piensa mal y acertarás. ¿Qué se busca? ¿No seis o siete partidos sólidos sino una caterva de partiditos malquistados entre ellos mismos? ¿Los enanitos del cuento y quién será Blanca Nieves? La meta es un megapresidencialismo. Un tema que rebasa estas líneas.

Pese al desdén actual por todo lo que sea razonable, he escuchado en RPP, a varios invitados, entre ellos Flores-Aráoz, que soltó una idea que casi pasa desapercibida. Si el presidente Vizcarra impone el cierre del Congreso, sería además «un mal antecedente». Y entonces, pensé en poner, en esta columna, lo que sigue.

Había una vez un país europeo, nación industrial, poderosa, que se fue a una guerra y la perdieron. En los años veinte les fue muy difícil poder reconstruirse. Ya no había Imperio alemán sino la República de Weimar. A los efectos de la Ia guerra mundial se suma la crisis de 1929. Y es entonces cuando los electores alemanes buscan un hombre seguro, un héroe de la guerra. Y lo encuentran en Paul von Hindenburg. En l916 había sido el Jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas de Alemania. Un aristócrata prusiano. Su prestigio y la crisis política lo llevan a las elecciones. Pero entre 1928 y 1931, el partido nacionalsocialista —el partido de Adolf Hitler— pasa de 2,6% a 18,3%. Y es así como en octubre de 1931, lo enfrenta Paul von Hinderburg y obtiene 16 millones de votos, ante los 11 millones de los nazis. Pero hay un problema. En la calle, debido a la crisis, se enfrentaban dos fuerzas por igual fanáticas. Comunistas y nazis. Ambos vestidos con uniformes. Hindenburg, gran jefe prusiano, detestaba a ese plebeyo, el cabo Hitler. ¿Pero quién podía parar en las calles a los comunistas? No hay que olvidar, que en Moscú, Stalin esperaba una Alemania revolucionaria. Finalmente, en nombre de la patria, Hindenburg llama a Hitler.

El mariscal-presidente se había acostumbrado a gobernar con decretos presidenciales. Su gobierno era personalista. Y lo que le da al flamante Hitler es muy poco: apenas dos ministros, Göring y Wilhelm Frick. Suficiente, uno de ellos es Ministro de la Policía. Y una mañana, el Reichstag es incendiado. En horas, miles de alemanes son puestos en prisión. El incendio del Reichstag el 27 de febrero de 1933, cambia todo. Hindenburg, ya muy enfermo, pide a Hitler restablecer el orden legal, pero es tarde. Un año después, muere víctima de un cáncer al pulmón. El nazismo había preparado una ley para fusionar Presidencia y cancillería. Y el parlamento vota la «ley del poder». Hitler gobierna sin límite alguno. En efecto, funcionó la industria, la economía, pero luego todo se fue al infierno porque el Führer decidió la guerra.    

Regreso a la cuestión planteada por Flores-Aráoz. ¡El «precedente»! ¿Qué estamos haciendo? Volvemos a los comienzos del siglo XX. Otra vez al leguiísmo. A lo que había llamado el inteligente Pedro Planas la República autocrática. ¡En 1994! Me da pena decirlo pero no hemos avanzado ni en moralidad ni en política. Involucionamos colectivamente.   

Es la crisis no solo moral sino cognitiva lo que me preocupa. Como sociólogo, me interesan los problemas de fondo. Por lo general, invisibles. Un día de esos, me invitaron a una cena con el padre Gutiérrez. Y en la conversación a alguien se le ocurrió decir, «la voz del pueblo es la voz de dios». Y entonces el padre de la Teología de la liberación le contestó: «ni la voz del pueblo, es la voz de Dios». Y esa noche, lo admiré.

¿Qué nos pasa? Los pueblos suelen equivocarse. ¿No es acaso cierto que votaron por Hitler, por Chávez, por Trump tras la manipulación de los rusos en las redes? La política se ha inventado para que una minoría se ocupe del ‘bien común’. Desde los tiempos del clan primitivo, la tribu, los imperios a los gobiernos de hoy. Pero la gente está ocupada en sus quehaceres, y alguien decide por ellos, el jefe de tribu, el Rey, el Presidente. Desde 1789, desde que hay repúblicas, el poder legal se entrega a grupos o personas, pero por un cierto tiempo. Una de las características de la democracia es que es pro tempore. Es decir, los candidatos se presentan al electorado a intervalos regulares (Juan J. Linz). La idea y uso de los tres poderes es práctica corriente. Viene de Montesquieu, «a un poder lo frena otro poder». Siglo XVIII. Pero todavía en Perú hay gente que ignora que los países más equilibrados y más felices son los que tienen parlamentos. Además que nos consume una tendencia al decisionismo, se suma a nuestros problemas el vacío cognitivo provocado por el resultado del desplome de la enseñanza peruana tras 30 años de deseducación. Desaparecieron los cursos de Educación Cívica, Lógica y Gramática. No se formó ciudadanos.

Entonces, ¿cómo nos ven en el resto del mundo?

Las imágenes que acompañan estas líneas provienen del World Values Survey, un mapeo de valores, uno hecho en el 2014, y el otro, en el 2018. Hace 4 años, estábamos en el grupo latinoamericano y cerca de Chile. En el segundo mapeo, ya no. Estamos fuera de la América Latina, en el paquete de «africanos-islámicos», junto a Uganda, Yemen, Libia, Bangladesh, Ruanda y Zimbabue. ¿Cómo nos ven? Como un Estado islámico. No lo digo yo. Sino entidades internacionales e imparciales. He aquí el brillante resultado de atizar odios. O sea, intolerantes hasta el extremo. Volvió la noche. Peor que en los días de auge senderista.

Entre tanto, ¿vacancias, cierres? Que se vayan todos pero a su hora. Por mi parte, que siga Vizcarra. Que siga el Congreso hasta el 2021. Y que hagan lo que tienen que hacer. Ponerse de acuerdo. Por lo demás, no es posible que los odios del lumpen le pongan la agenda al gobierno como lo ha hecho ese Gobernador de Arequipa, que se las trae. ¿Se han fijado en el uniforme que se ha inventado?

En fin, pareciera que los dioses quieren que nos disputemos. San Martín y Bolívar; Piérola y Cáceres; Haya y Sánchez Cerro. Keiko imprudentemente diciendo por chat a su bancada, cómo aplaudir al finalizar su discurso PPK. El gran problema de los peruanos no es la identidad sino la alteridad. La cuestión del otro. No lo aguantamos. Sea blanco, mestizo, indio, negro, chino o cholo o nisei, lo que sea. No queremos ser iguales. ¿Cómo entonces, una república? ¿Cuando se aplasta al «otro»?

Publicado en El Montonero., 2 de setiembre de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/si-se-ven-de-lejos-las-cosas-se-aclaran

Lo nuevo puede ser lo viejo: humillaciones de siempre con los indios (2/2)

Written By: Hugo Neira - Ago• 28•19

Las líneas anteriores son globales. Tocan la política y los conflictos y rivalidades de  élites del poder. Las líneas que siguen, más bien son «la visión de los de abajo». El testimonio de la «pequeña historia». La grande, es que el Perú dejó detrás esa continuación colonial de la encomienda, eso que era el latifundio. Pero ahora, ruego al lector me acompañe, tratando de gente corriente. Y de que me sirva, en este instante, lo que en las ciencias sociales se llama, «historias de vida».

Es un género particular. Se logra no con estadísticas sino con entrevistas. Los antropólogos lo pusieron entre sus recursos desde 1920, y consiste en transcribir el testimonio de personas de un determinado grupo social sobre su vida. No se trata de autobiografías, porque se trata acaso de gente que no tiene la costumbre de un diario personal. Lo que cuenta es qué relato individual representa, quiérase o no, la idea que un grupo social se hace de sí mismo. Es el relato de los excluidos. De los dominados. De esos que Miguel Barnet llamó les peuples du silence. Los pueblos del silencio, sus autobiografías mediatizadas por antropólogos, sociólogos, historiadores. En la América Latina se expande como género a partir de 1960. Recordaré algunas obras.

Ricardo Pozas que abre la vía publicando en 1952 la vida de un indio de Chiapas, México, Juan Pérez Jolote, biografía de un tzotzil. El cubano Miguel Barnet que publica tres relatos de vida sobre la vida de un antiguo esclavo, Biografía de un cimarrón, 1966. Hay también el relato de un emigrante gallego, Gallego, 1981. La de una cantante, Canción de Rachel, 1969. Y luego, en 1983, Me llamo Rigoberta Menchú, que encarna la revolución en Guatemala. Entre estos casos, se suele citar, en el extranjero, mi libro, Huillca: habla un campesino peruano (1974), premio de la Casa de las Américas, en Cuba. Hay uno que se titula Se necesita muchacha (1983), testimonio de sirvientes en el Cusco (Culebrero, 1986). Y hay una obra que no he podido encontrar. José Luis Ayala, Yo fui canillita de José Carlos Mariátegui, autobiografía de Mariano Larico Yujra (Lima, 1990). El testimonio notable del Perú a los inicios del siglo XX, ¡hecho por un aymara!

El interés de los relatos de vida es que llevan consigo una cultura, un lenguaje, una visión del mundo difícilmente accesible. Es la palabra y a la vez la conciencia a la manera de la gente humilde, sobre su situación, de alguien vinculado a la acción, acaso sin saberlo. Fue, finalmente en París, en la Sorbona, en un curso de antropología, que tuve la fortuna de seguir las lecciones de Lévi-Strauss, el más grande antropólogo del siglo XX. Una de esas mañanas, nos dice que nada es mejor que el trabajo en el terreno y sobre todo, la entrevista. O sea, la historia de vida. Fue entonces que me juré reencontrar a Huillca, y así fue. De ahí el libro que gana un premio en Cuba y que está traducido a varias lenguas. La historia de un campesino, tras 5 siglos de silencio. Los 3 mil dólares del premio, se los entregué a Huillca, el verdadero autor de ese libro. Con un micro en la boca y la traducción de dos quechuistas. Cuando volvimos al Perú, se compró Huillca un par de vacas finas.

¿Para qué estos trabajos de investigación?

Dos metas :

– La objetividad, la visión popular de la historia.

– Un paso metodológico, la percepción del mundo por el actor y no el universitario.

URIN PARCCO Y HANAN PARCCO

(apenas unos fragmentos de un libro imposible de negar su valor)

Es obra compuesta de textos de testimonios de campesinos que conocieron cómo era la vida en las haciendas antes de las invasiones de tierras, y antes de la Reforma Agraria. A cada testimonio se suma una foto. Rogamos a los editores, que coloquen lo uno y lo otro. La imagen y lo que el personaje dice.

Cornelio Quispe Huamaní (78 años)

«En tiempos de la hacienda, hemos sufrido sin pago. Era la tierra de ellos. Como vivíamos ahí, ellos nos hacían trabajar sin pago como retribución de lo que vivíamos en su tierra. Yo nací cuando ya era hacienda. Por eso no tenemos estudio. No sabemos ni leer ni escribir.»

 ¿Cómo se enteró de la reforma agraria?

Eso llegó cuando ya estaba aquí, cuando ya salí del cuartel. Entonces, un grupo fuimos a Huancavelica a protestar como en campaña, gritando, ¡Los gamonales que mueran! diciendo.

Mauro Yancari Nahuincopa (78 años)

«El patrón no quería que estudiemos. Recuerdo que mi papá nos ha puesto en Manyacc a una escuela, y a mi papá le había llamado y le había dicho, ¿Para qué has puesto a tu hijo? ¿Acaso va a ser ingeniero, o doctor? diciendo le pegó. Así, no quería que estudiáramos. Yo ya sabía leer porque había estudiado hasta tercer grado, y yendo al ejército me enseñaron más».

Alejandra Quispe Belito (77años)

«No nos pagaba nada. Cuando pastábamos animales, a veces moría y eso de todas maneras teníamos que reponer de nuestra parte. Una vez tenía que reponer cinco ovejas. En aquella vez, mi casa se [ha] incendiado. (…)  Se ha quemado los pellejos. Entonces, tejiendo medias, braceras he comprado cinco ovejas para reponer. Así hemos sufrido».                                                                                  

Máximo Soto Buendía (70 años)

«En la hacienda trabajábamos de lunes a viernes y, para nosotros, solo trabajábamos sábados y domingos. Toda la semana trabajamos sin pago.»

Fuente: Mercedes Crisóstomo Meza, editora y autora —aunque por gesto hermoso, dice, ‘autores’, Comunidad de Buenos Aires Parco Chacapunco y Comunidad de San José de Parco Alto—, CISEPA de la PUCP, Lima, diciembre 2017.

Publicado en Café Viena, 27 de febrero de 2019

Cavilaciones: Por qué en Perú se extinguen los partidos

Written By: Hugo Neira - Ago• 26•19

¿Qué se hizo el rey don Juan? / Los infantes de Aragón / ¿qué se hicieron? /¿Qué fue de tanto galán? —Jorge Manrique—

Cuando me tuve que ir a Europa, hace más de cuarenta años, en el Perú, mi país, la tendencia intelectual que dominaba era la pasión por las ideas. Desde que he vuelto, lo que encuentro es la pasión por las pasiones.

Y una extraña democracia constituida por diversas tendencias no democráticas. No seríamos los únicos. En ciencias políticas, hoy se considera que las elecciones contra la democracia son frecuentes. Obviamente, no en boca de nuestros comunicadores, les pagan para ser optimistas.

Tres hipótesis se abren ante este problema. La primera, es la protesta política ante la dominación neoliberal. La segunda es una espiral de decepción, provocada por la corrupción, lo cual establece una ruptura entre país real y país político. La tercera es que los sistemas electorales no logran garantizar ni una justa representación ni una buena gobernabilidad. (Amérique latine, les élections contre la démocratie? Olivier Dabène. Y para las encuestas, el Latinobarómetro).  

El problema de las tres hipótesis es que hace tres decenios que el comportamiento electoral no coincide con la oferta económica. Y hoy la América Latina es un continente de desengaños colectivos, pese a un cierto auge productivo. Pase lo que pase, con líderes carismáticos o con gobiernos moderados, no se encuentra una dinámica que aleje Estado y sociedad de la economía neoliberal. Sin proponer, por nuestra parte, que esta es inamovible —nada lo es, ni el universo mismo—, los resultados en los ciudadanos son diversos. Van desde la bronca deserción a la indiferencia. En cuanto a la primera, la decepción de la democracia, los niveles son diferentes: Honduras el más alto, un 44,6%. En cuanto al Perú, su decepción es mayor que Bolivia, Chile y Costa Rica. Lo que explica la era de los outsiders, Fujimori, Toledo, Humala, PPK y compañía. En México, es altísima, lo que explica la llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador, gracias a los decepcionados. Cuando gobernaba el Brasil ese presidente llamado Lula, había algo que se le puede llamar ‘delegación de poder’, lo mismo pasó en el Ecuador de Rafael Correa, y sigue existiendo en la Bolivia de Evo Morales. A estos regímenes — Evo, Correa, Hugo Chávez— se les llamó de «izquierda». En general, es el calificativo de muchos de mis colegas europeos, con los cuales discrepo.

¿De izquierda? Para razonar, prefiero llamar la atención del gobierno de la señora Bachelet. Terminado su gobierno, la reemplaza debido a las urnas, el presidente Piñera. Quiero decir que en Chile no ocurre lo que ha ocurrido en los otros regímenes considerados de la nueva izquierda. En Bolivia, el movimiento hacia el socialismo, el MAS, y una federación de movimientos sociales, no solo elevan al poder a Evo Morales —al parecer para siempre— sino que destruyen el sistema de partidos después del 2000. En Brasil, el Partido Socialdemócrata Brasileño, el PSDB, logra denunciar la corrupción que destruye el PT, Partido de los Trabajadores. Claro está, cae Lula y unos «19 partidos que eran sus aliados» (Dabène). El resultado es el mismo que en Bolivia. Se acaban los partidos. Y como sabemos, cuando no hay política, lo que hay es politiquería. Polarización. Lo que no impide popularidades.

Para evitar lo que Romeo Grampone llamaba «nuestra obstinada ignorancia». Un tiempo de rupturas. De ahí, el outsider, mejor dicho, los aventureros, tanto en Brasil como en Perú. Ahora bien, un colombiano, Francisco Gutiérrez, ha estudiado las tendencias en el cambio del sistema de partidos de Bogotá, y ¿saben cómo le llama a este fenómeno? Lo llama, «historia de democratizaciones anómalas» (Véase ¿Degradación o cambio?, Bogotá, Norma, 2002).

El tema de los partidos peruanos me ha interesado desde mi retorno. En un Quehacer, el n°136 de mayo-junio del 2002, me ocupé de los partidos políticos, con este título: «¿La soberanía del pueblo?» Ese artículo, en épocas en que las izquierdas leían y compraban sus revistas, nacía en un clima de vísperas. En efecto, tiempo de elecciones municipales y regionales, pero ni en ese momento me convencí que queríamos partidos. Antes de ser sociólogo, fui historiador, y no me olvido de las nefastas herencias: «Culto al caudillo, la costumbre de la corrupción en las élites, la tentación al despotismo». Dije todo eso, hace 18 años. Por lo visto, no se oye padre.

¿Qué es un partido político? Es un grupo organizado y permanente cuyos miembros se reúnen porque comparten un proyecto político, ciertos valores comunes, o ciertos intereses. Esta definición no es exhaustiva, pero reúne la academia planetaria —Sartori, Lipset, Duverger—. De él viene el principio de clasificación. Una cosa es ser militante, otra ser simpatizante. La otra palabra clave es «permanencia». La duración es algo decisivo. No lo son cuando no superan el lapso de vida del fundador. En ese sentido estamos ante una extinción digna del Pleistoceno, cuando predominaban ciertos mamíferos, el mamut peludo y felinos de grandes colmillos. La cuestión no es pues qué nuevas leyes sino por qué desaparecieron. Todo esto para decir la insoportable sucesión de presidentes sin partido en el curso de estos 19 años. Desde el FREDEMO de Vargas Llosa, lo que hay son partidos «atrápalo todo». Catch-all party.

No necesitamos una Comisión de Alto Nivel como la de Tuesta, sino un equipo de Paleontología. De esos que estudian cómo el gliptodonte y el megaterio desaparecieron en la América del Sur. No se ha indagado a los que fueron más que testigos, actores, es decir, lo que sienten los exministros de Toledo, digamos un Jaime Quijandría, Javier Soto Nadal. Y entre los nacionalistas, Daniel Abugattás, vocero del extinto Partido Nacionalista Peruano. La dicha Comisión se ha ocupado del parto de un sistema nuevo, sin estudiar que llevó a la extinción los poderosos partidos de los años 2000 a 2016. Se necesita una autopsia. Nuestra ciencia política no puede explicar esos cambios climáticos. A dicha Comisión, con todos mis respetos, le ha faltado una variante. Viene de mis colegas europeos. ¿Qué cosa es un partido político? Algo que existe en las sociedades del afecto. No estoy bromeando: Frédéric Lordon, La société des affects, Le Seuil, París, 2013.

Se han olvidado en la Comisión el papel de las emociones. Lo que han hecho es una suerte de esquema para montar empresas y no partidos. La estructura Tuesta revela hasta qué punto, hasta en los mejores, les come la testa la lógica del mercado. Se olvidaron de las pasiones. Y por supuesto, de una idea de la patria. Un ideal. Un programa. No me sorprende. Tampoco tenemos nación. Renan, Herder, Fichte, Gellner, Hobsbawm: la nación la hace la tierra y los sueños. También los partidos. Chau.

Publicado en El Montonero, 26 de agosto de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/cavilaciones-por-que-en-peru-se-extinguen-los-partidos

Lo nuevo puede ser lo viejo: humillaciones de siempre con los indios (1/2)

Written By: Hugo Neira - Ago• 20•19

No escribo este texto como político. No me es posible en un país que no termina de comprender que el siglo XX ha concluido. Y que sus ciudadanos viven bajo una política mundial a la vez nacional y local, pero las novedosísimas reglas llevan a una nueva lógica organizacional que no es ni el Estado actual, ni el Imperio de siempre sino nuevas formas de internacionalismo, con engranajes complejos que van a atar invisiblemente la aldea andina a la aldea global. Hay realidades múltiples que se interactúan. En un mundo fragmentado y multicultural como el actual, el concepto mismo de cosmopolitismo y provincianismo queda superado. Estamos en una era en marcha al posnacionalismo. Y a la vez de transnacionalidades. No solo emigran los emigrantes, sino pueblos enteros, capitales e ideas. Y hay ciudadanos incompletos. Al interior de las naciones que dejan, y obviamente, en los países a los que acuden para mejorar su vida. En el fondo, todos somos sujetos sin destino en comunidades locales o internacionales. En la Roma antigua, en su decadencia, les ocurrió algo parecido. Y lo que sobrevino fue la Edad Media. ¿Cómo se puede proponer una acción, o sea una política, en un tiempo en que lo que se muere no acaba de agonizar y lo que nace no termina de abrir los ojos?

Por eso, y desde hace años, sin dejar de seguir las fases inestables de la mundialización, tiendo, a ratos, a ocuparme de lo cercano. De lo pequeño. De  lo que se podría llamar la historia de la gente corriente. La cartografía de las familias comunes. El enigma de las capas humildes. A eso lo llaman los franceses, le souci des autres. Y eso fue  Huillca: Habla un campesino peruano (Premio Casa de las Américas, La Habana, 1975. Traducciones a nueve lenguas). La vida de un campesino cusqueño que dirige a sus hermanos a una era de libertad, sin gamonales ni patrones. Es un tema local y a la vez nacional. El Peru dejó entonces de prolongar la colonia en la sierra peruana. Pero luego he hecho entrevistas a los que llamo «los hijos de Huillca». Es decir, he entrevistado campesinos posvelasquismo. Sin publicar. Acaso porque tal vez logre incorporar a otros marginales, los mineros informales y las aldeas amazónicas.

Mi caso es que comencé muy temprano. Cuando en los años 60, cuando ocurría en el sur las invasiones de tierras de hacienda por masas de campesinos entre los que había tanto comuneros como ‘colonos de hacienda’ (el nombre del trabajador encapsulado en el interior del latifundio), y conducidos, por sus propios dirigentes, en una acción que ellos llamaron no invasión sino ‘recuperación’ de tierras. Se habían cansado de litigar. Cusco antes de las invasiones —que cambiaron la historia del Perú y no solo de la tenencia de tierras— estaba lleno de estudios de abogados. No es que el departamento cusqueño tenía muchos litigios, sino que la mayoría de clientes eran comunidades indígenas en pleito contra algún potentado rural. Por cierto, nunca una comunidad logró algo. A esa relación entre hacendados y parientes en la esfera jurídica, se le llamó gamonalismo. Vieja herida, la menciona Mariátegui en los años 20. Pero mi fortuna fue que me enviaron a examinar lo que estaba sucediendo en el sur.

Así descubrí la problemática rural. Mis crónicas las publica el diario Expreso que dirigía José Antonio Encinas. Por lo general, la gente pensaba en algo parecido a una guerrilla. Y de hecho, la aparición de un político moderno como Hugo Blanco en el valle de la Convención, permitió dos cosas que fueron un punto de partida de lo más equivocado. Lo creyeron un guerrillero. Y lo encarcelaron, llevándolo a Arequipa, en donde hubo un largo juicio, con la posibilidad de una sentencia de muerte. En esos años, esa pena capital era posible. La verdad de las cosas era, sin embargo, otra. En efecto, el valle de la Convención era un lugar singular, en la ceja de selva, con un clima más bien caliente, una región propicia para cultivos como el café, la coca, los cítricos, en suma, productos más rentables que los tradicionales de la zona alta de los Andes. Y esas condiciones llevaban a que se instalasen predios rurales más comerciales y exitosos que los de las comunidades tradicionales. Ahora bien, la cuestión de la mano de obra, se resolvió con pactos entre arrendatarios y arrendires. Estos últimos, eran gentes migrantes andinos. El pacto, sin embargo, no fue en salarios sino la reproducción del esquema de la explotación de la mano de obra en los Andes. El arrendire trabajaba unos 18 días al mes —pongamos un ejemplo— y los otros 12 días, en el lote que le cedía el propietario para que cultivara para su propia familia y consumo. Como se entiende, el dinero no aparecía por ningún lado. Era un sistema precapitalista. Y entonces, en Chaupimayo, los arrendires descubren un modo de vencer a sus explotadores. No van a litigar al Cusco. Deciden la huelga rural. Huelga a medias: no trabajan para el patrón sino para ellos mismos. Entre los campesinos migrantes que llevan adelante esa rebeldía, se hallaba un joven cusqueño que había hecho estudios agrarios en Buenos Aires. Era un hombre blanco, pero igual se había convertido en un indio más. Se llama Hugo Blanco. Y este fue el inicio de una dinámica social que tuvo varias fases, todas exitosas.

Primera fase. En 1962, el gobierno militar surgido de un golpe de Estado de Lindley López y Pérez Godoy, aquel que cierra la puerta a la semivictoria electoral de Haya de la Torre, interviene y se produce una suerte de experimento de reforma agraria en el valle mismo, pero no por eso, acabar con los cabecillas de esa revuelta original. Hemos explicado el origen del origen mismo. Blanco fue hecho prisionero. Pero ocurrió algo excepcional.

Segunda fase. Entre los indígenas de las zonas quechuas y los que se habían desplazado hacia las zonas calientes, los lazos sociales no se habían roto. Lo que habia ocurrido en el valle de la Convención fue asimilado por las poblaciones rurales andinas que rodean la ciudad del Cusco. Y entonces, en el lugar donde la lucha por la tierra era conocida, las aspiraciones campesinas encuentran una manera de organizarse, que no había sido usada antes de esos años. Los 60 fueron trascendentales.

Se había producido la acción revolucionaria de Luis de la Puente Uceda, una versión del foco subversivo a la manera del Che Guevara. Sin embargo, la lucha guerrillera fue vencida. Pero la convulsión campesina no se detuvo. No aspiraban a un cambio general de la vida política peruana, no a una revolución pensada con los criterios de otros. Lo de valle de Convención había dado, como resultado, en 1962, la ley de Bases de la Reforma Agraria, tema que se suele callar. Y un Decreto-Ley, n°14238, dirigido a la distribución de tierras en el valle de la Convención.

Tercera fase y decisiva. En Cusco se había formado la Confederación Campesina del Perú, desde 1946. Desde 1956, ya existía un campesinado organizado. Es lo que ocupa la parte central de mi libro, Cuzco: tierra y muerte, 1964. Esa entidad manejaba centenares de «sindicatos» campesinos, desparramados por todo el departamento del Cusco, y algo en Puno y Apurímac. Las invasiones eran imparables: ocupaban predios con multitudes, y sin violencia con los propietarios o peones de las haciendas. Era un movimiento que yo llamé gandhiano, es decir, ilegal pero no violento.

En conclusión, una subversión razonable. Cada invasión (o recuperación de tierras) era acompañada de rituales de posesión (las mujeres sentadas sobre la tierra) y mesas en el campo, en espera de las autoridades y la invitación al diálogo. En otras palabras, no era el levantamiento violento del pasado, no corría sangre. Los campesinos habían considerado evitar los «fúnebres levantamientos» como los llamaba José María Arguedas. Nada de esto se decía en los diarios de Lima, salvo mis crónicas. Se explica que me dieran dos premios, a mi retorno. El del Congreso de esa época, y el Premio Fomento a la Cultura. Tenía 28 años.

Breve historia del génesis de la Reforma Agraria

Después de la Convención, no se trataba solamente de adjudicar tierras (que habían sido comunidades, y que a lo largo del siglo XIX, fueron capturadas por la aristocracia rural) sino de cambiar las modalidades precapitalistas del trabajo rural sin salario. Era el fin del yanaconaje, la aparcería, el arrendamiento. Hubo pues una ley en ese sentido, la ley n°15037. Pero la Sociedad Nacional Agraria se opone. Y es así como los militares en el poder en 1968, apuntan a algo decisivo, el fin de los grandes monopolios de tierra.  Fernando Belaunde presidente, no pudo convencer a los Aspillaga, Beltrán, Basombrío, Moreyra Paz Soldán, Berckemeyer, de la Piedra. Las leyes pensadas en el periodo democrático del presidente Fernando Belaunde Terry, no eliminaban las formas semiserviles del trabajo en el campo. La ley de Reforma Agraria n°17716 elimina el poder gamonal en el Perú. En cuanto a las CAP —Cooperativas Agrarias de Producción— fueron la modalidad para haciendas y predios en la costa peruana. Y en la sierra, las SAIS, es decir, las Sociedades Agrícolas de Interés Social. Los militares buscaron una transformación racional de la tenencia de la tierra, pero a la Reforma de Velasco, le sigue la reforma de los mismos campesinos que consistió en la apropiación por lotes y familiares. Luego se reunieron en empresas campesinas. La historia de la tenencia de tierra es extensa, es el posvelasquismo. Existen estudios muy objetivos sobre sus modalidades. Por ejemplo el estudio de Fernando Eguren sobre las políticas públicas, cómo se modernizaron, cómo ingresaron al mercado pequeños agricultores y campesinos.

Con la Reforma Agraria, según el Ministerio de Agricultura, se distribuyen 9’543’580 hectáreas de las cuales cerca de un millón y medio fueron adjudicadas individualmente y más de 8 millones en forma asociativa. En la evolución de estas últimas, hubo de todo, errores, crisis, progresos. El INEI (Instituto Nacional de Estadística) señala en el Censo Nacional Agropecuario del 2012, como productores agropecuarios, nada menos que 2 millones 261 mil productores. Y que operan en una superficie de millares de hectáreas, 38 mil 742. Grandes empresas, las hay, un 4%. Pero está prohibido no pagar salarios. Arrendires ya no hay. Un 96% son pequeñas y medianas propiedades.

He aquí el «fracaso» de Velasco. Arroz cáscara, maíz amarillo duro, pasto bizanta, cacao, trigo, quinua; en la sierra, papa, alfalfa, avena. En la selva, café pergamino, maíz, arroz. Hay marchas mineras. No hay marchas campesinas.

Volviendo al intitulado, ¿cuál es hoy la humillación de los indios? No les creen que puedan libertarse por su propia cuenta. El mito del indio menor de edad es el fantasma de estos días. Sin embargo, el que no se logre entender que la Reforma Agraria de Velasco fue la consecuencia de la aparición de un movimiento organizado e inteligente de los campesinos cusqueños, se debe a que no tenía como jefatura ningún partido político, y en el fondo de las cosas, tampoco un líder mesiánico. Hoy, Hugo Blanco explica que la toma de tierras en las zonas andinas —y no en la zona de ceja selva— no se hizo con su liderazgo puesto que estaba preso. Acaso con el ejemplo de lo sucedido en el valle de la Convención. Pero la idea de que los campesinos tuviesen sus propios dirigentes, tales como Zumiri, Saturnino Huillca, es algo incomprensible para la clase política peruana y muchos intelectuales. ¡¿Cómo?! ¿Una revolución sin necesidad de su Lenin? Lo ocurrido es la prueba de la inteligencia colectiva del pueblo andino. Una racionalidad sin nombre propio. Y como ninguna tendencia de izquierda se puede vestir con ese triunfo histórico, se suman a las clases conservadoras a negarle al indio su capacidad de rebelión y su capacidad para vencer a sus dominadores. La espontaneidad de los revolucionarios es posible. He visto en mi vida dos grandes fenómenos de rebelión autorganizada por sí misma. Los campesinos cusqueños y Mayo 68 en París. Como se comprenderá, nada más ajeno a la cultura de la izquierda que los dominados no los necesiten como la consabida «vanguardia», y ellos produzcan sus propios dirigentes. (Continúa la semana próxima)

Publicado en Café Viena, 20 de agosto de 2019

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