Lo que
ocurre en 1969 es algo que venía a ser un problema desde hacía un buen tiempo.
El tema del indio, de la tierra, del enfrentamiento de comunidades indígenas y
grandes haciendas a lo largo de la vida republicana. Pero de eso no se habla.
De modo que, aprovechando que no hay cursos de historia del Perú en la
secundaria peruana, se da la impresión de que un dictador —o sea Velasco–
decide caprichosamente la expropiación de los latifundios. En la falsificación
de la memoria del 68 hay mucho de antihistoricismo. Se hace como si ese
problema y posibilidad —para usar los términos de Jorge Basadre—, la tenencia
de tierras en los Andes, fuera un asunto que emerge con el gobierno militar.
Pero en realidad es todo lo contrario. Al punto que podemos trazar sin
exagerar, una suerte de genealogía.
Que los indígenas peruanos sufrían de diversos abusos y formas de explotación, es algo que era tan evidente que mucho antes de la Independencia, fue materia de crítica por los mismos españoles. Es el caso de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, hacia 1735. Siendo ambos marinos, observaron puertos y ciudades, pero también las plazas de armas, y de paso el comercio ilícito que venía de Europa y de China. Y muy pronto, en su extenso informe, en la sesión cuarta, de la página 197 a 367, «el tiránico modo de gobierno establecido en el Perú por los corregidores sobre los indios, y el estado miserable en que estos viven». Además, los indígenas pagaban los tributos reales y las malditas alcabalas. Pero si los corregidores hacían fortunas con sus mulas, venta de géneros, «en crecidas utilidades que sacan», los marinos españoles encuentran que a las crueldades de los corregidores con los indios se sumaba las de curas, eclesiásticos seculares y regulares. «En vez de ser sus padres espirituales y defensores», estos curas, en sus iglesias, «se aplican en hacer caudal». Desde la limosna de la misa cantada, o el regalo de dos o tres docenas de gallinas, o las semillas, «o las chacaritas que cultivan, o las festividades, o el mes de los finados». Entre fiestas y finados, «sacan al año 200 carneros, 600 gallinas y pollos, de tres a cuatro mil cuyes y de 40 mil a 50 mil huevos» (Noticias secretas de América, Historia 16, Madrid, 1991).
He
invocado una genealogía. Es decir, los antepasados de 1969. Aquí van.
1888. Del lado
intelectual, radical, elitario, librepensador, Manuel González Prada. Discurso
en el Politeama: «No forman el verdadero
Perú las agrupaciones de criollos i estranjeros que habitan la faja de tierra
situada entre el Pacífico i los Andes ; la nación está formada por las
muchedumbres de indios diseminadas en la banda oriental de la cordillera».
«A vosotros, maestros de escuela, toca
galvanizar una raza que se adormece bajo la tiranía del juez de paz, del
gobernador i del cura, esa trinidad embrutecedora del indio». González Prada,
el primer paso a la insumisión, la lección magistral para Haya de la Torre y
José Carlos Mariátegui.
1919. Golpe
de Estado de Leguía, pese a que había ganado las elecciones. Su próposito:
sepultar al Partido Civil y una nueva constitución. Y en ella, la vez primera
en que en las constituciones republicanas se establece la defensa legal de las
comunidades indígenas ante el asalto de los hacendados. Tiempo de indigenistas,
Hildebrando Castro Pozo, Nuestra
comunidad indígena, 1924. Pero todavía no se abordaba el problema indio
como asunto social y legal.
1928. En
Mariátegui, «el problema del indio», unas 11 páginas. «El problema de la tierra»,
40 páginas. «Empecemos por declarar absolutamente superados los puntos de vista
humanitarios o filantrópicos». Entonces, «el problema agrario, colonialismo/
feudalismo, la política del coloniaje, el colonizador español, la comunidad
bajo el coloniaje, la revolución de la independencia y la propiedad agraria,
política agraria de la república, la gran propiedad y el poder político, la comunidad
y el latifundio, el régimen de trabajo, servidumbre y asalariado, proposiciones
finales».
De 1920 a 1945: violentos movimientos campesinos, rebeliones
como la que estudia el francés Jean Piel en Tocroyoc, o en Lauramarca,
estudiado por Wilson Reátegui y por sanmarquinos como Flores Marín y Rolando
Pachas. O el levantamiento de un mayor del Ejército, llamado Rumi Maqui, quien
según Alberto Flores Galindo, «logra convocar a indios de Puno, Cuzco, Abancay
y Ayacucho». Pero a lo que vamos, el conflicto entre haciendas y comunidades
crecía a medida que las haciendas conseguían judicialmente vencer a las
comunidades. Gracias a lo que se llamaba el gamonalismo, el gran propietario y
sus familiares y allegados. En ese lapso, hubo de parte del campesinado
acciones violentas. Lo que los franceses llamaban jacquerie, levantamientos feroces y sangrientos que acaban por
ser aplastados por el Ejército. José María Arguedas lo recuerda, «los funebres
alzamientos». Huancané, por ejemplo. Pero algo nuevo en el sur peruano,
especialmente, en el Cusco.
Entre 1961 y 1965, «miles de campesinos en Cusco estaban
‘invadiendo’ las gigantescas haciendas de propiedad de las familias más
importantes de la región. Los campesinos las llamaban ‘recuperaciones de
tierras’.» Era una movilización gigantesca, solo comparable a cuando se alza
José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II. En el corazón de ese movimiento, la
Federación Campesina del Perú. En Cuzco:
tierra y muerte, libro que recoge de inmediato las crónicas sobre esa
emergencia rural, la sorpresa es doble. Es un fenómeno social novedoso.
1963. «¿Cómo es una invasión? Las invasiones son pacíficas. Una poblada,
formada por campesinos de las localidades vecinas, invade, casi siempre en la
madrugada, los terrenos de una hacienda. Pero la casa —hacienda o el caserío
vecino— y los pongos al servicio de los amos, quedan indemnes. Nada hay más
ajeno al carácter de las masas indígenas que el desenfreno. Invadir no es pues
saquear, robar, incendiar o violar. Es simplemente entrar a la tierra prohibida
de la hacienda. Desde los balcones de madera los hacendados pueden ver cómo sus
propiedades cambian de mano. Pero sus vidas están a salvo. El sindicalismo
agrario no es un movimiento vengativo». Esta nota se escribió en el terreno mismo
del conflicto, y ocupa la página 98 de Cuzco:
tierra y muerte, edición de 1964.
1950-1969: La reforma agraria no hubiese sido sin el CAEM. En los inicios de los años 50, bajo el
mando del general Marín del Águila, algo que va más lejos que una simple
escuela militar. El Centro de Altos Estudios Militares del Perú (CAEM) se vuelve una universidad para oficiales.
Se estudia Economía, Ciencia Política con los mejores profesores civiles que se
pueden encontrar en Lima, y además, con profesores extranjeros. Y todo ello es
la apertura a los problemas sociales, a la formación de una «nueva mentalidad»
en los altos cuadros de la Fuerza Armada del Perú. Un pensamiento desarrollista en los
militares peruanos.
Esperaban, pues, de la presidencia de Fernando Belaunde esa reforma del mundo agrario. Al frustrarse esa salida, se enfrentan entonces a un dilema. Tras los acontecimientos del valle de la Convención del Cusco —el ejemplo de Chaupimayo— ¿eran los militares los que tenían que pagar el precio de la inmovilidad de la capa social de terratenientes? Luego de idas y vueltas, finalmente se deciden a llevar a cabo la reforma que no era solo agraria (una modificación de la tenencia de la tierra) sino la liberación de la capacidad productiva de la mano de obra de los campesinos en sus propias hectáreas. El ingreso a la economía moderna.
1969 al 2019: Hay en el Perú un nuevo tipo de tenencia de la tierra. Hay una dinámica tras la aplicación de la ley de Reforma Agraria. De las SAIS (Sociedades Agrícolas de Interés Social) que coordinaban a las exhaciendas en manos de peones, se pasa a parcelaciones, que es lo que los campesinos prefieren. La desmembración de las cooperativas lleva a formar nuevas comunidades campesinas. De cerca de 4000 en 1969, han llegado a ser 7000. Muchas de ellas han sido reconocidas por adjudicación con la reforma agraria de 1969. En fin, el posvelasquismo tiene una historia bastante distinta entre Pasco y Tumbes, entre Cusco y Piura.
¿Qué fue
la Reforma Agraria? Una serie de historicidades que se reúnen en un momento
determinado. El cambio de mentalidad en las filas de los oficiales, dado el CAEM. Y un cambio de liderazgo en el mundo rural cusqueño.
Por un lado, oficiales como Fernández Maldonado, Mercado Jarrín, Leonidas Rodríguez
y claro está, Juan Velasco Alvarado. Y del lado rural, entre jóvenes
estudiantes y líderes campesinos, Vladimiro Valer, Fausto Cornejo, Saturnino
Huillca. Los militares borraron del escenario a la vieja oligarquía. Los
campesinos, ora en comunidades, ora en propiedad privada, borraron a los
gamonales.
Han
pasado 50 años. Fue el final de un sistema de propiedad que extendía la
encomienda colonial a las haciendas republicanas. Un arcaismo. Un fin de la
colonia.
Han pasado 50 años de la desaparición de los latifundios, de esas
haciendas que eran la continuación en el Perú republicano de la encomienda
colonial y de los repartimientos del siglo XVI, cuando los conquistadores
tomaron tierras a su real gana. Pero hoy ya no existen gamonales y
«enganchadores». Ese tipo de campesino que recibía un adelanto en dinero y
mercancías, a veces en contra de su voluntad, y trabajaba en las haciendas con
su salario retenido. Esto pasaba en las haciendas azucareras de la costa. Y
muchos hoy todavía dicen que no deberían haberlas tocado. El «enganche» era
parte de las modalidades de servidumbre de ese agro precapitalista, más bien
feudal, antes que se aplicara la ley n°17716, y aparecieran otras modalidades
de afectación y adjudicación que liberaron la fuerza de trabajo. Entonces
aparecen otras formas de empresa rural o propiedad. Las Cooperativas Agrarias
de Producción. La SAIS (Sociedad Agrícola de Interés Social). Además, siguieron
creciendo las Comunidades Campesinas. Pero a todo eso se le llama, el «fracaso
de Velasco». O sea, quieren ignorar lo que es real.
Abra usted el Compendio Estadístico del Perú, 2016, tomo II, p. 1035, y tiene el número de productores
agropecuarios, en total, 2’260’973 familias peruanas en el 2016, y con una
superficie agropecuaria en explotación, de 38’742’465 hectáreas. Vaya y dígales
que deben volver a los latifundios, por ejemplo. Lo que pasa es que cubren con el
«fracaso de Velasco y la Reforma Agraria» la ausencia de información y
conocimiento de lo que ha continuado en la tenencia de la tierra en el Perú
durante cinco décadas. No lo saben, ni quieren saberlo. El velasquismo no tiene
herederos políticos. Ningún partido puede atribuirse esa gran transformación.
Lo que intentamos en estas cortas líneas (el tema del campesino pobre es también
el tema del indio, de la identidad, y otras muchas cosas) es acudir al sentido
común, a la razón, y este artículo es apenas un sumario de cómo se transformó
el mundo rural, mientras seguíamos repitiendo el «fracaso de Velasco».
Cantaleta que solo un idiota puede creer que en los Andes no han cambiado de
modos de trabajar. Y de vivir. Y por encima de todo, otra sociedad rural. De
donde saldrá otra vida republicana, para asombro y sorpresa de los que repiten
como loros lo que ni los exhacendados creen. Se acabó la colonia. ¡Y no lo
entienden!
La reforma agraria removió las formas de la tenencia de la tierra.
Surgieron diversas modalidades de producción y de propiedad. Los gamonales de
horca y cuchillo desaparecieron. A la reforma agraria de Velasco le sigue una
dinámica popular. La reforma de la reforma. Por ejemplo, las SAIS cusqueñas desaparecieron porque los campesinos optaron por la propiedad
privada, aunque fuese pequeña. Pero una gran parte de peruanos no se han
enterado de esos cambios decisivos en la tenencia de la tierra del Perú, de
1969 hasta nuestros días. Más fácil es creerse lo del «fracaso» que ponerse a
estudiar qué diablos ha pasado en los años de este siglo XXI. Entre tanto, se
consume en los supermercados y mercadillos, achote, ajo, arroz cáscara y arveja
verde, café y camote, maíz amarillo o del otro, mango, manzanas, mashua, piña,
plátano, soya, tomate, yuca, frijol, lenteja, haba, hortalizas, frutas, desde
la chirimoya a la guanabana, pero, pese al tamarindo y la deliciosa lúcuma, igual,
la cantaleta, «el fracaso de Velasco»… En la mesa peruana, aves, ovinos,
vacunos, y la producción de leche, pero, «el fracaso de Velasco». Claro está,
todo eso se importa del Japón o Nueva Zelandia. ¿Qué nos pasa? ¿Se han olvidado
de algo que se llama razonar? La verdad de la historia la tienen delante de las
narices, ¿y no vinculan la política con la realidad? ¿Hay 21 millones de
gallinas ponedoras, y seguimos pensando que mejor era el latifundio?
Es por eso que insisto en esta serie de notas periodísticas que no lo son.
Para vencer un gran silencio, hay sociología, historia y ética. De la reforma
agraria hecha por las fuerzas armadas de los 60, se dice que era un paso dado «para
establecer el comunismo». Es evidente que lo último que era la oficialidad de
esos años, era ser comunista. En el mundo entero se reconoce esa reforma
agraria peruana como una gran reforma que da paso a la retardada modernidad
peruana. El eje central de ese gobierno militar era salir del subdesarrollo
pero no por ello, dejar de ser parte de ese tercer mundo que no era capitalismo
avanzado ni un país de las llamadas democracias populares, que no era sino el
nombre de los países europeos dominados por el otro imperio, el de la URSS. También se dijo que la economía había colapsado por culpa de la política
velasquista. En los hechos reales, el PBI del Perú sigue creciendo en los años
velasquistas. Para eso, hemos puesto el cuadro de riqueza global del INEI en
este artículo.
Contrariamente a lo que se sostiene, el crecimiento fue permanente desde Odría, 1950, hasta después de Velasco. En los años 80, lamentablemente con un gobierno democrático, el retorno de F. Belaunde, comienza a caer.
Ahora bien, en el tiempo del post Velasco, diversos actores y personalidades fueron parte de la mejoría y salud del mundo agrario. Por mi parte, volví al sur, ya no en el momento en que hubo tomas de tierras (lo cual, produjo un cambio en la mentalidad militar) sino en los años iniciales del milenio. Así, en uno de mis viajes al Cusco, me encuentro con Carlos Paredes. Hoy se le conoce por Sierra Productiva. Un programa, una apuesta por el actual agro andino. Paredes no es un hombre de la generación de Hugo Blanco o la mía, viene después. Economista de profesión, formado en la Facultad de Economía de la universidad San Antonio Abad del Cusco, militó en partidos de izquierda, no fue lo que se llama un velasquista. Pero pertenece a la generación que vio nacer las cooperativas y las SAIS, y trabajó por su cuenta en apoyo a las organizaciones campesinas de la Federación de Campesinos del Cusco. Corresponde a los que vieron desactivarse las empresas estatales, el Banco Agrario. Y que enfrentó otro reto. Ya no la dominación de los terratenientes y gamonales sino cómo hacer para producir sin la ayuda del Estado. Es un testigo de la aparición de algo que podemos llamar ahora, el cuidadano rural. Eso que no existía, cuando los campesinos no tenían tierras, puesto que los hacendados se apoderaban de tierras comunales, durante decenios y siglos.
Aquí está el resumen del encuentro que tuvimos en el Cusco, en San Agustín,
385, hace de eso unos años, me dijo de entrada que existía una oficina en Lima
con un Proyecto de Titulación de Tierras, donde están los titulados, o sea,
comunidades tituladas y las no constituidas, incluyendo el anexo de
comunidades. Y luego se extendió sobre la situación post Velasco, con erudición
y un ánimo de entender a fondo el nuevo tipo de tenencia de tierras en el Perú,
rompiendo los estereotipos que se han impuesto en estos 50 años de silencio y
desdén por ese Estado que todavía se ocupaba de la injusticia social. Hoy no.
De Velasco a nuestros días, se ha ido estableciendo un tipo de Estado reducido,
enano, un Estado que solo debe ocuparse de la Defensa nacional, las leyes y el
orden público. En el fondo de las ideas dominantes de este medio siglo, se ha
creído que solo el Mercado debe ocuparse de la Salud, la Educación. Pero no
todo puede ser negocio. Ya no habría sociedades. La globalización en curso
significa que los Estados no mandan en sus territorios. Esto es lo que se llama
el neoliberalismo, que de liberal no tiene nada.
A partir de la teoría de un Estado precario —reducción de Ronald Reagan y
Margaret Thatcher (otro Occidente, el anglosajón, con el cual discrepa la Unión
Europea)— se quiere olvidar el progreso magnífico de los dos siglos en que el
Estado moderno y el Mercado construyen las sociedades más ricas y libres del
planeta. En la Europa socialdemócrata. Pero ese tema, lo dejaremos para más
adelante. Por ahora, el encuentro con un testigo de vista de las
transformaciones del agro peruano, ese que escapó de la Edad Media, de la
oligarquía terrateniente, conversación a plena luz del día, en la plaza
principal del Cusco. Gracias a Paredes, por sus explicaciones.
Hablando claro.
Conversando en la plaza mayor del Cusco
Paredes sostiene que el mayor cambio de
democratización sobre propiedad de la tierra se ha dado en el Perú. Considera que
es el más importante de la América Latina —añade—, que es el único país que no
tiene sistema de haciendas. Repito, es el
único país que no tiene sistema de haciendas, otros países como Brasil,
Chile y Argentina tienen haciendas más modernas, y están pensando aplicar
reformas a aquellos fundos no explotados, no utilizados.
Luego le hago, a quemarropa, una pregunta. ¿Cuántas
haciendas había en el Perú, en el periodo de Reforma Agraria? Y me responde
tomando como ejemplo Huancarán, «donde habían 100 haciendas, hay hoy día 2 mil
unidades de producción», tras parcelaciones, pequeña propiedad y entonces
calcula grosso modo, tal vez de 10 a
15 mil haciendas en el Perú pre Velasco.
Luego, Paredes habla de lo que llama la «nueva
situación». Esto sabemos desde 1994, cuando se hizo un censo agropecuario. La
información se encuentra en el INEI, Instituto Nacional de Estadística. Sabemos, entonces, que hubo en ese
momento, 1’750’000 unidades de producción, unidades productivas de pequeña
propiedad, o sea, que el 90% de la ocupación de la tierra es pequeña propiedad.
Le pregunto desde qué medida, la respuesta es que es de 13 hectáreas para abajo.
Paredes continúa. «Somos un país de pequeños
propietarios». Además, señala que han crecido las comunidades campesinas. En
esos días había habido un coloquio en la Agraria, organizado por la señora Inga
Arauco, en donde una señora Bobbio establecía los crecimientos masivos de las
comunidades campesinas:
1ra.
Etapa: la tradicional, unas 500 ha.,
Leguía hacia los años 40.
2da.
Etapa: Odría, 1’500 ha.
3ra.
Etapa: en el Censo, 5’000. En el momento
del encuentro con Paredes, había ya 6’000 comunidades campesinas. Hoy, según el INADI son 7’000.
Paredes: «En Puno, más de un millón de pequeños
propietarios, y antes en la primera etapa, Puno debió haber tenido 350 comunidades
campesinas y hoy tiene 1’300 comunidades campesinas, es decir, más que el Cusco».
La segunda observación es que este proceso significó una democratización, en
otros aspectos no solamente en la propiedad de la tierra. Por ejemplo, se
democratizó la educación, que quiere decir, tal vez por eso, que antes de la
reforma agraria, «no era pensable la educación rural». Cuenta la historia de Márquez o Caramba, que
la escuela que habían construido, los del sector ¿no es cierto?, la destruyó
con sus tractores.
Y, cuenta la historia de un campesino, de
Jacinto Sacya, que vive en Joyos, que se dedicó a la educación, que había
tenido la idea de estudiar porque el patrón, en un momento determinado de su
infancia, le escuchó decir a la esposa, a la esposa del patrón, que por qué le
daba leche, jamón y carne a los campesinos. ¿No te das cuenta, carajo, que si les das esto se van a volver
inteligentes?Y si se vuelven
inteligentes, nosotros vamos a desaparecer. Por eso, Jacinto, este
campesino, iba a la escuela, aunque le costaba 7 horas diarias el caminar.
Paredes: «hay una vinculación pues entre alimentación, inteligencia y cambios
económicos y sociales».
En otras palabras —repito a Paredes— la
comunidad campesina se convirtió en el primer factor de expansión rural de la
educación. Otro tercer elemento es la democratización del voto, sin embargo
señala que hubo un problema no comprendido en su tiempo por la izquierda ni
tampoco por la academia.
Señala que las SAIS fueron importantes, pues significaron que
podía reunirse la administración de muchas haciendas en una sola. Por ejemplo
en el Valle de Anta había 25 haciendas en una sola SAIS, es decir, al mando de una administración de técnicos. Pero no se modificó la relación con
los campesinos —señala— «que seguían trabajando gratis, lo que explica la ola
campesina, que en la matriz de la Confederación Campesina del Perú-PCP, se
movilizó en los años 80», la idea o reclamo era que esas tierras deberían pasar
a ser comunidades. Pero, cuenta Paredes, «eso no ha ocurrido, se han parcelado,
salvo en algunos sitios, donde todos los pastos naturales como propiedad común».
¿Qué nos está narrando Paredes, en esa tarde en
la plaza mayor del Cusco? Nada menos que un proceso de re-apropiación post Reforma
Agraria, de los campesinos. La idea dominante era volverlos comunidades, pero
lo que se volvieron fue bajo la forma también de la propiedad privada. Todo eso, en el Cusco en
1979. Al final, la tierra está desde ese momento en manos de comunidades, y
también de propiedades privadas de campesinos locales. «Todo esto acabó en los
años 80».
Paredes: «Después se dio el salto a la producción.
La lucha por la producción estuvo asociada a políticas de nivel nacional, en
consecuencia, a precios, tierras, sismos y el Estado aparecía como el gran
comprador. Todo esto NO resolvió el tema de cómo producir. Hubo una brecha tecnológica y yo
también añadiría, que una brecha psicológica, porque para mí, parte de la
teoría de la reforma agraria, no fue eficaz.»
Aquí comienza Paredes a desarrollar el tema de
pobreza y extrema pobreza. Recuerda que están reconocidos como pobreza quienes
no pueden, los que no tienen suficiente, y en extrema pobreza, los que tienen
que ser asistidos, ¿no es cierto? «Los que no pueden, la izquierda misma ha
alentado esta mirada —dice— gente desvalida, gente que no se puede valer, de
ahí los programas de asistencia alimentaria, etc.»
Pero ha observado en qué medida este
propietario rural, pequeño o no, es productor de riqueza. ¿Por qué? Primero
señala porque tiene unos elementos concretos, tiene el agua, tiene la tierra.
En segundo lugar, tiene animales, diferentes animales, tiene semillas. En
tercer lugar pertenece a una cultura de 10’000 años, con una experiencia. Eso
le parece muy importante. «Transforma plantas silvestres en comestibles». Entonces,
sostiene Paredes «que la principal riqueza del país está conectada con estos
pequeños productores y lo que él está intentando en su instituto, la
alternativa, es hacer desarrollo a través de la capacitación».
Y en ese instante de la conversación, ingresa a
explicar que tiene 40 tecnologías en marcha y las separa en tres grupos:
tecnologías productivas, tecnologías conservacionistas y tecnologías de
transformación.
De aquí en adelante, es más difícil seguirlo,
pero en fin, voy a intentarlo. Dice que hay una situación pre, que es actual,
en la que la familia campesina vende de 20 a 30 soles diarios, sacando
elementos de sus cosechas, y vendiendo elementos de su cosecha, y esto le da
entre 80 soles a 120 a la semana. Luego,
da un salto, pasa a tener venta de 500 soles por mes y luego aumenta más. Si se
toma en cuenta lo que dice el Banco Mundial —que extremo pobre es el que tiene
un dólar para alimentarse por día, y un dólar es extrema pobreza—, dos dólares
sigue siendo pobreza, pero ese aumento señala la posibilidad de transformarse
muy rápidamente.
Esta transformación se debe a varias nuevas
formas de ingreso. Primero, la venta directa de animales, de plantas. Luego la
transformación. Por ejemplo, transforman hortalizas, zanahorias, en tortas, en
compotas de diversos colores, en néctar. Otra fuente es el engorde de ganado,
que es una venta no frecuente, pero en fin, cuatro veces al año. Como posibilidad,
tres niveles, venta primaria, venta de transformación y venta de ganado. Me
dice «están construyendo un mercado».
Al parecer, las experiencias que hace en su
instituto se reproducen ya en 60 distritos del Cusco. Esto está ligado al
presupuesto participativo. Están innovando, por ejemplo, en la posibilidad de
tener forrajes hidropónicos. Es decir, una técnica de origen israelita que
pueden tener forrajes sin necesidad de praderas. Textual, «esto está ligado al
grupo de apoyo al sector rural de la Facultad de Mecánica de la Universidad
Católica, la enseñanza para que saquen provecho, aplicando formas de
transformación, si venden por ejemplo, solamente, la arroba de semilla dulce,
esto le da, S/. 2.50, pero el kilo de ese mismo dulce, se vende a 14 soles. Entonces la idea es la
transformación.»
Uno de los sectores más importantes de
exportación del Perú es el café y está en manos de pequeños productores.
Emplea el siguiente cálculo: dice que existen
en el Cusco unidades productivas, en la ciudad, unas 16’000. Llama unidades
productivas a todo tipo de comercio, talleres; y en el campo rural del Cusco,
144’000. La pequeña producción campesina pues, entonces, se la ve de otra manera.
Entonces, llega al siguiente cálculo: si 100’000
unidades de este campo rural (no 144’000, sino 100’000, dos tercios) llegan a vender 3’000 soles al mes, significa
eso 300 millones de soles por mes, multiplicado por 12, esto significa 3’600
millones de soles al año; y señala que Repsol produce 1’000 millones de dólares
al año, o sea, 3’500 millones de soles al año, o sea, menos de lo que podría
ser las 100’000 unidades a 3’000 soles; ya los primeros pasos de su iniciativa
ponen a los productores, que son centenares, en los 500 a 1’000 soles (de todo
esto, unos 10 años atrás).
Otras cosas que él explica es lo que llama la
«escalera del progreso». Para vencer la pobreza, avanzando hacia el progreso, y
entonces señala que el primer punto, el punto de partida, «es una capacitación
básica, orientada al desarrollo, al mercado interno, en base al progreso de la
pequeña producción campesina, con democracia participativa».
¿Qué quiere decir «democracia participativa»?
Si le he entendido bien, «las municipalidades que consultan a las comunidades
de base». Paredes señala que «en la capacitación básica hay lo que llamamos la
pasantía». La pasantía acabó en mayo, cuando los campesinos aprenden a hacer un
diseño predial. ¿Y qué es un diseño predial? le pregunto. «Es un diseño que
tiene dos partes. Una primera parte es lo que los campesinos tienen ahora, y
una segunda parte, su ideal, a lo que podrían llegar, con las tecnologías
necesarias.»
«Por ejemplo, el riego por aspersión. Lo aplican
en huertos y pastos, con costo cero, de acuerdo a nuevas técnicas. Y cuando
esto está ya admitido, solo después obtienen ganado, ganado mejorado. De lo
contrario, ocurre lo que siempre ha ocurrido, que el ganado que se ha traído de
fuera se muere, solo el ganado criollo sobrevive.»
Luego Paredes se extiende en la semilla de papa
por lotes. En vez de plantar una papa para producir otra papa, coge una papa,
la desarrolla y después cuando tiene el tamaño de un lápiz, los brotes, los
cortan, en 12 ó 20 pedazos y estos los plantan; eso significa un ahorro de
papas dedicadas a la semilla, es una técnica ancestral que ha sido recuperada
hace poco.
En las labores de capacitación tiene un sistema
muy especial. Las hace un campesino que ha sido formado previamente, ese campesino
se llama yachachiq, es un capacitador.
Visita familias, las capacita primero en diseño predial, luego les enseña cursos
prácticos por distrito. Había comenzado con 26 y ya tiene 500 yachachiq.
Le pregunto qué es un yachachiq. «Es un campesino como los otros, pero dedicado a la
enseñanza. Un yachachiq es un
instructor, monitor, por cada 10 familias. Su ventaja es que está ahí cerca, en
el campo. Después se seleccionan unas pocas familias, lideradas por mujeres».
El yachachiq es el que capacita de
campesino a campesino y «estas familias influyen en los Club de Madres, en los
Comedores Populares Infantiles de 18 comunidades de un distrito». Capacitación
de campesino a campesino, «a esto lo llaman sistema de réplica, en Huancarani,
Huancabamba, en Ninamarca, en Piscohuata» y siguen así una gran cantidad de
puntos comunitarios, se produce la réplica. Es decir, «los campesinos ven el
éxito en los huertos de los otros campesinos y entonces piden, solicitan, la
misma capacitación, innovación». (Esta técnica, se ha aplicado en aldeas de la
India, solo convence a un campesino de modificar sus formas de trabajar cuando
ve la prueba y el éxito de otro campesino. El mundo rural es así. En cualquier
cultura o país. Es una relación muy particular, tanto con la naturaleza y su
relación con otros campesinos.)
Corre el reloj, pero Paredes continúa. «En
Huancarani, por ejemplo, acogen las nuevas tecnologías unas 65 familias; en
Chancabamba, 84 familias; en Ninamarca 10 familias; etc, y entonces ¿qué se
está produciendo? Se está produciendo un tipo nuevo de economía rural en la que
los campesinos pueden tener diversos ingresos y convertirse en agricultores
exitosos y en campesinos ricos. Y en el Perú, la aparición de un sector rural
completamente distinto. Obviamente, si esto se hubiese llevado a cabo y a
escala nacional, significa que el desarrollo agropecuario en base a este país
de pequeños propietarios que sobrepasan hoy los 2 millones, sería el eje de transformación
por tres razones:
– en primer lugar, seguridad alimentaria.
– en segundo lugar, ingresos, diversos tipos de
ingresos.
– y en tercer lugar, se fija a la población en
el sitio, con potenciamiento económico.»
Paredes: «Hay un continuo ciudad y campo. Los
jóvenes ya no están pensando en migrar a la ciudad sino en quedarse y hacer
estudios vinculados a esta evolución. ¿Qué estudios? Estudios sobre industria alimentaria,
tecnología, biotecnología.
El Plan Predial aporta —dice Paredes— un gran
cambio en la cultura del campesino andino, dominado por el temor al riesgo. Y
como despedida, pues se está haciendo tarde, me dice que las Municipalidades están
comprando yogur de grupos capacitados para el Vaso de Leche en ciudades. «En
Espinar, la provincia de Espinar, 1’000 litros diarios de leche pasteurizada
son así repartidos.» En fin, la idea es que se produzca una transformación
industrial vinculada al mundo agrícola. De Velasco al yogur, adiós amigo.
Mientras la moral tenga una razón de ser, habitará en ella la compasión.
—Horkheimer
Muchos
de mis coetáneos ven el 2021 no como un pasaje de un gobierno interino a uno
que vendrá directamente de las urnas. Lo
ven como un abismo. Un enigma. Y en algo tienen razón. Pero cuando hubo crisis
en 1931, en 1990, el Perú cambió y no para mal. Por el momento, lo que hay es
un abismo entre el país real y el país político. ¿Que de dónde saco esa
hipótesis? preguntará el lector. Pues sencillamente del resultado del Barómetro de las Américas.
Quién se
fía de las encuestadoras locales, ¡por favor! Acudo a una fuente que examina el
estado de «la cultura política de la democracia en el Perú» con un criterio más
serio y neutral, desde una institución internacional. Así, preguntan sobre la
preferencia del régimen de gobierno, por una democracia o un autoritarismo. La mayoría
de los encuestados, como en otros países, prefería la democracia, pero, por una
parte, la entienden como libertad (sin reclamos de derechos civiles o
culturales). Y cuando se les preguntaba por una definición de esa democracia,
se presenta un problema. No la pueden definir, sea porque son «residentes de la
sierra Sur», sea porque en general, «el menor nivel educativo disminuye la
probabilidad de definirla». (http://www.americasbarometer.org/, pp. 58-59)
Por lo
demás, me llamó la atención que el Perú tuviese el más alto índice de lo que
respondieron, «da lo mismo». Vaya respuesta. Revela un grado enorme de
desengaño. Y eso en el 2006. ¿Se imaginan en cuánto habrá aumentado ese
nihilismo colectivo después de los escándalos de Odebrecht, Lava Jato, el
gatillazo de Alejandro Toledo —«Barata, paga, carajo»—? ¿Y los cuatro ‘palos
verdes’ en los labios de la señora alcaldesa Susana Villarán y Lavalle, acaso
con algo de Al Capone? Entonces, el 2021, ¿el apocalipsis?
Lo que
está ocurriendo es muy complejo. Y no me fío solamente de mi instinto. Trato de
seguir y escuchar a otros. Así, de repente, Jorge Nieto en una entrevista de Perú.21. Y por otra parte, la entrevista
de Mijael Garrido Lecca en Canal N, a
Fernando Tuesta, que como todo el mundo sabe, es quien ha presidido la Comisión
para la Reforma Política.
Lo que
dijo Nieto, entre muchas otras cosas, es que ve un centro político vacío, y
advierte que hay dos avenidas extremistas, por el lado de la izquierda y de la
derecha (o derechas). También dijo que entiende a Vizcarra, «su bancada es la
opinión pública» (en ‘La Voz del 21’ de Joaquín Rey, sobre el 20 de junio
pasado, yo lo encontré más tarde en Youtube). En cuanto a la entrevista ante
Garrido, este le hizo una observación a Tuesta. A saber, sobre las primarias
abiertas obligatorias. En este mismo diario, El Montonero, su director Víctor Andrés Ponce ya había desarrollado
la idea de que eso no se usa en otras democracias. Pero a esa cuestión de
Garrido, el profesor Tuesta no tuvo una respuesta clara. Ese punto es el talón
de Aquiles de las reformas. Se abre la puerta a que una buena cantidad de
personas que no sean del partido X sino del YZ, participen en la primaria
de X, votando
por el peor candidato. Garrido le dijo a Tuesta que «pecaba de inocente». Parece
que Tuesta se olvida de que no estamos en Suiza sino en el país en donde la
pendejada es tan corriente que hay una tesis en San Marcos sobre ese tipo de
conducta e ideología.
Al
profesor Tuesta le recuerdo que un gran sociólogo francoperuano, Danilo
Martuccelli, en un libro que todo peruano debería conocer —Lima y sus arenas— dice: «el achorado, en su núcleo duro, testimonia
de una actitud de desafío específica que es de los de abajo». En ese sentido, en eso de «buscar salidas por sí mismo»,
Martuccelli «encuentra similitudes en la gestión de Fujimori» (p. 227). Pero el
achorado, es un «vencedor inescrupuloso». Concepto que está en mi libro de
1996, página 485, y que Martuccelli cita. Desde entonces, esa cultura popular
ha crecido. Y pensándolo bien, eso está en la polarización que domina la vida
política peruana. Y si esto es cierto,
entonces, se me ocurre calamo currente
dos constataciones, ambas lamentables. Polarización no es política. La política
se hace cuando derechas e izquierdas se enfrentan pero no se destruyen. Cuando
el otro existe. No es el caso. Y la segunda, que fujimoristas y
antifujimoristas se semejan, son partidarios del aplaste. Nieto lo llama «el encono».
Pero creo que es algo más vasto y tremendo. Son estrategias. Como habría dicho
un sabio, «hay una razón en su locura». Al fin de cuentas, muerto Alan García,
enjaulada Keiko, ¿quién es opositor? Entre tanto, las redes sociales, la posverdad, matan sin balas a
los que osan querer llegar al poder formal y legítimo. Los quioscos lucen las
primeras planas en los múltiples diarios que dicen lo mismo —eso, ni cuando
Velasco— y que son leídos pero no comprados, aunque cuesten 50 centavos. El
peruano de a pie mira, no lee y se va a sus asuntos. Ya sabe. Hoy, pues, con razón, casi no hay intelectuales. Se nos
han ido Julio Cotler, Gonzalo Portocarrero, Iván Degregori, Enrique Bernales,
Hugo Garavito, Javier Tantaleán, Javier Barreda.
Por mi parte, soy de los que observan, escuchan, y leen.
De Tuesta prefiero su libro, Perú, elecciones
2016, en el cual hay aportes diversos. Por ejemplo, el de Rafael Arias
Valverde, sobre «el elector limeño». Dice que en Lima metropolitana, en el
2016, los votos por PPK provinieron de zonas como San Isidro y Miraflores y
otros distritos «de alto nivel de Desarrollo Humano», los de Keiko —nos guste o
no— vinieron de Villa el Salvador, Los Olivos, San Juan de Lurigancho. ‘Contexto
y bienestar’, es un buen capítulo, cómo se involucra en las preferencias
electorales. Pero con un aspecto particular. El alto nivel no significa que el
votante sea conservador, es al revés. Cuanto más alto es el nivel de vida, «la
población es más proclive para apoyar los candidatos y propuestas que impacten
en el bienestar social» (p. 299). ¿Increíble? Son los partidos llamados
tradicionales los que son capaces de reformas, un escenario favorable a
derechos civiles y laborables. Otro aspecto: el electorado limeño «centra su
voto en los candidatos y no en los partidos».
Entonces, ¿vamos a repetir ‘la democracia delegativa’?
¿La de los noventa? Los rivales actuales del ‘Chino’, ¿lo repiten? El concepto
es de O’Donnell, y lo usaron Cotler, Carmen Rosa Balbi. Eso ocurre cuando una
sociedad está apurada para salir de la pobreza y a la vez, el nivel de ciudadanía
«es de baja intensidad», como dicen sibilinamente los expertos internacionales.
Nuestro pueblo disocia el progreso socioeconómico de lo político-institucional.
No cree que lo segundo impulse y permita lo primero. Ocurre que simple y
catastróficamente, no se acepta que la democracia no es sino un gobierno de
poliarquías, es decir, minorías diferentes en sus propósitos y métodos. ¿Qué se
produce entonces? Algo imposible de utilizar en cualquier otra sociedad que no
fuese la peruana. Lo que Carlos Franco llamó, «lo representativo-
particularista». Porque en el Perú se
confía en los individuos y no en las reglas (Acerca del modo de pensar la democracia en América Latina).
¿Un abismo el 2021? ¡Pero si eso ya ha ocurrido! «El colapso
del sistema fue en 1995 cuando ninguno de los partidos tradicionales alcanzó
más del 5%» (Tanaka). Lo más divertido y ambivalente es que muchos han olvidado
que votaron por Fujimori. Esos cambios revelan un cinismo colectivo. Por eso
invoco la memoria, en el intitulado.
En fin, ¿qué política se puede hacer en una sociedad
descuajeringada como la peruana, de vida mayoritariamente urbana y que repite
el modelo limeño en las grandes ciudades del interior? Eso ya nos lo dirán los
que iran a repetir, con toda probabilidad, el patrón de dominación de siempre.
Con nuevo libro bajo
el brazo Hugo Neira habla del feminismo, el velasquismo cincuentenario y la
cátedra de Alan García.
Por: Carlos Cabanillas |
Todos los martes, desde las 7:15 PM hasta las 10
PM, Hugo Neira desarrolla el curso de Ciencia Política en el Instituto de
Gobierno y Gestión Pública de la USMP. Es el curso que solía dictar el expresidente
Alan García hasta que uno de esos martes —el martes 16 de abril, hace ya más
dos meses— decidió despedirse de sus alumnos con un sencillo mensaje y una
última clase que parecía más de historia: desde Piérola y Prado hasta la Guerra
del Pacífico. Con su pizca de psicoanálisis o laico confesionario, claro. «Contó
que ‘va mucho al cementerio’», recuerda Neira. Y se dice que en uno de sus
últimos despachos sugirió «que sea Hugo Neira quien lo reemplace en el
Instituto si algo le pasaba»
«No tuvimos una revolución mexicana pero tuvimos
tres grandes cambios, tres terremotos», sentencia Neira. «La migración del
campo a la ciudad, la reforma agraria de Velasco y la reforma económica de
Fujimori». La conclusión es simple y aterradora: los grandes cambios sociales
peruanos se hicieron de arriba hacia abajo. Cambios impopulares y a la mala.
Reformas sin la estabilidad política y el consenso que —pensando ucrónicamente
—podrían haber implementado Haya de la Torre y Vargas Llosa, con sus respectivos
partidos políticos. «Los cambios los hicieron dos antipartidos, dos chinos:
Velasco y Fujimori. El militar y el autócrata.» Las dos caras de una misma
moneda autoritaria. Algo de eso aborda Neira en su último libro, que viene en
dos volúmenes, y que continúa su más reciente saga de historia comparada a ser
presentada el martes 2 de julio a las 6:30 PM en el CC Ccori Wasi: El
águila y el cóndor. México y Perú (Universidad Ricardo Palma, 2019).
Precedido por El mundo mesoamericano y el mundo andino (Universidad
Ricardo Palma, 2016). Dos epicentros de sus respectivos imperios. Dos países
muy parecidos y distintos. No tuvimos un Emiliano Zapata o un Pancho Villa o un
Benito Juárez. El APRA no siguió el camino del PRI (para bien y para mal).
Mucho menos un Monumento a la Revolución (y sí una estatua de Pizarro
sospechosamente parecida a la de Hernán Cortés).
–¿Por qué tirarnos contra los partidos a la hora de hacer cambios?
–Deberíamos ser capaces de hacer el cambio con democracia, con partidos y con
debate. Los regímenes autoritarios terminan haciendo cosas por el pueblo. Es
una locura.
–Además, fueron reformas con intereses subalternos, para impedir otros
cambios populares. Es la reforma agraria para evitar la cubanización. Es la
liberalización fujimorista para bloquear la libanización. –Todo lo reformista de Velasco, las cosas buenas,
era una forma de decir ‘hago esto, para que no venga lo otro’. Hay cosas que a
veces hay que hacerse a la fuerza. Hoy día hay dos millones de campesinos
propietarios, desde Puno a Cajamarca.
–Sinesio López mencionaba el ‘enroque’. Luego de bloquear por décadas la
Reforma Agraria del APRA, el partido se morigera y se corre a la derecha. Y los
militares se tiran a la izquierda. Distintas ubicaciones, mismo desencuentro. –El enemigo era la oligarquía y se la cargaron.
Nunca se les ocurrió que eso iba a pasar. Eso empieza en el CAEM, porque eran
militares cultos. Se habían montado su universidad. Cuando Carlos Delgado me
presentaba a los comandantes, resulta que todos me habían leído. Y también a
Béjar y los otros. Recuerdo que una vez Delgado preguntó «¿están en Rousseau,
no?» Y el militar explicó la dualidad, los dos brazos, la unidad entre el ejército
y el pueblo. Y yo le dije «qué bien, ¿y el profesor les contó que la soberanía
del pueblo son también las elecciones?». Y me dijo: «a esa partecita no hemos
llegado aún».
–¿Cuándo decidió dejarlo todo por venir a trabajar con Velasco?
–Yo estaba en Francia un 24 de junio como hoy, pero de 1969. Era profesor
contratado, todavía no había hecho mi doctorado francés. Habíamos perdido toda
la esperanza de que pudiera haber una revolución en América cuando murió el
‘Che’ Guevara. Tenía varios amigos que dijeron ‘se acabó, se acabó, tenemos que
estudiar, de repente nos quedamos en Europa’. Fue un choque tremendo, emotivo.
Y porque además, a partir de allí, la Unión Soviética, que no le había gustado
para nada el caso Guevara, había decidido que no quería otra Cuba, otro sobrino
a quien pagarle los estudios. Y de pronto el 24 de junio, en todos los
quioscos, ‘Reforma Agraria en el Perú’, y en todas las lenguas. Y yo cogí el
periódico y entré a una sala general de clases, pedí permiso al profesor y puse
el periódico así. Plaf. Se suspendió la clase. El profesor se bajó.
Cinco mil fundos intervenidos sin un solo muerto. Entonces dije ‘yo me
regreso’. Y el rector me dice «yo entiendo, le damos un año de plazo, tomaremos
a una persona que lo reemplace, pero yo no le creo mucho a esos militares que
han aparecido», me dijo. «Yo no creo en militares de izquierda. ¿Qué es eso?
Esos son leones herbívoros».
–Tuvo que hablar con el propio Velasco para convencerse.
–Yo ya estaba viendo las comunicaciones en Sinamos. Yo le dije: «presidente, ya
hablemos en serio». Y él me dijo, «¿qué pasa? Tienes un ligue, porque sabemos
todo de ti, muy mujeriego, mis camaradas te han seguido, sabemos adónde vas, al
cinco y medio». Y le pregunté, «¿esto hace usted con los ministros?» Me
respondió: «por supuesto, es lo primero que tengo que vigilar. ¿Acaso no he
dado un golpe de Estado? Y bueno, ¿qué quieres saber?». Disparé: «¿esto es al
muere?». Y fue contundente: «Sí, al muere. ¿Es un concepto taurino, no? Te has
quedado mucho tiempo en España.» Y le expliqué que es cuando uno se lanza y el
toro también, y uno mata al otro. Y nos dimos la mano y abrazamos. Luego llegué
a casa de mi madre, cuyos hermanos eran hacendados y los expropiaron y le dije:
«me quedo mamá, voy a quedarme en el cargo que me dan». Mi madre se echó a llorar.
Me dijo Hugo te van a matar. Toda nuestra familia ha sido
tocada. Te van a matar. Fueron siete años que vivimos con una pistola
en la mano.
–¿Cuál terremoto social vendrá?
–¿Qué falló? No fue la economía ni la política. Vivimos en democracia y en crecimiento.
Falló la sociedad. La educación se ha deteriorado. Jóvenes que no saben razonar
ni comprenden lo que leen. Ahora hay un lumpen manejado por posverdades. Y
votará por cualquiera el 2021.
–Cuando éramos más pobres leíamos más. Hay una clase media que no lee.
–No era aprista pero iba a escuchar a Haya de la Torre. Haya se echaba unos
rollos de tres horas de filosofía, de política, de historia. Haya hablaba de lo
que vio en Suecia, donde las políticas sociales eran compatibles con el
mercado. No era la Unión Soviética. Y el pueblo que lo escuchaba era un pueblo
pobre. Mucho más que el de hoy. Pero culto. El artesano que te arreglaba el
zapato era culto. Ha sido un golpe la clase blanca. Han vuelto a fabricar un
grupo separado. Antes estaban en los Andes, ahora están en Lima. ¿Cuáles son
los buenos puestos? Los puestos formales: el 20 %. Si los cholos se
educan, nos van a quitar el puesto. Que se queden allí, en sus escuelitas.
Esa es la gran trampa. Han recreado un nuevo siervo que ya no será el jardinero,
pero si el que sabe solo cosas técnicas. Esas cosas técnicas, con la velocidad
a la que va la tecnología, en una la reemplaza una aplicación dentro de cuatro
años y se quedan en el aire.
–Qué raro
que no fue maoísta. Un intelectual afrancesado cerca del poder.
–Por muy poco. Por el campo. Lo que pasa que teníamos conciencia por nuestra
cultura. Éramos herederos de los grandes historiadores: Riva Agüero, Basadre y
Porras, que fue nuestro maestro, el de Vargas Llosa, el de Macera y el de
Araníbar.
–Usted
presenció las marchas del orgullo gay en Francia.
–Las marchas son una moda acá, una tendencia.
–Vio el
estructuralismo francés que parió todo el actual debate de género. «No se nace
mujer, se llega a serlo», dijo Simone de Beauvoir.
–La construcción del varón y la mujer es tan variada como las dos mil culturas
que hay en el mundo. Para la antropología el ser humano se va formando en el
tiempo. Un japonés es distinto que un polaco y un arequipeño. Ahí son las
costumbres, la sociedad, la religión. Pero estamos exagerando la importancia de
la sociedad.
–La política
peruana ahora discute biología. Con mis hijos no te metas…
–Es un debate muy simplón. Hoy estamos en la genética. Los genes definen todo.
–¿Y las
cuotas? Género, raza.
–El mestizaje en el Perú es impresionante. Nuestro racismo es muy de boca, para
mentar la madre sobre todo. Es la hipocresía.
–Racismo de
la cintura para arriba.
–Volviendo al género, las mujeres son las que sacan adelante la familia, las
empresas. Hace rato que la mujer manda en la casa. Padres ausentes: Vargas
Llosa, Mariátegui, Arguedas. Sus madres los formaron. Y a Basadre le dio la
educación alemana.
–El voto a
la mujer lo da Odría. Y el ministerio de la Mujer lo da Fujimori. ¿Hay una
derecha feminista? –Eso fue estratégico. Odría creía que eran conservadoras. Quizás
lo fueron, pero el voto fue más o menos igual que el de los hombres. Siempre he
tenido admiración por las mujeres.
«Es mujerólogo», interrumpe Claire Viricel. Mientras su esposo trae libros de
la alumna Lou Andreas-Salomé, Anaïs Nin y Flora Tristán. «Me gustan más que
Simone de Beauvoir», aclara. Y se pierde en su biblioteca con su pareja.
Publicado en Caretas n° 2596, jueves 27 de junio de 2019
En el Perú ha habido dos
intromisiones. La llegada de San Martín y Bolívar, y la de un militar piurano
de origen popular, Juan Velasco Alvarado. Ni uno ni otro estaban solos. Tras
San Martín, la flota que los chilenos dotan a esa expedición bélica, amén de
los ingleses del marino Cochrane y los guerreros extranjeros como Miller y
Sucre. ¿Independencia del Perú o la
inevitable batalla final contra los españoles? Es de temer lo que hubiese sido
un referéndum. Acaso muchos peruanos, en particular los criollos (los indios no
existían como ciudadanos), hubiesen votado por una salida negociada, o algo por
el estilo. Los entrometidos, esos libertadores, después de su victoria se
fueron a los pocos años.
Pero en el siglo XX, se
repite otra amarga sorpresa. Una independencia esta vez para indios y cholos.
Un militar altera de pies a cabeza el orden señorial y patrimonial. Hasta
nuestros días, tal atrevimiento no se le perdona. Castoriadis decía que las
sociedades tienen sus reglas ocultas. Y que el trabajo de los que piensan es,
justamente, ventilarlas. Me parece que la convicción más profunda de mis
paisanos es progresar, pero sin cambiar en lo más mínimo las jerarquías
sociales por mucho que estas sean arcaicas e injustas.
¡Qué abuso de poder! Ya no
hay casi indios. La herejía imperdonable de Velasco consiste en liberar a los
peones de hacienda, no por azar llamados colonos, del dominio sino esclavista,
al menos servil. ¿Reforma agraria? No, señor. He escuchado lo esencial de boca
de gamonales. «Tierras sin indios, no valen nada». No han entendido, 50 años
más tarde: lo que contaba era la fuerza de trabajo de los indígenas sin tierra
y que trocaban sus días y semanas de
trabajo por un lote prestado. Doble trabajo, la miseria perpetua. ¿Y por qué
había que cambiar ese orden social? ¿Quién lo eligió? Estaba previsto que nadie
que pretendiera tal error no llegase jamás a Palacio. Pero eso se rompe con un
entrometido. Un tal Velasco.
En la historia, la nuestra,
la de la América Latina, y en general en la historia de los pueblos y naciones,
el campo de lo imprevisible es inmenso. ¿Quién habría previsto algo como la
revolución francesa en 1789? Ni los más audaces ilustrados, ni Voltaire ni el
mismo Rousseau. Explico a mis alumnos que en El contrato social, hay muchas ideas pero no la de justas electorales.
El filósofo llama ‘república’ tanto una monarquía como a gobiernos posibles sin
reyes, pero en ambos casos, con leyes e igualdad de ciudadanos. No previó que a
un Luis XVI, que intentó fugarse y sumarse a la nobleza que ya se había
instalado en el extranjero, lo capturaran, lo trataran de Capeto, lo
enjuiciaran y lo guillotinaran. Las sociedades van más lejos que sus filósofos.
En cuanto a 1917, Lenin y Trotski regresan del exilio cuando el zar ya había
abdicado. En México, ¿quién iba a pensar que dos desconocidos, dos hombres del
pueblo, el ladrón de caballos Pancho Villa y el capataz Emiliano Zapata, iban a
encabezar una revolución gigantesca desde el pueblo mexicano que duraría varios
decenios? ¿Y modestamente, para el Perú, que tras un siglo de golpes de Estado
y militarotes —Sánchez Cerro, Benavides, Odría— los militares no solo dejaran
de proteger a la casta dominante sino que emprendieran una desfeudalización que
hasta ahora deja boquiabiertos a mis paisanos?
Pero los sabios son siempre
sabios. Dejo estas líneas, me hago un café muy cargado, y me voy al cuarto de
al lado, donde está Jorge Basadre. Mejor dicho, son libros. El ángel de la
muerte no vence del todo mientras haya la palabra escrita. No un PowerPoint, eso es cosa para empresarios
y falsos profesores que creen que las ideas se ven, no es así. Los conceptos
son semánticos. Son escritura, la cual tiene que explicarse. El concepto de
legitimidad, por ejemplo, es variado. En fin, Basadre nos proporciona «el azar
en la historia». Lo busqué en librerías porque me interesa al ocuparse del
retardo de la independencia peruana. Se pregunta si la revolución del Cusco en
1814 —mucho antes que apareciera en Paracas el general San Martín— si era un
levantamiento contra Lima y no contra España. Un historiador es talentoso
cuando duda. Basadre duda, le llama a ese episodio peruano, «la independencia,
luces y sombras». ¿Hubo un silencio popular —se pregunta— durante la
Emancipación?
A lo que voy. Amo los
viajes, el trabajo en el terreno de los hechos, para hablar de la Independencia
en algún momento me fui al lugar donde se libró la batalla de Ayacucho, pero
también soy un ratón de biblioteca. En uno de esos escarceos, en tiendas de
libros viejos, me tropiezo con un texto de César Guadalupe, «Ciudad y política
en el valle sagrado de los incas», está en Allpanchis,
n°38, segundo semestre de 1991. Investiga las características del Estado en la
región, la «institucionalidad moderna» (son sus palabras, las instituciones del
Banco Agrario, la Supervisión de Educación, Poder Judicial, Urubamba, Yucay.
Provincias con mayoría de población campesina y comunera, centralidad de la
agricultura (62% de la PEA). Como producción, «papas y sus derivados, chuño,
moraya, cebada destinada a la cervecería, charqui, habas, y otros tubérculos,
crianza de camélidos». Y luego dice: «la Reforma agraria constituyó en la
provincia siete cooperativas agrarias y un grupo campesino, asociada en una
central de cooperativas del valle sagrado».
¡Caray! ¿Y no quedamos en
que ‘el fracaso de Velasco’? Por si acaso, no conocimos a César Benavides en el
Sinamos. Dudo que simpatizara con el velasquismo. Su informe de esa visita es
de 1991. O sea, a dos decenios después de la maldita y fallada reforma agraria.
Pero ¿qué tiene que ver el ‘fracaso’, con ese dinamismo que describe, en plan
de observador? Nos habla en la revista Allpanchis,
de «estructuras de pequeña y mediana propiedad,cooperativas, de industria
manufacturera, pequeños talleres artesanales, molinos, aserraderos, y
especialmente en la ciudad de Urubamba, de hornos de pan. En Maras, el recurso
de la sal». El ‘fracaso’ resulta un mundo de hostales, de servicios del Estado
post Velasco, tales como la «articulación vial, la carretera asfaltada que une
capitales de provincia (cinco o siete), y desplazamientos de personas y
mercancías y servicio regular de buses. Además,
tres mercados semanales, demanda de mano de obra estable, y propietarios
campesinos en las zonas altas». Entonces, o bien hubo en esa visita, la
sensación de un dinamismo comercial y local. O bien, debería ser un desierto y
un pozo de inercia rural. Lo que describe no es lógico. ‘Fracaso’, ¿cuando
describe, textualmente, «una enorme cantidad de gente que hace cola para
tramitar préstamos (maquinaria y equipos) y ferias agropecuarias y
comercialización del valle»?
Por cierto, no soy tan
idiota que atribuya a la reforma agraria de Velasco toda esa vorágine. Pero sí
sería una barbaridad no reconocer que poco o nada de lo que describe Benavides
corresponda a lo que él llama, en el mismo texto, «el gamonalismo y el patrimonialismo».
Él mismo dice que «han desaparecido con las haciendas». Lo digo porque otros observadores,
como Daniel Cotlear, en 1988, habían notado una «economía moderna en las regiones
tradicionales de la sierra». Igual, en Allpanchis.
O sea, el ‘fracaso’ de Velasco.
Lo que no cambió fueron los
hábitos seculares, entre legales e ilegales. Ya no había el gamonal pero sí «las
ayudas informales, la vara, la corrupción, las relaciones personales de
dependencia, los favores» (Benavides). El manejo partidario-clientelista.
Tiempo de Alberto Fujimori. Lo personalizado reemplazando al antiguo
patrimonialista. Y siempre, los allegados: familiares, ahijados, compadres. La
conclusión: «las formas tradicionales de comportamiento seguían vigentes».
Fue otro tiempo rural. Otra
sociedad. Lo vio Flores Galindo, la ambigüedad. Cómo forasteros y migrantes
andinos, buena parte de los que dejaron el agro —pese a tener propiedades—
hicieron, ante los enfrentamientos culturales, amalgamas. Más tarde, en Lima,
la cultura chicha. El achorado. No todo fue el velascato. Orlando Plaza señala
en 1979, que las comunidades (no los peones o colonos de las exhaciendas) eran
una forma de organización económica y social inmutable. Desde entonces han
crecido, hoy son 7000. De la naturaleza doble de la comunidad campesina,
atrapada en lo mercantil y lo no mercantil, podemos seguir discutiendo. Pero
siguen codeterminando la organización social andina (Jürgen Golte).
En el campo de las ideas,
vino una época de enorme fecundidad. La utopía andina de Manuel Burga y Alberto
Flores Galindo. El nacionalismo andino de Carlos Franco. El desafío de los
pueblos andinos de Luis Millones. Se comenzó a hablar de «las lógicas del
campesinado». Había aparecido una nueva racionalidad india. No dependían del
favor del gamonal sino del dinero. Raúl Hopkins examina, en 1990, a jefes familiares
y grupos de campesinos. «Tienen mucha preocupación por la falta de dinero en el
hogar». Trabajan la tierra que les pertenece, pero completan sus ingresos
saliendo a trabajar a otros lugares.
En estudios míos, en el
departamento de Cusco, en el pueblo de Huarocondo, encuentro algo parecido,
campesinos que tienen días de trabajo pero con otros oficios. Se nota las migraciones
cortas y cercanas, como formas de ingreso al mercado. Después de Velasco y su
reforma agraria, se pudo reflexionar sobre el postgamonalismo. Un ejemplo muy
claro de ese sesgo —imposible antes de 1969— es la cuestión de la modernidad en
los Andes, tema del muy recordado Henrique Urbano; ya no solo los reflejos
atávicos que venían desde los días de Mariátegui, sino de ese mundo campesino
que ya no estaba en la situación de marginalidad que el sistema de haciendas
cerradas al salario y la moneda, volvió dominantes desde el último virrey hasta
1969.
Hablemos en serio. Velasco
es algo que rompe el biodualismo blanco criollo e indios, determinante en la
vida peruana desde la muerte de Atahualpa hasta finales del siglo XX. Un
entrometido. Adiós al servilismo no solo rural sino urbano y para trabajos
hogareños que les parecía a muchos peruanos algo natural. Lo indio antes de
Velasco, era una capa social, pero algo más. Una casta destinada a la
servidumbre. En un libro sincero y terrible, Urin Parcco y Hanan Parcco. Memorias
sobre el tiempo de la hacienda y la reforma agraria (PUCP, 2017), aparecen
personajes reales. Investigación de una mujer, Mercedes Crisóstomo Meza,
licenciada por la Universidad Nacional del Centro y por la Católica de Lima, es
la que ha hecho la pregunta clave: ¿cómo era la vida en estos tiempos de la
hacienda?
– «Nos hacían sufrir mucho. Esos patrones nos pegaban. Nos hacían pastear ovejas. Si pasaba algo a sus ovejas, nuestras ovejas se separaban y llorábamos por nuestras ovejas. ‘¡Ay mi ovejita!’, diciendo. Si se comía el zorro, también nos pegaban esos Patiños [los propietarios]
… ‘¡Carajo, mierda, a mi toro le has matado por no cuidar
bien!’, diciendo le ha pegado a mi papá. Con la cachetada le había sacado
sangre de la nariz y yo lloraba dando vueltas de un lado a otro. En las chacras
también nos hacían sufrir».
¿Qué cambió con la reforma
agraria?
– «Ahí, pues, lo han
desaparecido al patrón.» (pp. 96-97, Isabel Buendía Lázaro, 67 años)
Otro testimonios.
– «Las mujeres cuidábamos a
las niñas [hijas del patrón]. La patrona era Rosa Ortiz. A ella teníamos que
servir. Teníamos que tender la cama, lavar las ropas, teníamos que cuidar a las
niñas cargando. Eso hacíamos. (…) Con la reforma ya no sufríamos como antes. Antes,
todo el día trabajaban para el patrón. Y si no trabajaban, el patrón les pegaba.» (idem, p. 73, Emilia Nahuincopa
Soto, 74 años).
– «No nos pagaba nada.
Cuando pastábamos animales, a veces se moría y eso de todas maneras teníamos
que reponer de nuestra parte. Una vez tenía que reponer cinco ovejas. (…)
Entonces, tejiendo medias, braceras he comprado cinco ovejas para reponer. Así
hemos sufrido.» (p. 62, Alejandra Quispe Belito, 77 años)
Entonces, ¿el «fracaso de
Velasco»? Ya no les pegan.