Hugo Neira traza un esquema comparativo del pensamiento de cuatro culturas importantes, dos americanas y dos orientales, una de ellas China.
Por: Richard Chuhue
-¿Por qué un enfoque comparativo de las culturas?
Este libro
es un tanto distinto a los que la academia en América Latina tiene como
temática. Esto más bien viene de mi formación europea porque hay más libros en
inglés, en francés sobre temas comparativos entre civilizaciones. ¿Por qué
razón? Porque Estados Unidos, Europa y ahora también China son parte de la
esfera de poder económico, entre las potencias más avanzadas, y naturalmente son
parte de la mundialización. Hay unas modificaciones de los intereses de los
antropólogos, los historiadores, los etnólogos, los economistas, entonces
comienzan a aparecer los primeros pasos para lo que es una historia mundial.
-¿Cómo nace la idea del libro?
Yo estaba en
un mundo universitario donde había un interés permanente por la investigación,
y es mi lado europeo el que me inspiró. Sin embargo, comencé con una idea bien
peruana dentro del esquema comparativo. Comencé con los Incas. Tuve también
interés en escribir sobre Mesoamérica. He escrito dos libros sobre ellos
posteriormente. Por otra parte, tenía un interés muy particular por la
filosofía. Es decir, tenía la necesidad de escribir más allá de los campos que
manejo, que son la historia, las ciencias sociales, la ciencia política. Quería
una visión global, que es lo que da la filosofía. Es lo que más he leído en los
últimos años, pues me parece que el pensamiento filosófico es capaz de tener una
visión más completa y global del hombre y de la sociedad.
-¿Cuál es la importancia de su libro y por qué China?
Me di cuenta
de que había un intenso debate filosófico: los europeos insisten que suya es la
filosofía y no la que tienen las «culturas periféricas», esas mismas que no han
tenido ruptura, como la India con los Vedas,
que tiene 4000 años de antigüedad, o la cultura China, que jamás ha sido
dominada. No hay un Pizarro en China, no han perdido su lengua. Es una
civilización que ha continuado su historia sin ruptura cultural. A lo más, en
el peor momento, dejaron una economía de enclave en la costa, pero nunca
dejaron de ser ellos los que mandaban hasta el año 1910 en que comenzó la
República. Entonces quise rebatir esa visión autocentrista del mundo occidental
y me lancé a comparar las civilizaciones China e Hindú, recurriendo a los
investigadores que las habían investigado sólidamente en París, y puse al mismo
nivel el pensamiento filosófico Inca, a la vez que el Azteca. Puse en las ligas
mayores al pensamiento quechua, al lado de las grandes civilizaciones. Este
libro no es para el Perú, no lo pueden entender, tal vez lo harán cuando yo me
haya muerto, cuando la mundialización
haya
avanzado y se den cuenta de que en algún momento determinado se pensó
filosóficamente en el Perú. Y ello es pensar en un concepto global del ser
humano y de la vida. Eso lo tuvieron también los Incas.
-¿Ha
visitado China?
Me invitaron
en la época de Velasco, siendo yo director de un periódico, y fui junto con
Raúl Vargas. Llegué cuando Mao Tse Tung acababa de fallecer y estaba en el
gobierno su viuda, Jiang Qing, todo un personaje. Nos quedamos prendados de
China. Ya Raúl y yo queríamos regresar a nuestros periódicos, él era
subdirector y yo director, pero también nosotros queríamos volver para estudiar
chino y ello se frustró. Regresamos al Perú, hubo cambios políticos en China y
el embajador que nos había prometido una beca para que estudiáramos en China
nos escribió una carta diciéndonos que no podía hacer nada porque estaba en un
campo de trabajo. Era uno de los burgueses chinos que había sido castigado
luego de la Revolución Cultural. Y luego me llegaron las propuestas europeas y
seguí pues, pero nunca dejé de observar a la India y a China como sociedades de
una autonomía intelectual extraordinaria.
-¿Por qué
quería estudiar en China?
Por su
racionalidad milenaria. He pasado mucho tiempo después quemándome las pestañas en
leer todo lo que fuera necesario de esa cultura a partir de los especialistas y
la gente seria. No buscaba la religión, quería encontrar y entender la
filosofía y racionalidad china. En mi libro ¿Qué
es política…?, que editó la Universidad San Martín de Porres, también los
menciono de manera importante. Se dice que la política nace en Grecia, ya que
ellos descubren, cuatro siglos antes de Jesucristo y como resultado de una
herencia constante, la filosofía y la política como conocimiento. Entonces
tendría que comenzar por ellos, pero no, comienzo por China. El primer estado,
en el año 221 a.C., consigue crear un sistema político que evita lo que llaman
los chinos en su historia: la continuidad de «el periodo de los reinos
combatientes». Entonces se reúnen y manejan las tierras y las aguas de los ríos
y progresan. China siempre fue el lugar más poblado del mundo. Cuando había 260
millones de seres humanos en el paleolítico, ya había 150 millones en China. ¿Por
qué? Pues solo hay dos sitios en el planeta que tienen esa ventaja extraordinaria:
los Estados Unidos, en la planicie del Oeste, y China, que también tiene altas posibilidades
agrícolas y ríos. Tiene
tierra, agua
y población. ¿Cómo organizas eso? Con una estructura del Estado, y por ello
inventan algo extraordinario: el funcionario público, el mandarín. Este podía ser
cualquier joven cuyos padres, agrícolas, lo habían educado suficientemente como
para competir. Entonces también inventan al funcionario de carrera de por vida.
Y Europa muchos años después toma el ejemplo del primer Estado en el mundo:
China.
-¿Y cómo
acaba el libro?
Con un
capítulo llamado «Del Gran Timonel a nuestros días». Entonces China está en
este libro al comienzo y al final, pues fue el primer Estado que manejó gente muy
diversa y heterogénea, y hoy en día es una potencia que se acerca en riqueza
global a Estados Unidos. Como se puede ver ese interés por esta civilización me
ha durado.
-¿Qué es lo
que más lo impresionade China?
Hay cosas
que me impresionan mucho: la racionalidad china. Tienen algo parecido a los
griegos, a pesar de que no tienen pasajes de una cultura a otra, es
independiente. Los chinos parten de un concepto, desde Confucio y Buda: No hay
por qué preocuparse por el mundo es increado, nació consigo y existió consigo
siempre. Resultado: no hay iglesia; hay escuelas de formación. No hay dogmas; se
piensa, se razona. Y el tema de los dioses no lo tocan. Los dioses existen.
¿Qué simbolizan? Para los griegos y los chinos son las fuerzas que no
conocemos. Pero no hay una teología. El hombre muere. ¿Qué es la muerte? ¿Qué
es el más allá? No sabemos, debe haber potencias, creen en lo divino, pero no
hay creación del cosmos por un dios único. Por lo tanto, no hay papado, no hay
inquisición, por lo tanto, razonan. Debido a esa racionalidad, en la actualidad
han sacado ventaja a otras naciones contemporáneas. ¿Qué nos falta para
igualarlos? ¿El desarrollo científico debe ser una política de Estado? Por
supuesto, pues se evitan problemas. Para qué vas a estar haciendo tonterías si
tienes una profesión que te da seguridad. Esa es la solución para evitar la corrupción:
la tecnociencia. Y es cuestión de mandar a estudiar a alguien tres añitos fuera
y traerlo y agarrarlo de la oreja si no viene.
Eso hicieron
los japoneses, mandaron a miles de personas al exterior. Y China también. La
última vez que fui a la otra universidad que quiero mucho aparte de San Marcos,
cuando he ido al Instituto de Ciencias Políticas de París, veo que han hecho
una ampliación y ¿qué he encontrado? 200, 300 estudiantes chinos e hindúes,
enviados a Francia a estudiar, pagados y becados. ¿Qué es eso? Van a estudiar a
Inglaterra, Alemania, Francia, eso es capital humano que luego regresa, eso es
lo que necesitamos. China hoy en día hace sus armas, sus viajes al espacio e
India no necesita ya los científicos foráneos porque la ciencia es universal, un
logaritmo es planetario, no pertenece a una sola civilización. Ese salto a la
tecnología es el que nos falta. La visión de tener matemáticos, físicos, químicos,
científicos de ciencias duras en el Perú. Tenemos que dar el salto científico y
lamentablemente todavía somos un país al que no le interesa la ciencia, sino
solamente algunas aplicaciones de la tecnología, que no es sino la aplicación
de la ciencia.
Publicado en
la revista Integración n°52 de junio de 2019, pp. 44-47
A veces ocurre que el azar determina
tareas inesperadas. Como se cumplen 50 años de la irrupción del velasquismo, me
llueven lugares y públicos que quieren saber lo que entonces había ocurrido. Béjar
y yo, testigos de vista. Hace unos días, estuve en Cajamarca porque un grupo de
estudiantes quería que les explicara por qué hubo la Reforma Agraria en 1969.
Hace poco, estuve en Arequipa. La Universidad Católica de esa ciudad me había
pedido un análisis y lectura de la obra de Juan Guillermo Carpio Muñoz, Texao. Arequipa y Mostajo. Son 14 tomos
dedicados a la historia política y la cultura popular de los arequipeños. Y no
faltó una invitación, siempre ante jóvenes, sobre el misterio del velasquismo.
Para mí, no lo es tanto. Pero los
aniversarios, los eventos, o el simple recuerdo histórico, encienden la hoguera
de las vanidades. A los que estaban presentes, por fortuna o desgracia, les
cuesta trabajo tomar distancia. Los que no pudieron (por la edad, por ser muy
jóvenes) o los muy viejos, por estar cargados de a prioris y consignas. Al punto de llegar a cargarle todos los
defectos posteriores, incluyendo a Sendero Luminoso. En este caso, sin
reflexionar un solo segundo que las rondas campesinas que se enfrentaron, al
lado del ejército, al terrorismo senderista, eran campesinos con tierras y
bienes que defender. Pierdo el tiempo pero lo repito: si no hubiese habido el
voluntarismo de Velasco con el tema del indio pordiosero, a Sendero le habría
ido mejor.
Pero existe la obligación moral de
explicar por qué tras el remezón de 1969 del denominado velasquismo, proviene
una sociedad abierta y paradójicamente trazada por ese mismo poder militar.
Lo han vuelto enigma. Entenderlo es
posible. No se trata de capacidad intelectual, tampoco si es uno liberal o marxista.
Se trata de tomar distancia. Y admitir que esa
temática es un vasto campo de causas y procesos. Por eso mismo, la distancia
de los hechos históricos es lo que abre espacio a lo que se llama lucidez. En
mi terca vida de eterno estudiante, confieso que encontré una explicación de
orden axiológico, en el fenomenólogo Alfred Schutz, en 1944, después de Max
Weber y Max Scheler. Para entender dos élites, la militar y aquella que emerge
con las tomas de tierra. El tema en Europa era por qué los judíos superaban en
la comprensión de los fenómenos sociales a otros pensadores. Ahora bien el
examen puntual de Schutz indica que también algunos no necesitaban ser judíos
para tener una mirada clara y racional. No es, pues, un asunto que tenga que
ver con la genética ni con la religión. «Los individuos lucidos son aquellos
que no comparten los supuestos básicos del grupo social al que se incorporan»
(Schutz). Desde su situación, es capaz de cuestionar todo lo que le parece
incuestionable. ¿Y quién es ese sujeto? Por lo general, el extranjero. Se
entiende, entonces, por qué algunos de los más exigentes de nuestra inteligencia
—Porras, Macera, Estuardo Nuñez— se interesaron en los viajeros. Y en efecto,
nos vieron mejor que nosotros mismos. Comenzando por Humboldt. En cuanto a los
viajeros, es evidente que Flora Tristán vino después de Antonio de Ulloa y
Jorge Juan, que revelaron los horrores de los curas coloniales y los
corregidores, eso que despierta a Condorcanqui y su rebelión. La lista es larga,
de Squier a Hiram Bingham; a franceses, de Sartiges o Radiguet. Nos
describieron admirablemente.
Estoy diciendo que a veces es conveniente
tomar un poco de distancia, incluso físicamente, del terruño y de la manada. ¿Estar
conectado? ¡Es lo contrario! Si esto es cierto, Sartre se equivoca con el engagement. Las ventajas del outsider.
Parte de algo, pero no del todo. El que practica la crítica de la crítica
(Marx). Se puede seguir corrientes sin renunciar a la posibilidad de la
heterodoxia. En fin, lo dice el español Ortega y Gasset. «Señores, yo soy nada menos que el
extranjero, y me beneficio de sus melancólicos privilegios» («Meditación del
pueblo joven», Madrid, Revista de
Occidente, 1966, pp. 71-73). En suma,
Kant llamaba a la inteligencia a ser libre, sapere
aude, o sea, piensa por tu cuenta. «Atrévete a usar tu propio
entendimiento». A esto se le llama el Aufklärung.
Las Luces, la Ilustración. «Salir del yugo de una minoría despótica.» De esos
que dicen «el fracaso de Velasco».
Ante la reforma agraria y el gobierno revolucionario militar, confieso que me pasaron dos cosas. La primera, el azar, la fortuna de haber sido enviado en calidad de «corresponsal de guerra», al Cusco. En el diario Expreso de los años sesenta, hubo un director fuera de lo común, José Antonio Encinas. Era un diplomático, lo llamaron. Venía de Harvard. En 1961, recluta jóvenes escritores como Abelardo Oquendo, Luis Loayza y Raúl Vargas, como editorialistas. Y también al autor de esta nota. En 1964 me envía como corresponsal en el sur cuando estallan las invasiones de tierras. Me lo impuso porque había sido alumno de Arguedas y de Matos Mar. Algo extraño pasaba en el sur andino. Algo que no era ni guerrillas ni los terribles levantamientos indígenas, por lo general sangrientos. Como había ocurrido, en el pasado, en Huancané, en Puno. Ahora bien, mis crónicas, recogidas en Cuzco: tierra y muerte, reciben en 1965 el Premio Nacional de Fomento a la Cultura. ¿Qué contenían? Una realidad que estaba más allá de los supuestos básicos sobre rebeliones. El outsider dador de inteligibilidad.
Encontré una capa nueva de campesinos
capaces de autorganizarse. Y pensar por su cuenta. Sumire, Cornejo, Huillca,
evitaban el enfrentamiento directo con la policía y las Fuerzas Armadas,
mientras invadían tierras de hacienda, cuya propiedad habían perdido. No se
dice, pero el XIX fue el peor siglo para los indios del Perú. Dejaron de tener
nobles y curacas. Todos iguales y miserables. En realidad, la hacienda peruana
en manos de los terratenientes no era sino la continuación de la encomienda
colonial. Eso lo explica bien Bonilla y Karen Spalding, pero es inútil citar en
qué libro, en un país en donde no se lee. Se llega a la realidad por el
pensamiento mágico. El peruano de a pie, ya sabe. No necesita ni libros ni
diarios, incluso, los digitales.
Lo que
pasó en los sesenta, guste o no, fue un paso a la modernidad. Por una vez en
nuestra historia fue un acto intrínseco, profundo, particular. No fue la
independencia de los criollos que fueron liberados con ayuda externa. ¿Es por
eso acaso que a las élites de izquierda les duele esa liberación endógena, sin
líderes sino ellos mismos?
En fin, estoy diciendo que la idea de una
reforma venía de lejos, pero se vuelve tarea del Estado desde las tomas de
tierras por los 1800 sindicatos cusqueños —a la cabeza, Saturnino Huillca—, que
remueven el mundo campesino. Todo había comenzado en el valle de la Convención
(donde aparece Hugo Blanco, que se hace un arrendire, o sea, un indio más) y
hay un golpe maestro. La huelga de trabajo. Los arrendires se niegan a trabajar
para sus patrones arrendatarios. Se desploma el sistema. Para proseguir, tenían
que pagar salarios¡! Y cuando Blanco va a dar a la cárcel, en Arequipa, el
ejemplo de huelgas y «recuperaciones de tierras» se traslada a las grandes
cuencas andinas. Cierto, el movimiento es detenido tras la captura de
centenares de dirigentes campesinos. Pero los militares comenzaron a evaluar
ese gigantesco y espontáneo movimiento rural. Eran los tiempos de la Guerra Fría,
la URSS en pleno auge y la Cuba de Fidel. ¿Iban a ser ellos, la Fuerza Armada,
los que tendrían que salir a reprimir a las masas rurales? Y entonces vieron a
la oligarquía como el obstáculo al progreso social.
El segundo factor fue, pues, un cambio de
mentalidad en las filas de los militares. Se toca poco este punto, el
nacimiento del CAEM. Fundado en 1950, cuando Odría, era solo para el Alto Mando
del Ejército, pero luego se extiende a la Aviación y la Marina. Era más que una
Escuela Militar. Desde que fuera su Director el general José del Carmen Marín, tuvo
un propósito que englobaba temas de Defensa y a la vez la más amplia formación
en temas de desarrollo, economía y problemas sociales. En ella se forman —con
los mejores profesores— los generales Jorge Fernández Maldonado, Leonidas Rodríguez,
Rafael Hoyos Rubio, y por cierto, Juan Velasco Alvarado. Se entiende entonces,
que tras el frustrante interregno belaundista (fracasa una vez más, un proyecto
de reforma agraria) son las Fuerzas Armadas las que deciden «el camino
revolucionario» (Hernando Aguirre Gamio).
En consecuencia, no fue el capricho de un
dictador, es decir, Velasco, una reducción muy actual. No, es algo más claro y
menos barroco que las flojas explicaciones al uso. Se reúnen dos modificaciones
de mentalidad y estrategias. Una desde abajo,
de los campesinos sureños. Y otra por arriba,
un estamento social capaz de emprender un gobierno diferente, diríamos, de
sustitución. (Lo digo sin proponer algún golpe de Estado). Otras son nuestras
exigencias, otro siglo, otro capitalismo. Otra sociedad. Pero mi hipótesis, la
coincidencia de la evolución de los indígenas cusqueños y de los militares
entonces nacionalistas. Intereses distintos, pero el mismo rival. Los rentistas
precapitalistas y feudatarios. Los militares pensaban en la nación. Los
campesinos, en la tierra. No es la primera vez que en la historia de los
pueblos ambas expectativas se combinan.
Hoy me pregunto, para nosotros, ¿cuáles
son las modificaciones actuales en las capas tectónicas de la nación? ¿Estarán
cambiando y no nos damos cuenta?
Amable,
lector, en las semanas anteriores me he ocupado de que el lector conozca algo
de mi último libro, El águila y el cóndor,
es decir el segundo tomo de estudio comparativo sobre la historia social de
México y Perú, libro que edita la universidad Ricardo Palma. Es algo que
agradezco, puesto que los trabajos comparativos entre países o naciones, es
necesario, pero son, como el lector puede imaginar, doblemente complejos y de
difícil arquitectura. No obstante, ese trabajo es un hecho, pronto se le presentará.
Por lo demás, la Ricardo Palma tiene una librería comercial en la avenida
Arequipa, a mano derecha si se viene de Lima centro, a un paso del óvalo de
Miraflores.
En la semana anterior, argumentaba sobre nuestro caso, una sociedad que se modifica desde lo que llamo las ‘placas tectónicas’, es decir, fenómenos sociales tan importantes como la migración masiva de poblaciones andinas y rurales a las ciudades menores y luego a Lima, lo cual transformó, para bien o para mal, nuestro sistema de clases y estamentos. Hecho gigantesco que sin embargo no fue tomado como lo que era, una revolución oculta del cuerpo colectivo de la sociedad peruana. A esas modificaciones las vengo llamando las ‘placas tectónicas’. Es una metáfora, por cierto. Pero qué mejor en un país en el que todos sabemos qué son los temblores y terremotos. Ahora bien, la migración, ese pasaje de las ojotas rebeldes, cansadas de esperar la modernidad, partieron adonde podían encontrarla, en las ciudades. Donde no faltan escuelas, clínicas y mercado y trabajo salarial.
El otro
remezón a las capas tectónicas ha sido —guste o no— la desaparición de los
terratenientes. El fin del gamonalismo. La mal llamada Reforma Agraria, que por
un lado, es una reforma laboral, puesto que después de su ejecución, hoy las
leyes prohíben el trabajo que no sea remunerado. Y por otro lado, la victoria
de los sindicatos rurales, unos 1800, dirigidos por una generación de
campesinos rebeldes que capitanearon las tomas de tierras o como la llamaban,
la recuperación de propiedades
agrícolas que habían perdido a lo largo del siglo XIX y el XX. Fatigados
de litigar inútilmente, acudieron a invasiones de haciendas. Con un detalle
decisivo. Las invadían pero no se incendiaba ni se asesinaba, como ocurría en
el pasado. Hubo en Perú lo que los europeos llamaron jacquerie, o sea, explosiones de ira de los campesinos en la Edad
Media. Que terminaba con la respuesta de la nobleza que exterminaba a los
rebeldes. En el Perú, esos levantamientos provocaban la intervención no menos
violenta de la policía e incluso la fuerza armada. Así había ocurrido en los
años veinte y treinta en una rebelión en Puno, Azángaro. En los días de José
Carlos Mariátegui. No en los sesenta del siglo XX.
Las
invasiones campesinas, en los inicios de lo sesenta, tenían como estrategia
ocupar haciendas y tierras, pero sin matanzas. Fue un movimiento indígena con
algo de Gandhi. La sabiduría de no responder a la violencia (policial) con la violencia.
Practicaron entonces la no violencia. Un modo de acción de presión de las
masas, pero sin armas. Las revueltas en la India tuvieron una notoriedad
universal. Fue lo que hizo a Gandhi un gran líder, hasta el punto de imponerle
al Imperio británico la emancipación de la India. El caso peruano, creyeron que
era una rebelión violenta o una guerrilla. Ese movimiento rural, el mayor que
hemos tenido, que afectaba el Sur, es solo comparable con Túpac Amaru II, por
su extensión y el número de población rural que participó. Había comenzado en
el valle de la Convención, donde cuenta mucho el liderazgo de Hugo Blanco, sin
embargo fue en la zona andina, en comunidades y aldeas, donde alcanza su mayor
dinamismo. Y entonces, un líder campesino cusqueño, Saturnino Huillca y los
sindicatos rurales, encabeza esa rebelión sin armas. En Lima no se entendía lo
que ocurría, era algo nuevo, inesperado. El enorme movimiento rural no
respondía a ningún partido de izquierda. Era autónomo. El relato de ese
acontecimiento está en mi libro Cuzco:
tierra y muerte. Es un compendio de mis artículos que enviaba a un diario
de Lima, Expreso, que me había
enviado en calidad de corresponsal de guerra. Ese libro fue premiado por el
Congreso de 1965, puesto que describía la situación cusqueña tal cual. Para
entender qué pasaba, entrevistaba a los líderes campesinos. Eduardo Sumire,
Huillca, habían aprendido a tener estrategias al hacer el servicio militar.
Ocupaciones pacíficas, sin desborde de masas, sin milicias armadas como se
creía en la capital, el campesino entraba en la escena peruana, multitudes
nuevas, el ejército de los sin tierra.
El
movimiento termina a mediados de 1965. La mayoría de dirigentes fueron
retenidos y enviados a una cárcel en la amazonía, el Sepa. Unos años después,
en 1969, en junio, el gobierno militar decide la reforma agraria. Siempre he
dicho que confirman de jure lo que ya
había pasado de facto. Sin la insurgencia
de ese movimiento de no violencia pero de presión colectiva, no hubiera
ocurrido la Reforma Agraria.
El otro
terremoto es cuando se deja en creer que se puede progresar con un Estado emprendedor.
El ingreso a la economía liberal tiene otro origen: Fujimori, en los noventa.
Además, cuando Sendero Luminoso le declara la guerra al Perú, los campesinos ya
tenían tierras y no había gamonales. Se lanzaron a una piscina sin agua.
***
3. El tercer terremoto. La economía de
mercado, desde el gobierno de Fujimori
Entre
1991 y el 2000, se privatizan unas 228 empresas estatales. Lo cual significa el
90% del patrimonio de las mineras, el 85% de la manufactura, el 68% de los
hidrocarburos, el 68% de la electricidad. Las transacciones tuvieron un valor
para el Tesoro Público de US $ 6’445 millones. Nos limitamos a los hechos. Los
siguientes gobiernos —Toledo, García, Humala— no salieron de ese esquema
liberal, al contrario. Pero volvamos a las cifras. El ingreso per cápita en
1980, era de 890 dólares. En 1995
alcanza los l’530 dólares. En el 2009, es de 4’200 dólares. En cuanto al
PBI, de 1991 al 2009, se pasa de 83’760 millones
de nuevos soles constantes, a 192’994. Además, la pobreza disminuye de 53% a
21%. En pocas palabras, se pasa de un Estado que confiaba en la empresa pública
a un Estado que prefiere la empresa privada y el libre mercado. Pensamos, sin
embargo, que el Estado empresarial falla en el Perú, pero no en otras naciones.
Es más bien un problema de recursos humanos. No contamos con el personal
adecuadamente formado y con una ética capaz de evitar la corrupción. Si no hay
esos dos requisitos, ninguna economía capitalista puede tener éxito. Hay una
ética en el capitalismo. Eso lo explica Max Weber.
Sin
embargo, tenemos que admitir que Alberto Fujimori es un personaje difícil de
explicar. Vence en la pugna electoral a Mario Vargas Llosa, a quien el planeta
daba por vencedor. Y a los dos años de gobierno da un autogolpe, cierra el
Congreso, lo reabre bajo la presión de la OEA, con un
esquema reducido, unicameral, y con distrito nacional único. Una barbaridad
institucional. Y gobierna de manera autoritaria. No es una dictadura, pero sí
un poder autocrático. Recuerda el exceso de poder de Leguía. Y lo que es peor,
o se deja manejar, o forma parte del delito, socio de Vladimiro Montesinos.
Luego, intenta un tercer gobierno, el descubrimiento de lo que «el Doc» hacía
en su oficina, Jefe de la Inteligencia. Grababa sus actos de corrupción. Su
despacho fue un nicho de negocios oscuros. Fue aquel un «Estado mafioso»
(Manuel Dammert). Y cierra con broche de oro tal degradación. ¡Se fuga!
El
otro gran gesto de Fujimori es dar un poder discrecional a los mandos militares
para enfrentar a Sendero Luminoso. Eso fue una guerra civil. Sendero Luminoso
le declaró la guerra al Perú. El concepto de «conflicto interno» es una de esas
cobardías semánticas propias al hábito de no decir las cosas como son, retórica
muy frecuente, por desgracia, en nuestro país. Pero claro, dada la trayectoria
ilícita de Fujimori como presidente, hay resistencia para reconocerle al menos
dos contribuciones. Derrota a Sendero Luminoso (con un costo enorme, en materia
de derechos humanos). Y nos hace abandonar la ilusión de un Estado como motor
de la economía. Ese modelo es posible pero con funcionarios de calidad y
honradez. Estado y mercado son necesarios. Tampoco es una solución integral, el desarrollo solo con
mercado produce una paradoja, muy peruana. La evolución económica y social del
Perú es inversamente proporcional al aumento de la confianza de los políticos.
El Perú es una singularidad. Es el término usado en biología, astronomía,
economía. Cuánto más ha incrementado la riqueza social un presidente, más
impopular ha sido. En esa estamos.
4. Conclusión, la penosa verdad. El poder,
desde arriba, hizo cambios, aunque fuesen impopulares
Dos
de los movimientos de las placas tectónicas —las migraciones y las ocupaciones
de tierras— han ocurrido espontáneamente. Triunfo del pueblo. Las otras dos
transformaciones corresponden a Velasco y a Fujimori. A dos gobiernos no
democráticos. Es lamentable pero así son las cosas en Perú. Esperemos que en el
futuro «las grandes reformas» se hagan con nuestras instituciones. Ojalá ocurra
en este tercer siglo de vida republicana. (El
águila y el cóndor, pp. 499-500).
En
España se preparan a decirle adiós al rey Juan Carlos I. No es que se encuentre
enfermo sino que va a dejar todo tipo de vida pública. Hace ya cinco años que ha
abdicado. Desde el 18 de junio de 2014, el rey se llama Felipe VI, su hijo. España no es la única
monarquía parlamentaria, en Europa lo es desde Suecia, Noruega, Holanda y el
Reino Unido, democráticas a carta cabal. En estos días, los mejores diarios de
España se preguntan cómo pasará Juan Carlos I a la historia. Muy buena
cuestión.
En
el inicio lo llamaron «Juan Carlos el Breve». La broma, era que no iba a durar.
Pero ocurrió lo contrario. Hoy hace bien un diario en recordar que «la izquierda
desconfiaba, y los falangistas también». Y no les faltaba razón, Franco lo había
prohijado, y entre otros actos, lo envió a las tres escuelas militares, la de
Tierra, de Aire y la Marina, para que fuera oficial. Sabía Franco el histórico desdén
de los militares ante la Corona española. De paso, como Príncipe, estudia
derecho. Pese a todos esos preparativos, pudo haber un golpe de Estado militar.
O la probabilidad de una república. Dividiendo de nuevo a los españoles.
¿Cómo
Juan Carlos I llega a ser el Rey de la España de elecciones e instituciones
democráticas? Creo que hay un acuerdo general que comienza a afianzar y
robustecer su rol de Rey cuando prescinde de Arias Navarro, un ministro
heredado del franquismo, y se atreve a llamar a Adolfo Suárez, secretario general
del único partido, la Falange, pero partidario de reformas. Se necesitaba un
gran coraje. Pero desde esa dupla, Juan Carlos I y el joven primer ministro (se
le llama presidente), todo cambia. Ambos corrieron riesgos al llamar a un referéndum,
en un país al que no se le había consultado jamás políticamente. Sin embargo,
ambos abren la posibilidad de una constituyente, la inscripción de partidos
entre ellos el comunista (el cuco, el gran temido, que resulta que solo obtuvo
un 9% de votos), el retorno de los grandes exiliados como Santiago Carrillo y
la Pasionaria. Y el fin de las llamadas Cortes, un parlamento de tipo corporativo.
De junio de 1977 a 1978, en diciembre, la Transición española entierra 40 años
de autoritarismo. Además, Juan Carlos I no cedió cuando el golpe del coronel
Tejero. Por lo demás, es la España del PSOE,
Felipe González y el ingreso a la Unión Europa y las autonomías.
La sorpresa de España. En esos días yo estaba en Madrid. Para completar mi tesis francesa necesitaba de archivos españoles y me nombraron miembro de la Casa Velázquez, institución que es una residencia para investigadores. Pero también fui parte de un diario opuesto al gobierno de Franco, el Madrid, cuya supervivencia fue un milagro. Cerca de los acontecimientos, me sorprendió el enorme error de la prensa europea. Recuerdo haber leído en un diario londinense las muy pesimistas predicciones del gran hispanista Raymond Carr y las no menos equivocadas de Guy Hermet, del Instituto de Estudios Políticos de París, por lo tanto, ambos, los mejores conocedores de la España de Francisco Franco. Quizá por eso erraron. No fue necesario ir «por montañas nevadas, con banderas al viento» —canción de los franquistas— para llegar a esa democracia de consenso, dejando a la España de la rabia y de la idea para otra ocasión. Más tarde, habría un rey que iría por América pero no por caminos imperiales, sino a explicar, en Buenos Aires o en Santiago, cómo se sale de regímenes de fuerza sin por ello volver a desenterrar «el hacha de la guerra». Nadie pensó que España sin Franco girara a un régimen a la vez monárquico y democrático.
No
solo la habilidad de los actores políticos —el Rey, los partidos políticos—
explican la Transición española. Cierto, así se llama hoy el periodo que España
dejó atrás, el régimen dictatorial del general Francisco Franco. Pero hay algo que la sostiene, y que no suele ser incorporado al
examinar ese pasaje tan sorprendente. Lo siguiente: la posición económica de
España en el mundo había cambiado. «Hasta 1950 se le consideraba como un país
subdesarrollado. Y en 1987 un nuevo país industrial». Hoy día, asumimos que
regímenes autoritarios pueden tener éxito, es el caso de China, Rusia. Pero se
calla que eso ocurre cuando Franco. Visto la ineficacia de su modelo autárquico
—copiado de la Alemania nazi de los años treinta, decide cambiar por completo
de modelo, y bajo la sugerencia de tecnócratas, abre el espacio geopolítico de
España a la inversión de empresas extranjeras. Fue un boom de crecimiento, con
tasas altísimas, compitiendo con las de China. Entonces, es la sociedad la que
cambia¡! Llega el consumo, la apertura al turismo, los progresos industriales,
y los resultados de esa política, positivos para los asalariados. Dejaron de
buscar empleo en Europa.
En otras palabras, precede a
la modernización política de los españoles dos decenios de modernización económica
y social. O sea, la democracia se asienta sobre una base sólida, una sociedad que
con Franco, acaba la revolución industrial que España no había logrado hasta
entonces. No niego el papel de sus políticos, pero conviene que pensemos por
qué nuestra propia Transición es tan lenta, o acaso imposible. Las líneas que siguen no son un pensar
improvisado. Tengo entre mis libros inacabados una historia de la Transición
española. Y de esa larga y difícil
transición democrática en el Perú, a la que le ha dedicado César Arias Quincot
un libro. No es el único que se ocupe de esa inestable transición peruana.
Nicolás Lynch, con La transición
conservadora, que es obra de 1992. Y hoy podemos decir que la transición
post Alberto Fujimori, es interminable. ¿Podemos, sobre un país todavía
subdesarrollado, montar instituciones que necesitan clases sociales ya
integradas a la modernidad?
Algo
más. La Transición española se produce porque hubo una conciencia colectiva de
no volver a repetir el pasado. Escuché a la gente decir, «todo menos la guerra
civil». Y decirse, a sí mismos, «somos los turcos de Europa». Lo peor. Y con
ello, sentimientos contradictorios. A Franco lo lloraron, pero no quisieron que
los franquistas gobernaran. Cierto,
hasta 1975, España fue un régimen autoritario y excluyente. Pero el régimen
constitucional establecía un intenso debate y la búsqueda de consensos. Seamos
claros. La Transición fue un pacto, con grandes silencios sobre el pasado
franquista. Ese era el precio del retorno a la libertad. Todo aquello que los
peruanos no pueden hoy día establecer. Por eso la envidia mía, ellos han salido
de sus autoritarismos. A nosotros, la bipolarización, esa guerra civil e hipócrita
sin balas, nos lleva a lo peor. El España,
aparta de mí ese caliz, es hoy, por lo menos para mí, «Perú, aparta de mí
ese caliz».
En estos días de julio, antes
de la feria del libro, la Universidad Ricardo Palma, presentará mi último
libro. Hace ya unos años que dejé, voluntariamente, un puesto muy honorable, el
de director de la Biblioteca Nacional del Perú. Desde entonces miro de lejos el
Estado, sin desear ningún puesto público. Acaso porque sostengo que en nuestro
país hay gobierno pero no hay Estado. Y dos siglos después de la
independencia, no hemos sido capaces de montar ese cuerpo político que desde
Hegel —sí, Hegel el prusiano, uno de los padres de la modernidad— se ocupa del
«bien común» y no de los intereses particulares. Para servir a ese ideal del «bien
común», me consagré a mis clases y a mis investigaciones, aunque algunas de
ellas me llevan lejos del Perú, puesto que no encuentro ni las corrientes de
ideas contemporáneas que nos ayudarían en nuestra extraña situación de país que
ya no es subdesarrollado pero tampoco es un país moderno. Y desde entonces,
además de mis clases y mis artículos, publico un par de libros de ciencias
sociales por año. Dos universidades me editan. La Ricardo Palma que ya
mencioné, y la Universidad San Martín de Porres. Esta última ha editado ¿Qué es Política en el siglo XXI? Un
esfuerzo de síntesis que no he hallado en castellano y acaso es el dominio de
la cultura anglosajona o de los europeos. Pero como hice estudios en dos
grandes escuelas de Francia, esas que tienen, más allá de sus universidades,
para aquellos que deciden consagrar su vida no al poder ni al dinero sino al
saber, puedo hacerlo a la par que mis colegas europeos.
¿Por qué? Porque soy uno de
los raros peruanos que tuvieron un puesto de profesor universitario de por vida
en Francia (no se usa el de catedrático) y por concurso público. Y claro está,
mis preocupaciones son peruanas y latinoamericanas, pero ni mis métodos ni mis
libros lo son. Gran parte de las ciencias sociales están bañadas de ideologías
y del pensamiento mágico que desdeña el saber racional. En consecuencia, construyo
libros que explican situaciones sociales apoyándome en una corriente especial,
la de la multidisciplinariedad. Y en repetidos casos, en el comparatismo. He
escrito así un grueso volumen que compara el mundo inca con el azteca, a partir
de los conceptos del quechua y el náhuatl. Desde su nivel de algo que podríamos
llamar filosofía por su universalidad. Porque terminada esa comparación de las
dos grandes civilizaciones precolombinas, me atreví a explorar el pensar de la
India Antigua y la China Antigua.
El libro que se presenta el 2
de julio es también comparatista. Ya hubo un primer tomo dedicado al México
clásico y al Perú antiguo. Dada la densidad de ambas civilizaciones, el rector
Iván Rodríguez me permitió detenerme en el momento de la independencia de ambas
culturas, y proseguí con un segundo tomo. Esta vez sobre lo mexicano y peruano
republicanos. Es decir, siglos XIX y XX. Fue una tarea titánica. Pero en el
libro que estará en manos de los lectores, desfila del lado mexicano, Miguel
Hidalgo, Iturbide, las guerras de Santa Anna, Benito Juárez, hasta el
Porfiriato, la revolución mexicana, el gobierno prolongado del PRI, y luego,
Lazaro Cárdenas. Un estudio no menos minucioso ha sido ocuparse de los
caudillos peruanos, Ramón Castilla, el periodo del guano, antes y después de la
Guerra del Pacífico, del Huáscar, y ocuparme de Piérola, el civilismo, el
militarismo, Leguía y el «feroz siglo XX». Así lo llamo. Pero no crea el lector
que es solo historia. Al finalizar el siglo XX
hay un capítulo sobre el fin de siglo y estos dos decenios. Creo y sostengo
que ha habido una revolución oculta. No política sino en los cimientos mismos
de la sociedad. La llamo las ‘placas tectónicas’. Migraciones internas, cambios
de costumbre y de mentalidad. Han ocurrido modificaciones enormes que la clase
política no logra digerir, hasta nuestros días. De ahí el abismo que se abre
entre el país real y el país político.
***
Las
placas téctonicas. O revoluciones ocultas del Perú contemporáneo
Cuestión
previa
En este capítulo, se intenta
imparcialmente abordar algunos hechos sociales contemporáneos que explican la
transformación de la sociedad peruana. Pero tenemos una dificultad. Hace diez
años Héctor Béjar dijo lo siguiente: «el silencio de hoy a los cuarenta años de
la Reforma Agraria es la mejor demostración de su importancia». Hoy se cumplen
cincuenta años y el silencio es más poderoso que nunca. En cambio, esa
revolución sin sangre es comentada en el extranjero con una mirada objetiva que
no se practica en Perú. Prisionero de lo que se llama un sistema de pensamiento
«cerrado». En consecuencia, hemos tomado la decisión de recurrir a fuentes y
enjuiciamientos no de peruanos sino del extranjero. Con una excepción. La
información que proviene del INEI (Instituto Nacional de Estadística). Dejemos,
pues, que hablen las cifras y los censos.
A los peruanos nos ha
obsesionado la revolución que no hicimos, para unos, por inevitable temor. Las
revoluciones no pueden impedirse ser sangrientas y suelen desembocar en nuevos
y elaborados despotismos. A otros, porque nos parecía inevitable. Hubo gente
que quería el poder total, pero hubo también gente generosa que estaba
dispuesta a dar su vida para que acabase la iniquidad de la vida peruana. Pero
la gran noche de la revolución, no ocurrió nunca. Hubo guerrillas, invasiones
de tierras, y Sendero Luminoso, pero eso no es ni 1789, ni 1917, ni 1910, ni la
entrada de Fidel Castro a La Habana. Y sin embargo, el país ha cambiado. Se
removieron las bases de la sociedad misma. Por eso preferimos utilizar una
metáfora de orden geológico y estructural: las placas tectónicas. Los geólogos
las estudian porque forman las dorsales oceánicas y las cadenas submarinas. Lo
que vamos a describir ocurre en el abajo de lo peruano.
El uso de esa metáfora nos
conviene. La revolución, como transformación política, en la definición
corriente (Enciclopedia Oxford de
Filosofía) hace pensar en cambios radicales de un Estado, de un régimen y
del orden social. Algo que fermenta mucho tiempo pero estalla en corto plazo, Diez días que estremecieron al mundo, de
John Reed. Lo que vamos a señalar es como las placas tectónicas, un tiempo
lento, hechos reales y decisivos, pero no significan en lo inmediato un cambio
trascendente en la sociedad. Es el caso del cambio producido en la demografía y
la organización social peruana. Estamos hablando de la gran migración del campo
a la ciudad. De los Andes a la costa. Un tiempo largo. En «una dinámica
demográfica de la población peruana en las últimas cinco décadas». De una
transformación que se ha realizado delante de nuestros ojos. Tan importante que
solo la comparan con el «descalabro demográfico de la sociedad prehispánica
como consecuencia de nuevas enfermedades y la desarticulación del Estado inca».
En cambio, «el siglo XX, está marcado por el signo opuesto: la explosión demográfica
y una rápida urbanización».
1.
Migración interna. De las ojotas rebeldes a la choledad empresarial
Nos atrevemos a usar el concepto de cholo, no como insulto, sino como
reconocimiento social. Las cifras nos permiten un punto de vista objetivo y racional.
En 1940 el 70% de la población del Perú era rural. Hoy es todo lo contrario. En
el 2017, la población urbana es mayoritaria en todos los departamentos del
Perú. No solo en la costa sino en sierra y selva. Hoy, el 76% de los peruanos
reside en localidades urbanas. La migración interna es un acontecimiento
inmenso. Por la sencilla razón que ocurre cuando la población total alcanzó su
mayor tasa de crecimiento. En cifras globales, en 1961 había 10’217’500. En el
2007, había aumentado a 28’220’700. Desde entonces, la tasa anual ha
disminuido. El Perú ha hecho su transición demográfica. Es por eso erróneo
creer que la migración del campo a la ciudad ha disminuido poblacion rural.
«Entre 1961 y 2007 la población rural aumentó en poco más de 1,4 millones de
personas.» ¿Qué significa esta migración
interna de los últimos cincuenta años? Lo que sigue se apoya en los censos de
población realizados en 1940, 1961, 1972, 1981, 2005, 2007 y 2017.
Una transformación sin
precedentes. Se urbaniza la sociedad. La capital, Lima, en 1940 —cuando se
inicia el exodo rural hacia la capital— contaba con 645’172 habitantes. En
1961, viente años más tarde, la población es de l’845’910. En 1993 llega a los
6 millones. Hoy, en el 2018, alberga 9 millones. Respecto al resto del país,
Lima metropolitana ha pasado de 9,4% en 1940 a 28,4%. Pero sería un error
pensar que despuebla la capital a las ciudades costeñas o serranas. La
distribución (voluntaria) de población del campo a la ciudad hace crecer
también a otras urbes. Y el INEI (Instituto Nacional de
Estadística e Información) señala que en los días que corren, las ciudades del
interior crecen a una tasa superior a la de Lima. Estamos hablando de un
proceso de modificaciones, tanto económico y social como cultural, en curso.
Además, hay que decir que lo urbano se acompaña de otro cambio significativo.
Los peruanos de hoy viven más bien en la costa que en la sierra o la selva. En
la costa, reside el 55%, en la sierra el 29,6%. La selva sigue siendo poco
poblada. Hay que decir que es la primera vez que en tres mil años, la sierra
deja de ser el centro nuclear del Perú histórico. Estas mutaciones no nos
impiden decir que todavía la peruana es una sociedad muy fragmentada. Por
ejemplo, la pobreza monetaria afecta a un 21,7% de la población. Sin embargo,
entre 2007 y 2017, cerca de 6 millones de personas dejaron de ser pobres.
Otro cambio gigantesco.
Analfalbetismo y alfabetismo. En 1940, un 57,6%. Que pasó en 1961 a 38,9 %, y
en 1981 se reduce a 18,1%. En el 2017, habría solo un 6%. Por lo general,
población de adultos mayores y que viven en lugares alejados. Hay debate sobre
lo actual: según diversos estudios, consideran que queda un 13% de analfabetos.
Departamentos como Huánuco, Ayacucho, Huancavelica, oscilan entre 14% a 11%. Y
siempre hay más mujeres analfabetas que varones. Pero se puede decir grosso modo que la población peruana es
ahora urbana, costeña y alfabeta. Es innecesario insistir en el impacto de esas
modificaciones que llamamos la dinámica de las capas tectónicas. Es decir, la
población misma.
Los peruanos conocen estos
cambios o creen conocerlos. Los han percibido como la aparición en la capital
de migrantes andinos o provincianos. Y con ellos, varios eventos inesperados,
toma de tierras eriazas, aparición de las barriadas (transformadas, con la
ayuda del tiempo, en distritos). Gente que construye sus propios hogares, al
inicio choza en los arenales costeños, luego casa propia. Matos Mar llamó la atención
de esa mutación. Y Hernando de Soto explicó, muy tempranamente, ese
comportamiento social de los recién llegados (El otro Sendero: la revolución informal, 1987). No por azar la
subtitula, «la revolución informal». Los «cholos» bajados de las alturas andinas ocupaban terrenos, organizaban sus calles y
plazas, se inventaban sus propios oficios. Nace con ellos el autoempleo, la
autoconstrucción y el autogobierno. Son a la vez el éxito, por ejemplo, Villa
el Salvador, y la informalidad, con todo lo de positivo y negativo que la
habita. De Soto encuentra en ellos el inicio de un capitalismo venido desde
abajo. Aníbal Quijano anuncia el nacimiento de una sociedad cholificada. En
efecto, Norma Adams y Jürgen Golten, en Los
caballos de Troya de los invasores, encuentran la clave de ese asombroso
éxito popular. Los excampesinos llegan a la gran ciudad con el «poder
simbólico» (Cf. Bourdieu). Es decir,
sus costumbres. Provienen de un patrón de comportamiento andino, cauto en los
gastos, prudente porque la tierra como las lluvias son precarias, y con una
moral del trabajo y la austeridad (que era milenaria). Al punto que la
antropóloga Adams les encuentra un parecido a los pioneros americanos, y lo
dice: «no saben que lo son, pero son protestantes». La migración confirma
una de las tesis de Max Weber. El capitalismo había aparecido con la Reforma y
desde abajo. Los calvinistas alemanes eran sobrios y ahorrativos. Los invasores
andinos también lo fueron, en las dos primeras generaciones. Lo suficiente para
prosperar por cuenta propia. Hoy sus nietos o tataranietos son parte del país
consumista que es el Perú actual. Su
cultura ha cambiado, es chicha, es achorada, es otra cosa. Y es otro tema. Aquí
explicamos el génesis y no el apocalipsis.
Con la migración interna, ha
ocurrido algo mayor que una revolución, que suelen ser políticas y en
consecuencia, visibles. Lo que hemos descrito, tomó tiempo, y para muchos,
tomaron como natural un hecho voluntarista, pero anónimo, discreto,
improvisada, y eficaz. De abajo vino el vendedor ambulante, luego los
mercaditos callejeros, luego la tienda propia, la empresa, los emprendedores
populares. Sin la emigración, nada de eso existiría. Si esto no es una
revolución social, que baje Pedro y lo vea.
2.
La segunda placa tectónica. La reforma del agro en 1969
La segunda placa téctonica
ocurre en 1969. Desaparece el gran latifundio y lo que los peruanos llamaron
desde los años veinte, el gamonalismo. Pero ese acontecimiento, la entrega de
tierras que les pertenecía a los campesinos, es un tema inabordable en el Perú
actual. Se sigue diciendo que la reforma agraria de Velasco fue un fracaso,
mientras los peruanos van a los supermercados a comprar camote, olluco, yuca,
habas verdes, cebada, choclo y carne de ave, de ovino, porcino, y leche fresca,
producción que ya no proviene de los latifundios. Muchos de los actuales
propietarios de tierras son hijos y nietos de los antiguos arrendires y peones.
Pero la ideología dominante niega esos cambios en el mundo rural que sin
embargo, los alimenta. Por eso —con la excepción de la estadística del INEI— hemos dicho que acudimos
únicamente a la información externa. Ingleses, franceses, americanos que
admiten esa reforma como un paso decisivo a la modernidad. Para otra ocasión,
la historia de la contrarreforma agraria.
¿Cuál es la situación actual?
Según el INEI, el número de unidades
agropecuarias es de 2’128’087, y con ello, ocupando una superficie de 7’125’008
hectáreas (2016). Tomando en cuenta el régimen actual de tenencia, hay
2’213’506 unidades agropecuarios.Que se descomponen en 1’516’888
propietaros, unos 256’387 comuneros, 94’244 arrendatarios. Y posesionarios
94’063. Un análisis más preciso, con propiedades de cien o más hectáreas, hay
18’813 propietarios, entre las cuales aparecen también 1’336 comuneros. ¿Qué es
lo que ha desaparecido en este censo de propiedades, que va desde pequeñas
empresas a grandes propiedades? Ha desaparecido lo que se llamaba el
latifundismo. Un sistema de propiedad precapitalista desaparece por obra de una
ley, la n°17716. Y desde un gobierno militar que llegó al poder mediante un
golpe de Estado. El lector puede comprender lo renuente que era la sociedad
peruana a romper el sistema de dominación de los hacendados precapitalista, que
tuvo que ser una dictadura (de militares de izquierda) que cambiara, de abajo
para arriba, el país sumiso y arcaico anterior a 1969.
Que fue una mutación decisiva
no se admite en Perú, todavía. En cambio, sí en la Encyclopædia
Universalis. Antes de la acción espectacular de la reforma, describe de
esta manera la vida rural: «En la sierra montañosa de los Andes, donde se
concentraba una gran parte de la población rural, reinaba hasta 1968, una
situación neofeudal; estaba la gran propiedad en manos de un 0,4% que
concentraba el 75,9 %. Todo el resto de propietarios —indios, mestizos,
blancos— se repartían el 5,5% de la tierra disponible, por lo general, terrenos
mediocres». «Los pagos no se hacían en dinero sino bajo la costumbre arcaica de
cambiar tierras de alquiler por mano de obra y días de trabajo del siervo
indio. Cuando la reforma agraria fue dada por terminada, en 1979, se
habían distribuido 7 millones de hectáreas». Con todo, en la ideología limeña,
la reforma agraria fue «un fracaso».
Sin embargo, las tierras recuperadas por los campesinos indios, los hacendados las habían pillado en el siglo XIX. El primer siglo republicano fue una catástrofe para los campesinos indígenas. Libres del control de la administración virreinal que protegía a los campesinos, los hacendados criollos tomaron tierras que no les pertenecía durante el primer siglo de vida republicana. Su independencia, fueron las invasiones de tierras de los años sesenta. Y su San Martín, los sindicatos campesinos que encabezaron líderes indígenas como Saturnino Huillca. Y unos pocos políticos, como Hugo Blanco. (Veáse mis libros Cuzco, tierra y muerte, premio nacional Fomento a la Cultura (1965), y Saturnino Huillca, habla un campesino peruano, premio Casa de las Américas (Cuba, 1975).
Ahora bien, los fundos rurales no fueron distribuidos de manera individual. El gobierno de Velasco estableció un sistema de cooperativas, como Sociedades Agrícolas de Interés Social (SAIS). Pero ni los campesinos comuneros (hay 6’000 comunidades) ni los expeones llamados colonos, es decir, los antiguos peones de la hacienda, la admitieron. Aspiraban a ser propietarios directos. Y eso es lo que ocurrió. En los años ochenta, una reforma a la reforma ocurre en el Cusco. Es una segunda ola de invasiones. Las cooperativas desaparecen en los años ochenta.
Hoy el agro guarda las
antiguas comunidades campesinas, pero los exindígenas son propietarios
directos. Tenían razón, es una tendencia planetaria en los agricultores, al
manejo directo de su propiedad. Explicar esa tendencia natural nos llevaría a
un paseo por la antropología y la psicología. Contémonos con insistir que ha
nacido una capa social nueva, rural y agropecuaria. Se aplaude esa mutación en
Lima, callando su origen.
Sigamos con la explicación que
proporcionan observadores no peruanos. Jacques Lambert —francés, americanista,
profesor de derecho en la universidad de Lyon—, en un libro célebre por su
objetividad, 1956. Es decir, antes de la Reforma. Cuando reinaba el latifundio serrano.
(En la costa peruana había gran propiedad, pero pagaban salarios.) Lambert
examina la situación rural antes que se mueva la placa tectónica de la reforma.
Y en el capítulo IV de un libro dedicado «a las estructuras sociales e
instituciones políticas de la América Latina», sostiene lo siguiente: «la
responsabilidad de los latifundios en el retardo de la evolución social». ¿Qué
quiere decir Lambert? Además de describir la ineficacia de ese sistema de
propiedad, de cómo la gran propiedad monopolizaba la tenencia de tierras,
observa algo mayor. «El latifundio no solo era cruel y opresivo sino que lo
detestaban» porque al indio colono —así se llamaba a los peones de la
hacienda— «lo ponían fuera de la vida
política y económica del país». Para Lambert, el indio dentro de la hacienda,
estaba encapsulado. La gran propiedad arcaica, el latifundio, no era sino un
sistema económico muy débil (los hacendados no eran empresarios sino
rentistas). «La gran propiedad arcaica, dice el profesor de Lyon, imponía la fidelidad personal del campesino
indio.» A ese tipo de poder se le llamó el gamonalismo. Desde los años veinte.
Desde Hildebrando Castro Pozo, José Carlos Mariátegui. Por eso, Lambert
considera el latifundio como una rémora enorme. ¿Cómo podía haber república
peruana si sobrevivían esos espacios feudales en todo el territorio?
El «indio», tradicionalmente,
obtenía alguna seguridad en su condición de siervo. «Se conformaba con su
miseria», dice Lambert. Pero en los sesenta, ocurre un cambio de conciencia en las
masas rurales. Descubren el camino a la libertad. Y la emprendieron por su
propia cuenta. Fue esa la razón, el gran fenómeno de las invasiones de tierras,
el mayor movimiento de rebeldía después de Túpac Amaru II, lo que provoca la
decisión de los militares de intervenir y liquidar los semifeudos andinos.
¿Qué paso en el sur, de 1961 a
1965? Llamaremos a un profesor inglés. El más célebre de sus historiadores.
Eric J. Hobsbawm publica, en 1959, Primitive
Rebels.Traducido en el 2001 como Rebeldes primitivos. Es un estudio sobre las formas arcaicas de los
movimientos sociales en el siglo XIX y XX. ¿Qué tipo de gente y de rebeldía lo ocupa? Los anarquistas
españoles, el bandolero social, la mafia siciliana, las sectas obreras. Y «un movimiento
campesino en el Perú». Sus fuentes son dos. Un informe sobre la tenencia de
tierra publicado en Washington, de 1966, y mi libro Cuzco, tierra y muerte, de 1964. Hobsbawm sitúa esa rebeldía de
campesinos peruanos como «gente prepolítica
con aspiraciones a la justicia social». Fue un acierto del profesor de
Oxford. Los líderes de ese enorme movimiento eran gentes como Sumire, Huillca.
Hablaban quechua y en esa lengua se dirigían a las masas. Pero también había
entre ellos los que habían hecho servicio militar y eran bilingües. La
estrategia atinada de las marchas campesinas viene de ahí, evitaban el
enfrentamiento con la policía o el ejército. No eran una guerrilla. Como me
encargué de decirlo, no hubo milicias campesinas. Yo escribí ese libro en el
lugar de los hechos. Con verdades de puño. «¿Por qué hay invasiones? Porque se
han cansado de esperar». Ahora bien, sin extenderme en refutar a Hobsbawm, lo
cierto es que los rebeldes no eran tan primitivos. Hubo unos cuantos
trotskistas: Hugo Blanco, Vladimiro Valer, Fausto Cornejo. Pero el trotskismo
no contaba en la vida política. Entonces, ¿qué fue aquello? Algo que vino de la
más extrema marginalidad. Uno de los titulares de mis crónicas habla «de
multitudes nuevas, sin partido». Y eso fue lo que ocurrió. Indigenistas, los
había habido desde los años veinte. Decenas de antropólogos y estudiosos. Pero
esta vez no eran indigenistas sino indios. No es lo mismo. Fue una inesperada
toma de conciencia de los explotados. Pero, por eso mismo, no se les pudo
entender ni aprobar.
Para concluir, una de las
razones por las que la reforma ha sido rechazada es que ocurre fuera del
sistema normal de partidos. Se entiende que para las derechas sea un tema
maldito. ¿Pero por qué para los partidos de izquierda? José Carlos Mariátegui, en 1928, acaba con el
mítico «problema del indio». No hay tal, la cuestión era «el problema de la
tierra». Eso concluye con los movimientos campesinos de los años sesenta, antes
del gobierno de Velasco. Pero la izquierda se ha sumado —con algunas
excepciones— al llanto de viudas por la desaparición de los hacendados
arcaicos. ¿Y por qué razón? Porque ese triunfo de lo popular no lo manejó
ningún partido de izquierda. Héctor Béjar, que fue guerrillero, hace su mea
culpa en 1965. El honesto y valiente
Béjar. Pero el resto de la intelligentsia
que se autocalifica de izquierda revela, en la incapacidad de entender ese
movimiento autónomo, popular y libre de fundamentalismos, lo lejos que está del
pueblo. Y de unas ciencias sociales objetivas y valiosas. La idea de que una
fracción del pueblo se rebele sin una vanguardia, o que una elite
revolucionaria aparezca desde abajo, es lo que más les molesta. Y entonces, lo
que saben hacer, el silencio.
Lo peor de todo es que el
latifundio peruano es la continuación de una institución virreinal llamada la
encomienda. Fue la recompensa de la Corona a los conquistadores para que
explotaran a los indios. Bernard Lavallé la define como la «transferencia a
particulares para que diesen protección e instrucción evangélica al encomendero».
Y a eso seguía el «repartimiento», es decir, aldeas enteras que tributaban con
trabajo de servidumbre. Esa figura jurídica evitaba dar títulos de nobleza a
los españoles en Indias. El encomendero lo que importaba era la mano de obra
indígena. Les hemos llamado equívocamente feudos. No es exacto, es lo que más
se les parece. Pero los señores feudales en la Europa medieval, eran jueces y a
ratos, la defensa militar de sus siervos, de ahí los castillos en España. En el
Perú los señores no tenían ninguna obligación con sus indios peones o colonos.
Entonces, quienes defienden todavía el latifundio no saben que están echando de
menos una monstruosa entidad que viene del fondo colonial. Las haciendas permitían la existencia de amos
y siervos, como las encomiendas. Y sin embargo, se sigue sin entender que eran
incompatibles con un Perú que aspira a ser republicano. (pp. 491-499)
***
Falta el tercer terremoto, el
libre mercado. Hasta la próxima.