Semiótica para un tiempo difícil

Written By: Hugo Neira - Sep• 22•13

Semiótica para un tiempo difícil

Por lo general, quien escribe, asume que es observador singular, sujeto cognitivo. Cognición proviene de gnarus, «el que conoce algo específico». Pero aquí hay error desde el punto de partida. Por saber, lo que se llama saber, yo no sé nada de lo que viene. ¿Quién conoce el futuro? Salvo intuir que lo inmediato parece sórdido, vasto, penumbroso. Por otra parte, no sé qué hago en una revista de jóvenes. Porque  se supone que ella porta, por ser de jóvenes, el futuro, los días venideros, en suma, el optimismo. No es mi caso. Tampoco porto el pesimismo. He sido y sigo siendo un probabilista. Puede que ciertas cosas ocurran, puede que no. Detrás de esa actitud se oculta una lectura personal de la historia y de la vida. Claro está, algo de esperanza debe haber en mi espíritu. La prueba: estas líneas, en esta revista. En esta aventura. Más allá de filosofías, el mundo es lo que es. Y lo real es lo real, aunque no nos guste. Ante las cosas que ocurren en estos días solo me queda decir que son signos malos, muy malos, de lo peor.

Mientras se preparaba la salida de esta revista, casi ocurre un golpe de Estado legal. Los preparativos de una toma del poder sin tanques. Me refiero, obviamente, a los preparativos para copar el Tribunal Constitucional. Era el camino legal pero ilegítimo para, un poco más tarde,  cambiar las reglas de juego. En particular la de quien pueda ser, o no, candidato presidencial.  Sin embargo, la maniobra fue hecha de la peor manera, y resultó una chambonada, de risa y de pena. Ahora bien, como decía mi abuelita que era dicharachera, «no hay mal que por bien no venga». Es cierto, «la repartija» ha tenido un lado positivo. Por una parte, ha despertado una ola de repudio en la sociedad civil. Una rara unanimidad, mezcla de temor e indignación. Y por la otra, una esfera del poder se ha sentido maltratada y agraviada. Hasta la propia bancada oficialista. Es la clase política en su integridad la que resulta amenazada si Palacio lo controla todo.

Pero los idus de marzo no han pasado. En estos días, en la proximidad de que saliera esta revista, les ha vuelto a fracasar otro manotazo. Se intentó adquirir el diario Correo de parte de otro diario que, en los noventa, fue ejemplar en su lucha contra la autocracia personalista de Fujimori y ahora es el Pravda del régimen, y menos mal que las acciones las adquiere el diario El Comercio. Alguien ha escrito que ese fue un día de duelo para la democracia peruana. No veo por qué, es todo lo contrario. Se salvó el pluralismo y los dineros que al parecer por Banco extranjero interpuesto venían de Correa, se quedaron con los crespos hechos. Y ya van dos. ¿Cuántos de otros siniestros intentos de romper la pluralidad política del país y sus instituciones se intentarán en los próximos años? Cualquier cosa menos querer medirse con otras fuerzas políticas en el espacio incierto de las urnas. Eso pasa cuando los que llegan no tienen el talante democrático que el país necesita, y con más razón, habitando en el Caserón de la Plaza de Armas. ¡Qué ganas de imitar el mal de algunos países vecinos, fuera del mapa del progreso y de la lógica de la democracia que consiste en aceptar que todo gobierno es «pro témpore», es decir, está limitado en el tiempo! Esa es la regla republicana. Y ay de quien la falte. La cólera del pobre, decía Vallejo, «tiene un aceite para dos vinagres».

 

Mientras se lanzaba la revista ha aparecido, curiosamente y a tiempo, un debate sobre las nuevas clases medias. Es muy interesante desde todo ángulo político como social. Pero, a falta de tiempo, anticiparé un par de cosas. Es cierto que más de 3 millones de peruanos han dejado de ser pobres. Y aparte que les duele a muchos reconocer que eso es la consecuencia del maldito sistema reimplantado desde los noventa —una economía abierta— no hay duda que hay que reconocer el mérito de esa economía de sensatez que acude a lo que acuden todas las del mundo sensato, es decir a las inversiones externas y sin duda, en el caso del Perú, a una clase de empresarios privados de origen popular, fenómeno que vaticinó el liberal Hernando de Soto. Y que es real. Pero eso no quiere decir que sean ni una clase (son muy distintos entre sí) y menos que sean ya ‘clase media’. La clasificación de las clases es el tema más arduo y delicado de toda sociedad contemporánea por su complejidad. En realidad, son no pobres. Y que sean ‘medios’ dependerá si adquieren dos cosas, una conciencia de sí (K. Marx) y un capital simbólico (Pierre Bourdieu), y eso depende de la educación. Que como sabemos, ha retrocedido.

Entre tanto, nos asombra y preocupa la ligereza con que se toma este tema. Porque esa capa reciente de no pobres está ahora francamente amenazada por el posible retroceso del ingreso, dado que se nos viene encima la crisis. Cuidado, las grandes revueltas se hacen en el mundo que vivimos por los que forman esas nuevas capas sociales, por ejemplo los «indignados», que son pelotones de gente culta o empoderada con el negocio propio, pero que igual unos no consiguen empleos propios a sus estudios y otros, progresan gracias a créditos, que pueden encarecerse. En otras palabras, vienen tiempos nublados. El actual gobierno puede pagar muy caro el inmovilismo económico de estos dos primeros años y lamentar no haberse inclinado por dejar que fluyera al país la enorme masa de inversiones, las cuales ya se han ido a otros países, con economías más ágiles y oportunistas que aquella que se ha instalado, después de veinte años, en el Caserón vetusto de Palacio de Gobierno. Esa era la gran transformación, pero les pasó por delante de las narices. No se deshicieron, a tiempo, de mitos y quimeras.

Cuando salga esta revista estaré de viaje. Voy para volver, cosas mías. Pero ¿qué puede decirles un viejo zorro sobre el problema presente? Un consejo hasta de un conejo. Los siguientes:

1. No examinen la situación presente recurriendo a ejemplos pasados. Es costumbre natural del ser humano pero pésima en ciencias sociales y políticas. Cada coyuntura es singular. Atrévanse ustedes a enfrentar lo real que siempre es distinto y difícil de comprender. No retrotraigan. Un buen análisis no funciona así. Miren de frente a lo que se viene. No le pongan las máscaras de carnavales anteriores. A cada tiempo, su trampa.

2. No se dejen llevar por ese  hábito tan peruano de confiar que siempre nos espera lo mejor. Eso ya no es optimismo sino ingenuidad. No sean crédulos.

 

3. Es hora que se abandone la mala costumbre de confundir la crítica a las cosas peruanas con traición a la patria. La crítica no es el desamor. ¿Quién les ha dicho eso? Todo esto pasa por confundir el amor a la patria con el amor a la familia y en particular a la madre. Pero en unas páginas de Cardoza y Aragón, escritor magnífico, poeta y revolucionario, hallé en una lectura de juventud una lección que no pude olvidar. Cuenta cómo entra con un fusil en la mano, regresa a su país, tan indio o más que el nuestro, y antes de ir a echar a tiros al tirano, en una rara revolución prodemocracia que triunfara, pide a sus compañeros de armas un permiso de una noche para ir a su aldea nativa. Ahí, Cardoza le da un abrazo a su madre y luego parte a la guerra. «Si no hubiese hecho esto», dice en su libro, «el fusil desde la frontera en las manos y el abrazo de adiós a mi madre, habría dejado de hacer lo más hermoso de mi vida» (Guatemala. Las líneas de su mano, FCE).  Se puede amar a los padres, a los amigos, y discrepar a fondo con el estado social de un país aunque sea aquel donde naciste.

Publicado en la revista Punto de Encuentro, n° 1, del  25 de setiembre de 2013

El otro Maquiavelo. Republicano

Written By: Hugo Neira - Sep• 05•13

De Maquiavelo, todos conocemos El Príncipe. O por el rumor, pues se trata del  autor de los Tiempos Modernos el más conocido. O por su lectura de esa obra (tuvo otras) que es corta y fácil de recorrer. Pero muchos hablan en especial de ese libro y sus ideas sin haberlo leído. No, Maquiavelo no fue  maquiavélico. Ni una mala persona. Se conoce, al pormenor, su vida familiar. Tuvo cuatro hijos y una hija,  no hay señales de que fuera un canalla. Aunque insistía cuando llega su hora de morir, que preferiría irse al infierno para seguir platicando con sus buenos amigos humanistas (Strozzi, Buodelmonti) el fraile Matteo le hizo los responsos y lo enterró en la iglesia de la Santa Croce. Ni tampoco El Príncipe es un manual para tiranos o mafiosos.  La ignorancia es insolente, sobre todo en nuestro país donde la flojera para leer es proverbial.  Suelen mencionarlo sin conocer sus obras ni por el forro.

Entenderlo no es tan sencillo. En mis cursos explico a Maquiavelo  después de Aristóteles y antes de otros grandes filósofos de la política. E insisto que con este hombre del Renacimiento se crea la autonomía de la política. Maquiavelo la seculariza (la idea es del profesor Nay). La actividad de la ciudad —en su caso, la ciudad autónoma de Florencia—, la práctica de la vida política es gobernada por leyes distintas a otras actividades y distinta a la moral convencional. No se trata de una prédica de inmoralidad. Con Maquiavelo, con El Príncipe, aparece el principio del realismo. No pretendió cambiar al hombre, “el hombre nuevo” que proponen hoy los partidarios de utopías totalitarias, ni dar lecciones de moral, eso lo habían hecho vanamente, durante mil años medievales, los curas. Inútilmente. Toda sociedad es un campo de fuerzas encontradas. Y en todo ser humano arde la vanidad y la envidia. Y el problema del poder no es anularlo, o someterse. Es conseguir que los hombres, que “sin él se despedazan”, lleguen, Príncipes o pueblo, “al bien común”. Este concepto está en Maquiavelo. Sin él no hay ni Rousseau, ni Tocqueville ni Hannah Arendt. Ni las modernas ciencias sociales. Cinco siglos atrás, nos puso en camino de lo que nosotros los sociólogos llamamos “la lógica de lo social”. Y no lo inspira el mercado sino la necesidad. Como se dice, hay cosas en la vida que no tienen precio.

Pero la terrible lección de Maquiavelo consiste en decirnos cómo son los hombres. «En la generalidad de los casos, se puede decir que son ingratos, volubles, hipócritas, cobardes en el peligro, y codiciosos» (Cap. XVII, El Príncipe). La cuestión que pese a ello se plantea el funcionario de la Segunda Cancillería de Florencia (el primero era el condotiero o jefe político-militar, Soderini) es si merecen ser esclavos. Y la respuesta es que no. Maquiavelo era un republicano. Cuando lo nombra Soderini, tiene 29 años y las ideas muy claras.

Hay que razonar entonces, sobre cuál es la mejor política para que la República de Florencia sobreviva en la fragmentada Italia de entonces. Y es lo que hace. Pero al hacerlo, los Príncipes dejan entonces de acudir a los clérigos. Y eso es lo que la Iglesia no le perdonó nunca.  Así,  a medias buenos y a medias malos (que es lo que somos), los hombres tienen que aprender a obedecer, y los que mandan a admitir el sacrificio que implica la responsabilidad del detentar el poder. No es poco. El gran liberal que es Isaiah Berlin explica, en un texto magistral, la contradicción irresoluble que existe entre la doctrina cristiana y el buen gobierno de la ciudad-estado. Si el Príncipe no espía a sus rivales, no usa la malicia y las armas para defenderse —entre otras perversidades—, puede que sea un buen cristiano pero a la vez un mal servidor de la cosa pública. Un cristiano perfecto hace un monje, pero no un guerrero y menos un político. Maquiavelo en otro pasaje de su célebre opúsculo, usa la metáfora del zorro y el león. Es decir los paradigmas de la astucia y el coraje. Lo que está diciendo es que no se puede ser ingenuo en política. Es riesgo mayor a la cabeza de un reino un hombre iluso o irrealista. O lo que es todavía peor, un indeciso.  Maquiavelo extrae el tema del poder de las ilusiones de la teología medieval. Pero al inventor de la secularización de la política,  los jesuitas se encargaron de combatirlo durante siglos. Prohibieron su lectura, aunque lo leían a hurtadillas. Los maquiavélicos eran ellos.

Maquiavelo introduce el sentido común en el arte que es la política. Un sentido realista que nunca está demás en esos menesteres. Es cierto que lo inspira tiempos suyos de hierro, la guerra misma, sobre la cual publicó un Tratado. (También escribió piezas de teatro.) De ahí sus lecciones de estrategia y táctica, un desplazamiento del arte militar al arte de administrar la ciudad. Pero hizo más. Diseña un campo estricto de lo que es político y lo que no lo es. Comenzó por apartar la religión, un asunto de urgencia en su momento. Tuvo prudencia ante los abusos del clericalismo, enormemente fuerte en su tiempo. Tiempo de los Papas que tenían hijos y ejércitos y territorios  propios. Roma no era lo que es hoy, el Vaticano.  Maquiavelo pensaba, sin embargo, que la divina providencia introducía factores inesperados y a eso le llamó, como los antiguos romanos, “la fortuna”. Hoy le llamamos el azar. Una guerra por ejemplo, una crisis económica. Todo lo que tiene el mundo político y social y económico de imprevisible, incluyendo catástrofes de centrales atómicas y plagas.

Ahora bien, si esto es cierto, la política no puede ser una ciencia exacta. Como comenzaba a serlo en su tiempo, la astronomía. Maquiavelo inventa un saber político sobre lo imprevisible, lo indeterminado. Ningún Estado puede descartar los elementos azarosos.  Eso es lo que recomendaba el prudente Maquiavelo, no desatender la posibilidad del azar. No era como algunos lo suponen, un intrigante, un cortesano, sino un previsor, un observador realista. Según Slieldon Wolin, uno de los grandes estudiosos del maquiavelismo en tanto que ciencia política, el florentino había desarrollado lo que se puede llamar  «una economía de la violencia». O sea,  «una ciencia de la aplicación controlada de la fuerza». Entonces, podríamos imaginarlo —de vivir en nuestros días— de consejero del presidente Obama, preocupándose por las  consecuencias en el tema de Siria. Tanto de intervenir como dejar de hacerlo.  Maquiavelo no se enredaría en la doctrina sino en la ética de la responsabilidad, como la ha llamado en nuestros días el filósofo Jonas. La cuestión capital no está en discutir únicamente sobre los principios, sean de intervención en otro Estado soberano o de no intervención. En uno y otro se puede tardar eternidades, hay argumentos interminables sobre cada doctrina. Ambas respetables, pacifistas e intervencionistas. La cuestión se zanja por otra cuestión. ¿Qué consecuencias? Tanto de hacer como de no hacer. Esa cuestión envuelve ética y política en una suerte de inevitable incertidumbre.

Maquiavelo, en suma, explica la política como la más necesaria de las actividades y, a la vez, como una actividad de lo más difícil. Hágase lo que se haga, siempre será materia de discusión. Y de eso se ocupa la historia. Todavía los franceses discuten si era conveniente apoyar a Bonaparte o no, los americanos sobre su guerra de Secesión y si Lincoln no fue inoportuno con su propuesta de ley sobre el fin de la esclavitud, o de Roosevelt —según dice— dejar pasar la información militar de una nube de aviones japoneses volando en dirección a Pearl Harbor. Nosotros discutiremos hasta la saciedad sobre el error del presidente Pardo de firmar un tratado secreto con Bolivia en caso de guerra, o de dejar de comprar las fragatas que se preparaban en Inglaterra. Así es la historia, la vida, la política: un mundo de decisiones y de no decisiones. Conga va o no va. Y a llorar al río.

Volviendo a Maquiavelo, a su idea de la política como un campo inevitable de conflictividad, enrumbé mi ponencia en el Instituto de Gestión Pública. (*) Hubo, pues, una mesa estupenda y en ella acompañé a Carlos Meléndez, Alan García y Ricardo Vásquez, hay grabación y acaso un día, se la transforme en un documento de uso académico. No puedo opinar que fuera muy buena mesa de debate por precisamente formar parte de la misma, pero esa es la impresión que dejó. Fue, por lo demás,  debate organizado por los propios alumnos, bajo la batuta convincente de Ursula  Aliaga. Y por mi parte,   me limité a escuchar y luego comparar los dos grandes libros de Maquiavelo. Es decir, El Príncipe y el Discurso sobre las décadas de Tito Livio. Menos conocido este último, y sostuve que me parece extremadamente importante. Si en el primero se dirige al Gobernante, a Soderini, su amigo, Gonfalonero de la Señoría de Florencia, en el segundo, escrito como el otro entre 1513 y 1516, se dedica a pensar lo político en los pueblos, las repúblicas, y el concepto de multitud. Un anuncio sobre este cambio temático se halla, sin embargo, en mi libro ¿Qué es República?, «Maquiavelo republicano», p. 77 y ss. En él digo: «Esta obra, concebida como un comentario minucioso de Tito Livio, es mucho más densa que El Príncipe, y se divide en tres grandes partes llamados libros. (…) Ambos textos comenzaron a ser escritos en 1513 y estaban terminados en 1520. (…) Según los eruditos, la composición de El Príncipe interrumpió por un tiempo la de los Discursos (…)». Lo que sí publica en vida Maquiavelo «es otra obra, El arte de la Guerra (Dell’arte della Guerra), publicada en 1521.» Aconsejo que se revise ese texto mío, trata también de cómo era la Florencia de magnates, trata del popolo grosso, trata del aire de libertad. Del tiempo y la circunstancia de Maquiavelo.

Pero he continuado revisando a Maquiavelo y  traigo novedades. Sostengo que el gran libro republicano es el Discurso. Así, un pensador en el exilio y  ese texto en particular atraviesa los siglos porque es subversivo:  propone  construir repúblicas. Siempre me intrigó por qué Maquiavelo fue adorado por los revolucionarios jacobinos franceses. Está claro, no por ser el consejero del Príncipe sino de los pueblos.

Los resultados de mis indagaciones no se hallan en texto alguno. Por el momento, son personales. En el ensayo que preparo va a surgir la figura de Soderini. Y la sombra de una amistad entre el guerrero y el pensador.  Y de esto, casi no se ha hablado. Me sirvo para ello de otros textos de Maquiavelo. Y a la manera de mi maestro Raúl Porras, cuando se planteó el enigma de los años enigmáticos en la biografía de Garcilaso. Porras halla las huellas de la vida del joven Garcilaso en una ciudad sevillana llamada Montilla. Me he preguntado, pues, por dónde fue el errante Maquiavelo. Estoy tras una hipótesis, el momento y lugar en que estos dos hombres extraordinarios, ambos desterrados, Soderini y Maquiavelo, se vuelven a encontrar. Cuando confirme esa hipótesis de trabajo con alguna prueba, la daré a conocer. Un poco de paciencia.

En lo inmediato, y para esa exposición y ponencia, recomendé a mis alumnos y amigos, que tomaran notas. Los estudios cognitivos, en los Estados Unidos, muestran que hay un nexo entre la mano y el cerebro. Si no toman notas, no se acordarán de lo escuchado. Manejar la oralidad, llegar a la elocuencia, es estupendo, pero bueno es aprender también las artes de la exposición escrita. Algo que   nuestra especie ha llevado a cabo, hace 14 mil años,  al descubrir el homo sapiens la escritura. El PowerPoint es el actual opio del pueblo. Las elites se forman tras el arte casi olvidado de saber resumir las ideas que alguien expone. El quehacer intelectual tiene sus recursos, por lo general sencillos. Anotar, indagar, cuestionar, así se forman las  elites que cambian la sociedad y hacen la historia.

(*) Acto académico del 23 de agosto 2013, Instituto de Gobierno y Gestión Pública 

Nota melancólica. El Twitter y Manuel Scorza

Written By: Hugo Neira - Ago• 25•13

Acabo de volver del extranjero. Me voy por temporadas para escribir. En el curso de los últimos días de julio y hasta el veinte de agosto, acabo de concluir otro de mis libros. Es uno corto, de ensayo. Sorprenderá acaso, es un tema entre filosófico y literario, nada que ver con la coyuntura. Lo acabé, mientras espero salga de las imprentas uno mucho más extenso —¿Qué es nación?— de cerca 400 páginas. Y aunque es rigurosamente universitario, no impide incidir, dado el tema, en nuestra construcción fatigada de la nación peruana.

Ahora bien, a mi regreso, en estos días me han sorprendido tres cosas inmediatas. Déjenme, pues, que se los diga. La primera es la manera cómo los políticos (oposición o gobierno) hacen política. No critico, no soy político, entiendo que usen los medios actuales de comunicación,  pero observo y reflexiono. Hoy domingo 25 de agosto en el diario El Comercio, hay un artículo de Juan Paredes en su columna titulado «El autismo en terapia» y que acompaña una caricatura en la que se ve a unos y otros políticos twitteando. El asunto no es que lo usen los hombres públicos, sino, que al extenderse como una moda (¿realmente una necesidad?) entonces, la gente que es la materia de la vida pública, deja simplemente de tenerla. Se atomiza en personas que delante de amigos o familiares, se comunican, tan tranquilos, no con los que están sino con los que no están. Y al parecer, cuentan más para el interesado.

La segunda es que en estos días he tenido la ocasión de observar este hecho, que puede parecer trivial y me parece que no lo es. He visto repetidas veces gente reunida, cada quien  metido en su Twitter. Incluso uno de mis amigos, no sacó los ojos del Twitter mientras me decía «Hola, cómo estás, ya hablamos». Y eso que nos conocemos hace años y es una persona educada… ¿Pero ya no hay vida relacional sino el Twitter? Y lo que es peor, no he visto un uso tan asocial del Twitter en otras capitales del sur de la América Latina.

La tercera,  esta mañana, el mismo diario El Comercio, recuerda, atinadamente, que se cumplen los treinta años en que todos hemos perdido a Manuel Scorza al estrellarse el avión en el que iba a una reunión de pensadores y escritores. Decidí entonces reenviar un artículo mío publicado en 1984, poco después de la tragedia, por el diario Le Monde Diplomatique, a pedido de Claude Julien, entonces su director y gran amigo mío y de Manuel.

Hay un lazo entre estos tres hechos. Con Scorza conversábamos. Como con Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa. Eran los tiempos en que no había Twitter, gracias al cielo. Hoy tengo la impresión que en el Perú no dialogan ni los políticos con los políticos, ni los amigos con los amigos y nos hemos vuelto una extraña sociedad no civil.

MANUEL SCORZA. Biografía ordenada de un mago (*)

Decir Scorza es, para nosotros, evocar muchas cosas. Sin duda, el célebre novelista y la saga campesina que tiene el éxito que sabemos. Tal vez al humanista “impetuoso y desencantado” que algunos han visto en él”. 1 Más secreta, más íntimamente, es también musitar algo sobre un momento de la poesía en el Perú, no sólo de la política sino de la amorosa. Es recordar los años sesenta limeños y a cierto joven y original editor que hizo leer a millares de sus compatriotas. Es dar cuenta de un apasionado político a veces ligado a grandes corrientes populares de su país, como el aprismo y recientemente a un frente izquierdista de obreros y campesinos, 2 y en otras, como francotirador. ¿Cuál Scorza? ¿El de la noche parisina, que recorrió a veces insomne? ¿O el de las prolongadas travesías por el Perú, de donde retornaba sólo para reconstruir la imagen de un país sin tiempo? ¿Cuál Manuel? ¿El de los viajes y los congresos, el brillante que la muerte calló de un manotazo? ¿El solitario? ¿O el profuso: poeta, político, “manager” y novelista?

Cierto, tras Scorza hubo siempre varias actividades, un cortejo de ellas, en duelo desde la noche de Madrid. ¿Cómo preferir una sobre las otras, sin traicionarlo? Será mejor enumerarlas, y ordenar la biografía de ese mago perulero, que pasó de una a otras con una facilidad envidiable. Y no por azar, cuando trazo esta melancólica nota se me viene a la memoria, por eso de la variedad de talentos, una vieja página de Popul Vuh, el libro sagrado de los antiguos indios quichés “eran adivinos, todas las artes les fueron enseñadas, eran cantores y tiradores de cerbatana, flautistas y joyeros…” (II Parte, Cap. I).

El primer Scorza es, pues, un adolescente, poeta y revolucionario. Proviniendo de un país de la América Latina, ello parece normal, casi banal. Se olvida de la apuesta personal y el riesgo. Un adolescente de los años cincuenta ¿en qué espacio político podía colocar su personal revuelto? El castrismo no había todavía nacido. En cuanto a los comunistas locales, eran stalinianos en las formas y conformistas en los hechos. Así, Scorza se hará Aprista: fue ésa la gran pasión del Perú contemporáneo. Un signo que unía indigenismo y antiimperialismo. El partido que fundara Haya de la Torre, entonces también encarnaba un movimiento literario, de reivindicación de la especificidad histórica americana, naroidas andinos, opuestos a una oligarquía blanca. El aprismo político de Scorza, coincide con su poética, situada entre la plegaria y la invocación panfletaria. Mirad las antologías, está al lado de Julio Garrido Malaver, Guillermo Carnero Checa, Gustavo Valcárcel, “los poetas del pueblo”. Es el tiempo de “Canto a los mineros de Bolivia”. De “Epístola a los poetas que vendrán”. De Las Imprecaciones 1954. Este Scorza aprista y poeta es, también, el del exilio. En una nota autobiográfica, escrita antes de su muerte y publicada recientemente por el diario madrileño El País, habla de este episodio. 3

Con humor feroz, esta vez ejercido sobre sí mismo, observa que su deportación a México por la dictadura de Odría fue una obra al azar: publicaba un poema amoroso en la edición el diario aprista La Tribuna, el día mismo en que ese partido era puesto fuera del orden legal. El exilio de México, es el tiempo del pan duro y amargo, y de la tristeza de ver encallar su partido en las tibiezas socialdemócratas. En efecto, al salir de la Embajada de Colombia en Lima, donde había permanecido acosado y recluido cinco años Haya de la Torre, hará unas declaraciones a la revista norteamericana Life, que los apristas en el exilio hallarán escandalosas. El aprismo ya no era lo que fue. Las células de deportados gruñen y Scorza estalla. Su carta de renuncia revela en el poeta del pueblo, un polemista. Tiene sal desde el título Good by mister Haya, Scorza se va del Apra tirando la puerta. Militancia, poesía y poesía amorosa. En México ha ganado algunos premios. A Las Imprecaciones, sigue Los Adioses, 1988, y Los desengaños del Mago, 1961. Desilusión de la realidad y del amor mismo, la palabra del poeta conjura el mal del mundo. Pero hay un valor, un hallazgo, la amistad: Réquiem por un gentilhombre, 1962.

Pocos críticos conocen el origen, la anécdota de este poemario. Una madrugada limeña, amanece víctima de una pateadura, Fernando Quispe Asín, bohemio, pintor de Scorza. Alguien lo habia atacado, fatigado por la insolencia del bohemio, un tanto tomada de los bares de Montparnasse y mal aclimatados a los cafés de chinos sin piedad de los barrios malevos de Lima. Así concluye ese Príncipe en harapos. El crimen quedó impune.¿Quién cantará al marginal, al maldito, en la pacata Lima? Sólo el poeta de la distancia y el retorno, Manuel Scorza.

Hay pues un Scorza del retorno al Perú. Años sesenta, se lo conoce como exaprista, y poeta sentimental e iracundo. Pero él va a revelarnos otro talento. En el país, hay un viento de prosperidad. Coyuntura internacional, guerra de Corea, donde tiende a beneficiar a países mineros como el Perú. La dictadura de Odría ha quedado atrás. Gobierna un oligarca civil, pero hay una posible presión popular, que en los años siguientes se hará todavía más acentuada, hacia la libertad, la ciencia y la cultura. Scorza propone un esquema nuevo de edición y distribución de libros. La venta directa en kioscos públicos, evitando intermediarios que encarecen el producto. Y con un capital tomado de socios y amigos, funda una empresa original, “Populibros”. Y este es otro de los milagros de mago. Como más tarde sus novelas. Pues la gente hará cola en las plazas y calles de lima para comprar libros. Colas de millares, en

una capital que no era la culta Buenos Aires ni Santiago de Chile. Tras el fenómeno, una campaña publicitaria formidable. Y tras ella su promotor, Manuel Scorza. “Populibros” fue un éxito. Y el exiliado, el poeta, se reconvierte al ‘empresarismo’ cultural. Talentos renacentistas.

Va a nacer todavía, otro Scorza. Quizá el definitivo. El Scorza investigador, vuelto hacia los hechos sociales y su expresión narrativa. En efecto, los ojos de los peruanos y de la intelligentsia, se tornan, entonces, hacia la sierra andina. Algo nuevo ocurre. Los campesinos andinos se revuelven. Ya no es más la jacquerie india, tradicional, violenta y ciega. En los Andes del Sur, forman ligas agrarias, tras Hugo Blanco, en la Sierra del Centro más mestiza, se enfrentan a una compañía minera norteamericana, La Cerro de Pasco, desplegando una asombrosa coordinación inter-comunidades. En ambos casos, los campesinos invaden, en ambos, los dirigen sus propias “elites” locales, mestizas o indias. Lo nuevo es la autorganización y la autoconciencia.

Scorza sube a al Sierra Central. Observará y participará. De lo primero, dan cuenta las cintas magnetofónicas, con las que desembarcará un día en París. De lo otro, el trazo autobiográfico en Redoble por Rancas, 1970; y en Garabombo el invisible, 1972. Y también el intento de fundar un “Partido comunal”, es decir, un partido de comunidades campesinas, que no prosperará en el Perú de los años sesenta. Quedará, no obstante, su relación personal con los protagonistas con el “nictálope”, Chacón. Con Garabombo, que se llama en su vida terrestre, Fermín Espinoza. Con Genaro Ledesma, que en la ficción y en la realidad se llama Genaro Ledesma, abogado laboralista. Y en las comunidades de Uchumarca, Rancas, Chiche y Pacoyán, a las que Scorza volverá una y otra vez a visitar.

El mago hará nacer en París el ciclo de novelas que traducen Grasset o Belfond. Scorza será por definición el novelista de las luchas campesinas en el Perú. Pero después de Redoble por Rancas, la imaginación y la fantasía ganan terreno en El Jinete Insomne, El canto de Agapito Robles y La tumba del relámpago. La crítica literaria aplaudirá esa combinación de invención y de verdad de saga campesina e imaginación. Se diría, sin embargo, que es el humor corrosivo y sin límites, el que se va acentuando, en su novelística. El poder sobre la metáfora sobre la inicial voluntad documental. Los últimos días de Scorza son eso. “Véritable découverte de l’Europe”, un campesino llega a la convicción, anclado en una aldea andina, de este par de cosas: no todo lo que dicen los diarios es mentira y, además, es probable que Europa exista. La historia es el relato de los preparativos de ese viaje. La historia de Colón, al revés. La antihistoria, la picaresca.

¿Qué nos pregunta Manuel? Tal vez menos la narración indigenista y más el ingreso, por el lado de la sátira, al universo mental de lo mestizo y lo criollo. Hubiera sido una empresa saludable. Hay mucho de ello ya en las cartas del niño Remigio. Hay, pues, un Scorza final, entre la narrativa y los viajes. Pero el más audaz de ellos no pertenece a este mundo, sino al de la ficción y la imaginación. La novelística de Scorza, es preciso decirlo aún en esta rápida nota biográfica, no es sólo testimonial. Es una vasta metáfora. Tras el novelista, está el poeta. Sus indios, mágicos y míticos, son indios literarios. Y sólo se lo debe leer en segundo grado. Las comunidades en las que se ancla su información son en realidad más mestizas que “indias” y más realistas que mágicas. En otras palabras, las novelas de Scorza valen no tanto porque son indigenistas, sino porque las escribió Manuel Scorza. Es decir, un peruano, extremadamente hombre ya de varias orillas culturales. Yo no puedo suplantar al amigo desaparecido, pero puedo razonar qué es lo que Scorza intenta, tan mal comprometido con sus críticos y se trata de dotar a esa vasta y real rebelión andina de una mitología. Está más cerca de la narrativa, de las epopeyas clásicas, como el Mahabharata hindú y La Iliada, el Orlando Furioso, y hasta el esperpento de Valle Inclán (que conocía y frecuentaba) que del indigenismo clásico de un Ciro Alegría o un Arguedas. No creo muy fundado que escribiera de los campesinos porque del lado materno provenía de éstos. Scorza es limeño. Y escribe su saga, para darnos a los no indios ese suplemento del alma, de pureza y densidad histórica que sin ellos, no tenemos. Ni más ni menos.

Hay pues, ese Scorza casi secreto. Casi: quedan sus entrevistas, sus ensayos, sus artículos periodísticos. Cuando se quiera conocer las calidades no de un indigenismo primario sino de la intelligentsia latinoamericana, habrá que acudir a sus testimonios, a Scorza por ejemplo. ¡Qué lucidez, qué inteligencia de lo que nos acompañaba! Algunas de sus características personales, que echaremos para siempre de menos sus amigos —versatilidad, curiosidad universal, prontitud del juicio—  son  representativas de una capa social, inquieta y alerta, de donde emergen escritores y políticos, los grandes rebeldes del continente. Esa intelligentsia latinoamericana, tan próxima a la rusa del XIX, tan sólo por su juego de distancias y acercamientos con la cultura europea, y por la búsqueda de identidad, de libertad y justicia social que la signa.

Es a ese prestidigitador al que ahora evoco. Al hombre amable, que no interrumpió nunca ni el encuentro ni la palabra. 4 Hace tan poco, en setiembre, cuando Héctor Béjar pasaba unos días en París, Manuel por azar llamó por teléfono; y, a medianoche, atravesó París para vernos un momento. Fue, entonces, como siempre, la fiesta verbal. Hasta las luces del alba. Eso era Scorza. Poderosa mente. Alguien con quien, en treinta años, pese a las discrepancias, era imposible romper. No es tiempo ni lugar para indicar en qué consistían. Sólo conviene establecer que existían, y así, con otros amigos. Pero, ¿cómo dejar de frecuentar a ese mago, a ese seductor ? Sólo el estallido en el cielo de Madrid…

Revista Socialismo y participación, CEDEP, Lima, 1984

http://www.bloghugoneira.com/wp-content/uploads/2012/02/ScorzaSocyPar.pdf

(*) Originalmente este artículo fue publicado en francés en Le Monde Diplomatique, n° 358, en enero de 1984 (“ Manuel Scorza. Biographie réordonnée d’un mage ”)

1 Yann Queffelec, en Le Nouvel Observateur , viernes 2 de diciembre de 1983.

2 El FOCEP. Frente Obrero Campesino Estudiantil y Popular, participó en las elecciones para una Constituyente en 1978, obteniendo 433’413 votos, sólo detrás de APRA y del PPC (Partido Popular Cristiano). En 1980, volvió a intervenir en las Presidenciales, obteniendo una senaduría, la de Genaro Ledesma. Scorza era su Vicepresidente, con Laura Caller Ibérico.

3 Manuel Scorza. Fe de erratas, en El País, lunes 5 de diciembre de 1983.

4 No había en aquel entonces, Twitter. Todavía la gente se veía cuando se comunicaban. Eran los tiempos del homo sapiens y hoy los del hombre ocular, que dice el gran Sartori, y del videopoder. Pero ver no es ni pensar ni conocer. Sartori ha escrito sobre los riesgos de la deshumanización (otro más) y en consecuencia, de los fascismos suaves, que nos esperan a la vuelta de la esquina. Sigamos twitteando, y que Dios que dicen que es peruano, resolverá lo que nosotros, tan entretenidos con los nuevos juguetes, no habremos sido capaces de resolver.

 

 

 

¿Qué es ser de izquierda? Conversatorio en el San Antonio

Written By: Hugo Neira - Ago• 21•13

Personajes:                                   Un periodista que entrevistaY el que escribe.

 

Mira, podemos ir conversando mientras espero a Jorge Nieto que como siempre va a llegar tarde. ¿Qué si Nieto es de izquierda? Sin duda, comenzó en Desco, y eso es ya un punto a favor. Pero se empecina en vivir en México DF. Y no puedes ser alérgico a Lima y ser de izquierda. Mejor te voy diciendo cosas para tu entrevista mientras Nieto llega, se maneja con un calendario que parece azteca. No cuenta las horas sino las eras. Así que mejor arrancamos ¿no?

Ser de izquierda comenzó por los setenta. Estábamos de acuerdo con que Velasco les removía el piso a los partidos tradicionales pero ni locos de confesar eso en público. Más tarde, por los noventa, era cuando te pintabas las manos de blanco para protestar contra Fujimori. ¿Qué me dices? ¿No eres tú el que le ha puesto un ojo morado a Aldo Mariátegui? Bueno, ya ves, es un buen paso, la praxis, pero ni te creas que eso solo califica. ¿Que no aguantas a Jaime Bayly pero igual lo lees? (*) Caliente, caliente, te acercas pero todavía ni entiendes ni estás adentro. Nunca te olvides de eso. Somos nosotros los que decidimos quién es o no es de izquierda. A quién le damos cátedra o se la quitamos, o se queda de eterno contratado. Pero has comenzado mal, me haces una pregunta, medio metafísica, en qué consiste la izquierda. No preguntes, compórtate como debes.

¿Cómo eran esos años? Mira, uno se levantaba temprano, ya sabes, el tráfico de Lima, y desde la Molina es un problema, todo para ir al mitin de Alfonso Barrantes para el vaso de leche, tomabas tu café, bien negro, con tus tostadas con mantequilla, bien servido por tu empleada, te limpiabas la boca con la servilleta bien blanca, y luego de enjaguarte llamabas a Quebracho, el mayordomo, para que te acompañara a lo del mitin, no vaya a ser que llegaran para darnos una paliza los apristas con sus búfalos o los oficialistas con sus zambos de los corralones del Callao. El mayordomo, sí iba conmigo, también era de izquierda, un socio, un allegado, algo. Solo, no puedes ser de izquierda. No tienes red, no cuentas. Es una cuestión de con quién andas, dónde, y qué haces. Y sobre todo, lo que no haces.

¿Cómo te lo pongo? Mira, hubo una época que se formó nuestro sentido común —que no es el sentido común de los demás— y se decidió que no era conveniente por ejemplo ir a la Tiendecita Blanca o al café Haití, bueno, no lo era en ese momento. ¿Por qué razón? Estás mal si me haces ese tipo de preguntas. Podías encontrarte cerca de un tipo de gente que lo frecuenta y entablar sin desearlo una conversación con gente que no es de izquierda. Luego, esa interdicción —se dice así, no prohibición que es dictatorial— desapareció. Pero otras no han desaparecido, ni deben.  Por ejemplo, ni se te ocurra darle la razón en ningún punto ni tema a Alan García. Ese es nuestro primer mandamiento, para decirlo suavemente, el Apra no tiene jamás la razón. Es más, el aprismo no existe ni existió nunca. La buena línea, la correcta, es la del libro de Nelson Manrique sobre Haya de la Torre. “Usted también ha sido aprista”. Se refiere a una frase sardónica del poeta Gonzalo Rose cuando de casualidad se encontró con Haya y cuando el poeta andaba exiliado en México. Ahora bien, Neira dice que Haya no se retiró cabizbajo como dice Nelson sino que echó una carcajada, como era frecuente en sus maneras, y se pusieron luego a conversar. Eso dice, y que lo ha escuchado de boca del mismo Gonzalo, que era su amigo como lo era de César Calvo. Pero ya sabemos, Neira no es de izquierda, incluso si Nelson ha deformado la anécdota, la historia misma, no importa. La causa debe pasar por encima de los vulgares detalles.

¿Que dónde está la verdad? ¿Tú te preocupas por la verdad? Mira el daño que te hacen los cursos sobre Kant con Giusti. Eso le pasa por ser muy Hundskopf, a Miguel, y hacer una tesis alemana sobre Hegel, claro que nos conocemos ¿no sabes que uno de los secretos de ser de izquierda en el Perú es que todos nos conocemos? Y dime tú, ¿y qué es la verdad? Claro qué es difícil conocerla. ¿No decía Leibniz que hay dos suertes de verdad? ¿Y que Nietzsche dice que son una suerte de ilusión? No ves, ¿y tú quieres que en Lima limón, en el Perú iletrado, a Nelson le importe mucho qué dijo exactamente Haya de la Torre ante el sarcasmo genial de Gonzalo Rose? no pues. Así no es la cosa. Cuenta el imaginario social. El prolífico cuerpo de las falacias. La izquierda es un combate, no un academicismo. ¿La verdad, dices? La puta verdad compadre es que el aprismo después que se muere Mariátegui combate las dictaduras pero también tranza con ellas. Tú eres muy joven, no sabes cómo negoció Haya con Odría, y si no dan el golpe, teníamos al dictador elegido por las Cámaras. Y otra vez el ciclo dictadura y democracia. Si tenemos que entrar en el campo de distinguir qué hizo de bueno y de malo ese partido, no acabamos nunca. El aprismo no cuenta para nada. Y saber por lo menos eso, es como haber pasado las asignaturas de estudios generales —para decirlo así— y solo entonces comenzar a aprender qué cosa es ser de izquierda en el Perú. De entrada nada con el aprismo, y punto.

Tienes que aprender el estilo de la izquierda. Hay maestrías, como la de Desco. Conoces la revista ¿no es cierto? Termina su gobierno Alan García y sacan su número anual. ¿Y qué título le ponen? Perú, desarrollo, democracia y otras fantasías. Desco, 2010. Genial. Que si García sacó a 3 millones de peruanos de la pobreza, es un argumento pero se volatiliza, no queda nada, “fantasías”. Magistral. ¿Conoces lo que en retórica se llama un entimema? Es utilizar en tu enunciado lo que la gente ya tiene en la cabeza, en este caso, un vasto sector de la población no le reconoce nada a ese gobierno y entonces, la magia de la argumentación funciona, haces el entimema, y el texto supuestamente analítico no viene sino a confirmar el prejuicio. Eso es política, y de lo más fina, me parece.

Pero me parece que no te convence, por la cara que pones. Y te gusta hacer objeciones ¿no? Bien, me dices que los socialistas chilenos se llevan bien con los comunistas chilenos. Bueno, pero eso son ellos ¿no? No tienen aprismo, bueno, tuvieron uno, Aguirre Cerda, por los años cuarenta, “gobernar es educar”, en la misma línea que las universidades populares del primer hayismo, candideces. Gobernar es gobernar, ya verán cuando lleguemos, si llegamos. Para ser de izquierda en el Perú te recomiendo que no andes mirando a los países vecinos, “nosotros somos quien somos, basta de historia y de cuentos, que los muertos entierren a sus muertos”. Bonito, ¿no? Es un poema de un español republicano. ¡Pero perdieron la guerra! La práctica, los comportamientos. Mira, los socialistas chilenos son socialistas chilenos, como los socialistas españoles, socialistas franceses, suecos, búlgaros, y lo que tú quieras.  Ese es su problema. ¿Cómo es que se llevan con los comunistas en cada país de los que menciono? Esas alianzas son asuntos de ellos, cosa de europeos. Aquí no. ¿Que no somos socialistas? Bueno, sí, en cierto modo lo somos, pero finalmente no lo somos. ¿Entonces comunistas? De repente, pero de otra manera. ¿Que por qué no lo decimos? Vamos a ver muchacho, has hecho ciencias sociales, ¿no?  Entonces, me dices por favor, ¿qué es el comunismo? Bien, “la propiedad colectiva de los bienes de producción”. Dices eso y es correcto. Pero te falta algo más, lo decía el propio Marx pegado a lo anterior, “la abolición de la propiedad privada”. ¿Que en dónde lo dice?

En los Manuscritos de 1844. Anda tú explicar a los medios y a las masas que Marx pensaba en la propiedad privada como una forma de alienación. Lo de la alienación lo obsesionaba, como la religión, el Estado. Sí, pues, Marx era un gran pensador pero me temo que no lo puedan entender. ¡Cómo lo van a entender! Si desde los años ochenta  el 70% de la población de Lima vive en asentamientos humanos, o sea, que se construyen ellos mismos sus propias casas. ¿Y vas a ir a decirles en los Conos que el comunismo es la abolición de la propiedad privada? Estás loco ¿o qué? Te explicas porque votaron por García en los ochenta, por el Chino en los noventa, por Toledo en el dos mil, y por Humala que les ha dicho agua sí, Conga no, pero que no se mete con sus títulos de propiedad. Este crecimiento urbano ha sido ilegal pero ha levantado barrios enteros de pequeños y medianos propietarios. La reforma agraria destrozó las haciendas y ahora hay unos cuantos millones de propietarios minifundistas. Este es un país, querido amigo, de 648 mil micro y pequeñas empresas ya formalizadas. O sea, en nuestros clásicos términos, un país pequeñoburgués, con propietarios rurales y urbanos salidos del pueblo. No se puede ir a decirles, oiga usted, yo soy comunista y la propiedad privada es un robo, te linchan. ¿Y qué haces entonces, en un país donde no se puede ser comunista?  Eres de izquierda.  Jode menos. Y quedas regio.

Me preguntas por Héctor Béjar. Es obvio, no es de izquierda. Tomó las armas, se fue al monte, lo cogieron, se bancó años en prisión, pero eso no lo hace de izquierda, se queda en ser Héctor Béjar. Nos puso en un apuro: si lo aplaudíamos nos iban a decir que teníamos que dejar nuestra vida de izquierda e ir a pegar tiros. ¿Y si acabábamos como él o peor, como Javier Heraud? Ser de izquierda no es meterse a mártir o a tonto útil. Si los censurábamos, entonces nos hubiéramos parecido a las derechas. Nos callamos. Menos mal que Béjar solito se descarriló. Sale de prisión porque lo  libera Velasco y entra al Sinamos. Entonces, para siempre, no es de izquierda. Porque se pasa de un riesgo a otro riesgo. (Se escucha mal al otro que pregunta algo). Mira lo que me estás diciendo. ¿Tú eres de los que creen que coger los fierros es ser de izquierda y si no te matan, andar luego exiliado por el mundo? O sea, ¿pasar dificultades? Entonces los compañeros de Sendero serían de izquierda, y como está claro, los senderistas son senderistas. La izquierda es otra cosa. Béjar anda por ahí, se graduó en San Marcos después del velasquismo, tiene ONG, viaja por el mundo en esos foros de altermundistas, sus libros se venden bien, y en el Perú cuatro ediciones son un best seller, da clases, tiene propuestas interesantes pero no es de izquierda. Es velasquista. El derecho a admisión lo tenemos nosotros.

Nuestros enemigos, probables agentes de la CIA, dicen que funcionamos como un Cónclave, ya sabes, cuando se reúnen los cardenales. Y ellos son los que deciden quiénes son los nuevos cardenales.  Bueno, algo hay de parecido, nosotros somos quiénes sabemos quién es de izquierda. A veces, como profesores, nos ocurre que graduamos a gente con trabajos flojos y que no merece su cartón, pero lo de ser de izquierda no lo repartimos así nomás. Tenemos muchos amigos economistas, de los mejores, del Pacífico, la Católica, la de Lima. Y entendemos. Cuando un bien abunda, pierde su valor ¿no? Entonces, la izquierda peruana es importante porque somos pocos. No, no tiene nada que ver conque algunos de nuestros parientes, a veces los bisabuelos, fueron parte del Club Nacional, pero en efecto, no puede entrar cualquiera, mejor es que llegue con corbata y señora, la legítima. No nos metemos con la vida privada, pero hasta cierto punto. ¿Hasta dónde llega ese cierto punto? Ni preguntes, se nota que no eres de izquierda. A propósito ¿a qué colegio fuiste en la secundaria? A un colegio nacional, se nota, me temo que va a ser difícil que entres a la izquierda. Por mí, ya estás adentro, pero no conoces a mis amigos. Mira, es simple, nos conocemos desde que éramos chiquitos.

La izquierda es una selección. Captas ¿no? Si es por el anhelo de cambiar el país, ya sabes, 17 partidos en las elecciones generales del 2006, y nuestra gente sacó 0,06%. Si es por cambiar guste o no el país, de grado o fuerza, entonces, los de la Nueva Izquierda, Patria Roja. ¿También de izquierda? No pues. Son el partido de Moreno y de Breña, son lo que son. No son de izquierda. Son izquierdistas, que es otra cosa. Si es por eso, también el MRTA. ¿Por qué no libertad para Víctor Polay? No pues. Ser revolucionario es tomar las armas. Ser de izquierda es ser revolucionario pero no tomar las armas. ¿Cómo se hace entonces? Ah, bueno, me recuerdas lo que le pasó al periodista que entrevistaba a Keynes. Al final de la entrevista —y sabiendo que el célebre economista se había hecho rico jugando en la Bolsa— le preguntó, ya con la grabadora apagada,  cómo se hacia para ganar en la Bolsa. Keynes le dijo entonces que era muy sencillo. Se vendían las acciones que iban a bajar y se compraba las acciones que iban a subir. El periodista reflexionó unos instantes y de inmediato le preguntó a Keynes de cómo se podía saber qué acciones subirían o bajarían. Y Keynes le dijo entonces: “Mi querido amigo, si usted hace ese tipo de preguntas, no juegue a la  bolsa”.

Me preguntas si la señora Villarán es de izquierda, vaya pregunta. ¿No te parece claro que lo es? Buenos apellidos, Sagrado Corazón, se va a vivir a Chile por los años de Allende, y parece que milita en los grupos que pensaban que “Chicho Allende” no era lo suficientemente radical. En fin, es parte de ese lado medio mandón que tenemos en la izquierda pero claro, algo de populismo hay que hacer para que no la revoquen, comer por ejemplo con los de abajo, bailar con ellos, para ya sabes, son unos ingratos, bailan y comen y luego se van y votan por otros como ellos, o que ellos creen que son como ellos. No sigas preguntándome quién es o no es izquierda. ¿Una reflexión genérica? A ver, toma nota.

Ser de izquierda en el Perú es un saber que no se puede ni transmitir ni explicar. Se es y punto. Los sabihondos dirán que es una fenomenología, una serie de hábitos sociales que vienen de la herencia, de los buenos colegios, de las astucias aprendidas en las grandes familias después de siglos para no solo sobrevivir sino para prevalecer, un arte de tener una presencia pública que parezca disconforme, iconoclasta, pero no tanto, la regla es “no te pases”. No vaya a ser que un día los del sistema te pongan preso o tengas que emigrar.  En el exilio se vive mal muy mal, aunque sea Cambridge: no hay chofer, ni amigos, no hay chola. Lima es un paraíso, puedes estar siempre regio, siempre en la oposición al oficialismo, pero apoyando al gobierno si tiene algo de “progresista”. Y no preguntes, zonzo, qué es progresista; si no lo sabes, no sabes quienes son tus aliados y quienes tus enemigos. Pero si los tienes, y te das cuenta, lo jalas, lo integras, pero a medias. Profesorcito en alguna de las universidades nuestras,  nunca del todo en planilla, no vaya a ser que se la crea. Nosotros sí hemos leído a Pareto, no nuestros alumnos. “La historia es un cementerio de elites”. Nosotros somos algo por el estilo. Pero ni tampoco.

¿Qué somos? Una práctica, una manera. La globalización nos necesita. Por eso nos dan ingresos las ONGs, porque no se fían de los gobiernos.  Nosotros tampoco. Por eso podemos sobrevivir, porque no hay ni partidos ni universidades serias. Nadie nos pide que dejemos de mezclar universidad con política, solo el velasquista Neira ha venido con lo de Max Weber que separa ambas actividades. Dice que ciencia es una cosa y prédica ideológica otra cosa. Eso sería en Prusia pero no en el Perú barroco. Nosotros tenemos que mezclarlo todo, pero sin correr riesgos. El de izquierda que acepta cargo oficial, se jodió. Y ya es clase política. Deja de ser de izquierda. Ahora bien, le deseamos el mejor de los desempeños, y mientras está arriba, nos callamos. O le echamos una mano, discreta, para eso tenemos columnistas. Así funciona el Club. Mejor que el de mis abuelos, fundadores del Club Nacional. A más problemas, a más indecisiones, más crecemos. Somos el Perú. Vargas Llosa después del Nobel dijo que él era el Perú. Eso será cuando está en Madrid o en Londres. Aquí no. Y la cocina que servimos, es mejor que la de Acurio. Todos se la comen. Los unos, la Confiep, nos creen académicos. Los alumnos, y otros académicos, nos creen políticos. Somos lo uno y lo otro, pero nada a fondo, porque sino te friegas. Acabas preso, con comisión parlamentaria, te caes. Somos en cambio la izquierda peruana, culta, bien situada, nunca se moja, a lo más, se sombrea, a ratos. Y nadie entra si es que no lo llamamos.

Ahí viene Coco Nieto, ¡como ha engordado! Sí, es mejor que nos dejes solos, te presento y te despides, ¿ya? Nos vemos en el coloquio sobre “Violencia, nuevos movimientos y género”. Y ya sabes, no te mandes, ni en la ponencia ni en nada. Suave camay, sino terminas como Pásara, bien, sin duda, es valioso pero en Salamanca. O sea, bien pero igual jodido. A todos nos gusta vivir en Lima. Y solo se puede ser de izquierda y no fregarse ¿dónde si no es aquí? Afuera es bien fregado. Todos vuelven, al embrujo incomparable de su sol. ¿Qué pendejo el autor, no? Cuando justamente lo que no tiene Lima es sol.

Marzo 2013, antes de la Revocatoria. Y lógicamente, pensando en el país, desde fuera.

(*) Tomados del Cavierómetro en Internet

 

Ni con una pistola en la sien (*). Posdata. La extraña hueste

Written By: Hugo Neira - Jul• 19•13

Se anticipó el golpe de Estado. A las democracias se las destruye, ahora, sin tanques, y en la mano, la legalidad. Pero no la legitimidad. Que es la confianza, o no, de la nación. Cuánto lo siento, pero es lo que está ahora ocurriendo, lo cual confirma, por desgracia, mis más negros vaticinios.

Hagamos un breve recuento. Al candidato Ollanta Humala lo elige una extraña combinación de fuerzas, la izquierda que lo cree de izquierda, y obviamente el antifujimorismo y el antiaprismo, más una serie de regiones y corrientes populares,  tras suponer que “la gran transformación” que tienen ante los ojos con el crecimiento económico y la emergencia de sectores rurales hasta entonces retrasados (como lo comprobará tiempo después Richard Webb) está por hacerse y el indicado es el candidato Humala. En suma, un voto del antisistema y que gana. Lo que no ven es que a partir de entonces, todo está permitido. Puedo decir, pues, que no me sorprende para nada lo que está ocurriendo. Y ocurrirán cosas peores.

¿Quién tiene la culpa? Los ciudadanos que votan con el hígado y sin reflexionar. Ahora a llorar al río. Dudo que la calle, el fastidio público ante la repartija, logren una enmienda. El Perú marcha hacia su propio chavismo. Y sin pozos de petróleo y con una coyuntura internacional adversa. Pudimos salir del retraso estos años, pero ese voto de junio del 2011 nos devuelve al pasado, y a lo de siempre. Perú, país de las oportunidades perdidas. Que conste, que mientras tuve una tribuna, lo dije. Pero la lucidez la tienen unos pocos, en cambio la manada corre a lo que le parece mejor, y es su ruina. Las masas no piensan, actúan. Y actúan equívocamente: Hitler, Mussolini, Chávez.

Lo que es imperdonable es que en el despeñadero, que se remonta a dos años (el 10 de abril del 2011, a la primera vuelta electoral), también estuvo la gente más pensante del país, la intelligentsia, salvo algunos casos, como quien esto escribe. Y eso es histórico. Pero no se preocupen, también los generales incas de Atahualpa acogieron a Pizarro y su hueste, en su puerilidad creían que la extraña hueste intrusa les ayudaba a acabar con la elite cusqueña de Huáscar. Bajo otros escenarios, otros intereses, una que otra fecha o circunstancia distinta, la historia peruana se repite. Otra vez estamos ante un memorable suicidio colectivo.

(*) Ver artículo del 02/06/2011, Ni con una pistola en la sien: http://www.bloghugoneira.com/wp-content/uploads/2012/02/LR3.jpg