Cajamarca. Un par de cuestiones

Written By: Hugo Neira - Jun• 17•19

Estuve la semana pasada una noche y dos días en Cajamarca. ¿Por qué la prisa? Tenía que volver a Lima para mis clases. No suelo dejar colgados a mis alumnos. Me habían invitado a un congreso de economía. El evento se realizó en la universidad nacional de Cajamarca y lo organizaron los propios estudiantes. En particular, uno de ellos, Edinson Palacios, a quien agradezco y felicito por su voluntarismo. No es fácil llevar gente a un congreso cuando no abunda el dinero para invertirlo en ese tipo de actividad pese a que Cajamarca está a una hora exacta de Lima por avión. Por otra parte, la mañana en que me tocó exponer, me precede Carlos Parodi. Lo conocía por sus libros. Pero no lo había escuchado nunca como expositor. Es economista y se explica con gran sencillez en temas complejos. Fue muy estimulante escucharlo.

Me ocupé de dos problemáticas. El estado actual del mundo. Y el lugar del Perú de nuestros días. Aquí, abreviaré enormemente el primer punto.

A la cuestión de quién gobierna el mundo, pienso en  Rusia y sus ejércitos, China, cuyo PBI está por alcanzar a los Estados Unidos. Nuestro tiempo no es aquel del final de la segunda guerra mundial. En ese entonces, USA era la primera potencia. Y en temas de esta envergadura, me apoyo en los mejores estudiosos. En Pierre Hassner, profesor que conocí cuando yo era investigador en la escuela de Ciencias Políticas de París. ¿Qué dice hoy, Hassner? Dice que no hay piloto en el timón del mundo. No manda nadie. Estamos en uno de esos periodos de la historia en que ninguna potencia es del todo hegemónica. Hay varias potencias. Pero un mundo al borde del caos.

Exploré también un tema aledaño. La preocupación en sociedades democráticas, en particular Europa y los Estados Unidos, «ante el inesperado éxito económico de los regímenes autoritarios» (Sciences Humaines, n°266). China, Rusia, los Emiratos, la Turquía de Erdogan. Mucho más que las democracias liberales¡! Y mientras crecen con la apertura del mercado mundial casi todas las economías, no deja de ser verdad que se abren brechas sociales gigantescas. ¿Entiende entonces, el amable lector, la aparición de lo que llaman ‘populismos’? Expresan la protesta de la sociedad civil ante la sociedad política.

Ahora bien, para situar el Perú de hoy en la caótica mundialización, pedí en Cajamarca que hiciéramos un esfuerzo en situarnos en los años 50 del siglo XX. Fue entonces que Alfred Sauvy, gran demógrafo, inventó un término o concepto, el «tercer mundo». De ese modo se designaba a los países no alineados, tiempos de la Guerra Fría y la polarización entre la Rusia soviética y la Europa y los Estados Unidos capitalistas. Pero el concepto intentaba cubrir una diversidad de países, tales como el África o el Asia, y pronto se establece la idea del subdesarrollo. F. Perroux bautiza esa situación con el concepto de la ‘dependencia’. Un poco más tarde, se considera que hay un núcleo de naciones avanzadas —Europa, los Estados Unidos e incluso la URSS— como un centro de poder, vinculado a los países de la periferia. Y así, se establece de modo dogmático, que la riqueza de los países avanzados se construía sobre la pobreza de las naciones cuyas ganancias en importaciones, por lo general de materias primas, nunca alcanzarían para adquirir las producciones hipertécnicas de los Estados centrales y desarrollados. La salida de esa situación, se pensó, era la autosuficiencia. Y el rol de los Estados crece en esos años. En esa teoría estuvo la CEPAL, y eso influye tanto en gobiernos autocentrados como Cuba, el Chile de Allende y el Perú de Velasco.

Pero por los 80, se desmorona esa teoría. Aparecen países que se industrializan en el Asia del sureste, como Corea del Sur, Taiwán, Singapur. Este último, con 5,7 millones de habitantes y un PBI (2014) de US$ 307,8 mil millones, superior al nuestro (entonces de 202,6). Menos PEA. Los llamados «tigres asiáticos». Y el caso de Corea del Sur, en 1950 era más pobre que el Perú. Pero a diferencia nuestra, se especializaron en producciones de alimentos y fabricación de productos de la tercera ola industrial. En conclusión, se hunde la teoría de la dependencia. Hoy, mal que bien, liberales e incluso socialistas, entran al mercado mundial. Lo que los separa es la distribución de riqueza.

En fin, para calificar de ‘subdesarrollado’ un país, hubo tres indicios. Primero, país en mayoría analfabeta. Segundo, país de grandes hambrunas. Tercero, país con mayoría de población rural, es decir, de poca productividad y sin las ventajas de la vida en ciudades. El Perú fue eso en los años 60 y 70.

¡Pero hoy ya no hay analfabetos! Sin embargo, la población que sabe leer, no lo hace. Ni libros ni diarios. Tenemos iletrados. Y como ese hecho no nos parece grave, me atreví a leer al auditorio, lo que sigue: «Los datos revelan que el graduado (peruano) promedio que sale de la escuela pública secundaria carece de la capacidad en pensamiento crítico y de aprendizaje, y en consecuencia es inempleable». ¿Quién lo dice? Nada menos que el Banco Mundial. Se refiere a 7,6 millones de jóvenes.

¿Y la hambruna? Hay pobres, niños mal nutridos, pero la gastronomía es nuestro éxito. Aunque con efectos perversos, nos hemos vuelto una país de gorditos. La enfermedad más frecuente es la diabetes. Además, segun el INEI, somos un país urbano. ¿Pero qué somos? Ni subdesarrollados ni potencia regional con una economía modernizada, una sociedad con salud y educación al alcance de todos, que es lo que ocurre en las sociedades avanzadas.

¿Qué ha fallado?, pregunté. No la política. Mal que bien, llevamos veinte años de elecciones. Tampoco la economía. Lo he dicho anteriormente en esta misma columna. «El per cápita en los años 70 del siglo pasado era de US$ 557, luego en 1976 pasa a US$ 943, en el 2000 a US$ 2,023, y en el 2017 a US$ 6,571. No solo ha crecido, sino que han surgido nuevas clases medias.» Pero el malestar ha crecido del 2001 a nuestros días. Es decir, ¿cuánto más se crece, el pueblo se aparta de la democracia?

Entonces ¿qué somos? Les dejé la respuesta. Todo lo que quise era que despertaran. No todo es economía y política. Dinero y poder. Falta el saber. Se han olvidado de la ciencia y el conocimiento. Ha fallado la sociedad misma. En las pruebas  PISA estamos detrás de Indonesia y Bolivia. Y sin embargo, según el Banco Mundial, «el 80% de padres de familia están satisfechos con la educación que reciben sus hijos». En cuanto a los comportamientos, hemos retrocedido. Casi no hay sindicatos. Y es corriente lo ilícito desde el contrabando pasando por la coima como algo normal, a la sorprendente cantidad de choferes que manejan borrachos. Está claro que no se necesita solo economía para salir de nuestra extraña situación. Se necesita instituciones y Estado. Y otro esquema de crecimiento. Que vincule el crecimiento global con el bolsillo de los ciudadanos. El mercado y la inversión social en salud, ciencia y democracia, no es un imposible. Pero para eso se necesita estadistas, no gente improvisada. Sino el capitalismo achorado de estos años y las masas iletradas hundirán la poca democracia que tenemos.

Publicado en El Montonero., 17 de junio de 2019

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Francisco Miró Quesada en la filosofía mundial

Written By: Hugo Neira - Jun• 13•19

Acaba de dejarnos el filósofo Miró Quesada. Aun habiendo llegado a vivir un siglo, siempre pesa una pérdida de alguien como él. Estas breves líneas, obviamente se suman al sentimiento de duelo de su familia, de hijos y parientes y amigos. Pero quisiéramos en esta ocasión, observar cómo lo consideraban sus colegas en el exterior. Al escribir esta nota, tenemos en la mesa de trabajo una de las publicaciones sobre los filósofos modernos y contemporáneos que es de lo más seria y profesional. Es decir, la Enciclopedia Oxford de Filosofía. Editor Ted Honderich.

Nuestra fuente es un volumen de 1251 páginas, en la que abundan explicaciones sobre conceptos y corrientes de pensamiento diversos, por ejemplo, la escuela de Harvard (p. 511). O la filosofía francesa, a partir de Descartes. O la británica, esa filosofía analítica que la hizo famosa (p. 434). Pero sobre todo, con nombre propio, personas. Filósofos. Hegel en la página 516. Al lado de un desarrollo sobre qué viene a ser el hedonismo. En ese océano del saber filosófico, hay muy pocos latinoamericanos. Y aún menos peruanos. Pero los hay, y son tres. Augusto Salazar Bondy (p. 1020). Francisco Miró Quesada. Y está Mariátegui, José Carlos. En este caso, podemos admirar el espíritu de esa célebre enciclopedia. Incluye no solo a filósofos sino a pensadores, tal es el caso de Michel Foucault: señalan su lección inaugural en el Collège de France, sobre «el discurso». De Mariátegui no dudan en apreciarlo porque no teniendo estudios secundarios y superiores, como autodidacta, elabora los temas de los Siete Ensayos. Mariátegui está, alfabéticamente, a un paso de Maritain y de Marcuse.

El filósofo Francisco Miró Quesada que ya no es de este valle de lágrimas, aparece en la enciclopedia Oxford, en vida. Así, la reseña que mencionamos la colocamos aquí, sin modificación o alteración alguna. Estamos diciendo cómo era respetado, conocido y apreciado. En el campo de la filosofía no hay un Nobel de premio. Ni lo hay tampoco para los que destaquen en antropología, historia, sociología o psicología. Nobel, el fundador de ese reconocimiento, no pensó en estas disciplinas. Pero la presencia de un pensador peruano en esa fuente universal del saber filosófico que citamos, no es cosa de todos los días. Por eso, por lo excepcional del caso, lo publicamos en esta hora lugubre y a la vez, de gloria.

«Miró-Quesada, Francisco (1918 –  ). Filósofo peruano nacido en Lima y miembro de una familia de prestigiosos intelectuales. Su padre, Óscar Miró-Quesada de la Guerra, fue en su época un conocido intelectual y divulgador de las teorías más recientes en las ciencias naturales. Francisco Miró-Quesada estudió derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú y filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En esta última universidad ejerció la docencia desde 1940. Sus temas de investigación son lógica, filosofía de las matemáticas, epistemología, filosofía de la ciencia y filosofía del derecho. Sus influencias  principales fueron la fenomenología de Husserl, en los inicios de su formación, y posteriormente, el positivismo lógico y Bertrand Russell. El proyecto filosófico central que atraviesa su obra es la búsqueda de una nueva teoría de la racionalidad. Él entiende la racionalidad como un conjunto de principios  universales, permanentes y necesarios, de naturaleza formal, que subyacen a la diversidad cultural, lingüística y moral. Así, en sus diversos libros sobre lógica, y especialmente en su Lógica I. Filosofía de las matemáticas (Lima, 1980) se propuso encontrar principios comunes a la diversidad de sistemas lógicos. De igual manera, en el terreno ético, sostiene como principios universales el humanismo (el tomar al ser humano como fin y no como medio) y la simetría.» (p. 804)

Y luego de la reseña, la bibliografía.

Sentido del movimiento fenomenológico  (Lima, 1940); Apuntes para una teoría de la razón (Lima, 1963);  Ensayos de la filosofía del derecho (Lima, 1986).

Publicado en El Montonero., 11 de junio de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/francisco-miro-quesada-en-la-filosofia-mundial

Cuando cambió el Perú. No más gamonales

Written By: Hugo Neira - Jun• 12•19

Muchos temas trotan en mi visión del mundo actual, por ejemplo los resultados de las elecciones para el Parlamento Europeo, tanto o más que los populismos, los votos ‘verdes’ o ecológicos. ¿Saben lo que eso significa? Un cambio de vida, de civilización. También podría reflexionar sobre un tema actual y peruano. La confianza en el Ejecutivo desde el Congreso. Pero prefiero esperar lo que sigue, luego del 15 de este mes. Sin embargo, dejo esos temas por otro. Estamos en junio. Y en junio de 1969, termina el feudalismo y el trabajo sin salario de millones de indígenas. No era solo una reforma de la propiedad de la tierra. Se acababa la colonia. No más indios siervos y mandones gamonales.

Las líneas que siguen son aquellas que escribo el 31 de agosto de 1975, cuando Velasco deja el poder y lo reemplaza Morales Bermúdez. Era yo el director del diario Correo, y sabía lo que me iba a costar ese gesto. El texto que sigue no tiene ninguna modificación al original. Pero no es todo el texto. Un fragmento.

«Velasco, el fundador

Tuvo que venir de la humilde provincia esta fuerza de renovación que transforma el Perú, Juan Velasco, nacido en Castilla, distrito de Piura (1910). Tierras norteñas, tierras de dolor y éxodo. Gentes de abajo para las cuales la historia siempre fue una mala pasada. El adolescente Velasco se embarca. De polizón viene de Paita al Callao. Toca las puertas de la Escuela Militar de Chorrillos, todavía bajo influencia francesa. Para ingresar sienta plaza de soldado (1929). El resto, lo conoce la historia reciente. Las mudanzas geográficas y burocráticas de una carrera militar. Hasta la madrugada del 3 de octubre.

Quizá de esas tierras de Castilla la piurana trajo consigo su amor al terruño, al río y a la montaña agreste, como los de Chaclacayo, ahora, su retiro. Quizás trajo, también, esa efusividad de hombre de campo que no le gastaron nunca las aristas lujosas de Palacio. Y la voluntad de partir el pan con el hermano, la búsqueda de una comunidad de riquezas y bienestar, hijo pródigo él mismo, de un trabajo honesto. Y porque venía del norte costeño, el alma de la jarana y la zumba costeña airearon siempre su palabra, porque las traía educadas por el habla popular, ojos y oídos donde se reconocía el pueblo. Y un cierto candor, como el de las almas campesinas. Y de toda la secreta región de la infancia, la derecha intuición y la conciencia del destino de los otros, de millones, que a despecho de su caso no llegaban a generales.

A este soldado se le ocurre pues, en 1968, la gran herejía de la vida peruana. La herejía de la felicidad para los pobres. Solo siete años: y del pueblo dulce y sumiso, de una de las más explotadas patrias de la América indígena, se alza otra nación, otro orden, otro Estado. Nada más fantástico que esta realidad. Nada más desbordante, aún que la imaginación, que el proceso revolucionario de estos años. El nombre de Velasco queda ligado para siempre a la recuperación de los recursos naturales del dominio extranjero, a la nacionalización del comercio exterior y la banca, a la liquidación del latifundio, a la naciente siderúrgica, petroquímica y pesca, a la propiedad social y el oleoducto que atravesará los Andes, como al nacimiento de miles de instituciones de base. A una política internacional tercermundista, a la reforma de la prensa, y a tantas otras cosas que no tienen por qué estar en una nota de comprobaciones melancólicas.

Este soldado marcó una hora. Desde entonces sabemos mejor quiénes somos y adónde vamos. Su nombre estalló como una granada entre nosotros: Velasco. Se rompieron las dentadas ruedas de la tradición. Se hizo trizas el país oligárquico y altanero. Reforma agraria o comunidades laborales: la virtud de Velasco fue el desquite de los oscuros. Y durante siete años para todos, revolucionarios o no, la zozobra y el asombro de vivir un tiempo de intermedios, sus decisiones mantuvieron en vilo la nación, pro o contra. Jamás indiferente ante sus gestos. Y cada medida iba añadiendo en el reino indeterminado y siempre inconcluso de lo político, otro ordenamiento socioeconómico, coherente, que le sobrevive. Cierto, la política revolucionaria peruana no comienza en 1968. Fue el pedido de varias generaciones sacrificadas en mazmorras y en exilios. Cierto, la «intelligentzia» reclama su lugar en este resumen, desde Mariátegui a Arguedas. Pero sin esa gran osadía, sin Velasco ¿qué hubiera sido la política sino una forma más de la incoherencia criolla? ¿Qué, la literatura, sino otra manera del desencanto? Cuando volteamos hacia atrás, Luis Cardoza y Aragón, por otra patria americana que se nos parece, «algo de lo mejor nuestro es memoria de pesadilla». Y bien, pregunto: ¿es esta nuestra memoria de los siete años transcurridos? ¿Es la descripción del presente, la descripción de la noche? Ciertamente no. Tiempos difíciles, sí. Puesto que tiempos de rupturas. Tiempo para hombres enteros.» […]

            Correo, domingo 31 de agosto de 1975, p. 12

Nota actual

Una semana más tarde, el gobierno militar que me había llamado a ser Director —no fue un cargo que yo había pedido—, con la misma potestad que me había nombrado, me quitó el cargo. Lo encontré normal. Hasta ese momento, ese diario encarnaba una de las varias corrientes políticas que habitaban lo que se llamaba el velasquismo. Hubo tendencia procubana (en Expreso) de corte democratacristiano, de voluntad más bien autoritaria. Y nosotros, en Correo, una corriente que aprobaba la «propiedad social», es decir, la autogestión. Acaso era una quimera, pero eso era lo que nos reunía, Jaime Llosa, Carlos Delgado, Carlos Franco.

Ahora bien, acaso la insolencia de ese adiós a Velasco me valió la persecución bajo el gobierno de Morales Bermúdez; se declaró contra mi persona. Once meses estuve haciendo una vida clandestina. Me hacían auditorías, pero primero querían meterme preso. Y no lo lograron. El esposo de una tía mía, hermana de mi madre, José Hermoza, a quien la reforma agraria le había intervenido mas le habían dejado tierras, —lo suficiente para seguir como agricultor (era muy moderno, se había formado en los Estados Unidos)—, llamaba a mi madre y le dice que venga a su granja. Cuando me recibe me dice: «nadie te va a buscar, Hugo, en la hacienda de una de tus víctimas».

Y así fue. Un año más tarde, aparecieron tres coroneles, que eran velasquistas, y le dijeron a mi madre: «No sabemos dónde está su hijo, pero dígale que se vaya. Le hemos abierto la puerta. Pero por un corto tiempo. Que pase por Torre Tagle donde le espera su pasaporte». Y así fue. En Francia me esperaron con los brazos abiertos. Volví a los estudios. Historia, Ciencias Políticas, y añadí Ciencias Sociales. No volví nunca a la política peruana. Seguí estudiando y cuando llegue el ángel de la guadaña, aquel que visita a todo mortal, me encontrará escribiendo un texto o leyendo un libro. Perdón por estas líneas finales, pero hay cosas que a veces hay que contarlas. Nadie tiene comprada la vida.

Publicado en Café Viena, 11 de junio de 2019

Cuando cambió el Perú. No más gamonales

El país (catastrófico) que tenemos

Written By: Hugo Neira - Jun• 10•19

Lobbies, coimas, ilícitos, mafias. Como si fuera poco, ¿males peruanos en un mundo incierto? ¿Sabe el amable lector cuál es el gran temor en los inicios de este siglo XXI en los países avanzados y de estable democracia? Mientras crecen los temidos populismos, ocurre que hay una realidad sencilla y a la vez incómoda. En dos palabras, a nivel mundial, el inesperado éxito económico de los regímenes autoritarios. «Hay Estados que se benefician de una renta petrolera, de gas o minera. Controlada por élites políticas, esa renta es utilizada para conseguir que la población acceda a bienes de consumo disponibles en el mercado mundial». La entidad que edita esa idea llama ‘petromonarquías’ a la Rusia de Putin y los Emiratos islámicos. A lo cual hay que sumar la China continental, exitosa, «mucho más que las democracias liberales». No daré la fuente. No viene en inglés, es europea, ni neoliberal ni marxista. Para nuestras universidades resultaría ininteligible.

Y entonces, surge una cuestión, de orden universal. El capitalismo contemporáneo, ¿es el sepulturero de las democracias? Es en los Estados Unidos y en Europa, en las viejas democracias, donde se tiene la impresión que «la democracia ha sido capturada por los potentes intereses económicos, y en particular, por la finanza mundializada». Así va el mundo.

En el Perú hacemos lo posible para ponernos en esa línea de desconstrucción. Aunque modestamente, intentamos nuestra propia entropía. Perdone el lector por el uso de ese concepto. Ocurre cuando se juntan dos materias calientes a una fría, se calienta la tercera, pero la pérdida de energía es inevitable. La entropía viene a ser el irreparable desorden. Es métafora adecuada puesto que hace veinte años que tenemos democracia. Y por otro lado, algo de éxito économico. El ministro de Economía y Finanzas, Miguel Castilla (tiempos de Humala), hizo saber que el PBI del Perú pasaría de US$ 53.000 millones en los 2000 a US$ 400 mil millones en el 2020, o sea, ocho veces más. Claro está, antes de PPK presidente y sus bailecitos, y el semigobierno que ocupa Palacio en estos días. El lector me dirá que eso será el crecimiento global, pero no llega al pueblo. Error, el per cápita en los años 70 del siglo pasado era de US$ 557, luego en 1976 pasa a US$ 943, en el 2000 a US$ 2.023, y en el 2017 a US$ 6.571. No solo ha crecido sino que han surgido nuevas clases medias.

El Perú actual es paradójico. El malestar crece a medida que el país real progresa¡! La aceleración económica la desacredita la corrupción. PPK judicializado, Toledo refugiado en USA, Ollanta y Nadine y sus célebres agendas, investigados, la exalcaldesa que es delatada por Odebrecht. Pasará a la historia como la gran dama que le pide al empleado su pasaporte para abrirle (solapa) una cuenta bancaria en Andorra. Vamos señora, me saco el sombrero. En pujos de poder ha sobrepasado a la Perricholi y a la misma mariscala, la mujer de Gamarra.

En vez de avanzar, retrocedemos. Hace 50 años, el planeta entero se preguntaba qué era el subdesarrollo. Un país subdesarrollado (del Tercer Mundo) era clasificado a partir de tres grandes atrasos. Primero, una masa mayoritaria de analfabetos. En segundo lugar, que sufre de hambrunas. En tercer lugar, básicamente rural. El joven que yo era se dijo quizá algún día el Perú habrá superado esos obstáculos. Pues bien, como sabemos, ya no tenemos estadísticamente analfabetos. Lo que tenemos son iletrados, es decir, millones de peruanos y de estudiantes que no abren jamás un libro ni leen diarios. Luego, si bien hay niños mal alimentados, es franca minoría. Nuestro mayor triunfo es la gastronomía. Lo que ocurre es al revés, somos un país de gorditos. La más extensa de las enfermedades es la diabetes. Y en cuanto a lo rural, resulta que según el INEI, más del 80% de los peruanos vivimos en ciudades. Pero seguimos siendo subdesarrollados. Con un poco más de plata en el bolsillo pero cada vez menos comportamientos de gente civilizada y que respete al «otro». Ya se sabe, el peor enemigo de un peruano es otro peruano.

¿En qué fallamos? No hemos entrado a la economía moderna. Sí fue el caso de países asiáticos como Corea del Sur, Singapur. La mayoría de los empleos son informales, con poca formación del artesano, poca productividad, bajo ingresos, precariedad (sin seguros de salud). Y por supuesto, la ruptura del tejido social, el fin de los sindicatos, nada de solidaridades, cada uno baila con su pañuelo. ¿Eso es  progreso?  Y lo que nos  ha dicho nada menos que el Banco Mundial: «Los datos revelan que el graduado promedio que sale de la escuela pública secundaria carece de la capacidad en pensamiento crítico y de aprendizaje y en consecuencia es inempleable.» En las pruebas internacionales (llamadas PISA), los jóvenes peruanos están peor que Indonesia y Bolivia.  Y 100% de los niños «no leen nada». En secundaria, la velocidad de lectura para jóvenes chilenos es de 60 palabras y la de los peruanos, 30. Y la conclusión, catastrófica: «Un 70% de jóvenes peruanos no están preparados para la vida moderna, o sea, no se les puede emplear». En otro capítulo, se ocupan de las pandillas. «Un 24% de jóvenes ni estudia ni trabaja» Sin embargo, «un 80% de padres están contentos que sus hijos vayan a las escuelas.» (Cap. 26, p. 633)

Y este es el país nuestro: la política como sospecha, la fragmentación de la sociedad, el costo de no tener Estado moderno. Y en esta situación, la prisa por una reforma política. Sin debate, ¿proyecto de un puñado de personas? La propuesta de las «primarias abiertas». Inaceptable. O sea, que cualquier peruano vote por el candidato de un partido, que no es el suyo. Genial, doctor Tuesta, romper los partidos por dentro.

Lo peor nos espera en el 2021. Está en marcha la construcción de una megapresidencia. Y una masa de peruanos que no tuvieron cursos de formación cívica en los colegios estatales, vueltos hoy en una lumpenciudadanía manejada por posverdades, no puede entender para qué sirve el parlamento, los partidos, las libertades. En el Perú acataron siempre a dictaduras militares o civiles. Leguía, Odría, Manuel Prado. Nuestro futuro es nuestro pasado. Progresamos como el cangrejo, marchando hacia atrás.  

Publicado en El Montonero., 10 de junio de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/el-pais-catastrofico-que-tenemos

¿La modernidad? Una mirada al norte: el Derecho y no solo los lobbies

Written By: Hugo Neira - Jun• 04•19

Muchos me conocen como Neira el mutante. En efecto, he cambiado varias veces de vida. Luego de mis estudios en Francia, en ciencias políticas; y luego, después de Velasco, al retorno, otros tantos años de profesor titular, después del concurso (todo profesor  pasa pasa por un concurso público, antes de ser catedrático), resulta que he pasado mas años de mi vida en Europa que en el Perú.

Hoy, solo me interesan mis clases y los libros universitarios que escribo, dos por año. Cada uno, de 400 a más de 500 páginas. Soy políticamente apartidario. La a en castellano, es distancia. Ateo. Anómico (sin norma, etc). Pero no me entienden. Creen que soy ‘fujimorista’, o ‘aprista’ o lo que sea. Que un profesor sea distante de las ideologías, no solo les sorprende. Ignoran que eso es lo normal en otros países, por cierto, ajenos al deseo de desacreditar al que no se deja manejar por las corrientes de opinión, que todas, no expresan sino los intereses particulares.

Por lo demás, no es que me sean ajenas las pasiones políticas. Pero mi último compromiso político data de 1970. Hace cerca de 50 años. Cuando Velasco. Luego, como no me quedaba más remedio, volví a Francia, mi madre adoptiva, donde me abrieron los brazos. En fin, si el canibalismo sectario sigue con la cantaleta de ponerme etiquetas, es inútil. Aunque no lo crean, carezco de cálculo alguno y menos de ambición política. Pero para comprenderme, creo que no tengo más remedio que explicar, sin vanidad, de dónde provengo.

Soy un caso particular. Mi padre, un rebelde, que por eso entra a la policía montada. Así conoce a mi madre, en Abancay, señorita de gran familia, los Samanez. Se amaron, se casaron, tuvieron dos hijos y se divorciaron. No estaban hechos para convivir. Fueron mis abuelas paternas las que se ocuparon de mi infancia, las Damiani, ella mismas, singulares. Arequipeñas de origen italiano, estudiaron en el norte de Italia. Fueron para mí tutela y rigor. Luego, un segundo rigor, el barrio en el cual crecí, Lince, barrio de broncas. Mi adolescencia fue un interminable combate callejero. La tercera lección de rigor fue la escuela fiscal, recuerdo el nombre: n°429 de Lince. Escuela estatal, o estudiabas o te ibas. Luego, secundaria en el Melitón Carvajal. ¿Alguna sorpresa, que a los 18 años, y muertas mis abuelas, entrara a San Marcos y trabajara como obrero para poder sobrevivir y  estudiar? No tuve una cultura ni criolla ni andina. Quizá por eso, una mirada distinta a la de otros escritores. Fuera de etnias y clanes familiares, navego a contracorriente. No es una cuestión de ideología sino de modo de ser.

Luego el azar quiso que Porras me llamase a trabajar en su casa, junto a Pablo Macera, Carlos Araníbar y Mario Vargas Llosa. En fin, años después, en 1961, llegué a Expreso, cuando lo dirigía José Antonio Encinas. Me enviaron al Cusco como corresponsal de guerra, y mis crónicas conformaron Cusco: tierra y muerte. Libro que me dio un premio nacional y un inesperado salto a Francia. François Chevalier, profesor francés de paso por Lima, buscaba un peruano para completar su equipo y me invitó a trabajar en París. Curiosa historia. Difícil de repetirse.  

Si algo echo de menos, es la gente de mi generación. Los que entramos a un pequeño partido sin esperanza alguna de tener poder. Era como una tarea ética, hacer algo por los otros. Fernando Fuenzalida, Carlos Franco, Arias Schreiber. No eran hijos de proletarios, más bien, venían de los mejores colegios. ¿Qué nos juntaba? La idea de que el Perú debería pasar por una revolución. Al aprismo de entonces, lo tomábamos como una forma de la socialdemocracia. Pero estábamos convencidos —y no nos faltó razón— de que el país necesitaba algo más fuerte para liberar a la sociedad de la oligarquía, a la que encontrábamos tanto disipada como premoderna. 

Dicto cursos, se editan mis libros, pero el Perú no es el jardín del Edén. Me viene a la memoria una frase de mi maestro Porras: «la recompensa falaz de las suplantaciones de mérito». Pese al raje y las envidias, continúo con mis investigaciones. Y no hago vida social ni tuiteo mucho. Mi programa para ustedes abarca las Ciencias Sociales y lo que corresponde a un siglo de tecnociencias como el XXI. Transformaciones de sociedades, nuevos modelos de gobernabilidad y el renacimiento en nuestros días de una cultura ligada a diversos saberes, tanto científicos como humanistas. Creo en el conocimiento. Y mis crónicas, espero que conduzcan el ciudadano lector hacia su propia libertad.

Sin embargo, hay un obstáculo que sobrepasar. Un malentendido sobre lo que es la modernidad. Piensan que son los grandes negocios, la producción de maquinarias y el avance científico. Lo cual en parte es cierto. Pero en ese último punto, solo piensan como sociedad compradora. La idea de que podamos ser también una sociedad moderna como las del mundo asiático —me refiero a Corea del Sur, Singapur, que han dado el salto a la revolución industrial recientemente—, no figura ni en las universidades peruanas ni en la mentalidad colectiva. La manera cómo esperan ingresar a las hábitos de las naciones avanzadas parte del supuesto que eso vendría si tuviéramos grandes ingresos y compráramos todo lo que parece moderno, desde los utensilios domésticos a las grandes mansiones, y eso ya sería estar a nivel de Canadá, Australia, Bélgica o cualquiera otro gran país con prosperidad. Pero el gran error de mis paisanos es tomar todo eso como la causa del progreso cuando en realidad es consecuencia de otros aspectos de la modernidad. El motor de lo moderno, está en otro nivel de las sociedades enriquecidas. Es normal que nos deslumbren. Pero algo, muy decisivo, es el andamiaje cognitivo con el cual esas sociedades se transformaron. Derecho. Justicia. Igualdad. Lo ignoran. A lo cual se añade la impresión favorable que les produce la vida de los norteamericanos. Pero algunos, que no merecen ni los nombres propios, solo vieron las trampas que se llama lobby. El resto, ni lo vieron.

Acabo de ver una película excepcional. Por el momento se la puede ver en Lima. Se llama La voz de la Igualdad. En inglés, On the Basis of Sex. La han distribuido en México, Argentina, Colombia, etc. En pocas palabras es la vida de la joven Ruth Bader Ginsburg, una abogada que se abre camino cuando llega a tener el privilegio, en tanto que mujer, de ser admitida en Harvard, y más tarde, en su vida de abogada. Ella es un referente del feminismo norteamericano. Su historia personal es la de innumerables mujeres que  lucharon y siguen luchando contra la discriminación de género. Recomiendo al amable lector que lee estas breves líneas que vaya a verla, no se la pierda. Para mí, cae como anillo en el dedo a otro significado, aparte de la importancia del tema de la mujer, sobre todo en nuestro país, en donde la ministra de la Mujer declara tener 600 o 700 abogados, cada uno ocupándose de 35 casos de abusos (de todo orden) y llamadas por teléfono,  300 por día,  quejas de machismo tanto oral como golpes. Claro, eso importa. Pero voy a otro ángulo de lectura de la sociedad norteamericana, que acaso sin desear, nos libra ese film.

Seamos claros. Los Estados Unidos (y no Ecuador ni Chile, aunque haya una comunidad peruana de 200 mil residentes peruanos en tierras chilenas) son nuestro vecino más cercano. Es innumerable la cantidad de familias peruanas que tienen un miembro en USA, sea el hijo, sea el marido, y otros familiares. Además, raro es el peruano o peruana que no haya visitado alguna vez Norteamérica.  En mis viajes, observo por ejemplo la vida cotidiana de México, país con una larga frontera con los Estados Unidos, y en diversos sentidos, tocado por la norteamericanización de su sociedad en gustos y consumo. Casi diríamos algo normal, dada la cercanía. Sin embargo, en lo que concierne las costumbres peruanas, rituales de ocio y maneras, los peruanos sobrepasan a los mexicanos. Somos el país más cercano por mímesis a los americanos. Y cada vez más lejos de Europa. Pero ese tema lo dejo para otra ocasión.

¿Que quiero decir con esa hipótesis, el deseo de ser como ellos? La verdad, no es anormal que una gran potencia se imponga, acaso sin desearlo, desde el nivel de una cultura dominante. Es decir, no solo el dólar sino el cine, la televisión, internet, las modas y bailes de la juventud, hasta la manera de vestirse o de vivir, el supermercado, los muebles caseros, el jean para varones y mujeres, la sencillez del vestuario, pero también sus lujos, el tipo de auto, de reloj, etc. No, mi idea de lo que falta no va por objetos o propiedades. Va a lo que se nos sale del esquema mental. Vuelvo, pues, a la película, La voz de la Igualdad. Mi placer de ver esa narrativa es porque, aparte del drama de la heroína (y su victoria), está algo más. Es el culto al Derecho. El tipo de jueces y profesores de Columbia o de Harvard que aparecen en el film. La seriedad de esos tribunales. La importancia de las leyes en vista de una sentencia moral y ética que hizo a los Estados Unidos desde los inicios del siglo XIX. El «bien común», «el sistema que hiciera feliz a la mayor cantidad de personas». En otras palabras, eso hizo moderno al país que se separaba del imperio inglés. Y no conozco a ningún peruano, incluyendo a aquellos que han estudiado por largos años en América, que ha pensado o dicho que eso es lo que los ha hecho lo que son. La ética para una gran nación.

La modernidad no es, pues, que comienza cuando el 15 de abril de 1830, en Inglaterra, y partiendo del principio de la expansión de los gases por el vapor —gracias a la idea de Watt—, un ferrocarril se echa a caminar, sin necesidad de bestias de tiro. Es al revés: comienza cuando Watt establece su derecho de propiedad, y entonces, puede solicitar a los bancos probar con hechos su descubrimiento. Hasta el día de hoy, en Londres, se guarda la primera máquina de vapor. Le precede al inventor un sistema jurídico. Un orden legal. Y una ética. Vuelvo a la película. Eso es lo que hizo lo que llamamos modernidad. Traigo a colación un filosofo francés, de nuestros días, Châtelet. Lo escuché en una de las grandes aulas de la Sorbona. Literalmente, «la modernidad no es un concepto ni sociológico, ni político. Es una forma de civilización, que se opone a la tradición. Es algo que se cita como un mito y a la vez como realidad. Cubre diversos dominios. Es la técnica moderna, la música moderna, la pintura moderna». «Una manera de vivir», agrega. Y lo que sigue, acaso lo que no entendemos tras dos siglos de independencia: el Estado moderno.

¿Y cuál es la tradición que nos impide ser modernos? Nada menos que la corrupción. Pero dejémonos de trampas. No me refiero a la que viene ocurriendo en la cumbre de los gobiernos legítimos del 2000 al 2019, sino desde siempre. El amable lector podría consultar el libro de Alfonso W. Quiroz, Historia de la corrupción en el Perú. Va desde la corrupción colonial, la plata y el contrabando, a los saqueos de los caudillos (ya en la República), el asalto del dinero producido por el auge guanero, los consolidados, la infamia de los consignatarios, y luego del desastre de la Guerra del Pacífico, el alquiler de militares, el contrato Grace y los dictadores venales de 1932 a 1956.

Somos poscoloniales cuando ocupamos un cargo importante sin haber sido nombrados a dedo, sin apelar a familiares, amigotes y argollas. Pero eso es raro. No solo el respeto a la ley nos haría modernos sino ciertos sacrificios. Los puestos por meritocracia. Los cartones de maestría y doctorado, sudados y difíciles, como esa película lo muestra. Seremos modernos cuando deje de ser tan importante nuestra intensa vida social. Que no es solo una consecuencia de las relaciones familiares y las amistades, sino la importancia del tener contactos, sobre todo con jueces y fiscales, para salvarnos en un caso problemático. Toda una cultura de nuestra ilegalidad está en el hablar de eso que conocemos: «el hermanito». Versión criolla de Al Capone, con ternura de criollo. Al Contrato social de Rousseau le ponemos el juego barroco de nuestra música, y entonces, ¿para qué entrar a esa modernidad tan exigente cuando el ocio virreinal todavía nos acompaña?

¿Atrasados? Eso sería estar detrás de otras sociedades. Acaso Chile, Uruguay. No es el caso. No estamos en una sociedad postotalitaria. Eso es Rusia de hoy, aunque Putin tiene políticas muy personales. Ni la Alemania, donde se conoce todos sus errores y horrores cuando los campos de exterminio en los años treinta. No los ocultan. Nosotros ocultamos nuestra historia. Como curso, ha desaparecido en las escuelas. No sé qué somos, pero no modernos. No tenemos una cultura secularizada, al contrario. Las doctrinas políticas, que son pocas, son tomadas como religiones, es decir, con actos de intolerancia ante el «otro».  En la modernidad es clave el reconocimiento del otro. De sus valores, aunque no sean los míos. Hace de eso más de veinte años, cuando vuelvo a Lima con Hacia la tercera mitad bajo el brazo (siete años de escritura en Papeete, Polinesia Francesa), hablo del «paradigma impertinente». En el fondo de las cosas, mis paisanos quieren desarrollo, progreso, sin cambiar en nada sus costumbres. Ha pasado el tiempo y yo no veo un siglo XXI con novedades. Veo que vuelven a mandar los caudillos. Al menos los de los primeros años republicanos —Gamarra, Santa Cruz, Orbegoso— eran sinceros. A caballo y corriendo riesgos. Hoy el cinismo consiste en que los acusados por actos ilegales persiguen a acusados por actos ilegales. Pero están sembrado tempestades. Me temo lo peor.

Fe de erratas: En la columna del martes 21/05, se debe leer Andrés Avelino Cáceres y no Alejandro Avelino Cáceres.oy sdeHoy

Publicado en Café Viena, 4 de junio de 2019