Madrid: renuncia de Pablo Iglesias

Escrito Por: Hugo Neira 173 veces - May• 15•21

¿Qué pasó en Podemos?

Desde el 2014, hay un partido político en España que se llama Podemos. Logra cinco escaños en el Parlamento Europeo de los 54 a los que España tiene derecho, no muy lejos de del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) con 14, mientras el PP, Partido Popular, más bien de derecha, con 16. Fue un inicio fulgurante, sus líderes se jactan que eso les costo 130 mil euros, o sea, para aclarar las cosas, quería decir que no fue el resultado de una gran publicidad sino de la campaña de sus líderes, en especial, Pablo Iglesias. Habían comenzado con «Los Indignados», las manifestaciones en la Puerta del Sol de Madrid, y consistía en un grupo de politólogos e intelectuales, todos muy jóvenes, que aparecen justo cuando comenzaba a fracasar el gobierno de Rodríguez Zapatero, y un tanto cuando España no salía de la crisis económica y el retorno de la pobreza. Y por lo tanto, la duda de si la monarquía parlamentaria, posterior a Franco, podía ser reemplazada por un Estado republicano. Podemos crece, entonces, en una España de escándalos, latrocinios en Andalucía del Partido Socialista, gastos enormes del que fuera rey, Juan Carlos, y una serie de corrupciones. ¿Se entiende? Hay un clima de disgusto.

En todos esos años, Podemos llama la atención, y recordar su proceso sería excesivo para este artículo. Lo decisivo es que, rompiendo el bipartidismo y por la necesidad de gobernar desde una mayoría, el PSOE hace alianza con Podemos. He aquí el triunfo asombroso de Pablo Iglesias, profesor universitario, desde los libros y los estantes hacia el poder. Además, de izquierda cultivada, y el líder, el cabello con una coleta que fue materia de estudio puesto que en nuestro tiempo, las maneras cuentan más que las ideas. Y sin embargo nos llega esta noticia.

Paso a lo que dicen los diarios. Con comillas: «Un Partido Popular (PP, centro derechas) en las nubes». «Los socialistas por el suelo». «Un Unidas Podemos (izquierda populista) en crisis», y «los liberales del partido Ciudadanos, completamente fuera del juego político. Ese fue el saldo de los comicios madrileños». Cuando lo leí, me quedé con la boca abierta. Esas elecciones han tenido un récord de participación, un 80,73%, o sea, ¡con ganas de censurar! El PP ha arrasado —dicen los diarios— 65 escaños, más del doble de los 30 que tuvieron en el 2019. Ahora bien, el PSOE queda como segunda fuerza, pero con solo 24 escaños. «Al socio del gobierno socialista —dice el periodista—, no le fue mejor. Pablo Iglesias tuvo un resultado mediocre.» Y entonces, no solo ha barrido la derecha las elecciones sino que se hunde Podemos como el complemento del socialismo. La respuesta que da la vuelta al planeta: «Iglesias anuncia que deja la política tras su derrota».

Francamente es una sorpresa. Podemos aparece como un fenómeno, pero no por su estrategia —siempre es posible otro rostro y otra manera de ver— sino porque el núcleo creativo proviene de lo que aprendieron con Hugo Chávez, en Venezuela. ¿Qué pasó con ese chavismo venezolano? Tengo en la mano el libro de mi amigo Ramón Tamames. Se titula ¿Podemos? Un viaje de la nada hacia el poder, 2015. Muy completo, y tuvo la amabilidad de hacerme llegar su trabajo. Pero quiero ocuparme de cómo un movimiento perdió la confianza de la gente hasta ese punto. ¡Es una bofetada! ¿Qué pasó?

Varias cosas.

En primer lugar, teóricamente, los seguidores de Pablo Iglesias no son distintos de la clientela de otros partidos, ni mejor formados ni más jóvenes, más bien gente con desafección política, gente que desconfía de la clase política, de los partidos, «en espera de una ruptura del orden establecido» (Tamames). Y una palabra aparece en el vocabulario de Iglesias, «la casta». Y bien, ¿qué hace el líder de ese colectivo de descontentos? Se compra una casa enorme, cuyo costo ha sido de 600 mil euros¡! No estamos diciendo que hubo algo de ilícito, sino un gesto de vanidad y entonces es posible que la gente de ese movimiento populista lo haya tomado como «un suplantador y demagogo».

En segundo lugar, su mujer, que tiene un cargo de ministra, ha usado recursos públicos y no de su bolsillo, para pagar a la niñera. Además, su mujer tenía prohibido el uso de los baños de la casa a las escoltas estáticas que tenía para protegerla.

¿Se imaginan ustedes a Vladimir Ilich Ulianov, más conocido como Lenin, en 1920, comprando una gran casona? Y su mujer, Nadezhda Krúpskaya, que era de una rama de la nobleza rural, ocupada en que los bolcheviques que la protegían fueran a orinar al cuartel? ¿Y el Che Guevara comprándose una casa en Hawái?

Una información que nos viene de amigos españoles, es que hubo excesos de poder en Podemos, y por eso ocurre una escisión, Errejón se distancia de Iglesias y funda Más Madrid. Está claro, los que han dirigido Podemos son señoritos, hijos de papá, muy parecidos a nuestros «caviares». Y llevan consigo esa doble carga: queremos una revolución pero seguiremos siendo parte de la clase dominante. Todo está dicho. Una casta quiere deshacerse de otra casta. ¿Y es eso el «socialismo del siglo XXI»?

Esa idea bien absurda de Hugo Chávez… Hace una mescolanza con Bolívar y Karl Marx. Bolívar no podía ser socialista porque para pensar como Marx era preciso que se viviera en la revolución industrial. Si no hay capitalismo y fábricas, no hay ni burgueses ni proletarios. Max nace en 1818. No había todavía proletarios. Esclavos, trabajadores, pero no todavía con máquinas. Bolívar era lo más avanzado que había, era un liberal. No odiaba el capitalismo, ni el sistema ni el concepto existían todavía. Admiraba Inglaterra. Por eso, entre otras causas, la Independencia nos permitía lo que el Imperio español no permitía, el libre comercio. Pero Hugo Chávez, por el amor del cielo, era un cachaco sin mucha cultura. Y eso es la Biblia de Podemos y otros proyectos, como el de Perú Libre, con la lección del hundimiento del marxismo-leninismo. No deberíamos llamarlos así sino chavismo-madurismo. Esperamos que el 28 de julio no venga a festejar su triunfo.

Volviendo al revolucionario Pablo Iglesias, lo lógico de un populista es encarnar al pueblo. Pero por lo visto, una idea que corre en las izquierdas latinoamericanas es que la elite debe vivir bien y mejor que nadie, porque si ellos no estuvieran, no habría revoluciones. Esa convicción la he conocido cuando visitaba Cuba en los 70. Estaba hospedado en un lugar de alto nivel, y como había invitado a comer a una peruana que hacía estudios en La Habana, la amiga se quedó mirando los platos y me dijo: «No sabía que en Cuba había queso Camenbert!» Esa noche tuve una discusión feroz con mis amigos de los rangos de la clase política. No por la invitación sino porque ella se enteró qué era lo que comía la clase política. Y no lo podré olvidar. «-Sí, esa es la cosa, si no hubiera nosotros, la vanguardia, no habría revolución alguna».

Pero entonces, los cambios de la humanidad, ¿se reducen a castas que se enfrentan? Quien pensó eso fue Pareto, «la historia es un cementerio de elites». No es el único  —Wright Mills, Mannheim, Mosca—, pero las cosas se complican porque en este tiempo de la presión colectiva para llegar a tener una sociedad del bienestar, la mundialización, la tecnología, que imprime velocidad tanto al comercio como a las interacciones entre naciones y entre continentes, no se le puede decir al pueblo una cosa y comportarse con las distancias sociales, las grandes brechas que produce el neoliberalismo. Todo esto nos lleva a la paradoja de a más economía feliz, más conflictos.

El tema de las elites es inmenso. Pero, dejando el tema para un ensayo, me parece que la sustitución del feudalismo por la burguesía, o alguna forma de dominación como las nomenklaturas de sociedades que se dicen socialistas, acaso lo que se espera es otra forma de vivir para las clases políticas. Puede haber una elite, pero austera. Así, en la Alemania del XVII, según Weber, emerge un tipo de productores que trabajan, venden, tienen éxito, dinero, pero no lo desperdician. Y viene el ahorro, y con ello la inversión, el capital. Quizá esa ética solo debe ser para la clase política. Debe ser sobria y el resultado de la movilidad social, y no de estratos familiares o grupales. Por fortuna, desde Tocqueville, las formas de la igualdad y la desigualdad serán el fruto de la meritocracia. Siempre habrá lugar para el altruismo. Puesto que marchamos hacia una nueva Edad Media.

Los resultados de los países con algún Podemos en América Latina en materia de Índice de Seguridad Jurídica elaborados por World Justice Project, en 2014, son los siguientes: sobre 99 países, Venezuela es el peor, 99. Bolivia hoy es 94. Ecuador, 77. (¿Podemos?  Ramón Tamames, p. 78.)

Publicado en El Montonero., viernes 14 de mayo de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/madrid-renuncia-de-pablo-iglesias

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