Cuando cambió el Perú. No más gamonales

Written By: Hugo Neira - Jun• 12•19

Muchos temas trotan en mi visión del mundo actual, por ejemplo los resultados de las elecciones para el Parlamento Europeo, tanto o más que los populismos, los votos ‘verdes’ o ecológicos. ¿Saben lo que eso significa? Un cambio de vida, de civilización. También podría reflexionar sobre un tema actual y peruano. La confianza en el Ejecutivo desde el Congreso. Pero prefiero esperar lo que sigue, luego del 15 de este mes. Sin embargo, dejo esos temas por otro. Estamos en junio. Y en junio de 1969, termina el feudalismo y el trabajo sin salario de millones de indígenas. No era solo una reforma de la propiedad de la tierra. Se acababa la colonia. No más indios siervos y mandones gamonales.

Las líneas que siguen son aquellas que escribo el 31 de agosto de 1975, cuando Velasco deja el poder y lo reemplaza Morales Bermúdez. Era yo el director del diario Correo, y sabía lo que me iba a costar ese gesto. El texto que sigue no tiene ninguna modificación al original. Pero no es todo el texto. Un fragmento.

«Velasco, el fundador

Tuvo que venir de la humilde provincia esta fuerza de renovación que transforma el Perú, Juan Velasco, nacido en Castilla, distrito de Piura (1910). Tierras norteñas, tierras de dolor y éxodo. Gentes de abajo para las cuales la historia siempre fue una mala pasada. El adolescente Velasco se embarca. De polizón viene de Paita al Callao. Toca las puertas de la Escuela Militar de Chorrillos, todavía bajo influencia francesa. Para ingresar sienta plaza de soldado (1929). El resto, lo conoce la historia reciente. Las mudanzas geográficas y burocráticas de una carrera militar. Hasta la madrugada del 3 de octubre.

Quizá de esas tierras de Castilla la piurana trajo consigo su amor al terruño, al río y a la montaña agreste, como los de Chaclacayo, ahora, su retiro. Quizás trajo, también, esa efusividad de hombre de campo que no le gastaron nunca las aristas lujosas de Palacio. Y la voluntad de partir el pan con el hermano, la búsqueda de una comunidad de riquezas y bienestar, hijo pródigo él mismo, de un trabajo honesto. Y porque venía del norte costeño, el alma de la jarana y la zumba costeña airearon siempre su palabra, porque las traía educadas por el habla popular, ojos y oídos donde se reconocía el pueblo. Y un cierto candor, como el de las almas campesinas. Y de toda la secreta región de la infancia, la derecha intuición y la conciencia del destino de los otros, de millones, que a despecho de su caso no llegaban a generales.

A este soldado se le ocurre pues, en 1968, la gran herejía de la vida peruana. La herejía de la felicidad para los pobres. Solo siete años: y del pueblo dulce y sumiso, de una de las más explotadas patrias de la América indígena, se alza otra nación, otro orden, otro Estado. Nada más fantástico que esta realidad. Nada más desbordante, aún que la imaginación, que el proceso revolucionario de estos años. El nombre de Velasco queda ligado para siempre a la recuperación de los recursos naturales del dominio extranjero, a la nacionalización del comercio exterior y la banca, a la liquidación del latifundio, a la naciente siderúrgica, petroquímica y pesca, a la propiedad social y el oleoducto que atravesará los Andes, como al nacimiento de miles de instituciones de base. A una política internacional tercermundista, a la reforma de la prensa, y a tantas otras cosas que no tienen por qué estar en una nota de comprobaciones melancólicas.

Este soldado marcó una hora. Desde entonces sabemos mejor quiénes somos y adónde vamos. Su nombre estalló como una granada entre nosotros: Velasco. Se rompieron las dentadas ruedas de la tradición. Se hizo trizas el país oligárquico y altanero. Reforma agraria o comunidades laborales: la virtud de Velasco fue el desquite de los oscuros. Y durante siete años para todos, revolucionarios o no, la zozobra y el asombro de vivir un tiempo de intermedios, sus decisiones mantuvieron en vilo la nación, pro o contra. Jamás indiferente ante sus gestos. Y cada medida iba añadiendo en el reino indeterminado y siempre inconcluso de lo político, otro ordenamiento socioeconómico, coherente, que le sobrevive. Cierto, la política revolucionaria peruana no comienza en 1968. Fue el pedido de varias generaciones sacrificadas en mazmorras y en exilios. Cierto, la «intelligentzia» reclama su lugar en este resumen, desde Mariátegui a Arguedas. Pero sin esa gran osadía, sin Velasco ¿qué hubiera sido la política sino una forma más de la incoherencia criolla? ¿Qué, la literatura, sino otra manera del desencanto? Cuando volteamos hacia atrás, Luis Cardoza y Aragón, por otra patria americana que se nos parece, «algo de lo mejor nuestro es memoria de pesadilla». Y bien, pregunto: ¿es esta nuestra memoria de los siete años transcurridos? ¿Es la descripción del presente, la descripción de la noche? Ciertamente no. Tiempos difíciles, sí. Puesto que tiempos de rupturas. Tiempo para hombres enteros.» […]

            Correo, domingo 31 de agosto de 1975, p. 12

Nota actual

Una semana más tarde, el gobierno militar que me había llamado a ser Director —no fue un cargo que yo había pedido—, con la misma potestad que me había nombrado, me quitó el cargo. Lo encontré normal. Hasta ese momento, ese diario encarnaba una de las varias corrientes políticas que habitaban lo que se llamaba el velasquismo. Hubo tendencia procubana (en Expreso) de corte democratacristiano, de voluntad más bien autoritaria. Y nosotros, en Correo, una corriente que aprobaba la «propiedad social», es decir, la autogestión. Acaso era una quimera, pero eso era lo que nos reunía, Jaime Llosa, Carlos Delgado, Carlos Franco.

Ahora bien, acaso la insolencia de ese adiós a Velasco me valió la persecución bajo el gobierno de Morales Bermúdez; se declaró contra mi persona. Once meses estuve haciendo una vida clandestina. Me hacían auditorías, pero primero querían meterme preso. Y no lo lograron. El esposo de una tía mía, hermana de mi madre, José Hermoza, a quien la reforma agraria le había intervenido mas le habían dejado tierras, —lo suficiente para seguir como agricultor (era muy moderno, se había formado en los Estados Unidos)—, llamaba a mi madre y le dice que venga a su granja. Cuando me recibe me dice: «nadie te va a buscar, Hugo, en la hacienda de una de tus víctimas».

Y así fue. Un año más tarde, aparecieron tres coroneles, que eran velasquistas, y le dijeron a mi madre: «No sabemos dónde está su hijo, pero dígale que se vaya. Le hemos abierto la puerta. Pero por un corto tiempo. Que pase por Torre Tagle donde le espera su pasaporte». Y así fue. En Francia me esperaron con los brazos abiertos. Volví a los estudios. Historia, Ciencias Políticas, y añadí Ciencias Sociales. No volví nunca a la política peruana. Seguí estudiando y cuando llegue el ángel de la guadaña, aquel que visita a todo mortal, me encontrará escribiendo un texto o leyendo un libro. Perdón por estas líneas finales, pero hay cosas que a veces hay que contarlas. Nadie tiene comprada la vida.

Publicado en Café Viena, 11 de junio de 2019

Cuando cambió el Perú. No más gamonales

El país (catastrófico) que tenemos

Written By: Hugo Neira - Jun• 10•19

Lobbies, coimas, ilícitos, mafias. Como si fuera poco, ¿males peruanos en un mundo incierto? ¿Sabe el amable lector cuál es el gran temor en los inicios de este siglo XXI en los países avanzados y de estable democracia? Mientras crecen los temidos populismos, ocurre que hay una realidad sencilla y a la vez incómoda. En dos palabras, a nivel mundial, el inesperado éxito económico de los regímenes autoritarios. «Hay Estados que se benefician de una renta petrolera, de gas o minera. Controlada por élites políticas, esa renta es utilizada para conseguir que la población acceda a bienes de consumo disponibles en el mercado mundial». La entidad que edita esa idea llama ‘petromonarquías’ a la Rusia de Putin y los Emiratos islámicos. A lo cual hay que sumar la China continental, exitosa, «mucho más que las democracias liberales». No daré la fuente. No viene en inglés, es europea, ni neoliberal ni marxista. Para nuestras universidades resultaría ininteligible.

Y entonces, surge una cuestión, de orden universal. El capitalismo contemporáneo, ¿es el sepulturero de las democracias? Es en los Estados Unidos y en Europa, en las viejas democracias, donde se tiene la impresión que «la democracia ha sido capturada por los potentes intereses económicos, y en particular, por la finanza mundializada». Así va el mundo.

En el Perú hacemos lo posible para ponernos en esa línea de desconstrucción. Aunque modestamente, intentamos nuestra propia entropía. Perdone el lector por el uso de ese concepto. Ocurre cuando se juntan dos materias calientes a una fría, se calienta la tercera, pero la pérdida de energía es inevitable. La entropía viene a ser el irreparable desorden. Es métafora adecuada puesto que hace veinte años que tenemos democracia. Y por otro lado, algo de éxito économico. El ministro de Economía y Finanzas, Miguel Castilla (tiempos de Humala), hizo saber que el PBI del Perú pasaría de US$ 53.000 millones en los 2000 a US$ 400 mil millones en el 2020, o sea, ocho veces más. Claro está, antes de PPK presidente y sus bailecitos, y el semigobierno que ocupa Palacio en estos días. El lector me dirá que eso será el crecimiento global, pero no llega al pueblo. Error, el per cápita en los años 70 del siglo pasado era de US$ 557, luego en 1976 pasa a US$ 943, en el 2000 a US$ 2.023, y en el 2017 a US$ 6.571. No solo ha crecido sino que han surgido nuevas clases medias.

El Perú actual es paradójico. El malestar crece a medida que el país real progresa¡! La aceleración económica la desacredita la corrupción. PPK judicializado, Toledo refugiado en USA, Ollanta y Nadine y sus célebres agendas, investigados, la exalcaldesa que es delatada por Odebrecht. Pasará a la historia como la gran dama que le pide al empleado su pasaporte para abrirle (solapa) una cuenta bancaria en Andorra. Vamos señora, me saco el sombrero. En pujos de poder ha sobrepasado a la Perricholi y a la misma mariscala, la mujer de Gamarra.

En vez de avanzar, retrocedemos. Hace 50 años, el planeta entero se preguntaba qué era el subdesarrollo. Un país subdesarrollado (del Tercer Mundo) era clasificado a partir de tres grandes atrasos. Primero, una masa mayoritaria de analfabetos. En segundo lugar, que sufre de hambrunas. En tercer lugar, básicamente rural. El joven que yo era se dijo quizá algún día el Perú habrá superado esos obstáculos. Pues bien, como sabemos, ya no tenemos estadísticamente analfabetos. Lo que tenemos son iletrados, es decir, millones de peruanos y de estudiantes que no abren jamás un libro ni leen diarios. Luego, si bien hay niños mal alimentados, es franca minoría. Nuestro mayor triunfo es la gastronomía. Lo que ocurre es al revés, somos un país de gorditos. La más extensa de las enfermedades es la diabetes. Y en cuanto a lo rural, resulta que según el INEI, más del 80% de los peruanos vivimos en ciudades. Pero seguimos siendo subdesarrollados. Con un poco más de plata en el bolsillo pero cada vez menos comportamientos de gente civilizada y que respete al «otro». Ya se sabe, el peor enemigo de un peruano es otro peruano.

¿En qué fallamos? No hemos entrado a la economía moderna. Sí fue el caso de países asiáticos como Corea del Sur, Singapur. La mayoría de los empleos son informales, con poca formación del artesano, poca productividad, bajo ingresos, precariedad (sin seguros de salud). Y por supuesto, la ruptura del tejido social, el fin de los sindicatos, nada de solidaridades, cada uno baila con su pañuelo. ¿Eso es  progreso?  Y lo que nos  ha dicho nada menos que el Banco Mundial: «Los datos revelan que el graduado promedio que sale de la escuela pública secundaria carece de la capacidad en pensamiento crítico y de aprendizaje y en consecuencia es inempleable.» En las pruebas internacionales (llamadas PISA), los jóvenes peruanos están peor que Indonesia y Bolivia.  Y 100% de los niños «no leen nada». En secundaria, la velocidad de lectura para jóvenes chilenos es de 60 palabras y la de los peruanos, 30. Y la conclusión, catastrófica: «Un 70% de jóvenes peruanos no están preparados para la vida moderna, o sea, no se les puede emplear». En otro capítulo, se ocupan de las pandillas. «Un 24% de jóvenes ni estudia ni trabaja» Sin embargo, «un 80% de padres están contentos que sus hijos vayan a las escuelas.» (Cap. 26, p. 633)

Y este es el país nuestro: la política como sospecha, la fragmentación de la sociedad, el costo de no tener Estado moderno. Y en esta situación, la prisa por una reforma política. Sin debate, ¿proyecto de un puñado de personas? La propuesta de las «primarias abiertas». Inaceptable. O sea, que cualquier peruano vote por el candidato de un partido, que no es el suyo. Genial, doctor Tuesta, romper los partidos por dentro.

Lo peor nos espera en el 2021. Está en marcha la construcción de una megapresidencia. Y una masa de peruanos que no tuvieron cursos de formación cívica en los colegios estatales, vueltos hoy en una lumpenciudadanía manejada por posverdades, no puede entender para qué sirve el parlamento, los partidos, las libertades. En el Perú acataron siempre a dictaduras militares o civiles. Leguía, Odría, Manuel Prado. Nuestro futuro es nuestro pasado. Progresamos como el cangrejo, marchando hacia atrás.  

Publicado en El Montonero., 10 de junio de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/el-pais-catastrofico-que-tenemos

¿La modernidad? Una mirada al norte: el Derecho y no solo los lobbies

Written By: Hugo Neira - Jun• 04•19

Muchos me conocen como Neira el mutante. En efecto, he cambiado varias veces de vida. Luego de mis estudios en Francia, en ciencias políticas; y luego, después de Velasco, al retorno, otros tantos años de profesor titular, después del concurso (todo profesor  pasa pasa por un concurso público, antes de ser catedrático), resulta que he pasado mas años de mi vida en Europa que en el Perú.

Hoy, solo me interesan mis clases y los libros universitarios que escribo, dos por año. Cada uno, de 400 a más de 500 páginas. Soy políticamente apartidario. La a en castellano, es distancia. Ateo. Anómico (sin norma, etc). Pero no me entienden. Creen que soy ‘fujimorista’, o ‘aprista’ o lo que sea. Que un profesor sea distante de las ideologías, no solo les sorprende. Ignoran que eso es lo normal en otros países, por cierto, ajenos al deseo de desacreditar al que no se deja manejar por las corrientes de opinión, que todas, no expresan sino los intereses particulares.

Por lo demás, no es que me sean ajenas las pasiones políticas. Pero mi último compromiso político data de 1970. Hace cerca de 50 años. Cuando Velasco. Luego, como no me quedaba más remedio, volví a Francia, mi madre adoptiva, donde me abrieron los brazos. En fin, si el canibalismo sectario sigue con la cantaleta de ponerme etiquetas, es inútil. Aunque no lo crean, carezco de cálculo alguno y menos de ambición política. Pero para comprenderme, creo que no tengo más remedio que explicar, sin vanidad, de dónde provengo.

Soy un caso particular. Mi padre, un rebelde, que por eso entra a la policía montada. Así conoce a mi madre, en Abancay, señorita de gran familia, los Samanez. Se amaron, se casaron, tuvieron dos hijos y se divorciaron. No estaban hechos para convivir. Fueron mis abuelas paternas las que se ocuparon de mi infancia, las Damiani, ella mismas, singulares. Arequipeñas de origen italiano, estudiaron en el norte de Italia. Fueron para mí tutela y rigor. Luego, un segundo rigor, el barrio en el cual crecí, Lince, barrio de broncas. Mi adolescencia fue un interminable combate callejero. La tercera lección de rigor fue la escuela fiscal, recuerdo el nombre: n°429 de Lince. Escuela estatal, o estudiabas o te ibas. Luego, secundaria en el Melitón Carvajal. ¿Alguna sorpresa, que a los 18 años, y muertas mis abuelas, entrara a San Marcos y trabajara como obrero para poder sobrevivir y  estudiar? No tuve una cultura ni criolla ni andina. Quizá por eso, una mirada distinta a la de otros escritores. Fuera de etnias y clanes familiares, navego a contracorriente. No es una cuestión de ideología sino de modo de ser.

Luego el azar quiso que Porras me llamase a trabajar en su casa, junto a Pablo Macera, Carlos Araníbar y Mario Vargas Llosa. En fin, años después, en 1961, llegué a Expreso, cuando lo dirigía José Antonio Encinas. Me enviaron al Cusco como corresponsal de guerra, y mis crónicas conformaron Cusco: tierra y muerte. Libro que me dio un premio nacional y un inesperado salto a Francia. François Chevalier, profesor francés de paso por Lima, buscaba un peruano para completar su equipo y me invitó a trabajar en París. Curiosa historia. Difícil de repetirse.  

Si algo echo de menos, es la gente de mi generación. Los que entramos a un pequeño partido sin esperanza alguna de tener poder. Era como una tarea ética, hacer algo por los otros. Fernando Fuenzalida, Carlos Franco, Arias Schreiber. No eran hijos de proletarios, más bien, venían de los mejores colegios. ¿Qué nos juntaba? La idea de que el Perú debería pasar por una revolución. Al aprismo de entonces, lo tomábamos como una forma de la socialdemocracia. Pero estábamos convencidos —y no nos faltó razón— de que el país necesitaba algo más fuerte para liberar a la sociedad de la oligarquía, a la que encontrábamos tanto disipada como premoderna. 

Dicto cursos, se editan mis libros, pero el Perú no es el jardín del Edén. Me viene a la memoria una frase de mi maestro Porras: «la recompensa falaz de las suplantaciones de mérito». Pese al raje y las envidias, continúo con mis investigaciones. Y no hago vida social ni tuiteo mucho. Mi programa para ustedes abarca las Ciencias Sociales y lo que corresponde a un siglo de tecnociencias como el XXI. Transformaciones de sociedades, nuevos modelos de gobernabilidad y el renacimiento en nuestros días de una cultura ligada a diversos saberes, tanto científicos como humanistas. Creo en el conocimiento. Y mis crónicas, espero que conduzcan el ciudadano lector hacia su propia libertad.

Sin embargo, hay un obstáculo que sobrepasar. Un malentendido sobre lo que es la modernidad. Piensan que son los grandes negocios, la producción de maquinarias y el avance científico. Lo cual en parte es cierto. Pero en ese último punto, solo piensan como sociedad compradora. La idea de que podamos ser también una sociedad moderna como las del mundo asiático —me refiero a Corea del Sur, Singapur, que han dado el salto a la revolución industrial recientemente—, no figura ni en las universidades peruanas ni en la mentalidad colectiva. La manera cómo esperan ingresar a las hábitos de las naciones avanzadas parte del supuesto que eso vendría si tuviéramos grandes ingresos y compráramos todo lo que parece moderno, desde los utensilios domésticos a las grandes mansiones, y eso ya sería estar a nivel de Canadá, Australia, Bélgica o cualquiera otro gran país con prosperidad. Pero el gran error de mis paisanos es tomar todo eso como la causa del progreso cuando en realidad es consecuencia de otros aspectos de la modernidad. El motor de lo moderno, está en otro nivel de las sociedades enriquecidas. Es normal que nos deslumbren. Pero algo, muy decisivo, es el andamiaje cognitivo con el cual esas sociedades se transformaron. Derecho. Justicia. Igualdad. Lo ignoran. A lo cual se añade la impresión favorable que les produce la vida de los norteamericanos. Pero algunos, que no merecen ni los nombres propios, solo vieron las trampas que se llama lobby. El resto, ni lo vieron.

Acabo de ver una película excepcional. Por el momento se la puede ver en Lima. Se llama La voz de la Igualdad. En inglés, On the Basis of Sex. La han distribuido en México, Argentina, Colombia, etc. En pocas palabras es la vida de la joven Ruth Bader Ginsburg, una abogada que se abre camino cuando llega a tener el privilegio, en tanto que mujer, de ser admitida en Harvard, y más tarde, en su vida de abogada. Ella es un referente del feminismo norteamericano. Su historia personal es la de innumerables mujeres que  lucharon y siguen luchando contra la discriminación de género. Recomiendo al amable lector que lee estas breves líneas que vaya a verla, no se la pierda. Para mí, cae como anillo en el dedo a otro significado, aparte de la importancia del tema de la mujer, sobre todo en nuestro país, en donde la ministra de la Mujer declara tener 600 o 700 abogados, cada uno ocupándose de 35 casos de abusos (de todo orden) y llamadas por teléfono,  300 por día,  quejas de machismo tanto oral como golpes. Claro, eso importa. Pero voy a otro ángulo de lectura de la sociedad norteamericana, que acaso sin desear, nos libra ese film.

Seamos claros. Los Estados Unidos (y no Ecuador ni Chile, aunque haya una comunidad peruana de 200 mil residentes peruanos en tierras chilenas) son nuestro vecino más cercano. Es innumerable la cantidad de familias peruanas que tienen un miembro en USA, sea el hijo, sea el marido, y otros familiares. Además, raro es el peruano o peruana que no haya visitado alguna vez Norteamérica.  En mis viajes, observo por ejemplo la vida cotidiana de México, país con una larga frontera con los Estados Unidos, y en diversos sentidos, tocado por la norteamericanización de su sociedad en gustos y consumo. Casi diríamos algo normal, dada la cercanía. Sin embargo, en lo que concierne las costumbres peruanas, rituales de ocio y maneras, los peruanos sobrepasan a los mexicanos. Somos el país más cercano por mímesis a los americanos. Y cada vez más lejos de Europa. Pero ese tema lo dejo para otra ocasión.

¿Que quiero decir con esa hipótesis, el deseo de ser como ellos? La verdad, no es anormal que una gran potencia se imponga, acaso sin desearlo, desde el nivel de una cultura dominante. Es decir, no solo el dólar sino el cine, la televisión, internet, las modas y bailes de la juventud, hasta la manera de vestirse o de vivir, el supermercado, los muebles caseros, el jean para varones y mujeres, la sencillez del vestuario, pero también sus lujos, el tipo de auto, de reloj, etc. No, mi idea de lo que falta no va por objetos o propiedades. Va a lo que se nos sale del esquema mental. Vuelvo, pues, a la película, La voz de la Igualdad. Mi placer de ver esa narrativa es porque, aparte del drama de la heroína (y su victoria), está algo más. Es el culto al Derecho. El tipo de jueces y profesores de Columbia o de Harvard que aparecen en el film. La seriedad de esos tribunales. La importancia de las leyes en vista de una sentencia moral y ética que hizo a los Estados Unidos desde los inicios del siglo XIX. El «bien común», «el sistema que hiciera feliz a la mayor cantidad de personas». En otras palabras, eso hizo moderno al país que se separaba del imperio inglés. Y no conozco a ningún peruano, incluyendo a aquellos que han estudiado por largos años en América, que ha pensado o dicho que eso es lo que los ha hecho lo que son. La ética para una gran nación.

La modernidad no es, pues, que comienza cuando el 15 de abril de 1830, en Inglaterra, y partiendo del principio de la expansión de los gases por el vapor —gracias a la idea de Watt—, un ferrocarril se echa a caminar, sin necesidad de bestias de tiro. Es al revés: comienza cuando Watt establece su derecho de propiedad, y entonces, puede solicitar a los bancos probar con hechos su descubrimiento. Hasta el día de hoy, en Londres, se guarda la primera máquina de vapor. Le precede al inventor un sistema jurídico. Un orden legal. Y una ética. Vuelvo a la película. Eso es lo que hizo lo que llamamos modernidad. Traigo a colación un filosofo francés, de nuestros días, Châtelet. Lo escuché en una de las grandes aulas de la Sorbona. Literalmente, «la modernidad no es un concepto ni sociológico, ni político. Es una forma de civilización, que se opone a la tradición. Es algo que se cita como un mito y a la vez como realidad. Cubre diversos dominios. Es la técnica moderna, la música moderna, la pintura moderna». «Una manera de vivir», agrega. Y lo que sigue, acaso lo que no entendemos tras dos siglos de independencia: el Estado moderno.

¿Y cuál es la tradición que nos impide ser modernos? Nada menos que la corrupción. Pero dejémonos de trampas. No me refiero a la que viene ocurriendo en la cumbre de los gobiernos legítimos del 2000 al 2019, sino desde siempre. El amable lector podría consultar el libro de Alfonso W. Quiroz, Historia de la corrupción en el Perú. Va desde la corrupción colonial, la plata y el contrabando, a los saqueos de los caudillos (ya en la República), el asalto del dinero producido por el auge guanero, los consolidados, la infamia de los consignatarios, y luego del desastre de la Guerra del Pacífico, el alquiler de militares, el contrato Grace y los dictadores venales de 1932 a 1956.

Somos poscoloniales cuando ocupamos un cargo importante sin haber sido nombrados a dedo, sin apelar a familiares, amigotes y argollas. Pero eso es raro. No solo el respeto a la ley nos haría modernos sino ciertos sacrificios. Los puestos por meritocracia. Los cartones de maestría y doctorado, sudados y difíciles, como esa película lo muestra. Seremos modernos cuando deje de ser tan importante nuestra intensa vida social. Que no es solo una consecuencia de las relaciones familiares y las amistades, sino la importancia del tener contactos, sobre todo con jueces y fiscales, para salvarnos en un caso problemático. Toda una cultura de nuestra ilegalidad está en el hablar de eso que conocemos: «el hermanito». Versión criolla de Al Capone, con ternura de criollo. Al Contrato social de Rousseau le ponemos el juego barroco de nuestra música, y entonces, ¿para qué entrar a esa modernidad tan exigente cuando el ocio virreinal todavía nos acompaña?

¿Atrasados? Eso sería estar detrás de otras sociedades. Acaso Chile, Uruguay. No es el caso. No estamos en una sociedad postotalitaria. Eso es Rusia de hoy, aunque Putin tiene políticas muy personales. Ni la Alemania, donde se conoce todos sus errores y horrores cuando los campos de exterminio en los años treinta. No los ocultan. Nosotros ocultamos nuestra historia. Como curso, ha desaparecido en las escuelas. No sé qué somos, pero no modernos. No tenemos una cultura secularizada, al contrario. Las doctrinas políticas, que son pocas, son tomadas como religiones, es decir, con actos de intolerancia ante el «otro».  En la modernidad es clave el reconocimiento del otro. De sus valores, aunque no sean los míos. Hace de eso más de veinte años, cuando vuelvo a Lima con Hacia la tercera mitad bajo el brazo (siete años de escritura en Papeete, Polinesia Francesa), hablo del «paradigma impertinente». En el fondo de las cosas, mis paisanos quieren desarrollo, progreso, sin cambiar en nada sus costumbres. Ha pasado el tiempo y yo no veo un siglo XXI con novedades. Veo que vuelven a mandar los caudillos. Al menos los de los primeros años republicanos —Gamarra, Santa Cruz, Orbegoso— eran sinceros. A caballo y corriendo riesgos. Hoy el cinismo consiste en que los acusados por actos ilegales persiguen a acusados por actos ilegales. Pero están sembrado tempestades. Me temo lo peor.

Fe de erratas: En la columna del martes 21/05, se debe leer Andrés Avelino Cáceres y no Alejandro Avelino Cáceres.oy sdeHoy

Publicado en Café Viena, 4 de junio de 2019

Nuestra era oscura

Written By: Hugo Neira - Jun• 03•19

«Que la imagen de tu porvenir no te confunda jamás.

Incluso si te rodean diversos hechos deplorables, y

no pese en tu ánimo ni el pasado ni el futuro, piensa

en el presente. Es eso lo que te concierne»

Sí, pues, un pensador de una época muy confusa, Marco Aurelio, emperador y célebre filósofo estoico. Descubrí a los estoicos cuando intentaba entender a Karl Marx y me intrigaba que su tesis en la Universidad de Jena estuvo dedicada a Demócrito y a Epicuro. De ahí proviene su materialismo, es decir, buscar la causa de las cosas sin intervención de dioses. No estudié filosofía pero Epicteto me acompañó a lo largo de mi vida. En Lima, de ese filósofo griego solo hablaba con Fernando Fuenzalida. Está de más decir que lo echo de menos. Esos moralistas formaron la élite que permitió la victoria política del cristianismo.

Los estoicos estaban convencidos de que la esperanza era un obstáculo a la inteligencia. Por mi parte tomo esa idea por dos razones. La primera, me enferma esa actitud en la vida peruana, ser, como se dice, positivo. En el nivel personal o familiar, tiene sentido. ¿Pero para lo social? Me temo que sea un pretexto para evitar ver la realidad. Un mecanismo extraño que consiste en mentirnos a nosotros mismos. ¿Una manera de evitar el estrés? Puede ser. Les voy a consultar a mis amigos psicoanalistas, Mati Caplansky, Moisés Lemlij y Max Hernández.

Nunca hemos vivido en el ayer, algo parecido en la vida peruana. Había élites y había pueblo. Y si las élites fallaban, quedaba la sapiencia del pueblo que enderazaba las cosas. De las élites en política pienso en la que acompañaba a Víctor Raúl Haya de la Torre. O que, más tarde, escoltaba a Alfonso Barrantes, es decir, Jorge del Prado, Genaro Ledesma, Ricardo Letts, Ricardo Napuri, Edmundo Murrugara, Hugo Blanco, Javier Diez Canseco y Béjar, antes y después de la guerilla. En fin, no me ocupo en estas líneas, de los avatares de la izquierda, escribo calamo currente (rápidamente) pero no olvidaremos a Luis de la Puente Uceda que fue a inmolarse en Mesa Pelada. Había izquierda. Eran los días de los frentes obreros, campesinos y juveniles. No de Amauta sino de Marka.  No una sino como 13 a 15 organizaciones que iban de 4 mil afiliados a 100 mil. Nada que ver con lo que hoy ocurre.

En una reciente entrevista que me hicieron, dije que «lo que más me preocupaba era la gran brecha actual entre el país político y el país real». En esa época no era «izquierda» gente venida de La Inmaculada o algún colegio secundario de curas. Lamentablemente, los de hoy tomaron de la Iglesia y el catolicismo lo que es justamente lo menos útil para una vida democrática. La vanidad de ser dogmáticos. Han trasladado conceptos absolutistas al mundo de pluralismos que son las ideas políticas y sociales. Y cuando se acercan a algún mandatario, sus consejos apuntan a una guerra civil, bien a la peruana, «estrategia solapa». Inconfesable. Su resultado ha sido veinte años en que auparon al sillón presidencial a improvisados que no entendieron ni el poder, ni las necesidades sociales, ni a los peruanos. En cambio, no diré que la corrupción es su culpa. Eso es otro crimen colectivo. Tiene que ver con la ambición del dinero. Y no solo del poder. Pero dudo que el interés del poder para tener dinero desaparezca. No de inmediato. 

Si hoy no existen las élites a la vez cultas y con doctrinas políticas (sean las que sean, de ácratas, marxistas a liberales o conservadoras), ¿queda la posibilidad de la inteligencia colectiva? Es decir, el pueblo. Temo que eso también ya no cuenta. Por una razón: el colapso de la educación estatal peruana. Lo he dicho anteriormente.

Un periodista me pregunta: ¿Cuáles son esos yerros que nos ponen hoy al borde del abismo? Respondo: «Estamos ya en el abismo. Hubo una buena educación para hijos del pueblo. Estudié en el Melitón Carvajal y era una estupenda secundaria. ¿Qué pasó? Hace 30 años que dejamos de tener un esquema normal de aprendizaje. Eliminaron los cursos de química, física, lógica, historia del Perú, historia universal, literatura. Nadie ha hecho eso en otro país. Ni gramatica ni lógica. Esos cursos, servían para cultura general y para aprender a razonar. Hoy, en los tests internacionales de PISA, somos «los últimos de la clase» (Nicolás Lynch). Aquí todos han fallado. Los 3.700.000 jóvenes que llegan a las urnas, entre 18 y 24 años, han tenido la peor formación del planeta. En otras palabras, se olvidaron de educar al soberano. Sartori decía: «la democracia es el mejor de los regímenes, siempre y cuando tenga ciudadanos cultos».

Pero a ese vacío cognitivo —creen que tienen secundaria y no la han tenido— se suma otra plaga. Mi argumentación toca costumbres, modas, mentalidades. Se supone que la mayoría de peruanos son cristianos. Estadísticamente lo son. Pero el cristianismo se afianza en la idea de que el espíritu de Jesús resucita en cada uno de nosotros a través de la persona singular que somos. Desde eso que llamamos ‘alma’, capaz de un progreso infinito, a través de su propia educación. De una manera general, los seres humanos nos alejábamos de la bestialidad tras la lectura y lo que se llama introspección. La consciencia de sí mismo. Sin embargo, en la vasta ciudad, además de iglesias vacías (salvo algunas fiestas), lo que veo es gente que camina con un aparato en la mano, y siguen paso a paso, indicaciones y mensajes. Se diría una procesión. Un dios llamado celular.

En un país de pésima formación, donde no se lee, la tecnología nos dicta los juicios morales. Mezclados a las noticias, también se decide quiénes son ‘decentes’ o ‘indecentes’, buenos o malos. En todo eso, yo no veo progreso sino el fin del individuo y una forma light de conformismo, y la muerte de la introspección.  O sea ya no se piensa. Otros, desde las emociones, te  ponen ideas y prejuicios.

Me dirán que eso ocurre en cualquier país. Cierto, pero en otras sociedades, la cultura digital daña menos porque se ha educado en la cultura de la lectura. Y saben dudar, criticar, separar lo cierto de lo falso. No es nuestro caso. Las redes son el lugar de la protesta y también de embarullar, entrampar, oscurecer, el chisme, el dime y el direte. Del complot y la maquinación.

Me preocupa. La democracia está amenazada por el intríngulis y el tejemaneje de cada día. Lo está el Perú, la Patria, la República. Esa cita —colectiva— del 2021, no es cualquier cita. Vale recordar que en el anterior Centenario, en 1919, aparece la Generación del Centenario: Jorge Basadre, Porras Barrenechea, Moreyra y Paz Soldán, Luis Alberto Sánchez, Ricardo Vega García, etc. Todos increíblemente jóvenes. Lo siento, en ese terreno, en lo espiritual, hemos retrocedido. En 1919 se aplaudía a los inconformes. Hoy lo que se luce son los incondicionales. No vamos hacia una autocracia. Ya estamos en ella. Leguía II en el sombrío horizonte. Espero equivocarme.

Publicado en El Montonero., 3 de junio de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/nuestra-era-oscura

Entrevista: «El Presidente está asustando a la población»

Written By: Hugo Neira - May• 29•19

Hugo Neira analiza comportamiento de Martín Vizcarra

Por: Juan C. Ángeles Moreno

– El presidente Martín Vizcarra fue criticado por ir al Congreso para protestar por la no aprobación de sus proyectos de reformas políticas. ¿Qué opina al respecto?

Estoy asombrado de ese comportamiento. ¿Por qué resulta chocante que el Presidente entre a un Parlamento de esa manera para rezongarlos? Porque en todos los países civilizados, el mandatario o la reina no pueden ir a la cámara de diputados o senadores sin pedir permiso. Las cámaras deciden. Ahí está el respeto (…). El Presidente no puede ir al Congreso, como si fuera un ministerio, para ver si funciona. Esto refleja que no sabe cuáles son las maneras democráticas. Debe entender que el Legislativo no es un poder por debajo de él, sino igual.

–Diversos legisladores dijeron que el Ejecutivo pretende cerrar el Congreso. ¿Cree lo mismo?

Si cierra el Congreso, queda un Comité Permanente que convoca elecciones. ¿Qué seguridad tiene de que va a ganar él u otro, o que regresen los mismos congresistas? Le hicieron creer que si se ponía fuerte y se enfrentaba a Keiko [Fujimori] se volvería popular, fue cierto porque subió a un 70% en las encuestas cuando la metieron presa. Sin embargo, los pueblos son muy inestables, no porque una vez pase, va a ocurrir siempre. El Presidente está asustando a la población. Yo le recomendaría que no haga eso. A las personas les gusta alguien fuerte, pero si se asustan, termina siendo impopular.

–¿Lo hace por no perder popularidad en las encuestas?

Las encuestas son mínimas, cualquiera que se haga, son pequeñas porque solo responden 500 personas en Lima y lo hacen pasar como si fuera todo el país. Me preocupa que los últimos presidentes estén pendientes de la popularidad. El buen presidente y buen estadista es quien hace cosas impopulares por un bien.

–Quieren que el Legislativo apruebe la reforma política. ¿Cuál es su análisis?

La reforma necesita diálogo, tiempo y voces de expertos, en especial psicólogos (risas). No entiendo por qué hay tanto apuro. Se tiene que ver detalladamente porque quedará para el futuro. Me parece que su meta es una pluralidad de pequeños partidos, con lo cual se justificaría un magnopresidencialismo. Y pensar que los politólogos de otros países de América Latina están llegando a la conclusión de que el presidencialismo ha retrasado el desarrollo, puesto que inevitablemente desemboca en un leadership (liderazgo) autoritario. ¿Vamos a repetir los años veinte de [Augusto B.] Leguía como celebración del Bicentenario?

–¿Vizcarra quiere quedarse en el poder?

Pareciera ¿no?, o está trabajando para un magno poder, para alguien más.

–¿Salvador del Solar podría ser su sucesor?

Podría ser. Tengo una buena opinión de Salvador del Solar. Sabe contenerse, pero le pueden dar una maquinaria que lo lleve inevitablemente al autocratismo (…). El sistema te vuelve tirano.

¿Cree que su salida como columnista de El Comercio fue por presión política? Usted estaba en contra del enfoque de género.

Nunca me hicieron una observación a mi columna. No sé si fue por presión, supongo que podría serlo. Es curioso porque cuando escribía en La República con libertad, hice un artículo donde puse: “con Humala, ni con una pistola en la sien”, la publicaron y luego me dijeron: “Señor Neira, estamos haciendo una reestructuración –igualito que en El Comercio–, vamos a tener que prescindir de sus servicios”. Mis columnas son imprevisibles, pero quieren lo correcto, o sea lo que ellos decidan, pero no me da la gana. Prefiero no escribir.

Publicado en el diario Expreso, 29 de mayo de 2019