¿En qué guerra mundial estamos? En la de Trump

Written By: Hugo Neira - May• 14•19

La idea de que hubo solo dos guerras mundiales es un tanto estrecha, pobretona. Es parte del eurocentrismo a mitad del siglo XX, cuando yo estaba cursando la primaria. Cuando la mayoría de peruanos no había todavía nacido. Pero hoy me pregunto si la historia se volvía mundial cuando se iniciaba en Europa. Eso fue, en efecto, 1914-1918, y por segunda vez, 1939-1945. Pero las representaciones del pasado se modifican. La historia sigue siendo una disciplina pero se transforma al pasaje del tiempo y de la emergencia de otras guerras mundiales. Me atrevería a decir que hubo una III guerra mundial, obviamente, no fue atómica. No estaría ni escribiendo esta nota ni usted, amable lector, en vida. Pero después de 1945, los conflictos, lejos de disminuir, se han multiplicado.

A saber, en lo que se llamaba Indochina, de 1946 a 1975, «la guerra más larga del siglo» según el «Atlas Historique» de Le Monde Diplomatique. Fue un empantamiento estadounidense, que abarcaba lo que se llamaba Vietnam del Norte, Vietnam del Sur, Camboya, y por la cercanía, Birmania y Tailandia. A esos conflictos regionales les llamamos «guerra fría». Concepto que implicaba que no intervenían ni la URSS ni el mundo occidental, lo «caliente» hubiese sido el ataque atómico que no ocurrió. Menos mal. Pero cabe recordar que luego de haber sido un dominio francés, y luego casi americano, el triunfador fue Ho Chi Minh. No fue del todo un triunfo sino un acuerdo con los americanos. Un modus vivendi. Pero se vuelve una nación independiente. Un resultado ocurre en las Coreas del Norte y del Sur. Pero eso no es todo. El conflicto árabe-israelí, su primera guerra en 1949, cuando lo que llamamos Palestina pierde el 78% de su territorio, hasta la fecha. Luego guerra entre Israel y Egipto —la de los Seis Días— en 1967. Y en 1973, en el Medio Oriente, y en 1990, la guerra del Golfo. Y en 1991, el aplastamiento de Irak, con George H. W. Bush, y luego el hijo, en el 2003. Y en Afganistán, ¿qué fue? Un campo de entrenamiento, primero con la invasión soviética que se retira en 1989, y el relevo es los Estados Unidos y la persecución de Osama Bin Laden. La revancha al ataque de las torres gemelas de Nueva York, cuando era presidente Obama.

Podemos seguir un buen rato con la historia presente de diversas crisis que se vuelven bélicas. Sin embargo, en la historia como ciencia, después de la Escuela de los Annales y el momento de Braudel, se toma en cuenta lo que este historiador francés llama la «longue durée». Una temporalidad que abarcaba más tiempo que los libros de historia clásicos. Los fenómenos históricos no deben, pues, ser tratados desde un ángulo de la política, que suele ser corta. Las grandes estructuras se mueven lentamente. La demografía, los cambios sociales, la economía.

Con ese criterio, podemos en consecuencia hablar de una IV guerra mundial. Que es más bien económica. Por mi parte, lo que leo en la prensa internacional, cómo se vive el enfrentamiento de los Estados Unidos y la China de estos días. Por un lado Donald Trump, por el otro, el presidente Xi Jinping. Es una guerra comercial. Hace poco, se encontraron en Davos, en 2018. Y ahora mismo, el 10 de mayo, las bolsas de valores del planeta han perdido el aliento cuando Donald Trump anunció un nuevo endurecimiento, al elevar los aranceles para los productos de importación china. Algo enorme, algo que suma unos 200.000 millones de dólares. Pero The Washington Post, no tardó en deslizar la hipótesis de que Trump jugaba a levantar la mano y los aranceles, para luego redefinir las relaciones económicas con China. Puede ser.

Pero las cosas y los posibles escenarios no van a favor de esta América de Trump que pone en cuestión las maniobras del presidente americano. Por ejemplo, un especialista del mundo asiático, William Overholt, de Harvard, dice que está llegando a su fin la era de la mundialización como producción, y lo que la reemplaza es «la era de mundialización por el consumo». Y dice que Pekín en ese caso, «pesa más». Dice también que en el nivel más alto del consumo mundial se sitúa China, con un 51%. Y que no es el momento, justamente, para cerrar fronteras.

No es la primera vez que encuentro críticas al presidente Trump. No se refieren únicamente a sus salidas altaneras con la prensa americana, o sus divergencias con los países europeos en materia de lucha contra el cambio climático. Me sorprende que lo ataquen justamente en lo que nos parecía era no solo competente sino una fiera, es decir, los negocios. En The Washington Post, dicen a grandes titulares, que en la guerra comercial, Trump siempre está un paso atrás de las maniobras chinas. Y últimamente, una información que me ha llamado la atención. Hasta el día de hoy, yo como muchos, teníamos una opinión sobre Trump que inspiraba respeto. Se le había presentado como un hombre que levantó su fortuna gracias a su talento y habilidad. Lo que los americanos aprecian,  un self made man. El que se se hace o triunfa por su cuenta.

Pero en The New York Times (en el 2018), dijeron que el «presidente americano habría recibido centenas de millones de dólares de parte de su padre», unas montañas de fortuna —dice el diario— «que tienen un aire a fraudes». Pero The New York Times no dice esas cosas por razones morales —de cómo hizo fortuna el padre— sino porque Trump ha sido presentado siempre como un millonario que «no debía su éxito sino a sí mismo». Y resulta que es lo que se llama un «hijo de papá». Una investigación en Nueva York revela que Trump ha heredado el imperio de bienes inmobiliarios en torno a unos 413 millones de dólares. Con esa herencia, cualquiera puede hacerse financiero y hombre de negocios. Como se sabe, lo más difícil es el primer millón. Para el resto, basta con rodearse de expertos y hacer inversiones bien calculadas. La noticia me satisface. Siempre lo encontraba extremadamente petulante. No son así, en general, los americanos. Pero, como es la vida, los «hijos de papá» suelen ser insolentes y caprichosos. El problema es que ese señorito americano lo está llamando la prensa mundial, «el dinamitero». No se piensa en una guerra nuclear. Sino en otra crisis, como la del 2008. Respiraremos cuando deje el salón oval de la Casa Blanca.

Publicado en Café Viena, 14 de mayo de 2019

La corrupción, ¿el gran mal? Sí y no

Written By: Hugo Neira - May• 13•19

La corrupción. Admitamos que es un hecho que nos aplasta por la trascendencia que tiene en los ánimos y el sentimiento colectivo. Y también lo tiene por sus consecuencias evidentes en la economía. Nuestro desarrollo cojea. Pensar es comparar. Singapur tiene apenas 6 millones de habitantes y en cambio un per cápita de 52 mil dólares. Y nosotros, ¿6 mil dólares y una población de 31 millones? En Singapur viven asiáticos honestos.  No conocen nuestras lacras, que son seculares.

Sin embargo, admitamos racionalmente que también el Estado está paralizado por los proyectos detenidos dados los vínculos con Odebrecht. Y por cierto, el temor a la inquisición fiscal de estos tiempos inhibe a cuadros medios y superiores del poder público de estos años, al temer firmar. La razón es simple: dada una legislación tan retorcida y contradictoria como la nuestra, siempre cabe la posibilidad de una persecución judicial en un futuro inmediato.

Hobbes, entre los pensadores políticos más notables, sostuvo que el instinto más intenso es el de conservación. Su tiempo fue el de una Europa fragmentada por las guerras religiosas entre protestantes y católicos, que duraron siglos. De ahí su célebre axioma, «el hombre es el lobo del hombre». Por lo cual propone el Leviatán, un poder civil por  encima de los fanatismos religiosos. A Hobbes no se le conoce bien, se prefiere Maquiavelo o Rousseau, pero el Leviatán —o sea, el Estado— fue la forma de soberanía que pudo poner frenar a otros poderes, burguesía o pueblo, incluyendo nobleza. Y es así como las monarquías nacionales europeas progresaron  gracias a un pacto entre la multitud y el soberano. Hasta que en 1789, aparecen las repúblicas. Octavio Paz prefiere entonces llamar al Estado «el ogro filantrópico». Un elogio y una crítica al Estado mexicano. Que ya quisiéramos tener.

Nosotros no tuvimos nunca un Leviatán. El virreinato fue el dominio flojo, lento, burocrático de una serie de estamentos sociales, peninsulares, criollos, indios comunes e indios nobles, corregidores y curacas, negros esclavos o libertos. No fue un reino. Fue un sistema de pactos. Los virreyes no tenían gran poder. Los frenaban las Audiencias. Nuestro desorden viene de ahí. Y dos siglos de no depender políticamente de otro país no ha modificado nuestras costumbres.

Se equivocaron, pues, nuestros mejores intelectuales. El Perú no busca un Inca. Busca su virrey adecuado. Y para no llamar la atención del mundo, llama a elecciones cada lustro. Nos llamamos ‘República’ pero no lo somos. Desde la Antigüedad, las repúblicas antiguas (Atenas o Roma, sobre todo Esparta) se fundaban en el civismo, es decir, res publica y ciudadanos virtuosos. Todo ello, antes de 1789. Una república, antigua o moderna, reconcilia a sus ciudadanos, por muy distintas y contradictorias que sean sus tendencias. Pero en nuestro caso, el espacio público está muerto. Casi no hay partidos. Y predomina más que nunca la política de la antipolítica. Y varias patologías sociales.

Señalaré al menos dos de las varias anomalías. La primera es el deseo de hacerse ricos. No se trata de salir de la pobreza. No, lo que se quiere ahora es volverse millonario no después de años de acumulación primitiva, sino para pasado mañana. Al toque. Rapidito. País de las coimas y cupos. De arriba hacia abajo, la democratización del cohecho. Y eso viene de antes de Odebrecht. Sí es así, estamos viviendo un drama que ya vivimos. Con Leguía, curiosamente, al inicio de un siglo, en los años veinte, ocurre que  siendo parte del Partido Civil, destroza a sus asociados, los deporta. Establece una capa social de nuevos depredadores que gobiernan hasta que la crisis de 1929 y el golpe de Estado de Sánchez Cerro derrotan al taimado presidente, que había sido aclamado en sus comienzos por los estudiantes de San Marcos. Esas cosas nos han ocurrido. Pero como la Historia del Perú contemporáneo ha desaparecido de la enseñanza, hace de esto 30 años, tenemos generaciones enteras que lo ignoran. Alguien ha dicho que en el Perú no debemos decir «qué hay de nuevo», sino «qué hay de viejo».

Lo que estoy tratando de decir es que la corrupción no es el motor de nuestras desgracias sino la consecuencia de no tener ni Estado ni República. Es triste decirlo, porque estamos ante la proximidad del bicentenario.

Tenemos gobierno. No es lo mismo que Estado. Y me da rabia y vergüenza explicar en qué consiste nuestra confusión. ¿Qué es Estado? En primer lugar, «el mando de un territorio». ¿Es así actualmente? Buena parte del país no conoce el control estatal. De ahí, los negocios del contrabando. La segunda, un Estado es cuando hay «una burocracia diferenciada de otras fuerzas sociales» (Dictionnaire de la science politique, Guy Hermet). En Perú, es lo contrario. Cada ministerio es un botín partidario. La tercera, el Estado es la consecuencia de una meritocracia. Para lo cual, «hay un sistema escolar público de la mejor calidad». Ahora bien, lo hubo de los 50 a los 70 años del siglo pasado. ¡Y lo destruyeron! No vaya a ser que en las Grandes Unidades Escolares se formaran los hijos del pueblo. La cuarta, «el espacio religioso y cívico, separados». Pero no es el caso. Para resolver el lío de Las Bambas se llamó a un prelado. Y quinto, «un Estado protector de los ciudadanos», entre otras cosas, de la intromisión de entidades empresariales. Es al revés.

Dos siglos, y no podemos darnos un Estado moderno. ¡Y menos una República! ¿Res publica? Que seamos todos los peruanos «iguales», no viene a ser un ideal sino un agravio. Casi un insulto. ¿Igualdad? El enriquecimiento y el arribismo son la ideología silenciosa de estos decenios de un siglo XXI que se inicia, en gran parte, con una sociedad con menos pobres que en 1921, pero con más odios entre clases medias ascendentes, y que ven en todo rival, un enemigo.  

Publicado en El Montonero., 13 de mayo de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/la-corrupcion-es-el-gran-mal-si-y-no

«Avengers: Endgame»

Written By: Hugo Neira - May• 09•19

Como en otras ciudades del planeta, en Lima las plateas se llenaron. Mucho más que «Infinity War» que la precede, desfilan en la pantalla batallas espectaculares, un film épico, en que Iron Man y el Capitán América, y un equipo de superhéroes enfrentan otra vez al poderoso Thanos, que ha destruido ya la mitad del universo. Avengers —es decir, Los Vengadores— trata de lograr lo imposible, en una película de tres horas. Es guerra entre titanes. «Yo soy lo inevitable» dice Thanos, nombre griego, que quiere decir caos y muerte, no solo del hombre sino del cosmos. Y le responde uno de los héroes: «Y yo soy… Iron Man». En realidad, el triunfo definitivo es del Marvel Cinematic Universe.

Ahora bien, no estamos ante una película sino ante un tipo de cine en serie. El ciclo comienza en el 2008, y luego en el 2012 reaparece con el nombre actual, Avengers, y desde entonces funciona la taquilla. En el 2015 lanzan «Avengers: Age of Ultron», y luego, en el 2018, «Infinity War», que fue un éxito clamoroso. Eso no es todo. La empresa Marvel ha creado «veintidós films en el último decenio, series de televisión y películas directas de video» (Wikipedia).  Sin duda, ellas no están en nuestras pantallas peruanas. Pero la noche en que fui al cine, escuché personas que conversaban antes de la proyección de «Avengers», gente que por lo visto había visto los films anteriores y conocían familiarmente a Hulk, Thor, y al Hombre Maravilla.

Es más, Los Vengadores tienen ancestros más antiguos. En 1001 Cómics —diccionario y recuento de los cómics «que hay que leer antes de morir»—, muestra la revista que en 1963 ya lucía unos superhéroes reunidos en la Liga de la Justicia de América. Ya estaban ahí Iron Man y Hulk, junto a el Hombre Hormiga y la Avispa. O sea, el cómic, que fue y es el placer no solo de niños sino de adultos (me incluyo en el club), precede al cine, y no es la primera vez que ocurre. Superman, Tarzán, Flash Gordon antes de la guerra en las galaxias, pero no siempre. El pato Donald, un pato gruñón adorado por generaciones, sin éxito en las pantallas.

¿Qué es específico en el ciclo «Avengers»? La prensa americana reconoce que el equipo de superhéroes no oculta una relación semioficial con el gobierno estadounidense. «Cada uno tiene un poder diferente», dice uno de sus héroes, «pero unidas nuestras fuerzas seremos invencibles». Otro rasgo muy americano, un equipo en donde entran y salen, como ejecutivos de una empresa. Y por último, Thor era el nombre de un dios germano, o sea, estamos ante una saga nórdica, aquella que el público americano conoce, pero difícilmente los latinoamericanos. Felizmente, no solo aparecen titanes (mitología de los griegos antiguos) sino humanos, androides y seres monstruosos. Mezcla de culturas, otro rasgo que la hace universal y a la vez popular.

Pero la resurrección de mitologías va más lejos. Umberto Eco, profesor italiano asociado a universidades americanas, y no por azar dedicado a la semiótica, se ocupó de Superman y el Superhombre, en sus libros. Esa búsqueda de la superhumanidad que viene de Nietzsche, el transhumanismo. Y alguien se preguntó si los antiguos griegos creían realmente en sus dioses. Y fue Finley, profesor en Cambridge, gran helenista, quien responde con humor británico, «tanto como nosotros creemos en Superman o en Batman». Hay una ideología y acaso una religión en «Avengers», eso que llamó Umberto Eco, la «estructura ausente».

Publicado en El Comercio, 8 de mayo de 2019

https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/avengers-endgame-hugo-neira-noticia-633304

El arte del silencio. La socialdemocracia en el limbo limeño

Written By: Hugo Neira - May• 08•19

Cuando comencé a escribir en este diario virtual, le prometí a Uri ocuparme en algún momento de lo que en ciencias políticas se llama austromarxismo. Acaso de esta corriente no hay sino algunos que la conocen, pero en general, conocida o silenciada, no nos hemos interesado por su contenido. O dicho de otra manera, aquí hubo prosoviéticos, promaoístas, estalinistas y trotskistas, incluso algunos en los setenta se asomaron al socialismo yugoslavo, el de Tito, por su lado autogestionario. Pero poco o nada de la corriente de Max Adler, y también lo de Otto Bauer, nos atrajo nunca. Sin embargo aquello fue una «combinación de democracia parlamentaria con democracia directa» (Encyclopédie Philosophique Universelle, «Philosophie occidentale», PUF, París, 1992, p. 1547). La cuestión es por qué los europeos no la olvidan, y en nuestro mundo político criollazo, no produjo ni razón ni pasión.

En efecto, no he escrito hasta ahora nada acerca de esa teorización universal del austromarxismo.  Sin embargo, tuve un instante en que alguien me pidió que hablase, en una universidad peruana, algo sobre la socialdemocracia alemana. Callaré el nombre del colega que me invitaba —un joven profesor—, no quiero incomodarlo en su carrera en una de esas universidades que se suponen de izquierda pero, en realidad, muy ortodoxas y pegadas al marxismo del manifiesto comunista. Lo callaré porque el solo hecho de invitarme, y con ese tema años atrás, le costó una suspensión de cursos. Menos mal que tenía otros, pero el de la historia de las ideas del socialismo y el comunismo, se había perdido.

Siempre recomiendo a mis alumnos decir cuál es el tema que se aborda. En este caso, recordar el determinismo del viejo marxismo que no pudo contar con las posibilidades que se abrieron en varias sociedades tras la revolución industrial y sus diversas fases, entre ellas, el reformismo revolucionario del austromarxismo. Esa corriente no quiso seguir a los bolcheviques y en cambio, el sindicalismo obrero y el extraordinario apogeo de la industria, hace nacer otro tipo de proletariado, compuesto por asociaciones obreras que coincidían con el pensamiento socialdemócrata. A lo que voy, los herederos de Engels y Marx no fueron solo los bolcheviques. También Karl Kaustsky, el «traidor»  como lo llama Lenin. Traidor porque no era necesario para la Alemania anterior a la primera guerra mundial, un putsch militar como el de 1917.  La revolución rusa abre una brecha con los socialdemócratas, algo así como «los hondos y profundos desencuentros», de Iván Degregori, para tomar distancia de Sendero Luminoso.

En política, y en especial en el análisis político, cuenta tanto el discurso como el silencio. Qué extraño que de esos marxistas demócratas del siglo XX europeo no se quiera escuchar ni el suspiro. Sin embargo, a lo largo del siglo pasado, diversos partidos socialdemócratas guardaron una cierta inclinación «socialista». (Opinión de la Encyclopædia Universalis, 2004.) Y a lo largo de Europa, los países escandinavos practicaron la socialdemocracia. En particular en Suecia. Las conquistas sociales y políticas ampliaron los derechos en material social, convirtiéndose en «sociedades de democracia social». Otros actores son de todos conocidos. En la social, a partir del revisionismo de Bernstein, el SPD (Sozialdemokratische Partei Deutschland), hubo movimientos parecidos en Dinamarca, Finlandia, y en Suiza. Hoy estas corrientes enfrentan una crisis por el crecimiento de los movimientos populistas, que a veces parecen de izquierda, y a ratos, de derecha. No hay por el momento un modelo de socialdemócratas capaces de adoptar las tendencias que disocian lazos sociales tras las modificaciones de la tecnología y las relaciones individuales de empleados y trabajadores, sin lazo alguno entre unos y otros.

Pero esa corriente, el austromarxismo, no se hunde con la URSS. Por la sencilla razón que no creyeron en la «utopía comunista», sino que fueron los rivales ideológicos de los bolcheviques. Y a la vez, se enfrentaron a las tendencias conservadores. ¿Por qué en ciertas universidades no se quiere hablar de esa rama (demócrata) del marxismo? La coincidencia de libertades, democracia y luchas sociales no violentas, contradecía la idea de que era necesario prescindir de las instituciones y la justicia, es decir, el mito de la revolución y dictadura.

Se fue el siglo XX para los peruanos. Y no hubo ni revolución ni tampoco algo socialdemócrata. Lo único que se le parece es, como el lector lo presiente, el partido aprista. Acaso por eso ni se menciona. Sin embargo, Haya de la Torre dijo todo lo que tenía que decir en Mensaje de la Europa nórdica. Pero en nuestro país, la serenidad y el arte de la discusión política, hace rato que ha emigrado al cementerio de ideas.

En fin, se han olvidado también de los eurocomunistas de los decenios sesenta al ochenta, encarnados por los partidos comunistas de Francia y de Italia. Ya no predicaban la dictadura del proletariado. Mitterrand no sigue a Rosa Luxemburg, sacrificada en 1920. La meta de esos partidos socialdemócratas que en la América Latina desconciertan —porque todo lo vemos desde un dualismo perverso—, es el largo plazo, es decir, conservar su lugar en las colectividades de trabajadores, pero no por eso quedarse en el poder por decenios. No hubo un dirigente único como en la Cuba de Fidel desde esas izquierdas que ignoramos. La radicalidad no consiste en quedarse en el poder. La realidad no es inmutable. Las expresiones políticas se modifican. Y ay del político o el partido que no lo entienda.  

Publicado en Café Viena, 7 de mayo de 2019

Un pattern de terror. El mal contra el mal

Written By: Hugo Neira - May• 06•19

Dice un añejo aforismo, o refrán, que «el azar hace bien las cosas». No hay que dudar de la sapiencia que viene del pueblo, pese a que sea anónima. En sociología a veces pensamos que existe una «inteligencia colectiva». Pero también pensamos que a veces, las sociedades pueden albergar «culturas fracasadas». Esta idea es del filósofo español José Antonio Marina. Es un pensador que recomiendo se conozca. Su lectura es imprescindible, sus obras las edita Anagrama. A lo que voy, ocurre que por casualidad, fuimos al teatro a ver la obra escénica de Alejandro Guzmán, Muerte en el Pentagonito, en la Alianza Francesa de Lima. Que se inspira en el libro de testimonios de Ricardo Uceda, publicado por Planeta. La obra, tanto la investigación de Uceda como la versión teatral, aborda el año 1983, en que bajo el gobierno de Fernando Belaunde Terry, se decide «involucrar a los militares en la lucha antisubversiva». El personaje principal es Sosa, «parte del destacamento que se instala en Ayacucho para combatir a Sendero Luminoso», según Folk, la pequeña y útil guía que trae diversas reseñas de teatro y actividades musicales, mes tras mes. 

En la contraportada del libro de Uceda recién reeditado, se coloca frases de elogio. Mario Vargas Llosa, «Este personaje, el suboficial de inteligencia Julio Sosa, principal informante de Uceda, una verdadera máquina de matar, parece extraído del cine negro o la literatura sádica». De su lado, Alfredo Barnechea, «Verdaderamente, es uno de los libros más importantes que yo he leído sobre el Perú reciente. Creo que es un libro que va a quedar como un testimonio fundamental». Hay reconocimientos venidos de Guillermo Niño de Guzmán. De Magdalena Chocano. De Antonio Cisneros. Este último, en la primera edición.

Sin embargo, no dedico estas líneas a los horrores cometidos en esos años, tanto por Sendero Luminoso como por los sinchis en esa guerra civil, sino los escuadrones de la muerte, llamados a realizar actos criminales. Usar o no usar de esos grupos externos a las Fuerzas Armadas, es un dilema que algunos estadistas enfrentaron. Pensé en otra cosa.

Se me ocurrió esta nota periodística. El tema central me parece que fue la disyuntiva, la dificultad, la contradicción misma de usar la violencia que el enemigo del Perú usaba. Obviamente, ese problema se presenta no en guerras entre Estados sino en guerras civiles, cuando el conflicto escapa a los límites marciales mismos, usando todo tipo de posibilidades, incluyendo las peores. Por supuesto, resulta fácil criticar los abusos de los derechos humanos, después de la guerra interna. No pensé, sin embargo, en esa dualidad terrible, ni en quienes tuvieron que tomar decisiones acaso a despecho de su moral. El mal para evitar un mal mayor. Ese dilema ha ocurrido en otros países, en otras historias. En la guerra civil española, en el Medio Oriente de nuestros días, en el eterno conflicto de Israel y sus adversarios musulmanes. Lo que vino a mi cabeza fue un pattern, es decir, un patrón de conducta, un «modelo de comportamiento que se reproduce», según el diccionario inglés de Cambridge.

Ahora bien, combatir el mal con el mal mismo, resulta algo que habita en la vida peruana como presencia latente, nos acompaña. Cuando Leguía se convierte en un autócrata, quienes lo derrotaron lo hacen contra ese poder personal, pero lo encarnan y lo repiten después de Leguía. Es el caso de Sánchez Cerro, vencedor del leguiísmo, para sustituirlo inmediamente por una conducta no menos autócrata sino todavía peor, rodeado de una milicia de camisa negra y brazo derecho en alto.  El pattern peruano de «yo lucho contra tal cosa, para luego repetirla», lo reproduce el político Abimael Guzmán, que desdeña las marchas campesinas de los sesenta, esas invasiones de tierras que, por mi parte, describí en Cuzco: tierra y muerte, en 1964, y que fueron marchas de una violencia digna de Gandhi: tomaban la tierra, la recuperaban sin matar a nadie. Pero a Guzmán no le interesó ni eso ni la reforma agraria. Y menos las guerrillas de Béjar. Él hizo lo suyo. Cuando ocurría la reforma agraria, se fue a estudiar cómo hacer una revolución, a China misma. Y regresa, y se repite el pattern. ¿El aplastamiento de campesinos indígenas para liberar a los indígenas?

No es extraño que Alejandro Toledo, cuyo destino le puso en la mano un rol formidable —el adversario de Alberto Fujimori, el hombre que encarnaba la lucha contra la corrupción del fujimorismo—, termina con frases que son el asombro de sus coetáneos, y que la historia no olvidará: «Dame veinte —o treinta— millones (de dólares)». Genial. Toledo contra Toledo.

Y en estos días, ¿medidas como la ‘preliminar’ y luego la ‘preventiva’? ¿Esas que privan de libertad a ciudadanos, sin la menor acusación legal? Por cierto, en Europa y en el mundo anglosajón, el evitar la presunción de inocencia, ha estremecido la opinión, y nos han calificado de regímenes descarrilados de lo que se llama Estado de Derecho. Y me parece el máximo de confusión, algo digno de tiranías turcas o musulmanes, tratar de calificar a los partidos políticos de «organizaciones criminales». Eso solo ha ocurrido en la España de Franco o en la Alemania nazi de los años treinta.

Pero reconozcamos algunos gestos que indican el retorno a la ley. Enrique Cornejo no tendrá la preventiva.  

¿El pattern de la injusticia para lograr la justicia, nos habita? El  tiempo lo dirá. Por el momento los psicosociales de Vladimiro Montesinos gozan de inesperados herederos.   

Publicado en El Montonero., 6 de mayo de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/un-pattern-de-terror