Tengo en las manos el plan de gobierno de Izquierda Unida de
1985 a 1990. El apogeo de la izquierda. Tiempos de Barrantes. Pero en la lista
de problemas no aparece ni una línea del tema de la corrupción. No es que no
existiera, sino que era un mal menor; o bien nos pasaba lo que les pasa a
muchos cuando van al médico y descubren que tienen desde hace veinte o treinta
años la diabetes. Un mal que se controla sin librarte por completo. Toda
sociedad contemporánea tiene esa amenaza, pero hay rangos y niveles.
Ocurre que además de periodista soy sociólogo. Nosotros no
‘interpretamos’ para evitar subjetividades. Desde Max Weber, su Sozialwissenschaft, ciencias de la
sociedad, es plural. Hace poco, Martín Tanaka y Eduardo Dargent señalaban el
riesgo de usar “conceptos del norte para entender el sur”. A lo que voy: la
construcción intelectual de una teoría sobre la corrupción no puede prescindir
de algún intento de clasificación racional. Más allá de malos humores y la
lucha política, esta es mi propuesta.
Hay tres clases de sociedades ante la enfermedad masiva de
la corrupción. La primera es obvia: las sociedades avanzadas. Suecia,
Dinamarca, Alemania, etc. Por cierto, los Estados Unidos. Algunos países
asiáticos como Singapur, Taiwán y China pos-Mao, a su manera, un Estado
radicalmente severo. No tenemos ni el Estado de derecho a lo occidental ni la
tradición de virtud colectiva de las civilizaciones asiáticas. Pero ninguna
sociedad humana es el edén. De ahí la necesidad del contrato social. “No somos
ángeles” (Rousseau).
La segunda categoría es la de jóvenes estados, todavía no
modernos, que luchan por una vida más equitativa, igualitaria y, a la vez, el
progreso del bien común. En esa estamos. Y dos siglos no es nada.
Hay una tercera categoría. Aquellas naciones que toman el
atajo del poder totalitario. Lenin, con una lectura asiática del manifiesto
comunista. Todos pobres salvo la burocracia en el poder. Eso resultó no ser una
utopía socialista sino su contrario, una distopía. Y eso fue Chávez. ¿Quieren
uno en el Perú? Sigamos en la lógica tortuosa de la prisa.
Para discutir la prisa de algunos, apelo a mi experiencia
existencial. He vivido, acaso sin desearlo, una gran parte de mi vida fuera de
mi patria. Y conozco cuatro sociedades: el Perú, México, España y Francia. La
última, tanto como la peruana. Sostengo, pues, que del 1789 revolucionario no
pasaron de inmediato a la modernidad. Tuvieron retrocesos. Solo en 1870 fue la
III República con Gambetta. Fue un siglo terrible. Y lo sabemos por su
formidable literatura. Víctor Hugo y Honorato de Balzac, autor de El padre Goriot, un comerciante
arribista, y La comedia humana, con
su desfile interminable de banqueros corruptos. Y putas y cortesanas mantenidas
por ricachos, según Zola. Una burguesía ávida y sin escrúpulos en Los misterios de París, de Eugène Sue.
¿Qué se creen, que fue fácil?
Sospecho que el siglo XXI peruano será algo similar a
Francia y otras naciones que se hicieron en el XIX. Vencer la corrupción no es,
pues, nuestra independencia lograda en 1824 en un campo de batalla en Ayacucho.
Es combate largo y complejo. Es transformación, paciencia y tenacidad. Recursos
y habilidad en fiscales y jueces. ¡Y más impuestos para un Estado pobretón!
Hace bien el presidente Vizcarra en comenzar ese inmenso desafío; pero la
prisa, ese defecto de la criollidad, lo ‘rapidito’, provoca lo contrario.
Por
unos días, al menos hay en el Perú un momento reflexivo. Moralista, filosófico,
y no solo comercial o político. Desde el miércoles pasado, día de Ceniza,
doblemente porque es la Semana Santa y el día en que un político dos veces
Presidente llamado Alan García, decide aguarles la fiesta a sus feroces
enemigos. Coge el revólver y se pega un tiro. Los portadas iban a lucir un Alan
enmarrocado. Tuvieron que cambiarlas. Al parecer, había preparativos para una
gran fiesta en la plaza San Martín para celebrar su prisión (¡!) Pero los
rivales que necesitaban terminar de hundirlo para que no siguiera siendo la encarnación
de los opositores al régimen actual, se quedaron con los crespos hechos. Un corte
de manga les hace Alan mientras marchaba a ese lugar enorme y desconocido por
todos, que se llama la muerte.
En
estos días, nos enteramos de que había explicado a sus hijos que no iba a pasar
por los martirios de la nueva Inquisición y sus «humillaciones». Como todos
sabemos, tomar preso a un acusado no necesita forzamente los grilletes en las
manos, pero en el Perú actual, no solo cuenta detener a un sujeto sino arrasar
su nombre y figura, matarlo en vida, aplastarlo. Alan García no se dejó hacer.
Alguien que no tiene nada de aprista, Ulises Humala —sí, sí, el otro Humala—, que
polemiza con quienes quieren ver en ese gesto de Alan García como una cobarde
fuga o un acto de demencia, ha tuiteado lo siguiente: «No fue un acto de
desesperación, sino un hombre que ha muerto de pie». Y añade: «un acto de
dignidad». Claro está, eso había dicho ya Mauricio Mulder. Y entonces, ¿por qué
ese coincidencia? Las actos espirituales y morales son tan escasos que han
llegado a un grado casi cero en nuestro sacudido país, que de paso olvidamos
que hay cosas tan obvias que no es preciso formar parte de la misma cultura
política para coincidir. Un huaico, un terremoto, es un hecho real, por encima
de la religión, el sexo, o la edad del que lo sufre. Un suicidio puede ser
muchas cosas. Pero en ciertos casos, es un acto de coraje que lleva a todos a
reflexionar.
Peruanos,
hay un «suicidio no patológico sino moral». ¿Quién dice eso? ¿Algún aprista o
apristón? Nada de eso, sino la
Encyclopédie Philosophique Universelle de PUF, tomo II, p. 2493. Sí pues,
una enorme obra que me acompaña, en PDF,
por donde vaya. ¿Y qué más dice? Puede ser una «decisión libre», «personal». En
ciertas condiciones de guerra, dicen los filósofos contemporáneos y europeos, «para
evitar torturas, prisiones injustas, etc». En el mismo género, entran otros
tipos de sacrificios como, por ejemplo, huelgas de hambre, y hay un tipo de
suicidio-sacrificio. Lo dice esa enorme obra, escrita por sabios sensatos y
moralistas.
Entonces,
hay que convencerse, nos guste o no: el suicidio de Alan García no obedece a un
gesto súbito, no es lo que se llama un raptus
suicidaire, es decir, un acto impulsivo o inconsciente. Ejemplo, una señora
que sale de su casa tras una bronca terrible con un marido al que no soporta, y
conduciendo, se mata chocando un poste. No se puede saber si fue intencional o
casual, o oscuramente el deseo de morir. Nada de esto en el caso Alan García.
Es bueno saber para que Freud, el gran Freud, el suicidio no fue un tema que
tratara directamente, prefirió ocuparse de las multitudes, en 1921, y acaso
porque el tema incluye cuestiones de
ética, religión y moral, y Freud, al fin y al cabo judío, no lo estudió
sistemáticamente como solía hacer con otros temas, otras pulsiones. Lo digo porque
no vayan a creer que es un asunto baladí.
Soy
sociólogo y no psicoanalista, aunque tenga varios amigos en esa disciplina,
Moisés Lemlij, Max Hernández, Matilde Caplansky. Desde la sociología, el
suicidio deja de ser un asunto personal cuando se vuelve un fenómeno social que
afecta más bien a la crisis de un país y que el suicida llama a despertarse. Gandhi
cambia la India sacándolos de un comportamiento conformista ante el dominio de
los ingleses. Se sirve del sacrificio de sí mismo en sus célebres y prolongados
ayunos.
Un
suicidio cargado de historia y sentido fue el de Stefan Zweig, gran escritor
que huye de la peste nazi y se refugia en Brasil, que lo acoge. Pero en 1942,
cuando parecía que la Alemania nazi ganaba la guerra, decide irse al otro mundo
antes de caer en manos de sus verdugos. En Brasil había corrientes políticas
que admiraban el nazismo.
Se
suicida Mishima, el autor El mar de la
fertilidad. Se hizo lo que llamamos harakiri y que ellos, los japoneses, llaman seppuku. Es un suicidio terrible, no
está al alcance de nuestras costumbres. Te metes un cuchillo enorme en un lado
del vientre, y luego, como si fuera poco, cortas hasta el lado derecho con las
dos manos, abres el vientre hasta el lado izquierdo. Y todo eso, sin ponerte de
pie. Y no nos olvidemos de nuestro Arguedas. Dos intentos, el último fue el
decisivo.
¿Tienen
algo en común el escritor japonés y el peruano que igual usaba el quechua que
el castellano? Algo tienen: el amor de ambos por las sendas tradiciones, tanto
del Japón como la del Perú andino. Arguedas, desde su conocimiento de Chimbote,
ve aparecer a un nuevo peruano, algo confuso, mitad andino y mitad criollo.
Acaso lo que ahora llamamos ‘achorado’. Arguedas quizá se fue para no ver esa
catástrofe cultural y moral.
Los
suicidios de esa calidad, como el del presidente chileno socialista Allende —se
queda en La Moneda (Palacio de Gobierno) con una ametralladora en la mano ante
aviones de guerra que lo bombardeaban— trascienden la política. Son éticas.
Respeto
y claridad, peruanos. La muerte de Alan García es un giro excepcional a otros
tiempos acaso más civilizados. El rival de la justicia es la injusticia. Y es
la que se viene aplicando al rival político bajo el pretexto de la lucha contra
la corrupción, con lo que se llama la «detención preliminar», que no son solo
10 días sino una forma de amedrentar. Y a lo que le sigue, la «detención
preventiva». Alan García no quiso prestarse a esa pantomima. Hoy sabemos que
dejó una carta a sus hijos. «Cumplido mi deber en mi política y en las obras
hechas en favor del pueblo (…) no tengo por qué aceptar vejámenes». Y están
en su carta estas líneas: «Por eso, le dejo a mis hijos la dignidad de mis
decisiones, a mis compañeros, una señal de orgullo».
Es
tremendo. Esa muerte y el enorme error del gobierno actual. Primero, en vez de
hundir al aprismo, ¡lo han resucitado! Estuve en Alfonso Ugarte. En segundo
lugar, es un mensaje a todos los peruanos para que apoyen la lucha contra la
corrupción, pero no por las maniobras que aplican —preliminares y preventivas— antes de haber encontrado alguna prueba
de ilícito oculto. Flojera de indagar. Recursos facilitones de dominar. Pero
esta vez les salió el tiro por la culata. Lo digo con todas sus letras. Alan
había recibido tan pocos votos en el 2016 que apenas sumaban un 5,8% del total.
Pero hoy ya no es así. Ocupará un lugar olímpico, al lado de otros grandes que
también pagaron con su vida el derecho de ser inocente aunque otros los
asediaban y encerraban políticamente. Y han despertado a los leones dormidos.
Los apristas. La opción peruana por un partido que es lo que más se acerca a la
socialdemocracia que ha hecho la Europa de hoy. Todo lo que quería Alan García
para el Perú, era que «fuera un país del primer mundo». Tal como se los digo. Textual.
Nunca
fui aprista, en mi juventud estuve en otras corrientes, el viejo Partido Comunista.
Luego, con Velasco, cuando en 1969 inicia la reforma agraria, dejando la
universidad en Francia. Volví siete años después dado que en Lima, diversas
universidades me cerraban la puerta. Me hicieron un gran favor: en Europa me
esperaban con las brazos abiertos. Ahora bien, a ver si se entiende. Cuando
comunista, nunca fui antiaprista. Porque yo no puedo estar en contra de un «partido
del pueblo». Y si digo y escribo esta postura, no es porque aspire a algún cargo
político. Se equivocan. Solo me habita el amor al Perú y a los peruanos, y el
deseo profundo de decir qué es lo verdadero y qué es lo falso. No me llevo por
el rumor ni de ideologías del odio y el anti. Cada palabra, cada línea es obra
de mi propia consciencia. Puedo equivocarme, pero busco la verdad.
Alan
García se sacrificó para que tengamos un Poder Judicial sin trampas y no
arbitrario. Porque en estos años confusos alguien decide, en secreto, a quien
hay que jorobar, y detrás corren los fiscales y allanamientos. Es espantoso y a
la vez increíble. Ya veo los libros de historia del futuro. «A los inicios del
siglo XXI, hubo dos pestes morales que afectaron a los residentes peruanos. Por
una parte, muchos no solo salieron de la pobreza sino que aspiraron a ser
multimillonarios en poco tiempo. Y la segunda, que a nosotros, historiadores
galácticos nos sorprende, el regreso a la Inquisición colonial» (Enciclopedia Galáctica, tomo XII, p. 34256).
Nace en 1949.
Limeño e hijo de García Ronceros y Nytha Pérez, ambos apristas, el padre
secretario de organización en los lamentables años de dictador Odría, conoce la
prisión por el solo hecho de ser militante. El partido organizaba campamentos juveniles
en la orilla del Rímac, y una vez de niño, conoce al Jefe, «un vasco antiguo,
blanco y con barba, una enorme cabeza, para mí, sinónimo de maciza
inteligencia» (AG). Pese a todo, estudia secundaria en la Unidad Escolar José
María Eguren. El amigo del que hablamos, hacía algo parecido, en el Melitón
Carvajal. Lo educaban sus abuelas italo-arequipeñas en el bronco y plebeyo
barrio de Lince. No se conocían pero provenían de las mismas capas medias y
populares.
¿Cómo se
conocieron? El amigo algo mayor, con doce años de diferencia, y fue el azar, la
pasión por el Perú y un amigo intermediario, lo que hace que se aproximen.
Ocurre en octubre de 1982, Alan elegido Secretario General del PAP, luego
diputado, publica un libro, El futuro diferente,
la tarea del APRA. Leído por Carlos Franco, a la cabeza de Socialismo y Participación, se le ocurre
enviárselo al amigo que había estado en el equipo de Carlos Delgado en el
Sinamos de Velasco, y que en los ochenta, autoexilado en Europa, inciaba una
carrera universitaria. Anteriormente, el amigo había dirigido un diario de los
expropiados por el régimen militar, que sirvió de vocero de unas de las
corrientes del velasquismo —hubo diversas corrientes— de tono distinto a los
marxistas procubanos de Expreso. El
amigo había visto como las turbas, en el 5 de abril de 1975, el saqueo del
Centro Cívico y de los diarios Ojo y Correo. Ese amigo salvó una de las dos
impresoras y logró, posteriormente, seguir editando el diario y llamar a dos
columnistas a que encarnaban el antivelasquismo, el humorista Sofocleto, y el
revolucionario Ricardo Letts.
Pese a
incendios y percances, ese amigo no había aprendido a odiar. Cuando recibe el libro
de Alan enviado a París, sabe sorprenderse. Y escribe un corto ensayo, que
publica en Lima Carlos Franco. Se titula «Las demoradas estrellas». Dice cosas
como esta: «Alan García propone un enlace o vinculación entre la ideología
aprista y las actuales ciencias sociales», encontraba en el texto «una moderna
y actualizada bibliografía». Discute,
pues, las teorías de la dependencia. Alan insertaba en sus ideas, «la cultura
mosaico de los peruanos, la creatividad cultural, los zorros de abajo». El
amigo hasta entonces desconocido, veía ese texto, más allá de la identidad
partidaria, «como la mano tendida hacia otros campos ideológicos, campos colaterales,
no contrarios». Pero la izquierda, como siempre, no supo responder. Salvo
Barrantes. Alan nunca olvidó ese corto texto y al amigo que desinteresadamente
tomaba nota de ese cambio decisivo en la teoría de cómo sacar al Perú de la
miseria, tanto material como intelectual.
Se
conocieron personalmente en su primer gobierno. Pero el amigo solo estuvo un
año, y se va para concluir una tesis francesa, de esas enormes que ya no
existen, tesis de Estado, que llevaba por lo menos 7 años de investigaciones. El
amigo regresa en el 2002, había logrado no solo ser doctor sino catedrático
vitalicio. Una vez más Javier Tantaleán hace de intermediario y le lleva a Alan
Hacia la tercera mitad, donde desde un
ángulo crítico, ese primer gobierno lo aborda como «el agotamiento de un modelo».
Era el descubrimiento de la anomia, de Sendero Luminoso, y del fin de un mito;
las élites financieras no les interesaba el desarrollo, y los famosos «doce apóstoles»
habiendo crecido sus ingresos, invertían fuera del país, traicionando al joven
presidente.
Y
entonces, tras perder las elecciones, a su retorno, ante Toledo —dios del
cielo, aquel invento de un falso cholo sagrado— tiene Alan unos años muy
reflexivos. En el Instituto de Gobierno de la Universidad San Martín de Porres,
llama a liberales y a izquierdistas —Enrique Bernales, Héctor Béjar, Nicolás
Lynch, el liberal Zavala que no son precisamente apristones—, y ese elenco lo
llama despectivamente una periodista cuyo nombre no quiero ni mencionar, «la escuelita de Alan». En esos años, Alan
hace algo excepcional, busca una fórmula que alinee el progreso —ya no se habla
de desarrollo— con el Mercado y el Estado. Y eso fue su segundo gobierno. Ha
sido necesario su muerte para que los diarios publiquen las cifras reales y
aplastantes. En su segundo gobierno, del 2006 al 2011, «en promedio, el PBI creció durante los cinco años en 7,2%, el gobierno
dejó unas reservas internacionales netas por 47.059 millones de dólares.
Gracias a un apropiado manejo de la economía, dice el Banco Central”. Y como se
sabe, la pobreza se reduce. Es decir, varios millones de peruanos dejaron de
ser pobres. Y el amigo se atreve a decir, ¿había que morirse para que se
reconozca ese obvio progreso bajo su segunda presidencia?
A la imagen de Alan la
hace pedazos la ‘megacomisión’ de los días del poder de Nadine Heredia, sin
probar nada. Bien ha hecho el hijo, Federico Danton, de cerrarle el paso al
desubicado Ollanta que quería entrar al velorio, o sea, Pilatos acompañando a
los apóstoles. El colmo.
Por cierto, ese amigo no
es el único, son incontables. José Antonio García Belaunde, que lo acompañó en
los ratos altos y bajos. Raúl Vargas, una amistad de por vida. Mario Vargas Llosa en el diario El País de Madrid, sin dejar de tener
vergüenza por que los últimos cinco presidentes estén investigados, sobre Alan “le
reconoce inteligencia, simpatía, orador fuera de lo común, y en nada rencoroso”.
Pero no todos razonan de esa manera. Al suicidio, han querido explicarlo como
un acto de desesperación (Exitosa).
Qué falsedad. Hoy sabemos que hay un adiós en la carta a sus hijos y familia, y
antes a sus alumnos en su última clase, y las “memorias” que en silencio había
estado preparando con su secretario Pinedo. En resumen, hubo un proyecto de
desacreditar por completo a Alan. Pero enfrentaron a un estratega. Nunca
pudieron ponerle las marrocas¡! Eso le
costó la vida, pero es una victoria por los siglos de los siglos. La preventiva
puede ser para algunos casos, pero no la norma. Y lo de PPK es contrario a las
leyes. Cierto, es difícil enfrentar la corrupción, pero es incoherente que para
hacer justicia se vaya contra las leyes mismas. Y cuando no se puede probar un
ilícito, como en todo sistema de justicia, pues no hay más remedio que admitir
que no se tiene cómo acusar y menos encerrar. Así funcionan las sociedades civilizadas.
Nadie está en favor de la impunidad. Pero sancionar sin pruebas nos lleva del
sartén al fuego. Eso ya es una cura peor que la enfermedad. Trabajen, fiscales,
pero dentro de la razón razonante.
El Perú ha perdido a uno
de los dirigentes con mayor experiencia de la América Latina. Vamos a echarlo
de menos. Incluso los que lo detestaron en vida.
¿La
corrupción es nuestro mayor problema? Sin duda lo es. Al menos ocupa nuestras
preocupaciones cotidianas. Los diarios y los medios de comunicación están
plenos de noticias sobre asuntos que fueron sobornos para licitaciones o para
campañas electorales del pasado reciente. Pero en la vida cotidiana, el peruano
de a pie, por decirlo así, se enfrenta todo el tiempo en situaciones en que
tiene que coimear. Sea porque un policía lo ha detenido sin que haya cometido
ninguna falta, y el asunto concluye en darle a la mano de unos 20 a 100 soles.
O cuando un expediente se demora en exceso en alguno de esos ministerios que
son la pesadilla cotidiana de millares de ciudadanos, y claro está, si se
aceita la mano del funcionario, el expediente da saltos atléticos. Las coimas
forman parte de la calculada inercia.
Hay que
admitirlo, el compromiso de los peruanos con la legalidad es algo más que bajo.
Un espacio (ilícito) de negociación es parte de nuestras costumbres. Seamos sinceros,
es incalculable el número de carros que circulan sin papeles. Por lo demás, no se pagan las
infracciones. La fila de supuestos presidentes que recibieron sobornos es
conocida. Pero a lo que voy, el presidente Vizcarra insiste en que combate la
corrupción. Como si solo en los gobiernos pasados se produce lo ilícito¡! Es
probable que nos habita una ilegalidad organizada. Pero lo incorrecto no ocurre
solo en las altas capas de los políticos y las grandes empresas. La ilegalidad
es espontánea, pan de cada día. Y como yo no soy un moralista, uno de esos que
cree que estamos así porque no respetamos los valores, soy sociólogo. Y mi
manera de razonar gira sobre una pregunta: ¿por qué la corrupción habita
las clases altas, las medias y las clases bajas?
Hay que
pensar el Perú de otra manera. Cuatro hipótesis.
1. El
salario mínimo ha crecido. Con Fujimori, de 345 soles a 410. En tiempos de
Toledo, a 460 soles. Con Alan García (decreto 022-2007) a 600 soles. Con
Ollanta, a 675 soles. Con Kuczynski, de 850 a 930. Pero no alcanza al mínimo de
gasto familiar, que está siempre por encima de los ingresos.
2.
Millones de peruanos trabajan, pero en Pymes. Las empresas pequeñas y medianas,
por lo general informales, son el 96% del empresariado. «Pero no están listas a
participar en el comercio internacional globalizado, por falta de tecnología» (La República, 19/05/2015). Y por
supuesto, no pagan impuestos. No por maldad sino que no pueden hacerlo. Sus
retornos de ganancia son mínimos.
3. El
mercado laboral es de 16 millones de personas pero de las cuales solo 1 millón 300
mil pagan impuestos. O como dice Diego Macera, «nadie paga impuestos». Sobre la
incidencia del gasto social en la pobreza, hay que leer el estudio de Miguel
Jaramillo, en Grade. No se sale de esa economía de pobres que venden a pobres.
4. Todo
esto ocurre cuando toda la población tiene acceso a los supermercados. En Perú hay
256 supermercados y de ellos, 162 están en Lima. Es decir, todos vivimos como
si el Perú fuese una nación moderna cuyos ciudadanos tienen un ingreso capaz de
responder a la oferta de una serie de objetos que elevan la calidad de vida.
Pero eso
no es cierto. Nos encontramos con algo tremendamente incoherente. Por una
parte, ingresos bajos. Por otra parte, expectativas de vivir como las clases
medias de los países más avanzados. ¿Con cuál industria? ¿No dependemos de las
mineras y unas cuantas exportaciones? Obviamente, vivimos con expectativas que no
corresponden a los ingresos. Dicho de otra manera, vivimos por encima de
nuestras posibilidades. Además, las tarjetas de crédito aumentan la deuda de
cada peruano.
¿Qué
hace entonces la gente común? Escapan de la Sunat, eluden impuestos y si es
necesario, coimean. Pero sostengo que los peruanos no son los culpables. Es el
sistema que es perverso. Los incita agresivamente a comprar, sabiendo que no se
tiene recursos familiares para acabar el mes. Esto no es capitalismo. Sino una
variante muy peruana. Vivir como los ricos, sin serlo.
No
hicimos a su hora la revolución industrial. Se nos fue el siglo XIX en guerras
de caudillos. Perdimos el siglo XX porque a mediados de ese siglo —de 1930 a
1980— Corea del Sur, en el Asia, da el salto a la tercera revolución
industrial, mejorando su educación y produciendo computadoras, coches,
medicinas, etc. Hoy, su PBI es de 1410 billones de dólares y Perú, 202 billones
(2014). Nuestras costumbres nos llevan a gastos que no podemos cubrir con los
ingresos corrientes. Entonces, ¿qué queda? La «nuez». El «¿cómo es?» …
Conclusión:
nos hemos vuelto medio mexicanos, «los ciudadanos defienden su parcela de
ilegalidad» (Héctor Aguilar Camín). De modo que un poco de modestia. No habrá corrupción cuando
tengamos ciudadanos formados en buenos colegios y gratuitos. Gente con oficio y
beneficio, como decía mi abuelita. Hay una relación entre informalidad y Estado
débil que ni siquiera puede construir carreteras, vías férreas con empresas
nacionales. Han recurrido al extranjero, sin darse cuenta de que Brasil es un
proyecto de imperialismo sudamericano, por algo el asunto Odebrecht lo revelan
los americanos. Vamos paisanos, despierten. ¡Todos al colegio! Lo que nos
ocurre es una falta clamorosa de capital humano.
Al
final del sábado pasado 13 de abril, después de haber dado clases todo el santo
día, de regreso a mi hogar, se me ocurre ver qué se dice de lo actual en la
televisión limeña. Y me detengo en RPP. El «Enfoque de los sábados». Vi
entonces a Raúl Vargas y un panel. Con Raúl tengo algunos de mis largos lazos
de amistad. Siendo muy jóvenes, fuimos parte de unos cuantos que nacimos al
periodismo en el Expreso de Manongo
Mujica. El director del diario era José Antonio Encinas, un diplomático con dos
doctorados en Harvard, Economía y Filosofía (¡!) Y habiendo vivido en los
Estados Unidos de los Kennedy, decide rodearse de lo que él llamaba ‘jóvenes
con talento’ y de preferencia, «progresistas». Años 60, pasamos por un concurso
público. Así fue como llegamos al periodismo, Raúl Vargas, Abelardo Oquendo, Luis
Loayza y el que firma. Y el periodismo de calle lo gobernaba el gordo Villarán.
Un genio. Fue el inventor del diario plebeyo Última Hora. En Expreso teníamos
columnistas con cultura (los que he mencionado) y un diario osado, lisuriento.
Alguien dijo que Expreso se vendía
porque era el matrimonio de un Lord inglés con una puta del Callao. Algo de eso
es cierto.
Todo
esto para decir que el sábado pasado, de casualidad di con su programa en RPP y
él como sus invitados, me parecieron extremadamente interesantes. Ese día, comenzando
mi programa del pensamiento político y arrancando, como es natural, desde la
Grecia Antigua, venía de explicar la Atenas del siglo IV a.C. y sus
instituciones. Y acababa de decir —pese
a que han transcurrido la friolera de 2440 años— lo esencial de una democracia,
es el ágora. Es decir, la plaza pública, la gente corriente, discutiendo,
opinando. El debate, sino no hay política.
Ocurre
que Vargas y RPP habían invitado a varias personas. Aníbal Quiroga, Raúl
Ferrero, Alonso Nuñez y una señora, Milagros Campos, que defendía la versión
oficialista. Raúl Vargas, por su lado, hizo algo racional, una premisa decisiva.
«Los 12 proyectos de reforma política», el
resultado de la «Comisión de Alto nivel». Dirigida por Tuesta Soldevilla. Al
final del debate, intervino por vía telefónica.
El primero fue
Aníbal Quiroga. Reconoce la importancia de esa finalidad, la de un sistema político
distinto, y a continuación, señala dos cosas, que por obvias, había que
decirlo. En efecto, no se trata de una modificación constitucional. Pero ello
no ha esquivado ese enorme problema que desde el 2016, es lo peor para el Perú,
o sea la rivalidad Ejecutivo-Legislativo. Según Quiroga, «el presidente Vizcarra
ha vuelto a pechar al Congreso». No está
mal como metáfora, digo yo. Y la segunda idea de Quiroga es que esas reformas
no dejan de ser «un debate alejado de la ciudadanía».
Ciertamente, la reforma interesa a la gente que se interesa por el destino del país. Pero, contrariamente, a la mayoría de peruanos les preocupa la seguridad pública, lo que ocurra con la economía, el aumento de la pobreza, los problemas de salud y también la educación. Por mi parte, considero que esas reformas serían decisivas, pero mis paisanos no tuvieron cursos de Educacion Cívica, ni en colegios del Estado o privados. No la ven urgente. Me recuerdan lo que escuché a uno de mis profesores en la Sorbona. «Los límites de la conciencia posible». No creen en el parlamentarismo ni en decretos. Lo cual no quiere decir que no sean hábiles ni inteligentes. La prueba, la emergencia de nuevas clases medias que vienen de la informalidad. Pero la paradoja peruana: cuánto más mejoren económicamente, más aumentará la confianza en sí mismos, y no en los políticos.
Raúl Ferrero, en
su turno, parte de lo real, a saber que el «Presidente Vizcarra baja en las
encuestas», y en consecuencia, «intenta mantener un grado de popularidad, con
el fin de reforzar las leyes y las instituciones». El tema y que no es solo
peruano, es corriente en las sociedades de nuestros días, como «tomar el
control». Ferrero, acaso por ser hombre de experiencia, apunta a lo que el
llama «las convergencias». A la necesidad de reunir «un conjunto de voluntades». Porque de lo
contrario, el pueblo hará «oídos sordos». Y esta reflexión, «el gobierno puede
hacer algunas reformas, pero no todas». En cuanto a Alonso Nuñez, habló algo que a mí también me
parece que falta, «planes de gobierno». De ahí, el intitulado. Está bien
gobernar lo inmediato, pero el país quiere algo más, que le digamos adónde vamos.
La estación final.
En cuanto a
Milagros Campos —a quien no tengo el gusto de conocerla—, la encontré clara
y brillante. Explicó que el proyecto
Tuesta trata de la democracia interna en los partidos. En listas de militantes
que pueden ser de unos 12 mil. Y confieso que aprecio su razonamiento porque
para el tema de «las legitimidades», recordó a Max Weber. Resulta que esa es mi
línea de escuela como sociólogo. En fin, Tuesta intervino y no fue ni pedante
ni sectario. Sabe lo difícil que es una reforma de ese rango. Retoma en su
intervención el tema de las convergencias.
Muy cuerdo e
interesante. Pero creo que se olvidan de algo. El Estado actual no tiene
partidos, militantes. La organización partidaria, que hoy casi nadie tiene, es
el cable a tierra que puede ayudar a un Jefe de Estado en las dos direcciones.
Por una parte, distribuyendo los proyectos presidenciales, y por la otra, saber
cómo está el humor del pueblo, en el día a día. La ausencia de ese sistema de
comunicaciones de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo, explica en gran
parte el declive de Toledo y de Ollanta. Y el de PPK. Un gobierno de primer mandatario
sin red partidaria no es sino una ballena sin océano, un águila sin alas, un
cirujano que ha perdido la vista.