Como
en otras ciudades del planeta, en Lima las plateas se llenaron. Mucho más que
«Infinity War» que la precede, desfilan en la pantalla batallas espectaculares,
un film épico, en que Iron Man y el Capitán América, y un equipo de superhéroes
enfrentan otra vez al poderoso Thanos, que ha destruido ya la mitad del
universo. Avengers —es decir, Los
Vengadores— trata de lograr lo imposible, en una película de tres horas. Es guerra
entre titanes. «Yo soy lo inevitable» dice Thanos, nombre griego, que quiere
decir caos y muerte, no solo del hombre sino del cosmos. Y le responde uno de
los héroes: «Y yo soy… Iron Man». En realidad, el triunfo definitivo es del Marvel
Cinematic Universe.
Ahora
bien, no estamos ante una película sino ante un tipo de cine en serie. El ciclo
comienza en el 2008, y luego en el 2012 reaparece con el nombre actual, Avengers, y desde entonces funciona la
taquilla. En el 2015 lanzan «Avengers: Age of Ultron», y luego, en el 2018, «Infinity
War», que fue un éxito clamoroso. Eso no es todo. La empresa Marvel ha creado «veintidós
films en el último decenio, series de televisión y películas directas de video»
(Wikipedia). Sin duda, ellas no están en
nuestras pantallas peruanas. Pero la noche en que fui al cine, escuché personas
que conversaban antes de la proyección de «Avengers», gente que por lo visto
había visto los films anteriores y conocían familiarmente a Hulk, Thor, y al
Hombre Maravilla.
Es
más, Los Vengadores tienen ancestros más antiguos. En 1001 Cómics —diccionario y recuento de los cómics «que hay que leer
antes de morir»—, muestra la revista que en 1963 ya lucía unos superhéroes
reunidos en la Liga de la Justicia de América. Ya estaban ahí Iron Man y Hulk,
junto a el Hombre Hormiga y la Avispa. O sea, el cómic, que fue y es el placer
no solo de niños sino de adultos (me incluyo en el club), precede al cine, y no
es la primera vez que ocurre. Superman, Tarzán, Flash Gordon antes de la guerra
en las galaxias, pero no siempre. El pato Donald, un pato gruñón adorado por
generaciones, sin éxito en las pantallas.
¿Qué
es específico en el ciclo «Avengers»? La prensa americana reconoce que el equipo
de superhéroes no oculta una relación semioficial con el gobierno
estadounidense. «Cada uno tiene un poder diferente», dice uno de sus héroes,
«pero unidas nuestras fuerzas seremos invencibles». Otro rasgo muy americano,
un equipo en donde entran y salen, como ejecutivos de una empresa. Y por último,
Thor era el nombre de un dios germano, o sea, estamos ante una saga nórdica,
aquella que el público americano conoce, pero difícilmente los latinoamericanos.
Felizmente, no solo aparecen titanes (mitología de los griegos antiguos) sino
humanos, androides y seres monstruosos. Mezcla de culturas, otro rasgo que la
hace universal y a la vez popular.
Pero
la resurrección de mitologías va más lejos. Umberto Eco, profesor italiano
asociado a universidades americanas, y no por azar dedicado a la semiótica, se
ocupó de Superman y el Superhombre, en sus libros. Esa búsqueda de la
superhumanidad que viene de Nietzsche, el transhumanismo. Y alguien se preguntó
si los antiguos griegos creían realmente en sus dioses. Y fue Finley, profesor
en Cambridge, gran helenista, quien responde con humor británico, «tanto como
nosotros creemos en Superman o en Batman». Hay una ideología y acaso una
religión en «Avengers», eso que llamó Umberto Eco, la «estructura ausente».
Cuando
comencé a escribir en este diario virtual, le prometí a Uri ocuparme en algún
momento de lo que en ciencias políticas se llama austromarxismo. Acaso de esta
corriente no hay sino algunos que la conocen, pero en general, conocida o
silenciada, no nos hemos interesado por su contenido. O dicho de otra manera,
aquí hubo prosoviéticos, promaoístas, estalinistas y trotskistas, incluso
algunos en los setenta se asomaron al socialismo yugoslavo, el de Tito, por su
lado autogestionario. Pero poco o nada de la corriente de Max Adler, y también
lo de Otto Bauer, nos atrajo nunca. Sin embargo aquello fue una «combinación de
democracia parlamentaria con democracia directa» (Encyclopédie Philosophique Universelle, «Philosophie occidentale»,
PUF, París, 1992, p. 1547). La cuestión es por qué los europeos no la olvidan,
y en nuestro mundo político criollazo, no produjo ni razón ni pasión.
En
efecto, no he escrito hasta ahora nada acerca de esa teorización universal del
austromarxismo. Sin embargo, tuve un instante
en que alguien me pidió que hablase, en una universidad peruana, algo sobre la
socialdemocracia alemana. Callaré el nombre del colega que me invitaba —un
joven profesor—, no quiero incomodarlo en su carrera en una de esas universidades
que se suponen de izquierda pero, en realidad, muy ortodoxas y pegadas al marxismo
del manifiesto comunista. Lo callaré porque el solo hecho de invitarme, y con ese
tema años atrás, le costó una suspensión de cursos. Menos mal que tenía otros,
pero el de la historia de las ideas del socialismo y el comunismo, se había
perdido.
Siempre
recomiendo a mis alumnos decir cuál es el tema que se aborda. En este caso, recordar
el determinismo del viejo marxismo que no pudo contar con las posibilidades que
se abrieron en varias sociedades tras la revolución industrial y sus diversas
fases, entre ellas, el reformismo revolucionario del austromarxismo. Esa
corriente no quiso seguir a los bolcheviques y en cambio, el sindicalismo
obrero y el extraordinario apogeo de la industria, hace nacer otro tipo de
proletariado, compuesto por asociaciones obreras que coincidían con el
pensamiento socialdemócrata. A lo que voy, los herederos de Engels y Marx no
fueron solo los bolcheviques. También Karl Kaustsky, el «traidor» como lo
llama Lenin. Traidor porque no era necesario para la Alemania anterior a la
primera guerra mundial, un putsch
militar como el de 1917. La revolución rusa abre
una brecha con los socialdemócratas, algo así como «los hondos y profundos desencuentros»,
de Iván Degregori, para tomar distancia de Sendero Luminoso.
En política, y en
especial en el análisis político, cuenta tanto el discurso como el silencio.
Qué extraño que de esos marxistas demócratas del siglo XX europeo no se quiera
escuchar ni el suspiro. Sin embargo, a lo largo del siglo pasado, diversos
partidos socialdemócratas guardaron una cierta inclinación «socialista». (Opinión
de la Encyclopædia Universalis, 2004.)
Y a lo largo de Europa, los países escandinavos practicaron la
socialdemocracia. En particular en Suecia. Las conquistas sociales y políticas
ampliaron los derechos en material social, convirtiéndose en «sociedades de
democracia social». Otros actores son de todos conocidos. En la social, a
partir del revisionismo de Bernstein, el SPD (Sozialdemokratische Partei Deutschland),
hubo movimientos parecidos en Dinamarca, Finlandia, y en Suiza. Hoy estas corrientes
enfrentan una crisis por el crecimiento de los movimientos populistas, que a
veces parecen de izquierda, y a ratos, de derecha. No hay por el momento un
modelo de socialdemócratas capaces de adoptar las tendencias que disocian lazos
sociales tras las modificaciones de la tecnología y las relaciones individuales
de empleados y trabajadores, sin lazo alguno entre unos y otros.
Pero esa corriente, el
austromarxismo, no se hunde con la URSS. Por la sencilla razón
que no creyeron en la «utopía comunista», sino que fueron los rivales ideológicos
de los bolcheviques. Y a la vez, se enfrentaron a las tendencias conservadores.
¿Por qué en ciertas universidades no se quiere hablar de esa rama (demócrata)
del marxismo? La coincidencia de libertades, democracia y luchas sociales no
violentas, contradecía la idea de que era necesario prescindir de las
instituciones y la justicia, es decir, el mito de la revolución y dictadura.
Se fue el siglo XX para
los peruanos. Y no hubo ni revolución ni tampoco algo socialdemócrata. Lo único
que se le parece es, como el lector lo presiente, el partido aprista. Acaso por
eso ni se menciona. Sin embargo, Haya de la Torre dijo todo lo que tenía que
decir en Mensaje de la Europa nórdica.
Pero en nuestro país, la serenidad y el arte de la discusión política, hace
rato que ha emigrado al cementerio de ideas.
En fin, se han olvidado
también de los eurocomunistas de los decenios sesenta al ochenta, encarnados
por los partidos comunistas de Francia y de Italia. Ya no predicaban la
dictadura del proletariado. Mitterrand no sigue a Rosa Luxemburg, sacrificada
en 1920. La meta de esos partidos socialdemócratas que en la América Latina
desconciertan —porque todo lo vemos desde un dualismo perverso—, es el largo
plazo, es decir, conservar su lugar en las colectividades de trabajadores, pero
no por eso quedarse en el poder por decenios. No hubo un dirigente único como
en la Cuba de Fidel desde esas izquierdas que ignoramos. La radicalidad no
consiste en quedarse en el poder. La realidad no es inmutable. Las expresiones
políticas se modifican. Y ay del político o el partido que no lo entienda.
Dice
un añejo aforismo, o refrán, que «el azar hace bien las cosas». No hay que
dudar de la sapiencia que viene del pueblo, pese a que sea anónima. En
sociología a veces pensamos que existe una «inteligencia colectiva». Pero
también pensamos que a veces, las sociedades pueden albergar «culturas
fracasadas». Esta idea es del filósofo español José Antonio Marina. Es un
pensador que recomiendo se conozca. Su lectura es imprescindible, sus obras las
edita Anagrama. A lo que voy, ocurre que por casualidad, fuimos al teatro a ver
la obra escénica de Alejandro Guzmán, Muerte
en el Pentagonito, en la Alianza Francesa de Lima. Que se inspira en el
libro de testimonios de Ricardo Uceda, publicado por Planeta. La obra, tanto la
investigación de Uceda como la versión teatral, aborda el año 1983, en que bajo
el gobierno de Fernando Belaunde Terry, se decide «involucrar a los militares
en la lucha antisubversiva». El personaje principal es Sosa, «parte del
destacamento que se instala en Ayacucho para combatir a Sendero Luminoso»,
según Folk, la pequeña y útil guía
que trae diversas reseñas de teatro y actividades musicales, mes tras mes.
En
la contraportada del libro de Uceda recién reeditado, se coloca frases de
elogio. Mario Vargas Llosa, «Este personaje, el suboficial de inteligencia
Julio Sosa, principal informante de Uceda, una verdadera máquina de matar,
parece extraído del cine negro o la literatura sádica». De su lado, Alfredo
Barnechea, «Verdaderamente, es uno de los libros más importantes que yo he leído
sobre el Perú reciente. Creo que es un libro que va a quedar como un testimonio
fundamental». Hay reconocimientos venidos de Guillermo Niño de Guzmán. De
Magdalena Chocano. De Antonio Cisneros. Este último, en la primera edición.
Sin
embargo, no dedico estas líneas a los horrores cometidos en esos años, tanto
por Sendero Luminoso como por los sinchis
en esa guerra civil, sino los escuadrones de la muerte, llamados a realizar
actos criminales. Usar o no usar de esos grupos externos a las Fuerzas Armadas,
es un dilema que algunos estadistas enfrentaron. Pensé en otra cosa.
Se
me ocurrió esta nota periodística. El tema central me parece que fue la
disyuntiva, la dificultad, la contradicción misma de usar la violencia que el
enemigo del Perú usaba. Obviamente, ese problema se presenta no en guerras
entre Estados sino en guerras civiles, cuando el conflicto escapa a los límites
marciales mismos, usando todo tipo de posibilidades, incluyendo las peores. Por
supuesto, resulta fácil criticar los abusos de los derechos humanos, después de
la guerra interna. No pensé, sin embargo, en esa dualidad terrible, ni en
quienes tuvieron que tomar decisiones acaso a despecho de su moral. El mal para
evitar un mal mayor. Ese dilema ha ocurrido en otros países, en otras
historias. En la guerra civil española, en el Medio Oriente de nuestros días,
en el eterno conflicto de Israel y sus adversarios musulmanes. Lo que vino a mi
cabeza fue un pattern, es decir, un
patrón de conducta, un «modelo de comportamiento que se reproduce», según el
diccionario inglés de Cambridge.
Ahora
bien, combatir el mal con el mal mismo, resulta algo que habita en la vida
peruana como presencia latente, nos acompaña. Cuando Leguía se convierte en un
autócrata, quienes lo derrotaron lo hacen contra ese poder personal, pero lo
encarnan y lo repiten después de Leguía. Es el caso de Sánchez Cerro, vencedor
del leguiísmo, para sustituirlo inmediamente por una conducta no menos
autócrata sino todavía peor, rodeado de una milicia de camisa negra y brazo
derecho en alto. El pattern peruano de «yo lucho contra tal cosa, para luego repetirla»,
lo reproduce el político Abimael Guzmán, que desdeña las marchas campesinas de
los sesenta, esas invasiones de tierras que, por mi parte, describí en Cuzco: tierra y muerte, en 1964, y que
fueron marchas de una violencia digna de Gandhi: tomaban la tierra, la
recuperaban sin matar a nadie. Pero a Guzmán no le interesó ni eso ni la
reforma agraria. Y menos las guerrillas de Béjar. Él hizo lo suyo. Cuando
ocurría la reforma agraria, se fue a estudiar cómo hacer una revolución, a
China misma. Y regresa, y se repite el pattern.
¿El aplastamiento de campesinos indígenas para liberar a los indígenas?
No
es extraño que Alejandro Toledo, cuyo destino le puso en la mano un rol
formidable —el adversario de Alberto Fujimori, el hombre que encarnaba la lucha
contra la corrupción del fujimorismo—, termina con frases que son el asombro de
sus coetáneos, y que la historia no olvidará: «Dame veinte —o treinta— millones
(de dólares)». Genial. Toledo contra Toledo.
Y
en estos días, ¿medidas como la ‘preliminar’ y luego la ‘preventiva’? ¿Esas que
privan de libertad a ciudadanos, sin la menor acusación legal? Por cierto, en
Europa y en el mundo anglosajón, el evitar la presunción de inocencia, ha estremecido
la opinión, y nos han calificado de regímenes descarrilados de lo que se llama
Estado de Derecho. Y me parece el máximo de confusión, algo digno de tiranías
turcas o musulmanes, tratar de calificar a los partidos políticos de «organizaciones
criminales». Eso solo ha ocurrido en la España de Franco o en la Alemania nazi
de los años treinta.
Pero
reconozcamos algunos gestos que indican el retorno a la ley. Enrique Cornejo no
tendrá la preventiva.
¿El
pattern de la injusticia para lograr
la justicia, nos habita? El tiempo lo
dirá. Por el momento los psicosociales de Vladimiro Montesinos gozan de
inesperados herederos.
He comenzado mi curso
universitario sobre los filósofos de la política. Y lo inicio con Aristóteles. Mis
alumnos leerán Ta Politika, el gran
libro del pensador griego. Y comienzo explicando que provenía de una ciudad,
Stagira, que no era Atenas, y sus padres eran médicos. Les digo que desde
entonces los médicos observan. Y Aristóteles era un pensador realista,
empírico, y observaba la polis, es
decir Atenas, una comunidad autogobernada, y su gente, sus costumbres. Y es lo
que tenemos que hacer. Primero mirar objetivamente la sociedad en la que
vivimos. Y luego preguntarse por las instituciones y leyes que debemos tener.
Ahora bien, siempre me ha
sorprendido un fenómeno bien peruano: la preocupación por el rango. No solo nos
vestimos, compramos tal tipo de auto, o nos mudamos por razones entendibles,
sino por las otras razones inconfesables, que nos vean¡! Comportamiento que
existe en toda sociedad, pero atenuado. En cambio, cada peruano sabe que existe
unos que están arriba y otros que están abajo. Saberlo forma parte de las
estrategias personales y grupales. En otras sociedades, la jerarquía social
—prestigio personal, reconocimiento— se asigna desde una ideología de la
meritocracia. Desde un sistema de determinación legal y moral que no hemos admitido.
En la sociedad peruana actual no se asignan los cargos por competencia o
mérito. Sabemos las causas, el peso del favor político, los clanes familiares,
el amiguismo. Sin embargo nos llamamos República desde hace dos siglos. Y la
vida peruana no gira sobre el principio de igualdad.
Toda sociedad tiene una
estructura jerárquica. La sociedad tradicional y holística determina sus
individuos por el nacimiento, tradición, sexo, raza, como grupos humanos
concebidos como redes de parentesco o de oficio. Esa fue un tanto nuestra
sociedad colonial. Pero en Europa, desde 1789, lo social y lo político se
disocian. Para fines del XIX, con Durkheim, la sociedad moderna es definida
como una representación de la suma de individuos que la conforman. Pero eso es
la Europa del siglo XIX y hasta la fecha.
Nuestro caso es paradójico.
No somos una sociedad tradicional pero tampoco una por completo moderna. Y
contrariamente a las reglas de la evolución social en otras sociedades que se
han desecho de su pasado, el deseo de jerarquía no solo permanece sino que se
ha acrecentado. Mejor dicho, la pauta de la jerarquía por vías no modernas,
prevalece. Y mientras exista, no podremos ser una sociedad democrática. Solo un
remedo.
Es evidente que en las fases históricas que nos preceden, el estatus o jerarquía social era un hecho no discutible y seguía reglas precisas. Me refiero, obviamente, al pasado inca y virreinal. Se era en lo que cada uno nacía, familia, aillu o grupo étnico. Y desde el XVI, negros esclavos, indios, castas y blancos criollos o peninsulares. «El Perú es una continuidad en el tiempo, en el sentido de que la nación de hoy ha recibido aportes y elementos de orden geográfico y humano acarreados por los siglos» (Jorge Basadre). Precisamente, uno de esos elementos es la jerarquía en su versión tradicional. Por el azar del color de la piel y no del esfuerzo personal. La vida republicana peruana, durante el largo siglo XIX, retarda el advenimiento de una sociedad moderna.
Ahora bien, desde hace poco,
ha ocurrido una serie de fenómenos. Migraciones gigantescas del campo a la ciudad.
A lo que se añade la economía de mercado, la evolución de nuevos estratos y el
consumo masivo. Pero una sencilla observación del contorno nos revela este
fenómeno paradójico. Los cambios económicos y sociales no conducen al abandono
del patrón tradicional de comportamientos. No obstante, abierta o
solapadamente, la vida peruana se da maña para reproducir las jerarquías
sociales, acrecentando las brechas sociales debido al poder del dinero, mayor
que en otras edades de la peruanidad. Lo normal es que desde hace un par de
siglos pudimos haber adquirido la jerarquía propia a sociedades modernas. Es
decir, aquellas que solo toleran en materia de desigualdades, las que se
originan en las capacidades innatas de los seres humanos. No todo el mundo está
dotado para jugar el basket ball. O
tener pulso para ser campeón mundial en tiro al blanco, lo que ocurrió hace
años. Pero en todo el resto, el pago de impuestos, pararse en la luz roja,
seríamos iguales. No es el caso.
La distribución de poderes
en las sociedades organizadas sobre jerarquías de capacidades, se funda en dos
hechos, que no practicamos. El ingreso de todos los ciudadanos a una educación
gratuita y de calidad. Y la práctica de los concursos públicos para puestos en
el Estado. Nada de esto está en el plan de los gobiernos inmediatos.
Y sin embargo, todo nos
impulsa a ascender. La economía liberal viene en el curso de los últimos años,
desde el 2000, incitando al progreso familiar y personal. Hay como una meta
común, un punto de llegada para todos: el éxito personal y familiar. Nada tiene
de imposible ni de perverso esa finalidad. Salvo que se le olvidó al país y a
sus gobernantes un detalle: la competencia por el dinero, el rango, parte de
una sociedad cuyas raíces son segmentadas y diferenciadas al punto que la
carrera del éxito juega con cartas marcadas desde los primeros tramos. En otras
sociedades, al menos se intenta amenguar las diferencias sociales mediante el
acto de socialización de los estudios secundarios y universitarios parejos y
sin diferenciación de clase. En Perú no.
El proceso competitivo no
está marcado por las desigualdades según la capacidad de unos y otros seres
humanos, sino porque somos víctimas de una tenaza gigantesca. La matriz
colonial sigue intacta. Cada gran colegio privado lo prolonga. Aunque lleven nombres
de grandes sabios y filósofos. Establecen la división de la sociedad no por la
separación de oficios en el mundo laboral, sino del destino y cuna de cada
quien. De vez en cuando se escapa algún escolar de esa masacre de inocentes, y
hay un prodigio que viene del pueblo, pero no es lo normal para el Perú actual.
Luego nos asombramos de la cantidad de sicarios juveniles, de la violencia de
la delincuencia y el crimen. Y los violos colectivos. La corrupción arriba, al
medio y abajo.
¿Qué pasa cuando una
sociedad tiene una jerarquía social y económica que no es respetada? En ese
caso, se rompe la cohesión social. Y las elites son despreciadas y odiadas por
la masa del pueblo. Eso es lo que está pasando. Sospechan que el que se hace
rico no es el resultado de su esfuerzo y talento sino de algún lavado de
activos. El ascenso económico debe contar también con un tipo de racionalidad.
La del Estado y la ley. Ahora bien, las sociedades —asiáticas y de la Europa
mediterránea y del este— que han entrado a un ciclo de prosperidad capitalista
en los finales del siglo XX, lo hicieron en un marco en que el Estado de
derecho les precedía. Y una moral de la sociedad civil con reglas firmes. Las
sociedades virtuosas han tenido éxito al incrementar su riqueza, sin autodestruirse.
Nosotros no. Estamos viviendo la prosperidad del vicio.
Pero ¿qué pasa cuando en un
país como el nuestro se duda de sus elites? ¿Cuando ante cada persona que tenga
alguna fortuna se duda de cómo la ha adquirido? La falta de claridad entre quienes
tienen algún estatus y por mérito y los que no, produce desorganización social.
Y de parte del pueblo y ante las leyes, un vasto y temible proceso de desacato
colectivo. Estamos creando una sociedad incivil. El principio mismo de la
legitimidad de los que son poderosos, sea por el poder o por el dinero, está
puesto en cuestión. Esto no lleva a una revolución social, que por lo general
tiene una lógica distinta. Sino a un vasto e interminable desorden. Las
repúblicas no son eternas. Nada es eterno.
* Fragmentos con modificaciones, «La prosperidad del vicio» (Hacia la tercera mitad, 5° edición, El Lector, Arequipa, 2018)
En estos días he andando por los canales
de televisión. Dije que estaba conmovido y apenado por la pérdida de un amigo a
quien echaremos de menos. Dije que se había perdido no solo un líder para su
partido sino para la nación. En ese terreno, firmo y confirmo.
Sin embargo, la vanagloria de salir en
las pantallas de la televisión no es precisamente mi taza de té. Prefiero la
pluma y acaso, conversar. Pero tampoco es que me sienta incómodo. No sufro de
agorafobia, es decir, el temor a hablar en público. Perdone el amable lector,
si explico la agorafobia es debido al lamentable estado de la «comprensión
lectora», hasta las patas en nuestro país. Me llama para RPP Raúl Vargas y para
‘Contacto N’, Mijael Garrido-Lecca. Al parecer, la cosa salió bien,
sencillamente conversamos. Con Raúl Vargas tengo una amistad de toda la vida, y
si acaso no se sabe, Vargas conoce a fondo la educación pero prefirió esa
pedagogía de los medios de comunicación. En cuanto a Garrido, tiene treinta
años y una cultura de un hombre muy mayor y con amor a la lectura y el saber
universal. En fin dije todo lo que me parecía evidente.
Dicho esto, veamos lo que sigue. En
primer lugar, es permanente el fastidio y el dolor del pueblo ante los
corruptos. Es natural puesto que en este país en que se chambea duramente y más
allá de las 12 o 15 horas diarias, y que millones de peruanos (un 96%) trabajan en Pymes por lo general
informales y tienen ganancias mínimas, es natural la ira y el rencor ante buena
parte de expresidentes enriquecidos en los últimos 18 años. El ambiente de este
tiempo me hace pensar en César Vallejo:
La cólera del pobre
tiene un fuego central
contra dos cráteres.
¿Cuáles son esos dos cráteres? Por una
parte, un debate con pros y contras. El gesto trágico de Alan García ha
provocado páginas enteras en el curso de las últimas semanas. Hubo de todo, y no
estoy diciendo que concuerde con la enorme producción de crónicas y puntos de
vista, sino que se tomó el tema como algo real. Un hecho concreto, un «suceso
lamentable»; la descripción del suicidio, «su última apelación», «el Apra llora
a Alan García», «consternación entre los distintos líderes políticos», es
decir, los ex rivales, desde César Acuña a Keiko Fujimori, y las opiniones de
Daniel Salaverry y Mercedes Araoz. Sin embargo, algo me asombra. Nada de esto
ha convencido a una gran parte de la sociedad peruana. Resulta ahora que la tendencia
es que Alan García está vivo (¡!). No se repite el México revolucionario, a la
muerte de Emiliano Zapata, por décadas y por afecto, los campesinos lo veían a
caballo por las sierras sureñas. A Alan lo creen escondido en algún lugar del
planeta. ¿Lo quieren vivo para seguir odiándolo? Varios choferes me han
preguntado por qué lo han cremado. Está claro, hay una plebe que necesita de un
chivo expiatorio. Un culpable. Es curioso. Alan no mató a nadie. Abimael Guzmán,
cuyas huestes mataron a apristas, a izquierdistas, y a más campesinos que Pizarro
cuando la Conquista, ¿ningún reproche? Lo que veo es una reacción popular
absolutamente desconcertante. La llamo «pensamiento mágico».
La lucha contra la plaga de la corrupción
tomará décadas, acaso nuestro siglo XXI. Es un combate, tiene que hacerse con
el arma de la razón, no de la pasión. Lo cual lleva a otros terrenos, cuando el
nacimiento de autoritarismos evita las leyes para que reine la sanción. De eso
no se habla en Lima pero sí en los diarios del mundo externo. «La presunción de
inocencia, es una distinción crucial entre el Estado de derecho y la
inquisición». Lo dije hace semanas. Ahora coincide The Economist de Londres.
Volviendo a lo de la tele, no hice sino
decir las cosas como si estuviera conversando en un café. Contaré, pues, brevemente,
un episodio de mi juventud. Eran los años de Velasco. Sí, una dictadura, pero
la única manera para acabar con el latifundio, el ni siquiera un feudalismo. Y
entonces, Delgado Parker, titán de la televisión en ese momento, propone algunos
espacios de gente no velasquistas y Velasco acepta a condición de que me dieran
un espacio también a mí, para que hablara. Así, tras las primeras sesiones, una
amiga mía, a la que siempre admiré y escribí sobre ella —Chabuca Granda, sí,
Chabuca—, se pone el sombrero, coge guantes y cartera, y se va al canal. Y me
llama para decirme tres cosas que no olvidaré jamás. «Hijito, mira, eres
inteligente, pero eso no basta. Tienes que pensar que miles de ojos y orejas te
están mirando. Entonces, primero no mientas jamás. Dos, sé sincero y sé sencillo.
Y por último, no te olvides, hijito, que no estás en un mitin. O sea, eres un
invitado. A nadie le gusta que le vengan a gritar en su propia casa». Esos
consejos no los olvidé nunca.
El «pensamiento mágico» es grave en esta
hora crucial del alma peruana. No se razona¡! Y vienen tiempos oscuros. Y pienso
en el Sur. Hay una tesis universitaria, Cultura
y política en Puno: el dispositivo de la identidad etnocultural, de Eland
Dick Vera Vera. No lo conozco, pero buena tesis. De hecho, ya hay partidos
locales con nombres quechua y aymara. No les interesa el país global sino su
colectividad. Y en Lima, no se oye padre. El enclenque Estado central, juega
con fuego al mover sentimientos y pasiones con el aparato mediático que
usufructa. No saben argumentar. Emocionalizan. Todo esto puede acabar mal, muy
mal. Y Alan se llevó consigo el enigma de entender la sociedad peruana y a los
peruanos mismos.