La primera juventud de Hipólito Unanue      

Written By: Hugo Neira - Jul• 21•25

Alrededor de 1755, el universo colonial en donde se habría de realizar la mayor parte del derrotero vital de Hipólito Unanue (1755-1833) era afectado por cambios importantes cuyo foco de alteración era entonces la metrópoli española. Cambios que correspondían a su vez a mutaciones en la historia del mundo occidental. Dentro del estilo de su tiempo, se diría que la conjunción de astros, a su nacimiento, no era favorable aún a la libertad, pero sí a la cultura. A la intensa actividad cultural dirigida que fue norma del Despotismo Ilustrado. También las conjunciones celestes le eran favorables a los nuevos hábitos mentales de experimentación y curiosidad por la naturaleza. Es decir, el signo del tiempo era propicio para el surgimiento de la ciencia del siglo XVIII en este lado del mundo.

En rápida síntesis, se podría decir que la situación de España era la siguiente: al morir Fernando VI sin descendencia, el trono era ocupado por Carlos III. Este asumirá el poder en 1759, siendo recibido con entusiasmo por las variadas castas y clases españolas, por el mismo pueblo al que Goya, en esos años, dará perfiles permanentes. Muchas de las determinaciones del nuevo soberano español habrán de influir en la vida política del criollo Unanue. Carlos III llamará a Cortes. Como su primer Ministro, nombrará a un italiano, Esquilache, hiriendo con este acto la susceptibilidad española. Aliará a España y Francia por medio de pactos de familia y provocará guerras continuas con Inglaterra hasta 1783. Estos vínculos y enemistades políticas destinados a forzar sobre el ordenado tablero de ajedrez de reyes y dinastías europeas la lucha contra la hegemonía de Inglaterra, determinarán a su vez, en las lejanas colonias de Ultramar, conductas particulares que definen los rasgos de este final del siglo XVIII en América.

Cuando Unanue nació, el país acababa de ser visitado por los marinos D. Jorge Juan y Antonio de Ulloa. La relación histórica a la América Meridional que escribieron a su regreso, en 1748, como en las famosas Noticias Secretas, editadas en Londres en 1826, certifican la disolución administrativa y moral del Imperio Español en las Indias. Para poder elevar su informe privado a la corona recorrieron íntegro Quito, la costa del Perú y la de Chile. El idioma que usaron fue claro, rotundo, pues no estaba el informe destinado a ser conocido públicamente. En él se detalla el estado lamentable de la población indígena: exponen detenidamente los abusos de los corregidores, los excesos para con los indios en mitas y obrajes; el despojo de sus tierras; la liviandad de los curas doctrineros. «Los indios están, —dice—, en una situación más cruel que los esclavos». La administración colonial admitía graves defectos y la depravación de las costumbres estaba extendida en el clero. En 1750, se sublevaban los indios cerca de Lima.

Hay malestar en la sociedad colonial. Los Jesuitas han sido expulsados del país. Las minas no se trabajan con asiduidad debido a la carencia de brazos. Y, pese a que el mar había sido amenazado por una escuadra inglesa de cuatro navíos, la paz de Aquisgrán de 1748, pacificó las playas. Inglaterra logró su empeñoso afán por tomar posesión de alguna región de América, y las islas Malvinas fueron ocupadas. Sin embargo, en el Mar del Sur se trabajaba en paz. De Panamá al Callao, y de éste al Cabo de Hornos, al abrigo del Poder Virreinal, muchas caletas y puertos menores llevaban a cabo una vida recoleta y vivaz. Entre ellos, el Puerto de Arica. Arica era, a mediados del siglo XVIII, un activo núcleo urbano cuya vida dependía del comercio y del cabotaje.

En aquella ciudad marítima, pobre y laboriosa, nació el 13 de agosto de 1755, Hipólito Unanue. Su padre, Miguel Antonio de Unanue y Montalivet, vizcaíno, y la madre, doña Manuela Pavón, ariqueña, de aristocrático linaje. El padre, según Carlos Larrabure y Correa, eranatural de Motrico de Guipúzcoa. Antes de venir al Perú había comerciado en Cartagena y Panamá, donde parece haberse casado con la panameña Josefa Bernal. Al llegar a Arica era viudo y se casó, por segunda vez, en 1754, con la Pavón. De este matrimonio solo hubo dos hijos, Hipólito y Josefa. Parece haber tenido ancestro de hijosdalgo. El nombre de Hipólito quiere decir «destruido por caballos.» Y se podría hallar una secreta correspondencia a los futuros caballos de la independencia que alterarían el espíritu erasmista de aquel niño. Cuando nace Unanue su familia solo poseía, como medio único de vida, un buque de cabotaje que se incendió coincidiendo con su nacimiento.  Este buque, según Luis Alayza, hacía frecuentes viajes a las costas del Pacífico partiendo de Cádiz, por la vía de Cabo de Hornos hasta El Callao. Así, los primeros años de Unanue transcurren en Arica bajo la influencia del medio marino, las sugerencias de la vida activa y pintoresca de los muelles, y la severa lección familiar.

En la familia Pavón, un tío materno habría de decidir su destino futuro: Pedro Pavón, sacerdote entonces en Lima quien, desde el doce de noviembre de 1765, comenzó a regentar la Cátedra de Anatomía. O sea, cuando Unanue tenía 10 años de edad. En esos años recibía lecciones de primeras letras del clérigo Osorio, tacneño y pariente suyo. La ciudad sería sin embargo la primera lección para Unanue, como para todo niño. El ambiente de la villa era de trabajo. Había una intensa «dedicación de todos los individuos a todos sus destinos y profesiones».  No se conocía la vagancia. «Vivían todos ocupados, trabajando los jóvenes con la esperanza, los viejos con el premio», dice un testigo de la época.

Por el puerto veía cruzar el variado bazar indiano venido de lejanos y desconocidos valles y cordilleras de Chile, Guayaquil, Panamá, Oruro, Charcas y Potosí. Era fama por esos años que las tercianas que azotaban a la población tenían como origen a los sargazos del mar o el guano de las islas. Este sería, acaso, su primer contacto con el dolor humano, o, probablemente, la cercanía al Hospital San Juan de Dios de Arica, donde sólo se atendían indios.  Pero su familia se proponía dedicarlo a la vida religiosa. De ella, sólo podemos discernir vagamente el plan general de una familia de clase media, de reducidos recursos, y con un claro pasado de linaje tras de sí. Niño despierto y ávido, habría de llamar pronto la atención. Así, en la visita diocesana practicada por el obispo de Arequipa «prendado éste de su tierno ingenio y de la belleza infantil de su figura, resolvió llevarlo consigo y educarlo a su lado en el Seminario de San Jerónimo de Arequipa». 

Habría influido en la elección no sólo las dotes naturales del niño sino también el prestigio del sólido hogar del padre vizcaíno y la madre criolla y aristócrata. Don Jacinto Chacón y Aguado, que es como se llama este protector del pequeño Hipólito, lo lleva pues a Arequipa. Desconocemos la fecha. Por curiosa coincidencia, este obispo vino de Cartagena a servir en Arequipa en 1755, el mismo año en que nacía Unanue. Cuando Hipólito solo cuenta un año, se realiza la quema de Panamá. En 1759, a los tres años, se observa en este hemisferio el paso del cometa Newton. Un símbolo de los tiempos que le tocaría en suerte vivir. Ese año, en agosto, moría Fernando VI. Pasan los años. En 1768, se separa Arica de Tarapacá. En Lima se estrena la plaza firme de toros, con dinero de quien con el correr del tiempo llegaría a ser otro protector suyo, Don Hipólito Landaburu. En 1770, se erigirá el Convictorio de San Carlos, donde estudiarán sus futuros amigos y compañeros de generación.

En Arequipa, según Vicuña Mackenna y Mariano Felipe Paz Soldán, se hospeda en el Seminario Conciliar de San Jerónimo. Unanue cursa en esos años Gramática Latina, Filosofía y Artes. Una nota cronológica sobre Unanue en 1830, exhumada por J. B. Lastres, afirma que había estudiado en el Cuzco, Humanidades y Principios de Jurisprudencia, lo que no es exacto con respecto al viaje al Cuzco. En cambio, sí, a la orientación de los cursos, pues con ellos podía Unanue optar por cualquiera de los derechos de la época, el civil o el canónigo. Tuvo como maestros entre otros a Diego Salguero Cabrera y Manuel Abad Yllana. La educación de esos años le brinda el acceso al latín. El dominio de esta lengua, le permitiría, ya en Lima, formar e incrementar su esmerada cultura clásica. Más o menos en 1777, decide viajar a la capital, tal vez con la firme intención de abrazar la carrera eclesiástica. En los Reyes habrá de conocer a su tío Don Pedro Pavón, quien decidirá, mediante su influencia personal, la vocación del joven Unanue. A los 22 años, en 1777, abandona Arequipa para viajar a Lima.

Texto extraído de mi libro, Hipólito Unanue y el nacimiento de la patria, escrito y premiado en 1961, publicado en 1967 por la Agencia Comercial Unanue SA, pp. 15-24.

Publicado en El Montonero., 21 de julio de 2025

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Retrato de Bolognesi por Sáenz Peña  

Written By: Hugo Neira - Jul• 07•25

Fue Sáenz Peña un egregio argentino que combatiera por libre y generosa elección al lado del invadido Perú, testimoniando así la repulsa y el asombro de la opinión ilustrada de América ante el crimen fratricida y la monstruosidad jurídica que significaba la guerra delguano y del salitre, cuando aún no se había apagado el rumor de los bombardeos de Valparaíso y El Callao por una flota española, y el espíritu de unidad continental —sin el cual no habría sido posible la Independencia— no estaba del todo muerto. En la hora de los nacionalismos estrechos y estériles, hombres como Sarmiento o Roque Sáenz Peña encarnaron el ideal de unidad de nuestros pueblos, para horror y menoscabo de los apetitos financieros que habían calculado un rápido desarrollo a costa de la riqueza natural ajena.

¿Cómo vio Sáenz Peña a Bolognesi? Le conoció en Tarapacá, pero más íntimamente, en la vida común que la zozobra de Arica les obligó a compartir. Este Bolognesi que nos delinea Sáenz Peña, es ya el definitivo. Estos son, pues, los días y las horas del sitio de Arica. “Era hombre de pequeña estatura”, dice Roque Sáenz Peña por Bolognesi. “Había lentitud y dureza en sus movimientos como los había en su fisonomía; la voz era clara y entera; los años y los pesares habían plateado los cabellos, y la barba redonda y abundante destacaba sobre la tez bronceada de su rostro enérgico y viril”. A Sáenz Peña también debemos juicios certeros sobre el espartano carácter del comandante del Morro: “sus vistas no eran vastas” —admite— “su inteligencia, inculta; carencia de preparación”, y agrega “pero tenía la percepción clara de las cosas y de los sucesos, la experiencia de los años y la malicia que desarrolla en la vida inquieta de los campamentos, había dado a su espíritu cierta agilidad de percepción”. Más adelante, destacando el imperioso orden que Bolognesi imprimía a sus acciones, lo ve como un ordenancista implacable, “capaz de desdeñar la victoria si no era conquistada por los preceptos de la ley militar, prefería la derrota en la estrategia y la ordenanza, al triunfo en la inspiración o el acaso”. En vista de que esta severa sumisión a las reglas era justamente lo que escaseaba en nuestro ejército y en el hábito de nuestra gente, la semblanza de Sáenz Peña deviene en elogio.

No era Bolognesi hombre afecto a las vanidades teorizantes ni a los sueños de utopía social en el que se agotó el peruano del siglo XIX, persiguiendo vanas panaceas en el federalismo, el liberalismo, el doctrinarismo, etc. “En la política interna se había limitado a resistir las hostilidades que el partido carlista llevaba al campo del ejército”, dice Sáenz Peña. “Nacido bajo un gobierno centralista, no conocía otro régimen que el unitario y escuchaba con desdén profundo los problemas que se planteaba Buendía en sus largas discusiones sobre el Gobierno Federal”. Fue el suyo un “patriotismo prudente” basado en el “culto de los hechos”, tal y como lo habría de solicitar en 1907 Francisco García Calderón en Le Pérou Contemporain.

Alguna vez pudo apreciar Sáenz Peña cuán lejos iba Bolognesi en su laconismo y su respeto por los demás. Se comentaba una batalla y se proponían una y otra táctica que hubiese podido enderezar la acción. Inquirido Bolognesi, contestó: “nunca opino sobre batallas”. Como insistieran y dado que el tema giraba sobre si debía o no tomar una posición en donde había agua para abastecer a la tropa, contestó entonces: “no pude pensar eso porque entonces no tenía sed”. Esta reserva y circunspección le valieron la confianza total de sus lugartenientes, sabiendo que se hallaban frente a un hombre de una sola pieza. “En la hora doliente del sacrificio, era Bolognesi como un alma suspendida sobre el alma de su ejército”, ha escrito Sáenz Peña. Bolognesi concentra, pues, una energía y un carácter que parecen por momentos ausentes en la idiosincracia nacional. Nada más alucinante que comparar estas sobrias y equilibradas con las fórmulas con las que García Calderón definió el carácter peruano, en ese libro admirable al cual me referí líneas arriba y que aún no se conoce bien en nuestras universidades y colegios.

“El culto a la apariencia y la debilidad de los caracteres”. Señalaba G. Calderón. “La imaginación ligera y brillante, la asimilación rápida y fácil”. Indicaba, además, “el divorcio entre la voluntad débil y el pensamiento brillante, entre lo que se desea y lo que se hace, entre el ideal y la vida”. “Un idealismo generoso, superficial, verbal” incapaz de sujetar la realidad con obras es otro de los rasgos saltantes de nuestro temperamento colectivo. “De todo esto —decía Francisco García Calderón en fórmulas definitivas cuyo vigor continúa fresco— se deriva algo de ilógico y de imprevisto en la vida nacional, es a la vez una improvisación audaz, un impulso temerario, un desorden real bajo un orden aparente; una marcha sin meta consciente; sin propósito definido, sin plan de futuro, un poco al azar, como si la nacionalidad debiese aparecer dentro de un siglo”.

Comparada con esta síntesis deprimente de nuestro carácter, el temple de Bolognesi se agiganta porque además de retar a la muerte y vencerla por su sacrificio pleno de sentido, tuvo el coraje de ser distinto.

Fragmento del ensayo “Francisco Bolognesi”, por Hugo Neira Samanez, publicado en Lima en 1987, y reeditado en Biblioteca Hombres del Perú, colección dirigida por Hernán Alva Orlandini, Fondo Editorial PCUP & Editorial Universitaria, Lima, 2003, pp. 569-571.

Publicado en El Montonero., 7 de julio de 2025

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El carácter de Bolognesi

Written By: Hugo Neira - Jun• 23•25

Existe cierta lógica en el recuerdo colectivo. No recordamos, por ejemplo, a Bolognesi sino anciano. La imagen que nos es querida, hasta el punto de acongojarnos, es la del coronel de sienes plateadas caído en tierra, a punto de ser derribado por un culatazo, disparando un revólver con el brazo extendido, rodeado de uniformes de cazadores chilenos, tal y como Lepiani lo concibió en un cuadro célebre con el cual la historia del Perú nos dio las primeras lecciones de amargo rubor en los bancos de la escuela. Es este combatiente —agonista del Perú sorprendido y doliente del 80—, el que se impone sobre nuestra retina y sentimiento. Los otros, el artillero, el comerciante, el amigo de Castilla, o el hombre de confianza de Pezet, no ocupan la misma dimensión que el protagonista de los sucesos, cargados de sentido histórico, de Arica. Y es como si el carácter de Bolognesi, incluido dentro de esa familia de temperamentos que no admiten sino la vida de los extremos límites, precisaba de una posibilidad desesperada y tensa, en donde los demás hubieran zozobrado o desertado, para dejarse ver por entero.

Es hombre de una sola sentenciosa respuesta al destino, de un solo gesto con el que bocetea para siempre su figura. No persigue la gloria, deja que ella venga. No es, pues, un político, como Piérola, obstinado conspirador o como Castilla, merodeador incansable del poder. Simétrico, arrogante, en su huella vital no hay grandes cisuras ni elevaciones. No se parece, pues, a Grau, salvo en la grandeza de alma y en la reposada calma con que esperó lo inevitable. Es inseparable de su fibra, en cambio, la impavidez frente a los hechos y la capacidad para, previendo incluso el desenlace, continuar con acucia animando y mandando, hasta el perecimiento. Descuella, por eso, por virtudes muy poco peruanas, entre las que se distinguen el amor por el orden, el acatamiento a la jerarquía y sus designios, la equidad en el mando, la disciplina emprendedora y el arte para guiar, regir, conducir con eficacia y tesón. Cierta simetría moral, que lo caracteriza, armoniza la innata cortesía del soldado que trató con todo respeto al parlamentario enemigo y el gesto magnánimo del jefe que sabe consultar a sus subalternos antes de atribuirse y por completo el destino final de estos hombres y de la plaza.

Son sus rasgos relevantes los que hoy tocan el corazón de los peruanos: la sosegada grandeza de su sacrificio, la entereza moral de persistir, la enhiesta voluntad dispuesta a realizar y porfiar, la ausencia de temor, desasosiego o traición, la capacidad de encarar los hechos como una fibra capaz de los mayores esfuerzos y los peores desenlaces. Inherente a Bolognesi es ese valor obstinado, eficaz e indesmayable que nos asombra porque era como una energía a la que los años no habían vuelto decrépita. Acostumbrados a la apoteosis de héroe juvenil, el espacioso y probado valor de este anciano nos enseña que son las coyunturas históricas y los temperamentos con un vigor sin sobresaltos los que crean héroes, y no los años. Su humor, tan distinto al de otros personajes de nuestra Historia se avalora más si se juzga que es disidente en este gesto, en medio de la turbación y apatía de sus contemporáneos. Hecho para gestionar, establecer, crear, emprender, supo morir como un reto al desperdigado esfuerzo bélico peruano del que fue testigo y víctima. Pues fueron nuestros errores y discordias, más que la carga de la infantería chilena, los que ajusticiaron, esa mañana del 7 de junio, a Bolognesi en un Morro batido por el viento y las olas impasibles.

De nuevo a las armas y Tarapacá

¿Cuál era la situación de Francisco Bolognesi cuando la declaratoria de guerra de Chile al Perú y el llamado a las armas? No era cómoda su posición pues se le consideraba retirado. Ha de reclamar. Y en nombre de sus servicios y la ausencia de militares con experiencia Bolognesi, pese a su edad, es admitido y nombrado ayudante de la Tercera División que al mando del Coronel Ríos se hallaba en el alto del Molle. Se embarca en el Callao y le acompañan hasta el muelle, su hermano, don Mariano, su hijo Federico y el teniente Coronel, Pedro Gastelú. El país acude, pues, a sus reservas de energía y coraje, y para el voluntario hay un lugar en el esfuerzo desesperado por detener una invasión planeada cuidadosamente por una de las oligarquías (la chilena) más lúcidas y ambiciosas del continente.

Pero no podía pasar Bolognesi desapercibido y pronto Buendía le entrega la Tercera División, formadas por los batallones 2 de Ayacucho y Guardias de Arequipa. Con ellos parte a Tarapacá. Víctima de una fiebre, resiste a pesar de su menguada salud, nueve horas de duro combate y los oficiales, entre ellos Roque Sáenz Peña —que ahí comienza a conocer el temple del que va a ser pronto su jefe— le ven escalar el Cerro de Dolores, embriagado por la promesa del triunfo para las armas peruanas. Luego, el propio General Montero, le entrega la plaza de Arica a la cual llega a la cabeza de su regimiento, de 1600 hombres. “El viejo luchador” dice Sáenz Peña, “actúa siempre dentro de los preceptos establecidos” y en la nueva plaza comienza una titánica labor para dotarla de una defensa y un ataque que satisfaga las urgencias de la guerra.

Tarapacá es, pues, el último acto de Bolognesi antes de encerrarse en la tumba que es Arica. De aquí en adelante sólo lo veremos jaqueado por la adversidad, cada vez más solo, a medida que el desastre de las operaciones del ejército aliado (Bolivia y Perú) llegue a la culminación catastrófica del Alto de la Alianza que sella el destino de Arica como plaza aislada, sitiada, sin esperanza para los hombres que defendieron el pabellón y los derechos territoriales del Perú. Esa ciudad abierta a un mar en el que se dejaba sentir ya la ausencia de Grau y del Huáscar. Cuando Bolognesi va a Arica, prácticamente no tenemos marina y ha comenzado, por lo tanto, la ofensiva chilena, que no se detendrá sino hasta la captura de Lima y la capitulación del Perú.

Extraído del ensayo “Francisco Bolognesi”, por Hugo Neira Samanez,  publicado en Lima en 1987, y reeditado en Biblioteca Hombres del Perú, colección dirigida por Hernán Alva Orlandini, Fondo Editorial PCUP & Editorial Universitaria, pp. 559-594, Lima, 2003.

Publicado en El Montonero., 23 de junio de 2025

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Vargas Llosa en Tahití (III)

Written By: Hugo Neira - Jun• 10•25

Estábamos, pues, en que no tiene sentido alguno, salvo la vanidad erudita de una tipología. ¿Valdrá la pena? ¿Qué sentido interrogarse por lo que tienen en común la Justine de Sade, los Bildungsroman de la Viena fin de siglo y la novelística latinoamericana? Sin duda cambian los personajes, el contexto social, los problemas morales, las estrategias narrativas, y el pacto mismo de verdad e invención entre el narrador y el lector. Todo, salvo que sabemos, a ciencia cierta, que cada ser humano con un libro en las manos tiene un diálogo que sabe que no es cierto, pero como si lo fuera. Y todo lo que les pide a las páginas de un relato es que ellas lo saquen un poco de este mundo y lo vuelvan a meter en el mismo, con un poco más de sapiencia. Todo lector sabe que la ficción literaria es una transposición muy elaborada y estética del mundo real. En fin, hubo un tiempo en que a novelas y novelistas se les atribuía una misión trascendente y política, en estos tiempos eso ha casi desaparecido, si se lee es para otros menesteres. Acaso por la experiencia de libertad del escritor. La novela es, en efecto, el género de independencia narrativa de la modernidad, por los mismos años, con Cervantes y con Montaigne. Gente sin iglesias ni corporaciones, solos ante su conciencia, ambos escépticos, ambos irónicos, compadecidos de la pobre humanidad. Lo dejo ahí, algún día volveré sobre el asunto.

En suma, esta novela de Mario Vargas Llosa hay que situarla en un contexto mayor que el de la literatura en castellano. Se lanza cuando hay una discusión muy intensa y variada entre muchos novelistas de reconocida fama mundial sobre el destino mismo del género. Estoy pensando en lo dicho por el novelista V. S. Naipul, premio Nobel de Literatura, acerca de la muerte de la novela, o por Salman Rushdie, el hindú de Hijos de la medianoche, que no se suma a los actos fúnebres que entierran el género, no es la primera vez que se dice ese tipo de cosas. El crítico George Steiner, entre uno y otro, recordaba ante un público de editores británicos que la frase «nunca leo novelas», era común en 1936 y eso lo informa George Orwell. Los novelistas son propensos a la hipocondría —a lo psicosomático, me corrigen— o sea, nunca se sabe qué destino pueda tener una obra. Y, en efecto, cuando salió Madame Bovary los diarios franceses dijeron que Flaubert no sabía escribir, y la Moby Dick hizo reír a sus primeros lectores antes de volverse una de las piezas maestras de todos los tiempos, pero sus contemporáneos sólo vieron en el marino Ahab y su obsesionada persecución de una mítica ballena blanca, un vulgar capitán. Pero hoy se dice «nadie ha estado más cerca de la Biblia y de Hegel por la búsqueda del Absoluto». Cambian los criterios sobre lo que es relato, acaso más que la novela misma. ¿Y ellos deben seguirlos?

Escuché a Vargas Llosa en Papeete defender la novela, no por cierto la suya, el género, ante los pronósticos de su desaparición. Fue ese el tema central de su discurso en el honoris causa. No sé si Mario ha publicado en castellano ese texto. Me limitaré a reducirlo a sus líneas principales. «Me propongo, dijo, avanzar algunos argumentos contra la idea de la literatura, y en especial la novela, concebida como un pasatiempo de lujo. Mis argumentos, por el contrario, permitirán considerarla como una de las actividades del espíritu, entre las más estimulantes y enriquecedoras, una actividad irremplazable para la formación de los ciudadanos en una sociedad moderna y democrática, con individuos libres». Al parecer, se había cruzado con el mismísimo Bill Gates en el local de la Real Academia Española de la Lengua adonde fue el creador de Microsoft, pronto la enorme revolución de la comunicación haría desaparecer el libro en beneficio de las pantallas de las computadoras. «Vino a decirnos», exclamó Vargas Llosa muy indignado ante un público a medias francés y a medias tahitiano, «que pronto nos dejaría a todos los ‘escribidores’ del planeta en paro técnico». El público, lo recuerdo, se echó a reír y rompió a aplaudir. En realidad, el brutal pronóstico de Bill Gates se parece a los que, en otras ocasiones, ante cada innovación en la cultura de masas, han anunciado, sucesivamente, ante la aparición del cine la muerte del teatro, ante la aparición del video la muerte del cine, ante los discos compactos la muerte de los conciertos, ante el culto al home o el hogar con excelentes aparatos electrodomésticos, la muerte de cafés, restaurantes y salidas a la ciudad. Pero ¿qué es lo que vemos? Los objetos no se desplazan entre sí, conviven teatro, cine, ópera, conciertos, videos, CDs, restaurantes, cafés y televisores con pantallas cada vez más grandes. Igual la gente sigue saliendo, acaso combinando intimidad y multitud. Porque somos ambas cosas, animales a ratos solitarios y a ratos gregarios. Mario, sin embargo, ha lanzado una historia un poco distinta a las otras. ¿En qué consiste su novedad? Tantas líneas para llegar a esta propuesta final. Una novela de aventuras. ¿No lo fue la existencia de Flora Tristán y la de Paul Gauguin? ¿No hallaron a su manera, no sólo el paraíso, sino varios, diferentes, los falansterios comunitarios de la Paria y la dorada piel de sus vahines el libidinoso Paul? Los paraísos existen, pero a veces son tan letales como el infierno. No son la humana convivencia, con sus placeres lentos como los viejos vinos, como los buenos libros, como este que nos ha dado Vargas Llosa. Hilado admirablemente entre investigaciones, viajes y una narrativa en la que de vez en cuando, aparece la voz del narrador. Un profesor de literatura, en el café Haití de Lima, objetaba el procedimiento: varias intrigas que corren paralelas, un personaje extraño, venido de ningún lado, que se inmiscuye en la historia, que inquiere, apostrofa, pregunta. ¿Por qué no? El arte de la novela es su irrestricta libertad. Una voz que viene del Paraíso, acaso el único que exista, el de la lectura.

 “Vargas Llosa en Tahití. Investigar, viajar, escribir”. En: Libros & Artes, Revista de cultura de la Biblioteca Nacional del Perú, N°5, julio 2003, pp. 14-17.

Publicado en El Montonero., 9 de junio de 2025

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Vargas llosa en Tahití (II)

Written By: Hugo Neira - May• 26•25

Los días que siguieron, cuando habían partido, noté una suerte de signos que mi mujer y yo bautizamos «el efecto Vargas Llosa». Por un tiempo, al menos por muchas semanas, la gente volvió a comprar libros en librerías, no sólo los del visitante que volaron, sino de todo. Varios de mis alumnos, a los que arrastré a cada acto, cambiaron de vocación y decidieron prepararse para los concursos que dan acceso al profesorado. La gente dejó de hablar con la ligereza habitual a los habitantes del primer mundo (en él están, no fuese sino por el azar de su tardía colonización) de la pobre América Latina. El gran favor que Mario me hizo, fuera de robustecer la moral de los veinte profesores de español en colegios secundarios, fue confirmar lo que les había dicho en el transcurso de años, sin poderlo probar. No se confundan, la América Latina es pobre, pero es una gran civilización. Que algo puede ser ambas cosas, productor de riqueza cultural y a la vez naciones de bajísimas rentas, resulta evidente para nosotros, nada más que reparar en el esplendor de nuestro arte, cocina, música, poesía y narrativa, pero resultaba incomprensible para los que fueron mis alumnos y alumnas, acostumbrados a dejar la isla para ir de vacaciones a Hawái o California. Después de Mario sí lo entendieron. Adivinaron la realidad de este continente contradictorio, letal y vital a la vez.

Los personajes le venían al novelista ya determinados por la celebridad y la historia, la Paria, el Pintor. No así los nudos psicológicos. Ir tras la huella de sus personajes es cosa que Vargas Llosa ha hecho en otras ocasiones, a la selva como a Piura para La casa verde, al nordeste tras las huellas de Consejero, el terrible bandolero mesiánico de La guerra del fin del mundo. No siempre encuentra documentos fidedignos, a veces apenas leves pasos, pero, cuenta el escritor, lo poco que halló le permitió «fabular» el personaje del León de Natuba, «un ser un poco monstruoso pero que estaba siempre al lado de Consejero porque sabía escribir». En una entrevista a Federico de Cárdenas, cuenta Vargas Llosa que el escrúpulo de combinar personajes reales y situaciones conjeturales o inventadas, como el coronel Althaus con el cual le inventa un romance a Flora, es uno de esos casos. Althaus existió, probablemente enamoró a la bella y joven viajera, nada prueba que esta lo rechazara o aceptara, la cuenta del misterio hay que ponerla a la intuición del narrador. ·

El paraíso en la otra esquina es un relato construido según una secuencia sencilla. Para que no nos perdamos, Mario Vargas Llosa ha acudido, esta vez, a una sólida carpintería. Los capítulos pares son para la vida de Flora Tristán. Los impares para el pintor Paul Gauguin. ¿Esta forma narrativa es una ruptura con su propio arquetipo? Es cierto que estamos lejos de ese relato a múltiples niveles del lenguaje de las que le preceden. Se trata de dos vidas, la de Flora Tristán y la de Paul Gauguin, su nieto. Por un lado, la lucha por los derechos de la clase obrera y de la mujer. Por el otro, el hallazgo de un mundo insular lejos de convenciones sexuales. En ambos, la ruptura del mundo burgués, el horror del mismo. Ahora bien, si en ambos casos se trata de utopías, está claro que no son las mismas. La de Flora Tristán, como es sabido, se inscribe en las grandes corrientes socialistas del siglo XIX. El capitalismo industrial acababa de nacer, y muchos tuvieron la impresión de que pronto el viejo mundo iba a parir otra sociedad más libre y justa. Fue, lo sabemos, un pronóstico prematuro. No errado, sus fuerzas productivas, como lo diría Marx, son extraordinarias, lo que llamamos globalización no es sino otro ciclo de expansión y de mutación. En todo caso, Gauguin el rebelde, partidario del egoísmo como herramienta de realización personal, el que abandona mujer, hijas y oficio, el insoportable hedonista que postula la dicha que pasa por el cuerpo, los sentidos, el placer, ese solitario, el asocial, está de actualidad. Lo confirman la revuelta de los «hippies», los jóvenes desde del Mayo parisino de 1968, la reivindicación del uso legal de las drogas alucinógenas, con el menor pretexto la orgía juvenil, esa religión cuyos templos son las discotecas que preconizan la fiesta pánica e inmediata. La felicidad aquí y ahora. Me es difícil creer que el libro hubiera sido igual de interesante sin la oposición dialéctica entre liberación colectiva o individual, sociedad e individuo, justicia social y gozo, deber y disfrute. Un contrapunto que la vuelve insondable. Flora evoca una problemática feminista. Gauguin la del artista creador. Ambos son alegorías vivientes de formas extremas de revuelta, pero revueltas al fin, por eso, acaso, la existencia desgarrada de ambos. Qué dolor, qué mal vivieron, cuánto sufrimiento, me dice una lectora sensible. En efecto, querida amiga, desde los tiempos bíblicos, es riesgoso el oficio de profeta. Por lo demás, una lectura atenta de la Biblia (digo esto sin recaer en un ataque de trascendencia) nos hallamos con que los profetas no se proponían serlo, los llamaba la voz, en muchos casos contra su voluntad. Eran hombres tranquilos que andaban entre rebaños de cabras, tiendas del desierto y familiares clánicos cuando escuchaban al que No se Nombra. ¿Por qué yo, Señor —protesta Noé— no ves que estoy ocupado y se casa una de mis hijas? Jeremías es el que más impreca ante despótico mandato. Has entrado en mí, Jehová, me has poseído. La posesión del Dios es física. La tradición judaica insiste que de esa experiencia se salía medio chamuscado. También Flora y Paúl, profetas a su manera.

Algunos en Lima se me acercaron para decirme que la novela última de Vargas Llosa les parecía más una biografía, no faltó quien solamente le parecía periodismo. ¿Y si fuese el caso? Esto ocurre en el momento en que en otros lugares los narradores reivindican el derecho a formas híbridas: «los géneros surgen, caen, le ha pasado a la épica, luego a la épica en verso. ¿Quién hace tragedia hoy en versos formales?», se pregunta Salman Rushdie. «¿Quiere acaso la novela —insiste— competir en la actualidad con lo mejor del reportaje, con la narrativa inmediata?» Pero si es así, Vargas Llosa que, por cierto, no ignora ese debate sobre la novela contemporánea, ni las ideas de Rushdie —su amigo, algo le dedicó al tema en su discurso académico en Tahití, como lo diré líneas adelante— acaso quiere combatir en ese terreno. Novela pues, de aventura, de viajes. Viajes los de los personajes, y viajes los suyos. Viaje el del lector. ¿Pero qué es una novela? No voy a intentar definir perentoriamente qué es una novela, la tarea es imposible, y desaconsejo a quien sea el intentarlo. Quisiera en cambio ponernos de acuerdo en los aspectos más sencillos, según la evolución histórica de un género que aparece con la modernidad, hace seis siglos, y que de alguna manera la funda (tanto como el ensayo). Una novela es una forma particular de relato que no ignora la realidad, pero tampoco está obligado a reproducirla. Es una forma literaria que construye algo que es de este mundo, pero no lo es del todo. Como todo arte, agrega un sentido que los individuos y la sociedad por sí mismos ni generan ni fabrican. Y bien puede inspirarse, pero inspirarse nada más, en un grupo social, en un caso psicológico o en grandes frescos históricos. Lo primero, es Balzac con La comédie humaine, ejemplo de lo segundo puede ser otra gran novela del siglo XIX, Madame Bovary de Flaubert. Puede ser ese «hombre absolutamente bueno e inocente», es decir, el personaje del príncipe Myshkin de Fiódor Dostoievski en El idiota. En cuanto a la gran novela histórica, que es acaso un poco lo que ha lanzado Vargas Llosa, combinada a literatura de viaje interno y externo, ella, va de una lengua a otra lengua, de un siglo al otro, de Alejandro Dumas y sus mosqueteros a Hugo, a Walter Scott, a Margaret Mitchell, la de Lo que el viento se llevó. En castellano pondría a Alejo Carpentier, El siglo de las luces, y al catalán Eduardo Mendoza cuyo personaje es siempre la ciudad de Barcelona. Y un autor, un outsider, un inclasificable, aventurero, revolucionario, periodista, político, novelista y ensayista, que encarnó las grandes pasiones del siglo XX, del comunismo duro de los años treinta, al sionismo y el internacionalismo proletario y finalmente, como si fuese poco, la ciencia, la filosofía en sus años de vejez, si es que la tuvo, Arthur Koestler. Emprender el inventario de la novela histórica es casi imposible, aunque lo haya ensayado Gilles Nélod. Pero resulta hasta casi peor tener la pretensión de encerrarla en una clasificación. Lo cuerdo es reconocer su formidable dispersión, novela policial, fantástica, de viajes y aventuras. Y esto por países, por épocas, por lenguas. [continúa]

 “Vargas Llosa en Tahití. Investigar, viajar, escribir”. En: Libros & Artes, Revista de cultura de la Biblioteca Nacional del Perú, N°5, julio 2003, pp. 14-17.

Publicado en El Montonero., 26 de mayo de 2025

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