Mirando a de Soto, fuera de la caverna

Written By: Hugo Neira - May• 22•14

Sin necesidad de un modelo político nuevo, McDonald se ha establecido en China. Y la India también es parte del lado próspero del capitalismo mundial.  Potencias emergentes, junto a Brasil y Rusia, son el BRIC. Más allá de América del norte y Europa, es posible el desarrollo. Pero Hernando de Soto sostuvo exactamente lo contrario. En El misterio del capital (2000). Intitulado, «El capitalismo triunfa en Occidente y fracasa en el tercer mundo». ¿Fracasa? Qué barbaridad. Pocos autores hubieran sobrevivido a semejante error. Reproches ya había recibido del mundo académico. Laurence Whitehead, profesor en Oxford, le dijo agriamente: «a la sociedad industrial no la precede ninguna informalidad». Se maneja mejor en lo local que en lo téorico. La Caverna de Platón siempre es reconfortante.  Lo exterior no cuenta.

El Otro Sendero, fue una investigación de terreno que cambió por completo la idea que teníamos del sector informal. Con la gente del ILD, se puso empíricamente a medir los pasos o trámites de un informal para adquirir un terreno eriazo. Unos 270 pasos durante 18 años. El Estado era el obstáculo. Su acierto, ese libro, lo vuelve un dador de ideas. A su influencia se debe leyes sobre predios rurales y cambios en la economía.  Pero El Otro Sendero es de 1986, hace de eso 28 años. Al sector informal le han pasado muchas cosas. Empresas Pymes, ascenso social de muchos. La sociedad peruana ya no cabe en el antagonismo centralismo y empresarismo popular. Y por eso el sector informal ha sido materia de enfoques y estudios a lo largo de 30 años:  Degregori, Tanaka, Meléndez. Pero para de Soto solo hay de Soto.

Ha recorrido el mundo. Pero da la impresión que no salió nunca de Lima. Se fue a lugares donde volvía a encontrar pobres con aspiraciones a propietarios, presidentes autoritarios y marxistas obtusos. A Filipinas de Gloria Macapagai Arroyo. Al Egipto de Mubarak. ¿Es un liberal que necesita de tiranos? Se diría pero no siempre, lo llamó Vicente Fox. Ahora bien, cuando no son tiranos, se topa con incultos. Fox, por ejemplo, dijo que «le gustaban las novelas de Octavio Paz». Paz no escribió sino poesía y ensayos.

Seamos claros, el gran rival de Hernando no es sino los cambios ocurridos a nivel planetario. Como sostiene Michel Guénaire, la mundialización ha reforzado el papel de los Estados. Incontables pobres dejan de serlo porque un capitalismo de Estado, ora democrático ora despótico, les da algo más que el titulito de propiedad. El capital es ahora lo inmaterial, cultura y ciencia para millones con lo cual obtienen empleos de calidad. Ocurre donde hay Estado y clase política. Temas que de Soto le da grima abordar. ¿Le llevan a discutir con Cotler? Al que tiene que rebatir es a los 85 millones de cuadros de China, a la innumerable clase intelectual de India y Brasil. Entre tanto, el es un think tank compuesto de un solo experto. Le conviene países donde se sepa poco de lo que pasa en el mundo. Acaso pueda llegar al poder en el 2016 algún mandatario ignorante, a quien aconsejar. Suerte Hernando, porque lo que es el resto del planeta, va por otros caminos.

De autoritarismos, hitlerismos y otras calamidades

Written By: Hugo Neira - May• 11•14

Se me ha pedido un artículo sobre un tema preciso: “Autoritarismo y Regímenes Democráticos en América Latina”. Es un buen tema, con un telón de fondo de actualidad. Maduro, lo que pasa en Venezuela, etc. Me parece más bien temas federativos, pero el tema se presta también a la crónica ligera, inmediatista. Y eso es un riesgo. Puede uno irse hacia la facilidad, pero ¿cómo resistir a la tentación de comentar el discurso del presidente Maduro que llama “fascistas” a la gente que llena las calles de Caracas cuando, en realidad, quien maneja los grupos de asalto a los cuales los venezolanos llaman “los colectivos”, es el propio Maduro? (El Nacional, portada, miércoles 12 de marzo).

Con todo, unas líneas sobre lo inmediato. El tema del uso de la violencia no hace un régimen forzosamente fascista, sino ciertos rasgos muy típicos. En el caso de Caracas, saltan a los ojos. No solo reprimen a los estudiantes los piquetes de policía sino gente civil armada y con consignas paramilitares. Es casi imposible negar la semejanza con los  Sturmabteilung o SA que hacían las mismas cosas en las ciudades alemanas. No eran tropas regulares, ni en Berlín ni en Caracas, la gente que reprime sino sujetos reclutados,  grupos de asalto. Y sirven para el mismo fin, la represión abierta e intolerante contra toda oposición. Resulta simplemente patético ver al Führer venezolano decir que los fascistas son los otros. Esta tropicalización del lumpen ario no está en Arendt. Es de nuestro  atribulado tiempo.

El reto de los autoritarismos por desgracia realmente existe, es ceguera negar su actualidad, pero también debo decir que se presta a lamentables equivocaciones y una serie de medias verdades. Para comenzar, ¿ese concepto de autoritarismo está bien definido? ¿No aparece a menudo citado junto al de totalitarismo?

¿Qué dice la Academia? (Lo que sigue puede ampliarse si se lee estos dos libros míos, el primero, La democracia, entre el logos y el fuego, en particular pp. 51-106. Y en lo que concierne al acceso populista de Hitler al poder, ver ¿Qué es nación? pp. 147-150, «el arte de tomar el poder gracias a los errores de sus rivales».)

La convocatoria, autoritarismo o democracia, alude a una temática fundamental. No ha habido un momento, desde los griegos hasta nuestros días,  en que no se haya dejado de intentar clasificar a los regímenes políticos. Seré escueto, con perdón del lector, reductor. Estemos de acuerdo que hay tres grandes momentos clasificatorios. El primero es Aristóteles. Su tipología de regímenes, desde Ta Politika, su obra, establece un  criterio de partida desde el tipo de dirigentes.  Son Tres. El gobierno de un solo hombre, el de una minoría, el de muchos. Los conocemos como Monarquía, el segundo como Aristocracia y el tercero, politeia. En griego, el mayor número posible. Ahora bien, estos tres regímenes tienen virtud, legitimidad, pero también un fantasma, la posibilidad de una deriva.  El Monarca puede ser caprichoso y entonces es un Tirano. Los aristócratas, los aristoi, es decir, los mejores, se pueden cerrar aun más y volverse  oligoi, es decir una oligarquía. Y en manos de demagogos, el pueblo  —el demos— puede volverse intolerante. Entonces Aristóteles le pone un nombre, democracia. Lo siento, pero así nace el concepto, que naturalmente no es lo que entendemos por democracia en sociedad de masas. Por lo demás, el pensamiento clásico no establecía ‘buenos’ o ‘malos’ gobiernos, en realidad Aristóteles señala que predominaban las combinaciones, pero no confundiré esta nota con alguno de mis cursos. Ya está bien para el punto de partida.

La triada aristotélica se quedó de pie hasta los decenios de la guerra fría. En 1965, el profesor francés Raymond Aron, tras un estudio comparativo, establece otras reglas universales de clasificación de regímenes. De un lado está la Unión Soviética. Del otro, los regímenes occidentales. La diferencia no la establece la ideología o el discurso retórico y oficial sino los procedimientos. Del lado soviético, partido único. Del otro, partidos múltiples. La conclusión cae por su propio peso. La diferencia reside en tener o no tener pluralismo político.

El tema no estaba cerrado. En 1975, un politólogo de origen alemán por el padre, y madre española, que estudia en la Complutense de Madrid y graduado en Columbia, de nombre Juan J. Linz innova brillantemente en el sistema clasificatorio Aristóteles-Aron. Su propuesta es  un sistema terciario. Autoritarismo, totalitarismo y democracia. El autoritarismo para Linz se caracteriza por un «pluralismo limitado». En cambio, en el totalitarismo (Hitler tanto como Stalin), el Estado absorbe la sociedad. Del esquema de Aron queda lo mismo, régimen democrático como sinónimo de pluralismo. Quedan de ese modo diferenciadas “dictaduras” autoritarias que guardan el poder autocráticamente pero que paradójicamente despolitizan las sociedades:  es el caso de la España de Franco, de Chile con Pinochet y el Perú de la antipolítica con Fujimori. Pero de los autoritarismos se sale, finalmente. Acaso tras plazos prolongados. Por el contrario, nadie sabe cuándo acabará la dominación totalitaria en Corea del norte o en Cuba.

Hay una cuarta fase, la actual. Un nuevo tipo de regímenes emerge desde Venezuela cuando un hábil caudillo, Hugo Chávez, decide transformar la renta petrolera en recurso distributivo. Lo de usar los “veneros del petróleo dados por el diablo” —el oro negro, como lo llamó un gran poeta mexicano— no era la primera vez que esto ocurría en Venezuela.  Ya lo había hecho Juan Vicente Gómez, desde 1908, el “tirano liberal”, luego, los dictadores militares —Pérez Jiménez— y cuando llega la era de civiles democráticos, desde 1958, también se usa la renta petrolera. En este caso, por adecos y los del Copei, se usa los “veneros del diablo” para transformar Venezuela, la cosa funciona hasta que la hunde la corrupción. Ahí surge Chávez. Tras un desplome político. Pero claro, no estaba de moda el tratarse de “liberal” como Juan Vicente, ni “desarrollista” como Betancourt, había que echar mano a otra cosa. Y aparece la etiqueta del ‘socialismo del siglo XXI’. Un delirio. ¿Qué modo de producción es ese? Ante la actual Venezuela la comparación tendría que hacerse con los Emiratos árabes, e ir y mirar qué es lo que hacen en Abu Dhabi,  al menos unas obras faraónicas con centenas de hoteles, «y aspiran a tener el centro comercial más grande del mundo» (según Le Monde).

En fin, lo del delirio chavista, el del fundador y del sucesor, da vergüenza ajena. En resumidas cuentas, estamos en una época de tentación de “regímenes híbridos”. Es el nombre con el cual académicamente se les conoce. Para mí, son construcciones estatales despóticas y novedosas, con capacidad para establecer clientelas políticas. Su riesgo es doble. «Borran las trazas» dice Lydie Fournier (revista Sciences Humaines, n° 212, febrero del 2010). Y administrando a la diabla la coyuntura favorable a las materias primas, no preparan ningún desarrollo.

De las dificultades de las democracias en el continente no me he ocupado, sin que por ello diga que no las tienen. En Chile, la socialista Bachelet está de retorno, digo —es un decir— será para asumir que el poder servirá a los reclamos sociales. El primero en Chile, “una  educación pública y de calidad”.  En el Perú no se oye padre. No es cuestión de calidad de infraestructura de los colegios, hoy desatendidos, no. Es el currículo completo el que tiene que revisarse. Y más tiempo en las aulas. El Perú histórico es incompleto. Sin masas educadas, vanamente esperamos el bicentenario. «La instrucción pública es el deber del Estado con los ciudadanos» (Condorcet, 1791). Así es como comienza una República. Pero por no haber educado al pueblo, desde que se produjo la gran emigración andina a las ciudades, la nación actual puede acabar en manos de varios inmaduros. Y esa culpa la tendremos todos. Clase política y sociedad entera.

 

Editado en  Facebook Revista Punto de Encuentro, 11.04.2014

Gabriel García Márquez. Para darle gracias

Written By: Hugo Neira - Abr• 18•14

Se nos ha ido. Quisiera decir unas par de cosas y expresar de la manera más sencilla la gratitud al escritor que acaba de morir. Como dice el dicho, «todos los hombres son mortales». Pero ¿cuál es tu victoria, ¡oh muerte!, si sabemos hablar de la vida? Tuvo, y merecidamente, innumerables lectores. Y yo no soy sino uno de tantos. Pero no seguiré sin confesar en este preámbulo, el no ser necesariamente un lector apasionado de narrativa. Frecuento a ratos la novela y el cuento, pero no siempre, y no se vaya a pensar que desdeño la literatura, no. De leer, leo, y mucho, pero me apasionan otros géneros, otras lecturas, y me detengo en estas confesiones. No vienen al caso.

¿Me permitirá el amable lector que rememore cómo hace muchos años,  descubrí, por decir así, la narrativa de Gabriel García Márquez? ¿A su primera gran novela,  Cien años de Soledad? Comenzaba apenas a rodar por el mundo. Ciertamente, había escrito el gran colombiano otros primeros relatos que yo no conocía, creo que esto le ha pasado a muchos de sus lectores, y por lo demás, no soy un especialista de literatura, digamos, como lo es José Miguel Oviedo. Sucede, pues, lo que narro ahora, por los años sesenta trabajaba y estudiaba en París, y fui a una institución educativa parisina a retirar de su biblioteca varios libros. Había por delante un largo fin de semana. Eran textos de lectura obligatoria. Entre ellos, me llevé también una novela que me sugirió el bibliotecario. Pues bien, ese sábado y domingo no pude dejar ni un momento de leer a Gabriel García Márquez desde la primera frase, «Muchos años después, ante un paredón de fusilamiento, el coronel Aurelio Buendía habría de acordarse de aquella lejana tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Sin duda, la fascinación del relato lo han vivido incontables lectores. De modo que  lo que cuento puede no ser demasiado original, tanto mejor. En fin, creo recordar que el ejemplar que tuve esa vez en las manos era una primera edición argentina, Sudamericana me parece era el sello. Y pensar que una editora catalana, Seix Barral, tuvo el manuscrito en la mano y lo dejó pasar.  ¿Debo decir que adelante lo seguí leyendo? Sí, todo lo que escribiera.

Se nos ha ido. Pero, por una vez, Dios del cielo, abandonemos los rituales y los comportamientos estereotipados al uso. Y que no son los mejores para honrar a un creador.   Seamos sinceros.  Hace un buen rato que le aquejaba  una cruel enfermedad que quita la memoria, el alma y el ánima. Cuánto me gustaría que celebremos su vida. Como dice el dicho, todos los hombres son mortales. Lo que no es mortal es la obra. Para eso está hecha, para vencer el tiempo.  A Gabriel García Márquez se le seguirá leyendo mientras exista esta lengua, el castellano.

Dije que diría cosas sencillas. En primer lugar, fue un inmenso escritor. Tiempo habrá para volver sobre el contenido de su literatura. Y no voy a tener el mal gusto de ponerme a especular si es más o menos grande que otros grandes de la literatura, no faltará quien aproveche la ocasión para ese tipo de sordidez. Hoy, solo me remito al espíritu de síntesis del jurado del Nobel que al otorgárselo dijeron sus razones: «Por sus novelas e historias cortas, en las que lo fantástico y lo real se combinan en un mundo ricamente compuesto de imaginación, lo que refleja la vida y los conflictos de un continente».

En segundo lugar, se sabe que fue un hombre bueno. En su vida de mortal, buen padre, leal a amigos y convicciones. En tercer lugar, García Márquez fue también un desinteresado maestro. Durante años, en el apogeo de su merecida fama, dirigió un taller de literatura. Enseñaba a un puñado de gente a saber escribir un relato. El curso se llamaba «cómo se cuenta un cuento». Me parece que ese aspecto, que a veces pasa desapercibido, merece recordarse. La humanidad de ese hombre grande y sabiamente sencillo.

Algo más. Ocurre que cuando muere Octavio Paz, en 1990, me hallaba en Lima, en el momento en que se desarrollaba un simposio de psicoanalistas que habían invitado a algunos científicos sociales, entre ellos el que firma, y en eso llega como de un rayo la noticia, en medio de una plenaria, ante una inmensa sala abarrotada de participantes venidos de toda la América Latina. No recuerdo el nombre de quien estaba en la mesa directiva y que tomó la iniciativa que aquí comento. «Amigos, acaba de llegar la noticia. Octavio Paz acaba de morir. Les propongo —dijo esa atinada persona— que celebremos su partida con un aplauso». Y eso hicieron, se pusieron de pie y aplaudieron. Creo que debemos hacer lo mismo. Aplausos por Gabriel García Márquez.

El mejor homenaje para un escritor es leerlo. Sin duda, otro lugar común, pero se me viene a la conciencia, en este mismo instante, la poca práctica que se tiene entre muchísimos en nuestro país, por desgracia, que consiste en evitar a toda costa el leer. A veces se me ocurre que es un gesto de autosuficiencia. ¿Se han fijado, para leer un libro —el que fuera— hay que agachar la cabeza? Es admitir que no sabemos algo. O que buscamos fuera de nuestro contexto el placer de que una voz que no conocemos, nos vuelva a contar algo. Como si fuéramos niños. Para entrar al paraíso del conocimiento la lectura es la puerta dorada. La conversación del alma con lo que se llama el lenguaje. No la imagen, las palabras.

Las obras de García Márquez están en las estanterías de nuestras desoladas librerías. No hay sino que entrar en una de ellas y adquirir una de sus novelas o cuentos y regalárselo a algún adolescente. Ya  hay varias promociones de escolares a quienes les han  enseñado en las inútiles aulas de la educación peruana actual a no leer, haciendo del Perú una curiosa y lamentable excepción. Nunca se ha editado más libros en el mundo. Pero formamos parte de un país que recula hacia la oralidad. No leer es una plaga peruana, reciente, inquietantemente reciente.  Octavio Paz decía que no hay que esperar peras del olmo, pero como poeta (o sea, como filósofo) añadía que el hombre es el único olmo del cual hay que esperar peras. Ojalá.

Supongo que los profesores de literatura, si la asignatura por milagro existe, acaso dediquen una clase a dar a conocer a los pequeños el encantamiento de ese relato a la manera de Gabriel García Márquez. ¿Colombiano? Sí y no, lo bueno no es de nadie. Lo bueno es de todos. Dicen que aprendió de la boca de la abuela, en Aracataca, a contar cosas maravillosas con el aire más natural del mundo. «Muchos años después, ante un paredón de fusilamiento… ». Sí pues, había una vez un hombre bueno que contaba historias asombrosas que no olvidaremos nunca. Se ha ido y no se ha ido. Está con nosotros, como está Cervantes, como Homero, si tenemos el gesto saludable de hojear esos relatos encantadores… El resto, vanidad de vanidades.

¿Quién libertó el Perú?

Written By: Hugo Neira - Abr• 15•14

A los 40 años de  Huillca: habla un campesino peruano (1974)

A los 50 años de Cuzco: tierra y muerte (1964)

            «Las grandes revoluciones sociales, muchas veces, no tienen ese nombre»

—Eric Hobsbawm—

 

 

En el Perú, ha habido dos grandes libertadores: José de San Martín que libertó a los criollos (1821). Y  Saturnino Huillca, indio cuzqueño de Paucartambo, dirigente de los sindicatos campesinos que ocuparon las tierras de las haciendas de 1963 a 1965 y que, en consecuencia, provocaron la fuga de los hacendados y en 1969, la Reforma Agraria. En realidad los militares de Velasco llegaron tarde. La tierra de facto ya no era de los propietarios latifundistas. La era de la gran propiedad  estaba vencida. Ahora bien, a San Martín, se le recuerda. A Huillca, no se le recuerda. No hay una calle ni una plaza que lleve su nombre ni en el Cuzco, ni el nombre de Hugo Blanco. San Martín, general criollo argentino que había luchado con los españoles contra Bonaparte, es natural que les diera el poder a los criollos de clase alta que desde entonces, con raras excepciones, mandan desde hace dos siglos.

¿Por qué este silencio con Saturnino Huillca? Una izquierda que cree tener el monopolio de la verdad calla el nombre de este campesino que hizo lo que ellos no pudieron o no quisieron hacer. Cuestión de clase. ¿Una revolución desde los «ojotas porfiadas» de las que habló, premonitoriamente, Jorge Basadre? El silencio sobre Huillca revela también la falta de conciencia de las clases populares y la complicidad de muchos historiadores e intelectuales. Entraron los indios al mercado, cierto, pero por irrupción. En un país entonces mayoritariamente de agricultores, al recuperar sus brazos y su vida, lo cambiaron todo. Solo entonces acaba el colonizador español¡!

A Huillca en cambio se le conoce en el mundo entero. Un libro que gana el Premio Casa de las Américas en La Habana en 1974, y es traducido a siete lenguas, estuvo dictado por Huillca en quechua. Y el premio, íntegro —3’000 dólares— lo entregó el ganador del concurso al propio Saturnino Huillca. Gesto que rara vez tienen los antropólogos con sus informantes. Hubo una película de Nora de Izcue (Runan Caycu*) que ganó un premio en Alemania. De modo que tarde o temprano, los peruanos atónitos van a descubrir el valor de este hombre que sin disparar una bala removió el Perú desde abajo. Su movimiento que no fue una guerilla, a la vez insurrecto y pacífico, es solo comparable a lo hecho por Gandhi en la India y Mandela en Sudáfrica. Huillca es nuestro Mandela. Y estuvo un tiempo en prisión por su acción e ideas en el presidio amazónico llamado El Sepa. No tantos años como Mandela. Pero igual pagó un precio muy alto. Años de una vida. Pero para la izquierda actual, eso no lo hace de izquierda, al contrario.

Las invasiones de tierras en el Sur del Perú son simultáneas a las tomas de tierras en Lima y otras zonas urbanas. Pero pocos lo reconocen. La rebelión en el valle de la Convención y la ocupación de Comas son los puntos de partida del Perú actual. Es asombroso que este hecho enorme no aparezca ni en las novelas de Vargas Llosa, ni en la estrategia de Sendero.  Y no fue el título legal a la manera de Hernando de Soto lo que cambió al Perú. Es Huillca. Hoy más de dos millones de exsiervos de hacienda propietarios de sus tierras y de su fuerza de trabajo, de Puno a Cajamarca, le deben a los sindicatos cuzqueños su liberación, sus bienes, el hecho de que tengan propiedad y comiencen a salir de la pobreza. Sendero llegó tarde. La revolución sin armas del pueblo andino ya no los necesitaba. La inteligentsia y la clase política tampoco han entendido esta victoria social, que se hizo sin ellos. Y en gran parte contra ellos. Hace dos siglos, Túpac Amaru fracasó. Hace medio siglo, Huillca no. De Puno a Cajamarca, pueblan el Perú los nietos de Huillca. Aunque las desigualdades continúen, este no es más un país de siervos indígenas. Mariátegui tenía razón: «la solución del problema del indio {…} deben ser los propios indios» (Los Siete ensayos, p. 74, edición del 2012). Sin embargo, no vino de un partido sino de un movimiento. ¿Y no es eso, precisamente, lo que prevenía Marx? Los revolucionarios, los de verdad, no son los que se proclaman tales. Como decía Jesús, no se entra al Reino de los Cielos diciendo Señor, Señor, y golpeándose el pecho.

* <http://www.bloghugoneira.com/que-soy/editor/libros-personales/cuzco-tierra-y-muerte>

Haya y la tierra prometida (*)

Written By: Hugo Neira - Mar• 28•14

Hace un tiempo, con ocasión de un concurso, lo consideré como «el peruano más ilustre del siglo veinte». Conviene que ponga en estas primeras líneas, la totalidad de la frase: «Leer ahora a Haya es una tarea de todos. Más allá del acto filial que convoca estas líneas, será un gesto de salud intentar comprender, al margen de la postura electoral de cada quien, qué es lo que realmente quiso y pensó aquel pensador y político lleno de sabiduría personal y decente pobreza que el autor de este ensayo considera, por encima de aldeanas vanidades, el peruano más ilustre del siglo veinte”. (1)

Si hoy vuelvo al tema es para intentar decir algo más. Mucho he dicho del aprismo y de su fundador a lo largo de mi vida, muchas cosas, de las cuales en absoluto me arrepiento. No soy ni he sido aprista, pero nunca entendí participar o reflexionar en política desde el antiaprismo. Ahora bien,  algunos de estos textos míos son conocidos, otros no. Acabo de publicar en Del pensar mestizo, dos ensayos, uno titulado «Y después de Mariátegui, ¿qué? » y otro, un discurso, pronunciado en la casa del pintor Víctor Delfín, al agradecer la premiación del Concurso internacional de ensayo (2), en el que fuera jurado el gran colombiano Germán Arciniegas, ocasión que me permitió pagar un débito: recordar con qué generosidad y bonhomía el mismo Haya de la Torre recibía —habló de los primeros años de los sesenta— al joven díscolo y miembro de la juventud comunista que yo era, en su casa de Chaclacayo, largas tardes de conversación en que revisábamos el mundo y las ideas, sin casi tocar temas políticos. Gesto que no pude nunca olvidar. Conté entonces, y lo vuelvo a repetir ahora que, en la encrucijada de la historia, en el filo de los noventa, cuando se hunde estrepitosamente la Unión Soviética, y yo me hallaba una vez más en Europa —los largos exilios y ausencias que no me deprimieron sino me construyeron— volví a recordar la lección del gran trujillano, sus tempranas definiciones del comunismo ruso como una variante más del capitalismo de Estado, asentada no en alguna legitimidad sino en el terror ideológico. Esto lo vio Haya en su cita en  Bruselas, 1928, y por los años cincuenta.

Para escribir las páginas sobre Haya —última rememoración— para Hacia la tercera mitad, revisé los textos de los grandes herejes del dogma comunista. Es decir, de aquellos que se salieron de la ortodoxia pero no caminaron a la desilusión o al cinismo “del todo mercado”. En Europa, la crítica al comunismo soviético comenzó por un análisis del poder hipnótico de la “ideología” (los que llaman a Marx ideólogo no lo han leído) y que con el tiempo se transformó “en crítica en general de las ideologías y de las ortodoxias” (Castoriadis), y no solo la comunista sino la fascista y la conservadora. En la historia de las ideas, ese es el tramo Raymond Aron, Roger Caillois, Georges Bataille, Michel Leiris, es decir, los años cincuenta.

Un segundo momento de crítica al dogma supuestamente comunista y en realidad soviético (expresión de los nuevos intereses de clase de la burguesía de Estado en el Kremlin) son, para citar lo esencial, la postura de Cornelius Castoriadis y de Claude Lefort, en el grupo “Socialisme et barbarie”. Se alejan del PC francés, de Sartre, de la ortodoxia, tratan de evadirse del universo de doctrinas invariables prefiriendo el examen crítico, la descripción de lo que realmente pasaba en el Este europeo. Siempre he pensado que la biografía intelectual de los mencionados guarda un gran paralelo con el de Haya de la Torre.  Se castigó, en ambos casos y contextos históricos sin embargo distantes, por igual la audacia intelectual, la libertad de pensar por su cuenta, y se les trató en los medios “progresistas” –—¡cómo los autoritarios se asemejan!— con el mismo desdén. El antisovietismo pasó por ser un antisocialismo. Mucho más tarde, Castoriadis precisa su pensamiento: la URSS no solo no es el socialismo sino un gran enfermo. El proletariado no gobierna en Rusia ni en los países comunistas. Un Estado burocrático ha reemplazado la antigua dominación por otra, incluso más cerrada, temible, prohibitiva. Una cultura de izquierda se había hundido en la experiencia del monopolio del poder por unos cuantos, el marxismo había dejado de ser un instrumento crítico para la liberación, empobrecido como ideología, es decir, una versión parcial, interesada, culposa, de la realidad, al punto de falsearla.

Pero gran parte de todo eso, y muy temprano, en la noche de las dictaduras feroces de los treinta y cuarenta del siglo, desde el Perú, lo había dicho y previsto el trujillano Haya, lo que más tarde fue apenas el víslumbre de otros visionarios, esta vez europeos. La crítica desde la izquierda a la versión oficial y dogmática del comunismo. Todo eso, hoy apenas materia de estudio de las ideas en las universidades del mundo industrial, lo expresó tempranamente un peruano, un perseguido, en las márgenes del mundo. Es verdad, además, que no fue para nadie, desde las economías centrales o periféricas, fácil el digerir y aceptar la gran desilusión de una esperanza de liberación que naciera de la lección de Marx a un uso feroz en sus herederos stalinianos, pero en fin, mal que bien, el llamado a ver las cosas como son y no como nos gustaría que fuesen, se impuso en las universidades, las del mundo industrial y no en las de la América Latina. La marcha de las ideas contemporáneas, como se titula el excelente manual de la profesora Jacqueline Russ, mostraba en efecto un proceso, un movimiento. Pero me temo, en el Perú, las ideas no se mueven. Se quedan fijas.

Se ha hecho todo lo posible por ignorar ese inmenso debate intelectual, moral, político, filosófico que cubre el siglo XX por entero. Todo se limita a recordar, muy de vez en cuando, el debate Mariátegui/Haya sobre “la cuestión del partido”. A lo que me refiero es otra cosa. Es la confrontación de los movimientos de izquierda en todo el planeta ante la tentación totalitaria. Cuando Mariátegui vive, Hitler no había llegado al poder, tras un manejo de masas y de la emocionalidad que bien se parece a muchas de las convocatorias contemporáneas que se hallan en nuestro contorno inmediato. Tampoco Stalin había asentado su poder no a favor sino en contra de los herederos de Lenin. Haya sí vio todo eso, sí lo presintió. Los años veinte son una cosa. Los treinta otra. Estamos más cerca de estos. Este tiempo, otro eje de novedades históricas, de cambios inmensos. De cambios en el capitalismo mundial.

Este papel de Haya, ¿se conoce? No sé que decir. Alguna vez conversaba con Alfredo Barrenechea, siempre tan inteligente. Y me decía : «Hugo, el hecho aprista es el gran agujero negro de la intelligentsia peruana. El hecho maldito, el que no pueden reconocer». Sí, por lo general la opinión corriente admite que hay una izquierda, o varias, pero mal y a desgano, conceden. Se admite también que hay derecha, aunque esta nunca se llama de esta manera. Los chilenos y colombianos no se niegan a esta alternativa, ni los españoles —con toda franqueza, hasta con coquetería, admiten que lo son—, si por tal se entiende partidarios más bien de la libertad que de la igualdad, de una idea de la riqueza como producto del esfuerzo individual o empresarial y no necesariamente del contexto social e institucional, partidarios, menos propensos a las ideas de solidaridad social que las de competencia, etc. Bueno, no es como para ir a la guerra civil, pero sí da como para tener y gozar de políticas de Estado diferentes. Razones que deberían abonar las posibilidades de una democracia moderna, con equipos en alternancia en el poder legítimo, con un sistema de pruebas y errores, de mayorías y minorías. Pero no es así por estos lares. No quiero extenderme, pero acaso no lo sea porque parte de la izquierda no ha renunciado al sueño de la gran noche revolucionaria, ahora, alumbrada por el petrodólar chavista. Y la derecha sigue hallando a los otros como el gran estorbo a lo que sería su ideal de gobernanza, un gobierno de técnicos competentes. Un sueño tan útopico como el de sus rivales, de una política sin política. Fujumori fue la encarnación de ese sistema sin partidos, de representación sin pacto social, de democracia eviscerada, lista para el gran banquete de las masas consumidoras y desagregadas en ‘services’, sin sindicatos. Lo tremendo es que la política y las masas volvieron, tras años de despolitización. Iracundas, violentas y amorfas a la vez (la calle peruana a veces recuerda la descripción de H. Arendt de la Alemania de los años 30 que prepara la llegada al poder de Hitler). Con un voto amenazante, no porque venga de los partidos sino porque no viene precisamente de ellos. No viene de la racionalidad política sino del descontento no estructurado para formas representativas.

Y ahí el fenómeno inclasificable del  aprismo. Y de su fundador y jefe espiritual vigente.

Dos singularidades históricas

Voy a proponer, en unas pocas líneas, la explicación de la supervivencia del aprismo, en un esfuerzo de sinceridad y de síntesis que espero sea apreciado. La explicación del aprismo como continuidad y permanencia en la política peruana tras casi medio siglo de vigencia es un fenómeno que obviamente, siendo político, y siendo peruano, es de una enorme complejidad. Pero, con todo ¿por qué permanece? Nació en los años veinte y treinta, en medio de una sociedad en gran parte rural y socialmente con pocos obreros y masivamente analfabeta, con ciudades pequeñas, en un país territorialmente quebrado y poco comunicado. Que se me entienda, la población ocupada en ese Perú de 1931 a 1962 no es más la misma. Ni el sistema de clases, ni la mentalidad. Pero el aprismo permanece y sobrevive a la desaparición física de su fundador. No necesito decir qué pasó en 1980, 1985 y 1990. ¿Cómo se explica esa invariante electoral, el voto aprista, cuando todo, absolutamente todo en el país parece cambiar? Sin embargo, el Perú desde los sesenta hacia adelante, es el país de la gran migración rural, de la aparición de la economía informal hasta nuestros días masiva, dominante, de la transformación de Lima capital criolla en una cosmópolis de verdad chola, mestiza, peruana, con culturas emergentes urbanas. Este país actual se constituye después del gobierno de Velasco que toca los intereses de la oligarquía, pero la lealtad aprista permanece. Tras varios gobiernos civiles —Belaunde, Paniagua, Toledo— y ahí están. De los errores del primer gobierno del doctor Alan García, y lo entienden, le escuchan y le dan la ocasión de enmienda y de esperanza, y lo vuelven a elegir. Después de Sendero que tomó las armas. Después de tantas cosas, sigue de pie esta frase: «Está es el Apra, ¿qué les parece?»

Cómo negar que en el largo tiempo secular republicano, el poder cambió tantas veces de mano y el aprismo, por decir lo menos, no es el mismo en los años revolucionarios de los cuarenta que el de los compromisos de los sesenta, la gobernalidad en los ochenta, o después del paso por el poder de Alberto Fujimori. Ni desapareció lo que los mexicanos llaman “la sociedad peticionaria”, al contrario. Entre tanto, las lecciones de la historia se transformaron en lesiones. En efecto, han sido decenios terribles, se glorificó la violencia en las aulas, y después de los héroes asesinos, los mismos que los encontraron ejemplares optaron por diversas versiones de la propia derrota. Hoy, nuevos demonios tientan a las muchedumbres,  la incertidumbre se ha vuelto tumulto y protesta, la venganza colectiva inventa sus agravios o mira a las fronteras para hallar nuevos tóxicos nacionalistas. Pero, no menos cierto es que cada vez más peruanos piensan que el camino más rápido a la democracia es la educación. Y el aprismo, ¿no nació como un partido-escuela?

La explicación de la interrogación que yo mismo suscito, siendo política, no se halla por completo en los fenómenos de evidente carácter político. Insisto, si el aprismo, obra de Haya de la Torre, es un comportamiento social y una cultura, poco tiene que ver entonces con las grandes variantes de la demografía, la economía y lo que los liberales llaman el rational choice. No estoy diciendo que es un irracionalismo ni una adhesión fanática, qué fácil sería la explicación. Simplemente estoy diciendo algo más sencillo y complejo a la vez. En nuestro país no coinciden, por el momento, el homo politicus y el homo economicus. No estamos en un tranquilo sistema occidental pluralista donde en un espacio social bastante homogéneo se enfrenten ofertas y demandas sociales tras movimientos y partidos bastante similares. El mercado electoral acaso atiende, además de las propuestas lógicas de las elites partidarias, otras cosas. Indecibles. Pareciera que el debate durante las campañas fuera por encontrar el modo de instalar un capitalismo exitoso que no acreciente las diferencias sino las disminuya o acaso las elimine. Pero no creo que nadie gane una elección en el Perú con solo esa agenda.

Las ideologías políticas no se componen, solemos olvidarlo, únicamente de ingredientes políticos. Hay anhelos soterrados, tensiones subterráneas, emociones y razones que no están siempre en las banderolas ni en los programas partidarios, a las que pueden arribar más bien el lado intuitivo de los políticos que los analistas, y de ese perdurable malestar de lo peruano, a veces, suelen estar a la escucha antropólogos, psicólogos, gente con antenas a esas formas de la “institucionalidad de la incertidumbre” que son las expresiones políticas en un país transicional como es el nuestro. La transición es, dicen los historiadores, el período más difícil de la vida de las sociedades, cuando las viejas adhesiones sociales de la tranquila e infeliz vida tradicional son sustituidas por las adhesiones interesadas y a la vez apasionadas de la modernidad política, en sus primeros tramos, siempre conflictiva. Así fue como se quebró la Rusia de los zares, el México de Porfirio Díaz, el Irán del Sha.

Quiero proponerles a continuación algunas paradojas. No es el gran debate sobre la modernización lo que apasiona a las masas peruanas, ellas la viven cada día, bajo el régimen del modo de producción familiar que se ha  inventado la inmensa masa de pobres como recurso. ¿No será, más bien, preocupante las tensiones que esa modernización trae consigo? Así, ¿no será el partido que más tensiones internas tiene, que reúne más gente peruana en su propia heterogeneidad lo que lo hace, por paradoja, el más representativo de los partidos? Y hemos dicho, país transicional. Y a ojos vista ¿país que no ha terminado de construir, no del todo, la nación? Y si esto es una percepción generalizada, ¿no será que el aprismo es el más nacional de los partidos peruanos precisamente porque la nación misma no ha terminado de construirse? ¿No será que Haya de la Torre, no pudiendo llegar a Palacio, levantó en la avenida Alfonso Ugarte, un muñon de nación construida con argamasa de clases distintas y hasta opuestas? ¿No viene a ser el aprismo una suerte de matriz, de proyecto en sí mismo? ¿Un lugar donde no los derechos sociales de igualdad, sino la “distancia” social se reduce, cuando en la masa aprista se encuentran compañeros y compañeras? ¿No será que esa representación del mundo de lo peruano por lo que no es —una sociedad de iguales— se aminora en la práctica de la amistad y la fraternidad entre apristas?  ¿Partido en el cual el peor de los calificativos no es el abandono ni la traición sino ser infraterno?  Y ¿no será el espacio social humano aprista un lugar que desde los días en que Haya lo reúne, reúne a elites y masas, conductores intelectuales y sindicatos proletarios, cosa que nadie supo hacer? ¿No es aquello entonces una conformación de un pueblo aprista que tiene su propia conformación social (como la tienen los peronistas en la Argentina, o los demócratas en los Estados Unidos)  y no viene a ser una construcción de lo político, no reducible a las variables corrientes de la misma ciencia política?

En fin, ¿no es verdad acaso que los triunfos y los fracasos de los movimientos populares —y el aprismo es uno de ellos— no se explican únicamente por el poder unificador de las demandas sociales? Cuando examinaba, en la última contienda electoral presidencial, los programas de Ollanta Humala, Lourdes Flores y Alan García, era de notar que a todos o a casi todos la ciudadanía solicitaba casi las mismas cosas: empleo, educación, salud, seguridad, patriotismo. Quien fuera o no elegido, pareciera que no contara demasiado sino sus políticas, en el sentido que se usa en inglés —policy—, es decir los programas de acción. Las políticas públicas. En La razón populista, Ernesto Laclau explica que el desdeñado populismo no es sino una manera de construir lo político que no se explica tras una reducción sociológica. Me atrevería a decir que entran otros ingredientes, metapolíticos. Una suerte de trascendencia histórica, claro está, vivida más que confesada. La esperanza de tener nación, patria, futuro, y no guerra civil. Ni ocupación extranjera.

Todo lo dicho me permite volver a la significación de Haya, el fundador. No, en efecto, no me contento esta vez en limitarme a situarlo o categorizarlo como el primer ciudadano, porque no creo que la idea misma de ciudadanía, es decir, de igualdad, esté en primera línea de lo imaginario popular. Lo que está en primera línea es la toma de conciencia de sus necesidades primarias, y la prisa social en satisfacerlas.

Haya está en los fundamentos del Perú contemporáneo porque percibió, y no por separado, estas dos finalidades. La nación y la democracia. O mejor dicho, la nación y el trabajo de la democracia, a veces aliados, pero también la posibilidad de ser adversarios. Haya se interesó por el Estado, el pueblo, pero en nombre de una idea de nación en la que excluía a los que tenían modos de producción o ajenos a los intereses colectivos, o fuera del control de las leyes peruanas. Señalar eso le ganó y a sus partidarios, persecución por decenios. En el desarrollo europeo y norteamericano en el siglo XIX, el mercado liberal fue primero un mercado nacional, aquí no, fue al revés. El Estado prepara el espacio del mercado abierto, tras el primer asentamiento de la autoridad presidencial que ocurre en los noventa gracias, puede decirse, al asedio senderista.

Ahora bien, no faltará quien diga: si es eso un nacionalismo prudente, ¿para qué se funda el aprismo como oposición a los otros estados de ánimo de la arena política? Si eso parece evidente, la necesidad de demarcarse, lo es en 1931, ¿por qué en 1945, 1956, 1962?

Un partido, y con más razón un partido-nación, cumple con una de las reglas más secretas y evidentes de la lógica política, «la organización de las separaciones» (Pierre Manent). La primera separación fue ser de izquierda sin por eso comunista. La segunda confiar en la democracia de representantes, de ahí su participación en las elecciones municipales, para diputados y senadores y las presidenciales, sin que por eso la dramaticidad de la vida peruana en sindicatos y masas los dejaran de acompañar. La tercera separación aparece en los años setenta, la aceptación de la instancia política institucional y no insurreccional pero poniéndose al lado de la estabilidad de los notables y patrones, no ser el partido de ellos. La cuarta aparece cuando el paso pragmático de Fujimori, el fervor senderista capaz de llegar al sacrificio y al asesinato del rival, hierven en la misma caldera social peruana. ¿Cómo ser a la vez fervoroso y práctico, representar y enfrentar? El análisis barato ha llamado a ese estilo de moverse en la escena pública «la escopeta de dos cañones». Si hubiesen leído a los clásicos de la filosofía política de todos los tiempos, de Aristóteles a Maquiavelo, de Tocqueville a Sartori, sabrían que ese arte es la política, no una ciencia sino un saber donde nunca la incertidumbre desaparece. Movible e inestable como la sociedad misma y el buen deseo del ciudadano rey.

Un partido así sigue viviendo porque fue fundado por un hombre singular. Los pueblos buscan para construir la nación el Estado moderno, las libertades, la modernidad, un tipo de héroes, los héroes culturales. Es entonces la hora de las grandes fundaciones históricas. El problema es que esta petición de principio es inconmensurable. No se puede pedir que un hombre sea a la vez un gran rebelde al orden o la injusticia establecida, un pensador y un guía colectivo. La vida humana es breve, los talentos dispersos. No se puede ser a la vez profeta y César. Pero es lo que las grandes civilizaciones exigen de esos hombres del destino. Ahora bien, Haya de la Torre reúne esos dispersos talentos y roles sociales. Con las observaciones del caso. Es un luchador social, un rebelde al orden oligárquico, qué duda cabe. También un pensador originalísimo. También un profeta, una vida singular. Pero no llega al poder en vida, lo que lo coloca en una situación de héroe cultural, su inacabamiento lo proyecta, por paradoja, fuera del tiempo presente. Es la historia su dominio, no lo inmediato.

En efecto, lo que lo separa de un Ben Gurion, de un Cárdenas, es en estos el uso legítimo del poder, al que no llegó.  En las Antimemorias, Malraux recuerda sus conversaciones con Nehru. Nada separa la inteligencia del gran primer ministro de la India de lo que pudo decir Haya a sus contertulios, salvo un pequeño detalle, la India vota por su unidad y lleva al heredero de Gandhi al poder legítimo. Los peruanos no estuvieron en la cita de la historia que fueron las elecciones en las que Haya se postulaba. Lo vuelvo a decir, falló el país que no lo eligió. Y otra cosa, Nehru diserta desde una India unida, Haya no hubiese sido otra cosa que un augurio de futuro. ¿Unidad en la América Latina, política y económica? No todavía, ni Lula.

Es inútil enfrentarlo a otros pensadores peruanos y latinoamericanos. Tuvo lo que no hubo en otros, el riesgo de la política (las persecuciones, los exilios) y el amor y la responsabilidad que eso da lo popular a un dirigente. Fue un profeta desarmado. Por eso, nadie pensó más intensamente la realidad que él mismo. Con el apuro y el realismo del combatiente y el futurista. ¿Eso lo hace un maestro para todos? Podría ser, si quisiéramos tener nación, pero de ello no estoy muy convencido que querramos. No creo que un cajamarquino, un arequipeño y un cusqueño sientan que tienen algo en común. Los reúne el azar de la historia. Pero el aprismo sí ha conseguido estados de conciencia nacionales, desde 1931. En los que hubo pueblo y elites. Por último, es la vida misma de Haya lo que lo separa y eleva de toda comparación. ¿Quién le dedica a la política su vida misma, con una pasión de franciscano misionero del siglo XVI? Su familia fue el aprismo, su terruño fue la fratrernidad de su partido. Haya por eso no dejó de ser un observador de la marcha del mundo, un globalizado ante de la moda de lo mismo. Sí, pero no olvida que los que gobiernan, en general las elites, piensan a escala supranacional pero los pueblos no, piensan y sienten localmente.

Por cierto, el gran reproche que siempre se le hizo que no solamente había fundado un partido sino un movimiento, un estado de ánimo. Ese reproche no toma en cuenta qué es la política, las religiones políticas, en los períodos transicionales y en las sociedades apenas reconciliadas consigo mismas, del tipo de la peruana. La inmensa paradoja del aprismo es que para conseguir la unidad tiene que marcar las fronteras con lo que no es aprista. Una autarquía emocional, eso es lo que es y es lo que seguirá siendo, por la fuerza de las cosas.

¿No ha dicho Hegel que el gran drama de los tiempos modernos es el del reconocimiento mutuo?  Sin duda podemos aspirar a que, algún día, los peruanos sean realmente ciudadanos, es decir, no digo que vayan solamente a votar, digo que lleguen a ser eso que señaló Tocqueville para la democracia en América en los años 30 del siglo XIX: una forma de vida corriente, la democracia como gesto cotidiano y costumbre, y no solo instituciones. La paradoja es que el reconocimiento recíproco habrá comenzado cuando se funda el aprismo, es decir, una manera de que los peruanos, al menos adentro de su partido, se sientan iguales. Haya crea ese movimiento paradójico que para producir la democratización tenga que ser él mismo distinto.

Hasta que los lazos y la virtud aprista que es por naturaleza misma el instinto republicano deje de ser la costumbre de uno grupo de ciudadanos, aprista, sino la forma corriente de estimarse entre ciudadanos. En ese momento, Haya habrá llegado al final de su viaje. A la tierra prometida que solo atisbó desde lo alto de la Presidencia de la Constituyente. A un país de iguales, que todavía no somos.

(*) Texto inédito (2009)

(1) Neira, Hugo, «Después del Muro de Berlín. Actualidad de Haya de la Torre». En,  Vida y obra de Víctor Rául Haya de la Torre, ediciones Cambio y Desarrollo, Lima, julio 1997 (pp. 11-73)

(2) Discurso al recibir el 1° Premio Concurso Internacional de Ensayo Centenario de Víctor Raúl Haya de la Torre, 19.09.1996