Fiesta y civilización

Written By: Hugo Neira - Ago• 11•26

Las interpretaciones del pasado colonial no ignoran la abundancia de festividades religiosas y profanas, pero las reducen a un dato más. La civilización productivista y técnica de nuestros días, a la que pertenecemos aunque de la torcida e incompleta manera que sabemos, nos hace mirar de soslayo ese rosario de regocijos y solemnidades de los días coloniales, cuyos motivos se nos presentan, cuando no son la entrada de un virrey, como pueriles: la salida de la Armada en el Callao, las elecciones de un catedrático sanmarquino entre vítores y trifulcas estudiantiles. Y relato curioso o peregrino nos parecen la obra de diaristas y analistas como Juan Antonio Suardo y Joseph de Mugaburu, que a falta de periódicos, nos han dejado una crónica virreinal, cortesana y piadosa, en donde el minucioso relato de fiestas ocupa un lugar preponderante. Esa información parece vicio de época y cortedad de miras de cronista pueblerino. ¿Qué pasa, sin embargo, si Suardo y Mugaburu atinaron a transmitirnos lo esencial, que era precisamente lo superfluo? ¿Y con ello, la pasión de los peruanos coloniales? Consideremos aunque sólo fuese un instante que la suma sociabilidad y cortesanía de la Lima barroca no era una actividad fugaz en la vida de la Capital del Virreinato sino su razón de ser, la clave de su sentido. La ciudad se consagraba a la tarea de exhibir y lucir. Y si esto es verdad, el rol de Lima como el contenido de lo virreinal, cambia de significado. La fiesta, siendo autocelebración, gloria y vanagloria de la villa, afirmaba la cohesión social.

Quisiera resaltar el carácter público y callejero de las celebraciones. La teatralidad de Lima se anticipa a la aparición del teatro propiamente dicho, que es un injerto tardío. Cabeza de reino, residencia de los enriquecidos criollos, sus calles y numerosas plazas, como el atrio de la Catedral en los sonados Te Deums, fueron el escenario de la más vasta y más prolongada representación del poder que hayamos conocido. Se ostentaba no sólo el regocijo sino la muerte, como los ajusticiamientos por horca que seguían un cruel ritual y que se realizaban delante de todo el mundo, a manera de advertencia. La vida limeña discurría a tajo abierto, como sus acequias. La piedad también se exhibía, como en las numerosas procesiones. Conviene señalar que la procesión colonial estaba jerarquizada en rangos cerrados y diferenciados, desfilando por cofradías tanto de españoles como de indios y de negros. El mundo católico se unía en la fe y se separaba en el rango. Si la Alameda se hizo famosa en el momento del apogeo de la Lima barroca, es porque permite lucir a las calesas, más de “cuatrocientas” a la vez, dice F. Buenaventura, uno de los forjadores de la leyenda limeña. La extraversión de Lima es la didáctica de la Iglesia y el poder español que no perdieron ocasión de convencer. Se han preguntado, desde Eugenio d’Ors a Lezama Lima, si el barroco fue también una política. La del calendario de fiestas sagradas y paganas de las villas indianaslo es.

Lo que llamamos fiesta no era pues el sarao íntimo, que lo había, y menos la saturnal de los romanos, sino el acto cívico-religioso, el recibimiento de un virrey o el paseo de un condenado, acompañado siempre de público, de repique de campanas, de bandos. Como había orden, había desorden, “seriedad jocosa”, dice Concolorcorvo ante una procesión cusqueña en la que desfila la nobleza y los estamentos seguidos por la danza de tarascas y gigantones del carnaval de las castas. Tras la jerarquía, lo burlesco. Poca cosa añadió la República a esta vocación por la escenificación gratuita de las clases, acaso la retreta militar y la kermesse parroquial. La Lima antigua, en cambio, se autoconstituía en cada uno de esos simulacros. El barroco siempre fue un arte de engrandecer a los grandes. Por lo demás, hay ciudades que son un mercado, un muelle, como New York o Amsterdam. Desde sus días coloniales, Lima es una plaza pública en donde pasa algo. Y si no pasa nada, pasa la gente, vestida diferencialmente, clérigos animeros y colegiales, aguadores y vendedores, criollos y pueblo, doctos y vulgo, vértigo e ilusión de las diferencias, retablo viviente, tal como lo recoge en sus apuntes el obispo Martínez de Compañón en el XVIII y el acuarelista Fierro en el XIX. La distancia social y lo distinto se exhibe, no se oculta, en esas villas anteriores a la modernidad.

Lima y sus diversiones: juegos ecuestres, comedias teatrales, corridas de toros, recibimientos áulicos y procesiones. El carácter predominantemente disipativo de la vida criolla tuvo una literatura. En efecto, la fiesta que fue calle, representación, autorrepresentación, se continuó en una retórica. Oratoria sagrada, certámenes: apoteosis del retruécano. No nos ayudó a pensar, formó el conceptismo, que es otra cosa. No tuvimos grandes teólogos, pero acaso refinó los espíritus, de ahí la fama de ingeniosos. Si la devoción religiosa y la celebración dinástica van a adquirir un aire de epifanía, de vísperas, es porque el regocijo público se vuelve pretexto literario. Boda real o muerte de un príncipe, “…el súbdito colonial debía manifestar su júbilo o dolor ante esos sucesos”, observa Porras Barrenechea, estableciendo una relación directa entre hábitos festivos y literatura ditirámbica de la época. “Aclamaciones y Pompas Reales o Exequias y Lamentos Fúnebres”, no sólo la figura de los reyes –señala– daba lugar al cortesanismo y la hiperbólica lisonja sino la canonización de un santo local, el homenaje a un magnate. Ni aun las órdenes religiosas estaban exceptuadas de la fiebre retórica, y nos alcanza Porras el ejemplo del célebre El Sol del Nuevo Mundo entre esa floresta de libros hinchados y barrocos. Por lo demás, son numerosos los cronicones coloniales y descripciones sacro-políticas cuyo pretexto era el arribo de una autoridad religiosa o administrativa. Esta manía del certamen literario se expandía prodigiosamente cuando llegaba un Virrey, por ejemplo, el Conde de Lemos, en cuya ocasión la Universidad de San Marcos recogió 160 contribuciones gratulatorias. La procesión como el concurso, los carnavales y la misa solemne, eran formas de convocar a la muchedumbre. Y no sólo a las élites, participaba la multitud, la plebe (¿un muñón de pueblo y de nación?). Un solo sueño de unanimismo católico y regalicio reunía Monarquía y reinos de Indias en el arte de celebrar del Perú barroco.

Extracto de Hacia la tercera mitad (1996), Cap. «El hombre festivo», pp. 212-214 de la 5° edición (El Lector, Arequipa) de 2018.

Publicado en El Montonero., 10 de agosto de 2026

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India y Perú: el principio jerárquico

Written By: Hugo Neira - Jul• 28•26

La representación de la India contemporánea y la del Perú virreinal de castas no es, sin embargo, la misma. La primera es una visión brahmánica, una visión desde la cúspide, desde arriba, con arreglo a la cual cada casta o subcasta posee una ocupación hereditaria, y además, los miembros de los grupos inferiores no se ofenden cuando se les considera fuente de contaminación o impureza. Pese a que circuló entre nosotros una versión cuasi brahmánica o idealizada del mundo colonial, la iconografía de las castas “made in Peru” sufrió de dos defectos. El primero es su artificialidad. Las formidables y enrevesadas tablas de clasificación racial no fueron sino una construcción taxonómica, de gabinete de historia natural. Llegaron a nuestros días palabras como mestizo, mulato, indio, zambo, cholo y español. Pero no cuarterón, requinterón, jíbaro y tente en el aire. Nadie se llamaba a sí mismo jarocho, rayado o no te entiendo. En cuanto a la Iglesia, con sentido pragmático, tenía tres registros sacramentales, para españoles, para indios y uno tercero para “castas de mezcla”. El segundo defecto es la falsa conciencia. Su difusión, en libros de historia, en la invención del pasado virreinal, hace creer en una aceptación del hecho del mestizo; ocurría todo lo contrario. Lejos de expresar alguna suerte de tolerancia pluriétnica, las tablas de clasificación interracial manifiestan categóricamente el profundo desprecio de españoles y criollos ante el mundo abigarrado del mestizaje. En los hechos, el movimiento intercastas era más complejo, más vivo y fluctuante, y Morner recuerda que los indios del cercado de Lima tenían esclavos negros. Como toda sociedad, la colonial tenía un esquema idealizado de sus diferencias, pero otra era la práctica desarrollada por los grupos y subgrupos.

Todo indica que las castas en Perú no fueron un orden estable sino un terreno baldío entre el mundo indio y el europeo, una franja de desestructuración y anomia, una confusa realidad. “No hay quien se atreva a distinguirlas”, dice un testigo en la Nueva España de 1753. Como lo señala el profesor Barthe, salvo sonados casos de matrimonios con princesas indias, el mestizaje fue el resultado de uniones irregulares y no disminuía la jerarquización étnica. Hubo promiscuidad y concubinato, y a la vez, preocupación entre peninsulares y españoles americanos por la pureza de sangre, por el linaje, concepto de cristianos viejos. Como la cusqueña madre de Garcilaso, muchas amantes y mancebas fueron desplazadas por españolas, verdaderas matriarcas, que señorearon en los hogares, pero que no pudieron restablecer el principio de la fidelidad conyugal, como observa Céspedes del Castillo. La doble casa, la separación entre el lecho donde se establece la progenie y el otro, el del placer, tiene raíces muy viejas.

Es decisiva, pues, la calificación de la matriz colonial como un sistema fundado en la jerarquía y en el rango y a cuyos fines se plegó el dinero: los criollos enriquecidos compraron títulos de nobleza, es decir, gastaron en prestigio, sin acumular capital sino honores (lo contrario también es cierto, el rango revertió en nuevas ventajas materiales). Por lo demás, el mismo Dumont ha recordado los obstáculos epistemológicos del hombre occidental, sus resistencias para aceptar que otras sociedades contemporáneas están organizadas sobre principios que repugnan a la conciencia moderna como puede ser el caso de la desigualdad voluntariamente admitida. Esa ceguera bien puede ser la nuestra. Los hindúes han sostenido a través de milenios que los hombres no son iguales ni por su nacimiento ni por su destino, sin que eso les impida levantar una gran civilización. Es más, la India es la más poblada de las naciones democráticas contemporáneas y una potencia asiática, pese a estar atravesada por todo tipo de tensiones sociales que provienen de conflictos de clase, de rivalidades regionales y de antagonismos comunitarios y religiosos. Diré, de paso, que un esquema de diversidad interna aparece en ciertas sociedades “brahmánicas” de América Latina: Brasil, México, los países del área andina, nosotros mismos, aunque con una conflictividad interna menor, no tenemos musulmanes. Pero nuestra gestión latinoamericana de los antagonismos internos es inferior a la de la élite política de otros países. (Sobre la comparación con la India y otras viejas naciones, Egipto y Japón, volveré en otra ocasión).

Más allá de la herencia colonial, cuyo sistema de castas estalló debido a la promiscuidad y al placer, hay que decir que nos legaron un código de identificaciones que no es sino la forma renovada del antiguo estigma, y en esas condiciones, la discriminación, el ritual de parecerse y despreciarse, en suma, el conflicto de las sensibilidades, puede ser atroz. Abundan los ejemplos de distancia social, de menosprecio y desdén, muchas veces entre iguales que, por cierto, no se consideran como tales. Blancos pobres contra blancos todavía más pobres, como en uno de los mejores relatos urbanos de Julio Ramón Ribeyro, “Tristes querellas en la vieja quinta”. Sin duda, desacomodos de estatus, restos de elaborados sistemas de clasificación social construidos para expulsar del paraíso de la vida criolla a los débiles y vencidos, pero para quienes los viven, episodios de angustia y desgarro personal, disputas cotidianas, acaso el tejido de la vida misma en las grandes urbes, psicodramas. Cuando la fórmula de cortesía ya es impracticable, aflora un tipo de insulto en el cual no hay ni asomo de republicanismo: cholo de mierda, blanquiñoso conchatumadre. ¿Poca cosa? Conflictividad errática y difusa que igual puede aparecer en un movimiento de excluidos o en escenas de una rara violencia en el vecindario, el bar, la calle o el autobús. Potencial explosivo que sobrepasa el manejo de clases y partidos, en Perú como en India, en Palestina, en Irlanda del Norte o en los mismos Estados Unidos con su irresuelto problema de la exclusión de los negros. Convengamos que en un punto, Perú e India, a despecho de sus enormes diferencias, se asemejan. Ambas son sociedades jerárquicas. Se me objetará, ¿no lo son todas? Si nos atenemos a Tocqueville, la sociedad democrática se acomoda a la desigualdad pero no a la jerarquía. Cuenta el individuo.

¿Cómo vivir y convivir en una sociedad en la que quedan supervivencias de las tradicionales castas y a la vez apunta un fenómeno nuevo, la autonomía de los individuos? La imprecisa regla de la jerarquía acosa a peruanos de arriba y de abajo —puesto que en la ausencia de normas claras todos andan inseguros—, y sería ingenuo creer que no afecta a la personalidad básica y a la definición misma de normalidad y anormalidad. En el Perú de los días presentes, se imbrica con la política y con la vida cotidiana, determinando aun lo más íntimo y recóndito, desde los rituales alcohólicos hasta la conformación cultural de los sueños. No son los sueños de Gabriel Aguilar, el insurgente fracasado estudiado por Alberto Flores Galindo, sino los de los peruanos de este fin de siglo, alegorías de la realidad que acaso sólo conocen psicoanalistas y agoreros. Obsesión del ascenso o la pérdida de prestigio, nuestra escala de Jacob, desafío mayor, en cuyo enfrentamiento cada peruano combate de día como de noche ante el Angel de la desigualdad, para salvarse o perderse.

Texto, editado, de Hacia la tercera mitad (1996), Cap. «El hombre jerárquico», pp. 193-199 de la 5° edición (2018)

Publicado en El Montonero, 27 de julio de 2026

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India y Perú: ¿castas o clases?

Written By: Hugo Neira - Jul• 14•26

Casta es una palabra aplicada tardíamente al caso de la India, los nombres hindúes son otros. El primer uso fue el de los españoles y tuvo el sentido de raza. En el sentido actual, aparece la India. Como sinónimo de raza es de 1555. En el sentido hindú, se la encuentra a comienzos del  siglo XVIII, y de ahí fue trasladada al idioma inglés y al francés donde no se  la encuentra antes de 1880. En su sentido estricto, se puede hablar de castas cuando una sociedad está dividida en grupos humanos especializados y jerárquicamente superpuestos, no tolera ni a extraños ni mestizos ni tránsfugas de una profesión a otra, y se opone, mediante reglas estrictas, a la mezcla de razas, a la movilidad en el rango y a innovaciones en los oficios que resultan ser hereditarios (C. Bouglé, Essai sur le régime des castes, Paris, 1908).

Contrariamente a lo que puede pensarse, el sistema hindú no es la consecuencia de las castas sino que las castas son la consecuencia del sistema. En la India, el principio de los matrimonios y la alimentación diferenciada según el grupo al cual se pertenezca, sumado a la especialización profesional de padres a hijos, se practica desde la más remota Antigüedad, y en consecuencia, los grupos humanos han llegado a adquirir rasgos antropológicos diferenciados. Sin la ideología hindú, sin los especialistas de la misma, los brahmanes, sin la creencia que difunden, el orden de las castas sería imposible.

Ahora bien, ¿puede hablarse de castas fuera de la India? El principio clasificatorio y jerarquizador existe en otras sociedades. El modelo ideal es la India contemporánea, visiblemente estructurada sobre las castas o el “jati”, y aunque el mismo Louis Dumont la considera un caso original, “sui generis”, otros sociólogos la reclaman para explicar otras sociedades. Por analogía y extensión, los africanistas encuentran su equivalencia en los sistemas de castas profesionales que separan señores y hombres libres de artesanos y esclavos. Eso no es todo. Kroeber, Warner y Davis, ante las “race relations” en los Estados Unidos, creen percibir una variante del sistema de casta, un fondo de inmovilidad en el aparente “melting pot” norteamericano. La estratificación social, en una de las sociedades más abiertas del mundo, y pese al difundido individualismo y a la democracia, guardaría correlaciones inquietantes entre grupo racial y ocupación, entre etnia y clase. Por nuestra parte, la interrogación a la que enfrentamos es, pues, la siguiente: ¿en la determinación de los individuos en el pasado colonial, qué predominó? ¿Casta o clase? Y al postular al mismo tiempo la extensión de lo colonial en la vida peruana hasta los tiempos actuales (una de las ideas-fuerza de este libro) estamos hablando de un tema del pasado y del presente. ¿Fue y es la sociedad peruana un sistema disimulado e incompleto de castas sociales?

Es evidente que una sociedad binaria estuvo en la intención o propósito colonialista, las famosas “repúblicas” de indios y de españoles. Sin embargo, más allá del período de establecimiento de los conquistadores, del XVI, la misma sociedad colonial conoció fenómenos como el mestizaje y el criollismo que rompieron, con intenciones distintas, el primitivo esquema. Pero, después, del XVII al XIX, ¿a qué principios obedece el orden social? Ahora bien, criterios de clase y de casta pueden coexistir cuando la estructura social resulta marcada por rasgos culturales y por posiciones económicas. El Perú es uno de esos casos. En la comunidad científica de peruanistas suele admitirse que ambas clasificaciones se combinan durante el período colonial y que categorías económicas, por entonces, involucraban valoraciones de tipo racial. En el orbe hispano, los peruanos conocieron prejuicios y combinaciones raciales típicos de sociedades arcaicas y, a la vez, la sed de lucro, que implica la aceptación de la innovación y del riesgo individual para salir de una condición social e ingresar a otra, en suma, la modernidad. Dicho de otra manera, nacido tarde para ser medioeval y en temprana situación de subordinación como para ser completamente moderno, al Perú español lo trabajan tanto las desigualdades arcaicas como las nuevas, aquellas que trajo consigo el capitalismo comercial y la desigualdad de fortunas. Pero aplicarle únicamente el concepto de clases sociales resultaría abrumador. Nuestro período colonial suministra una representación muy estructurada y organizada de la población, compuesta no sólo de indios y criollos, negros y mestizos, sino de un conjunto de subgrupos o “castas”, y cada quien en su sitio y ocupación.

La representación de la India contemporánea y la del Perú virreinal de castas no es, sin embargo, la misma. La primera es una visión brahmánica, una visión desde la cúspide, desde arriba, con arreglo a la cual cada casta o subcasta posee una ocupación hereditaria, y además, los miembros de los grupos inferiores no se ofenden cuando se les considera fuente de contaminación o impureza. Pese a que circuló entre nosotros una versión cuasi brahmánica o idealizada del mundo colonial, la iconografía de las castas “made in Peru” sufrió de dos defectos. El primero es su artificialidad. Las formidables y enrevesadas tablas de clasificación racial no fueron sino una construcción taxonómica, de gabinete de historia natural. Llegaron a nuestros días palabras como mestizo, mulato, indio, zambo, cholo y español. Pero no cuarterón, requinterón, jíbaro y tente en el aire. Nadie se llamaba a sí mismo jarocho, rayado o no te entiendo. En cuanto a la Iglesia, con sentido pragmático, tenía tres registros sacramentales, para españoles, para indios y uno tercero para “castas de mezcla”. El segundo defecto es la falsa conciencia. Su difusión, en libros de historia, en la invención del pasado virreinal, hace creer en una aceptación del hecho del mestizo; ocurría todo lo contrario. Lejos de expresar alguna suerte de tolerancia pluriétnica, las tablas de clasificación interracial manifiestan categóricamente el profundo desprecio de españoles y criollos ante el mundo abigarrado del mestizaje. En los hechos, el movimiento intercastas era más complejo, más vivo y fluctuante, y Morner recuerda que los indios del cercado de Lima tenían esclavos negros. Como toda sociedad, la colonial tenía un esquema idealizado de sus diferencias, pero otra era la práctica desarrollada por los grupos y subgrupos. [Continúa la próxima quincena]

Texto, editado, de Hacia la tercera mitad (1996), Cap. «El hombre jerárquico», pp. 191- 194 de la 5° edición (2018)

Publicado en El Montonero., 13 de julio de 2026

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La nueva tournée de Dios (R.T.)

Written By: Hugo Neira - Jun• 30•26

Por: Ramón Tamames*

No conozco a los organizadores urbi et orbe de la tournée de Dios, que recientemente hemos visto en España con el Papa León XIV, evocando con ese título el ingenioso cuento que Jardiel Poncela contó en su libro sobre la visita que el Todopoderoso hizo a la Tierra. Para hablar con los humanos, por lo cual naturalmente eligió la España de cuando apenas se habían apagado los cañones de la guerra civil.

En ese sentido, me parece interesante destacar que en los casi infinitos comentarios sobre el movimiento continuo del Papa a lo largo de toda una semana, no se ha recordado una realidad histórica. Que en la cátedra de San Pedro se han sentado 267 sumos pontífices, de los cuales sólo dos españoles: Calixto III (1455/1458), y Alejandro VI (1492/1503), ambos Borja, italianizados como Borgia.

Los dos tuvieron relación familiar, tío y sobrino, valencianos. Calixto, nacido en Játiva, fue elegido prácticamente al final de todo el complejo cisma que llegó a situar tres papas en la discusión, entre ellos un español fraudulento Papa Luna, que pretendió ser el legítimo con su sede en Peñíscola, hoy en la provincia de Castellón.

Calixto III prácticamente tuvo un solo empeño en su corta vida como máximo pontífice, con grandes esfuerzos en el intento de promover una gran cruzada. Debido a que sólo dos años antes de comenzar su reinado, los turcos se apoderaron de Constantinopla (1543), poniendo histórico fin a la Edad Media, y marcando al propio tiempo el inicio de la Edad Moderna.

Ese entusiasmo de recuperar Constantinopla, no se tradujo en ningún éxito, por lo breve del reinado en el que Calixto III, que además no llegó a reunir las fuerzas suficientes para poner en marcha lo que habría sido una cruzada para frenar la incipiente expansión turca en Europa y en el Mediterráneo. Toda una gesta magna de la Cristiandad el haber retornado a ella la ciudad que creó Constantino, de modo que probablemente no habría habido después un Lutero que pusiera en marcha la mayor división de la iglesia católica.

Después de Calixto III, con quien trabajó su sobrino Alejandro VI (nacido en Játiva en 1431), hubo un total de cuatro sumos pontífices sucesivos, cuyos nombres y años se recuerdan: Pío II (1458/1464), Paulo II (1464/1471), Sixto IV (1471/1484), e Inocencio VIII (1484/1492), seguido este último por Alejandro VI, que reinó una década (1492/1503), con una acción especialmente importante en relación con España: la emisión de las dos célebres bulas de 1493, que asignaron todos los nuevos territorios descubiertos por Colón a favor de los Reyes Católicos. Incorporándose luego a ese movimiento Portugal, surgiendo así en definitiva el Tratado de Tordesillas de 1494, el más importante firmado por los Reyes Católicos, y casi de toda nuestra Historia.

El iter de León XIV en su visita a España, tiene que haber sido el trabajo de un comité preparatorio muy imaginativo, para llenar siete días. Tres de capitalidad en Madrid, dos en Barcelona fundamentalmente en torno a la Sagrada Familia, con una tercera fase en Canarias, primero la Gran y después en Tenerife.

A partir de aquí, haremos un comentario de ese recorrido, en el que pudo apreciarse la grandiosidad en una acogida única, que a Su Santidad brindaron 1,2 millones de personas en la misa de la gran plaza de Cibeles. En Barcelona el plato fuerte estuvo en la síntesis gaudiana de la Torre de Jesús en la ya citada Sagrada Familia. Y en Canarias nos quedó la huella del cementerio de miles de náufragos de las pateras y cayucos. El Papa en su continuado discurso se expresó casi siempre en el español que aprendió en Lima, en lo que fueron las labores misionales de alguien nacido en la lejana windy city de Chicago.

Yendo ahora a contenidos, en la expresión oral, es lógico que el Vicario de Cristo defendiera dos principios fundamentales: la vida sagrada desde su misma concepción, lo que es un no definitivo al aborto. Y la eutanasia, ídem de ídem: no hay más posible acortamiento de la vida que su terminación biológica inevitable. Hay que estudiar la demografía de hoy para entender todo eso y mucho más.

La visita, en lo teológico, creo que tal vez fue más tenue de lo esperado, no brilló con fuerza suficiente y me explico. Se invocó y se aludió a Dios permanentemente, pero como si fuera un vecino por aquí al lado, un observador permanente de nuestros quehaceres al que podemos dirigirnos de manera familiar. Cuando la verdad es que esa particular y directa relación sólo se alcanza en verdad en el extraordinario trance del misticismo, que sólo se da excepcionalmente, incluso en España, el país por excelencia de los místicos, con Santa Teresa o San Juan de la Cruz.

José Cobo, el arzobispo y cardenal de Madrid, debió estar en la preparación de la visita, e indudablemente el joven pastor y príncipe de la Iglesia de la capital de España, es hombre práctico, no cabe duda. Estuve con él pocos días antes de la llegada del Papa a Madrid en una presentación que hizo en los desayunos de trabajo de José Luis Rodríguez, y tuve ocasión de sentir algo de lo más raro: no tuve prisa de que se terminasen las palabras que nos ofreció, todo interesante y justificado.

En el Congreso de los Diputados también faltó algo, si bien es verdad que se evitó la pesadez y el cinismo de los oradores habituales. Que más que de la política se ocupan de las páginas amarillas de los tribunales de justicia en España.

Creo que durante los siete días del recorrido hispano de León XIV recibió el aprecio general. Y cabe decir que en contra de lo que dijo Azaña en los años 30 del siglo XX, que España no se halla fuera de la cultura cristiana. La Reina Letizia inclinó media rodilla en uno de sus saludos…

Cabe decir que algo que también se echó de menos algo de misterio. León XIV fue hombre claro, a veces demasiado. Unas gotas de la teología de Ratzinger no habrían venido mal en algún momento, y también algo de las frases más populares de su predecesor Francisco, vinculado a la hinchada religiosa.

Insistimos, y podría citarse para ello algo del espíritu de Pierre Teilhard de Chardin, con la sensación de que somos resultado de la creación evolutiva que empezó con el Big Bang del propio Génesis. En ese sentido, el XIV de los Leones vaticanos debe impregnar a sus seguidores, no sólo adheridos, admiradores, o temerosos de Dios. Muchos le intuimos como una expresión máxima de la sabiduría superior del universo.

Ahora sólo falta que Gaudí, donde quiera que esté —en la despedida en Barcelona se le vio muy bien, en los cielos—, debería plantear como “a los cien años de morir, el ideal que yo puse arriba se ha cumplido”. Levantando la mirada, el lema de la visita papal de siete días a toda una nación, es una experiencia irrepetible. Y que precisamente por ello mismo debemos perpetuar en la memoria, con algunos comentarios ante la gran ocasión…

* Ramón Tamames es Catedrático de Estructura Económica de la Universidad Autónoma de Madrid, Cátedra Jean Monnet de la UE, Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, y Profesor Honorario de la Universidad de Lima. Y autor del libro Buscando a Dios en el universo (Erasmus, Grupo Almuzara, 2018). https://www.bloghugoneira.com/no-clasificado/buscando-a-dios-en-el-universo

Publicado en El Montonero., 29 de junio de 2026

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Virreinato y desobediencia civil

Written By: Hugo Neira - Jun• 16•26

Lo que la América española recibe del Absolutismo –Virreyes y no Reyes–, apenas agentes de ejecución de un Monarca lejano, no fue trascendente, fue un ensayo de Estado mitigado por la distancia y el laxismo administrativo ante los prebendados locales y nunca se logró domesticar a los grupos oligárquicos criollos. En cambio, la emergencia de un nuevo tipo de Estado, tan lejos y tan ajeno, de tipo centralista y racional, fruto paradójico de las guerras europeas y de situaciones de crisis, no pudo ser percibida desde la muelle vida cotidiana y la praxis administrativa del imperio español en Indias. Entre la Península y sus provincias americanas, fue disímil el movimiento de ideas y la evolución histórica. Fueron las Indias, como todo hecho de dominación, cosa juzgada, manejada por un Consejo establecido desde 1523 en Sevilla, compuesto de letrados y un Presidente generalmente eclesiástico. Y si bien es verdad que la naturaleza de los indios suscita el formidable debate sobre la esclavitud en América, constituyendo el sujeto de controversia de la obra del dominico Francisco de Vitoria y sus célebres “Reelecciones” –entre otras muchas apasionantes polémicas en la Península que abrieron el paso al Estado de Derecho, el padre Mariana y su derecho a la resistencia, la obra de los humanistas españoles como Francisco Suárez–, no deja de ser verdad que en ese mismo debate las posesiones americanas no tuvieron parte. Así, la “intelligentsia” colonial va a ignorar lo que ocupa la mente moderna durante un par de siglos, esto es, el nacimiento y la utilidad del Leviatán, el Estado Moderno, el sueño de Hobbes. En suma, la génesis del Estado absoluto no pudo percibirse en los nuevos territorios. Los criollos coloniales, a lo más vecinos y gobernadores, desde su condición de provincianos americanos, no se asomaron a la gran política que era algo que ocurría en la Metrópoli, y no en Chuquisaca ni en Lima. Hay que esperar hasta el XVIII para la aventura ibérica del limeño Pablo de Olavide, Ministro de Carlos III. Y al XIX, para el cosmopolitismo y el gran proyecto unitario de un Bolívar, no sin dejar de decir que éste mismo permaneció ininteligible para una gran parte de sus contemporáneos y los caudillos, tan provincianos, que toman el relevo de la generación de ilustrados que hicieron la Independencia.

¿Qué eslabón de nuestra historia deja de cumplirse con el fracaso del Absolutismo en América? Sí, ¿qué nos falta? Una nación no es sino un rosario de situaciones, y algún precio se paga cuando el azar o la necesidad hace saltar alguno de los engarces. Si por Absolutismo leemos Virrey, España, Colonia y Autoritarismo, tendremos la impresión de que nada perdimos al prescindir de una administración laxa y costosa. Pero ésa no es sino la visión azucarada de nuestra historia. Con el Virrey en el papel del malvado, lógicamente todo lo que se le oponga, desde marqueses cusqueños que se niegan a obedecer a las autoridades, a indios rebeldes y contrabandistas criollos, cuentan “a priori” con nuestra simpatía. Acaso porque no hemos entendido lo que estaba realmente en juego. El Absolutismo no fue nunca el gobierno de uno solo sobre millones de hombres sino, como lo ha demostrado Maravall para España, el ejercicio del poder de diversas “élites” en torno al Estado y no hay sino que recordar la importancia de los “validos” y las camarillas en torno del Monarca, o la biografía del Conde Duque de Olivares. La monarquía absoluta estableció por doquier el principio de obediencia a la Ley, al Estado, y el poder de decisión en un solo lugar posible de regulación de conflicto social, es decir, el Soberano. Vale la pena detenerse un poco en este esquema de gobierno que aliena la totalidad de los súbditos a un solo individuo, el Príncipe, temido y necesario, pero que en cambio va a permitir el fin del estado natural de la “guerra de todos contra todos” (Hobbes) y en consecuencia abre paso al Estado de derecho. Este esquema, a la vez tiránico y ordenador, ocupa la escena política por el par de siglos que preceden a la explosión industrial y colonial. Los monarcas absolutos, y en el XVIII, déspotas ilustrados, Federico II de Prusia o Catalina de Rusia, Carlos III en España, Luis XIV, fueron, de alguna manera, la condición, el requisito institucional, la mutación política decisiva que antecede a la Europa de naciones, y no una patología de la modernidad. Son el gran siglo y preparan el XIX, siglo de la expansión colonialista, precedido, para los europeos se entiende, por una era de despotismo y conocimiento, de Soberanía de Estado y de ciencia moderna (Cf. L’État et les esclaves de B. Barret-Kriegel). Y si la victoria de la Razón de Estado sobre las fuerzas centrífugas viene a revelarnos uno de los secretos del progreso secular de la civilización europea a partir de las Luces, entonces, nuestro enjuiciamiento de las luchas por el poder colonial entre peninsulares y criollos debe modificarse radicalmente. Y no porque los criollos se opusieran al Estado virreinal (¿es que lo hubo?) en nombre de una otra idea de la administración pública, sino porque, en realidad, acomodados en estamentos y corporaciones privilegiadas, acaso no querían ninguno. La alegre anarquía señorial se prolonga hasta nuestros días. (Hacia la tercera mitad (1996), “El hombre ceremonial”)

Publicado en El Montonero., 15 de junio de 2026

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